Bará Patakies

Aporte de Babalorixá Pablo de Xangó
Bara es el primero que come en los ritos de sacrificio. La razón puede ser explicada por esta historia:
Un día, Olofi, el Credor se enfermó. Ninguno de los poderosos Orixas pudo curarlo. Finalmente, Olofi mandó a buscar a Bara. Este dejó su casa en el bosque, de donde colectó plantas medicinales y fue a Olofin con su bolso de medicina sobre los hombros.
Hizo que todos los Orixas lo dejaran sólo con Olofi. Luego abrió su equipaje y con sus conocimientos de hierbero, preparó un brebaje que sanó al Creador. Olofi, en muestra de su agradecimiento, decretó que siendo el Orixa más pequeño del Panteón Yoruba, serás el más grande y tendrás las llaves de todos los caminos, además sería el primero en comer antes que cualquier Orixa sea alimentado. Esto hizo a Bara muy feliz, ya que como el vivía en el bosque, a veces no tenía suficiente que comer. Esta fue la forma de como el más pequeño de los Orixas se convirtió en uno de los más grandes y adorados.

El Chivo junto con el perro eran los sirvientes domésticos de Orunmila en el cielo. Fue la deslealtad del Chivo que sé volvió una víctima de sacrificio para Bara.
Más importante es sin embargo que, el Chivo sé volvió la ofrenda principal a Bara por la deuda que el hijo de Orunmila le debió al Oba de la Muerte (Iku).
Iroso Ate (Signo de Ifa) más tarde revela cómo el hijo de un Omoluwo de Orunmila llamado Imonton o (Conoce todo) fastidio a Iku. Probando que si realmente tenía todo el conocimiento como su nombre implicaba, Iku le entregó un Chivo para que este le diera un chivito cada año. Aunque Orunmila había pensado en comprar una Chiva para vivir con el Chivo. Bara le advirtió que eso no iba a ser aceptable para Iku.
Bara le dijo a Orunmila que le diera el Chivo para comérselo y que sabría lo que hacer cuando el tiempo viniera.
Cuatro años más tarde, Iku le envió un mensaje al hijo de Orunmila a que le trajera su Chivo y sus babiecas. A este punto Bara le pidió a Orunmila que le comprase otro Chivo que también lo mató y sé lo comió, y le dejo uno de sus miembros y la cabeza. Usó las patas para marcar huellas en la tierra para fingir los pasos de una manada grande de chivos. Bara también preparó sogas supuestamente que sé usaron para amarrar los Chivos. Bara después acompañó a Orunmila a explicarle el enigma a Iku. Al llegar al sitio, Bara le explicó que los chivitos o babiecas nacidos del Chivo, un grupo armado de bandoleros los atacó, y hurtaron el Chivo y sus hijos. Para probar su explicación, Bara le mostró las sogas Iku con que ataba las chivas. Agregó que habían matado el Chivo original y por esto le trajo la pata y la cabeza como prueba.
Iku entonces sé volvió a Bara diciéndole que tendría que pagar por el Chivo en perpetuidad. Bara en respuesta, congregó los 200 santos y les dijo que desde ese entonces en adelante, si querían paz y prosperidad, siempre deberían ofrecerle Chivos para pagar su deuda con Iku. Éste es el Chivo que nosotros le pagamos a Bara hasta el momento. Tan lejos como el escritor puede verificar, todos los santos conocidos a menudo aconsejan a sus seguidores ofrecer Chivos como sacrificio a Bara de vez en cuando.

