DESDE DENTRO
La ocupación y autogestión de fábricas

Desde hace más de dos años un formidable y creciente movimiento de ocupación de empresas y la puesta en producción bajo gestión de sus trabajadores se está desenvolviendo en Argentina. La base material que sustenta este movimiento no es otra que el intenso proceso de destrucción de fuerzas productivas que provoca la crisis, de la que ya hemos hablado. Nuestra intención es, vistos ya los antecedentes históricos, explicar, brevemente, el por qué de este aumento en la ocupación, las consecuencias que tiene y cómo funcionan estas fábricas.

La economía argentina, desde 1998, ha vivido cuatro años de recesión que han concluido con su ingreso en un ciclo de depresión y estancamiento, con fuertes caídas de la demanda agregada, del producto bruto interno y de la inversión bruta fija. En un gigantesco vaciamiento, cientos de empresas cierran sus puertas lo que encuentra su contrapartida en la perdida de cientos de miles de puestos de trabajo, en la fenomenal caída de la tasa de empleo y en la instalación del miedo y la inseguridad laboral entre quienes aún conservan su trabajo, e impulsando a la desesperación a quienes lo pierden.

Esta crisis hay que contextualizarla en un marco político en que el arrollador avance de la ofensiva del capital -en su fase neoliberal- ha llevado al límite de la ilegitimidad al sistema de representación político-social y ha diluido el papel integrador que en el juegan las instituciones de la democracia representativa. Todos tenemos en nuestra mente las imágenes de la Argentina en las calles el diciembre del 2001, de la huida en helicóptero del presidente De la Rúa, del “corralito” financiero, de las largas colas frente a los bancos, de los cortes de carretera y últimamente, por desgracia, de la muerte de niños por desnutrición en las zonas menos desarrolladas.

La situación llegó a tales extremos que los obreros de fábricas cerradas por bancarrota, frente al abandono de los propietarios, se 'atrincheran' en su territorio laboral: ocupan las plantas primero, resisten los desalojos después -por medio de batallas legales y físicas- y por último gestionan su producción. 'Lo hicimos por desesperación. No teníamos adónde ir y nos jugamos. Nos salió bien y hoy podemos contar el cuento' 'No nos dejaron más alternativa. De la quiebra no íbamos a cobrar nada y aunque cobráramos, eso se iba a acabar pronto y conseguir un trabajo ahora es casi imposible', son algunos de los comentarios de los obreros que tomaron sus fábricas.

Según la Federación de Cámaras y Centros Comerciales de la República Argentina, unas 1.800, de un total de 200.000 pequeñas y medianas empresas en el país, son manejadas por sus empleados luego de haber quedado a la deriva cuando sus titulares las dejaron en bancarrota. Una vez que una empresa ha caído en quiebra, los trabajadores pueden pedir al gobierno que la transforme en una cooperativa para evitar la liquidación de los activos. Obtenido ese permiso, la empresa es ya de los empleados y no puede ser reclamada por los anteriores dueños.

'Fábrica quebrada, fábrica tomada' es la consigna de miles de obreros argentinos que, ante la desesperación de quedarse sin empleo, deciden apropiarse de su lugar de trabajo y gestionar ellos mismos la producción, en un país sumido en un túnel recesivo de difícil salida. Es una tendencia que crece al ritmo de la crisis económica que vive el país. La autogestión de los empleados de unas 120 empresas logró rescatar 12.000 puestos de trabajo, según el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (MNER), que reúne a unas 80 firmas.

Es la propia mecánica de la crisis del capital la que ha desplazado el centro de la lucha, sacándola de la orbita de la distribución de la riqueza y recolocándola en el plano de las propias relaciones de producción. Con su consecuencia inevitable: el cuestionamiento del sacrosanto principio de la propiedad privada. Es un proceso objetivo pero que entronca con la tendencia histórica que muestra cómo, en distintas etapas y períodos, con distinta fuerza e intensidad, el trabajo ha intentado desplazar al capital, reemplazarlo por la organización obrera, buscando tomar en sus manos el control de las empresas

El MNER presentó en el Congreso argentino un proyecto de ley para que, cuando quiebre una empresa, los bienes productivos no se liquiden sino sean otorgados a los trabajadores por dos años para trabajar. La actual Ley de Quiebras privilegia a los acreedores sobre los empleados. El movimiento ya logró que varios municipios expropien fábricas desactivadas y se las donen a los obreros.

Por otra parte, la autogestión está probando que los trabajadores, además de ser capaces de producir 'sin patrones', pueden conducir empresas con éxito. En teoría, la mayoría de estas empresas están bajo el régimen cooperativo; las menos, bajo gestión obrera directa. Esta realidad ha reinstalado con fuerza propia al interior de los sectores más avanzados del movimiento obrero y popular, fundamentalmente entre los protagonistas directos, el debate histórico entre control obrero y cooperativismo.

Como es sabido bajo el régimen de producción capitalista los trabajadores, como productores colectivos, se encuentran formalmente privados del conocimiento integral y de toda autoridad sobre el proceso productivo, sobre lo producido por su trabajo y sobre el resultado de la venta de ese producido. El monopolio de ese conocimiento y de esa autoridad está formalmente fuera de su alcance, en manos del capital.

