
Cristianismo y Clonación
El pasado 12 de Febrero de 2004 salió a la luz la noticia del éxito de unos científicos surcoreanos en la clonación de un embrión humano como parte de sus investigaciones para la obtención de células madre. Aunque han dejado clara su intención de que sean utilizados en un futuro no excesivamente próximo para objetivos terapéuticos fundamentales, como por ejemplo la curación de enfermedades como la diabetes o el alzheimer, inmediatamente han surgido voces que se posicionan tanto a favor como en contra de estos estudios en base a consideraciones científicas, éticas y religiosas.
La larga sombra de la clonación humana se abate sobre este avance de la ciencia, y nos plantea dos cuestiones:
a) ¿Es éticamente correcto hacer todo lo que se puede hacer, cuando en el horizonte se encuentra (veladamente o no) la clonación de seres humanos como una posibilidad?
b) ¿Qué posicionamiento deberíamos tomar al respecto como cristianos?
Desde tiempo inmemoriales la creación de la vida sin “intervención divina” ha sido una de las metas de la imaginación y la ciencia. Poder crear seres vivos y jactarse de ganarle la partida por la mano a Dios, ha sido una de las aspiraciones de defensores del progreso científico frente a las trabas de índole religiosa que tan a menudo han planteado instituciones como la Iglesia Católica. Mary Shelley nos dió la joya literaria que muestra por excelencia dichas aspiraciones, “Frankestein”, y hace 7 años se logró con hechos (y no imaginación) la clonación de la famosa oveja Dolly (que murió prematuramente a causa de fallos en el código genético). Ya entonces se inició una confrontación generalizada que ha resultado en distintos posicionamientos al respecto. Instituciones como el Consejo Europeo, el Vaticano, partidos políticos, foros y asociaciones científicas, catedráticos y, en definitiva, todo aquel informado sobre el asunto y con tiempo libre para pensar en algo más que su subsistencia, tiene y aporta una opinión al respecto.
La clonación humana ha encendido fácilmente la chispa de intelectos temerosos de todo lo militar. Su aplicación para la creación de dobles de personalidades dista mucho de ser real a no ser que se pudiera acelerar el crecimiento (como en el Episodio II de la saga “Star Wars”), pero los avances en genética y tratamiento del ADN (prólogo de las experiencias de clonación) abren nuevas vías cara al desarrollo de armamento nuevo. No debemos olvidar que muchos de los avances científicos a lo largo de la historia de la humanidad no han tenido verdadero impulso hasta que los ejércitos del mundo han puesto su vista sobre ellos. Si quieres resultados tales como una vacuna contra un virus, no tienes más que crear un arma que permita su expansión.... inmediatamente los científicos militares se pondrán a investigar con una cantidad de recursos casi ilimitados. Es triste, pero esa es la realidad.
Para los no cristianos se plantean problemas morales que para mí resultan difíciles de entender, si no es desde el hecho de que la ética que les motiva tiene un sustrato inequívocamente judeocristiano. Si Dios no existe, todo método de creación de vida es meramente científico, ya sea la reproducción por esporas o la unión sexual entre seres de la misma especie. La clonación no es más que una fecundación in vitro (permitiéndome licencias en las notables diferencias entre ambos métodos) realizada con distintos elementos iniciales, y con un resultado predeterminado (como también lo es el elegir el sexo de un bebé). Si Dios no interviene en el proceso de la creación y se respetan los derechos fundamentales de las personas, todo proceso que pueda resultar en la creación de seres vivos ¿por qué debería ser censurado? ¿qué tiene de importante que todos seamos genéticamente distintos, más allá del particular deseo de originalidad y de las dificultades que se le pueden plantear a la policía científica?. Es más, aunque es evidencia científica que la personalidad y actuaciones de un ser humano en parte vienen establecidos por su ADN, también es un hecho empíricamente demostrado que las experiencias, entorno y educación son elementos decisivos en la relación del humano con el mundo y su percepción del mismo, con lo que una clonación no tiene por qué limitar ni predeterminar su vida. El supuesto de “demos a dos clones un mismo entorno y conjunto de experiencias y se desarrollarán igual” es una soberana tontería, por cuanto las mínimas variaciones que se produjesen afectarían notablemente al “experimento”.... variaciones tales como el modo de sentarse en la silla e incluso el ángulo de visualización de un mismo objeto. La presuposición de la no existencia de Dios debería ser elemento suficiente para no limitar el desarrollo científico cuando éste no busca causar daño directo ni indirecto a nuestros semejantes.
