Los
años de 1984 y 1985 pueden establecerse
como los detonantes de la primera onda expansiva
de okupaciones a lo largo del triángulo
formado por las ciudades de Madrid, Barcelona y Bilbao.
El movimiento se expandió después rápidamente
por el resto del Estado, aunque siempre tuvieron mayor
publicidad aquellas okupaciones situadas en las grandes
ciudades.
Entre
1991 y 1993 aparece un mínimo de 20 okupaciones
reivindicadas públicamente a lo largo del Estado,
ampliándose el triángulo
de ciudades descrito a Pamplona, A Coruña, Ourense,
Sevilla, Granada, Valencia y Alicante. Por otros medios
sabemos también de experiencias en esos años
en Vigo, Gran Canaria, Xixón, Burgos, Santiago
de Compostela, Elche, Cáceres, etc. Se trata de
okupaciones con muy distinta duración en cada caso,
desde unas horas hasta varios años.
Dentro
de ese número de okupaciones aparecen algunos
CSOA muy destacados (como Minuesa, la Casa de
la Paz, la Kasa de la Muntanya y los Gaztetxes de Bilbo
y Gasteiz) que sirven de referencia cualitativa para las
otras iniciativas más efímeras y más
silenciosas. Se adquiere, así, la conciencia de
que es posible permanecer durante varios años,
tal como lo consiguieron las okupaciones más “simbólicas”.
Estas
dos primeras etapas –segunda mitad de la
década de los 80 y primera de la década
de los 90- se enmarcan en un período paralelo de
crecimiento económico especulativo, primero, y
de crisis generalizada, después, que afecta especialmente
a la juventud en cuestiones como el desempleo y la falta
de vivienda. Al mismo tiempo, los procesos de
rehabilitación de los centros históricos
y la reestructuración de algunos barrios obreros
donde se asentaban fábricas ahora desmanteladas,
dejaron como resultado unos espacios, fantasmagóricos,
socialmente marginados.
Pero
más allá de estas generalidades y podemos
apuntar otras circunstancias especialmente importantes
para explicar el surgimiento y la expansión inicial
del movimiento en estos primeros diez años. Para
ello, cabe analizar lo que podríamos llamar
"relaciones contextuales" del movimiento con
las condiciones macro y micro de su entorno social y político,
además de la ya considerada herencia histórica
de movimientos sociales anteriores en todo el país
y en Europa.
La
primera de estas circunstancias es la situación
jurídico-penal de la okupación y la actuación
de los organismos del Estado. Desde 1870 la okupación
no violenta de inmuebles no constituía un delito,
y la legislación vigente desde 1973 hasta 1995
mantenía esa tipificación, considerando
también que no sería delito cuando se ejerciese
sin intimidación a las personas, lo que favoreció
la expansión del movimiento, una vez ya iniciado.
Sin
embargo, el gobierno socialista consiguió aprobar
con unanimidad parlamentaria un nuevo Código Penal
que entró en vigor en mayo de 1996 y que penalizaba
duramente las actividades de los MS más importantes
de la juventud en aquellos años: la insumisión
al Servicio Militar Obligatorio –abolido en la actualidad-
y la okupación.
A partir de entonces, como veremos en la tercer etapa,
los conflictos derivados de la okupación pacífica
de inmuebles dejan de tramitarse por la jurisdicción
civil y pasan directamente a la penal, pudiendo comportar
penas de prisión, aplicables también con
carácter retroactivo. La situación jurídica
anterior, pues, favorecía que se okupase sin más
riesgos que la resolución judicial y con la obligatoriedad
del desalojo y el pago de multas económicas pequeñas.
También es cierto que por aquel entonces algunas
okupaciones eran desalojadas ilegalmente, por orden directa
de la Gobernación Civil y de la Policía,
lo cual no era muy conocido públicamente si la
okupación aún no había tenido tiempo
de organizarse y de reunir un público afín
Los
ayuntamientos, además, tenían una corta
experiencia en el gobierno local democrático (desde
1979), por lo que las okupaciones se presentaban como
iniciativas que los cogían por sorpresa y no había
unanimidad de criterios a la hora de relacionarse con
ellas. Este contexto está también marcado
por la indefinida función de los ayuntamientos
en materia de vivienda social ya que, teóricamente,
es ésa una competencia, aunque no exclusiva, de
las Comunidades Autónomas, pero que necesita de
la calificación y cesión de terrenos municipales,
la gestión local de solicitudes, etc.
En
segundo lugar, el movimiento no nace de la nada.
El movimiento ciudadano anterior reivindicaba mejoras
en vivienda y en equipamientos públicos, pero también
la autogestión vecinal de los centros sociales
creados para la juventud, las mujeres, los ancianos, los
centros culturales.Esa autogestión de los centros
cívicos no siempre fue conseguida y muchos colectivos,
como por ejemplo los jóvenes, rápidamente
se sintieron excluidos de ellos, al convertirse aquellos
equipamientos en espacios dirigidos jerárquicamente
y muy vinculados a partidos políticos, una vez
que se institucionaliza el movimiento vecinal.
