Textos de la antigüedad que hablaron sobre Jesús

            

A pesar de lo que algunos quieren afirmar, sobre la existencia de Jesucristo escribieron Flavio Josefo, Suetonio, Tácito, Plinio el joven, Luciano y el Talmud, lo que no es una práctica extraña de la antigüedad (nadie duda de la existencia de Sócrates, pero de él nos llegó su legado a través de Platón).

 

Tácito (PAGANO) en sus Anales, escritos bajo el emperador Trajano, en el año 116 o 117, consagra un pasaje al incendio de la ciudad de Roma por obra de Nerón. El emperador apartó las sospechas que pesaban sobre él, haciendo a los cristianos responsables del incendio. Los entregó a los más refinados tormentos. Tácito explica quiénes son los cristianos: ese nombre procede de Christos, a quien el procurador Poncio Pilato había ejecutado bajo el principado de Tiberio. El ve en el movimiento cristiano una “ abominable superstición”:

 

NERÓN Y LOS CRISTIANOS

Para acabar con este rumor (que atribuía el incendio de Roma al Emperador), Nerón tachó de culpables y castigó con refinados tormentos a esos que eran detestables por sus abominaciones y que la gente llamaba cristianos. Este nombre les viene de Cristo, que había sido entregado al suplicio por el procurador Poncio Pilato durante el principado de Tiberio. Reprimida de momento, esta detestable superstición surgía de nuevo, no sólo en Judea en donde había nacido aquel mal, sino también en Roma en donde desemboca y encuentra numerosa clientela todo lo que hay de más criminal y vergonzoso en el mundo. Empezaron pues a apresar a los que confesaban su fe ; luego, basándose en sus declaraciones, apresaron a otros muchos que fueron convictos, no tanto del crimen de incendio como de odio contra el género humano. No se comentaron con matarlos ; se ideó el juego de revestirlos con pieles de animales para que fueran desgarrados por los dientes de los perros, o bien los crucifican, los embadurnaban de materias inflamables y, al llegar la noche, ellos iluminaban las tinieblas como si fueran antorchas.”

Anales, X, 44

 

Suetonio (PAGANO) en sus Vidas de los doce Césares evoca también a los cristianos a propósito de Nerón. Su testimonio es de alrededor del año 120. Está inserto en la lista de una serie de medidas dictadas por el emperador. Suetonio no menciona a Cristo, sino a los cristianos; está de acuerdo con Tácito en calificar su movimiento de “superstición”. En su vida de Claudio aparece la palabra Cristo (Chrestos) extrañamente relacionada con los judíos expulsados de Roma por el emperador: “Como los judíos se soliviantaban continuamente, instigados por un tal Chrestos, los echó de Roma”. Se suele fechar en el 49-50 el decreto de expulsión de los judíos firmado por Claudio. Los Hechos de los Apóstoles lo mencionan a propósito del encuentro de Pablo con Aquila, un judío que acababa de llegar a Italia con su esposa Priscila (Hechos 18:2). Suetonio parece pensar que Chrestos vivía en Roma en tiempos de la expulsión. No tiene por qué sorprendernos, ya que habla de aquellos sucesos unos 70 años más tarde y tan sólo conoce el cristianismo de lejos:

 

LAS MEDIDAS TOMADAS POR NERÓN

Bajo el principado (de Nerón) se dictaron muchas condenas rigurosas y medidas represivas, así como reglamentos nuevos. Se puso freno al lujo ; se redujeron los festines públicos a distribuciones de víveres. (Nerón) prohibió que en las tabernas se vendiera ninguna clase de alimento cocido, salvo verduras y legumbres a pesar de que antes se exponían a la venta todo género de viandas ; persiguió a los cristianos, linaje de hombres entregados a una superstición nueva y maléfica ; prohibió las chanzas a los aurigas, los cuales, amparándose en una tolerancia que venía de tiempo, se arrogaban el derecho de vagabundear por toda la ciudad estafando y robando por vía de entretenimiento...

