Todos los personajes (con la excepción de Donald Rumsfeld) de la historia que van a leer son ficticios. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

 

Siempre nos quedará Hanoi

 

            Desde que saliera de la academia de oficiales hace casi treinta años, nadie ha visto al general Frankie Thomas sin un maletín esposado a la muñeca izquierda. En las reuniones del alto mando, aparece siempre con una seriedad cordial o ingenua, con un maletín esposado a la muñeca y con sus orejas de soplillo características. Mientras apoya el maletín en la mesa para abrirlo, acompaña un saludo seco al resto de los reunidos con el clic del cierre del maletín.

            Dos son las claves biográficas del general Frankie Thomas: Texas y Vietnam. Thomas nació y creció en Texas y lleva a Texas en las arterias y en su forma de hablar. Así se decidió su elección como oficial al mando de las guerras del nuevo presidente:

 

(Conversación entre el presidente de los Estados Unidos y Donald Rumsfeld)

Presidente: Necesitaremos un buen chico para llevar esta guerra.

D. Rumsfeld: Desde luego, señor presidente.

Presidente: Búscame un texano, Donald.

D. Rumsfeld: No será tan fácil, señor presidente. No queda tanta gente en Texas a la que ya no le hayamos dado un cargo.

Presidente: ¿Por qué no mandas a Thomas?

D. Rumsfeld: Con su debido permiso, señor presidente, Thomas no es el hombre más inteligente de nuestro ejército...

Presidente: ¿Quién ha dicho que tiene que ser inteligente? Inteligentes ya son nuestras bombas, ¿no es así?

 

            En su último año de instituto, Frankie Thomas era el jugador de fútbol americano menos popular del equipo de la escuela. Su carácter taciturno y su carente atractivo físico figuraban entre las razones más importantes. Frankie era además un estudiante mediocre. Así lo tenía difícil para conquistar a la chica más popular de la escuela. Laura era la portavoz del grupo de debate y se ocupaba de los deportes en el periódico de la escuela y en la sección central del libro de promoción. El año anterior, había publicado un poema en la revista de la escuela que Frankie había leído una y otra vez. Fue también al acto de fin de curso en el que Laura leyó su poema delante de la escuela. “Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos...” Frankie movía los labios a la vez que lo hacía Laura mientras declamaba el poema en el salón de actos de la escuela.

            A lo largo de su último curso, Laura entrevistó a todos los jugadores del equipo menos a Frankie. Además, en el libro de fin de curso, Laura puso, por error, Johnny Thomas en el pie de foto de Frankie. Este error contribuyó enormemente en la decisión de Frankie para alistarse en el ejército e ir a Vietnam nada más graduarse. Además de verla en televisión, Frankie vio a Laura dos veces más a lo largo de su vida.

 

(Conversación entre el presidente de los Estados Unidos, su esposa y el general Frankie Thomas en una recepción informal en la Casa Blanca)

Presidente: Frankie, ¿cómo va eso, campeón?

General Frankie Thomas: Bien, señor presidente.

Presidente: Me contaste que eras de Midland. Mi mujer también estudió en Midland. ¿A qué instituto fuiste?

General Frankie Thomas: Al Robert E. Lee, señor.

Presidente: Laura, ¿no fuiste tú al Robert E. Lee? Apuesto a que coincidisteis en más de una clase...

Laura: No, lo recordaría...

General Frankie Thomas: (respondiendo a la pregunta del presidente al mismo tiempo que Laura) En seis, cuatro en el penúltimo año y dos en el último. Fui también al salón de actos el día de...

Laura: Disculpad, creo que hay un problema con los canapés. Os dejo con vuestras cosas. Ha sido un placer, general Thomas.

