Tupelo,
Mississippi
Estamos delante de la torre Eiffel, compartiendo una botella de agua
mineral Mountain Valley. Cuando hemos
parado en la gasolinera, a la entrada del pueblo, los tres andábamos muertos de
sed. El coche, que iba apurando las últimas gotas del depósito para seguir
adelante, y Luis y yo, que habíamos dejado de cantar con el Elvis que sonaba en
el radio cassette porque teníamos el gaznate hecho un estropajo.
Llevamos cuatro días en los Estados Unidos y el surtido de bebidas en
las cámaras frigoríficas de las gasolineras americanas sigue apabullándonos.
Esta vez, sin embargo, no ha habido problemas para elegir. En el momento en el
que he pisado el interior de la tienda de la gasolinera mi radar ha detectado las
botellas de Mountain Valley y no lo he dudado un momento. Hemos comprado una
botella de cristal de un litro como las que bebía Elvis en sus conciertos.
Fetichistas, pensarán algunos. Puede ser. Cuando un napolitano visita
a uno de sus familiares en el exilio, el mejor regalo que le puede hacer es una
garrafa con agua de la tierra. Porque todo napolitano sabe que la mejor masa de
pizza se hace con agua tibia de Nápoles. Cuando los Beatles ya no eran los
Beatles, John Lennon, que ya vivía en Nueva York, quiso reconciliarse con
McCartney llevándole una botella de Mountain Valley en su visita a Londres. Por
si acaso quedan dudas, Mountain Valley ha sido también el agua favorita de Quincy
Jones, Frank Sinatra, Tony Bennett, Tom Jones, Johnny Cash, Rod Stewart y Bob
Dylan.
No hemos tenido problemas para aparcar. Hay una mesa de picnic en la
hierba y acompañamos el agua mineral con unas chocolatinas que se nos derriten
en las manos por el calor. Estamos completamente solos y la torre Eiffel queda
a menos de diez metros de nosotros. Estamos en un pueblecito que se llama
París, en el estado de Tennessee, a menos de doscientos kilómetros de nuestro
destino. Partimos de Nueva York en un coche de alquiler y nos dirigimos a Memphis,
para visitar la tumba de Elvis en el vigésimo octavo aniversario de su muerte.
El proceso de selección para venir a este viaje comenzó a finales del
verano pasado. Luis conoció a Sonia y ésta le dijo que el viaje de sus sueños
era ir a Graceland. Quiso impresionarla y le propuso hacer el viaje juntos.
Ella aceptó. En febrero, le dijo que se apuntaba una prima suya. Luis sabía
cuánto me gusta Elvis y pensó en mí para que entretuviera a la prima durante el
viaje. En mayo compramos los billetes y alquilamos el coche. En julio Sonia y
su prima se echaron atrás. Luis no lo sabe pero Sonia se había liado dos días
antes con un abogado. Luis es un electricista que trabaja para el ejército.
Nos hacemos las fotos de rigor de espaldas a la réplica de la torre
Eiffel y arrancamos para llegar a Memphis antes de que anochezca. Un frondoso
bosque de árboles nos acompaña a ambos lados de la carretera desde hace más de
mil kilómetros. El coche huele a América. Todo huele a América en los Estados
Unidos. Las hamburguesas, las habitaciones de motel, la gasolina. Nuestra ropa
ya empieza a oler a América y, a juzgar por el aliento de Luis, el mío ya huele
también a América.
Venimos por la interestatal 40 oeste desde Nashville, tenemos que
coger la circunvalación 240 dirección Little Rock hasta la interestatal 55 sur
y ahí tomar la salida 5B para llegar al Elvis Presley Boulevard. Antes de
llegar a la 55, tenemos que pasar la salida del aeropuerto y luego la del zoo. Paradójicamente, el zoo está en una zona de la
ciudad que se llama Libertyland. Libertyland, la tierra de la libertad, rumiarán
con ironía los cocodrilos recién llegados del Nilo. Los perros ladran, las
ovejas balan, los elefantes barritan. ¿Qué hacen los cocodrilos del Nilo? Vamos
a suponer que pueden rumiar con ironía. En Libertyland está también el parque
de atracciones al que iba a menudo Elvis. Una vez que el parque cerraba sus
puertas al público, Elvis lo alquilaba toda la noche para él y sus amigos.