Pero, ¿y los cristianos? ¿qué pasa con los que creemos que Dios tiene un papel fundamental en la creación de la vida? ¿están intentando estos científicos suplantar a Dios? ¿el éxito de sus investigaciones es un nuevo ataque a la necesidad de la existencia de un Dios creador?.... y lo que es más importante ¿puede ser Dios suplantado en el proceso de otorgar vida?, porque si Dios pudiera ser suplantado en este aspecto, ¿en qué Dios creemos?
El primer paso que debemos llevar a cabo es desvincular lo que dice la Biblia (a la que consideramos Palabra de Dios) de lo que nosotros creemos que dice la Biblia.
En la Biblia se nos habla (en el libro de Génesis principalmente) de la acción creadora de Dios. Mediante la historia metafórica en que se relata la creación de TODO, se nos da a entender la intervención divina directa en el proceso global y en muchos de sus pormenores, especialmente en la formación de la vida vegetal, animal y humana. Excepto para aquellos que creen que el intelecto es una broma pesada del Padre, y que no debemos fiarnos de él cuando utilizando el don de la inteligencia se llega a conclusiones científicas, nadie cree que el mundo se crease en 7 días naturales tal y como hoy los conocemos (aunque Dios pueda físicamente hacerlo en su omnipotencia)... entre otras cosas porque nuestra medida de lo que dura un día no es absoluta, sino que radica en el tiempo que tarda la Tierra en realizar su movimiento de rotación, y el relato habla de un tiempo en el que nuestro planeta aún se estaba formando. La ciencia igualmente demuestra que la formación de una estrella como el Sol es el resultado de un proceso largo de millones de años, y no una aparición repentina sujeta a un “chasquido de dedos”. De hecho, es más fácil que Dios crease el Universo y sus distintos componentes de una manera inteligible en gran medida para nosotros, que la hipótesis de que después de chasquear sus dedos varios miles de millones de veces, plantease una trama interestelar de ecuaciones físicas equívocas que nos mantuviese ignorantes, máxime cuando esos datos día a día nos llevan a progresos de todo tipo, desde viajes espaciales a más o menos sencillos desarrollos de aleaciones para nuestros edificios. A veces no somos conscientes de que la inspiración que llevó a la escritura del Antiguo Testamento seguramente contaba, dado que Dios es omniscente, con que tendríamos miles de años de perspectiva y desarrollos científicos que nos permitirían comprenderlo en su espíritu, frente al pueblo elegido que, sin grandes conocimientos y eminentemente ovejero, debía enfrentarse a la exposición de la creación de un Universo que ni podían ver (no habían desarrollado telescopios) ni comprender (las matemáticas empleadas no abarcaban mucho más allá de la pura practicidad cara a los oficios necesarios para su sociedad), del mismo modo que su conocimiento con respecto a la reproducción se limitaba al ámbito macroscópico.
Salvado el obstáculo de la creación física, nos enfrentamos al de la creación de la vida. Es curiosa la historia de cómo Dios creó al hombre (ser humano), y creo conveniente desgranarla.
