INTRODUCCION DE F. ENGELS A LA EDICION DE 1891
El trabajo que reproducimos a continuación se publicó, bajo
la forma de una serie de artículos editoriales, en la "Neue Rheinische
Zeitung" [2], a partir del 4 de abril de 1849. Le sirvieron de base las
conferencias dadas por Marx, en 1847, en la Asociación Obrera Alemana de
Bruselas [3] . La publicación de estos artículos quedó incompleta; el «se
continuará» con que termina el artículo publicado en el número 269, no se pudo
cumplir, por haberse precipitado por aquellos días los acontecimientos: la
invasión de Hungría [4] por los rusos, las insurrecciones de Dresde, Iserlohn,
Elberfeld, el Palatinado y Baden [5], y, como consecuencia de esto, fue
suspendido el propio periódico (19 de mayo de 1849). Entre los papeles dejados
por Marx no apareció el manuscrito de la continuación [6].
De "Trabajo asalariado y capital" han visto la
luz varias ediciones en tirada aparte bajo la forma de folleto; la última, en
1884 (Hottingen-Zurich Tipografía Cooperativa suiza). Todas estas reimpresiones
se ajustaban exactamente al texto del original. Pero la presente edición va a
difundirse como folleto de propaganda, en una tirada no inferior a 10.000
ejemplares, y esto me ha hecho pensar si el propio Marx habría aprobado, en
estas condiciones, la simple reimpresión del texto, sin introducir en él
ninguna modificación.
En la década del cuarenta, Marx no había terminado aún su
crítica de la Economía Política. Fue hacia fines de la década del [146]
cincuenta cuando dio término a esta obra. Por eso, los trabajos publicados por
él antes de la aparición del primer fascículo de la "Contribución a la
crítica de la Economía Política" (1859), difieren en algunos puntos de los
que vieron la luz después de esa fecha; contienen expresiones y frases enteras
que, desde el punto de vista de las obras posteriores, parecen poco afortunadas
y hasta inexactas. Ahora bien, es indudable que en las ediciones corrientes,
destinadas al público en general, caben también estos puntos de vista
anteriores, que forman parte de la trayectoria espiritual del autor, y que
tanto éste como el público tienen el derecho indiscutible a que estas obras
antiguas se reediten sin ninguna alteración. Y a mí no se me hubiera ocurrido,
ni en sueños, modificar ni una tilde.
Pero la cosa cambia cuando se trata de una reedición
destinada casi exclusivamente a la propaganda entre los obreros. En este caso,
es indiscutible que Marx habría puesto la antigua redacción, que data ya de
1849, a tono con su nuevo punto de vista. Y estoy absolutamente seguro de obrar
tal como él lo habría hecho introduciendo en esta edición las escasas
modificaciones y adiciones que son necesarias para conseguir ese resultado en
todos los puntos esenciales. De antemano advierto, pues, al lector que este
folleto no es el que Marx redactó en 1849, sino, sobre poco más o menos, el que
habría escrito en 1891. Además, el texto original circula por ahí en tan
numerosos ejemplares, que por ahora basta con esto, hasta que yo pueda
reproducirlo sin alteración en una edición de las obras completas.
Mis modificaciones giran todas en torno a un punto. Según
el texto original, el obrero vende al capitalista, a cambio del salario, su
trabajo; según el texto actual, vende su fuerza de trabajo . Y acerca de esta
modificación, tengo que dar las necesarias explicaciones. Tengo que darlas a
los obreros, para que vean que no se trata de ninguna sutileza de palabras, ni
mucho menos, sino de uno de los puntos más importantes de toda la Economía
Política. Y a los burgueses, para que se convenzan de cuán por encima están los
incultos obreros, a quienes se pueden explicar con facilidad las cuestiones
económicas más difíciles, de nuestros petulantes hombres «cultos», que jamás,
mientras vivan, llegarán a comprender estos intrincados problemas.
La Economía Política clásica [7] tomó de la práctica
industrial la idea, en boga entre los fabricantes, de que éstos compran y pagan
el trabajo de sus obreros. Esta idea servía perfectamente a los fabricantes
para administrar sus negocios, para la contabilidad y el cálculo de los
precios. Pero, trasplantada simplistamente a la Economía Política, causó aquí
extravíos y embrollos verdaderamente notables.
La Economía Política se encuentra con el hecho de que los
precios de todas las mercancías, incluyendo el de aquélla a que da el nombre de
«trabajo», varían constantemente; con que suben y bajan por efecto de
circunstancias muy diversas, que muchas veces no guardan relación alguna con la
fabricación de la mercancía misma, de tal modo que los precios parecen estar
determinados generalmente por el puro azar. Por eso, en cuanto la Economía
Política se erigió en ciencia [8], uno de los primeros problemas que se le
plantearon fue el de investigar la ley que presidía este azar que parecía
gobernar los precios de las mercancías, y que en realidad lo gobierna a él.
Dentro de las constantes fluctuaciones en los precios de las mercancías, que
tan pronto suben como bajan, la Economía se puso a buscar el punto central fijo
en torno al cual se movían estas fluctuaciones. En una palabra, arrancó de los
precios de las mercancías para investigar como ley reguladora de éstos el valor
de las mercancías, valor que explicaría todas las fluctuaciones de los precios
y al cual, en último término, podrían reducirse todas ellas.
Así, la Economía Política clásica encontró que el valor de
una mercancía lo determinaba el trabajo necesario para su producción encerrado
en ella. Y se contentó con esta explicación. También nosotros podemos detenernos,
provisionalmente, aquí. Recordaré tan sólo, para evitar equívocos, que hoy esta
explicación es del todo insuficiente. Marx investigó de un modo minucioso por
vez primera la propiedad que tiene el trabajo de crear valor, y descubrió que
no todo trabajo aparentemente y aun realmente necesario para la producción de
una mercancía añade a ésta en todo caso un volumen de valor equivalente a la
cantidad de trabajo consumido. Por tanto, cuando hoy decimos simplemente, con
economistas como Ricardo, que el valor de una mercancía se determina por el
trabajo necesario para su producción, damos por sobreentendidas siempre las
reservas hechas por Marx. Aquí, basta con dejar sentado esto; lo demás lo
expone Marx en su "Contribución a la crítica de la Economía Política"
(1859), y en el primer tomo de "El Capital".
Pero, tan pronto como los economistas aplicaban este
criterio de determinación del valor por el trabajo a la mercancía «trabajo»,
caían de contradicción en contradicción. ¿Cómo se determina el valor del «trabajo»?
Por el trabajo necesario encerrado en él. Pero, ¿cuánto trabajo se encierra en
el trabajo de un obrero durante un día, una semana, un mes, un año? El trabajo
de un día, una semana, un mes, un año. Si el trabajo es la medida de todos los
valores, el «valor del trabajo» sólo podrá expresarse en trabajo. Sin embargo,
con saber que el valor de una hora de trabajo es igual a una hora de trabajo,
es como si no supiésemos nada acerca de él. Con esto, no hemos avanzado ni un
pelo hacia nuestra meta; no hacemos más que dar vueltas en un círculo vicioso.
La Economía Política clásica intentó, entonces, buscar otra
salida. Dijo: el valor de una mercancía equivale a su coste de producción.
Pero, ¿cuál es el coste de producción del trabajo? Para poder contestar a esto,
los economistas vense obligados a forzar un poquito la lógica. En vez del coste
de producción del propio trabajo, que, desgraciadamente, no se puede averiguar,
investigan el coste de producción del obrero. Este sí que puede averiguarse.
Varía según los tiempos y las circunstancias, pero. dentro de un determinado
estado de la sociedad, de una determinada localidad y de una rama de producción
dada, constituye una magnitud también dada, a lo menos dentro de ciertos
límites, bastante reducidos. Hoy, vivimos bajo el dominio de la producción
capitalista, en la que una clase numerosa y cada vez más extensa de la
población sólo puede existir trabajando, a cambio de un salario, para los
propietarios de los medios de producción: herramientas, máquinas, materias
primas y medios de vida. Sobre la base de este modo de producción, el coste de
producción del obrero consiste en la suma de medios de vida —o en su
correspondiente precio en dinero— necesarios por término medio para que aquél
pueda trabajar y mantenerse en condiciones de seguir trabajando, y para
sustituirle por un nuevo obrero cuando muera o quede inservible por vejez o
enfermedad, es decir, para asegurar la reproducción de la clase obrera en la
medida necesaria. Supongamos que el precio en dinero de estos medios de vida
es, por término medio, de tres marcos diarios.
En este caso, nuestro obrero recibirá del capitalista para
quien trabaja un salario de tres marcos al día. A cambio de este salario, el
capitalista le hace trabajar, digamos, doce horas diarias. El capitalista echa
sus cuentas, sobre poco más o menos, del modo siguiente:
Supongamos que nuestro obrero —un mecánico ajustador— tiene
que hacer una pieza de una máquina, que acaba en un día. La materia prima,
hierro y latón, en el estado de elaboración requerido, cuesta, supongamos, 20
marcos. Al consumo de carbón de la máquina de vapor y el desgaste de ésta, del
torno y de las demás herramientas con que trabaja nuestro obrero representan,
digamos —calculando la parte correspondiente a un día y a un obrero—, un valor
de un marco. El jornal de un día es, según nuestro cálculo, de tres marcos. El
total arrojado para nuestra pieza es de 24 marcos. Pero el capitalista calcula
que su cliente le abonará, por término medio, un precio de 27 marcos; es decir,
tres marcos más del coste por él desembolsado.
¿De dónde salen estos tres marcos, que el capitalista se
embolsa? La Economía Política clásica sostiene que las mercancías se venden,
unas con otras, por su valor; es decir, por el precio que corresponde a la
cantidad de trabajo necesario encerrado en ellas. Según esto, el precio medio
de nuestra pieza —o sea 27 marcos— debería ser igual a su valor, al trabajo
encerrado en ella. Pero de estos 27 marcos, 21 eran valores que ya existían
antes de que nuestro ajustador comenzara a trabajar. 20 marcos se contenían en
la materia prima, un marco en el carbón quemado durante el trabajo o en las
máquinas y herramientas empleadas en éste, y cuya capacidad de rendimiento
disminuye por valor de esa suma. Quedan seis marcos, que se añaden al valor de
las materias primas. Según la premisa de que arrancan nuestros economistas,
estos seis marcos sólo pueden provenir del trabajo añadido a la materia prima
por nuestro obrero. Según esto, sus doce horas de trabajo han creado un valor
nuevo de seis marcos. Es decir que el valor de sus doce horas de trabajo
equivale a esta cantidad. Así habremos descubierto, por fin, cuál es el «valor
del trabajo».
— ¡Alto ahí! —grita nuestro ajustador—. ¿Seis marcos,
decís? ¡Pero a mí sólo me han entregado tres! Mi capitalista jura y perjura que
el valor de mis doce horas de trabajo son sólo tres marcos, y si le reclamo
seis, se reirá de mí. ¿Cómo se entiende esto?
Si antes, con nuestro valor del trabajo nos movíamos en un
circulo vicioso, ahora caemos de lleno en una insoluble contradicción.
Buscábamos el valor del trabajo, y hemos encontrado más de lo que queríamos.
Para el obrero, el valor de un trabajo de doce horas son tres marcos; para el
capitalista, seis, de los cuales paga tres al obrero como salario y se embolsa
los tres restantes. Resulta, pues, que el trabajo no tiene solamente un valor,
sino dos, y además bastante distintos.
Más absurda aparece todavía la contradicción si reducimos a
tiempo de trabajo los valores expresados en dinero. En las doce horas de
trabajo se crea un valor nuevo de seis marcos. Por tanto, en seis horas serán
tres marcos, o sea lo que el obrero recibe por un trabajo de doce horas. Por
doce horas de trabajo se le entrega al obrero, como valor equivalente, el producto
de un trabajo de seis horas. Por tanto, o el trabajo tiene dos valores, uno de
los cuales es el doble de grande que el otro, ¡o doce son iguales a seis! En
ambos casos estamos dentro del más puro absurdo.
Por más vueltas que le demos, mientras hablemos de compra y
venta del trabajo y de valor del trabajo, no saldremos de esta contradicción. Y
esto es lo que les ocurría a los economistas. El último brote de la Economía
Política clásica, la escuela de Ricardo, fracasó en gran parte por la
imposibilidad de resolver esta contradicción. La Economía Política clásica se
había metido en un callejón sin salida. El hombre que encontró la salida de
este atolladero fue Carlos Marx.
Lo que los economistas consideraban como coste de
producción «del trabajo» era el coste de producción, no del trabajo, sino del
propio obrero viviente. Y lo que este obrero vendía al capitalista no era su
trabajo. «Allí donde comienza realmente su trabajo —dice Marx—, éste ha dejado
ya de pertenecerle a él y no puede, por tanto, venderlo». Podrá, a lo sumo,
vender su trabajo futuro; es decir, comprometerse a ejecutar un determinado
trabajo en un tiempo dado. Pero con ello no vende el trabajo (pues éste todavía
está por hacer), sino que pone a disposición del capitalista, a cambio de una
determinada remuneración, su fuerza de trabajo, sea por un cierto tiempo (si
trabaja a jornal) o para efectuar una tarea determinada (si trabaja a destajo):
alquila o vende su fuerza de trabajo. Pero esta fuerza de trabajo está unida
orgánicamente a su persona y es inseparable de ella. Por eso su coste de
producción coincide con el coste de producción de su propia persona; lo que los
economistas llamaban coste de producción del trabajo es el coste de producción
del obrero, y, por tanto, de la fuerza de trabajo. Y ahora, ya podemos pasar
del coste de producción de la fuerza de trabajo al valor de ésta y determinar
la cantidad de trabajo socialmente necesario que se requiere para crear una
fuerza de trabajo de determinada calidad, como lo ha hecho Marx en el capítulo
sobre la compra y la venta de la fuerza de trabajo ("El Capital",
tomo I, capítulo 4, apartado 3).
Ahora bien, ¿qué ocurre, después que el obrero vende al
capitalista su fuerza de trabajo; es decir, después que la pone a su
disposición, a cambio del salario convenido, por jornal o a destajo? El
capitalista lleva al obrero a su taller o a su fábrica, donde se encuentran ya
preparados todos los elementos necesarios para el trabajo: materias primas y
materiales auxiliares (carbón, colorantes, etc.), herramientas y maquinaria.
Aquí, el obrero comienza a trabajar. Supongamos que su salario, es, como antes,
de tres marcos al día, siendo indiferente que los obtenga como jornal o a
destajo. Volvamos a suponer que, en doce horas, el obrero, con su trabajo,
añade a las materias primas consumidas un nuevo valor de seis marcos, valor que
el capitalista realiza al vender la mercancía terminada. De estos seis marcos,
paga al obrero los tres que le corresponden y se guarda los tres restantes.
Ahora bien, si el obrero, en doce horas, crea un valor de seis marcos, en seis
horas creará un valor de tres. Es decir, que con seis horas que trabaje
resarcirá al capitalista el equivalente de los tres marcos que éste le entrega
como salario. Al cabo de seis horas de trabajo, ambos están en paz y ninguno
adeuda un céntimo al otro.
— ¡Alto ahí! —grita ahora el capitalista—. Yo he alquilado
al obrero por un día entero, por doce horas. Seis horas no son más que media
jornada. De modo que ¡a seguir trabajando, hasta [151] cubrir las otras seis
horas, y sólo entonces estaremos en paz! Y, en efecto, el obrero no tiene más
remedio que someterse al contrato que «voluntariamente» ha pactado, y en el que
se obliga a trabajar doce horas enteras por un producto de trabajo que sólo
cuesta seis horas.
Exactamente lo mismo acontece con el salario a destajo.
Supongamos que nuestro obrero fabrica en doce horas doce piezas de mercancías,
y que cada una de ellas cuesta, en materias primas y desgaste de maquinaria,
dos marcos y se vende a dos y medio. En igualdad de circunstancias con nuestro
ejemplo anterior, el capitalista pagará al obrero 25 pfennigs por pieza. Las
doce piezas arrojan un total de tres marcos, para ganar los cuales el obrero
tiene que trabajar doce horas. El capitalista obtiene por las doce piezas
treinta marcos; descontando veinticuatro marcos para materias primas y
desgaste, quedan seis marcos, de los que entrega tres al obrero, como salario,
y se embolsa los tres restantes. Exactamente lo mismo que arriba. También aquí
trabaja el obrero seis horas para sí, es decir, para reponer su salario (media
hora de cada una de las doce) y seis horas para el capitalista.
La dificultad contra la que se estrellaban los mejores
economistas, cuando partían del valor del «trabajo», desaparece tan pronto
como, en vez de esto, partimos del valor de la «fuerza de trabajo». La fuerza
de trabajo es, en nuestra actual sociedad capitalista, una mercancía; una
mercancía como otra cualquiera, y sin embargo, muy peculiar. Esta mercancía
tiene, en efecto, la especial virtud de ser una fuerza creadora de valor, una
fuente de valor, y, si se la sabe emplear, de mayor valor que el que en sí
misma posee. Con el estado actual de la producción, la fuerza humana de trabajo
no sólo produce en un día más valor del que ella misma encierra y cuesta, sino
que, con cada nuevo descubrimiento científico, con cada nuevo invento técnico,
crece este remanente de su producción diaria sobre su coste diario,
reduciéndose, por tanto, aquella parte de la jornada de trabajo en que el
obrero produce el equivalente de su jornal, y alargándose, por otro lado, la
parte de la jornada de trabajo en que tiene que regalar su trabajo al
capitalista, sin que éste le pague nada.
Tal es el régimen económico sobre el que descansa toda la
sociedad actual: la clase obrera es la que produce todos los valores, pues el
valor no es más que un término para expresar el trabajo, el término con que en
nuestra actual sociedad capitalista se designa la cantidad de trabajo
socialmente necesario, encerrado en una determinada mercancía. Pero estos
valores producidos por los obreros no les pertenecen a ellos. Pertenecen a los
propietarios de las materias primas, de las máquinas y herramientas y de los
recursos anticipados que permiten a estos propietarios comprar la fuerza de
trabajo de la clase obrera. Por tanto, de toda la cantidad [152] de productos
creados por ella, la clase obrera sólo recibe una parte. Y, como acabamos de
ver, la otra parte, la que retiene para sí la clase capitalista, viéndose a lo
sumo obligada a compartirla con la clase de los propietarios de tierras, se
acrecienta con cada nuevo invento y cada nuevo descubrimiento, mientras que la
parte correspondiente a la clase obrera (calculándola por persona), sólo
aumenta muy lentamente y en proporciones insignificantes, cuando no se estanca
o incluso disminuye, como acontece en algunas circunstancias.
Pero estos descubrimientos e invenciones, que se desplazan
rápidamente unos a otros, este rendimiento del trabajo humano que va creciendo
día tras día en proporciones antes insospechadas, acaban por crear un
conflicto, en el que forzosamente tiene que perecer la actual economía
capitalista-. De un lado, riquezas inmensas y una plétora de productos que
rebasan la capacidad de consumo del comprador. Del otro, la gran masa de la
sociedad proletarizada, convertida en obreros asalariados, e incapacitada con
ello para adquirir aquella plétora de productos. La división de la sociedad en
una reducida clase fabulosamente rica y una enorme clase de asalariados que no
poseen nada, hace que esta sociedad se asfixie en su propia abundancia,
mientras la gran mayoría de sus individuos apenas están garantizados, o no lo
están en absoluto, contra la más extrema penuria. Con cada día que pasa, este
estado de cosas va haciéndose más absurdo y más innecesario. Debe ser
eliminado, y puede ser eliminado. Es posible un nuevo orden social en el que
desaparecerán las actuales diferencias de clase y en el que —tal vez después de
un breve período de transición, acompañado de ciertas privaciones, pero en todo
caso muy provechoso moralmente—, mediante el aprovechamiento y el desarrollo
armónico y proporcional de las inmensas fuerzas productivas ya existentes de
todos los individuos de la sociedad, con el deber general de trabajar, se
dispondrá por igual para todos, en proporciones cada vez mayores, de los medios
necesarios para vivir, para disfrutar de la vida y para educar y ejercer todas
las facultades físicas y espirituales. Que los obreros van estando cada vez más
resueltos a conquistar, luchando, este nuevo orden social, lo patentizarán, en
ambos lados del Océano, el día de mañana, 1 de mayo, y el domingo, 3 de mayo
[9].
Londres, 30 de abril de 1891 Federico Engels
Publicado en un apéndice Se publica de acuerdo con el
al Nº 109 del periódico folleto.
«Vorwärts», del 13 de mayo Traducido del alemán.
de 1891 y en el folleto:
Karl Marx. "Lohnarbeit und
Kapital", Berlin, 1891.
NOTAS
[1] 70. Al publicar "Trabajo asalariado y
capital", Marx se proponía describir en forma popular las relaciones
económicas, base material de la lucha de clases de la sociedad capitalista.