Llegamos a las puertas de Graceland allá a las diez de la noche. Están
bien iluminadas y aprovechamos para hacernos una foto. En frente nos
encontramos con el Heartbreak Hotel y nos asomamos por la recepción para ver si
hay una habitación libre. Mañana es dieciséis de agosto, aniversario de su
muerte, con lo que, si el espíritu de Elvis aparece en algún sitio, lo más
probable es que sea en cualquiera de las habitaciones de su hotel. El precio de
las habitaciones que quedan libres no está a nuestro alcance y nos resignamos a
las pocas posibilidades que existen de que el rey se aparezca esta noche en una
de las habitaciones del Pocketbreak Motel, que está a dos millas más al sur, ya
en el estado de Mississippi.
Siempre he pensado que los fans de Elvis pueden clasificarse por
cinturones de colores como en las artes marciales que tanto le gustaban. Eres
cinturón blanco si sabes que Elvis es considerado el rey del rock and roll.
Pasas a ser cinturón amarillo si sabes cosas como que se casó con Priscilla y
que su mansión en Memphis se llamaba Graceland. Obtienes el cinturón naranja
cuando aprendes que nació el ocho de enero de 1935 y murió el dieciséis de
agosto de 1977. Vas subiendo de categoría cuando reconoces la película de Elvis
que echan por la tele, sabes cuáles eran sus coches favoritos y nombras a cada
uno de los personajes que aparecen junto a él en cada foto.
Supongo que saber que Mountain Valley era el agua mineral que tomaba
Elvis en sus conciertos o que Libertyland era el parque de atracciones que
alquilaba por las noches para sus amigos corresponde ya a un cinturón negro,
que es lo que yo me considero desde hace tiempo. Luis, por ejemplo, no sabía
siquiera que Elvis era rubio y se teñía el pelo de moreno desde sus primeras
grabaciones con
Lo que no podía imaginar es que, efectivamente, como en las artes
marciales, dentro de la categoría de cinturón negro hay hasta diez danes. Y yo,
a juzgar por lo que descubro la mañana del dieciséis de agosto en Graceland, me
quedaría en un segundo dan, siendo muy generosos. Hemos llegado a las siete
porque sabíamos que de siete y media a ocho y media, permiten entrar gratis al
Jardín de
Debo a Elvis, entre otras cosas, todo el inglés que sé. Lo que no
entiendo se lo pregunto a Luis, que estuvo viviendo un año en Estados Unidos en
un programa de intercambio entre empleados no militares del ejército. Me mezclo
entre la multitud y me empapo de toda la información que impregnan cada uno de
sus seguidores. Si alguna vez me corrigen, lo hacen de forma educada. Hay un
japonés al que todos, con humildad y admiración, se refieren como el único
cinturón negro, décimo dan, entre los presentes. Si Elvis hubiera sido japonés
habría sido como este tipo. Una altura aproximada, las mismas patillas, la
misma sonrisa pícara.
En realidad, todos los presentes se parecen un poco a Elvis. Todos son
un poco Elvis Presley esta mañana. Copian sus gestos y maneras consciente e
inconscientemente. Se visten como el Elvis de alguna época o de alguna de sus actuaciones públicas,
muestran la misma bondad en sus ojos, utilizan las mismas frases y entonación
que Elvis. En realidad, no es necesario que el espíritu de Elvis se aparezca en
el jardín de la meditación esta mañana porque me doy cuenta de que se
manifiesta en cada uno de los presentes. Todos coinciden en la generosidad del
rey y todos quieren comportarse de manera ejemplar esta mañana para demostrar
que andan impregnados de Elvis para la ocasión.
Es como si Elvis hubiera encontrado la fórmula de la trascendencia en
cada uno de sus fans. Elvis buscó trascender desde sus inicios. Había leído
todos los libros sagrados que existen cuando conoció a Larry Geller en 1964.