La
decadencia y reformismo del sindicalismo mayoritario también
hizo que parte de la juventud interesada en las luchas
de la clase obrera optara por sindicatos ahora minoritarios
(como los anarquistas) y por actividades políticas
de izquierda totalmente al margen de los sindicatos y
de los partidos políticos) Para llevar a delante
esas actividades no se dispone de los recursos ni de los
sindicatos ni de las ONGs afines a ellos, excepto la colaboración
de algunos Ateneos Libertarios. Por ello la okupación
se presenta como un medio esencial para disponer de espacios
propios dentro de un sector político antagonista
amplio, en el que se unen fuerzas y códigos culturales
En
tercer lugar, unas okupaciones invitan a otras,
y el movimiento okupa se alía con otros movimientos
afines. Los medios de comunicación alternativos
contribuyen a que las primeras experiencias, sobre todo
las más duraderas, tengan una amplia difusión.
Las propias ocupas procuran darse a conocer con ruedas
de prensa y publicitando en la calle sus actividades.
Las manifestaciones de protesta consiguen agrupar, ante
todo, a las personas vinculadas a las diversas okupaciones
que existen en una misma ciudad y son fácilmente
la semilla de nuevos activistas para las siguientes okupas.
Aunque
el protagonismo de esa década (entre mediados de
los 80 y mediados de los 90) en cuanto a los MS de la
juventud lo ostentaba el movimiento de insumisión,
las okupas son espacios relativamente permanentes donde
realizar charlas, debates y asambleas de los colectivos
de ese movimiento, por lo que ambos se retroalimentan
mutuamente. Además, una gran mayoría de
los okupas masculinos se declaran insumisos y se hizo
frecuente que en los desalojos de las primeras okupaciones
fueran detenidos y retenidos más por estar en busca
y captura por insumisión que por okupar.
También
los CSOA se convirtieron en espacios donde otros colectivos
–artísticos, feministas, de comunicación
alternativa, etc.- se reunían y hacían fiestas
para financiarse, con lo cual ampliaban sus redes de apoyo,
de simpatizantes y de colaboradores con MS afines. Se
conseguía así una legitimación no
sólo por derecho –según los fines
y medios defendidos con las ocupaciones-, sino también
de hecho –compartiendo el uso de los espacios reapropiados
socialmente-. Los conciertos, en particular, y los grupos
de música surgidos en el circuito de CSOA, son
también el principal nexo del movimiento con amplios
sectores de la juventud de los barrios obreros y con un
mundo artístico y contracultural.
La
tercera etapa que podríamos llamar de maduración,
entre 1995 hasta la actualidad, se podría caracterizar
por el aumento de la criminalización y de los riesgos
de represión, pero también por el incremento
de la respuesta okupa organizada, viviéndose la
mayor expansión y crecimiento cuantitativo y cualitativo.
Entre los años 1996 y 1999 se sucede una auténtica
efervescencia de okupaciones y desalojos, ahora con numerosas
detenciones, juicios públicos y amplias manifestaciones
en las calles. Sólo en Cataluña, entre 1996
y 1998 se han contabilizado más de 100 desalojos,
a menudo ejecutados con una desbordante violencia policial.
Ciudades como Terrassa, en las que el movimiento okupa
se había ido organizando progresivamente de forma
más efectiva, vivieron de forma especialmente dura
la onda represiva: se produjeron unos 10 desalojos en
el mismo periodo de tiempo y más de 40 personas
fueron detenidas
El
ritmo trepidante de enfrentamientos empieza a provocar
a la prensa a hablar de un movimiento social
al mismo tiempo que rebajan el sentido político
de ese concepto, considerándolo participado por
tribus urbanas. En todo caso, según la
imagen pública construida por los mass media, ya
no existen únicamente okupaciones puntuales en
una u otra ciudad, sino una tela de araña de iniciativas
y grupos okupas. Se trata del resurgir de la okupación
en las grandes ciudades: hasta unas 200 okupaciones y
más de 2000 activistas, según la estimación
“a la baja” del periódico El País,
en 1997.
El
momento más simbólico de
esta etapa está marcado por los siete meses de
okupación del Cine Princesa en
pleno centro de Barcelona, y por el desalojo de éste.
Con lo que se demuestra que los dirigentes socialistas
en los ayuntamientos donde gobernaban fueron igual de
implacables que las autoridades conservadoras en la represión
del movimiento.
¿Fue
entonces la nueva ola de okupaciones resultado de una
reacción ante la criminalización? Esa interpretación
sugeriría que el sistema político institucional
y los mecanismos mediadores que usan las autoridades son
las únicas relaciones contextuales importantes
que favorecerían la continuidad del movimiento.
Sin embargo, es lógico pensar que el resto de dimensiones
contextuales señaladas en las dos fases iniciales,
seguían presentes también después
de 1995. Además, las experiencias anteriores de
okupación se difundieron por todo el Estado gracias,
entre otras razones, al crecimiento de nuevos
medios de comunicación alternativos, a
la nueva atención que los mismos medios alternativos
y la prensa hegemónica también empezaron
a prestarles.
Por
último, no se puede olvidar el constante
intercambio de personas que van visitando las
distintas experiencias de una ciudad a otra, divulgando
y aprendiendo de las experiencias ya iniciadas. Se
reproducían así fórmulas de reflexión
organizativa ya practicadas en otros países europeos
y se reconocía la necesidad de una información
orientadora e incitadora a la acción, imprescindible
de cualquier poder popular.
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