En todos sus sueños el saxofonista siempre está borracho. Y ya no le
quedan venas. Sin embargo, seguirá tocando mientras haya un baterista que mueva
las escobillas. Es posible que eso no ocurra en la vida real. Aunque, lo vio
con sus propios ojos un día en el Greenwich Village de Nueva York. Marco Polo había salido a tomar una
cerveza y había acabado en un club bien estrecho en el que
sólo cabían tres músicos: una bajista de los años de Kennedy con gafas de los
años de Kennedy, unos teclados y un pequeño tambor. La gente se echó a la barra
y dejaron pasar a un negro que no se caía al caminar porque el bar no le daba
ese margen. Lo auparon al escenario y cantó. Y cantó muy bien. Y acto seguido
tocó el saxofón. Pero, claro, Nueva York no es la vida real. El primer día que
Marco Polo entró en aquella clase, el saxofonista acababa de empezar. Habría
unas quince personas y, a primera vista, todos eran bosnios. Parecía que toda
Bosnia se había refugiado en esa clase de inglés para inmigrantes en el centro
de Adelaida. Marco Polo supuso que aquella noche cuando viera las noticias,
dirían que la guerra en la Antigua Yugoslavia había acabado. Los serbios habían
entrado en Sarajevo porque todos los bosnios se habían ido a Australia. El
final de la guerra, sin embargo, vendría de otra forma. Marco Polo descubriría,
además en breve, que su primera percepción había estado equivocada. Fijándose
un poquito más, reparó en un chino y una china, en un tipo de una isla que
nunca sale en los periódicos (y no en todos los atlas), en una japonesa, en un
mauritano, una ¿india?, que sonreía, dos chilenos y un argentino. El resto
dominante seguía siendo bosnio. Excepto una que le salió polaca. Y entre los
bosnios, aún apareció un serbio y un croata. Pero se entendían lingüísticamente.
Fue uno de los bosnios el que se le presentó primero después de la primera
clase. Era alto y delgado. Le nombró una lista de jugadores de baloncesto
yugoslavos. Marco Polo pasó luego a hablar con uno de los chilenos y el
argentino. Este último era grande como el indio del manicomio del nido del
cuco, pero en argentino. Llevaba veintitrés años y unos cuantos meses en
Australia. Y recordaba los meses y los días que pasaban de los veintitrés años.
El chileno tenía el síndrome del indiano: En las Indias (en este caso,
Australia), le había ido estupendamente. Hasta su hija, que aún vivía con
ellos, tenía coche. Andaba él siempre con las gafas de sol de espejo puestas, y
un bigote fascista. Era el que más hablaba en clase. Nunca, sin embargo, había
aportado alguna información. Se llamaba Alex y acompañó a Marco Polo a la
parada del autobús. El segundo día Marco se sentó con Yokiko,
la japonesa, y Daniel, el argentino lo invitó a un café. El tercer día, vino un
soldado australiano que había estado seis meses en Rwanda como miembro de los
cascos azules. Explicó lo que estaba sucediendo en ese país. En el tiempo para
preguntas un bosnio le preguntó si los cascos azules tomaban drogas y si se
acostaban con las rwandesas como hacían en Bosnia.
Marco Polo intentó sacarlo del atolladero preguntándole sobre el clima en
Rwanda. Después de la conferencia, habló con varios bosnios. Después de otra
lista de jugadores de fútbol y baloncesto, y de entrenadores bosnios que
estaban por toda Europa, Bronco, el que parecía más joven le dijo que era la
persona con más mala suerte del mundo. Le faltaba un mes para acabar sus siete
años de ingeniería en Bosnia cuando, debido a la guerra, fue mandado a
Australia. Ahora debía volver a empezar porque allí no le convalidaban nada.
Aseguraba que si se tirara a las cataratas del Niágara, sólo se
rompería una pierna. Marco pensó para sí que había conocido a gente con peor
suerte. Un día fueron a patinar y Marco Polo habló con Abundio, el tipo que
venía del país que no salía en los mapas. Le preguntó, obviamente, por su
nombre y le dijo que no sabía por qué se llamaba así y que no conocía a nadie
con ese nombre. Yu Chao era chino y tenía canas.
Hacía retratos y caricaturas para ganarse la vida aunque había tenido más de
doscientos trabajos. En dos años pensaba volver a China.