44.-
JOSE MARTI Y LOS EXILIADOS CUBANOS.

Existen muchos cubanos, alrededor del mundo, que realizan trabajos patri�ticos de divulgar la verdadera historia de
CUBA, NUESTRA MADRE PATRIA. Entre ellos quiero mencionar a los cubanos residentes en Italia que han creado una p�gina electr�nica que honra a nuestra amada Isla, tanto por su patriotismo como por su belleza. Este website es  CUBAITALIA  que , al mismo tiempo, trata de agrupar y representar a todos los cubanos que viven en Europa.

Dicen los grandes pensadores de la Humanidad de todos los tiempos que el desarrollo del Ser Humano es en espiral y, por ende, su Historia se repite aunque en un plano superior. Por supuesto, no voy a discernir aqui sobre esta teor�a pues s�lo la expongo como gu�a para se�alar como nuestro
Ap�stol,  JOSE MARTI tambi�n se enfrent� a muchas de las cosas que a�n, actualmente, nosotros los EXILIADOS CUBANOS enfrentamos, como pan de cada d�a, de tener que soportar a la prensa liberaloide (marxistoide) del New York Times, Washington Post, Newsweek,  Miami Herald, CNN (Castro's News Network),  CBS (Castro's Broadcasting System), etc. Me refiero  a una carta que �l envi� a un diario de su �poca.

La misiva de nuestro
Ap�stol JOSE MARTI es extensa y no es posible ponerla toda pero, con permiso del website CUBAITALIA  y la se�ora Hilda Luisa Diaz-Perera, la voy a editar y poner s�lo aquellos p�rrafos y l�neas que reflejan la similitud de esa �poca con el momento actual que vivimos los EXILIADOS CUBANOS.  Quien se interese por el resto de la carta puede encontrarla en el susodicho website.

                                    
CUBA Y LOS ESTADOS UNIDOS

"VINDICACION DE CUBA"

Traducido de la carta que public� bajo este t�tulo "The Evening Post", de New York, del 25 de marzo de 1889
Sr. Director de The Evening Post

Se�or:

Ruego a usted que me permita referirme en sus columnas a la ofensiva cr�tica de los cubanos publicada en The Manufacturer de Filadelfia, y reproducida con aprobaci�n en su n�mero de ayer.

No es �ste el momento de discutir el asunto de la anexi�n de Cuba. Es probable que ning�n cubano que tenga en algo su decoro desee ver su pa�s unido a otro donde los que gu�an la opini�n comparten, respecto a �l, las preocupaciones s�lo  excusables a la pol�tica fanfarrona o la desordenada ignorancia.
Ning�n cubano honrado se humillar� hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta su virtud y desprecia  su car�cter.. Hay cubanos que por m�viles respetables, por una admiraci�n ardiente al progreso y la libertad, por el presentimiento de sus propias fuerzas en mejores condiciones pol�ticas, por el desdichado desconocimiento de la historia y tendencias de la anexi�n, desear�an ver la Isla ligada a los Estados Unidos. Pero los que han peleado en la guerra, y han aprendido en los destierros; los que han levantado, con el trabajo de las manos y la mente, un hogar virtuoso en el coraz�n de un pueblo hostil; los que por su m�rito reconocido como cient�ficos y comerciantes, como empresarios e ingenieros, como maestros, abogados, artistas, periodistas, oradores y poetas, como hombres de inteligencia viva y actividad poco com�n, se ven honrados dondequiera que ha habido ocasi�n para desplegar sus cualidades, y justicia para entenderlos; los que, con sus elementos menos preparados, fundaron una ciudad de trabajadores donde los Estados Unidos no ten�an antes m�s que unas cuantas casuchas en un islote desierto; �sos, m�s numerosos que los otros, no desean la anexi�n de Cuba a los Estados Unidos. No la necesitan. Admiran esta naci�n, la m�s grande de cuantas erigi� jam�s la libertad; pero desconf�an de los elementos funestos que, como gusanos en la sangre, han comenzado en esta Rep�blica portentosa su obra de destrucci�n. Han hecho de los h�roes de este pa�s sus propios h�roes, y anhelan el �xito definitivo de la Uni�n Norte-Americana, como la gloria mayor de la humanidad; pero no pueden creer honradamente que el individualismo excesivo, la adoraci�n de la riqueza, y el j�bilo prolongado de una victoria terrible, est�n preparando a los Estados Unidos para ser la naci�n t�pica de la libertad, donde no ha de haber opini�n basada en el apetito inmoderado de poder, ni adquisici�n o triunfos contrarios a la bondad y a la justicia. Amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting.