De hecho, y más allá de que estos hechos resulten hechos conscientes, la acción autónoma de ocupar, resistir, producir, comercializar por los propios trabajadores cuestiona el monopolio de la autoridad y el monopolio del saber. Por eso, se puede decir que, aunque en forma larvada o embrionaria, un poder distinto comienza a oponerse al poder constituido. En el debate entre cooperativismo o control obrero subyace esta cuestión, que no es otra que la oposición entre la ruptura con la lógica del capital o la reintegración a la misma.

Bajo la forma cooperativa, que presupone adhesión voluntaria y gestión autónoma, se logra la recuperación de las fuentes de trabajo, una distribución más igualitaria de lo ingresos al interior de cada unidad de producción, incluso es posible un mayor rendimiento producto de una racionalidad administrativa diferente. Es claro que estas son condiciones infinitamente mejores que las existentes, sin embargo no pueden escapar a la lógica del sistema: la competencia en el mercado. Lo que implica que los niveles salariales, las condiciones de trabajo y las productividades están siempre en juego. Porque tanto las remuneraciones, las condiciones de venta de la fuerza de trabajo y los tiempo y ritmos de la producción inciden sobre los costos finales del producto, y este es fundamental para la competencia intercapitalista.

Por el contrario, el control obrero, que también supone adhesión voluntaria y autonomía, mantiene la empresa bajo la titularidad del capital, sea privado o estatal, pero los trabajadores asumen el control de todo el proceso, así como de los registros contables. Se trata de una 'reforma no reformista', propia de un período de alza de la lucha de clases, que no resulta integrable por el capital y cuyo futuro depende de una generalización y un cambio profundo en la relación de fuerzas sociales.

La coyuntura argentina actual presenta particularidades propias, ya que frente a la huída de los capitalistas y la negativa del Estado a asumir responsabilidades hay empresas que están funcionando bajo una forma de control obrero 'sui géneris' ya que no hay patrón a quien controlar (cooperativas). En este contexto, pues, lo que predomina es la gestión obrera directa, donde los trabajadores se hacen cargo de la administración integral de la empresa, en un proceso que tiene claros rasgos autogestivos. Esta solución de clase es resultado directo del carácter de la crisis que atraviesa el país.

Las conexiones con el fenómeno de la ocupación fabril que se produjo en la zona republicana durante la guerra civil española, son, pues evidentes. Ante la huida de los patronos (en la mayoría de los casos, en España) los obreros se ven forzados a tomar el control de las fábricas y autogestionarlas. El éxito de dicha gestión da paso a un debate sobre el surgimiento de un nuevo modelo –no solo económico, sino social, que abarca todo- que, aunque convive con otro –el capitalista- necesita, si pretende expandirse, romper con el primero.

No obstante, el contexto es, obviamente, diferente. En el verano del 36, no solo estaba en crisis la economía, sino que el país estaba totalmente fracturado, incluso entre los mismo bandos. En Argentina, alejado el fantasma de un conflicto armado interno entre dos bandos similares en población, como puede ser el caso de Venezuela, la población, aunque dividida en los métodos, tiene un objetivo común: el QSVT o “que se vayan todos!” (los políticos)

A las clases medias, la crisis les ha afectado tanto o más como a la población de clase baja, y parte de sus integrantes han adoptado posturas radicales. Si bien, también es cierto que parte de ese sector de clase media mantiene una posición ambigua y una mejora sustancial en sus condiciones de vida puede inclinarla hacia el reformismo, apartándola de la ruptura con el modelo actual, que es lo que propugnan gran parte de los nuevos movimientos sociales surgidos al calor de la revuelta de diciembre de 2001, como los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD), las asambleas, los piqueteros y, por supuesto, las fábricas tomadas.

Si el movimiento de ocupación fabril y gestión obrera es capaz de superar los estrechos límites de cada una de las fábricas en cuestión, si se afirma en el carácter social de su producción -diferenciada por tanto de la lógica de la ganancia- y avanza en las coordinación y planificación de sus producciones -diferenciándose por lo tanto de la anarquía capitalista-, estará exponiendo ante la sociedad, que da muestras de una adhesión y simpatía hacia el movimiento pocas veces conocida, que otra forma de producir y de planificar son posibles, y que otras relaciones de producción son necesarias para resolver la crisis del país. La industria juega un papel vital en la ruptura con el capitalismo.

Aun en forma contradictoria la situación actual presenta condiciones favorables. El movimiento de ocupación fabril y gestión obrera tiene puntos de contacto con los otros movimientos. Comparte con ellos el carácter asambleario, esto es la discusión sobre quién decide y como se decide; el carácter autogestivo de los emprendimientos que realizan, esto es, tomar en sus manos la resolución de los problemas. En conjunto, coinciden en el carácter democrático y de pluralidad política que debe prevalecer, rasgo imprescindible para mantener la unidad del movimiento.

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