 

            Frankie Thomas estuvo voluntario en Vietnam durante toda la guerra. Su temeridad llegó pronto a oídos de los altos oficiales. Frankie se presentaba voluntario a todas las misiones especiales en el frente y volvió de siete de ellas como único superviviente de su pelotón. En los barracones se contaban historias en relación con su audacia. En una ocasión, decían, un soldado de su pelotón había caído muerto con una granada en la mano. Frankie en una acción rápida le cortó la mano con el machete y la lanzó junto a la granada. Fue así, como fue ganando sus primeros rangos militares. En las oficinas, ante una misión difícil, se generalizó la expresión “¿por qué no mandas a Thomas?”. Mandar a Frankie Thomas a una misión era garantía de éxito. Thomas era ya sargento de unidad.

            Tras una disputa con su novia, el soldado George se había alistado como voluntario y era su primer día en Vietnam. Su novia estaba terminando las carreras de derecho y periodismo simultáneamente pero encontró un hueco para pasarse por Vietnam y demostrar a quien fuera necesario que su novio no estaba capacitado para la guerra. Que sufría una demencia peligrosa. Que todo había sido un error. En las oficinas, la mandaron al sargento de la unidad donde había sido asignado su novio. El permiso ya no dependía de las oficinas, sino del oficial de mando.

 

(Conversación entre los dos oficinistas que la mandaron a hablar con el oficial de mando)

Sam: ¿Sabes quién es el sargento?

Scott: ¿Thomas?

Sam: Sí. Esa tía de Princeton lo lleva claro con Thomas. A su novio se lo cargan los del Vietcom.

 

            Laura no reconoció a Thomas. Bastó que le pidiera una firma en los papeles que traía para que éste rebajara a su novio por problemas de salud mental. George salió de vuelta para Estados Unidos al día siguiente. El avión de Laura no salía hasta la semana siguiente. Esto permite que pueda recordarle a su marido que ella estuvo más tiempo en Vietnam que él.

            Vietnam mermó toda una generación de jóvenes oficiales. Después de la guerra, muchos puestos de importancia fueron cubiertos por personas con falta de preparación. Así consiguió Frankie Thomas su puesto de comandante de la tercera unidad de infantería:

 

(Conversación entre un comandante en jefe cualquiera y el oficial que examinaba los proyectos del fin de curso para oficiales)

Comandante en jefe cualquiera: Necesitamos un comandante para la tercera unidad, ¿por qué no mandas a Thomas?

Oficial: ¿Thomas? ¿Estás seguro de lo que dices? ¿Sabes cómo ha titulado su proyecto de fin de curso? “Los cerezos en primavera”.

Comandante en jefe cualquiera: Por Dios santo, ¿en qué estaría pensando ese muchacho?

Oficial: No sólo eso. El proyecto es un plan de invasión de una república democrática. Una república como la nuestra. ¡Una democracia!

Comandante en jefe cualquiera: Vamos, vamos, Jeff, necesitamos un vaquero en la tercera unidad. Thomas es un buen chico...

 

            El resto forma parte de la historia. Desde que saliera de la academia de oficiales hace casi treinta años, nadie ha visto al general Frankie Thomas sin un maletín esposado a la muñeca izquierda. En un falso fondo del maletín lleva siempre consigo su proyecto de invasión del fin de curso de oficiales. Cuando, esta mañana, Donald Rumsfeld lo ha llamado a su despacho, ha tenido la premonición de que hoy era el día más grande de su vida. “Frankie,” ha hablado Rumsfeld, “necesitamos una guerra para distraer al público de nuestra última guerra. Algo rápido. Algo que no necesite grandes preparativos...” El general Frankie Thomas ha sonreído por primera vez en muchos años: “Estoy listo para mi primera conferencia de prensa. Llama a los periodistas. Tengo una guerra rápida que proponerte. La he tenido lista desde antes que nos conociéramos.”

            Ante los micrófonos, su voz se fortalece. Ante las cámaras, su imagen se engrandece. El general Frankie Thomas piensa en Laura, que lo verá esta noche en las noticias de las siete. Es una pena que su proyecto, el proyecto “Los cerezos en primavera”, proponga invadir un país de desapareció hace catorce años y que los pedazos del muro, por donde habrían tenido que escalar las fuerzas especiales de marines, sean utilizados como pisapapeles por pequeños aprendices de coleccionista de la historia reciente.  

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