Quería pertrechar al proletariado con la arma teórica del conocimiento
científico de la base en que descansan en la sociedad capitalista la dominación
de clase de la burguesía y la esclavitud asalariada de los obreros. Al
desarrollar los puntos de partida de su teoría de la plusvalía, Marx formula a
grandes rasgos la tesis de la depauperación relativa y absoluta de la clase
obrera bajo el capitalismo.- 145, 153
[2] 71. La "Neue Rheinische Zeitung. Organ der
Demokratie (Nueva Gaceta del Rin. Organo de la Democracia) salía todos los días
en Colonia desde el 1 de junio de 1848 hasta el 19 de mayo de 1849; la dirigía
Marx, y en el consejo de redacción figuraba Engels.- 145, 190, 230, 564, 219
[3] 72. La Asociación Obrera Alemana de Bruselas fue
fundada por Marx y Engels a fines de agosto de 1847 con el fin de dar
instrucción política a los obreros alemanes residentes en Bélgica y propagar
entre ellos las ideas del comunismo científico. Bajo la dirección de Marx y
Engels y sus compañeros de lucha, la Asociación se convirtió en un centro legal
de agrupación de los proletarios revolucionarios alemanes en Bélgica. Los
mejores elementos de la Asociación integraban la Organización de Bruselas de la
Liga de los Comunistas. Las actividades de la Asociación Obrera Alemana de
Bruselas se suspendieron poco después de la revolución de febrero de 1848 en
Francia, debido a las detenciones y la expulsión de sus componentes por la
policía belga.- 145, 519
[4] 73. Se alude a la intervención de las tropas del zar en
Hungría, en 1849, con el fin de sofocar la revolución burguesa en este país y
restaurar allí el poder de los Habsburgo austríacos.- 145
[5] 74. Se trata de las insurrecciones de las masas
populares en Alemania en mayo-julio de 1849 en defensa de la Constitución
imperial (adoptada por la Asamblea Nacional de Francfort el 28 de marzo de
1849, pero rechazada por varios Estados alemanes). Tenían un carácter
espontáneo y disperso y fueron aplastadas a mediados de julio de 1849.- 145
[6] 75. Posteriormente, entre los manuscritos de Marx se
descubrió un borrador de la conferencia final o de varias conferencias finales
sobre el trabajo asalariado y el capital. Era un manuscrito titulado
"Salarios" y llevaba en la tapa las notas: «Bruselas, diciembre de
1847». Por su contenido, este manuscrito completa en parte la obra inacabada de
Marx "Trabajo asalariado y capital". Sin embargo, las partes finales
preparadas para la imprenta, de este trabajo, no se han encontrado entre los
manuscritos de Marx.- 145
[7] 76. Marx escribe en "El Capital": «Por
Economía Política clásica entiendo toda la Economía Política que, comenzando
por W. Petty, investiga la conexión interna de las relaciones burguesas de
producción». Los principales representantes de la Economía Política clásica en
Inglaterra eran Adam Smith y David Ricardo.- 146
[8] 77. F. Engels escribe en su obra
"Anti-Dühring" que «la Economía Política, en el sentido estricto de
la palabra, aunque hubiese surgido a fines del siglo XVII en las cabezas de
algunas personalidades geniales, tal como fue formulada en las obras de los
fisiócratas y de Adam Smith es, en esencia, hija del siglo XVIII».- 147
[9] 78. Engels se refiere a la celebración del 1º de Mayo
en 1891. En algunos países (Inglaterra y Alemania), la fiesta del 1º de Mayo se
celebraba el primer domingo posterior a esta fecha; en 1891 cayó en el día 3.-
152
EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE [1]
PROLOGO DEL AUTOR A LA SEGUNDA EDICION DE 1869
Mi malogrado amigo José Weydemeyer [*] , proponíase editar
en Nueva York, a partir del 1 de enero de 1852, un semanario político. Me
invitó a mandarle para dicho semanario la historia del coup d'état [**] . Le
escribí, pues, un artículo cada semana, hasta mediados de febrero, bajo el
título de "El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte". Entre tanto, el
plan primitivo de Weydemeyer fracasó. En cambio, comenzó a publicar en la
primavera de 1852 una revista mensual titulada "Die Revolution", cuyo
primer cuaderno estaba formado por mi "Dieciocho Brumario". Algunos
cientos de ejemplares de este cuaderno salieron camino de Alemania, pero sin
llegar a entrar en el comercio de libros propiamente dicho. Un librero alemán
que se las daba de tremendamente radical, a quien le propuse encargarse de la
venta, rechazó con verdadera indignación moral tan «inoportuna pretensión».
Como se ve por estos datos, la presente obra nació bajo el
impulso inmediato de los acontecimientos, y sus materiales históricos no pasan
del mes de febrero de 1852. La actual reedición se debe, en parte, a la demanda
de la obra en el mercado librero, y, en parte, a instancias de mis amigos de
Alemania.
Entre las obras que trataban en la misma época del mismo
tema, sólo dos son dignas de mención: "Napoléon le Petit", de Víctor
Hugo y "Coup d'Etat", de Proudhon.
Víctor Hugo se limita a una amarga e ingeniosa invectiva
contra el editor responsable del golpe de Estado. En cuanto el acontecimiento
mismo, parece, en su obra, un rayo que cayese de un cielo sereno. No ve en él
más que un acto de fuerza de un solo individuo. No advierte que lo que hace es
engrandecer a este individuo en vez de empequeñecerlo, al atribuirle un poder
personal de iniciativa que no tenía paralelo en la historia universal. Por su
parte, Proudhon intenta presentar el golpe de Estado como resultado de un
desarrollo histórico anterior. Pero, entre las manos, la construcción histórica
del golpe de Estado se le convierte en una apología histórica del héroe del
golpe de Estado. Cae con ello en el defecto de nuestros pretendidos
historiadores objetivos. Yo, por el contrario, demuestro cómo la lucha de
clases creó en Francia las circunstancias y las condiciones que permitieron a
un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe.
Una reelaboración de la presente obra la habría privado de
su matiz peculiar. Por eso, me he limitado simplemente a corregir las erratas
de imprenta y a tachar las alusiones que hoy ya no se entenderían.
La frase final de mi obra: «Pero si por último el manto
imperial cae sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de Bronce de
Napoleón se vendrá a tierra desde lo alto de la Columna de Vendôme» [2], es ya
una realidad.
El coronel Charras abrió el fuego contra el culto
napoleónico en su obra sobre la campaña de 1815. Desde entonces, y sobre todo
en estos últimos años, la literatura francesa, con las armas de la
investigación histórica, de la crítica, de la sátira y del sainete, ha dado el
golpe de gracia a la leyenda napoleónica. Fuera de Francia, se ha apreciado
poco y se ha comprendido aún menos esta violenta ruptura con la fe tradicional
del pueblo, esta formidable revolución espiritual.
Finalmente, confío en que mi obra contribuirá a eliminar
ese tópico del llamado cesarismo , tan corriente, sobre todo actualmente, en
Alemania. En esta superficial analogía histórica se olvida lo principal: en la
antigua Roma, la lucha de clases sólo se ventilaba entre una minoría
privilegiada, entre los libres ricos y los libres pobres, mientras la gran masa
productiva de la población, los esclavos, formaban un pedestal puramente pasivo
para aquellos luchadores. Se olvida la importante sentencia de Sismondi: [406]
el proletariado romano vivía a costa de la sociedad, mientras que la moderna
sociedad vive a costa del proletariado [3] . La diferencia de las condiciones
materiales, económicas, de la lucha de clases antigua y moderna es tan radical,
que sus criaturas políticas respectivas no pueden tener más semejanza las unas
con las otras que el arzobispo de Canterbury y el pontífice Samuel.
Carlos Marx
Londres, 23 de junio de 1869.
Publicado en la segunda edición de la obra de C. Marx
"El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte",
publicada en
Hamburgo en julio de 1869.
Se publica de acuerdo con el texto de la edición de 1869.
Traducido del alemán.
NOTAS
[1] 209. El trabajo de Marx "El dieciocho Brumario de
Luis Bonaparte" escrito basándose en el análisis concreto de los sucesos
revolucionarios de Francia entre 1848 y 1851, es una de las obras más importantes
del marxismo. Es de excepcional importancia la conclusión que hace Marx en el
problema de la actitud del proletariado ante el Estado burgués. «Todas las
revoluciones han perfeccionado esta máquina —dice—, en lugar de romperla» (pág.
488).- 404, 409
[*] Comandante militar del distrito de Saint Louis durante
la guerra civil en Norteamérica. (Nota de Marx.)
[**] Golpe de Estado. (N. de la Edit.)
[2] 210. La Columna de Vendôme fue erigida en 1806-1810 en
París en memoria de las victorias de la Francia Napoleónica; se fundió con el
bronce de los cañones enemigos y está coronada con una estatua de Napoleón. El
16 de mayo de 1871, según disposición de la Comuna de París, la Columna de
Vendôme fue derribada; en 1875 fue restablecida por la reacción.- 405, 498
[3] 211. J. C. L. Simonde de Sismondi. "Études sur
l'économie politique". T. I, París, 1837, pág. 35 ("Estudios sobre la
Economía Política").- 406
EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE [7]
I
Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y
personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces.
Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.
Caussidière por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851
por la Montaña de 1793 a 1795 [8], el sobrino por el tío. ¡Y la misma
caricatura en las circunstancias que acampañan a la segunda edición del 18
Brumario! [9]
Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su
libre arbitrio, bajo circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo
aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les
han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas
oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan
dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo
nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando
conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus
nombres, sus consiguas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez
venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia
universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814
se vistió alternativamente con el ropaje de la República Romana y del Imperio
Romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al
1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante
al aprender un idioma nuevo lo traduce mentalmente a su idioma nativo, pero
sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse
libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él
su lengua natal.
Si examinamos esas conjuraciones de los muertos en la
historia universal, observaremos en seguida una diferencia que salta a la
vista. Camilo Desmoulins, Dantón, Robespierre, Saint-Just, Nopoleón, los
héroes, lo mismo que los partidos y la masa de la antigua revolución francesa,
cumplieron, bajo el ropaje romano y con frases romanas, la misión de su tiempo:
librar de las cadenas e instaurar la sociedad burguesa moderna. Los unos
hicieron añicos las instituciones feudales y segaron las cabezas feudales que
habían brotado en él. El otro creó en el interior de Francia las condiciones bajo
las cuales ya podía desarrollarse la libre concurrencia, explotarse la
propiedad territorial parcelada, aplicarse las fuerzas productivas industriales
de la nación, que habían sido liberadas; y del otro lado de las fronteras
francesas barrió por todas partes las formaciones feudales, en el grado en que
esto era necesario para rodear a la sociedad burguesa de Francia en el
continente europeo de un ambiente adecuado, acomodado a los tiempos. Una vez
instaurada la nueva formación social, desaparecieron los colosos
antediluvianos, y con ellos el romanismo resucitado: los Brutos, los Gratos,
los Publícolas, los tribunos, los senadores y hasta el mismo César. Con su
sobrio practicismo, la sociedad burguesa se había creado sus verdaderos
intérpretes y portavoces en los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los
Benjamín Constant y los Guizot; sus verdaderos caudillos estaban en las
oficinas comerciales, y la cabeza atocinada de Luis XVIII era su cabeza
política. Completamente absorbida por la producción de la riqueza y por la
lucha pacífica de la concurrencia, ya no se daba cuenta de que los espectros
del tiempo de los romanos habían velado su cuna. Pero, por muy poco heroica que
la sociedad burguesa sea, para traerla al mundo habían sido necesarios, sin
embargo, el heroísmo, la abnegación, el terror, la guerra civil y las batallas
de los pueblos. Y sus gladiadores encontraron en las tradiciones clásicamente
severas de la República Romana los ideales y las formas artísticas, las
ilusiones que necesitaban para ocultarse a sí mismos el contenido burguesamente
limitado de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia
histórica. Así, en otra fase de desarrollo, un siglo antes, Cromwell y el
pueblo inglés habían ido a buscar en el Antiguo Testamento el lenguaje, las
pasiones y las ilusiones para su revolución burguesa. Alcanzada la verdadera
meta, realizada la transformación burguesa de la sociedad inglesa, Locke
desplazó a Habacuc [10].
En esas revoluciones, la resurrección de los muertos
servía, pues, para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar las
antiguas, para exagerar en la fantasía la misión trazada y no para retroceder
ante su cumplimiento en la realidad, para encontrar de nuevo el espíritu de la
revolución y no para hacer vagar otra vez a su espectro.
En 1848-1851, no hizo más que dar vueltas el espectro de la
antigua revolución, desde Marrast, le républicain en gants jaunes [*] , que se
disfrazó de viejo Bailly, hasta el aventurero que esconde sus vulgares y
repugnantes rasgos bajo la férrea mascarilla de muerte de Napoleón. Todo un
pueblo que creía haberse dado un impulso acelerado por medio de una revolución,
se encuentra de pronto retrotraído a una época fenecida, y para que no pueda
haber engaño sobre la recaída, hacen aparecer las viejas fechas, el viejo
calendario, los viejos nombres, los viejos edictos (entregados ya, desde hace
largo tiempo, a la erudición de los anticuarios) y los viejos esbirros, que
parecían haberse podrido desde hace mucho tiempo. La nación se parece a aquel inglés
loco de Bedlam [11] que creía vivir en tiempo de los viejos faraones y se
lamentaba diariamente de las duras faenas que tenía que ejecutar como cavador
de oro en las minas de Etiopía, emparedado en aquella cárcel subterránea, con
una lámpara de luz mortecina sujeta en la cabeza, detrás el guardián de los
esclavos con su largo látigo y en las salidas una turbamulta de mercenarios
bárbaros, incapaces de comprender a los forzados ni de entenderse entre sí
porque no hablaban el mismo idioma. «¡Y todo esto —suspira el loco— me lo han
impuesto a mí, a un ciudadano inglés libre, para sacar oro para los antiguos
faraones!» «¡Para pagar las deudas de la familia Bonaparte!», suspira la nación
francesa. El inglés, mientras estaba en uso de su razón, no podía sobreponerse
a la idea fija de obtener oro. Los franceses, mientras estaban en revolución,
no podían sobreponerse al recuerdo napoleónico, como demostraron las elecciones
del 10 de diciembre [12]. Ante los peligros de la revolución se sintieron
atraídos por el recuerdo de las ollas de Egipto [13], y la respuesta fue el 2
de diciembre de 1851 [14] . No sólo obtuvieron la caricatura del viejo
Napoleón, sino al propio viejo Napoleón en caricatura, tal como necesariamente
tiene que aparecer a mediados del siglo XIX.
La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía
del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea
antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las
anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia
universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo
XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia
de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el
contenido desborda la frase.
La revolución de febrero cogió desprevenida, sorprendió a
la vieja sociedad, y el pueblo proclamó este golpe de mano inesperado como una
hazaña de la historia universal con la que se abría la nueva época. El 2 de
diciembre, la revolución de febrero es escamoteada por la voltereta de un
jugador tramposo, y lo que parece derribado no es ya la monarquía, sino las
concesiones liberales que le habían sido arrancadas por seculares luchas. Lejos
de ser la sociedad misma la que se conquista un nuevo contenido, parece como si
simplemente el Estado volviese a su forma más antigua, a la dominación
desvergonzadamente simple del sable y la sotana. Así contesta al coup de main
[*] de febrero de 1848 el coup de tête [*]* de diciembre de 1851. Por donde se
vino, se fue. Sin embargo, el intervalo no ha pasado en vano. Durante los años
de 1848 a 1851, la sociedad francesa asimiló, y lo hizo mediante un método
abreviado, por ser revolucionario, las enseñanzas y las experiencias que en un
desarrollo normal, lección tras lección, por decirlo así, habrían debido
preceder a la revolución de febrero, para que ésta hubiese sido algo más que un
estremecimiento en la superficie. Hoy, la sociedad parece haber retrocedido más
allá de su punto de partida; en realidad, lo que ocurre es que tiene que
empezar por crearse el punto de partida revolucionario, la situación, las
relaciones, las condiciones, sin las cuales no adquiere un carácter serio la
revolución moderna.
Las revoluciones burguesas, como la del siglo XVIII,
avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se
atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminados por fuegos de artificio,
el éxtasis es el espíritu de cada día; pero estas revoluciones son de corta
vida, llegan en seguida a su apogeo y una larga depresión se apodera de la
sociedad, antes de haber aprendido a asimilarse serenamente los resultados de
su período impetuoso y agresivo. En cambio, las revoluciones proletarias, como
las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen
continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para
comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de
los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo
derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y
vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente
aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una
situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan:
Hic Rhodus, hic salta!
¡Aquí está la rosa, baila aquí! [15]
Por lo demás, cualquier observador mediano, aunque no
hubiese seguido paso a paso la marcha de los acontecimientos en Francia, tenía
que presentir que esperaba a la revolución una inaudita vergüenza. Bastaba con
escuchar los engreídos ladridos de triunfo con que los señores demócratas se
felicitaban mutuamente por los efectos milagrosos que esperaban del segundo
domingo de mayo de 1852 [16] . El segundo domingo de mayo de 1852 habíase
convertido en sus cabezas en una idea fija, en un dogma, como en las cabezas de
los quiliastas [17] el día en que había de reaparecer Cristo y comenzar el
reino milenario. La debilidad había ido a refugiarse, como siempre, en la fe en
el milagro: creía vencer al enemigo con sólo descartarlo mágicamente con la
fantasía, y perdía toda la comprensión del presente ante la glorificación
pasiva del futuro que le esperaba y de las hazañas que guardaba in petto [*]**
, pero que aún no consideraba oportuno revelar. Esos héroes que se esforzaban
en refutar su probada incapacidad prestándose mutua compasión y reuniéndose en
un tropel, habían atado su hatillo, se embolsaron sus coronas de laurel a
crédito y se disponían precisamente a descontar en el mercado de letras de
cambio sus repúblicas in partibus [18] para las que, en el secreto de su ánimo
poco exigente, tenían ya previsoramente preparado el personal de gobierno. El 2
de diciembre cayó sobre ellos como un rayo en cielo sereno, y los pueblos, que
en épocas de malhumor pusilánime gustan de dejar que los voceadores más
chillones ahoguen su miedo interior, se habrán convencido quizás de que han
pasado ya los tiempos en que el graznido de los gansos podía salvar al
Capitolio [19].
La Constitución, la Asamblea Nacional, los partidos
dinásticos, los republicanos azules y los rojos, los héroes de Africa [20], el
trueno de la tribuna, el relampagueo de la prensa diaria, toda la literatura,
los nombres políticos y los renombres intelectuales, la ley civil y el derecho
penal, la liberté, égalité, fraternité y el segundo domingo de mayo de 1852;
todo ha desaparecido como una fantasmagoría al conjuro de un hombre al que ni
sus mismos enemigos reconocen como brujo. El sufragio universal sólo pareció
sobrevivir un instante para hacer su testamento de puño y letra a los ojos del
mundo entero y poder declarar, en nombre del propio pueblo: «Todo lo que existe
merece perecer» [*].
No basta con decir, como hacen los franceses, que su nación
fue sorprendida. Ni a la nación ni a la mujer se les perdona la hora de
descuido en que cualquier aventurero ha podido abusar de ellas por la fuerza.
Con estas explicaciones no se aclara el enigma; no se hace más que presentarlo
de otro modo. Quedaría por explicar cómo tres caballeros de industria pudieron
sorprender y reducir al cautiverio, sin resistencia, a una nación de 36
millones de almas.
Recapitulemos, en sus rasgos generales, las fases
recorridas por la revolución francesa desde el 24 de febrero de 1848 hasta el
mes de diciembre de 1851.
Hay tres períodos capitales que son inconfundibles: el
período de febrero; del 4 de mayo de 1848 al 28 de mayo de 1849, período de
constitución de la república o de la Asamblea Nacional Constituyente; del 28 de
mayo de 1849 al 2 de diciembre de 1851, período de la república constitucional
o de la Asamblea Nacional Legislativa.
El primer período, desde el 24 de febrero, es decir, desde
la caída de Luis Felipe, hasta el 4 de mayo de 1848, fecha en que se reúne la
Asamblea Constituyente, el período de febrero, propiamente dicho, puede
calificarse como el prólogo de la revolución. Su carácter se revelaba
oficialmente en el hecho de que el Gobierno por él improvisado se declarase a
sí mismo provisional, y, como el Gobierno, todo lo que este período sugirió,
intentó o proclamó, se presentaba también como algo puramente provisional .
Nada ni nadie se atrevía a reclamar para sí el derecho a existir y a obrar de
un modo real. Todos los elementos que habían preparado o determinado la
revolución, la oposición dinástica, la burguesía republicana, la pequeña
burguesía democrático-republicana y los obreros socialdemócratas encontraron su
puesto provisional en el Gobierno de Febrero.
No podía ser de otro modo. Las jornadas de febrero
proponíanse primitivamente como objetivo una reforma electoral, que había de
ensanchar el círculo de los privilegiados políticos dentro de la misma clase
poseedora y derribar la dominación exclusiva de la aristocracia financiera.
Pero cuando estalló el conflicto real y verdadero, el pueblo subió a las
barricadas, la Guardia Nacional [21] se mantuvo en actitud pasiva, el ejército
no opuso una resistencia seria y la monarquía huyó, la república pareció la
evidencia por sí misma. Cada partido la interpretaba a su manera. Arrancada por
el proletariado con las armas en la mano, éste le imprimió su sello y la
proclamó república social. Con esto se indicaba el contenido general de la
moderna revolución, el cual se hallaba en la contradicción más peregrina con
todo lo que por el momento podía ponerse en práctica directamente, con el
material disponible, el grado de desarrollo alcanzado por la masa y bajo las
circunstancias y relaciones dadas. De otra parte, las pretensiones de todos los
demás elementos que habían cooperado a la revolución de febrero fueron
reconocidas en la parte leonina que obtuvieron en el Gobierno. Por eso, en
ningún período nos encontramos con una mezcla más abigarrada de frases
altisonantes e inseguridad y desamparo efectivos, de aspiraciones más
entusiastas de innovación y de imperio más firme de la vieja rutina, de más
aparente armonía de toda la sociedad y más profunda discordancia entre sus
elementos. Mientras el proletariado de París se deleitaba todavía en la visión
de la gran perspectiva que se había abierto ante él y se entregaba con toda
seriedad a discusiones sobre los problemas sociales, las viejas fuerzas de la
sociedad se habían agrupado, reunido, vuelto en sí y encontrado un apoyo
inesperado en la masa de la nación, en los campesinos y los pequeños burgueses,
que se precipitaron todos de golpe a la escena política, después de caer las
barreras de la monarquía de Julio [22].
El segundo período, desde el 4 de mayo de 1848 hasta fines
de mayo de 1849, es el período de la constitución, de la fundación de la
república burguesa . Inmediatamente después de las jornadas de febrero no sólo
se vio sorprendida la oposición dinástica por los republicanos, y éstos por los
socialistas, sino toda Francia por París. La Asamblea Nacional, que se reunió
el 4 de mayo de 1848, salida de las elecciones nacionales, representaba a la
nación. Era una protesta viviente contra las pretensiones de las jornadas de
febrero y había de reducir al rasero burgués los resultados de la revolución.
En vano el proletariado de París, que comprendió inmediatamente el carácter de
esta Asamblea Nacional, intentó el 15 de mayo [23] , pocos días después de
reunirse ésta, descartar por la fuerza su existencia, disolverla, descomponer
de nuevo en sus distintas partes integrantes la forma orgánica con que le
amenazaba el espíritu reaccionante de la nación. Como es sabido, el único
resultado del 15 de mayo fue alejar de la escena pública durante todo el ciclo
que examinamos a Blanqui y sus camaradas, es decir, a los verdaderos jefes del
partido proletario.
