Marco – Marco encuentra a su madre

 

            En los setenta, los sábados por la tarde de tres y media a cuatro, la televisión nos pertenecía a los niños[1]. Empezaba puntual porque los telediarios aún no tenían publicidad entre noticia y noticia.  Era nuestra cita con los japoneses. Primero fue Mazinger Z. Luego Heidi. Luego Marco. Les siguieron muchos otros y esa tradición de Anime, de dibujos animados japoneses, llega hasta nuestros días.

            En realidad, durante la semana, todas las tardes, un par de horas de televisión también nos pertenecían a los niños y ahí también se infiltraban los japoneses. Recuerdo cómo me iba a merendar a casa de un amigo para ver Vicky el vikingo. En mi casa aún no teníamos televisión en color y en la de mi amigo podía ver que los lobos que cazaba Vicky el vikingo no eran grises. Eran todos de los colores más variopintos. Mis padres compraron la primera televisión en color un par de años más tarde, justo a tiempo para ver a Sandokán acuchillando al tigre de Bengala.

Ahora los sábados a mediodía y las tardes entre semana, la televisión pertenece a algo que han querido llamar con el mismo nombre del órgano que nos bombea la sangre. Ahora, durante esas horas, la televisión pertenece al corazón. Y los padres de los niños tienen que pagar televisión por cable para que sus hijos vean dibujos animados. O tienen que comprarles películas de Disney. O tienen que dejar que los niños creen sus nuevos dibujos animados con la ayuda de una consola de videojuegos.

            Con Mazinger Z comenzó una tradición de dibujos animados con monstruos y robots convertibles que sigue en nuestros días con Los caballeros del zodiaco o con Pikachu y sus amigos. Incluyen, siempre, unas buenas dosis de violencia y mezclan, de una forma un tanto extraña, la mitología griega con la oriental. Cuando éramos niños, Mazinger Z nos chiflaba pero, visto desde nuestros días, lo primero que me viene a la cabeza es que el barón Ashler, el famoso esbirro del Doctor Infierno, fuera hermafrodita (todos los niños aprendimos entonces la palabra “hermafrodita”) y que el grito de guerra de Afrodita A fuera “pechos fuera”.

            Luego vinieron Heidi y Marco. Pero de forma diferente. Las dos series fueron lo suficientemente largas (constaban ambas de 52 episodios) como para instalarse en el subconsciente colectivo de los españoles. Gracias a ello, tenemos multitud de chistes basados en las dos series. Fueron lo suficientemente largas, también, como para conformar dos periodos distintos de mi infancia. Pero, mientras Heidi y su correr por las montañas se me hicieron cortas, Marco y su en-un-puerto-italiano-al-pie-de-las-montañas se me hicieron larguísimos. Más bien eternos.

Recuerdo que dejábamos la televisión puesta para ver si encontraba a su madre de una vez y, así, teníamos la esperanza de que, a la semana siguiente, empezara una serie nueva. Todo lo contrario. En cada episodio, Marco y su mono Amedio parecían alejarse cada vez más de su destino final. Debo confesar que Marco me cargaba un poquitín. Y, luego, tuve la mala suerte de perderme el episodio en que encontraba finalmente a su madre. De alguna forma, para mí, Marco sigue buscando a su madre por la Argentina.

            A pesar de que han tenido muchos seguidores en España y la cultura Manga y Anime están en pleno apogeo, conforme iba creciendo, los japoneses y yo conectábamos cada vez menos. El Comando G no dejaba de ser Koji Kabuto sin su robot Mazinger Z. Candy Candy era definitivamente para chicas. Y las series japonesas dedicadas a los deportes me impactaron incluso menos. Campeones (Oliver y Benji) y Juana y Sergio me aburrían soberanamente. Llegó un momento en el que, cuando emitían una serie de dibujos animados japoneses, yo echaba de menos, y no exagero, la serie del Naranjito.

            Hasta que llegó Shin Chan. Todo cambió cuando llegó Shin Chan. Él me ayudó a reconciliarme con los japoneses. Tal vez porque Shin Chan, con sus excentricidades, es más normal que Marco. Shin Chan tiene madre y padre y hasta una hermana pequeña. En una televisión dominada por la cultura americana, Shin Chan nos muestra la vida de una familia japonesa, una casa japonesa por dentro, el humor japonés, las relaciones entre los miembros de la familia, el trato con los ancianos… Todo a través de las aventuras de un chaval travieso al que, como a Bart Simpson, le gusta enseñar el trasero.

 



[1] Si los sábados a las tres y media pertenecían a los niños, la sobremesa de los domingos perteneció durante mucho tiempo a Michael Landon. Primero con La casa de la pradera y, luego, con Autopista hacia el cielo, en la que encarnaba a un ángel protestante.

 

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