Vida de Nerón, XVI

 

La carta de Plinio el joven (PAGANO) a propósito de los cristianos fue escrita entre el 111 y el 113. Plinio se hallaba entonces en Bitinia, como legado del emperador. Se encontró allí con una situación que lo dejó bastante perplejo: muchos de sus habitantes eran cristianos. Plinio escribió al emperador para pedirle consejo. ¿Qué actitud había que adoptar? la carta de Plinio contiene de paso algunos datos interesantes sobre el comportamiento de los cristianos: no son reos de ningún crimen; al contrario, se comprometen a no cometerlos; suelen reunirse un día fijo, de madrugada, para cantar salmos a Cristo como a un Dios. Trajano respondió a su amigo Plinio para indicarle la actitud que debía adoptar. Le aconsejó rechazar las denuncias anónimas y le prescribió que castigase a los que seguían diciéndose cristianos:

 

CARTA AL EMPERADOR TRAJANO

Por de pronto, respecto a los que me eran delatados como cristianos, he seguido el procedimiento siguiente: empecé por interrogarles a ellos mismos. Si confesaban ser cristianos, los volvía a interrogar segunda y tercera vez con amenaza de suplicio. A los que persistían, los mandé ejecutar… A lo largo del proceso, como suele suceder, al complicarse la causa, se presentaron varios casos particulares. Se me presentó un memorial sin firma con una larga lista de nombres. A los que negaban ser o haber sido cristianos y lo probaban invocando, con fórmula por mí propuesta, a los dioses y ofreciendo incienso y vino a tu estatua, que para este fin mandé traer al tribunal con las imágenes de las divinidades, y maldiciendo por último a Cristo-cosas todas que dice ser imposible forzar a hacer a los que son de verdad cristianos -, juzgué que debían ser puestos en libertad. Otros, incluidos en las listas de delator, dijeron sí ser cristianos, pero inmediatamente lo negaron; es decir, que lo habían sido, pero habían dejado de serlo, unos hacia tres años, otros desde más, y aun hubo quien desde veinte. Estos también, todos, adoraron tu estatua y las de los dioses y blasfemaron de Cristo.

Ahora bien, afirmaban éstos que, en suma, su crimen o, si se quiere, su error se había reducido a tener por costumbre en días señalados reunirse antes de rayar el sol y cantar, alternando entre sí a coro, un himno a Cristo como a Dios, y obligarse por solemne juramento no a crimen alguno, sino a no cometer hurtos y latrocinios ni adulterios, a no faltar a la palabra dada, a no negar, al reclamárseles, el depósito confiado…

Carta de Plinio a Trajano, X, 96

 

También hay varios textos más, como dos cartas del emperador Adriano. La primera escrita hacia el año 125, ha sido conservada por Eusebio Cesarea. Trata de las reglas que seguir en los procesos contra los cristianos. El ,emperador la había dirigido al procónsul de Asia, Minucio Fundano. Una segunda carta, fechada en el 133 o el 134, y conservada por Flavio Vospicio, habla de la mezcla del cristianismo con el culto a Serapis, en Egipto. Tenía como destinatario al cónsul Serviano:

 

CARTA DEL EMPERADOR ADRIANO A PROPOSITO DE LOS CRISTIANOS

A Minucio Fundano

He recibido una carta enviada por Serennio Graniano, persona muy distinguida, al que has sucedido tú. No me parece oportuno dejar el asunto sin examinarlo debidamente, no sea que los hombres se inquieten y se les ofrezca a los denunciantes una ayuda por su malicia. Así, pues, si los habitantes de la provincia pueden sostener abiertamente su petición contra los cristianos, de manera que el asunto pueda ser discutido ante el tribunal, que se sirvan tan sólo de este medio y no de solicitudes o de simples gritos.

Eusebio, Historia eclesiástica, IV, 9

 

De igual modo se descubrió que hay una carta de Mara bar Serapión. Este estoico sirio dirigió una carta a su hijo Serapión, que estudiaba en Edesa. Desgraciadamente es difícil señalar la fecha exacta: del siglo I al III. Se observará en esta carta el hecho de que cita en esta carta el hecho de que el rey sabio de los judíos, es decir Jesús, fue crucificado por ellos; la privación de su reino, alusión probable a su estatuto después de la guerra del 66-70, guarda relación con la muerte de Jesús. Este hecho constituye una de las primeras manifestaciones del tema del “castigo de los judíos”:

 

CARTA A SU HIJO

¿De qué les aprovechó a los atenienses hacer morir a Sócrates, si pagaron aquella ejecución con el hambre y la peste? ¿Y los de Samos quemar a Pitágoras si su país se vio en un instante sepultado por completo por la arena? ¿Y a los judíos matar a su rey sabio, si a partir de entonces se vieron despojados de su reino? Porque Dios en su justicia vegó a estos tres sabios.

Los atenienses murieron de hambre, los samios se vieron tragados por el mar, los judíos perecieron o fueron desterrados y vivieron dispersos. Si Sócrates no ha muerto, ha sido gracias a Platón; Pitágoras, gracias a la estatua de Hera, el rey sabio, gracias a las leyes que dio.

