Feliz soy cuando camino en la ciudad. El único problema es que empiezo a recordar a las mujeres que he amado e imagino que voy a encontrarlas entre la multitud, como hace Woody Allen en Tócala otra vez, Sam. Afortunadamente, sé cómo evitarlo. Me meto en un restaurante Pizza Hut y pido una de sus pizzas. Es increíble: He comido pizzas Pizza Hut en diferentes ciudades del país, en distintos países del mundo y siempre tienen el mismo sabor. De la misma forma que todos los melocotones saben a melocotón, que todos los filetes de ternera saben a ternera y que todos los atunes saben a atún, las pizzas Pizza Hut saben todas igual. Entonces imagino campos de trigo Pizza Hut, huertas de cebollas y tomates Pizza Hut, terneras Pizza Hut paciendo en pastos Pizza Hut, pastos Pizza Hut llovidos por nubes Pizza Hut, nubes Pizza Hut que nunca se descargarían sobre pastos McDonalds... Aún así, me cuesta creer que las pizzas Pizza Hut del restaurante Pizza Hut donde trabajó Kati, la chica finlandesa que yo amé, supieran igual habiendo sido hechas por sus manos. Porque eso sí que eran manos. Cuando hablo inglés también soy feliz.

 

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