Cuenta la leyenda que al principio de la creación sólo existía aire y agua ( Orisa-nla y Oduwa) y que de pronto en el barro líquido se creó una burbuja y Olodumare, el creador, sopló su aliento de vida y ese barro se solidificó, creando una piedra de laterita (yangi) a quien denominaron Eshu, había nacido Eshu Agba " el mayor de los Eshú"

Patakí de Elegguá en Osatura
En este camino, Obatalá tenía un hijo desobediente y descreído llamado Nifa Funke, que le daba muchos dolores de cabeza.
Desde su escondite en las malezas, Elegguá veía como Nifa maltrataba a su padre de palabra y de obra, y decidió darle un escarmiento.
Un día en que Nifa Funke había corrido una distancia larga y estaba muy sudado,
se arrimo a un árbol para refrescarse con su sombra. Elegguá sacudió el árbol,
del
que cayeron muchas hojas y polvo, enfermando a Nifa.
Obatalá, desesperado, comenzó a llamar en su ayuda a Elegguá. Oggún, que venia
por el camino llevando tres cuchillos, al ver a Obatalá desesperado, le rindió
Moforibale y le pregunto que pasaba.
Al enterarse, Oggún enseguida llevo a Nifa al río, lo bañó con yerbas y lo restregó con el acho fun fun de su padre.
Pero no obstante haberle hecho ebbó, le dijo que debía ir a consultar con Orula.
Elegguá,
que seguía escondido escuchando, decidió cerrarle todos los caminos.
Oggún, Obatalá y su hijo se desconcertaron al no encontrar el camino. Oggún
encontró tres pollones y, muy astutamente, fingió comerlos. Elegguá, glotón al
fin,
salto sobre Oggún, le quito las aves y se las comió.
En ese momento, llego Obatalá y Elegguá, al verlo, se inclino a sus pies y le
rindió Moforibale, diciéndole: "Yo voy a salvar a tu hijo, Baba".
Mando a regresar al atribulado padre y salió rumbo al ilé de Orula.
Cuando llegó, se escondió y Nifa Funke se pudo consultar por fin con Orula.
Este, al tirarle el ékuele, le ordeno limpiarse con tres pollones y yerbas y
entregárselos a
Elegguá, pues este lo salvaría de todas sus malas situaciones; respetar al padre
y contentar siempre a Elegguá, quien abre y cierra los caminos de los destinos
de hombres y Orishas y por eso come antes que todos y debe dársele la sangre de
los pollones.