No somos los cubanos ese pueblo de vagabundos m�seros o pigmeos inmorales que a The Manufacturer le place describir; ni el pa�s de in�tiles verbosos, incapaces de acci�n, enemigos del trabajo recio, que, junto con los dem�s pueblos de la Am�rica espa�ola, suelen pintar viajeros soberbios y escritores..........-. Merecemos en la hora de nuestro infortunio, el respeto de los que no nos ayudaron cuando quisimos sacudirlo.
.
Los cubanos, dice The Manufacturer, tienen "aversi�n a todo esfuerzo", "no se saben valer", "son perezosos". Estos "perezosos" que "no se saben valer", llegaron aqu� hace veinte a�os con las manos vac�as, salvo pocas excepciones; lucharon contra el clima; dominaron la lengua extranjera; vivieron de su trabajo honrado, algunos en holgura, unos cuantos ricos, rara vez en la miseria: gustaban del lujo, y trabajaban para �l: no se les ve�a con frecuencia en las sendas oscuras de la vida: independientes, y bast�ndose a s� propios, no tem�an la competencia en aptitudes ni en actividad: miles se han vuelto, a morir en sus hogares: miles permanecen donde en las durezas de la vida han acabado por triunfar, sin la ayuda del idioma amigo, la comunidad religiosa ni la simpat�a de raza. Un pu�ado de trabajadores cubanos levant� a Cayo Hueso. Los cubanos se han se�alado en Panam� por su m�rito como artesanos en los oficios m�s nobles, como empleados, m�dicos y contratistas. Un cubano, Cisneros, ha contribuido poderosamente al adelanto de los ferrocarriles y la navegaci�n de los r�os de Colombia. M�rquez, otro cubano, obtuvo, como muchos de sus compatriotas, el respeto del Per� como comerciante eminente. Por todas partes viven los cubanos, trabajando como campesinos, como ingenieros, como agrimensores, como artesanos, como maestros, como periodistas. En Filadelfia, The Manufacturer tiene ocasi�n diaria de ver a cien cubanos, algunos de ellos de historia heroica y cuerpo vigoroso, que viven de su trabajo en c�moda abundancia. En New York los cubanos son directores en bancos prominentes, comerciantes pr�speros, corredores conocidos, empleados de notorios talentos, m�dicos con clientela del pa�s, ingenieros de reputaci�n universal, electricistas, periodistas, due�os de establecimientos, artesanos. El poeta del Ni�gara es un cubano, nuestro Heredia. Un cubano, Menocal, es jefe de los ingenieros del canal de Nicaragua. En Filadelfia mismo, como en New York, el primer premio de las Universidades ha sido, m�s de una vez, de los cubanos. Y las mujeres de estos "perezosos", "que no se saben valer", de estos enemigos de "todo esfuerzo", llegaron aqu� reci�n venidas de una existencia suntuosa, en lo m�s crudo del invierno: sus maridos estaban en la guerra, arruinados, presos, muertos: la "se�ora" se puso a trabajar; la due�a de esclavos se convirti� en esclava; se sent� detr�s de un mostrador; cant� en las iglesias; ribete� ojales por cientos; cosi� a jornal; riz� plumas de sombrerer�a; dio su coraz�n al deber; marchit� su cuerpo en el trabajo: ��ste es el pueblo "deficiente en moral"!

