LIBERTAD PARA TODOS LOS PRESOS POLITICOS CUBANOS DEL TIRANO FIDEL CASTRO

Cristo nuevamente crucificado

Palabras finales de la Homil�a del p. Jos� Conrado, Parroquia de Santa Teresita, Santiago de Cuba. 5to Domingo de Cuaresma

Mis queridos hermanos:

Este Evangelio que acabamos de escucharnos muestra a Cristo dando vida a su amigo L�zaro. Cristo, a quien ve�amos el domingo pasado como "luz del mundo", dando al ciego de nacimiento la posibilidad de ver, se nos muestra ahora "como camino, verdad y vida" -"el que cree en m�, aunque haya muerto, vivir�"-, resucitando a su amigo L�zaro.

Sabemos bien que al resucitar a L�zaro, Jes�s firmaba su propia sentencia de muerte, y as� el "dar la vida", que respecto de L�zaro era recobrarla, para Jes�s significaba entregarla. Todo compromiso con la verdad y la justicia, significa que uno est� dispuesto a dar la vida para que otros puedan vivir. Y esto solo puede ser obra del Amor. Por eso L�zaro es, por excelencia "el amigo de Jes�s", como Jes�s demuestra serlo de L�zaro al darle la vida.

Luchar para que las personas que nos rodean tengan vida significa que estamos dispuestos a sacrificarnos para que los dem�s puedan acceder a aquellos bienes que confieren dignidad a la vida humana, que no consiste s�lo en comer y beber, aunque esto haga falta para mantener la vida, sino que consiste en poder vivir en libertad, en justicia, en verdad, en paz. Son los bienes espirituales que hacen posible la vida en plenitud.

Promover la vida significa promover aquellos valores que la dignifican y la hacen valiosa, que la acercan al proyecto que Dios tiene reservado para sus hijos desde la creaci�n del mundo. Todo hombre tiene derecho a esa vida. Derecho a la libertad y seguridad de su persona. Derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religi�n; derecho a la libertad de opini�n y expresi�n, lo que incluye no ser molestado a causa de sus opiniones, el investigar y recibir informaciones y opiniones, y el difundirlas, sin limitaci�n de fronteras, por cualquier medio de expresi�n. Derecho a la libertad de reuni�n y de asociaci�n pac�ficas. Derecho a participar en el gobierno de su pa�s, porque la voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder p�blico.

Toda persona tiene derecho, en condiciones de plena igualdad, a ser o�da p�blicamente y con justicia por un tribunal independiente e imparcial, para la determinaci�n de sus derechos y obligaciones o para el ex�men de cualquier acusaci�n contra ella en materia penal. Estos son algunos de nuestros derechos. Nadie, persona o instituci�n, nos los da, ni nos los puede quitar. Por eso son inalienables. Dios se los dio a todos sus hijos para que vivan en libertad y en fraternidad, sabi�ndonos iguales en dignidad. Por eso, luchar porque estos derechos se respeten y se puedan cumplir, es una obligaci�n que tiene todo ser humano �cu�nto m�s un disc�pulo de Jes�s!

La Carta Universal en la que se expresan estos derechos, dice en su art�culo 30: "Nada en la presente Declaraci�n podr� interpretarse en el sentido que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresi�n de cualqueira de los derechos y libertades proclamados en esta Declaraci�n".

Mis queridos hermanos, en la semana reci�n pasada, a lo largo y ancho de la Isla, se ha estado juzgando a pac�ficos defensores de los derechos humanos. Se los ha acusado, y se ha pedido para ellos largu�simas condenas de prisi�n. Incluso, cadena perpetua. A s�lo cuatro cuadras de nuestra Iglesia, en la audiencia provincial de Santiago de Cuba, se ha estado desarrollando uno de estos juicios. Si estos hombres y mujeres fueran condenados por el delito de defender los derechos humanos, para m� esta situaci�n tiene un �nico calificativo: en Cuba hoy, Cristo est� siendo crucificado de nuevo, en nuestros hermanos.

�C�mo olvidar el di�logo entre Jes�s y Pablo en el camino de Damasco, cuando �ste se dirig�a a perseguir a los cristianos:
--"�Saulo, Saulo, por qu� me persigues?
--�Y qui�n eres Se�or?
--Yo soy Jes�s, a quien t� persigues!" (Hc 9.)

