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La narrativa contemporánea es, sin duda, una forma de escritura paradójica. Esto es así por su naturaleza metaficcional (se trata de una escritura sobre los problemas de la misma escritura) y a la vez historiográfica (su tema central es la historia colectiva, preocupación ausente de las grandes vanguardias de entreguerras).
Como toda escritura paradójica, esta forma de narrativa integra lo que antes parecía irreconciliable: el juego con el lenguaje y sus convenciones (propio de la experimentación formalista) y la preocupación por el poder, el tiempo colectivo y los problemas éticos de la vida cotidiana.
Al generar sus propias convenciones, estos narradores han inventado también a su precursor común: el escritor argentino Jorge Luis Borges. Su importancia es tan evidente para los especialistas en la materia, que se ha llegado a afirmar que toda la narrativa contemporánea (incluyendo también la europea, la norteamericana y la japonesa) es una elaborada derivación parcial de su escritura.
Esta escritura, familiar para muchos, tiene un nombre: posmoderna. Podría hablarse de escritura "neobarroca", o simplemente de escritura contemporánea. Pero lo importante es que se trata de una producción cultural surgida precisamente a partir de nuestra historia regional.
Escritores como Fernando del Paso, Luis Rafael Sánchez, Augusto Roa Bastos, Severo Sarduy y Carlos Fuentes, entre muchos otros, son autores de textos fronterizos en más de un sentido.
Las similitudes (y diferencias) con otros escritores contemporáneos saltan a la vista. Podemos recordar la obra casi etnográfica de V. S. Naipaul, los irónicos recuentos de Nigel Barley y Paul Théroux, y las polémicas novelas del paradigmático Salman Rushdie, o bien la obra de los escritores anglosajones más jóvenes, que han elegido escribir desde un exilio voluntario. |
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En estos escritores es posible reconocer la presencia de coincidencias notables con la escritura de algunos especialistas en las ciencias sociales: comunicólogos, sociólogos, etnógrafos y psicoanalistas. Así, por ejemplo, los historiadores están cambiando la historia en diversos espacios. En Francia, Robert Darnton, Michel de Certeau y Fernand Braudel, y en México el michoacano Luis González tienen en común la pasión por narrarlo todo a escala humana, en sus detalles significativos, en el plano de la llamada "microhistoria": la historia de la vida cotidiana. Por otra parte, en el campo del psicoanálisis, la escritura lacaniana es una forma de escritura neobarroca, críptica y conceptualmente densa, en la que se incorporan elementos de la mitología clásica, la cibernética y la ortodoxia freudiana, en un discurso auto-referente y deliberadamente esquivo. Es una escritura cuya narrativa está en permanente deseo de análisis. En otros campos ocurren formas da narrativización similares. Comunicólogos cuya escritura es metafórica (como Jean Baudrillard o Avital Ronnell), psicólogos que narran las paradojas de las relaciones interpersonales (como Paul Watzlawick o Maria Selvini Palazzoli) y sociólogos que reconocen el valor de la metáfora, la ironía y los juegos con el punto de vista gramatical (como Richard Harvey Brown o, en contextos muy distintos, Charles Wright Mills y Pierre Bourdieu). Para todos ellos, la escritura es una forma de etnografía; es la mejor estrategia de aproximación al otro; es la forma idónea para establecer un diálogo entre distintos sujetos, culturas y discursos. Es, en síntesis, una estrategia de objetivación de la propia identidad. |
Las características comunes a todas estas formas de la escritura podrían resumirse en tres grandes rasgos:
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