Todos
los españoles tienen derecho a disfrutar de una
vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos
promoverán las condiciones necesarias y establecerán
las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho,
regulando la utilización del suelo de acuerdo con
el interés general para impedir la especulación.
Capítulo III, Art. 47 de la Constitución
Española.
Nota
para el lector: Las siguientes líneas,
así como los otros tres puntos que tratan el tema
de las ocupaciones, son una reformulación de un
trabajo previo de Miguel Martínez López,
sociólogo y doctor en ciencias políticas
de la Universidad de Vigo.
El
movimiento por las okupaciones ha significado una aleccionadora
prueba de relativa liberación de espacios urbanos,
donde mucha gente se ha socializado lejos de individualizarse
más y donde se han autogestionado numerosos aspectos
de la vida cotidiana detrayéndolos de la
asfixiante mercantilización dominante en nuestro
entorno.
Las
versiones parciales y simplificadoras
que provienen de los medios de comunicación, de
las autoridades políticas, policiales e incluso
de la izquierda social más tradicional y conformista
con los medios institucionalizados de protesta que existen,
han intentado, en un primer momento, despolitizar sus
acciones, y más recientemente, las autoridades
políticas y policiales han intentado asociarlas
a la figura del enemigo interno español en la etapa
de la democracia: el independentismo.
Los
medios de comunicación, y sobre todo la
prensa, han jugado un papel fundamental en la construcción
de la imaginería ocupa que gran parte de la sociedad
ha hecho suya. En los primeros años del movimiento
los desalojos no provocaban excesivos “disturbios
públicos” en la calle, por lo que la imagen
de los okupas era vista con cierta benevolencia, excepto
por la prensa más conservadora.
Si
lo comparamos con el movimiento de insumisión,
éste fue mucho más atacado por la prensa
hegemónica en las primeras acciones de desobediencia
colectiva que llevó a cabo –a partir de 1986-
de lo que era vilipendiado el movimiento okupa en sus
comienzos. La prensa dio un cambio drástico de
valoración a la insumisión –hoy ya
desaparecida de la escena mediática-, pasando a
ser más favorable con ésta mientras que
el movimiento okupa también experimentó
un cambio drástico en su tratamiento mediático,
pero precisamente en sentido contrario: cada vez más
criticado y considerado como próximo al vandalismo
urbano.
Esto
último ocurrió, sobre todo, a partir de
1996 –con la aprobación del nuevo código
penal-, cuando los desalojos, la represión y las
protestas con disturbios en la calle se incrementaron.
Además, la prensa tendió a fijarse más
en ocupaciones concretas o en el prototipo de okupa –individuo
marginal y violento, según la descripción
más general- en lugar de valorar al conjunto del
movimiento y su causa.
Sin
embargo, el movimiento okupa, sobre todo
en cuanto se manifiesta en edificaciones urbanas y en
la autogestión de Centros Sociales Okupados Autogestionados
(CSOA), ofrece un excelente ejemplo de diversidad
y radicalismo en las formas de participación urbana
existentes en las tres últimas décadas del
siglo XX.
Se
trata de un caso específico de movimiento social
urbano (MSU), con la particularidad de ser uno de
los que más relaciones mantiene con otros movimientos
sociales y uno de los que más atraen a sectores
juveniles de la población, si lo comparamos
con otros MSU tradicionales (el asociacionismo vecinal,
principalmente) Pero también es uno de
los que más promueven y practican la autogestión
de la vida cotidiana y del espacio público como
valor de uso. Este movimiento tiene diferentes
historias y pone de relieve distintas dimensiones centrales
en cada país y metrópolis, si bien, en el
contexto del Estado español, pueden apreciarse
unas pautas comunes y unos vínculos específicos
con el reciente pasado de luchas sociales.
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