A la monarquía burguesa de Luis Felipe sólo puede suceder
la república burguesa; es decir, que si en nombre del rey, había dominado una
parte reducida de la burguesía, ahora dominará la totalidad de la burguesía en nombre
del pueblo. Las reivindicaciones del proletariado de París son paparruchas
utópicas, con las que hay que acabar. El proletariado de París contestó a esta
declaración de la Asamblea Nacional Constituyente con la insurrección de junio
[24], el acontecimiento más gigantesco en la historia de las guerras civiles
europeas. Venció la república burguesa. A su lado estaban la aristocracia
financiera, la burguesía industrial, la clase media, los pequeños burgueses, el
ejército, el lumpemproletariado organizado como Guardia Móvil [*], los
intelectuales, los curas y la población del campo. Al lado del proletariado de
París no estaba más que él solo. Más de 3.000 insurrectos fueron pasados a
cuchillo después de la victoria y 15.000 deportados sin juicio. Con esta
derrota, el proletariado pasa al fondo de la escena revolucionaria. Tan pronto
como el movimiento parece adquirir nuevos bríos, intenta una vez y otra pasar
nuevamente a primer plano, pero con un gasto cada vez más débil de fuerzas y
con resultados cada vez más insignificantes. Tan pronto como una de las capas
sociales superiores a él experimenta cierta efervescencia revolucionaria, el
proletariado se enlaza a ella y así va compartiendo todas las derrotas que
sufren unos tras otros los diversos partidos. Pero estos golpes sucesivos se
atenúan cada vez más cuanto más se reparten por toda la superficie de la
sociedad. Sus jefes más importantes en la Asamblea Nacional y en la prensa van
cayendo unos tras otros, víctimas de los tribunales, y se ponen al frente de él
figuras cada vez más equívocas. En parte, se entrega a experimentos
doctrinarios, Bancos de cambio y asociaciones obreras, es decir, a un
movimiento en el que renuncia a transformar el viejo mundo, con ayuda de todos
los grandes recursos propios de este mundo, e intenta, por el contrario,
conseguir su redención a espaldas de la sociedad, por la vía privada, dentro de
sus limitadas condiciones de existencia, y por tanto, forzosamente fracasa.
Parece que no puede descubrir nuevamente en sí mismo la grandeza
revolucionaria, ni sacar nuevas energías de los nuevos vínculos que se ha
creado, mientras todas las clases con las que ha luchado en junio no estén
tendidas a todo lo largo a su lado mismo. Pero, por lo menos, sucumbe con los
honores de una gran lucha de alcance histórico-universal; no sólo Francia, sino
toda Europa tiembla ante el terremoto de junio, mientras que las sucesivas
derrotas de las clases más altas se consiguen a tan poca costa, que sólo la
insolente exageración del partido vencedor puede hacerlas pasar por
acontecimientos, y son tanto más ignominiosas cuanto más lejos queda del
proletariado el partido que sucumbe.
Ciertamente, la derrota de los insurrectos de junio había
preparado, allanado, el terreno en que podía cimentarse y erigirse la república
burguesa; pero, al mismo tiempo, había puesto de manifiesto que en Europa se
ventilaban otras cuestiones que la de «república o monarquía». Había revelado
que aquí república burguesa equivalía a despotismo ilimitado de una clase sobre
otras. Había demostrado que en países de vieja civilización, con una formación
de clase desarrollada, con condiciones modernas de producción y con una
conciencia intelectual, en la que todas las ideas tradicionales se hallan
disueltas por un trabajo secular, la república no significa en general más que
la forma política de la subversión de la sociedad burguesa y no su forma
conservadora de vida, como, por ejemplo, en los Estados Unidos de América,
donde si bien existen ya clases, éstas no se han plasmado todavía, sino que
cambian constantemente y se ceden unas a otras sus partes integrantes, en
movimiento continuo; donde los medios modernos de producción, en vez de
coincidir con una superpoblación crónica, suplen más bien la escasez relativa
de cabezas y brazos, y donde, por último, el movimiento febrilmente juvenil de
la producción material, que tiene un mundo nuevo que apropiarse, no ha dejado
tiempo ni ocasión para eliminar el viejo mundo fantasmal.
Durante las jornadas de junio, todas las clases y todos los
partidos se habían unido en un partido del orden frente a la clase proletaria,
como partido de la anarquía, del socialismo, del comunismo. Habían «salvado» a
la sociedad de «los enemigos de la sociedad». Habían dado a su ejército como
santo y seña los tópicos de la vieja sociedad: «Propiedad, familia, religión y
orden», y gritado a la cruzada contrarrevolucionaria: «¡Bajo este signo,
vencerás!» [25]. Desde este instante, tan pronto como uno cualquiera de los
numerosos partidos que se habían agrupado bajo aquel signo contra los
insurrectos de junio, intenta situarse en el palenque revolucionario en su
propio interés de clase, sucumbe al grito de «¡Propiedad, familia, religión y
orden!» La sociedad es salvada cuantas veces se va restringiendo el círculo de
sus dominadores y un interés más exclusivo se impone al más amplio. Toda
reivindicación, aun de la más elemental reforma financiera burguesa, del
liberalismo más vulgar, del más formal republicanismo, de la más trivial
democracia, es castigada en el acto como un «atentado contra la sociedad» y
estigmatizada como «socialismo». Hasta que, por último, los pontífices de «la
religión y el orden» se ven arrojados ellos mismos a puntapiés de sus sillas
píticas [26], sacados de la cama en medio de la noche y de la niebla, empaquetados
en coches celulares, metidos en la cárcel o enviados al destierro; de su templo
no queda piedra sobre piedra, sus bocas son selladas, sus plumas rotas, su ley
desgarrada, en nombre de la religión, de la propiedad, de la familia y del
orden. Burgueses fanáticos del orden son tiroteados en sus balcones por la
soldadesca embriagada, la santidad del hogar es profanada y sus casas son
bombardeadas como pasatiempo, en nombre de la propiedad, de la familia, de la
religión y del orden. La hez de la sociedad burguesa forma por fin la sagrada
falange del orden; y el héroe Krapülinski [*] se instala en las Tullerías como
«salvador de la sociedad».
NOTAS
[7] 209. El trabajo de Marx "El dieciocho Brumario de
Luis Bonaparte" escrito basándose en el análisis concreto de los sucesos
revolucionarios de Francia entre 1848 y 1851, es una de las obras más
importantes del marxismo. Es de excepcional importancia la conclusión que hace
Marx en el problema de la actitud del proletariado ante el Estado burgués.
«Todas las revoluciones han perfeccionado esta máquina —dice—, en lugar de
romperla» (pág. 488).- 404, 409
[8] 215. La Montaña de 1793 a 1795: grupo revolucionario
democrático de la Convención durante la revolución burguesa de fines del siglo
XVIII en Francia.- 408
[9] 216. Sobre el golpe de Estado del 18 Brumario véase la
nota 87. Por «segunda edición del 18 Brumario» Marx entiende el golpe de Estado
del 2 de diciembre de 1851.- 408
[10] Habacuc: profeta bíblico.- 409
[*] El republicano de guantes amarillos. (N. de la Edit.)
[11] 217. Bedlam: manicomio en Londres.- 410
[12] 218. El 10 de diciembre de 1848 Luis Bonaparte fue
elegido Presidente de la República Francesa por sufragio universal.- 410
[13] 219. La expresión «recordar las ollas de Egipto»
procede de una leyenda bíblica: al huir los hebreos de Egipto, algunos de los
pusilánimes, asustados por las dificultades del camino y por hambre, empezaron
a evocar los días del cautiverio, donde tenían, por lo menos, comida.- 410
[14] 212. El 2 de diciembre de 1851: día del golpe de
Estado contrarrevolucionario que llevaron a cabo en Francia Luis Bonaparte y
sus partidarios.- 406, 410
[*] Golpe de mano, una acción decidida. (N. de la Edit.)
[**] Un acto arriesgado, arrogante. (N. de la Edit.)
[15] 220. Hic Rhodus, hic salta! (¡Aquí está Rodas, salta
aquí!): palabras de una fábula de Esopo que trata de un fanfarrón que,
invocando testigos, afirmaba que en Rodas había dado un salto prodigioso.
Quienes le escuchaban, contestaron: «¿Para qué necesitamos testigos? ¡Aquí está
Rodas, salta aquí!» Lo que, en sentido figurado, quiere decir que lo principal
está a la vista, y hay que demostrarlo delante de los presentes.
¡Aquí está la rosa, baila aquí !: paráfrasis de la cita
precedente (Rodos es en griego el nombre de la isla y, a la vez, significa
«rosa») que dio Hegel en el prefacio del libro "Filosofía del
derecho".- 412
[16] 221. Según la Constitución francesa de 1848, las
elecciones de nuevo presidente debían celebrarse cada cuatro años el segundo
domingo del mes de mayo. En mayo de 1852 caducaba el plazo de las funciones
presidenciales de Luis Bonaparte.- 412
[17] 222. Quiliastas (del griego «Kilias», mil):
predicadores de la doctrina místico-religiosa de la segunda venida de
Jesucristo y el establecimiento del «reino milenario» de la justicia, la
igualdad y el bienestar generales en la Tierra.- 412
[***] En el pecho. (N. de la Edit.)
[18] 92. In partibus infidelium (literalmente: «en el país
de los infieles»): adición al título de los obispos católicos destinados a
cargos puramente nominales en países no cristianos. Esta expresión la empleaban
a menudo Marx y Engels, aplicada a diversos gobiernos emigrados que se habían
formado en el extranjero sin tener en cuenta alguna la situación real del
país.- 194, 307, 412, 438, 480
[19] 223. Capitolio: cerro de Roma que es en sí una
ciudadela fortificada donde se erigieron los templos de Júpiter, Juno y otros
dioses. Según la tradición, en el año 390 antes de nuestra era, durante la
invasión de los galos, Roma se salvó únicamente merced a los graznidos de las
ocas del templo de Juno que despertaron a la guardia, dormida, del Capitolio.-
412
[20] 224. Se alude a los denominados «africanistas» o
«argelinos». Estos nombres recibían en Francia los generales y oficiales que habían
hecho carrera en las guerras coloniales contra las tribus argelinas que
luchaban por su independencia. En la Asamblea Nacional Legislativa, los
generales africanistas Cavaignac, Lamoricière y Bedeau encabezaban la minoría
republicana.- 412
[*] Goethe. "Fausto", parte I, esencia III
("Despacho de Fausto"). (N. de la Edit.)
[21] 98. Guardia Nacional: milicia voluntaria civil y
armada con mandos elegidos que existió en Francia y algunos países más de
Europa Occidental. Se formó por primera vez en Francia en 1789 a comienzos de
la revolución burguesa; existió con intervalos hasta 1871. Entre 1870 y 1871,
la Guardia Nacional de París, en la que se incluyeron en las condiciones de la
guerra franco-prusiana las grandes masas democráticas, desempeñó un gran papel
revolucionario. Fundado en febrero de 1871, su Comité Central encabezó la
sublevación proletaria del 18 de marzo de 1871 y en el período inicial de la
Comuna de París de 1871 ejerció (hasta el 28 de marzo) la función de primer
Gobierno proletario en la historia. Una vez aplastada la Comuna de París, la
Guardia Nacional fue disuelta.- 198, 214, 413
[22] 110. La monarquía de Julio: período del reinado de
Luis Felipe (1830-1848). La denominación es debida a la revolución de julio.-
210, 414
[23] 121. El 15 de mayo de 1848, durante una manifestación
popular, los obreros y artesanos parisienses penetraron en la sala de sesiones
de la Asamblea Constituyente, la declararon disuelta y formaron un Gobierno
revolucionario. Los manifestantes, sin embargo, no tardaron en ser desalojados
por la Guardia Nacional y las tropas. Los dirigentes de los obreros (Blanqui,
Barbès, Albert, Raspail, Sobrier y otros) fueron detenidos.- 229, 414
[24] 121. La insurrección de junio: heroica insurrección de
los obreros de París entre el 23 y el 26 de junio de 1848, aplastada con
excepcional crueldad por la burguesía francesa. Fue la primera gran guerra
civil de la historia entre el proletariado y la burguesía.- 99, 103, 219, 415
[*] Véase el presente tomo, pág 224 (N de la Edit.)
[25] 225. Según la afirmación del historiador romano
Eusebio de Cesarea, el emperador Constantino I vio en el cielo en el año 312,
la víspera de la victoria sobre su rival Majencio, una cruz con la inscripción:
«in hoc signo vinces» («bajo este signo vencerás»).- 416
[26] 226. Se alude a la pitonisa, sacerdotisa y profetisa
del templo de Apolo en Delfos que anunciaba sus profecías, sentada en un
trípode junto al templo.- 416
[*] Luis Bonaparte. (N. de la Edit.)
Índice
II
Reanudemos el hilo de los acontecimientos
La historia de la Asamblea Nacional Constituyente desde las
jornadas de junio es la historia de la dominación y de la disgregación de la
fracción burguesa republicana , de aquella fracción que se conoce por los
nombres de republicanos tricolores, republicanos puros, republicanos políticos,
republicanos formalistas, etc.
Bajo la monarquía burguesa de Luis Felipe, esta fracción
había armado la oposición republicana oficial y era, por tanto, parte
integrante reconocida del mundo político de la época. Tenía sus representantes
en las Cámaras y un considerable campo de acción en la prensa. Su órgano
parisino, el "National" [27] era considerado, a su modo, un órgano
tan respetable como el "Journal des Débats" [28]; a esta posición que
ocupaba bajo la monarquía constitucional correspondía su carácter. No se trata
de una fracción de la burguesía mantenida en cohesión por grandes intereses
comunes y deslindada por condiciones peculiares de producción, sino de una
pandilla de burgueses, escritores, abogados, oficiales y funcionarios de ideas
republicanas, cuya influencia descansaba en las antipatías personales del país
contra Luis Felipe, en los recuerdos de la antigua república, en la fe
republicana de un cierto número de soñadores y sobre todo en el nacionalismo
francés, cuyo odio contra los Tratados de Viena [29] y contra la alianza con
Inglaterra atizaba constantemente esta fracción. Una gran parte de los
partidarios que tenía el "National" bajo Luis Felipe los debía a este
imperialismo recatado, que más tarde, bajo la república, pudo enfrentarse, por
tanto, con él, como un competidor aplastante, en la persona de Luis Bonaparte.
Combatía a la aristocracia financiera, como lo hacía todo el resto de la
oposición burguesa. La polémica contra el presupuesto, que en Francia se
hallaba directamente relacionada con la lucha contra la aristocracia
financiera, brindaba una popularidad demasiado barata y proporcionaba a los
leading articles [*] puritanos materia demasiado abundante, para que no se la
explotase. La burguesía industrial le estaba agradecida por su defensa servil
del sistema proteccionista francés, que él, sin embargo, acogía por razones más
bien nacionales que nacional-económicas; la burguesía, en conjunto, le estaba
agradecida por sus odiosas denuncias contra el comunismo y el socialismo. Por
lo demás, el partido del "National" era puramente republicano, exigía
que el dominio de la burguesía adoptase formas republicanas en vez de
monárquicas, y exigía sobre todo su parte de león en este dominio. Respecto a
las condiciones de esta transformación, no veía absolutamente nada claro. Lo
que, en cambio, veía claro como la luz del sol y lo que se declaraba
públicamente en los banquetes de la reforma en los últimos tiempos del reinado
de Luis Felipe, era su impopularidad entre los pequeños burgueses demócratas y
sobre todo entre el proletariado revolucionario. Estos republicanos puros —los
republicanos puros son así— estaban completamente dispuestos a contentarse por
el momento con una regencia de la Duquesa de Orleáns, cuando estalló la
revolución de febrero y asignó a sus representantes más conocidos un puesto en
el Gobierno provisional. Poseían, de antemano, naturalmente, la confianza de la
burguesía y la mayoría dentro de la Asamblea Nacional Constituyente. De la
Comisión ejecutiva, que se formó en la Asamblea Nacional al reunirse ésta,
fueron inmediatamente excluidos los elementos socialistas del Gobierno
provisional, y el partido del "National" se aprovechó del estallido
de la insurrección de junio para dar el pasaporte a la Comisión ejecutiva, y
desembarazarse así de sus rivales más afines, los republicanos pequeñoburgueses
o republicanos demócratas (Ledru-Rollin, etc.). Cavaignac, el general del
partido republicano burgués, que había dirigido la batalla de junio, sustituyó
a la Comisión ejecutiva con una especie de poder dictatorial. Marrast, antiguo
redactor jefe del "National", se convirtió en el presidente perpetuo
de la Asamblea Nacional Constituyente, y los ministerios y todos los demás puestos
importantes cayeron en manos de los republicanos puros.
La fracción burguesa republicana, que había venido
considerándose desde hacia mucho tiempo como la legítima heredera de la
monarquía de Julio vio así superadas sus esperanzas más audaces, pero no llegó
al poder como soñara bajo Luis Felipe, por una revuelta liberal de la burguesía
contra el trono, sino por una insurrección, sofocada a cañonazos, del
proletariado contra el capital. Lo que ella se había imaginado como el
acontecimiento más revolucionario resultó ser, en realidad, el más
contrarrevolucionario. Le cayó el fruto en el regazo, pero no cayó del árbol de
la vida, sino del árbol del conocimiento.
La exclusiva dominación de los republicanos burgueses sólo
duró desde el 24 de junio hasta el 10 de diciembre de 1848. Esta etapa se
resume en la redacción de una Constitución republicana, y en la proclamación
del estado de sitio en París.
La nueva Constitución no era, en el fondo, más que una
reedición republicanizada de la Carta Constitucional, de 1830 [30]. El censo
electoral restringido de la monarquía de Julio, que excluía de la dominación
política incluso a una gran parte de la burguesía, era incompatible con la
existencia de la república burguesa. La revolución de febrero había proclamado
inmediatamente el sufragio universal y directo para remplazar el censo
restringido. Los republicanos burgueses no podían deshacer este hecho. Tuvieron
que contentarse con añadir la condición restrictiva de un domicilio mantenido
durante seis meses en el punto electoral. La antigua organización
administrativa, municipal, judicial, militar, etc. se mantuvo intacta, y allí
donde la Constitución la modificó, estas modificaciones afectaban al índice y
no al contenido; al nombre, no a la cosa.
El inevitable Estado Mayor de las libertades de 1848, la
libertad personal, de prensa, de palabra, de asociación, de reunión, de
enseñanza, de culto, etc., recibió un uniforme constitucional, que hacía a
éstas invulnerables. En efecto, cada una de estas libertades es proclamada como
el derecho absoluto del ciudadano francés, pero con un comentario adicional de
que estas libertades son ilimitadas en tanto en cuanto no son limitadas por los
«derechos iguales de otros y por la seguridad pública», o bien por «leyes»
llamadas a armonizar estas libertades individuales entre sí y con la seguridad
pública. Así, por ejemplo: «Los ciudadanos tienen derecho a asociarse, a
reunirse pacíficamente y sin armas, a formular peticiones y a expresar sus
opiniones por medio de la prensa o de otro modo. El disfrute de estos derechos
no tiene más limite que los derechos iguales de otros y la seguridad pública»
(cap. II de la Constitución francesa, art. 8). «La enseñanza es libre. La
libertad de enseñanza se ejercerá según las condiciones que determina la ley y
bajo el control supremo del Estado» (lugar cit., art. 9). «El domicilio de todo
ciudadano es inviolable, salvo en las condiciones previstas por la ley, (cap.
II, art. 3). Etc., etc. Por tanto, la Constitución se remite constantemente a
futuras leyes orgánicas, que han de precisar y poner en práctica aquellas
reservas y regular el disfrute de estas libertades ilimitadas, de modo que no
choquen entre sí, ni con la seguridad pública. Y estas leyes orgánicas fueron
promulgadas más tarde por los amigos del orden, y todas esas libertades
reguladas de modo que la burguesía no chocase en su disfrute con los derechos
iguales de las otras clases. Allí donde veda completamente «a los otros» estas
libertades, o consiente su disfrute bajo condiciones que son otras tantas
celadas policíacas, lo hace siempre, pura y exclusivamente, en interés de la
«seguridad pública», es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como lo
ordena la Constitución. En lo sucesivo, ambas partes invocan, por tanto, con
pleno derecho, la Constitución: los amigos del orden al anular todas esas
libertades, y los demócratas, al reivindicarlas todas. Cada artículo de la
Constitución contiene, en efecto, su propia antítesis, su propia cámara alta y
su propia cámara baja. En la frase general, la libertad; en el comentario
adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetase el
nombre de la libertad y sólo se impidiese su aplicación real y efectiva —por la
vía legal se entiende—, la existencia constitucional de la libertad permanecía
íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente.
Sin embargo, esta Constitución, convertida en inviolable de
un modo tan sutil, era, como Aquiles, vulnerable en un punto; no en el talón,
sino en la cabeza, o mejor dicho en las dos cabezas en que culminaba: la
Asamblea Legislativa, de una parte, y, de otra, el presidente. Si se repasa la
Constitución, se verá que los únicos artículos absolutos, positivos,
indiscutibles y sin tergiversación posible, son los que determinan las
relaciones entre el presidente y la Asamblea Legislativa. En efecto, aquí se
trataba, para los republicanos burgueses, de asegurar su propia posición. Los
artículos 45-70 de la Contitución están redactados de tal forma, que la
Asamblea Nacional puede eliminar al presidente de un modo constitucional,
mientras que el presidente sólo puede eliminar a la Asamblea Nacional
inconstitucionalmente, desechando la Constitución misma. Aquí, ella misma
provoca, pues, su violenta supresión. No sólo consagra la división de poderes,
como la Carta Constitucional de 1830, sino que la extiende hasta una
contradicción insostenible. El juego de los poderes constitucionales, como
Guizot llamaba a las camorras parlamentarias entre el poder legislativo y el
ejecutivo, juega en la Constitución de 1848 constantemente va banque. De un
lado, 750 representantes del pueblo, elegidos por sufragio universal y
reelegibles, que forman una Asamblea Nacional no fiscalizable, indisoluble e
indivisible, una Asamblea Nacional que goza de omnipotencia legislativa, que
decide en última instancia acerca de la guerra, de la paz y de los tratados
comerciales, la única que tiene el derecho de amnistía y que con su permanencia
ocupa constantemente el primer plano de la escena. De otro lado, el presidente,
con todos los atributos del poder regio, con facultades para nombrar y separar
a sus ministros, independientemente de la Asamblea Nacional, con todos los
medios del poder ejecutivo en sus manos, siendo el que distribuye todos los
puestos y el que, por tanto, decide en Francia la suerte de más de millón y
medio de existencias, que dependen de los 500.000 funcionarios y oficiales de
todos los grados. Tiene bajo su mando todo el poder armado. Goza del privilegio
de indultar a delincuentes individuales, de dejar en suspenso a los guardias
nacionales, de destituir, de acuerdo con el Consejo de Estado, los consejos
generales y cantonales y los ayuntamientos elegidos por los mismos ciudadanos.
La iniciativa y la dirección de todos los tratados con el extranjero son
facultades reservadas a él. Mientras que la Asamblea Nacional actúa
constantemente sobre las tablas, expuesta a la luz del día y a la crítica
pública, el presidente lleva una vida oculta en los Campos Elíseos y, además,
teniendo siempre clavado en los ojos y en el corazón el artículo 45 de la
Constitución, que le grita un día tras otro «frère, il faut mourir!» [*] ¡Tu
poder acaba el segundo domingo del hermoso mes de mayo del cuarto año de tu
elección! ¡Y entonces, todo este esplendor se ha acabado y la función no puede
repetirse, y si tienes deudas mira a tiempo cómo te las arreglas para saldarlas
con los 600.000 francos que te asigna la Constitución, si es que acaso no
prefieres dar con tus huesos en Clichy [31] al segundo lunes del hermoso mes de
mayo! A la par que asigna al presidente el poder efectivo, la Constitución
procura asegurar a la Asamblea Nacional el poder moral. Aparte de que es
imposible atribuir un poder moral mediante los artículos de una ley, la
Constitución aquí vuelve a anularse a sí misma, al disponer que el presidente
será elegido por todos los franceses mediante sufragio universal y directo.
