A Marco lo despertó un senegalés que se
levantó de su asiento y se puso a predicar en el vagón de un tren que se
dirigía a Bruselas. El tren había salido a las nueve y veintitrés de la mañana
de la estación de Ámsterdam. Marco había sido literalmente arrastrado hasta
allí por Evory, una prostituta estadounidense
negra de cincuenta y tres años. Jerry, el tipo que le había vendido la marihuana en un coffee shop
del Barrio Rojo, le ofreció una noche salvaje con una chica Playboy
por el mejor de los precios. Era la primera vez que Marco fumaba marihuana y se
acostaba con una prostituta, con lo que, cuando recuperó el conocimiento, se
preguntó si se hallaba todavía bajo los efectos de la droga. Un desconocido
sentado enfrente de Marco se despertó también con los gritos del senegalés y
miró a Marco con la perplejidad con la que éste, a su vez, lo observaba. Marco
imaginó que habían metido en ese vagón a todos los que habían fumado marihuana
en Ámsterdam la noche anterior. Miró a su izquierda y vio a Evory.
Empezó a unir todo lo que recordaba en una historia que tuviera sentido. Le
vino al dolor de cabeza una de las conversaciones que había tenido con Evory. Jerry le había asegurado
que había sido chica Playboy. Ella le aclaró que
había sido miss Abril. Miss Abril, mil novecientos sesenta y ocho. Evory era una mujer musculosa con una buena figura. Llevaba
más de veintidós años en Europa pero aún conservaba intacto su acento americano
de Alabama. Ven con tu mamma de A-la-ba-ma, les decía a sus clientes, y
demoraba diez minutos en pronunciar Alabama. Evory
había llegado al sur de Francia embarazada, siguiendo a Chester,
un director de cine porno, al que había conocido como ayudante de fotógrafo
para Playboy. Pocos meses después de su llegada de
los Estados Unidos, Evory despertó sola en la
habitación de uno de los hoteles de una estrella en los que Chester
y ella solían hospedarse. Encontró una nota en la mesilla en la que Chester le explicaba cómo la quería y cómo la tenía que
abandonar por esas mismas razones. El día anterior ella se había negado a
aparecer en una escena mostrando su embarazo de siete meses. Se habían movido
tanto que a Evory sólo le había dado tiempo de hacer
un amigo, Jerry, el dueño de un coffee
shop en Ámsterdam, al que acudió en busca de ayuda.
El padre de Jerry había sido colaboracionista nazi
durante la guerra. Jerry restaba importancia al hecho
diciendo que tan sólo se ocupaba de suministrar películas porno a los generales
alemanes. Con el dinero que heredó de su padre, Jerry
montó el coffee shop. Tenía
algunos conocidos en el Barrio Rojo, con lo que así empezó Evory
a mostrarse tras los escaparates, una vez abandonó al niño en un cubo de basura
de un barrio pobre de Bruselas. Desde entonces, Evory
hace descuentos a los clientes que la escuchan cuando ella les cuenta lo
miserable que se siente por haber abandonado a su hijo. Marco se recordó
entonces escuchando a Evory la noche anterior y
prometiendo ayudarle a encontrar a su hijo. El senegalés seguía gritando.
Repetía una y otra vez las mismas palabras, mezclando inglés y francés y
mostrando una foto de un misionero negro sobre un mapa de África. La gente
trataba de ignorarlo y él volvía a mencionar al profeta de la foto, al Congo y
a África. Mezclaba cadencias de reverendo y de cantante de rap.
Evory consultaba una guía turística de los Países
Bajos de 1993. La había comprado en una librería de segunda mano. Todo era tan
barato en 1993, suspiraba Evory. El desconocido que
se sentaba enfrente de Marco prefirió seguir durmiendo. Se llamaba Franz y aquel mismo sábado le iba a tocar el premio gordo
de la lotería. Llamaría a su jefe y después de insultarle, le diría que nunca
más iría de un lado para otro vendiendo jabones industriales. Esa misma noche
moriría envenenado. Unas ostras en mal estado, en uno de los hoteles más caros
de Bruselas. Marco no salía de su asombro. Evory le
había recogido la maleta del hotel y le había metido en el tren. Estaba
viajando con miss Abril, 1968 y su guía turística de 1993. A Marco le habría
gustado seguir durmiendo pero sus pensamientos sobre la caducidad de las cosas
no se lo permitieron. Dejaron atrás La Haya y Rótterdam. Evory
guardó su guía en el bolso y sacó un catálogo budista con complementos para la
meditación. El tren entraba en Bruselas. Evory tomó
la iniciativa y se puso a caminar. Caminaron durante casi una hora. Marco
viajaba ligero pero empezó a notar la maleta. Posiblemente Evory
podría haber llegado con los ojos cerrados. Recordaba perfectamente el portal
donde había abandonado a su hijo. Una página doblada de la guía turística
indicaba la dirección de un restaurante uruguayo especializado en carnes. Pedro
Suárez, el dueño, había cerrado hacía tres años y trabajaba ahora de conserje
en un hotel del centro. Su hija se casaba al día siguiente. La boda estuvo a
punto de ser suspendida ya que, Pedro, el padrino estaba involucrado en la
compra de unas ostras en mal estado que habían provocado un muerto la noche
anterior. La boda se celebraría, sin embargo, quedando Pedro Suárez en libertad
condicional en espera de juicio. El matrimonio de su hija fracasaría y pasaría
a formar parte del treinta y siete por ciento de separaciones amistosas en la
ciudad de Bruselas durante el año 2002. Evory se
sentó en la acera. Estaba destrozada debido a la caminata. El restaurante
uruguayo ya no estaba allí. Marco decidió entrar en una barbería cercana. El
peluquero parecía haber envejecido esperando clientes que no acababan de
llegar. Marco vio ejemplares antiguos de Playboy
sobre la mesa de espera de la barbería. El peluquero miró detenidamente a Evory y dijo en flamenco que la había visto en algún lado.
Ninguno de los dos entendió su comentario. Marco le preguntó si sabía inglés y
él dijo que un poco. Marco le habló de veintidós años atrás y le preguntó por
un niño negro abandonado. El barbero repitió su comentario en inglés señalando
a Evory. Definitivamente, la había visto con
anterioridad pero no recordaba dónde. Luego comenzó a hablar del pequeño Mobutu, el hijo adoptivo del profeta. Movió las manos hacia
el otro lado de la calle. Allí había un local, una pequeña iglesia, con un
cartel en inglés, francés y flamenco que decía “África y Jesús están aquí.” El
joven Mobutu había sido encontrado en la basura hacía
más de veinte años y había sido criado en la misión del otro lado de la calle
por el reverendo Magee, al que todo el mundo conocía
como el profeta. Ahora se dedicaba a predicar la palabra del profeta por los
vagones de los trenes del BENELUX. El barbero volvió a señalar a Evory diciendo que la había visto en algún sitio. Marco
imaginó que el peluquero recordaba a miss Abril, mil novecientos sesenta y
ocho. Evory sabía que eso era imposible. Nunca había
sido chica Playboy. Estuvo a punto de serlo veintidós
años atrás, eso sí. O al menos, eso le había dicho Chéster el día que
concibieron al pequeño Mobutu.