No podemos permanecer indiferentes ante esta nueva "pasi�n del Se�or". Cada cual que ocupe su puesto, al pie de la cruz, acompa�ando a Cristo, ayud�ndolo a cargar la cruz, o en el bando de los vociferantes y acusadores, siempre dispuestos a emplear sus violentas espadas.

No hay opci�n. No nos han dejado opci�n. O con Cristo o contra �l.



                                                            
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Mujeres cubanas protestan contra  la oleada represiva








La Habana / 19 de abril de 2003 - Un grupo de mujeres cubanas, en su mayor�a esposas y madres de disidentes condenados a severas penas, enviaron una carta al gobernante Fidel Castro para demandar la suspensi�n de la pena de muerte y la ola represiva desatada en la isla. ''Nosotras, mujeres cubanas, fuente de vida, exigimos el cese de la pena de muerte, nadie tiene derecho a privar a un ser humano de su existencia'', indica la misiva entregada en las oficinas del Consejo de Estado. El texto demanda adem�s ``la eliminaci�n de las excesivas condenas de c�rcel, impuestas a 75 pac�ficos defensores de los derechos humanos, periodistas y economistas independientes, yotros disidentes, por s�lo expresar sus opiniones abiertamente''.

Las promotoras de la iniciativa comparecieron ante el edificio del Consejo de Estado, en la Plaza de la
Revoluci�n, para presentar la carta. Hasta el momento han firmado el documento unas 20 mujeres, y se espera que la cifra aumente en los pr�ximos d�as, luego de circular por las ciudades del interior del pa�s. ''Consideramos que no deben continuarse esas medidas represivas, ya que no constituyen una soluci�n a la crisis econ�mica, pol�tica y social que sufre el pueblo de Cuba'', concluye la carta. Entre las firmantes figuran Gisela Delgado Sabl�n, Blanca Reyes, Claudia M�rquez y Dolia Leal Francisco, esposas respectivas de los opositores H�ctor Palacios (condenado a 25 a�os), Ra�l Rivero (20), Osvaldo Alfonso (18) y Nelson Aguiar (13).

La carta fue presentada en v�speras de la votaci�n de una resoluci�n sobre Cuba en la 59na. Comisi�n de Derechos Humanos de Naciones Unidas, en Ginebra. Una nota oficial del gobierno cubano critic� fuerte-mente los intentos de condenar a Cuba ``por juzgar a un grupo de mercenarios [los 75 disidentes] al servicio del imperio y sentenciar a la pena m�xima a tres terroristas que secuestraron una embarcaci�n''. La petici�n a Castro forma parte de un creciente movimiento femenino de protestas pac�ficas, el cual comenz� a gestarse tras los recientes arrestos y juicios sumarios contra los miembros de la disidencia. Las mujeres est�n reuni�ndose cada domingo en la Iglesia de Santa Rita, en el barrio de Miramar, para asistir a misa y luego caminar en silencio por la Quinta Avenida, todas vestidas de blanco. ''Este es la manifestaci�n embrionaria de movimiento similar al de las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina [a partir de 1977]'', dijo Elizardo S�nchez Santacruz, presidente de la Comisi�n Cubana de Derechos Humanos y Reconciliaci�n Nacional (CCDHRN). S�nchez se�al� que se trata de "un grupo creciente y muy activo que se est� movilizando y despertando asombro y solidaridad de la gente''. ''No dejar� de hablar, actuar y enviar peticiones a todo el mundo hasta que no logre ver a Ra�l Rivero fuera de la c�rcel'', expres� Reyes, quien visit� el mi�rcoles a su esposo en Villa Marista por 15 minutos.

Seg�n fuentes en el extranjero, algunas de estas mujeres han recibido esta semana amenazas telef�nicas para impedir que asistan ma�ana a la Misa de Resurrecci�n.

Las autoridades penitenciarias s�lo le permiten tener a Rivero un ejemplar de la Biblia en su celda, donde permanece junto a tres criminales comunes. A comienzos de este mes, el grupo de madres, esposas e hijas hab�a divulgado una carta abierta a las primeras damas y mujeres del mundo, a los Premios Nobel de la Paz y a la opini�n p�blica internacional, reclamando la inmediata liberaci�n de sus familiares.

Tomado de www.cubanet.org, marzo de 2003.

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