Mientras que los votos de Francia se dispersan entre los 750 diputados de la
Asamblea Nacional, aquí se concentran, por el contrario, en un solo individuo.
Mientras que cada uno de los representantes del pueblo sólo representa a este o
a aquel partido, a esta o aquella ciudad, a esta o aquella cabeza de puente o
incluso a la mera necesidad de elegir a uno cualquiera que haga el número de
los 750, sin parar mientes minuciosamente en la cosa ni en el hombre, él es el
elegido de la nación, y el acto de su elección es el gran triunfo que se juega
una vez cada cuatro años el pueblo soberano. La Asamblea Nacional elegido está
en una relación metafísica con la nación, mientras que el presldente elegido
está en una relación personal. La Asamblea Nacional representa sin duda, en sus
distintos diputados, las múltiples facetas del espíritu nacional, pero en el
presidente se encarna este espíritu. El presidente posee frente a ella una
especie de derecho divino, es presidente por la Gracia del Pueblo.
Tetis, la diosa del mar, había profetizado a Aquiles que
moriría en la flor de la juventud. La Constitución, que tiene su punto
vulnerable, como Aquiles, tenía también como éste el presentimiento de que
moriría de muerte prematura. A los republicanos puros constituyentes les
bastaba con echar desde el reino de nubes de su república ideal una mirada al
mundo profano, para darse cuenta de cómo a medida que se iban acercando a la
consumación de su gran obra de arte legislativo, crecía por días la insolencia
de los monárquicos, de los bonapartistas, de los demócratas, de los comunistas,
y su propio descrédito, sin que, por tanto, Tetis necesitase abandonar el mar y
confiarles el secreto. Intentaron salir astutamente al paso de la fatalidad con
un ardid constitucional, mediante el artículo 111 de la Constitución, según el
cual toda propuesta de revisión constitucional ha de votarse en tres debates
sucesivos, con un intervalo de un mes entero entre cada debate, por las tres
cuartas partes de votantes, por lo menos, y siempre y cuando que, además, voten
no menos de 500 diputados de la Asamblea Nacional. Con esto no hacían más que
el pobre intento de ejercer como minoría —porque ya se veían proféticamente
como tal— un poder que en aquel momento, en que disponía de la mayoría
parlamentaria y de todos los resortes del poder del Gobierno se les iba
escapando por días de las débiles manos.
Finalmente, en un artículo melodramático, la Constitución
se confía «a la vigilancia y al patriotismo de todo el pueblo francés y de cada
francés por separado», después que en otro artículo anterior había entregado ya
los «vigilantes» y «patriotas» a los tiernos y criminalísimos cuidados del Tribunal
Supremo, Haute Cour, creado expresamente por ella.
Tal era la Constitución de 1848, que no fue derribada el 2
de diciembre de 1851 por una cabeza, sino que se vino a tierra al contacto de
un simple sombrero; cierto es que este sombrero era el tricornio napoleónico.
Mientras los republicanos burgueses de la Asamblea se
ocupaban en cavilar, discutir y votar esta Constitución, Cavaignac mantenía,
fuera de la Asamblea, el estado de sitio en París. El estado de sitio en París
fue el comadrón de la Constituyente en sus dolores republicanos del parto. Si
más tarde la Constitución fue muerta por las bayonetas, no hay que olvidar que
también había sido guardada en el vientre materno y traída al mundo por las
bayonetas, por bayonetas vueltas contra el pueblo. Los antepasados de los
«republicanos honestos» habían hecho dar a su símbolo, la bandera tricolor
[32], la vuelta por Europa. Ellos, a su vez, hicieron también un invento que se
abrió por sí mismo paso por todo el continente, pero retornando a Francia con
amor siempre renovado, hasta que acabó adquiriendo carta de ciudadanía en la
mitad de sus departamentos: el estado de sitio. ¡Magnífico invento, aplicado
periódicamente en cada una de las crisis sucesivas en el curso de la revolución
francesa! Y el cuartel y el vivac, puestos así, periódicamente, por encima äe
la sociedad francesa para aplastarle el cerebro y convertirla en un ser
tranquilo; el sable y el mosquetón, que periódicamente regentaban la justicia y
la administración, ejercían tutela y censura, hacían funciones de policía y
oficio de serenos; ål bigote y la guerrera, que se preconizaban periódicamente
como la sabiduría suprema y como los rectores de la sociedad, ¿no tenían
necesariamente el cuartel y el vivac, el sable y el mosquetón, el bigote y la
guerrera, que dar por último en la ocurrencia de que era mejor salvar a la
sociedad de una vez para siempre, proclamando su propio régimen como el más
alto de todos y descargando por completo a la sociedad burguesa del cuidado de
gobernarse por sí misma? El cuartel y el vivac, el sable y el mosquetón, el
bigote y la guerrera tenían necesariamente que dar en esta ocurrencia, con
tanta mayor razón cuanto que de este modo podían esperar también una mejor
recompensa por sus altos servicios, mientras que limitándose a decretar
periódicamente el estado de sitio y a salvar transitoriamente a la sociedad por
encargo de esta o aquella fracción de la burguesía, se conseguía poco de
sólido, fuera de algunos muertos y heridos y de algunas muecas amistosas de
burgueses. ¿Por qué el elemento militar no podía jugar por fin de una vez al
estado de sitio en su propio interés y para su propio beneficio, sitiando al
mismo tiempo las bolsas burguesas? Por lo demás, no olvidemos, digámoslo de
pasada, que el coronel Bernard, aquel mismo presidente de la Comisión militar
que bajo Cavaignac ayudó a mandar a la deportación, sin juicio, a 15.000
insurrectos, vuelve a hallarse en este momento a la cabeza de las Comisiones
militares que actúan en París.
Si los republicanos «honestos», los republicanos puros,
plantaron con el estado de sitio de París el vivero en que habían de criarse
los pretorianos [33] del 2 de diciembre de 1851 merecen en cambio que se
ensalce en ellos el que, lejos de exagerar el sentimiento nacional como habían
hecho bajo Luis Felipe, ahora, cuando disponen del poder de la nación, se
arrastran a los pies del extranjero, y en vez de liberar a Italia, hacen que
vuelvan a ocuparla los austríacos y los napolitanos [34]. La elección de Luis
Bonaparte como presidente, el 10 de diciembre de 1848, puso fin a la dictadura
de Cavaignac y a la Constituyente.
En el artículo 44 de la Constitución se dice: «El
presidente de la República Francesa no deberá haber perdido nunca la ciudadanía
francesa». El primer presidente de la República Francesa, L. N. Bonaparte, no
sólo había perdido la ciudadanía francesa, no sólo había sido agente especial
de la policía inglesa, sino que era incluso un suizo naturalizado [35].
Ya he expuesto en otro lugar la significación de las
elecciones del 10 de diciembre. No he de volver aquí sobre esto. Baste observar
que fue una reacción de los campesinos, que habían tenido que pagar el coste de
la revolución de febrero, contra las demás clases de la nación, una reacción
del campo contra la ciudad. Esta reacción encontró gran eco en el ejército, al
que los republicanos del "National" no habían dado fama ni aumento de
sueldo; entre la gran burguesía, que saludó en Bonaparte el puente hacia la
monarquía; entre los proletarios y los pequeños burgueses, que le saludaron
como un azote para Cavaignac. Más adelante he de tener ocasión de examinar más
en detalle el papel de los campesinos en la revolución francesa.
La época que va desde el 20 de diciembre de 1848 hasta la
disolución de la Constituyente en mayo de 1849, abarca la historia del ocaso de
los republicanos burgueses. Después de haber creado una república para la
burguesía, de haber expulsado del campo de lucha al proletariado revolucionario
y de reducir provisionalmente al silencio a la pequeña burguesía democrática,
se ven ellos mismos puestos al margen por la masa de la burguesía, que con
justo derecho embarga a esta república como cosa de su propiedad. Pero esta
masa burguesa era realista. Una parte de ella, los grandes propietarios de
tierras, había dominado bajo la Restauración [36] y era, por tanto, legitimista
. La otra parte, los aristócratas financieros y los grandes industriales, había
dominado bajo la monarquía de Julio, y era, por consiguiente, orleanista [37] .
Los altos dignatarios del Ejército, de la Universidad, de la Iglesia, del Foro,
de la Academia y de la Prensa se repartían entre ambos campos, aunque en
distinta proporción. Aquí, en la república burguesa, que no ostentaba el nombre
de Borbón ni el nombre de Orleáns, sino el nombre de Capital, habían encontrado
la forma de gobierno bajo la cual podían dominar conjuntamente. Ya la
insurrección de junio los había unido en las filas del «partido del orden» [38]
. Ahora, se trataba ante todo de eliminar a la pandilla de los republicanos burgueses
que ocupaban todavía los escaños de la Asamblea Nacional. Y todo lo que estos
republicanos puros habían tenido de brutales para abusar de la fuerza física
contra el pueblo, lo tuvieron ahora de cobardes, de pusilánimes, de tímidos, de
alicaídos, de incapaces de luchar para mantener su republicanismo y su derecho
de legisladores frente al poder ejecutivo y los realistas. No tengo por qué
relatar aquí la historia ignominiosa de su desintegración. No cayeron, se
acabaron. Su historia ha terminado para siempre, y en el período siguiente ya
sólo figuran, lo mismo dentro que fuera de la Asamblea, como recuerdos,
recuerdos que parecen revivir de nuevo tan pronto como se trata del mero nombre
de República y cuantas veces el conflicto revolucionario amenaza con descender
hasta el nivel más bajo. Diré de pasada que el periódico que dio su nombre a
este partido, el "National", se pasó en el período siguiente al
socialismo.
Antes de terminar con este período, tenemos que echar
todavía una ojeada retrospectiva a los dos poderes, uno de los cuales anuló al
otro el 2 de diciembre de 1851, mientras que desde el 20 de diciembre de 1848
hasta la disolución de la Constituyente vivieron en relaciones maritales. Nos
referimos, de un lado, a Luis Bonaparte y, de otro lado, al partido de los
realistas coligados, al partido del orden, al partido de la gran burguesía. Al
tomar posesión de la presidencia, Bonaparte formó inmediatamente un ministerio
del partido del orden, al frente del cual puso a Odilon Barrot, que era, nótese
bien, el antiguo dirigente de la fracción más liberal de la burguesía
parlamentaria. Por fin, el señor Barrot había cazado la cartera de ministro
cuyo espectro le perseguía desde 1830, y más aún, la presidencia del
ministerio; pero no como lo había soñado bajo Luis Felipe, como el jefe más
avanzado de la oposición parlamentaria, sino con la misión de matar un
parlamento y como aliado de todos sus peores enemigos, los jesuitas y los
legitimistas. Por fin, pudo casarse con la novia, pero sólo después de que ésta
había sido ya prostituida. En cuanto a Bonaparte, se eclipsó en apariencia
totalmente. Ese partido actuaba por él.
Ya en el primer consejo de ministros se acordó la
expedición a Roma, que se convino en realizar a espaldas de la Asamblea
Nacional y arrancándole a ésta los medios financieros bajo un pretexto falso.
Así comenzó la cosa, estafando a la Asamblea Nacional y con una conspiración
secreta con las potencias absolutistas extranjeras contra la república
revolucionaria romana. Del mismo modo y con la misma maniobra, Bonaparte
preparó su golpe del 2 de diciembre contra la Asamblea Legislativa realista y
su república constitucional. No olvidemos que el mismo partido, que el 20 de
diciembre de 1848 formaba el ministerio de Bonaparte, formaba el 2 de diciembre
de 1851 la mayoría de la Asamblea Nacional Legislativa.
La Constituyente había acordado en agosto no disolverse
hasta después de elaborar y promulgar toda una serie de leyes orgánicas
complementarias de la Constitución. El partido del orden le propuso el 6 de
enero de 1849, por medio del diputado Rateau, no tocar las leyes orgánicas y
acordar más bien su propia disolución. No sólo el ministerio, con el señor
Odilon Barrot a la cabeza, sino todos los diputados realistas de la Asamblea
Nacional le hicieron saber en este momento, en tono imperativo, que su
disolución era necesaria para restablecer el crédito, para consolidar el orden,
para poner fin a aquella indefinida situación provisional y crear un estado de
cosas definitivo; se le dijo que entorpecía la actividad del nuevo Gobierno y
sólo procuraba alargar su vida por rencor, que el país estaba cansado de ella.
Bonaparte tomó nota de todas estas invectivas contra el poder legislativo, se
las aprendió de memoria y, el 2 de diciembre de 1851, demostró a los realistas
parlamentarios que había aprovechado sus lecciones. Repitió contra ellos sus
propios tópicos.
El ministerio Barrot y el partido del orden fueron más
allá. Hicieron que de toda Francia se dirigiesen solicitudes a la Asamblea
Nacional pidiendo a ésta muy amablemente que se retirase. De este modo,
lanzaron a la batalla contra la Asamblea Nacional, expresión
constitucionalmente organizada del pueblo, sus masas no organizadas. Enseñaron
a Bonaparte a apelar ante el pueblo contra las asambleas parlamentarias. Por
fin, el 29 de enero de 1849 llegó el día en que la Constituyente había de
resolver el problema de su propia disolución. La Asamblea Nacional se encontró
con el edificio en que se celebraban sus sesiones ocupado militarmente;
Changarnier, el general del partido del orden, en cuyas manos se concentraba el
mando supremo de la Guardia Nacional y las tropas de línea, celebró en París
una gran revista de tropas, como en vísperas de una batalla, y los realistas
coligados declararon conminatoriamente a la Constituyente, que si no se
mostraba sumisa se emplearía la fuerza. Se mostró sumisa y regateó únicamente
un plazo brevísimo de vida. ¿Qué fue el 29 de enero sino el coup d'état [**]
del 2 de diciembre de 1851, sólo que ejecutado por los realistas juntamente con
Bonaparte contra la Asamblea Nacional republicana? Esos señores realistas no
advirtieron o no quisieron advertir que Bonaparte se valió del 29 de enero de
1849 para hacer que desfilase ante él, por las Tullerías, una parte de las
tropas y se agarró ávidamente a esta primera demostración pública del poder
militar contra el poder parlamentario, para hacer alusión a Calígula [39].
Claro está que ellos no veían más que a su Changarnier.
El motivo que llevó especialmente al partido del orden a
acortar violentamente la vida de la Constituyente fueron las leyes orgánicas
complementarias de la Constitución, como la ley de enseñanza, la ley de cultos,
etc. A los realistas coligados les interesaba en extremo hacer ellos mismos
estas leyes y no dejar que las hiciesen los republicanos ya recelosos. Entre
estas leyes orgánicas figuraba también, sin embargo, una ley sobre la
responsabilidad del presidente de la república. En 1851, la Asamblea
Legislativa se ocupaba precisamente de la redacción de esta ley, cuando
Bonaparte paró este coup [***] con el coup del 2 de diciembre. ¡Qué no hubieran
dado los realistas coligados, en su campaña [427] parlamentaria del invierno de
1851, por haberse encontrado ya hecha, la ley sobre la responsabilidad
presidencial! ¡Y hecha, además, por una Asamblea desconfiada, rencorosa,
republicana!
Después de que la misma Constituyente había roto el 29 de
enero de 1849 su última arma, el ministerio Barrot y los amigos del orden la
acosaron a muerte, no dejaron por hacer nada que pudiera humillarla y
arrancaron a su debilidad y a su falta de confianza en sí misma leyes que le
costaron el último residuo de respeto de que aún gozaba entre el público.
Bonaparte, con su idea fija napoleónica, fue lo suficientemente audaz para
explotar públicamente esta degradación del poder parlamentario. En efecto,
cuando el 8 de mayo de 1849 la Asamblea Nacional da un voto de censura al
Gobierno por la ocupación de Civitavecchia por Oudinot y ordena que se reduzca
la expedición romana a su supuesta finalidad, Bonaparte publica en el
"Moniteur" [40], en la tarde del mismo día, una carta a Oudinot en la
que le felicita por sus heroicas hazañas, y se presenta ya, por oposición a los
escritorcillos parlamentarios, como el generoso protector del ejército. Los
realistas, al ver esto, se sonrieron, creyendo sencillamente que habían logrado
embaucarle. Por fin, cuando Marrast, presidente de la Constituyente, creyó en
peligro por un momento la seguridad de la Asamblea Nacional, y, apoyándose en
la Constitución, requirió a un coronel con su regimiento, el coronel se negó a
obedecer, invocó la disciplina y remitió a Marrast a Changarnier, quien le
despidió sardónicamente, diciéndole que no le gustaban las baïonnettes
intelligentes [****]. En noviembre de 1851, cuando los realistas coligados
quisieron comenzar la lucha decisiva contra Bonaparte, intentaron, con su
célebre proyecto de ley sobre los cuestores [41], lograr que se adoptara el
principio de la requisición directa de las tropas por el presidente de la Asamblea
Nacional. Uno de sus generales, Le Flô, había suscrito el proyecto de ley. Fue
inútil que Changarnier votase en favor de la propuesta y que Thiers rindiese
homenaje a la circunspecta sabiduría de la antigua Constituyente. El ministro
de la Guerra, St. Arnaud, le contestó como Changarnier había contestado a
Marrast, ¡y entre los gritos de aplauso de la Montaña!
Así fue cómo el mismo partido del orden, cuando todavía no
era Asamblea Nacional, cuando sólo era ministerio, estigmatizó el régimen
parlamentario. ¡Y pone el grito en el cielo, cuando, el 2 de diciembre de 1851,
este régimen es desterrado de Francia!
¡Le deseamos feliz viaje!
NOTAS
[27] 113. "Le National" (El Nacional): diario
francés; se publicó en París de 1830 a 1851; órgano de los republicanos
burgueses moderados. Los representantes más destacados de esta corriente en el
Gobierno Provisional eran Marrast, Bastide y Garnier-Pagés.- 214, 417
[28] 123. Se alude al artículo de fondo del "Journal
des Débats" del 28 de agosto de 1848.
"Journal des Débats politiques et littéraries"
(Periódico de los debates políticos y literarios"): diario burgués francés
fundado en París en 1789. Durante la monarquía de Julio fue el periódico
gubernamental, órgano de la burguesía orleanista. Durante la revolución de
1848, el periódico expresaba las opiniones de la burguesía
contrarrevolucionaria agrupada en el denominado partido del orden.- 235, 352,
417
[29] 227. Tratados de Viena: tratados concertados en Viena
(mayo-junio de 1815) por los Estados que habían participado en las guerras
napoleónicas (véase la nota 170).- 417
[*] Editoriales. (N. de la Edit.)
[30] 228. La Carta Constitucional fue aprobada después de
la revolución burguesa de 1830 en Francia. Era la ley fundamental de la
monarquía de Julio. Proclamaba formalmente los derechos soberanos de la nación
y restringía un tanto el poder del monarca.- 419
[*] Frère, il faut mourir! («¡Hermano, hay que morir!»),
palabras con que se saludaban entre sí los miembros de la orden de los monjes
católicos trapenses. (N. de la Edit.)
[31] 229. Clichy: cárcel de París donde se recluía a los
deudores insolventes (desde 1826 hasta 1867).- 421, 458
[32] 115. Durante los primeros días de la existencia de la
República Francesa se planteó la cuestión de elegir la bandera nacional. Los
obreros revolucionarios de París exigían que se declarase enseña nacional la
bandera roja que enarbolaran los obreros de los suburbios de la capital durante
la insurrección de junio de 1832. Los representantes de la burguesía insistían
en que se eligiera la tricolor (azul, blanca y roja), que había sido la bandera
de Francia durante la revolución burguesa de fines del siglo XVIII y del
imperio de Napoleón I. Esta bandera había sido también, antes de la revolución
de 1848, el emblema de los republicanos burgueses que se agrupaban en torno al
periódico "Le National". Los representantes de los obreros se vieron
obligados a acceder a que la bandera nacional de la República Francesa fuese
declarada la tricolor. No obstante, al asta de la bandera se adhirió una
escarapela roja.- 218, 422
[33] 230. Pretorianos: denominación que se daba en la Roma
antigua a la guardia personal privilegiada de los jefes militares o del
emperador; participaban siempre en los motines interiores y llevaban a menudo
al trono a personeros suyos. Aquí se trata de la Sociedad del 10 de diciembre
(véase el presente tomo, págs. 453-455).- 423
[34] 231. Se alude a la participación conjunta del Reino
napolitano y Austria en la intervención contra la República Romana en
mayo-julio de 1849.- 423
[35] 232. Marx se refiere a los siguientes hechos de la
biografía de Luis Bonaparte: en 1832 Luis Bonaparte adoptó la nacionalidad
suiza en el cantón de Thurgau; en 1848, durante su estancia en Inglaterra, se
hizo voluntariamente constable especial (en Inglaterra, reserva policíaca entre
la población civil).- 423
[36] 131. Sobre la restauración en Francia véase la nota
58.- 256, 424
[37] 93. Se trata de los dos partidos monárquicos de la
burguesía francesa de la primera mitad del siglo XIX, o sea, de los
legitimistas (véase la nota 59) y de los orleanistas.
Orleanistas: partidarios de los duques de Orleáns, rama
menor de la dinastía de los Borbones, que se mantuvo en el poder desde la
revolución de Julio de 1830 hasta la revolución de 1848; representaban los
intereses de la aristocracia financiera y la gran burguesía.
Durante la Segunda república (1848-1851), los dos grupos
monárquicos constituyeron el núcleo del «partido del orden», un partido
conservador unificado.- 197, 227, 424
[38] 130. Partido del orden: surgió en 1848 como partido de
la gran burguesía conservadora; era una coalición de las dos fracciones
monárquicas de Francia, es decir, de los legitimistas y los orleanistas (véanse
las notas 59 y 63); desde 1849 hasta el golpe de Estado del 2 de diciembre de
1851 ocupaba una posición rectora en la Asamblea Legislativa de la Segunda
República.- 256, 424
[**] Golpe de Estado. (N. de la Edit.)
[39] 233. El emperador romano Calígula (37-41) fue elevado
al trono por la guardia pretoriana.- 426
[***] Golpe. (N. de la Edit.)
