DISTINTAS VARAS DE MEDIR

El peso falso es abominación a Jehová; mas la pesa cabal le agrada. (Proverbios 11:1).

Pesa falsa y medida falsa, ambas cosas son abominación a Jehová. (Proverbios 20:10).

Reflexionaba en estos versículos y recordaba dos circunstancias que viví este invierno pasado. Una de las situaciones se dio mientras compartía con varios hermanos, algunas de nuestras luchas personales, en las que a veces ganábamos y otras perdíamos. Una hermana, nos explicó lo que había vivido hacía pocas semanas. Parece ser, que una vecina suya estaba debatiéndose entre abortar o no, ella intentó convencerla de que no lo hiciera, prestándose incluso a ayudarle a criar al bebé, y a apoyarla cuando la necesitara. Pero al final la mujer decidió abortar. Nos compartió lo triste que se quedó al conocer la decisión tomada, consideró que había sido una derrota espiritual.

Alguien preguntó si se podía saber qué le había movido a tomar tal decisión. Nos contó, que esta mujer estaba casada y con un hijo, un matrimonio hasta ese momento estable y el mismo día en que ella le dijo a su esposo que estaba embarazada, él le pidió el divorcio, pues se había enamorado de otra y que mejor, abortara.

Nadie quería juzgar, pero inmediatamente la dura vara de la justicia humana cayó sobre la mujer, que no fue valiente para afrontar el futuro, que pecó contra Dios gravemente, que pasará el resto de su vida con una gran herida...etc. Yo pregunté tímidamente, ¿y la culpabilidad del padre en el aborto?. Uno de los hermanos allí presentes, muy sorprendido, dijo: ¿queeé?. Parece ser, que un hombre infiel, que abandonaba a su familia y animaba a su esposa a abortar no era objeto de crítica alguna. Todos los juicios recaían sobre la mujer. Nadie se molestó en pensar que era un ama de casa, asustada, engañada, temerosa del porvenir, con un hijo para criar en soledad y con un esposo que la abandonaba. No había una palabra de misericordia hacia ella, era pues, la total y absoluta culpable de esta terrible decisión. A nadie se le había ocurrido pensar que la responsabilidad del hecho era de los dos. El hermano “sorprendido” estaba convencido que la culpable era sólo ella, pues sólo ella llevaba al hijo en su seno y sólo ella tomó la decisión final. Algún hermano varón presente no pensaba igual (Dios le bendiga).

Semanas más tarde compartiendo con otro hermano que su ministerio está entre gente marginada, me comentaba que había tenido una conversación con una muchacha sudamericana que acababa de abortar y estaba destrozada. Resulta que asistía a una pequeña congregación evangélica y quedó embarazada de un hermano de esa iglesia, también inmigrante, casado y con hijos en su país de origen, igualmente, le dijo que no podía responsabilizarse de otro niño pues él ya tenía su familia.

Comentaba mi interlocutor que los hombres que vienen de otros países viven vidas muy duras, que se sienten solos y la infidelidad es bastante común, yo (que intento siempre ser comprensiva con las debilidades humanas) le dije que es humano sentir miedo a la soledad y buscar apoyo en alguien, aún más, cuando se encuentra la gente en un país extraño, que humano es equivocarse y sentirse vulnerable, que no era ejemplar pero humanamente comprensible. Pero tonta de mi, pensé que la comprensión hacia el hombre se extendería a la mujer, pues no, me equivoqué. Esta mujer, probablemente con una jornada de diez horas fregando casas, también sola y con escaso poder adquisitivo, no mereció más que reproches, duras palabras como asesinato.. y demás. Dicho hermano también pensaba que la responsabilidad final es de la mujer y el pecado recae sobre ella.

         No es el tema del aborto el motivo de mi reflexión, sino las varas de medir, tan flexibles, blandas y llenas de comprensión para los hombres y tan duras para las mujeres. Los seres humanos somos responsables de nuestra sexualidad y de las consecuencias de nuestros actos.

Los hombres, especialmente los cristianos, no debieran tener los mismos cómodos planteamientos al respecto que están en nuestra sociedad. La paternidad es tan importante como la maternidad, (como escribía Eli Herreros en un excelente artículo en la revista anterior, Dios es Padre y Madre), un feto que comienza a gestarse en el vientre es una vida en proyección, responsabilidad de dos.

Estos dos casos relatados salen de la vida real, todos conocemos algunos y suelen acabar con el hombre liberado de una paternidad que no deseaba y la mujer juzgada, con heridas y culpabilidades única y exclusivamente para ella. Yo no sé vosotras hermanas que leéis esta revista, si no os duele este tratamiento desigual.

         Estas dos mujeres a las que no conozco las imagino dentro de 20 años pensando cómo sería ese hijo o hija que nunca llegaron a tener, sabiendo sólo ellas y Dios el dolor que les llevó a tomar esa decisión. Llenándose de reproches de lo que debieron hacer y de lo que pudieron hacer. Con una herida difícil de cicatrizar, pues hasta los defensores más radicales del aborto libre lo consideran como un mal menor, pero un mal. Mientras, los dos varones que las dejaron embarazadas actualmente ya, ni se acuerdan del tema. Uno probablemente con una nueva familia y con hijos de su nueva esposa y el otro con su familia reagrupada en España asistiendo todos felizmente a la Escuela Dominical. Yo sé que aquí falla algo, que así todo no se queda frente a los ojos de Dios, digan lo que digan los que cargan todas las culpas siempre a las mujeres.

         No digo que digamos al mal, bien. Ni que pongamos cualquier cosa antes que la vida humana, mi deseo es que seamos más misericordiosos y comprensivos, con las mujeres, que comencemos a aplicar la misma vara de medir en cuestiones de sexo de la misma manera a hombres que a mujeres. Lo que está mal, está mal para todos, y que las misericordias repartidas por Dios cada día, también son para “todas” y sólo Él tiene derecho a juzgar.

         Ser una mujer libre ha sido muy difícil en todos los tiempos, pero ser hombre y responsable de sus actos, también lo es. Ya lo dijo el apóstol Pablo: “Velad, estad firmes en la fe, portaos varonilmente, y esforzáos. (1 Co. 16:13), por algo lo diría, digo yo.

 

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