Alaska, la última frontera

www.geocities.com/imaginoyo/                                                                                                                                                                    Fernando Martín Pescador

junio 2001

 

 

A los estadounidenses les gustan esos detalles: Cada estado tiene una flor típica, un ave representativa, un árbol,... y, sobre todo, un lema que además lucen en la matrícula de sus vehículos. En todos los coches texanos se lee “The Lone Star” (la estrella solitaria), en los californianos “The Golden State” (el estado dorado), en los de Minnesota “La tierra de los 10.000 lagos” y así cada uno de los cincuenta estados. Alaska tiene como lema (y se jacta de ser) “la última frontera”. En Anchorage, la ciudad más poblada, dos negocios bien distintos eligieron “La última frontera” como nombre para su establecimiento: el primero es un bar y el otro una tienda cristiana con objetos y libros religiosos.

En estado natural y salvaje

          Para entender esa frontera, tenemos que repasar ciertos números. El territorio de Alaska (1.530.700 km2) es tres veces más grande que el de España; es el estado más grande de Estados Unidos y significa una sexta parte del país. A pesar de semejante extensión, Alaska cuenta en estos momentos con unos 622.000 habitantes de los cuales casi la mitad están en Anchorage. Eso explica que, incluso a esta ciudad, lleguen alces y osos en invierno en busca de comida; o que sus habitantes se puedan permitir el lujo de tender la caña en el río del centro de la ciudad para pescar salmón.

          Un ejemplo de esta calidad de última frontera se manifiesta en el último referéndum más disputado del año pasado en Alaska. Mientras en California se dirimían cuestiones sobre la educación bilingüe, los alaskanos votaban sobre la legalidad de disparar a los lobos desde helicópteros y avionetas.

          El estado está lleno de parques naturales que atraen a unos dos millones de visitantes al año. Las visitas, claro está, se reducen a los meses de verano, pues la falta de luz solar y el frío complican bastante cualquier tipo de viaje. Uno de los parques más extensos e interesantes es el parque nacional de Denali, que es el nombre que usan los indígenas atapascos para referirse al monte McKinley (6.194 metros), la montaña más alta del continente norteamericano. Para hacernos una idea de la vegetación y los paisajes, pronto en Denali nos recuerdan la palabra de origen ruso “tundra”, que es un bosque de conífera baja o la palabra finlandesa “taiga”, compuesta por aguazales poblados de musgos, matorrales bajos, prados exiguos y zonas pedregosas ricas en líquenes.

          La naturaleza continúa en las costas de Alaska, desde las que se pueden ver ballenas, orcas y leones marinos en un marco natural formado por los impresionantes glaciares deshaciéndose en el mar, o fiordos similares a los noruegos.

          Un elemento natural más completa este territorio salvaje: los volcanes en activo y la frecuencia de los terremotos. En menos de cien años, ha habido al menos diez terremotos que han superado la magnitud 8 en la escala de Richter. Parte importante de la historia de Alaska es el terremoto ocurrido el Viernes Santo de 1964, que alcanzó una magnitud de 9,2, convirtiéndose en el más fuerte de todos los ocurridos en la parte norte del continente.

De la América rusa a estado confederado

Alaska perteneció a la Rusia zarista hasta 1867. Antes del gobierno ruso, habían llegado los ingleses (el famoso capitán James Cook y su sucesor Vancouver) y mucho antes los españoles aunque nunca consiguieron establecer dominio de la península del norte.

La compra de Alaska por parte de los Estados Unidos no estuvo libre de cierta controversia. El comercio de pieles controlado por los rusos había tocado fondo. Al gobierno de San Petersburgo le resultaba muy costoso el mantenimiento de la administración a tanta distancia y el gran duque Constantino instó a los norteamericanos para que compraran el territorio y así impedir que los ingleses tomaran posesión a través de Canadá. El responsable de la compra fue el senador William H. Seward, que compró Alaska por 7,2 millones de dólares (unas cuatro pesetas por acre). Los periódicos americanos criticaron al senador por comprar un mapa en blanco.