[40] 116. "Le Moniteur universel" ("El
Heraldo universal"): diario francés, órgano oficial del Gobierno; aparecía
en París desde 1789 hasta 1901. En las páginas de "Le Moniteur" se
insertaban obligatoriamente las disposiciones y decretos del Gobierno,
informaciones de los debates parlamentarios y otros documentos oficiales; en
1848 se publicaban también en este periódico informaciones de las reuniones de
la Comisión de Luxemburgo.- 219, 497
[****] Las bayonetas inteligentes. (N. de la Edit.)
[41] 234. Se llamaban cuestores en la Asamblea Legislativa
a los encargados de administrar la hacienda pública y velar por su seguridad
(por analogía con los cuestores de la Roma antigua). El proyecto de ley sobre
la concesión al presidente de la Asamblea Nacional del derecho de llamar a las
tropas fue presentado por los cuestores realistas Le Flô, Baze y Panat el 6 de
noviembre de 1851, y tras de suscitar violentos debates, fue rechazado el 17 de
noviembre.- 427
III
El 28 de mayo de 1849 se reunió la Asamblea Nacional
Legislativa. El 2 de diciembre de 1851 fue disuelta por la fuerza. Este período
abarca la vida de la república constitucional o parlamentaria.
En la primera revolución francesa, a la dominación de los
constitucionales le sigue la dominación de los girondinos, y a la dominación de
los girondinos, la de los jacobinos [42] . Cada uno de estos partidos se apoya
en el que se halla delante. Tan pronto como ha impulsado la revolución lo
suficiente para no poder seguirla, y mucho menos para poder encabezarla, es
desplazado y enviado a la guillotina por el aliado, más intrépido, que está
detrás de él. La revolución se mueve de este modo en un sentido ascensional.
En la revolución de 1848 es al revés. El partido proletario
aparece como apéndice del pequeñoburgués-democrático. Este le traiciona y
contribuye a su derrota el 16 de abril [43] , el 15 de mayo y en las jornadas
de junio. A su vez, el partido democrático se apoya sobre los hombros del
republicano-burgués. Apenas se consideran seguros, los republicanos burgueses
se sacuden el molesto camarada y se apoyan, a su vez, sobre los hombros del
partido del orden. El partido del orden levanta sus hombros, deja caer a los
republicanos burgueses dando volteretas y salta, a su vez, a los hombros del
poder armado. Y cuando cree que está todavía sentado sobre esos hombros, una
buena mañana se encuentra con que los hombros se han convertido en bayonetas.
Cada partido da coces al que empuja hacia adelante y se apoya en las espaldas del
partido que impulsa para atrás. No es extraño que, en esta ridícula postura,
pierda el equilibrio y se venga a tierra entre extrañas cabriolas, después de
hacer las muecas inevitables. De este modo, la revolución se mueve en sentido
descendente. En este movimiento de retroceso se encuentra todavía antes de
desmontarse la última barricada de febrero y de constituirse el primer órgano
de autoridad revolucionaria.
El período que tenemos ante nosotros abarca la mezcolanza
más abigarrada de clamorosas contradicciones: constitucionales que conspiran
abiertamente contra la Constitución, revolucionarios que confiesan abiertamente
ser constitucionales, una Asamblea Nacional que quiere ser omnipotente y no
deja de ser ni un solo momento parlamentaria; una Montaña que encuentra su
misión en la resignación y para los golpes de sus derrotas presentes con la
profecía de victorias futuras; realistas que son los patres conscripti [*] de
la república y se ven obligados por la situación a mantener en el extranjero
las dinastías reales en pugna, de que son partidarios, y sostener en Francia la
república, a la que odian; un poder ejecutivo que encuentra en su misma
debilidad su fuerza, y su respetabilidad en el desprecio que inspira; una
república que no es más que la infamia combinada de dos monarquías, la de la
Restauración y la de Julio, con una etiqueta imperial; alianzas cuya primera
cláusula es la separación; luchas cuya primera ley es la indecisión; en nombre
de la calma una agitación desenfrenada y vacua; en nombre de la revolución los
más solemnes sermones en favor de la tranquilidad; pasiones sin verdad;
verdades sin pasión; héroes sin hazañas heroicas; historia sin acontecimientos;
un proceso cuya única fuerza propulsora parece ser el calendario, fatigoso por
la sempiterna repetición de tensiones y relajamientos; antagonismos que sólo
parecen exaltarse periódicamente para embotarse y decaer, sin poder resolverse;
esfuerzos pretenciosamente ostentados y espantos burgueses ante el peligro del
fin del mundo y al mismo tiempo los salvadores de éste tejiendo las más
mezquinas intrigas y comedias palaciegas, que en su laisser aller [*]*
recuerdan más que el Juicio Final los tiempos de la Fronda [44]; el genio
colectivo oficial de Francia ultrajado por la estupidez ladina de un solo
individuo; la voluntad colectiva de la nación, cuantas veces habla en el
sufragio universal, busca su expresión adecuada en los enemigos empedernidos de
los intereses de las masas, hasta que, por último, la encuentra en la voluntad
obstinada de un filibustero. Si hay pasaje de la historia pintado en gris sobre
fondo gris, es éste. Hombres y acontecimientos aparecen como un Schlemihl [45]
a la inversa, como sombras que han perdido sus cuerpos. La misma revolución
paraliza a sus propios portadores y sólo dota de violencia pasional a sus
adversarios. Y cuando, por fin, aparece el «espectro rojo», constantemente
evocado y conjurado por los contrarrevolucionarios, no aparece tocado con el
gorro frigio [46] de la anarquía, sino vistiendo el uniforme del orden, con
zaragüelles rojos.
Veíamos que el ministerio nombrado por Bonaparte el 20 de
diciembre de 1848, el día de su ascensión, era un ministerio del partido del
orden, de la coalición legitimista y orleanista. Este ministerio,
Barrot-Falleux, había sobrevivido a la Constituyente republicana, cuya vida
había acortado de un modo más o menos violento, y empuñaba todavía el timón.
Changarnier, el general de los realistas coligados, seguía concentrando en su
persona el alto mando de la primera división militar y de la Guardia Nacional
de París. Finalmente, las elecciones generales habían asegurado al partido del
orden la gran mayoría en la Asamblea Nacional. Aquí, los diputados y los pares
de Luis Felipe se encontraron con un santo tropel de legitimistas para quienes
numerosas papeletas electorales de la nación se habían trocado en entradas para
la escena política. Los diputados bonapartistas eran demasiado contados para
poder formar un partido parlamentario independiente. Sólo aparecían como una
mauvaise queue [*] del partido del orden. Como vemos, el partido del orden
tenía en sus manos el poder del Gobierno, el ejército y el cuerpo legislativo;
en una palabra, todos los poderes del Estado, y hallábase fortalecido
moralmente por las elecciones generales que hacían aparecer su dominación como
voluntad del pueblo, y por la victoria simultánea de la contrarrevolución en
todo el continente europeo.
Jamás un partido abrió la campaña con medios más abundantes
ni bajo mejores auspicios.
Los republicanos puros naufragados se vieron reducidos en
la Asamblea Nacional Legislativa a una pandilla de unos 50 hombres, y a su
frente los generales africanos Cavaignac, Lamoricière y Bedeau. Pero el gran
partido de oposición lo formaba la Montaña. Con este nombre parlamentario se
había bautizado el partido socialdemócrata. Disponía de más de 200 de los 750
votos de la Asamblea Nacional y era, por lo menos, tan fuerte como cualquiera
de las tres fracciones del partido del orden por separado. Su minoría relativa
frente a toda la coalición realista parecía estar compensada por circunstancias
especiales. No sólo porque las elecciones departamentales pusieron de
manifiesto que este partido había ganado simpatías considerables entre la
población del campo. Contaba además en sus filas con casi todos los diputados
de París, el ejército había hecho una confesión de fe democrática mediante la
elección de tres suboficiales, y el jefe de la Montaña, Ledru-Rollin, a
diferencia de todos los representantes del partido del orden, fue elevado al rango
de la nobleza parlamentaria por cinco departamentos que habían concentrado sus
votos en él. Por tanto, el 28 de mayo de 1849, dados los inevitables choques
intestinos de los realistas y los de todo el partido del orden con Bonaparte,
la Montaña parecía contar con todas las probabilidades de éxito. Catorce días
después lo había perdido todo, hasta el honor.
Antes de proseguir con la historia parlamentaria, son
indispensables algunas observaciones, para evitar los errores corrientes acerca
del carácter total de la época que nos ocupa. Según la manera de ver de los
demócratas, durante el período de la Asamblea Nacional Legislativa el problema
es el mismo que el del período de la Constituyente: la simple lucha entre
republicanos y realistas. En cuanto al movimiento mismo lo encierran en un
tópico: «reacción», la noche, en la que todos los gatos son pardos y que les
permite salmodiar todos sus habituales lugares comunes, dignos de su papel de
sereno. Y, ciertamente, a primera vista el partido del orden parece un ovillo
de diversas fracciones realistas, que no sólo intrigan unas contra otras para
elevar cada cual al trono a su propio pretendiente y eliminar al del bando
contrario, sino que, además, se unen todas en el odio común y en los ataques
comunes contra la «república». Por su parte, la Montaña aparece como la
representante de la «república» frente a esta conspiración realista. El partido
del orden aparece constantemente ocupado en una «reacción» que, ni más ni menos
que en Prusia, va contra la prensa, contra la asociación, etc., y se traduce,
al igual que en Prusia, en brutales ingerencias policíacas de la burocracia, de
la gendarmería y de los tribunales. A su vez, la Montaña está constantemente
ocupada con no menos celo en repeler estos ataques, defendiendo así los
«eternos derechos humanos», como todo partido sedicente popular lo viene
haciendo más o menos desde hace siglo y medio. Sin embargo, examinando más de
cerca la situación y los partidos, se esfuma esta apariencia superficial, que
vela la lucha de clases y la peculiar fisonomía de este período.
Legitimistas y orleanistas formaban, como queda dicho, las
dos grandes fracciones del partido del orden. ¿Qué era lo que hacía que estas
fracciones se aferrasen a sus pretendientes y las mantenía mutuamente
separadas? ¿Serían tan sólo las flores de lis [47] y la bandera tricolor, la
Casa de Borbón y la Casa de Orleáns, diferentes matices del realismo o, en
general, su profesión de fe realista? Bajo los Borbones había gobernado la gran
propiedad territorial, con sus curas y sus lacayos; bajo los Orleáns, la alta
finanza, la gran industria, el gran comercio, es decir, el capital, con todo su
séquito de abogados, profesores y retóricos. La monarquía legítima no era más
que la expresión política de la dominación heredada de los señores de la
tierra, del mismo modo que la monarquía de Julio no era más que la expresión
política de la dominación usurpada de los advenedizos burgueses. Lo que, por
tanto, separaba a estas fracciones no era eso que llaman principios, eran sus
condiciones materiales de vida, dos especies distintas de propiedad; era el
viejo antagonismo entre la ciudad y el campo, la rivalidad entre el capital y
la propiedad del suelo. Que, al mismo tiempo, había viejos recuerdos,
enemistades personales, temores y esperanzas, prejuicios e ilusiones, simpatías
y antipatías, convicciones, artículos de fe y principios que los mantenían
unidos a una u otra dinastía, ¿quién lo niega? Sobre las diversas formas de
propiedad y sobre las condiciones sociales de existencia se levanta toda una
superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de
vida diversos y plasmados de un modo peculiar. La clase entera los crea y los
forma derivándolos de sus bases materiales y de las relaciones sociales correspondientes.
El individuo suelto, a quien se le imbuye la tradición y la educación, podrá
creer que son los verdaderos móviles y el punto de partida de su conducta.
Aunque los orleanistas y los legitimistas; aunque cada fracción se esforzase
por convencerse a sí misma y por convencer a la otra de que lo que las separaba
era la lealtad a sus dos dinastías, los hechos demostraron más tarde que eran
más bien sus intereses divididos lo que impedía que las dos dinastías se
uniesen. Y así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre
piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, en las luchas
históricas hay que distinguir todavía más entre las frases y las figuraciones
de los partidos y su organismo efectivo y sus intereses efectivos, entre lo que
se imaginan ser y lo que en realidad son. Orleanistas y legitimistas se
encontraron en la república los unos junto a los otros y con idénticas
pretensiones. Si cada parte quería imponer frente a la otra la restauración de
su propia dinastía, esto sólo significaba una cosa: que cada uno de los dos
grandes intereses en que se divide la burguesía —la propiedad del suelo y el
capital— aspiraba a restaurar su propia supremacía y la subordinación del otro.
Hablamos de dos intereses de la burguesía, pues la gran propiedad del suelo,
pese a su coquetería feudal y a su orgullo de casta, estaba completamente
aburguesada por el desarrollo de la sociedad moderna. También los tories en
Inglaterra se hicieron durante mucho tiempo la ilusión de creer que se entusiasmaban
con la monarquía, la Iglesia y las bellezas de la vieja Constitución inglesa,
hasta que llegó el día del peligro y les arrancó la confesión de que sólo se
entusiasmaban con la renta del suelo.
Los realistas coligados intrigaban unos contra otros en la
prensa, en Ems [48], en Claremont {141}, fuera del parlamento. Entre
bastidores, volvían a vestir sus viejas libreas orleanistas y legitimistas y
reanudaban sus viejos torneos. Pero en la escena pública, en sus grandes
representaciones cívicas, como gran partido parlamentario, despachaban a sus
respectivas dinastías con simples reverencias y aplazaban la restauración de la
monarquía in infinitum [*]. Cumplían con su verdadero oficio como partido del
orden, es decir, bajo un título social y no bajo un título político, como
representantes del régimen social burgués y no como caballeros de ninguna
princesa peregrinante, como clase burguesa frente a otras clases y no como
realistas frente a republicanos. Y, como partido del orden, ejercieron una
dominación más ilimitada y más dura sobre las demás clases de la sociedad que
la que habían ejercido nunca bajo la Restauración o bajo la monarquía de Julio,
como sólo era posible ejercerla bajo la forma de la república parlamentaria,
pues sólo bajo esta forma podían unirse los dos grandes sectores de la
burguesía francesa, y por tanto poner a la orden del día la dominación de su
clase en vez del régimen de un sector privilegiado de ella. Si, a pesar de esto
y también como partido del orden, insultaban a la república y manifestaban la
repugnancia que sentían por ella, no era sólo por apego a sus recuerdos
realistas. El instinto les enseñaba que, aunque la república había coronado su
dominación política, al mismo tiempo socavaba su base social, ya que ahora se
enfrentaban con las clases sojuzgadas y tenían que luchar con ellas sin ningún
género de mediación, sin poder ocultarse detrás de la corona, sin poder desviar
el interés de la nación mediante sus luchas subalternas intestinas y con la
monarquía. Era un sentimiento de debilidad el que los hacía retroceder
temblando ante las condiciones puras de su dominación de clase y suspirar por
las formas más incompletas, menos desarrolladas y precisamente por ello menos
peligrosas de su dominación. En cambio, cuantas veces los realistas coligados
chocan con el pretendiente que tienen enfrente, con Bonaparte, cuantas veces
creen que el poder ejecutivo hace peligrar su omnipotencia parlamentaria,
cuantas veces tienen que exhibir, por tanto, el título político de su
dominación, actúan como republicanos y no como realistas. Desde el orleanista
Thiers, quien advierte a la Asamblea Nacional que la república es lo que menos
los separa, hasta el legitimista Berryer, que el 2 de diciembre de 1851, ceñido
con la banda tricolor, arenga como tribuno, en nombre de la república, al
pueblo congregado delante del edificio de la alcaldía del décimo arrondissement
[*]. Claro está que el eco burlón le contestaba con este grito: Henri V! Henri
V! [*]*
IV
A mediados de octubre de 1849 reanudó sus sesiones la
Asamblea Nacional. El 1 de noviembre, Bonaparte la sorprendió con un mensaje en
el que le anunciaba la destitución del ministerio Barrot-Falloux y la formación
de un nuevo ministerio. Jamás se ha arrojado a lacayos de su puesto con menos cumplidos
que Bonaparte a sus ministros. Los puntapiés destinados a la Asamblea Nacional
los recibían, por el momento, Barrot y Compañía.
El ministerio Barrot estaba compuesto, como hemos visto,
por legitimistas y orleanistas, era un ministerio del partido del orden.
Bonaparte había necesitado de él para disolver la Constituyente republicana,
poner por obra la expedición contra Roma y destrozar el partido democrático. El
se había eclipsado aparentemente detrás de este ministerio, entregando el poder
del Gobierno en manos del partido del orden y poniéndose la careta de modestia
que bajo Luis Felipe llevaba el gerente responsable de los periódicos, la
careta del homme de paille [*]. Ahora se quitó la máscara, que no era va velo
sutil detrás del que podía ocultar su fisonomía, sino la máscara de hierro que
le impedía mostrar una fisonomía propia. Había constituido el ministerio Barrot
para hacer saltar, en nombre del partido del orden, la Asamblea Nacional
republicana; y lo destituyó para declarar a su propio nombre independiente de
la Asamblea Nacional del partido del orden.
Pretextos plausibles para esta destitución no faltaban. El
ministerio Barrot descuidaba incluso las formas de decoro que habrían hecho
aparecer al presidente de la república como un poder al lado de la Asamblea
Nacional. Durante las vacaciones parlamentarias Bonaparte publicó una carta
dirigida a Edgar Ney en la que parecía desaprobar la actuación iliberal del
papa [**], del mismo modo que había publicado, en oposición a la Constituyente,
otra carta en la que elogiaba a Oudinot por su ataque contra la República de
Roma . Al votarse en la Asamblea Nacional el presupuesto de la expedición
romana, Víctor Hugo, por un supuesto liberalismo, puso a discusión esa carta.
El partido del orden ahogó entre exclamaciones despectivamente incrédulas la
ocurrencia de que las ocurrencias de Bonaparte pudieran tener la menor
importancia política. Ninguno de los ministros recogió el guante en su favor.
En otra ocasión, Barrot, con su conocido patetismo vacuo, dejó escapar desde la
tribuna palabras de indignación contra los «manejos abominables» en que, según
su testimonio, andaban las personas más cercanas al presidente. Por último, el
ministerio, a la par que hacía aprobar por la Asamblea Nacional una pensión de viudedad
para la Duquesa de Orleáns, rechazaba todas las propuestas para aumentar la
lista civil de la presidencia. Y en Bonaparte, el pretendiente imperial se
fundía tan íntimamente con el caballero de industria arruinado, que una gran
idea, la de su misión de restaurador del imperio, se complementaba siempre con
otra: la de que el pueblo francés tenía la misión de saldar sus deudas.
El ministerio Barrot-Falloux fue el primero y el último
ministerio parlamentario nombrado por Bonaparte. Por eso su destitución señala
un viraje decisivo. Con él, el partido del orden perdió, para no recuperarlo
jamás, un puesto indispensable para afirmar el régimen parlamentario, el
asidero del poder ejecutivo. Se comprende inmediatamente que en un país como
Francia, donde el poder ejecutivo dispone de un ejército de funcionarios de más
de medio millón de individuos y tiene por tanto constantemente bajo su
dependencia más incondicional a una masa inmensa de intereses y existencias,
donde el Estado tiene atada, fiscalizada, regulada, vigilada y tutelada a la
sociedad civil, desde sus manifestaciones más amplias de vida hasta sus
vibraciones más insignificantes, desde sus modalidades más generales de
existencia hasta la existencia privada de los individuos, donde este cuerpo parasitario
adquiere, por medio de una centralización extraordinaria, una ubicuidad, una
omnisciencia, una capacidad acelerada de movimientos y una elasticidad que sólo
encuentran correspondencia en la dependencia desamparada, en el carácter
caóticamente informe del auténtico cuerpo social, se comprende que en un país
semejante, al perder la posibilidad de disponer de los puestos ministeriales,
la Asamblea Nacional perdía toda influencia efectiva, si al mismo tiempo no
simplificaba la administración del Estado, no reducía todo lo posible el
ejército de funcionarios y finalmente no dejaba a la sociedad civil y a la
opinión pública crearse sus órganos propios, independientes del poder del
Gobierno. Pero, el interés material de la burguesía francesa está precisamente
entretejido del modo más íntimo con la conservación de esa extensa y
ramificadísima maquinaria del Estado. Coloca aquí a su población sobrante y
completa en forma de sueldos del Estado lo que no puede embolsarse en forma de
beneficios, intereses, rentas y honorarios. De otra parte, su interés político
la obligaba a aumentar diariamente la represión, y por tanto los recursos y el
personal del poder del Estado, a la par que se veía obligada a sostener una
guerra ininterrumpida contra la opinión pública y mutilar y paralizar
recelosamente los órganos independientes de movimiento de la sociedad, allí
donde no conseguía amputarlos por completo. De este modo, la burguesía francesa
veíase forzada, por su situación de clase, de una parte, a destruir las condiciones
de vida de todo poder parlamentario, incluyendo, por tanto, el suyo propio, y,
de otra, a hacer irresistible el poder ejecutivo hostil a ella.
El nuevo ministerio llamábase el ministerio d'Hautpoul. No
porque el general d'Hautpoul hubiese obtenido el rango de presidente del
Consejo. Con Barrot, Bonaparte había suprimido prácticamente esta dignidad, que
condenaba al presidente de la república, ciertamente, a la nulidad legal de un
rey constitucional, pero de un rey constitucional sin trono y sin corona, sin
cetro y sin espada, sin atributo de la irresponsabilidad, sin la posesión
imprescriptible de la suprema dignidad del Estado y, lo más fatal de todo, sin
lista civil. En el ministerio de d'Hautpoul no había más que un hombre de fama
parlamentaria, el prestamista Fould, uno de los miembros de peor reputación de
la alta finanza. Le tocó en suerte la cartera de Hacienda. Consúltense las
cotizaciones de la Bolsa de París y se verá que, desde el 1 de noviembre de
1849, los fondos franceses suben y bajan con las subidas y bajadas de las
acciones bonapartistas. Habiendo encontrado así su aliado en la Bolsa,
Bonaparte se adueñó, al mismo tiempo, de la policía mediante el nombramiento de
Carlier para prefecto de la policía de París.
Sin embargo, las consecuencias del cambio de ministerios
sólo podían revelarse conforme fuesen desarrollándose las cosas. Por el
momento, Bonaparte sólo había dado un paso adelante para luego verse empujado
hacia atrás de un modo tanto más visible. A su agrio mensaje, siguió la declaración
más servil de sumisión a la Asamblea Nacional. Cuantas veces los ministros
hacían el tímido intento de presentar como proyectos de ley sus caprichos
personales, ellos mismos parecían cumplir a regañadientes un mandato grotesco,
obligados tan sólo por su posición y convencidos de antemano de la falta de
éxito. Cuantas veces Bonaparte, a espaldas de sus ministros, se iba de la
lengua hablando de sus intenciones y jugando con sus idées napoléoniennes 24,
sus mismos ministros le desautorizaban desde lo alto de la tribuna de la
Asamblea Nacional. Parecía como si sus apetitos usurpadores sólo se
exteriorizasen para que no se acallasen las risas malignas de sus adversarios.
