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Fernando Martín Pescador
junio
2001
En estado natural y salvaje
Para
entender esa frontera, tenemos que repasar ciertos números. El territorio de
Alaska (1.530.700 km2) es tres veces más grande que el de España; es el estado
más grande de Estados Unidos y significa una sexta parte del país. A pesar de
semejante extensión, Alaska cuenta en estos momentos con unos 622.000
habitantes de los cuales casi la mitad están en Anchorage.
Eso explica que, incluso a esta ciudad, lleguen alces y osos en invierno en
busca de comida; o que sus habitantes se puedan permitir el lujo de tender la
caña en el río del centro de la ciudad para pescar salmón.
Un
ejemplo de esta calidad de última frontera se manifiesta en el último
referéndum más disputado del año pasado en Alaska. Mientras en California se dirimían
cuestiones sobre la educación bilingüe, los alaskanos
votaban sobre la legalidad de disparar a los lobos desde helicópteros y
avionetas.
El
estado está lleno de parques naturales que atraen a unos dos millones de
visitantes al año. Las visitas, claro está, se reducen a los meses de verano,
pues la falta de luz solar y el frío complican bastante cualquier tipo de
viaje. Uno de los parques más extensos e interesantes es el parque nacional de Denali, que es el nombre que usan los indígenas atapascos
para referirse al monte McKinley (6.194 metros), la
montaña más alta del continente norteamericano. Para hacernos una idea de la
vegetación y los paisajes, pronto en Denali nos
recuerdan la palabra de origen ruso “tundra”, que es un bosque de conífera baja
o la palabra finlandesa “taiga”, compuesta por aguazales
poblados de musgos, matorrales bajos, prados exiguos y zonas pedregosas ricas
en líquenes.
La
naturaleza continúa en las costas de Alaska, desde las que se pueden ver ballenas,
orcas y leones marinos en un marco natural formado por los impresionantes glaciares
deshaciéndose en el mar, o fiordos similares a los noruegos.
Un
elemento natural más completa este territorio salvaje: los volcanes en activo y
la frecuencia de los terremotos. En menos de cien años, ha habido al menos diez
terremotos que han superado la magnitud 8 en la escala de Richter.
Parte importante de la historia de Alaska es el terremoto ocurrido el Viernes Santo de 1964, que alcanzó una magnitud de 9,2,
convirtiéndose en el más fuerte de todos los ocurridos en la parte norte del
continente.
De la América rusa a estado confederado
Alaska perteneció a la Rusia zarista hasta 1867.
Antes del gobierno ruso, habían llegado los ingleses (el famoso capitán James Cook y su sucesor Vancouver) y mucho antes los españoles
aunque nunca consiguieron establecer dominio de la península del norte.
La compra de Alaska por parte de los Estados Unidos
no estuvo libre de cierta controversia. El comercio de pieles controlado por
los rusos había tocado fondo. Al gobierno de San Petersburgo le resultaba muy
costoso el mantenimiento de la administración a tanta distancia y el gran duque
Constantino instó a los norteamericanos para que compraran el territorio y así
impedir que los ingleses tomaran posesión a través de Canadá. El responsable de
la compra fue el senador William H. Seward, que
compró Alaska por 7,2 millones de dólares (unas cuatro pesetas por acre). Los
periódicos americanos criticaron al senador por comprar un mapa en blanco.
Treinta años más tarde, en 1898, comienza la fiebre
del oro en Alaska y poco más tarde, en 1902, se hicieron las primeras
prospecciones de petróleo. El territorio no volverá a tomar protagonismo hasta
la Segunda Guerra Mundial. Las islas Aleutianas,
pertenecientes a Alaska, fueron el único territorio americano que fue
conquistado por los japoneses. La única autopista del estado fue construida en
esa época y se estableció una fuerte presencia militar que fue reforzada
durante la Guerra Fría y no ha disminuido en nuestros días. El ejército
americano es hoy en día la mayor fuente de trabajo para el estado seguido por
la administración pública.
Después de la guerra, el aeropuerto de Anchorage se convirtió en una base importante para que los
vuelos transoceánicos repostaran combustible y finalmente, en 1959, Alaska pasó
a ser el estado número 49, alcanzando esta condición poco antes que Hawai.
Entre la ecología y el progreso
Alaska no sólo es rica en petróleo. Son importantes
también las minas de oro, plata, zinc,
cobre y plomo. Todo esto supone una gran fuente de riqueza para el gobierno federal,
para el estado y para cada uno de los individuos empadronados en el territorio.
Todas las personas que vivieron más de seis meses en Alaska el año pasado
recibieron una retribución de unas cuatrocientas mil pesetas en concepto del
porcentaje que les correspondía por la producción petrolera y minera del estado.
Esto explica que la mayoría de los habitantes, con la excepción de los
indígenas afectados por la destrucción que causa la minería en sus hábitats, esté a favor de las nuevas prospecciones del
crudo que prometió Bush en su campaña.
En esta oposición se encuentran los miembros de los Gwich´in, que son los moradores de la zona que el actual
presidente se ha propuesto explotar. Los Gwich´in son
un pueblo cuya economía se basa en la subsistencia y por lo tanto no pueden
permitirse una alteración de su ecosistema de forma tan drástica. Su
supervivencia depende de la de los ciervos caribú y éstos se encuentran
amenazados si se llevan a cabo las prospecciones. Estamos hablando de la costa
noreste de Alaska, con lo que Canadá se ve afectada
indirectamente y se opone rotundamente al proyecto. De un fiel de la balanza cuelga
una zona natural protegida desde 1960 (gracias al presidente Lyndon Johnson) y del otro unas
estimaciones de 16 mil millones de barriles de crudo.
Cuando el senador Jeffords
abandonó el partido republicano en el senado hace unos meses señaló su desacuerdo
con las prospecciones como uno de sus argumentos para dejar de apoyar al
presidente. Con un senado con mayoría demócrata, muchos dudan de que la
propuesta siga adelante.
El joven jefe Evon Peter
Hijo de padre judío y madre Gwich´in,
Evon Peter es, a sus 25
años el jefe más joven de la historia reciente de los Gwich´in.
A pesar de haber nacido en Los Angeles y de haber
pasado en California los primeros cuatro años de su vida, una vez que su
familia volvió al poblado Venetie, en el norte de
Alaska, Peter se estableció definitivamente en
tierras árticas. A los 13 años ya vivía de forma independiente dentro del
poblado y a los 16, sus profesores del instituto decidieron que ya podía ir a
la universidad. Una vez se hubo graduado en la Universidad de Alaska, en Fairbanks, volvió al poblado y fue elegido jefe de Venetie, un poblado ártico que se constituyó como Estado
Soberano de gobierno tribal y fue ratificado como tal en 1940. Al principio no
lo tenía nada claro, pero tras recibir el apoyo de los ancianos del pueblo,
aceptó este cargo no remunerado. Es además consejero de varios comités
nacionales sobre temas árticos y mantiene a un hijo de 4 años por medio de la
economía de subsistencia, practicando la caza y la pesca. No reniega, sin
embargo, de las nuevas tecnologías. Cree que internet
es la clave para el futuro de nuestra sociedad. Gracias al correo electrónico, Peter está en contacto con comunidades de todo el mundo e
intenta propagar lo que los Gwich´in nunca han
olvidado: “Quiero demostrar al mundo que la globalización se basa en la vuelta
a pequeñas comunidades de autogobierno respetuosas, a su vez, del resto de las
comunidades vecinas.”