Carta editada por W. Cureton, Spicilegium syriacum.

 

El escaso número de testimonios paganos exige un comentario. Se explica por el hecho de que, en el siglo I y a comienzos del II, el movimiento cristiano no había tomado todavía una amplitud suficiente para dejar literatura algo más que unas huellas ocasionales. Avanzando unas decenas de años más en el siglo II, vemos cómo cambian las cosas. Las críticas de Luciano contra el “sofista crucificado” (hacia el año 170) y sobre todo las de Celso, muy virulentas, muestran que el movimiento cristiano empieza a llamar seriamente la atención de los filósofos paganos.

 

         Nacido hacia el 37-38, Josefo se vio mezclado muy de cerca en los acontecimientos de Palestina que condujeron a la guerra de los judíos contra los romanos. Participó activamente en ella y fue hecho prisionero. Se convirtió entonces en historiógrafo vinculado a la familia de los Flavios. Escribió la guerra de los judíos (publicada en griego entre el 75 y el 79, tras una primera redacción en arameo), Las Antigüedades judías (93-94), su Autobiografía (después del 95) y el Contra Apión (después del 100). En su obra, Josefo casi no habla de Jesús ni de los cristianos; lo hace sólo en dos pasajes de las Antigüedades, a los que hay que añadir un importante testimonio sobre Juan el Bautista:

 

a)     Santiago, hermano de Jesús, llamado el Cristo. Josefo narra así la muerte de Santiago: “ Anano reunió al Sanedrín de los jueces e hizo comparecer ante ellos a Santiago, el hermano de Jesús, llamado el Cristo, así como a algunos otros; los acusó de haber violado la ley y los entregó a la lapidación” ( Antigüedades, XX, 200). No hay razón alguna para suponer que las palabras “llamado el Cristo” hayan sido añadidas por algún copista cristiano. Semejante apelación entraba perfectamente en las categorías judías y Josefo podía entonces hablar de Jesús llamado el Cristo, sin pronunciarse personalmente sobre esta calificación.

 

También esta el “Testimonium Flavianum” o testimonio de Flavio sobre Jesús. Más problemas plantea este segundo texto de Josefo. Se encuentra en el libro XVIII de las Antigüedades. El texto “recibido” oficialmente es el que cita Eusebio en su Historia Eclesiástica (I, 11) y en su Demostración evangélica (III, 3). Su autenticidad fue pronto muy discutida. En efecto, parece bastante extraño que un judío, fariseo, pueda reconocer en Jesús al Cristo. Orígenes (alrededor del 185-253) conocía los pasajes de Josefo sobre Santiago y sobre Juan Bautista, pero no menciona para nada el que se refiere a Jesús. La tradición manuscrita de las obras de Josefo se hizo en ambientes cristianos, y es legítimo suponer que el testimonio de Josefo, que no decía tanto, fuera “hinchado” y orientado en sentido cristiano.

 

Recientemente, el israelita Shlomo Pines ha llamado la atención sobre una versión diferente de este texto. Se encuentra en la Historia Universal de Agapio, obispo árabe del siglo X. Su contenido es sensiblemente distinto. No se trata aquí de afirmar que Jesús era el Cristo; El texto dice prudentemente: “quizás era el Cristo”. Otras dos versiones de este mismo pasaje de Josefo se han señalado también en este sentido: la de san Gerónimo (342-420) en su “De viris illustribus” y la de la “Crónica de Miguel el Sirio” (siglo XII). La comparación de estas cuatro versiones resulta muy interesante. Da a entender con claridad que el texto primitivo de Josefo era sin duda menos afirmativo en cuanto a la mesianidad de Jesús que lo que da a entender el texto de Eusebio. ¿Es posible reconstruir el texto “auténtico” de Josefo? Algunos lo han intentado. En todo caso, hay que reconocer que Josefo habla ciertamente de Jesús y de su mesianidad, aunque sin comprometerse en este punto de una forma tan personal como sugiere el texto de Eusebio.

 

EL TESTIMONIO SOBRE JESUS EN LA VERSION DE EUSEBIO

Por este mismo tiempo, vivió Jesús, hombre sabio, si es que hombre hay que llamarlo, porque realizaba obras portentosas: era maestro de los hombres que recibían gustosamente la verdad y se atrajo no sólo a muchos judíos, sino también a muchos griegos. Este era el Cristo. Habiéndole infligido Pilato el suplicio de la cruz, instigado por nuestros próceres, los que primero lo habían amado no cesaron de amarlo, pues al cabo de tres días nuevamente se les apareció vivo. Los profetas de Dios tenían dichas estas mismas cosas y otras incontables maravillas acerca de él. La tribu de los cristianos, que de él tomó el nombre, todavia no ha desaparecido hasta hoy.

