(De la serie Sin
verbos y a lo loco)
Una mujer
bella, más o menos joven. Su amante indiscutible. Su amante más o menos; y en
realidad, más o menos indiscutible. Primera vez desde aquel desliz en la
fiesta, después de todo. Hotel de tres estrellas. Mediocre. Nombres falsos en
recepción y sonrisa del recepcionista ante un carné de biblioteca,
evidentemente falso. ¿El carné de identidad?, ¿el de conducción? Tal vez en la
cartera, o en el bolso, junto al reloj de bronce chapado en oro encima del
recibidor. Qué cabeza. Mirada sospechosa del recepcionista. Escrutinio de
arriba abajo. Mirada
con más o menos sospechas. Mirada también cómplice, con sonrisa. Para él,
claro. Pequeña habitación de hotel con cama de matrimonio. Conversación más o
menos vaga. Caricias. Caricias tiernas. Besos cálidos. Dificultades con el
nuevo diseño de broche de sujetador. Y de repente, sexo. Sexo salvaje. Más o
menos salvaje. Muelles de cama vieja. Tras el primer ataque, la mirada de ella,
distante; la de él, torpe, nerviosa. Para colmo, golpes en la puerta. Más que
nudillos amables, puño impaciente. Coitus interruptus aunque tampoco. Tampoco tanto. Maldición. ¿El
marido de ella?, ¿el camarero con la champaña en hielo? Edredón en mano y ojo
en la mirilla de la puerta. Nadie. Más o menos nadie. Unos pasos lejanos, tal
vez. ¿Y ahora qué? Un cigarrillo lento y silencioso antes de la despedida, con
los dos amantes desencantados. Hasta otra. Más o menos hasta nunca.