Nos cuenta el relato de Génesis como Dios decide crear un ser vivo que se enseñoree de la creación. Para ello junta distintos elementos inertes que componen lo que comúnmente llamamos barro, y moldea al primer hombre, Adán. Ese ente modelado no es más que lo que un herrero hacía en el yunque con un trozo de metal hasta darle la forma deseada (por ejemplo, una espada o una herradura). Es una creación que no está muerta, porque nunca ha estado viva. Cierto es que es una creación compleja, muchísimo más que cualquiera salida de una forja, pero sigue siendo un trozo de mundo con forma humanoide sin cualidades vitales. Es exactamente lo mismo que los científicos “clonadores” pueden hacer y hacen con óvulos y embriones, sustituyendo yunque y martillo por aguja y microscopio electrónico.
Alguien puede decir “¡¡Pretenden usurpar el puesto de Dios!!”, a lo que respondo con una pregunta ¿también lo hace el herrero?. Y para clarificar el entuerto me vuelvo a remitir al texto sagrado. La formación física de lo que después sería el hombre NO es parte del otorgamiento de vida, es su prolegómeno. Al igual que Gepeto no podía dar a Pinocho más que una estructura de madera, un científico no puede dar más que otro tipo de estructura celular, que quizá pudiera albergar vida. En el Génesis, tras el proceso meramente estructural, Dios da el aliento de vida [Génesis 2:7.- “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.”], algo que creemos que es mucho más que un impulso eléctrico. Los cristianos tenemos la certeza por fe de que el toque vital, aquello que diferencia la materia inerte del ser humano vivo, es de procedencia exclusivamente divina. Aun cuando la ciencia pueda crear estructuras orgánicas complejas y completas por cualquier proceso (incluida la clonación), y el resultado sea un ser humano vivo, esa vida creemos que no proviene de otro sino de Dios. Si Dios permite que una creación del hombre viva, dándole de ese modo la posibilidad de ser salva por la muerte y resurrección de su hijo Jesucristo, ¿de qué nos asustamos? ¿quiénes somos nosotros para enmendarle la plana a Dios? El hombre quizá algún día pueda crear el ente físico necesario para contener vida pero ¿puede dar vida sin el consentimiento de Dios?. Incluso los fundamentalistas recalcitrantes que ven la mano del diablo en estos desarrollos científicos ¿pueden negar que la presencia de vida sería una concesión divina?
La evolución científica en todos los campos no es más que el desarrollo de uno de los dones que Dios entregó al hombre para que se enseñorease de la Tierra, el intelecto. Los usos y objetivos de ese intelecto pueden encerrar pecado, como no, pero igual que la energía atómica arrasó Hiroshima, también ilumina nuestros hogares por la noche. ¿El mal que provocó esa bomba justifica el mal que podría sufrir la humanidad sin dominar la energía atómica?. Es más que discutible.
En el caso de la clonación, ¿estamos seguros de que su desarrollo dará como resultado únicamente cosas buenas?. Evidentemente, y conociendo como somos los humanos, no, pero no por ello debemos abandonar unos estudios que pueden desembocar en, por ejemplo, la mitigación del sufrimiento que producen numerosas enfermedades a día de hoy incurables.
La Biblia nos asegura que Dios nos dará un cuerpo nuevo en una tierra nueva. ¿Qué más da nuestro aspecto terrenal?. Y ya por último, desde un punto de vista egoísta-cristiano, nuevas vidas, aunque sean clonadas, son nuevas almas para llevar junto al Padre en la misión que Jesús nos encomendó a todos, nuestra Gran Comisión. ¡¡Deberíamos esperar ansiosos nuevos éxitos de la ciencia en este campo!!
Autor: Juan Alcón Illanes
Miembro de la Primera Iglesia Evangélica Bautista de Valencia (España)
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Nota del Autor: La opinión desarrollada en este artículo no implica ni muestra ningún posicionamiento general de la Primera Iglesia Evangélica Bautista de Valencia (España), ni ninguna línea común “oficial” de pensamiento establecida o inducida por la UEBE. Es la opinión estrictamente personal del autor en base a la interpretación del dilema a la luz de la Biblia.