Se comportaba como un genio ignorado, considerado por el mundo entero como un
bobo. Jamás fue objeto del desprecio de todas las clases de un modo más
completo que durante este período. Jamás la burguesía dominó de un modo más
incondicional, jamás hizo una ostentación más jactanciosa de las insignias de
su dominación.
No me propongo escribir aquí la historia de sus actividades
legislativas, que se resume, durante este período, en dos leyes: la ley
restableciendo el impuesto sobre el vino y la ley de enseñanza, que suprime la
incredulidad religiosa. Si a los franceses se les ponían obstáculos para beber
vino, en cambio se les servía con tanta mayor abundancia el agua de la vida
justa. Si en la ley sobre el impuesto del vino la burguesía declaraba
intangible el antiguo odioso sistema fiscal francés, con la ley de enseñanza
intentaba asegurar el antiguo estado de ánimo de las masas, que lo hacía
soportar. Se asombra uno de ver a los orleanistas, a los burgueses liberales,
estos viejos apóstoles del volterianismo y de la filosofía ecléctica, confiar a
sus enemigos hereditarios, los jesuitas, la administración del espíritu
francés. Pero, orleanistas y legitimistas, aunque discrepasen en lo que se
refería al pretendiente a la corona, comprendían que su dominación coligada
exigía unir los medios de opresión de dos épocas, que los medios de sojuzgamiento
de la monarquía de Julio debían completarse y fortalecerse con los medios de
sojuzgamiento de la Restauración.
Los campesinos, defraudados en todas sus esperanzas,
oprimidos más que nunca, de una parte, por el bajo nivel de los precios de los
cereales y, de otra parte, por la carga de las contribuciones y por el
endeudamiento hipotecario, cada vez mayores, comenzaron a agitarse en los
departamentos. Se les contestó con una batida furiosa contra los maestros de
escuela, que fueron sometidos al cura, contra los alcaldes, que fueron
sometidos al prefecto, y con un sistema de espionaje, al que quedaron sometidos
todos. En París y en las grandes ciudades, la reacción misma presenta la
fisonomía de su época y provoca más de lo que reprime. En el campo, se hace baja,
vulgar, mezquina, agobiante, vejatoria; en una palabra, el gendarme. Se
comprende hasta qué punto tres años de régimen del gendarme, bendecido por el
régimen del cura, tenía que desmoralizar a masas incultas.
Por grande que fuese la suma de pasión y declamación que el
partido del orden derrochase desde lo alto de la tribuna de la Asamblea
Nacional contra la minoría, sus discursos eran monosilábicos, como los del
cristiano, que ha de decir: sí, sí; no, no. Monosilábicos en la tribuna y
monosilábicos en la prensa. Insulsos como los acertijos cuya solución se sabe
de antemano. Ya se trate del derecho de petición o del impuesto sobre el vino,
de la libertad de prensa o de la libertad de comercio, de los clubs o del
reglamento municipal, de la protección de la libertad personal o de la
regulación del presupuesto del Estado, la consigna se repite siempre, el tema
es siempre el mismo, el fallo está siempre preparado y reza invariablemente:
«¡Socialismo!» Se presenta como socialista hasta el liberalismo burgués, como
socialista la ilustración burguesa, como socialista la reforma financiera
burguesa. Era socialista construir un ferrocarril donde había ya un canal y
socialista defenderse con el palo cuando le atacaban a uno con la espada.
Y esto no era mera retórica, moda, táctica de partido. La
burguesía tenía la conciencia exacta de que todas las armas forjadas por ella
contra el feudalismo se volvían contra ella misma, de que todos los medios de
cultura alumbrados por ella se rebelaban contra su propia civilización, de que
todos los dioses que había creado la abandonaban. Comprendía que todas las
llamadas libertades civiles y los organismos de progreso atacaban y amenazaban,
al mismo tiempo, en la base social y en la cúspide política, a su dominación de
clase, y por tanto se habían convertido en «socialistas». En esta amenaza y en
este ataque veía con razón el secreto del socialismo, cuyo sentido y cuya
tendencia juzgaba ella más exactamente que se sabe juzgar a sí mismo el llamado
socialismo, el cual no puede comprender por ello cómo la burguesía se cierra a
cal y canto contra él, ya gima sentimentalmente sobre los dolores de la
humanidad, ya anuncie cristianamente el reino milenario y la fraternidad
universal, ya chochee humanísticamente hablando de ingenio, cultura, libertad o
cavile doctrinalmente un sistema de conciliación y bienestar de todas las
clases sociales. Lo que no comprendía la burguesía era la consecuencia de que
su mismo régimen parlamentario, de que su dominación política en general tenía
que caer también bajo la condenación general, como socialista. Mientras la
dominación de la clase burguesa no se hubiese organizado íntegramente, no
hubiese adquirido su verdadera expresión política, no podía destacarse tampoco
de un modo puro el antagonismo de las otras clases, ni podía, allí donde se
destacaba, tomar el giro peligroso que convierte toda lucha contra el poder del
Estado en una lucha contra el capital. Cuando en cada manifestación de vida de
la sociedad veía un peligro para la «tranquilidad», ¿cómo podía empeñarse en
mantener a la cabeza de la sociedad el régimen de la intranquilidad, su propio
régimen, el régimen parlamentario, este régimen que, según la expresión de uno
de sus oradores, vive en la lucha y merced a la lucha? El régimen parlamentario
vive de la discusión; ¿cómo, pues, va a prohibir que se discuta? Todo interés,
toda institución social se convierten aquí en ideas generales, se ventilan bajo
forma de ideas; ¿cómo, pues, algún interés, alguna institución van a situarse
por encima del pensamiento e imponerse como artículo de fe? La lucha de los
oradores en la tribuna provoca la lucha de los plumíferos de la prensa, el club
de debates del parlamento se complementa necesariamente con los clubs de
debates de los salones y de las tabernas, los representantes que apelan
continuamente a la opinión del pueblo autorizan a la opinión del pueblo para
expresar en peticiones su verdadera opinión. El régimen parlamentario lo deja
todo a la decisión de las mayorías; ¿cómo, pues, no van a querer decidir las
grandes mayorías fuera del parlamento? Si los que están en las cimas de Estado
tocan el violín, ¿qué cosa más natural sino que los que están abajo bailen?
Por tanto, cuando la burguesía excomulga como «socialista»
lo que antes ensalzaba como «liberal», confiesa que su propio interés le ordena
esquivar el peligro de su Gobierno propio, que para poder imponer la
tranquilidad en el país tiene que imponérsela ante todo a su parlamento
burgués, que para mantener intacto su poder social tiene que quebrantar su
poder político; que los individuos burgueses sólo pueden seguir explotando a
otras clases y disfrutando apaciblemente de la propiedad, la familia, la
religión y el orden bajo la condición de que su clase sea condenada con las
otras clases a la misma nulidad política; que para salvar la bolsa, hay que
renunciar a la corona, y que la espada que había de protegerla tiene que pender
al mismo tiempo sobre su propia cabeza como la espada de Damocles.
En el campo de los intereses generales de la burguesía, la
Asamblea Nacional se mostró tan improductiva, que, por ejemplo, los debates
sobre el ferrocarril París-Aviñón, comenzados en el invierno de 1850, no habían
terminado todavía el 2 de diciembre de 1851. Donde no se trataba de oprimir, de
actuar reaccionariamente, estaba condenada a una esterilidad incurable.
Mientras el ministerio de Bonaparte tomaba en parte la
iniciativa de leyes en el espíritu del partido del orden, y en parte exageraba
todavía más su severidad en la ejecución y manejo de las mismas, el propio
Bonaparte intentaba, mediante propuestas puerilmente necias, ganar popularidad,
poner de manifiesto su antagonismo con la Asamblea Nacional y apuntar al
designio secreto de abrir al pueblo francés sus tesoros ocultos, designio cuya
ejecución sólo impedían provisionalmente las circunstancias. Así, la
proposición de decretar un aumento de cuatro sous [*] diarios para los sueldos
de los suboficiales. Así, la proposición de crear un Banco para conceder
créditos de honor a los obreros. Obtener dinero regalado y prestado: he aquí la
perspectiva con que esperaba que las masas picasen en el anzuelo. Regalar y
recibir prestado: a eso se limita la ciencia financiera del lumpemproletariado,
lo mismo del distinguido que del vulgar. A esto se limitaban los resortes que
Bonaparte sabía poner en movimiento. Jamás un pretendiente ha especulado más
simplemente sobre la simpleza de las masas.
V
Después de superarse la crisis revolucionaria y abolirse el
sufragio universal, estalló inmediatamente una nueva lucha entre la Asamblea
Nacional y Bonaparte.
La Constitución había fijado el sueldo de Bonaparte en
600.000 francos. No había pasado medio año desde su instalación, cuando
consiguió elevar esta suma al doble. Odilon Barrot arrancó a la Asamblea
Constituyente un suplemento anual de 600.000 francos para los llamados gastos
de representación. Después del 13 de junio, Bonaparte había expresado otra
demanda igual, sin que esta vez Barrot le escuchase. Ahora, después del 31 de
mayo, se aprovochó inmediatamente del momento favorable e hizo que sus
ministros propusiesen a la Asamblea Nacional una lista civil de tres millones.
Una larga y aventurera vida de vagabundo le había dotado de los tentáculos más
perfectos para tantear los momentos de debilidad en que podía sacar dinero a
sus burgueses. Era un chantaje en toda regla. La Asamblea Nacional había
deshonrado la soberanía del pueblo con su ayuda y su connivencia. La amenazó
con denunciar su delito ante el tribunal del pueblo si no aflojaba la bolsa y
compraba su silencio con tres millones al año. La Asamblea Nacional había
robado el voto a tres millones de franceses. Bonaparte exigía por cada francés
políticamente desvalorizado un franco en moneda circulante, lo que hacía un
total exacto de tres millones de francos. El elegido por seis millones de
electores reclama una indemnización por los votos que le han estafado después
de su elección. La comisión de la Asamblea Nacional rechazó al importuno. La
prensa bonapartista amenazó. ¿Podía la Asamblea Nacional romper con el presidente
de la República, en un momento en que había roto fundamental y definitivamente
con la masa de la nación? Por eso, aun denegando la lista civil anual, concedió
por una sola vez un suplemento de 2.160.000 francos. Con ello, hacíase reo de
una doble debilidad: la de conceder el dinero y la de revelar al mismo tiempo,
con su irritación, que lo concedía de mala gana. Más adelante veremos para qué
necesitaba Bonaparte este dinero. Tras este molesto epílogo que siguió a la
supresión del sufragio universal, pisándole los talones, y en el que Bonaparte
cambió la humilde actitud que adoptara durante la crisis de marzo y abril por
un retador cinismo frente al parlamento usurpador, la Asamblea Nacional
suspendió sus sesiones por tres meses, desde el 11 de agosto hasta el 11 de
noviembre. Dejó en su lugar una comisión permanente de 28 miembros, en la que
no entraba ningún bonapartista, pero sí en cambio algunos republicanos
moderados. En la comisión permanente de 1849 no había más que hombres de orden
y bonapartistas. Pero entonces el partido del orden se declaraba
permanentemente en contra de la revolución. Ahora, la república parlamentaria
se declaraba permanentemente en contra del presidente. Después de la ley del 31
de mayo, el partido del orden ya no tenía enfrente más que este rival.
Cuando la Asamblea Nacional volvió a reunirse en noviembre
de 1850, parecía inevitable que estallase, en vez de sus escaramuzas anteriores
con el presidente, una gran lucha implacable, una lucha a vida o muerte entre
los dos poderes.
Lo mismo que en 1849, durante las vacaciones parlamentarias
de este año, el partido del orden se había dispersado en sus distintas
fracciones, cada cual ocupada con sus propias intrigas restauradoras, a las que
la muerte de Luis Felipe daba nuevo pábulo. El rey de los legitimistas, Enrique
V, había llegado incluso a nombrar un ministerio formal, que residía en París y
del que formaban parte miembros de la comisión permanente. Bonaparte quedaba,
pues, autorizado para emprender a su vez jiras por los departamentos franceses
y dejar escapar, recatada o abiertamente, según el estado de ánimo de la ciudad
a la que regalaba con su presencia, sus propios planes de restauración,
reclutando votos para sí. En estas jiras, que el gran "Moniteur"
oficial y los pequeños «monitores» privados de Bonaparte, tenían, naturalmente,
que celebrar como cruzadas triunfales, le acompañaban constantemente afiliados
de la Sociedad del 10 de Diciembre. Esta sociedad data del año 1849. Bajo el
pretexto de crear una sociedad de beneficencia, se organizó al
lumpemproletariado de París en secciones secretas, cada una de ellas dirigida
por agentes bonapartistas y un general bonapartista a la cabeza de todas. Junto
a roués [*] arruinados, con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia,
junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos,
licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores,
saltimbanquis, lazzaroni [57], carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes,
dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos,
afiladores, caldereros, mendigos; en una palabra, toda esa masa informe, difusa
y errante que los franceses llaman la bohème; con estos elementos, tan afines a
él, formó Bonaparte la solera de la Sociedad del 10 de Diciembre, «Sociedad de
beneficencia» en cuanto que todos sus componentes sentían, al igual que
Bonaparte, la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora. Este
Bonaparte, que se erige en jefe del lumpemproletariado, que sólo en éste
encuentra reproducidos en masa los intereses, que él personalmente persigue,
que reconoce en esta hez, desecho y escoria de todas las clases, la única clase
en la que puede apoyarse sin reservas, es el auténtico Bonaparte, el Bonaparte
sans phrase [*]*. Viejo roué ladino, concibe la vida histórica de los pueblos y
los grandes actos de Gobierno y de Estado como una comedia, en el sentido más
vulgar de la palabra, como una mascarada, en que los grandes disfraces y las
frases y gestos no son más que la careta para ocultar lo más mezquino y
miserable. Así, en su expedición a Estrasburgo, el buitre suizo amaestrado
desempeñó el papel de águila napoleónica. Para su incursión en Boulogne, embute
a unos cuantos lacayos de Londres en uniformes franceses [58]. Ellos
representan el ejército. En su Sociedad del 10 de Diciembre, reunió a 10.000
miserables del lumpen, que habían de representar al pueblo, como Nick Bottom
[59] representaba el león. En un momento en que la misma burguesía representaba
la comedia más completa, pero con la mayor seriedad del mundo, sin faltar a
ninguna de las pedantescas condiciones de la etiqueta dramática francesa, y
ella misma obraba a medias engañada y a medias convencida de la solemnidad de
sus acciones y representaciones dramáticas, tenía que vencer por fuerza el
aventurero que tomase lisa y llanamente la comedia como tal comedia. Sólo
después de eliminar a su solemne adversario, cuando él mismo toma en serio su
papel imperial y cree representar, con su careta napoleónica, al auténtico
Napoleón, sólo entonces es víctima de su propia concepción del mundo, el payaso
serio que ya no toma a la historia universal por una comedia, sino su comedia
por la historia universal. Lo que para los obreros socialistas habían sido los
talleres nacionales y para los republicanos burgueses los gardes mobiles, era
para Bonaparte la Sociedad del 10 de Diciembre: la fuerza combativa de partido
propia de él. Las secciones de esa sociedad, enviadas por grupos a las
estaciones, debían improvisarle en sus viajes un público, representar el
entusiasmo popular, gritar Vive l'Empereur! [*]**, insultar y apalear a los
republicanos, naturalmente bajo la protección de la policía. En sus viajes de
regreso a París, debían formar la vanguardia, adelantarse a las contramanifestaciones
o dispersarlas. La Sociedad del 10 del Diciembre le pertenecía a él, era su
obra, su idea más privativa. Todo lo demás de que se apropia se lo da la fuerza
de las circunstancias, en todos sus hechos actúan por él las circunstancias o
se limita a copiarlo de los hechos de otros; pero el Bonaparte que se presenta
en público, ante los ciudadanos, con las frases oficiales del orden, la
religión, la familia, la propiedad, y detrás de él la sociedad secreta de los
Schufterle y los Spiegelberg, la sociedad del desorden, la prostitución y el
robo, es el propio Bonaparte como autor original, y la historia de la Sociedad
del 10 de Diciembre es su propia historia. Se había dado el caso de que
representantes del pueblo pertenecientes al partido del orden habían sido
apaleados por los decembristas. Más aun. El comisario de policía Yon, adscrito
a la Asamblea Nacional y encargado de la vigilancia de su seguridad, denunció a
la comisión permanente, basándose en el testimonio de un tal Alais, que una
sección de decembristas había acordado asesinar al general Changarnier y a
Dupin, presidente de la Asamblea Nacional, estando ya elegidos los individuos
encargados de ejecutar este acuerdo. Se comprenderá el terror del señor Dupin.
Parecía inevitable una investigación parlamentaria sobre la Sociedad del 10 de
Diciembre, es decir, la profanación del mundo secreto bonapartista. Por eso,
precisamente, antes de que volviera a reunirse la Asamblea Nacional, Bonaparte
disolvió prudentemente su sociedad, claro está que sólo sobre el papel, pues
todavía a fines de 1851, el prefecto de policía Carlier, en una extensa
memoria, intentaba en vano moverle a disolver realmente a los decembristas.
La Sociedad del 10 de Diciembre había de seguir siendo el
ejército privado de Bonaparte mientras éste no consiguiese convertir el
ejército público en una Sociedad del 10 de Diciembre. Bonaparte hizo la primera
tentativa encaminada a esto poco después de suspenderse las sesiones de la
Asamblea Nacional, y la hizo con el dinero que acababa de arrancarle a ésta.
Como fatalista que es, abriga la convicción de que hay ciertos poderes
superiores, a los que el hombre y sobre todo el soldado no se puede resistir.
Entre estos poderes incluye, en primer término, los cigarros y el champagne,
las aves frías y el salchichón adobado con ajo. Por eso, en los salones del
Elíseo, empieza obsequiando a los oficiales y suboficiales con cigarros y
champagne, aves frías y salchichón adobado con ajo. El 3 de octubre repite esta
maniobra con las masas de tropa en la revista de St. Maur, y el 10 de octubre
vuelve a repetirla en una escala todavía mayor en la revista militar de Satory.
El tío se acordaba de las campañas de Alejandro en Asia, el sobrino se acuerda
de las cruzadas triunfales de Baco en las mismas tierras. Alejandro era,
ciertamente, un semidiós, pero Baco era un dios completo. Y, además, el dios
tutelar de la Sociedad del 10 de Diciembre.
Después de la revista del 3 de octubre, la comisión
permanente llamó a comparecer ante ella al ministro de la Guerra, d'Hautpoul.
Este prometió que no volverían a repetirse aquellas infracciones de la
disciplina. Sabido es cómo Bonaparte cumplió el 10 de octubre la palabra dada
por d'Hautpoul. En ambas revistas había llevado el mando Changarnier, como
comandante en jefe del ejército de París. Changarnier, que era a la vez miembro
de la comisión permanente, jefe de la Guardia Nacional, el «salvador» del 29 de
enero y del 13 de junio, el «baluarte de la sociedad», candidato del partido
del orden para la dignidad presidencial, el presunto Monk [60] de dos
monarquías, no se había reconocido jamás hasta entonces subordinado al ministro
de la Guerra, se había burlado siempre abiertamente de la Constitución
republicana y había perseguido a Bonaparte con una arrogante protección equívoca.
Ahora, se desvivía por la disciplina contra el ministro do la Guerra y por la
Constitución contra Bonaparte. Mientras que el 10 de octubre una parte de la
caballería dejó oír el grito de Vive Napoléon! Vivent les saucissons! [*],
Changarnier hizo que por lo menos la infantería, que desfilaba al mando de su
amigo Neumayer, guardase un silencio glacial. Como castigo, el ministro de la
Guerra, acuciado por Bonaparte, relevó al general Neumayer de su puesto en
París con el pretexto de entregarle el alto mando de la 14ª y la 15ª
divisiones. Neumayer rehusó este cambio de destino y viose obligado así a pedir
el retiro. Por su parte, Changarnier publicó el 2 de noviembre una orden de
plaza en la que prohibía a las tropas gritos ni ninguna clase de manifestaciones
políticas estando bajo las armas. Los periódicos elíseos [61] atacaron a
Changarnier; los periódicos del partido del orden, a Bonaparte; la comisión
permanente celebraba una sesión secreta tras otra, en las que se presentaba
reiteradamente la proposición de declarar a la patria en peligro; el ejército
parecía estar dividido en dos campos enemigos, con dos Estados Mayores
enemigos, uno en el Elíseo, donde moraba Bonaparte, y otro en las Tullerías,
donde moraba Changarnier. Sólo parecía faltar la reanudación de las sesiones de
la Asamblea Nacional para que sonase la señal de la lucha. Al público francés
estos rozamientos entre Bonaparte y Changarnier le merecían el mismo juicio que
a aquel periodista inglés que los caracterizó en las siguientes palabras:
«Las criadas políticas de Francia barren la ardiente lava
de la revolución con las viejas escobas, y se tiran del moño mientras ejecutan
su faena».
Entretanto, Bonaparte se apresuró a destituir al ministro
de la Guerra, d'Hautpoul, expidiéndolo precipitadamente a Argelia y nombrando
para sustituirle en la cartera de ministro de la Guerra al general Schramm. El
12 de noviembre mandó a la Asamblea Nacional un mensaje de prolijidad
norteamericana, recargado de detalles, oliendo a orden, ávido de reconciliación,
lleno de resignación constitucional, en el que se trataba de todo lo divino y
lo humano, menos de las questions brûlantes [*]* del momento. Como de pasada,
dejaba caer las palabras de que con arreglo a las normas expresas de la
Constitución, el presidente disponía por sí solo del ejército. El mensaje
terminaba con estas palabras altisonantes:
«Francia exige ante todo tranquilidad... Soy el único
ligado por un juramento, y me mantendré dentro de los estrictos límites que me
traza ... Por lo que a mí se refiere, elegido por el pueblo y no debiendo más
que a éste mi poder me someteré siempre a su voluntad legalmente expresada. Si
en este período de sesiones acordáis la revisión constitucional, una Asamblea
Constituyente reglamentará la posición del poder ejecutivo. En otro caso, el
pueblo declarará solemnemente su decisión en 1852. Pero, cualesquiera que sean
las soluciones del porvenir, lleguemos a una inteligencia, para que jamás la
pasión, la sorpresa o la violencia decidan la suerte de una gran nación... Lo
que sobre todo me preocupa no es saber quién va a gobernar a Francia en 1852,
sino emplear el tiempo de que dispongo de modo que el período restante pase sin
agitación y sin perturbaciones. Os he abierto sinceramente mi corazón,
contestad vosotros a mi franqueza con vuestra confianza, a mi buen deseo con
vuestra colaboración, y Dios se encargará del resto».