Larry Geller era un peluquero de Los Ángeles que cuidaba el cabello de
numerosos artistas de Hollywood y que no habría necesitado cambiar su aspecto
físico ni su atuendo para protagonizar Jesucristo Superstar. Fue Larry el que
inició a Elvis en las lecturas de Kahlil Gibran, de Hermann Hesse o de
Paramahansa Yogananda, entre otros. Fue Larry Geller el que, por primera vez,
llevó a Elvis a Mount Washington, cerca de Hollywood, para que se entrevistara
con Sri Daya Mata.
En esos momentos de su vida, si no llega a intervenir el atroz pragmatismo
capitalista de su manager, el Coronel Tom Parker, Elvis habría fundado, con
gusto, una nueva congregación espiritual a la que habrían podido apuntarse
todos sus seguidores. Parecía que esa era la misión que le dictaba su corazón
para esta vida, pero el Coronel Parker le dijo que antes tenía que hacer tres
películas más con una canción cada nueve minutos y treinta segundos de metraje,
que era lo que dictaba su contrato con la compañía cinematográfica.
Pero Elvis habría burlado a todos, a Sri Daya Mata, al coronel y a las
cinematográficas y, gracias a sus dones naturales y a través de sus lecturas,
habría conseguido trascender en cada uno de sus seguidores esta mañana del
dieciséis de agosto. Hasta Luis parece levantar el labio y las cejas como
Elvis, en un ataque de tic repentino.
Recapacito y me vengo abajo. Posiblemente yo sea el único en el jardín
que no es Elvis. Muchas personas se han atrevido a llamarme feo, con lo que no
puedo decir que soy un tipo agraciado. No ayuda ni mi altura: soy grande y no
hace mucho que descubrí que todas mis chaquetas sufren una malformación a la
misma altura de mi espalda, en algo similar a una pequeña chepa. Elvis nos lo puso fácil al final de su
carrera para parecernos a él. Te dejas unas patillas gruesas y una media melena
y listo. Pero las patillas que no me han salido a los cuarenta años ya no me
van a salir y el poco pelo que me queda tiende a deslizarse hacia lo afro en
cuanto lo dejo crecer un poco. Miro a mi alrededor y todos parecen darse cuenta
de lo mismo. De alguna forma, soy el único que no refleja a Elvis.
A las nueve de la mañana, Luis y yo compramos las entradas para ver
Graceland al completo. En realidad, dicen que aún quieren mantener cierta
intimidad y el piso de arriba de la mansión está cerrado al público. Podemos
ver la planta baja, las habitaciones del sótano, dos pabellones vecinos a la
casa y la zona donde Elvis y sus amigos paseaban a caballo. Con la entrada, nos
han dado unos auriculares en los que se nos va explicando cada lugar. Luis se
los ha pedido en inglés y yo he conseguido unos en español latinoamericano. Hay
veces que dicen cosas con gracia. Cuando me acerco a la valla del césped, los
auriculares me dicen que estoy junto a la “cerca del pasto”.
Con el calor y la emoción, no he dejado de beber agua mineral Mountain
Valley y a mitad de la visita, empiezo a notar algunos de sus efectos. Se me ha
revuelto el estómago de manera salvaje y la lavadora está en pleno centrifugado.
Hay equipado un baño público en un pequeño pabellón junto a la piscina. Intento
entrar pero solo hay dos reservados y están infinitamente ocupados. Mi
intestino me indica que está a punto de hacer puenting. Vuelvo a la zona de la
mansión. Hay empleados de Graceland por todos los lados pero también hay muchos
visitantes. Antes de que puedan reaccionar, paso por encima del cordón que
prohíbe la subida al piso de arriba. Empiezo a subir lentamente y no me vuelvo
ante las voces que me llaman la atención desde abajo.
Para cuando intentan detenerme, ya me he encerrado en el baño. Al otro
lado, hay un par de empleados que golpean la puerta y me piden que salga
inmediatamente. Sentado en el trono del rey, me miro en el espejo de enfrente y
dejo que el agua mineral Mountain Valley haga el resto. Sólo hacen falta un par
de muecas para darme cuenta de que, en estos momentos, yo también soy Elvis.