Treinta años más tarde, en 1898, comienza la fiebre del oro en Alaska y poco más tarde, en 1902, se hicieron las primeras prospecciones de petróleo. El territorio no volverá a tomar protagonismo hasta la Segunda Guerra Mundial. Las islas Aleutianas, pertenecientes a Alaska, fueron el único territorio americano que fue conquistado por los japoneses. La única autopista del estado fue construida en esa época y se estableció una fuerte presencia militar que fue reforzada durante la Guerra Fría y no ha disminuido en nuestros días. El ejército americano es hoy en día la mayor fuente de trabajo para el estado seguido por la administración pública.

Después de la guerra, el aeropuerto de Anchorage se convirtió en una base importante para que los vuelos transoceánicos repostaran combustible y finalmente, en 1959, Alaska pasó a ser el estado número 49, alcanzando esta condición poco antes que Hawai.

Entre la ecología y el progreso

Alaska no sólo es rica en petróleo. Son importantes también las minas de  oro, plata, zinc, cobre y plomo. Todo esto supone una gran fuente de riqueza para el gobierno federal, para el estado y para cada uno de los individuos empadronados en el territorio. Todas las personas que vivieron más de seis meses en Alaska el año pasado recibieron una retribución de unas cuatrocientas mil pesetas en concepto del porcentaje que les correspondía por la producción petrolera y minera del estado. Esto explica que la mayoría de los habitantes, con la excepción de los indígenas afectados por la destrucción que causa la minería en sus hábitats, esté a favor de las nuevas prospecciones del crudo que prometió Bush en su campaña.

En esta oposición se encuentran los miembros de los Gwich´in, que son los moradores de la zona que el actual presidente se ha propuesto explotar. Los Gwich´in son un pueblo cuya economía se basa en la subsistencia y por lo tanto no pueden permitirse una alteración de su ecosistema de forma tan drástica. Su supervivencia depende de la de los ciervos caribú y éstos se encuentran amenazados si se llevan a cabo las prospecciones. Estamos hablando de la costa noreste de Alaska, con lo que Canadá se ve afectada indirectamente y se opone rotundamente al proyecto. De un fiel de la balanza cuelga una zona natural protegida desde 1960 (gracias al presidente Lyndon Johnson) y del otro unas estimaciones de 16 mil millones de barriles de crudo.

Cuando el senador Jeffords abandonó el partido republicano en el senado hace unos meses señaló su desacuerdo con las prospecciones como uno de sus argumentos para dejar de apoyar al presidente. Con un senado con mayoría demócrata, muchos dudan de que la propuesta siga adelante.

El joven jefe Evon Peter

Hijo de padre judío y madre Gwich´in, Evon Peter es, a sus 25 años el jefe más joven de la historia reciente de los Gwich´in. A pesar de haber nacido en Los Angeles y de haber pasado en California los primeros cuatro años de su vida, una vez que su familia volvió al poblado Venetie, en el norte de Alaska, Peter se estableció definitivamente en tierras árticas. A los 13 años ya vivía de forma independiente dentro del poblado y a los 16, sus profesores del instituto decidieron que ya podía ir a la universidad. Una vez se hubo graduado en la Universidad de Alaska, en Fairbanks, volvió al poblado y fue elegido jefe de Venetie, un poblado ártico que se constituyó como Estado Soberano de gobierno tribal y fue ratificado como tal en 1940. Al principio no lo tenía nada claro, pero tras recibir el apoyo de los ancianos del pueblo, aceptó este cargo no remunerado. Es además consejero de varios comités nacionales sobre temas árticos y mantiene a un hijo de 4 años por medio de la economía de subsistencia, practicando la caza y la pesca. No reniega, sin embargo, de las nuevas tecnologías. Cree que internet es la clave para el futuro de nuestra sociedad. Gracias al correo electrónico, Peter está en contacto con comunidades de todo el mundo e intenta propagar lo que los Gwich´in nunca han olvidado: “Quiero demostrar al mundo que la globalización se basa en la vuelta a pequeñas comunidades de autogobierno respetuosas, a su vez, del resto de las comunidades vecinas.”

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