El lenguaje honesto, hipócritamente moderado, virtuosamente
lleno de lugares comunes de la burguesía, descubre su más profundo sentido en
labios de autócrata de la Sociedad del 10 de Diciembre y del héroe de las
meriendas de St. Maur y Satory.
Los burgraves del partido del orden no se dejaron engañar
ni un solo instante en cuanto al crédito que se podía dar a esa efusión
cordial. Acerca de los juramentos estaban ya desde hacía mucho tiempo al cabo
de la calle; entre ellos había veteranos, virtuosos del perjurio político, y el
pasaje dedicado al ejército no se les pasó desapercibido. Observaron con
desagrado que, en la prolija e interminable enumeración de las leyes
recientemente promulgadas, el mensaje guardaba un silencio afectado acerca de
la más importante de todas, la ley electoral, y más aun, que en caso de no
revisión constitucional se dejaba al arbitrio del pueblo, para 1852, la
elección del presidente. La ley electoral era el grillete atado a los pies del
partido del orden, que le impedía andar, y no digamos lanzarse al asalto.
Además, con la disolución oficial de la Sociedad del 10 de Diciembre y la
destitución del ministro de la Guerra, d'Hautpoul, Bonaparte había sacrificado
por su propia mano en el altar de la patria a las víctimas propiciatorias.
Quitó la espina al choque que se esperaba. Finalmente, el mismo partido del
orden procuró rehuir, atenuar, disimular temerosamente todo conflicto decisivo
con el poder ejecutivo. Por miedo a perder las conquistas hechas contra la
revolución dejó que su rival cosechase los frutos de ellas. «Francia exige ante
todo tranquilidad». Así le venía gritando desde febrero [*] el partido del
orden a la revolución, así le gritaba al partido del orden el mensaje de
Bonaparte. «Francia exige ante todo tranquilidad». Bonaparte cometía actos
encaminados a la usurpación, pero el partido del orden provocaba «agitación» si
armaba ruido en torno a estos actos y los interpretaba de un modo
hipocondríaco. Los salchichones de Satory no despegaban los labios si nadie
hablaba de ellos. «Francia exige ante todo tranquilidad». Es decir Bonaparte
exigía que se le dejase hacer tranquilamente lo que quería, y el partido parlamentario
sentíase paralizado por un doble temor: por el temor de provocar la agitación
revolucionaria y por el temor de aparecer como el perturbador de la
tranquilidad a los ojos de su propia clase, a los ojos de la burguesía. Por
tanto que Francia exigía ante todo tranquilidad, el partido del orden no se
atrevió, después de que Bonaparte, en su mensaje, había hablado de «paz», a
contestar con «guerra». El público, que ya se relamía pensando en las grandes
escenas de escándalo que se iban a producir al reanudarse las sesiones de la
Asamblea Nacional, viese defraudado en sus esperanzas. Los diputados de la
oposición que exigían que se presentasen las actas de la comisión permanente
acerca de los acontecimientos de octubre fueron arrollados por los votos de la mayoría.
Se rehuyeron por principio todos los debates que pudieran excitar los ánimos.
Los trabajos de la Asamblea Nacional durante los meses de noviembre y diciembre
de 1850 carecieron de interés.
Por último, hacia fines de diciembre, comenzó una guerra de
guerrillas en torno a unas u otras prerrogativas del parlamento. El movimiento
se sumió en minucias alrededor de las prerrogativas de ambos poderes, después
que la burguesía, con la abolición del sufragio universal, se hubo
desembarazado por el momento de la lucha de clases.
Se había ejecutado contra Mauguin, uno de los
representantes de la nación, una sentencia judicial por deudas. A instancia del
presidente del Tribunal, el ministro de Justicia, Rouher, declaró que podía
dictarse sin más trámites mandato de arresto contra el deudor. Mauguin fue
recluido, pues, en la cárcel de deudores. Al conocer el atentado, la Asamblea
Nacional montó en cólera. No sólo ordenó que el preso fuese inmediatamente
puesto en libertad, sino que aquella misma tarde mandó a su greffier [*] a que
le sacase por la fuerza de Clichy [62] . Sin embargo, para testimoniar su fe en
la santidad de la propiedad privada y con la segunda intención de abrir, en
caso de necesidad, un asilo para «montañeses» molestos, declaró válida la prisión
por deudas de representantes del pueblo, previa autorización de la Asamblea
Nacional. Se olvidó de decretar que también se podría meter en la cárcel por
deudas al presidente de la República. Destruyó la última apariencia de
inviolabilidad que rodeaba a los miembros de su propia corporación.
V I
La coalición con la Montaña y los republicanos puros, a que
el partido del orden se veía condenado, en sus vanos esfuerzos por retener el
poder militar y reconquistar la suprema dirección del poder ejecutivo, demostraba
irrefutablemente que había perdido su mayoría parlamentaria propia . La mera
fuerza del calendario, la manecilla del reloj, dio el 28 de mayo la señal para
su completa desintegración. Con el 28 de mayo comienza el último año de vida de
la Asamblea Nacional. Esta tenía que decidirse ahora por seguir manteniendo
intacta la Constitución o por revisarla. Pero la revisión constitucional no
quería decir solamente dominación de la burguesia o de la democracia
pequeñoburquesa, democracia o anarquía proletaria, república parlamentaria o
Bonaparte, sino que quería decir también Orleáns o Borbón. Con esto, se echó a
rodar en el parlamento la manzana de la discordia, que por fuerza tenía que
encender abiertamente el conflicto de intereses que dividían el partido del
orden en fracciones enemigas. El partido del orden era una amalgama de
sustancias sociales heterogéneas. El problema de la revisión creó la
temperatura política que descompuso el producto en sus elementos originarios.
El interés de los bonapartistas por la revisión era
sencillo. Para ellos, tratábase sobre todo de derogar el artículo 45, que
prohibía la reelección de Bonaparte y la prórroga de sus poderes. No menos
sencilla parecía la posición de los republicanos. Estos rechazaban
incondicionalmente toda revisión, viendo en ella una conspiración urdida por
todas partes contra la república. Y como disponían de más de la cuarta parte de
los votos de la Asamblea Nacional y constitucionalmente eran necesarias las
tres cuartas partes para acordar válidamente la revisión y convocar la Asamblea
encargada de llevarla a cabo, les bastaba con contar sus votos para estar
seguros del triunfo. Y estaban seguros de triunfar.
Frente a estas posiciones tan claras, el partido del orden
se hallaba metido en inextricables contradicciones. Si rechazaba la revisión,
ponía en peligro el statu quo, no dejando a Bonsparte más que una salida, la de
la violencia, entregando a Francia el segundo domingo de mayo de 1852, en el
momento decisivo, a la anarquía revolucionaria, con un presidente que había
perdido su autoridad, con un parlamento que hacía ya mucho que no la tenía y
con un pueblo que aspiraba a reconquistarla. Si votaba por la revisión
constitucional, sabía que votaba en vano y que sus votos fracasarían
necesariamente ante el veto constitucional de los republicanos. Si,
anticonstitucionalmente, declaraba válida la simple mayoría de votos, sólo
podía confiar en dominar la revolución, sometiéndose sin condiciones a las
órdenes del poder ejecutivo y erigía a Bonaparte en dueño de la Constitución,
de la revisión constitucional y del propio partido del orden. Una revisión
puramente parcial, que prorrogase los poderes del presidente abría el camino a
la usurpación imperial. Una revisión general, que acortase la vida de la república,
planteaba un conflicto inevitable entre las pretensiones dinásticas, pues las
condiciones para una restauración borbónica y para una restauración orleanista
no sólo eran distintas, sino que se excluían mutuamente.
La república parlamenlaria era algo más que el terreno
neutral en el que podían convivir con derechos iguales las dos fracciones de la
burguesía francesa, los legitimistas y los orleanistas, la gran propiedad
territorial y la industria. Era la condición inevitable para su dominación en común,
la única forma de gobierno en que su interés general de clase podía someter a
la par las pretensiones de sus distintas fracciones y las de las otras clases
de la sociedad. Como realistas, volvían a caer en su antiguo antogonismo, en la
lucha por la supremacía de la propiedad territorial o la del dinero, y la
expresión suprema de este antagonismo, su personificación, eran sus mismos
reyes, sus dinastías. De aquí la resistencia del partido del orden contra la
vuelta de los Borbones.
El orleanista y diputado Creton había presentado
periódicamente, en 1849, 1850, 1851, la proposición de derogar el decreto de
destierro contra las familias reales. Y el parlamento daba, con la misma
periodicidad, el espectáculo de una asamblea de realistas que se obstinaban en
cerrar a sus reyes desterrados la puerta por la que podían retornar a la
patria. Ricardo III había asesinado a Enrique VI con la observación de que era
demasiado bueno para este mundo y estaba mejor en el cielo. Aquellos realistas
declaraban que Francia no merecía volver a poseer sus reyes. Obligados por la
fuerza de las circunstancias, se habían convertido en republicanos y
sancionaban repetidamente la decisión del pueblo que expulsaba a sus reyes de
Francia.
La revisión constitucional (y las circunstancias obligaban
a tomarla en cuenta) ponía en tela de juicio, a la par que la república, la
dominación en común de las dos fracciones de la burguesía y resucitaba de
nuevo, con la posibilidad de una restauración de la monarquía, la rivalidad de
intereses que ésta había representado alternativamente y con preferencia,
resucitaba la lucha por la supremacía de una fracción sobre la otra. Los
diplomáticos del partido del orden creían poder dirimir la lucha amalgamando
ambas dinastías, mediante una llamada fusión de los partidos realistas y de sus
casas reales. La verdadera fusión de la restauración y de la monarquía de Julio
era la república parlamentaria, en la que se borraban los colores orleanista y
legitimista y las especies burguesas desaparecían en el burgués a secas, en el
burgués como género. Pero ahora se trataba de que el orleanista se hiciese
legitimista y el legitimista orleanista. Se quería que la monarquía,
encarnación de su antagonismo, pasase a encarnar su unidad, que la expresión de
sus intereses fraccionales exclusivos se convirtiese en expresión de su interés
común de clase, que la monarquía hiciese lo que sólo podía hacer y había hecho
la abolición de dos monarquías, la República. Era la piedra filosofal, en cuyo
descubrimiento se quebraban la cabeza los doctores del partido del orden. ¡Como
si la monarquía legítima pudiera convertirse nunca en la monarquía del burgués
industrial o la monarquía burguesa en la monarquía de la aristocracia
tradicional de la tierra! ¡Como si la propiedad territorial y la industria
pudiesen hermanarse bajo una sola corona, cuando ésta sólo podía ceñir una
cabeza, la del hermano mayor o la del menor! ¡Como si la industria pudiese
avenirse nunca con la propiedad territorial, mientras ésta no se decide a
hacerse industrial! Aunque Enrique V muriese mañana, el conde de París no se
convertiría por ello en rey de los legitimistas, a menos que dejase de serlo de
los orleanistes. Sin embargo, los filósofos de la fusión, que se engreían a
medida que el problema de la revisión iba pasando al primer plano, que hicieron
de la Assemblée Nationale [67] su órgano diario oficial y gua incluso vuelven a
laborar en ese momento (febrero de 1852), buscaban la explicación de todas las
dificultades en la resistencia y la rivalidad de ambas dinastías. Los intentos
de reconciliar a la familia de Orleáns con Enrique V, intentos que comenzaron
desde la muerte de Luis Felipe, pero que, como todas las intrigas dinásticas,
solamente se representaban, en general, durante las vacaciones de la Asamblea
Nacional, en los entreactos, entre bastidores, más por coquetería sentimental
con la vieja superstición que como un propósito serio, se convirtieron ahora en
acciones dramáticas, representadas por el partido del orden en la escena
pública, en vez de representarse como antes en un teatro de aficionados. Los
correos volaban de París a Venecia [68], de Venecia a Claremont, de Claremont a
París. El conde de Chambord lanza un manifiesto en el que «con la ayuda de
todos los miembros de su familia», anuncia, no su restauración, sino la
restauración «nacional». El orleanista Salvandy se echa a los pies de Enrique
V. En vano los jefes legitimistas Berryer, Benoist d'Azy, Saint-Priest, se van
en peregrinación a Claremont, a convencer a los Orleáns. Los fusionistas se dan
cuenta demasiado tarde de que los intereses de ambas fracciones burguesas no
pierden en exclusivismo ni ganan en transigencia por agudizarse bajo la forma
de intereses de familia, de los intereses de dos casas reales. Aunque Enrique V
reconociese al Conde de París como su sucesor (único éxito que, en el mejor de
los casos, podía conseguir la fusión), la casa de Orleáns no ganaba con ello
ningún derecho que no le garantizase ya la falta de hijos de Enrique V y en
cambio perdía todos los derechos que le había conquistado la revolución de
julio. Renunciaba a sus derechos originarios, a todos los títulos que, en una
lucha casi secular, había ido arrancando a la rama más antigua de los Borbones,
cambiaba sus prerrogativas históricas, las prerrogativas de la monarquía
moderna, por las prerrogativas de su árbol genealógico. Por tanto, la fusión no
sería más que la abdicación voluntaria de la casa de Orleáns, su resignación
legitimista, la vuelta arrepentida de la Iglesia estatal protestante a la
católica. Una retirada que, además, no la llevaría siquiera al trono que había
perdido, sino a las gradas del trono en que había nacido. Los antiguos
ministros orleanistas, Guizot, Duchâtel, etc., que se fueron también corriendo
a Claremont, a abogar por la fusión, sólo representaban en realidad la resaca
que había dejado la revolución de julio, la falta de fe en la monarquía
burguesa y en la monarquía de los burgueses, la fe supersticiosa en la
legitimidad como último amuleto contra la anarquía. Creyéndose mediadores entre
los Orleáns y los Borbón, sólo eran en realidad orleanistas apóstatas, y como
tales los recibió el príncipe de Joinville. En cambio, el sector viable y
batallador de los orleanistas, Thiers, Baze, etc., convenció con tanta mayor
facilidad a la familia de Luis Felipe de que si toda restauración monárquica
inmediata presuponía la fusión de ambas dinastías y ésta, a su vez, la
abdicación de la casa de Orleáns, correspondía por entero a la tradición de sus
antepasados el reconocer provisionalmente la república esperando a que los
acontecimientos permitiesen convertir el sillón presidencial en trono. Se
difundió en forma de rumor la candidatura de Joinville a la presidencia,
manteniéndose en suspenso la curiosidad pública, y algunos meses más tarde, en
septiembre, después de rechazarse la revisión constitucional, fue públicamente
proclamada.
De este modo, no sólo había fracasado el intento de una
fusión realista entre orleanistas y legitimistas, sino que había roto su fusión
parlamentaria, su forma común republicana volviendo a desdoblar el partido del
orden en sus primitivos elementos; pero, cuanto más crecía el divorcio entre
Claremont y Venecia, cuanto más se rompía su avenencia y más se iba extendiendo
la agitación a favor de Joinville, más acuciantes y más serias se hacían las
negociaciones entre Faucher, el ministro de Bonaparte, y los legitimistas.
La descomposición del partido del orden no se detuvo en sus
elementos primitivos. Cada una de las dos grandes fracciones se descompuso a su
vez de nuevo. Era como si volviesen a revivir todos los viejos matices que
antiguamente se habían combatido dentro de cada uno de los dos campos, el
legitimista y el orleanista; como ocurre con los infusorios secos al contacto
con el agua; como si hubiesen recuperado la suficiente energía vital para
formar grupos propios y antagonismos independientes. Los legitimistas veíanse
transpuestos en sueños a los litigios entre las Tullerías y el Pabellón Marsan,
entre Villèle y Polignac [69]. Los orleanistas volvían a vivir la edad de oro
de los torneos entre Guizot, Molé, Broglie, Thiers y Odilon Barrot.
El sector revisionista del partido del orden, aunque
discorde también en cuanto a los límites de la revisión, integrado por los
legitimistas bajo Berryer y Falloux de un lado, y de otro La Rochejaquelein, y
los orleanistas cansados de luchar, bajo Molé, Broglie, Montalembert y Odilon
Barrot, llegó a un acuerdo con los representantes bonapartistas acerca de la
siguiente vaga y amplia proposición:
«Los diputados abajo firmantes, con el fin de restituir a
la nación el pleno ejercicio de su soberanía, presentan la moción de que la
Constitución sea revisada».
V I I
La república social apareció como frase, como profecía, en
el umbral de la revolución de febrero. En las jornadas de junio de 1848, fue
ahogada en sangre del proletariado de París, pero aparece en los restantes
actos del drama como espectro. Se anuncia la república democrática. Se esfuma
el 13 de junio de 1849, con sus pequeños burgueses dados a la fuga, pero en su
huida arroja tras sí reclamos doblemente jactanciosos. La república
parlamentaria con la burguesía se adueña de toda la escena, apura su vida en
toda la plenitud, pero el 2 de diciembre de 1851 la entierra bajo el grito de
angustia de los realistas coligados: «¡Viva la república!»
La burguesía francesa, que se rebelaba contra la dominación
del proletariado trabajador, encumbró en el poder al lumpemproletariado, con el
jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre a la cabeza. La burguesía mantenía a
Francia bajo el miedo constante a los futuros espantos de la anarquía roja;
Bonaparte descontó este porvenir cuando el 4 de diciembre hizo que el ejército
del orden animado por el aguardiente, disparase contra los distinguidos
burgueses del Boulevard Montmartre y del Boulevard des Italiens, que estaban
asomados a las ventanas. La burguesía hizo las apoteosis del sable, y el sable
manda sobre ella. Aniquiló la prensa revolucionaria, y ve aniquilada su propia
prensa. Sometió las asambleas populares a la vigilancia de la policía; sus
salones se hallan bajo la vigilancia de la policía. Disolvió la Guardia
Nacional democrática y su propia Guardia Nacional ha sido disuelta. Decretó el
estado de sitio, y el estado de sitio ha sido decretado contra ella. Suplantó
los jurados por comisiones militares, y las comisiones militares ocupan el
puesto de sus jurados. Sometió la enseñanza del pueblo a los curas, y los curas
la someten a ella a su propia enseñanza. Deportó a detenidos sin juicio, y ella
es deportada sin juicio. Sofocó todo movimiento de la sociedad mediante el
poder del Estado, y el poder del Estado sofoca todos los movimientos de su
sociedad. Se rebeló, llevada del entusiasmo por su bolsa, contra sus propios
políticos y literatos; sus políticos y literatos fueron quitados de en medio,
pero su bolsa se ve saqueada después de amordazarse su boca y romperse su
pluma. La burguesía gritaba incansablemente a la revolución como San Arsenio a
los cristianos: Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, sé tranquila! Y ahora es
Bonaparte el que grita a la burguesía: Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, sé
tranquila!
La burguesía francesa había resuelto desde hacía mucho
tiempo el dilema de Napoleón: Dans cinquante ans, l'Europe sera républicaine ou
cosaque [*]... Lo había resuelto en la république cosaque [*]*. Ninguna Circe
ha desfigurado con su encanto maligno la obra de arte de la república burguesa,
convirtiéndola en un monstruo. Esa república sólo perdió su apariencia de
respetabilidad. La Francia actual [*]** se contenía ya íntegra en la república
parlamentaria. Sólo hacía falta el arañazo de una bayoneta para que la vejiga
estallase y el monstruo saltase a la vista.
¿Por qué el proletariado de París no se levantó después del
2 de diciembre?
V I I
La república social apareció como frase, como profecía, en
el umbral de la revolución de febrero. En las jornadas de junio de 1848, fue
ahogada en sangre del proletariado de París, pero aparece en los restantes
actos del drama como espectro. Se anuncia la república democrática. Se esfuma
el 13 de junio de 1849, con sus pequeños burgueses dados a la fuga, pero en su
huida arroja tras sí reclamos doblemente jactanciosos. La república
parlamentaria con la burguesía se adueña de toda la escena, apura su vida en
toda la plenitud, pero el 2 de diciembre de 1851 la entierra bajo el grito de
angustia de los realistas coligados: «¡Viva la república!»
La burguesía francesa, que se rebelaba contra la dominación
del proletariado trabajador, encumbró en el poder al lumpemproletariado, con el
jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre a la cabeza. La burguesía mantenía a
Francia bajo el miedo constante a los futuros espantos de la anarquía roja;
Bonaparte descontó este porvenir cuando el 4 de diciembre hizo que el ejército
del orden animado por el aguardiente, disparase contra los distinguidos
burgueses del Boulevard Montmartre y del Boulevard des Italiens, que estaban
asomados a las ventanas. La burguesía hizo las apoteosis del sable, y el sable
manda sobre ella. Aniquiló la prensa revolucionaria, y ve aniquilada su propia
prensa. Sometió las asambleas populares a la vigilancia de la policía; sus
salones se hallan bajo la vigilancia de la policía. Disolvió la Guardia
Nacional democrática y su propia Guardia Nacional ha sido disuelta. Decretó el
estado de sitio, y el estado de sitio ha sido decretado contra ella. Suplantó
los jurados por comisiones militares, y las comisiones militares ocupan el
puesto de sus jurados. Sometió la enseñanza del pueblo a los curas, y los curas
la someten a ella a su propia enseñanza. Deportó a detenidos sin juicio, y ella
es deportada sin juicio. Sofocó todo movimiento de la sociedad mediante el
poder del Estado, y el poder del Estado sofoca todos los movimientos de su
sociedad. Se rebeló, llevada del entusiasmo por su bolsa, contra sus propios
políticos y literatos; sus políticos y literatos fueron quitados de en medio,
pero su bolsa se ve saqueada después de amordazarse su boca y romperse su
pluma. La burguesía gritaba incansablemente a la revolución como San Arsenio a
los cristianos: Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, sé tranquila! Y ahora es
Bonaparte el que grita a la burguesía: Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, sé
tranquila!
La burguesía francesa había resuelto desde hacía mucho
tiempo el dilema de Napoleón: Dans cinquante ans, l'Europe sera républicaine ou
cosaque [*]... Lo había resuelto en la république cosaque [*]*. Ninguna Circe
ha desfigurado con su encanto maligno la obra de arte de la república burguesa,
convirtiéndola en un monstruo. Esa república sólo perdió su apariencia de respetabilidad.
La Francia actual [*]** se contenía ya íntegra en la república parlamentaria.
Sólo hacía falta el arañazo de una bayoneta para que la vejiga estallase y el
monstruo saltase a la vista.
¿Por qué el proletariado de París no se levantó después del
2 de diciembre?
La caída de la burguesía sólo estaba decretada; el decreto
no se había ejecutado todavía. Cualquier alzamiento serio del proletariado
habría dado a aquélla nuevos bríos, la habría reconciliado con el ejército y
habría asegurado a los obreros una segunda derrota de junio.
