La mano
izquierda
Me introduje en el restaurante autofagasta porque
hacía tiempo que me había comido por dentro aunque a mis amigos les dije que lo
hacía porque había visto una mujer muy bella que frecuentaba aquel local.
Ellos, por supuesto, no me creyeron. Vi allí todo tipo de mutilados que se
degustaban con gula. Empecé a desayunarme con voraz apetito y, más bien, con
pocos modales hasta que vino a sentarse a mi mesa una señorita muy delgada.
Noté que era de poco comer cuando, al examinarla, descubrí que sólo le faltaba
el dedo meñique de la mano izquierda. Con su compañía, me disfruté mucho más.
No hubo palabras. Gestos mudos y amables. Cuando me disponía a salir, observé
que un manco no dejaba de mirarme. Me saludó con su único brazo al cruzar
miradas.
El
antebrazo
La segunda vez que visité el restaurante fue a la
semana siguiente. El adagio de Albinoni llenaba el comedor y se mezclaba con la
música de la pantera rosa con la que había soñado la noche anterior. Así
llevaba varias noches, soñando que la pantera rosa se planchaba a sí misma,
recibía una llamada de teléfono y la plancha la atravesaba pesada cuando ella
se distraía en su conversación. Había pensado también bastante en la señorita
delgada y en el manco que me había saludado. Vi a la primera sola y me senté
junto a ella. Tenía ganas de conocerla. Nunca me dijo por qué estaba allí pero
no evitó que cayera enamorado. Prometimos vernos la próxima semana. A mi
salida, vi de nuevo al manco agitando su mano. Le respondí entonces con un
gesto.
Hasta
el hombro
Toda aquella semana había estado pensando que ya no
merecía la pena seguir con mi proceso de autofagia. Estaba deseando llegar al
restaurante para confesar mi amor a la señorita delgada. Junto a ella, mi vida
tenía sentido. Hasta el manco entraba en mis planes. Sería él testigo de
nuestra felicidad. Cuando se lo comenté, a ella solo le quedaban dos dedos en
la mano izquierda, pero esto no le impidió sonreír. Tristeza siguió a la
sonrisa. Me informó que en el restaurante servían las comidas acompañadas de
una salsa que creaba dependencia física. Mi vida entonces me recordó al
argumento de una película finlandesa en la que aparecía Joe Strummer tocando un
rocanrol en un bar muy estrecho. Hasta me pareció verlo sentado en una de las
mesas silbando aquella canción.
Aunque había quedado a comer con ella, en mi cuarta
visita al restaurante llegué un poco antes y me senté junto al manco que me
había saludado todas las veces moviendo su mano. Le conté todos mis sueños y
cómo todos ellos se habían hecho trizas por culpa de aquella salsa. A él, le
emocionó el que yo le hubiera incluido en mis proyectos. Justo cuando ella se
sentaba a nuestra mesa, dijo que podía ayudarnos y que él también saldría de
aquel juego para comenzar así una duradera amistad. A los tres nos brillaron
los ojos aunque a él sólo le quedara uno. Tenía un amigo químico al que podía
llevarle algo de esa salsa y, tras examinarla, podría buscar un antídoto. Él lo
tomaría aquella misma noche y a nosotros nos daría una dosis al día siguiente.
Quedamos en vernos a la salida del restaurante para la hora de comer del
próximo día. Ya nunca más tendríamos que entrar allí.
La
pierna entera
Como veíamos que el manco tardaba, decidimos entrar
a saborearnos por última vez. Ella perdió el último dedo de su mano izquierda y
a mí se me cayeron las muletas un par de veces. Nos apresuramos para no hacerle
esperar fuera y cuando salíamos lo vimos sentado en una de las mesas de la
esquina. Dejó de absorber la sopa con la pajita y nos saludó con la cabeza.
Supimos que nuestro final estaba cerca. Las calles estaban llenas de panteras
rosas y la ciudad se atravesaba bidimensional, con apenas tres colores y sin
tonalidad alguna.