..................
Los conocimientos pol�ticos del cubano com�n se comparan sin desventaja con los del ciudadano com�n de los Estados Unidos. La ausencia absoluta de intolerancia religiosa, el amor del hombre a la propiedad adquirida con el trabajo de sus manos, y la familiaridad en pr�ctica y teor�a con las leyes y procedimientos de la libertad, habituar�n al cubano para reedificar su patria sobre las ruinas en que la recibir� de sus opresores. No es de esperar, para honra de la especie humana, que la naci�n que tuvo la libertad por cuna, y recibi� durante tres siglos la mejor sangre de hombres libres, emplee el poder amasado de este modo para privar de su libertad a un vecino menos afortunado. Acaba The Manufacturer diciendo "que nuestra falta de fuerza viril y de respeto propio est� demostrada por la apat�a con que nos hemos sometido durante tanto tiempo a la opresi�n espa�ola", y "nuestras mismas tentativas de rebeli�n han sido tan infelizmente ineficaces, que apenas se levantan un poco de la dignidad de una farsa". Nunca se ha desplegado ignorancia mayor de la historia y el car�cter que en esta liger�sima aseveraci�n. Es preciso recordar, para no contestarla con amargura, que m�s de un americano derram� su sangre a nuestro lado en una guerra que otro americano hab�a de llamar "una farsa".  �Una farsa, la guerra que ha sido comparada por los observadores extranjeros a una epopeya, el alzamiento de todo un pueblo, el abandono voluntario de la riqueza, la abolici�n de la esclavitud en nuestro primer momento de la libertad, el incendio de nuestras ciudades con nuestras propias manos, la creaci�n de pueblos y f�bricas en los bosques v�rgenes, el vestir a nuestras mujeres con los tejidos de los �rboles, el tener a raya, en diez a�os de esa vida, a un adversario poderoso, que perdi� doscientos mil hombres a manos de un peque�o ej�rcito de patriotas, sin m�s ayuda que la naturaleza! Nosotros no ten�amos hessianos ni franceses, ni Lafayette o Steuben, ni rivalidades de rey que nos ayudaran: nosotros no ten�amos m�s que un vecino que "extendi� los l�mites de su poder y obr� contra la voluntad del pueblo" para favorecer a los enemigos de aquellos que peleaban por la misma carta de libertad en que �l fund� su independencia: nosotros ca�mos v�ctimas de las mismas pasiones que hubieran causado la ca�da de los Trece Estados, a no haberlos unido el �xito, mientras que a nosotros nos debilit� la demora, no demora causada por la cobard�a, sino por nuestro horror a la sangre, que en los primeros meses de la lucha permiti� al enemigo tomar ventaja irreparable, y por una confianza infantil en la ayuda cierta de los Estados Unidos: "�No han de vernos morir por la libertad a sus propias puertas sin alzar una mano o decir una palabra para dar un nuevo pueblo libre al mundo!" Extendieron "los l�mites de su poder en deferencia a Espa�a". No alzaron la mano. No dijeron la palabra

La lucha no ha cesado. Los desterrados no quieren volver. La nueva generaci�n es digna de sus padres. Centenares de hombres han muerto despu�s de la guerra en el misterio de las prisiones. S�lo con la vida cesar� entre nosotros la batalla por la libertad. Y es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habr�an, en toda probabilidad, renovado con �xito, a no haber sido, en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas, de obtener libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, no vinieran a ser m�s que el abono del suelo para el crecimiento de una planta extranjera, o la ocasi�n de una burla para The Manufacturer de Filadelfia.

Soy de usted, se�or Director, servidor atento.

Jos� Mart�



FIRMADO;   IGNACIO ALVAREZ (Agosto 23, 2001)
Hosted by www.Geocities.ws

1