Érase una vez una palmera cocotera que creció en la tierra de los Orishas. Tenía las hojas gruesas, fuertes y más verdes que la de los demás árboles. Estaba radiante bajo el roció de la mañana y por la noche, bajo la pálida luz de la luna, despedía luminosidad. Las demás plantas y árboles la miraban envidiosos de su belleza. Paso el tiempo y se lleno de cientos de cocos. Su peso era una carga pero los frutos, una bendición. Observándose arrogantemente, la palmera cocotera se negaba a hacer ebo en agradecimiento por su riqueza.
- Debes devolver parte de tu prosperidad a la tierra- susurraban los demás árboles- si no quieres que te lance un rayo y reclame lo que es suyo.
Pero la palmera cocotera no quería ni oír hablar de ello.
- Soy grandiosa, la madre de toda bondad en el bosque - decía, auto engañándose-. Mis hijos, los cocos, disfrutan de buena salud. ¿Por que habría de hacer ebo si ya he sido bendecida con belleza y abundantes frutos? Todos vosotros debéis hacer ebo para pereceros más a mí - les decía.
Fue pasando el tiempo y, a medida que sus hijos maduraban, su orgullo se iba convirtiendo en vanidad. Y ocurrió que cuando mas contenta estaba la palmera consigo misma, se levanto un viento huracanado. Fuertes ráfagas soplaban por el bosque, y uno de sus muchos hijos cayo a tierra. Los árboles se quedaron quietos, asombrados ante lo que había ocurrido, y por un momento incluso la palmera cocotera sintió miedo. Pero engañándose a si misma, dijo en voz alta mirando hacia los bosques:
- No os preocupéis, no es una mala señal. Amigos míos, mi hijo ha madurado; es la semilla perfecta nacida de mi perfección. Con el tiempo, mi hijo crecerá hasta hacerse muy alto y hermoso, y se erguirá orgulloso al lado de su madre. Las bendiciones otorgadas al bosque se doblaran.
Centrada de nuevo en si misma y en sus cocos, reunió sus hojas para proteger el fruto caído de los elementos, para resguardarlo durante su crecimiento. Mientras se abanicaba y abanicaba su semilla, el poderoso Orisha Babaluaiye vino atravesando el bosque con Eleggua a su lado. Con bondad, el padre de la tierra saludo al árbol por que sus hijos, los cocos, le daban la leche que tanto le gustaba. Cerrando los ojos, Babaluaiye hizo foribale a ella y al Orisha que llevaba, pero no se dio cuenta de que ella no le devolvió el saludo. Su gesto de bondad no fue reconocido.
- Padre - susurro Eshu (Eleggua), incrédulo -. Eres un Orisha y, sin embargo, ¿estas reconociendo a un arbol?
- Este árbol es la madre de nuestro Obi caído y es el, Eleggua, quien nos provee de la leche de coco que tanto me gusta. Merece todos nuestros respetos por ser madre de uno de nuestros espíritus.
- Ella merece tanto respeto como tú, padre- dijo Eshu, interrumpiéndole- sin embargo, el árbol no te ha devuelto el saludo. Esta ignorando tu bondadoso gesto y tu bendición. ¿No sabias que se ha vuelto orgulloso y vanidoso, que es tan vil que no nos ofrece el ebo a ninguno de nosotros en gratitud por las bendiciones recibidas? Es una criatura egoísta y absorbida en si misma, padre.
Babaluaiye se dio cuenta de que Eleggua decía la verdad y observo el árbol, perdido en su ensueño, que solo se tenia en cuenta a si mismo. El no había sido saludado y la palmera ni siquiera se había dado cuenta del saludo recibido. Enfadado, Babaluaiye levanto su mano, sañaló con su dedo al árbol, y dijo:
- Solo el coco conoce el gusano que esta en su interior.
Y continuó caminando en silencio.
Eleggua se quedo atrás, dubitativo. Observo el árbol un momento. Inesperadamente, uno de los cocos cayo al suelo. La palmera se sentía feliz hasta que se dio cuenta: "¡No esta maduro!" Eleggua oyó su respiración entrecortada y se río; entonces soplo sobre el árbol. Cayo otro coco sin madurar, y después otro, y otro...Muchos cocos llovieron sobre la tierra. El poderoso árbol tembló de ira y de miedo, lo que solo hizo que un mayor numero de sus hijos se soltaran de el. La ira se convirtió en horror cuando observo que la tierra que tenia debajo perecía hervir; estaba viva, algo se movía entre sus raíces. De la tierra hirviente comenzaron a salir gusanos, sintiendo que tenían una nueva fuente de alimento sobre sus guaridas, y el horror se convirtió en dolor cuando los gusanos, además de comerse a sus hijos, penetraron profundamente en su corteza. Habían venido con tanta rapidez que el orgulloso árbol, antes muy hermoso, quedo asolado por la enfermedad y cayo muerto sobre la tierra. Por la vanidad de la palmera, todos sufrieron el castigo de Babaluaiye, un cáncer terrible que surgió del suelo y ataco a toda la familia de los cocoteros.
Eleggua se sintió complacido.
La historia de la evolución y de la eventual devolución de Obi se cuenta mediante estos tres patakies: la pureza le otorgo la inmortalidad y la vanidad causo su caída. Incluso su nueva madre, la palmera cocotera, estaba destinada a caer con el tiempo a causa de su vanidad. Por si mismo, el inmortal Obi no tenia ache, no tenia un propósito definido en el esquema de la creación. Quizás esta sea la razón por la que, a lo largo de los siglos, su naturaleza cambio y deja de ser puro, noble y desinteresado. Pero después de su caído se le dio un propósito: un método de redención y salvación.
Una vez más se convirtió en un sirviente humilde, en la voz de los espíritus sobre la tierra para que sus seguidores pudieran plantear preguntas y realizar peticiones a las fuerzas que moldean el mundo.