Antigüedades, XVIII, citado en Eusebio, Historia eclesiástica.

EL TESTIMONIO SOBRE JESUS EN LA VERSION DE AGAPIO.

Por esta época, hubo un hombre sabio llamado Jesús, de buena conducta; sus virtudes fueron reconocidas, y muchos judíos y de otra naciones se hicieron discípulos suyos. Y Pilato lo condenó a ser crucificado y a morir. Pero los que se habían hecho discípulos suyos predicaron su doctrina. Contaron que se les había aparecido tres días después de su crucifixión y que estaba vivo. Quizás era el Cristo sobre el que habían dicho cosas prodigiosas los profetas.

Agapio, Hitoria universal.

EL TESTIMONIO SOBRE JESUS EN LA VERSION DE MIGUEL EL SIRIO.

Por esta misma época, vivió Jesús, hombre sabio, si es que puede llamársele hombre. Porque era autor de obras gloriosas y maestro de verdad. Y muchos entre los judíos y entre las naciones se hicieron discípulos suyos. Se pensaba que era el mesías…

Miguel El Sirio, Crónica.

EL TESTIMONIO SOBRE JESUS EN VERSION DE SAN JERONIMO.

En esta época vivió Jesús, hombre sabio, si es que se le puede llamar hombre. Efectivamente, era el autor de hechos admirables y maestro de los que reciben libremente la verdad. Además, muchos, tanto entre los judíos como entre los gentiles, se hicieron discípulos suyos, y se creía que era el Cristo…

( San Jerónimo, De viris illustribus.)

Después de la destrucción del templo, en el año 70, el judaísmo volvió a estructurarse en torno al movimiento fariseo, que fue el único. A lo largo de los dos primeros siglos, tras un intenso trabajo de colección de las tradiciones orales recibidas por los fariseos, se llegó a la formación de un código llamado la Misná ( comienzos del siglo III ). Fue obra de los doctores llamados tannaim (enseñantes). A partir de entonces, los doctores llamados amoraim (intérpretes) emprendieron el comentario a la Misná. Este comentario llamado Gemara fue añadido a la Misná junto con las tradiciones que habían sido omitidas por los tannaim (baraitot). Así se contituyó el Talmud, en su doble versión: el Talmud de Jerusalén, acabado en el siglo IV, y el de Babilonia, en el VI.

 

La presencia de Jesús en el Talmud está marcada por la discreción. Los doctores judíos no tenían la finalidad de ocuparse de él. El personaje se encuentra relativamente poco mencionado y los pasajes en que aparece son a menudo polémicos. Se le designa con su nombre de Yeshu de Nazareth, o también por la expresión “ése”. Parece ser que sólo se refieren a él unos doce pasajes, todo lo más.

 

El más conocido de estos pasajes es una baraita del Talmud de Babilonia, que data muy probablemente del siglo II, relativo a la muerte de Jesús. Favorece a la cronología adoptada por Juan: Jesús murió la víspera de pascua, y no en el mismo día pascual. También hay que señalar el hecho de que el heraldo habla de lapidación, mientras que a continuación el texto habla de que fue colgado. La lapidación era la sentencia en que incurrían los que practicaban la magia. El hecho de que el heraldo anuncie una lapidación demuestra que el reproche que se le hace a Jesús se refiere a sus milagros y exorcismos considerados como prácticas mágicas. En cuanto al hecho de colgarlo, puede referirse también a la crucifixión, como se ve en los Hechos de los Apóstoles (5, 30; 10, 39) y en Josefo. De hecho, era el término popularmente utilizado en la antigüedad en el Imperio Romano en relación a los que se crucificaban.

LA MUERTE DE JESUS EN EL TALMUD

La tradicíon refiere: la víspera de pascua colgaron a Jesús. Un heraldo fue delante de él durante cuarenta días diciendo: “Será lapidado por haber practicado la magia y haber engañado y extraviado a Israel. Que los que conozcan algún medio de defenderlo vengan y atestigüen en su favor”. Pero no hubo nadie que atestiguaran en su favor y por eso se le colgó la víspera de pascua.

B.T.B., Sanhedrín 43 a.

 

 

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