El
pasado mes de Febrero en la Hoja Parroquial “Aleluya”, que se distribuye en
parroquias católicas y que edita el Arzobispado de Valencia, decía el
catedrático de Teología Gonzalo Gironés al respecto de los malos tratos,
violencia doméstica y violencia de género (son tres cosas diferentes),
frases como: “Nadie ha confesado qué hicieron las víctimas, que más
de una vez provocan con su lengua”...”El varón, generalmente, no pierde los
estribos por dominio, sino por debilidad: no aguanta más y reacciona
descargando su fuerza, que aplasta a la provocadora”.
Una vez más tuvimos las mujeres que aguantar este tipo de interpretaciones de una realidad, en la que se culpabiliza a la víctima acusándola de originar el conflicto. No importa que las mujeres maltratadas sean físicamente más débiles que sus compañeros, ni que haya un fondo de desigualdad económica y de educación por tanto, una cruel situación de indefensión. Para este catedrático, el origen del conflicto reside en que estas mujeres hablan, se quejan, por lo tanto provocan. Y claro, el varón herido en su hombría debe atizarles.
Ni que decir tiene que la lluvia de protestas causaron efecto y el Arzobispo de Valencia salió al paso rectificando, pidiendo perdón y marcando distancia con el contenido de esta Hoja Parroquial. Eso le honra.
No había salido yo de mi asombro por este caso, cuando un querido hermano de mi congregación que me conoce, me dijo: “el domingo pasado en mi clase de Escuela Dominical se dijo una cosa, que si te la cuento te enfadarás”. Ni que decir tiene que le rogué y le supliqué que me la contara y luego cuando me la contó, me enfadé.
Resulta que el maestro de la clase, se refirió a la historia de David y Betsabé de la siguiente manera: estaba David tranquilamente en la terraza, cuando vio a Betsabé bañándose, y apostilló, ¡no había otro lugar para bañarse desnuda que delante de David!, y claro, David la deseó y ya sabemos cuales fueron las catastróficas consecuencias que tuvo en la vida de David la provocación de Betsabé.
Cualquiera que haya leído la historia, se da cuenta que ésta es una interpretación absolutamente tergiversada de lo que la Biblia cuenta en el segundo libro de Samuel 11:1-27.
Primero: Betsabé se estaba bañando imagino que desnuda como es normal y David la ve desde la terraza, la desea y en lo que demuestra ser un absoluto abuso de poder “la toma”. Probablemente ella ni opinó, quizás amaba a su marido y todo le resultó muy sórdido. Además de quedar embarazada y saber todo el mundo que no era de su esposo, cosa que por entonces, le podía costar la vida (vr.1-4).
Segundo: David hace llamar al marido, Urías, que demuestra ser un hombre humilde y leal al Rey, y le emborracha (vr. 13). Utiliza su poder para enviar a Urías a la guerra en primera línea con la intención de que muera (vr.15) y tiene éxito en su plan. Betsabé embarazada de David, hace duelo por su marido (vr.26).
Tercero: En el capítulo 12, Natán amonesta duramente a David por lo sucedido. Sabemos que el bebé murió y David lloró muchas lágrimas de arrepentimiento.
No sé qué me enfadó más, si el comentario del maestro de E.D., o el silencio de todos los que estaban escuchando.
No es la primera vez que las mujeres tenemos que aguantar en comentarios y predicaciones interpretaciones de este tipo, que sólo reflejan el miedo y la debilidad del que las dice. Las mujeres no somos una de dos, o abnegadas madres y esposas o provocadoras y tentadoras. Somos, seres humanos, personas con nuestras debilidades y nuestras grandezas, hechas a imagen de Dios, como los hombres. Por eso, hermanas, os animo a no callar y a rectificar con amor y paciencia (mucha paciencia) a los hermanos que aún nos ven con los clichés que ellos mismos se han montado. Algunos (no todos gracias a Dios) piensan que somos extraños seres que estamos en el mundo con la única motivación de hacerles pecar irremediablemente o bien, para ser algo parecido a madres sacrificadas por ellos hasta el infinito.
De la misma manera que pidió disculpas el Arzobispo de Valencia, van a tener que empezar a pedir disculpas algún que otro pastor, algún que otro diácono y algún que otro que conocemos, seguro. Y sobre todo, no dejemos que esos anticuados hombres nos hagan sentir culpables de lo que son sus debilidades. Al fin y al cabo la única culpa que tuvo Betsabé como bien refleja la historia bíblica, también una historia de amor y deseo fue, “ser muy hermosa” (2 Samuel 11:2).
Lola Sánchez.