El 4 de diciembre, el proletariado fue espoleado a la lucha
por burguesas y tenderos. En la noche de este día prometieron comparecer en el
lugar de la lucha varias legiones de la Guardia Nacional, armadas y uniformadas.
En efecto, burgueses y tenderos habían descubierto que, en uno de sus decretos
del 2 de diciembre, Bonaparte abolía el voto secreto y les ordenaba inscribir
en los registros oficiales, detrás de sus nombres, un sí o un no. La
resistencia del 4 de diciembre amedrentó a Bonaparte. Durante la noche mandó
pegar en todas las esquinas de París carteles anunciando la restauración del
voto secreto. Burgueses y tenderos creyeron haber alcanzado su finalidad. Todos
los que no se presentaron a la mañana siguiente eran tenderos y burgueses.
Un golpe de mano de Bonaparte, dado durante la noche del 1
al 2 de diciembre, había privado al proletariado de París de sus guías, de los
jefes de las barricadas. ¡Un ejército sin oficiales, al que los recuerdos de
junio de 1848 y de 1849 y de mayo do 1850 inspiraban la aversión a luchar bajo
la bandera de los montagnards, confió a su vanguardia, a las sociedades
secretas, la salvación del honor insurreccional de París, que la burguesía
entregó tan mansamente a la soldadesca, que Bonaparte pudo más tarde desarmar a
la Guardia Nacional con el pretexto burlón de que temía que sus armas fuesen
empleadas abusivamente contra ella misma por los anarquistas!
«C'est le triomphe complet et définitif du socialisme!» [*]
. Así caracterizó Guizot el 2 de diciembre. Pero si la caída de la república
parlamentaria encierra ya en germen el triunfo de la revolución proletaria, su
resultado inmediato, tangible, era la victoria de Bonaparte sobre el
parlamento, del poder ejecutivo sobre el poder legislativo, de la fuerza sin
frases sobre la fuerza de las frases. En el parlamento, la nación elevaba su
voluntad general a ley, es decir, elevaba la ley de la clase dominante a su
voluntad general. Ante el poder ejecutivo, abdica de toda voluntad propia y se
somete a los dictados de un poder extraño, de la autoridad. El poder ejecutivo,
por oposición al legislativo, expresa la heteronomía de la nación por oposición
a su autonomía. Por tanto, Francia sólo parece escapar al despotismo de una
clase para reincidir bajo el despotismo de un individuo, y concretamente bajo
la autoridad de un individuo sin autoridad. Y la lucha parece haber terminado
en que todas las clases se postraron de hinojos, con igual impotencia y con
igual mutismo, ante la culata del fusil.
Pero la revolución es radical. Está pasando todavía por el
purgatorio. Cumple su tarea con método. Hasta el 2 de diciembre de 1851 había
terminado la mitad de su labor preparatoria; ahora, termina la otra mitad.
Lleva primero a la perfección el poder parlamentario, para poder derrocarlo.
Ahora, conseguido ya esto, lleva a perfección el poder ejecutivo, lo reduce a
su más pura expresión, lo aisla, se enfrenta con él, como único blanco contra
el que debe concentrar todas sus fuerzas de destrucción. Y cuando la revolución
haya llevado a cabo esta segunda parte de su labor preliminar, Europa se
levantará, y gritará jubilosa: ¡bien has hozado, viejo topo! [*]*
Este poder ejecutivo, con su inmensa organización
burocrática y militar, con su compleja y artificiosa maquinaria de Estado, un
ejército de funcionarios que suma medio millón de hombres, junto a un ejército
de otro medio millón de hombres, este espantoso organismo parasitario que se
ciñe como una red al cuerpo de la sociedad francesa y le tapona todos los poros,
surgió en la época de la monarquía absoluta, de la decadencia del régimen
feudal, que dicho organismo contribuyó a acelerar. Los privilegios señoriales
de los terratenientes y de las ciudades se convirtieron en otros tantos
atributos del poder del Estado, los dignatarios feudales en funcionarios
retribuidos y el abigarrado mapamuestrario de las soberanías medievales en
pugna en el plan reglamentado de un poder estatal cuya labor está dividida y
centralizada como en una fábrica. La primera revolución francesa, con su misión
de romper todos los poderes particulares locales, territoriales municipales y
provinciales, para crear la unidad civil de la nación, tenía necesariamente que
desarrollar lo que la monarquía absoluta había iniciado: la centralización; pero
al mismo tiempo amplió el volumen, las atribuciones y el número de servidores
del poder del Gobierno. Napoleón perfeccionó esta máquina del Estado. La
monarquía legítima y la monarquía de Julio no añadieron nada más que una mayor
división del trabajo, que crecía a medida que la división del trabajo dentro de
la sociedad burguesa creaba nuevos grupos de intereses, y por tanto nuevo
material para la administración del Estado. Cada interés común (gemeinsame) se
desglosaba inmediatamente de la sociedad, se contraponía a ésta como interés
superior, general (allgemeines), se sustraía a la propia iniciativa de los
individuos de la sociedad y se convertía en objeto de la actividad del
Gobierno, desde el puente, la escuela y los bienes comunales de un municipio rural
cualquiera, hasta los ferrocarriles, la riqueza nacional y las universidades de
Francia. Finalmente, la república parlamentaria, en su lucha contra la
revolución, viese obligada a fortalecer, junto con las medidas represivas, los
medios y la centralización del poder del Gobierno. Todas las revoluciones
perfeccionaban esta máquina, en vez de destrozarla. Los partidos que luchaban
alternativamente por la dominación, consideraban la toma de posesión de este
inmenso edificio del Estado como el botín principal del vencedor.
Pero bajo la monarquía absoluta, durante la primera
revolución, bajo Napoleón, la burocracia no era más que el medio para preparar
la dominación de clase de la burguesía. Bajo la restauración, bajo Luis Felipe,
bajo la república parlamentaria, era el instrumento de la clase dominante, por
mucho que ella aspirase también a su propio poder absoluto.
Es bajo el segundo Bonaparte cuando el Estado parece haber
adquirido una completa autonomía. La máquina del Estado se ha consolidado ya de
tal modo frente a la sociedad burguesa, que basta con que se halle a su frente
el jefe de la Sociedad del 10 de Diciemhre, un caballero de industria venido de
fuera y elevado sobre el pavés por una soldadesca embriagada, a la que compró
con aguardiente y salchichón y a la que tiene que arrojar constantemente
salchichón. De aquí la pusilánime desesperación, el sentimiento de la más
inmensa humillación y degradación que oprime el pecho de Francia y contiene su
aliento. Francia se siente como deshonrada.
Y sin embargo, el poder del Estado no flota en el aire.
Bonaparte representa a una clase, que es, además, la clase más numerosa de la
sociedad francesa: los campesinos parcelarios.
Así como los Borbones eran la dinastía de los grandes
terratenientes y los Orleáns la dinastía del dinero, los Bonapartes son la
dinastía de los campesinos, es decir, de la masa del pueblo francés. EI elegido
de los campesinos no es el Bonaparte que se sometía al parlamento burgués, sino
el Bonaparte que lo dispersó. Durante tres años consiguieron las ciudades
falsificar el sentido de la elección del 10 de diciembre y estafar a los
campesinos la restauración del imperio. La elección del 10 de diciembre de 1848
no se consumó basto el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851.
Los campesinos parcelarios forman una masa inmensa, cuyos
individuos viven en idéntica situación, pero sin que entre ellos existan muchas
relaciones. Su modo de producción los aisla a unos de otros, en vez de
establecer relaciones mutuas entre ellos. Este aislamiento es fomentado por los
malos medios de comunicación de Francia y por la pobreza de los campesinos. Su
campo de producción, la parcela, no admite en su cultivo división alguna del
trabajo ni aplicación ninguna de la ciencia; no admite, por tanto, multiplicidad
de desarrollo, ni diversidad de talentos, ni riqueza de relaciones sociales.
Cada familia campesina se basta, sobre poco más o menos, a sí misma, produce
directamente ella misma la mayor parte de lo que consume y obtiene así sus
materiales de existencia más bien en intercambio con la naturaleza que en
contacto con la sociedad. La parcela, el campesino y su familia; y al lado,
otra parcela, otro campesino y otra familia. Unas cuantas unidades de éstas
forman una aldea, y unas cuantas aldeas, un departamento. Así se forma la gran
masa de la nación francesa, por la simple suma de unidades del mismo nombre, al
modo como, por ejemplo, las patatas de un saco forman un saco de patatas. En la
medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de
existencia que las distinguen por su modo de vivir, por sus intereses y por su
cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil, aquellas forman
una clase. Por cuanto existe entre los campesinos parcelarios una articulación
puramente local y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna
comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman
una clase. Son, por tanto, incapaces de hacer valer su interés de clase en su
propio nombre, ya sea por medio de un parlamento o por medio de una Convención.
No pueden representarse, sino que tienen que ser representados. Su
representante tiene que aparecer al mismo tiempo como su señor, como una
autoridad por encima de ellos, como un poder ilimitado de gobierno que los
proteja de las demás clases y les envíe desde lo alto la lluvia y el sol. Por
consiguiente, la influencia política de los campesinos parcelarios encuentra su
última expresión en el hecho de que el poder ejecutivo somete bajo su mando a
la sociedad.
La tradición histórica hizo nacer en el campesino francés
la fe milagrosa de que un hombre llamado Napoleón le devolvería todo el
esplendor. Y se encuentra un individuo que se hace pasar por tal hombre, por
ostentar el nombre de Napoleón gracias a que el Code Napoléon ordena: «La
recherche de la paternité est interdite» [*] . Tras 20 años de vagabundaje y
una serie de grotescas aventuras, se cumple la leyenda, y este hombre se
convierte en emperador de los franceses. La idea fija del sobrino se realizó
porque coincidía con la idea fija de la clase más numerosa de los franceses.
Pero, se me objetará: ¿y los levantamientos campesinos de
media Francia, las batidas del ejercito contra los campesinos y los
encarcelamientos y deportaciones en masa de campesinos?
Desde Luis XIV, Francia no ha asistido a ninguna
persecución semejante de campesinos «por manejos demagógicos».
Pero entiéndase bien. La dinastía de Bonaparte no
representa al campesino revolucionario, sino al campesino conservador; no
representa al campesino que pugna por salir de su condición social de vida, la
parcela, sino al que, por el contrario, quiere consolidarla; no a la población
campesina, que, con su propia energía y unida a las ciudades, quiere derribar
el viejo orden, sino a la que, por el contrario, sombríamente retraída en este
viejo orden, quiere verse salvada y preferida, en unión de su parcela, por el
espectro del imperio. No representa la ilustración, sino la superstición del
campesino, no su juicio, sino su prejuicio, no su porvenir, sino su pasado, no
sus Cévennes [76] modernas, sino su moderna Vendée [77].
Los tres años de dura dominación de la república
parlamentaria habían curado a una parte de los campesinos franceses de la
ilusión napoleónica y los habían revolucionado, aun cuándo sólo fuese
superficialmente; pero la burguesía los empujaba violentamente hacia atrás
cuantas veces se ponían en movimiento. Bajo la república parlamentaria, la
conciencia moderna de los campesinos franceses pugnó con la conciencia
tradicional. El proceso se desarrolló bajo la forma de una lucha incesante
entre los maestros de escuela y los curas. La burguesía abatió a los maestros.
Por vez primera los campesinos hicieron esfuerzos para adaptar una actitud
independiente frente a la actividad del Gobierno. Esto se manifestó en el
conflicto constante de los alcaldes con los prefectos. La burguesía destituyó a
los alcaldes. Finalmente, los campesinos de diversas localidades se levantaron
durante el período de la república parlamentaria contra su propio engendro, el
ejército. La burguesía los castigó con estados de sitio y ejecuciones. Y esta
misma burguesía clama ahora acerca de la estupidez de las masas, de la vile
multitude [*]* que la ha traicionado frente a Bonaparte. Fue ella misma la que
consolidó con sus violencias las simpatías de la clase campesina por el
Imperio, la que ha mantenido celosamente el estado de cosas que forman la cuna
de esta religión campesina. Claro está que la burguesía tiene necesariamente
que temer la estupidez de las masas, mientras siguen siendo conservadoras, y su
conciencia en cuanto se hacen revolucionarias.
En los levantamientos producidos después del coup d'état ,
una parte de los campesinos franceses protestó con las armas en la mano contra
su propio voto del 10 de diciembre de 1848. La experiencia adquirida desde 1848
les había abierto los ojos. Pero habían entregado su alma a las fuerzas
infernales de la historia, y ésta los cogía por la palabra, y la mayoría estaba
aún tan llena de prejuicias, que precisamente en los departamentos más rojos la
población campesina votó públicamente por Bonaparte. Según ellos, la Asamblea
Nacional le había impedido caminar. Ahora no había hecho más que romper las
ligaduras que las ciudades habían puesto a la voluntad del campo. En algunos sitios,
abrigaban incluso la idea grotesca de colocar, junto a un Napoleón, una
Convención.
Después de que la primera revolución había convertido a los
campesinos semisiervos en propietarios libres de su tierra, Napoleón consolidó
y reglamentó las condiciones bajo las cuales podrían explotar sin que nadie les
molestase el suelo de Francia que se les acababa de asignar, satisfaciendo su
afán juvenil de propiedad. Pero lo que hoy lleva a la ruina al campesino
francés, es su misma parcela, la división del suelo, la forma de propiedad
consolidada en Francia por Napoleón. Fueron precisamente las condiciones
materiales las que convirtieron al campesino feudal francés en campesino
parcelario y a Napoleón en emperador. Han bastado dos generaciones para
engendrar este resultado inevitable: empeoramiento progresivo de la agricultura
y endeudamiento progresivo del agricultor. La forma «napoleónica» de propiedad,
que a comienzos del siglo XIX era la condición para la liberación y el
enriquecimiento de la población campesina francesa, se ha desarrollado en el
transcurso de este siglo como la ley de su esclavitud y de su pauperismo. Y es
precisamente esta ley la primera de las idées napoléoniennes [78] que viene a
afirmar el segundo Bonaparte. Si comparte todavía con los campesinos la ilusión
de buscar la causa de su ruina, no en su misma propiedad parcelaria, sino fuera
de ella, en la influencia de circunstancias secundarias, sus experimentos se
estrellarán como pompas de jabón contra las relaciones de producción.
El desarrollo económico de la propiedad parcelaria ha
invertido de raíz la relación de los campesinos con las demás clases de la
sociedad. Bajo Napoleón, la parcelación del suelo en el campo complementaba la
libre concurrencia y la gran industria incipiente de las ciudades. La clase
campesina era la protesta omnipresente contra la aristocracia terrateniente que
se acababa de derribar. Las raíces que la propiedad parcelaria echó en el suelo
francés quitaron al feudalismo toda sustancia nutritiva. Sus mojones formaban el
baluarte natural de la burguesía contra todo golpe de mano de sus antiguos
señores. Pero en el transcurso del siglo XIX pasó a ocupar el puesto de los
señores feudales el usurero de la ciudad, las cargas feudales del suelo fueron
sustituidas por la hipoteca y la aristocrática propiedad territorial fue
suplantoda por el capital burgués. La parcela del campesino sólo es ya el
pretexto que permite al capitalista sacar de la tierra ganancia, intereses y
renta, dejando al agricultor que se las arregle para sacar como pueda su
salario. Las deudas hipotecarias que pesan sobre el suelo francés imponen a los
campesinos de Francia un interés tan grande como los intereses anuales de toda
la deuda nacional británica. La propiedad parcelaria, en esta esclavitud bajo el
capital a que conduce inevitablemente su desarrollo, ha convertido a la masa de
la nación francesa en trogloditas. Diez y seis millones de campesinos
(incluyendo las mujeres y los niños) viven en chozas, una gran parte de las
cuales sólo tienen una abertura, otra parte, dos solamente, y las
privilegiadas, tres. Las ventanas son para una casa lo que los cinco sentidos
para la cabeza. El orden burgués, que a comienzos del siglo puso al Estado de
centinela de la parcela recién creada y la abonó con laureles, se ha convertido
en un vampiro que le chupa la sangre y la medula y la arroja a la caldera de
alquimista del capital. El Code Napoleón no es ya más que el código de los
embargos, de las subastas y de las adjudicaciones forzosas. A los cuatro
millones (incluyendo niños, etc.) de paupers oficiales, vagabundos,
delincuentes y prostitutas, que cuenta Francia, hay que añadir cinco millones,
cuya existencia flota al borde del abismo y que o bien viven en el mismo campo
o desertan constantemente, con sus harapos y sus hijos, del campo a las
ciudades y de las ciudades al campo. Por tanto, los intereses de los campesinos
no se hallan ya, como bajo Napoleón, en consonancia, sino en contraposición con
los intereses de la burguesía, con el capital. Por eso los campesinos
encuentran su aliado y jefe natural en el proletariado urbano, que tiene por
misión derrocar el orden burgués. Pero el Gobierno fuerte y absoluto —que es la
segunda idée napoléonienne que viene a poner en práctica el segundo Napoleón—
está llamado a defender por la violencia este orden «material». Y este ordre
matériel [*] es también el tópico en todas las proclamas de Bonaparte contra
los campesinos rebeldes.
Junto a la hipoteca, que el capital le impone, pesan sobre
la parcela los impuestos. Los impuestos son la fuente de vida de la burocracia,
del ejército, de los curas y de la corte; en una palabra, de todo el aparato
del poder ejecutivo. Un gobierno fuerte e impuestos elevados son cosas
idénticas. La propiedad parcelaria se presta por naturaleza para servir de base
a una burocracia omnipotente e innumerable. Crea un nivel igual de relaciones y
de personas en toda la faz del país. Ofrece también, por tanto, la posibilidad
de influir por igual sobre todos los puntos de esta masa igual desde un centro supremo.
Destruye los grados intermedios aristocráticos entre la masa del pueblo y el
poder del Estado. Provoca, por tanto, desde todos los lados, la ingerencia
directa de este poder estatal y la interposición de sus órganos inmediatos. Y
finalmente, crea una superpoblación parada que no encuentra cabida ni en el
campo ni en las ciudades y que, por tanto, echa mano de los cargos públicos
como de una respetable limosna, provocando la creación de cargos del Estado.
Con los nuevos mercados que abrió a punta de bayoneta, con el saqueo del
continente, Napoleón devolvió los impuestos forzosos con sus intereses. Estos
impuestos eran entonces un acicate para la industria del campesino, mientras
que ahora privan a su industria de sus últimos recursos y acaban de exponerle
indefenso al pauperismo. Y de todas las idées napoléoniennes, la de una enorme
burocracia, bien galoneada y bien cebada, es la que más agrada al segundo
Bonaparte. ¿Y cómo no habla de agradarle, si se ve obligado a crear, junto a
las clases reales de la sociedad, una casta artificial, para la que el
mantenimiento de su régimen es un problema de cuchillo y tenedor? Por eso, una
de sus primeras operaciones financieras consistió en elevar nuevamente los
sueldos de los funcionarios a su altura antigua y en crear nuevas sinecuras.
Otra idée napoléonienne es la dominación de los curas como
medio de gobierno. Pero si la parcela recién creada, en su armonía con la
sociedad, en su dependencia de las fuerzas de la naturaleza y en su sumisión a
la autoridad que la protegía desde lo alto era, naturalmente, religiosa, esta
parcela, comida de deudas, divorciada de la sociedad y de la autoridad y
forzada a salirse de sus propios horizontes limitados, se hace, naturalmente,
irreligiosa. El cielo era una añadidura muy hermosa al pequeño pedazo de tierra
acabado de adquirir, tanto más cuanto que de él vienen el sol y la lluvia; pero
se convierte en un insulto tan pronto como se le quiere imponer a cambio de la
parcela. En este caso, el cura ya sólo aparece como el ungido perro rastreador
de la policía terrenal: otra idée napoléonienne . La próxima vez, la expedición
contra Roma se llevará a cabo en la misma Francia, pero en sentido inverso al
del señor Montalembert.
Finalmente, el punto culminante de las idées napoléoniennes
es la preponderancia del ejército. El ejército era el point d'honneur [*]* de
los campesinos parcelarios, eran ellos mismos convertidos en héroes,
defendiendo su nueva propiedad contra el enemigo de fuera, glorificando su
nacionalidad recién conquistada, saqueando y revoluclonando el mundo. El
uniforme era su ropa de gala; la guerra, su poesía; la parcela, prolongada y
redondeada en la fantasía, la patria, y el patriotismo, la forma ideal del
sentido de propiedad. Pero los enemigos contra quienes ahora tiene que defender
su propiedad el campesino francés no son los cosacos, son los alguaciles y los
agentes ejecutivos del fisco. La parcela no está ya enclavada en lo que llaman
patria, sino en el registro hipotecario. El mismo ejército ya no es la flor de
la juventud campesina, sino la flor del pantano del lumpemproletariado
campesino. Está formado en su mayoría por remplaçants [*], por sustitutos, del
mismo modo que el segundo Bonaparte no es más que el remplaçant, el sustituto
de Napoleón. Sus hazañas heroicas consisten ahora en las cacerías y batidas
contra los campesinos, en el servicio de gendarmería, y si las contradicciones
internas de su sistema lanzan al jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre del
otro lado de la frontera francesa, tras algunas hazañas de bandidaje el
ejército no cosechará precisamente laureles, sino palos.
Como vemos, todas las idées napoléoniennes son las ideas de
la parcela incipiente, juvenil , pero constituyen un contrasentido para la
parcela caduca. No son más que las alucinaciones de su agonía, palabras
convertidas en frases, espíritus convertidos en fantasmas. Pero la parodia del
imperio era necesaria para liberar a la masa de la nación francesa del peso de
la tradición y hacer que se destacase nítidamente la contraposición entre el
Estado y la sociedad. Conforme avanza la ruina de la propiedad parcelaria, se
derrumba el edificio del Estado construido sobre ella. La centralización del
Estado, que la sociedad moderna necesita, sólo se levanta sobre las ruinas de
la máquina burocrático-militar de gobierno, forjada por oposición al
feudalismo.
Las condiciones de los campesinos franceses nos descubren
el misterio de las elecciones generales del 20 y el 21 de diciembre, que
llevaron al segundo Bonaparte al Sinaí pero no para recibir leyes, sino para
darlas.
Manifiestamente, la burguesía no tenía ahora más opción que
elegir a Bonaparte. Cuando, en el Concilio de Constanza [79] , los puritanos se
quejaban de la vida licenciosa de los papas y gemían acerca de la necesidad de
reformar las costumbres, el cardenal Pierre d'Ailly dijo, con voz tonante:
«¡Cuando sólo el demonio en persona puede salvar a la Iglesia católica,
vosotros pedís ángeles!» La burguesía francesa exclamó también, después del
coup d'état: ¡Sólo el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre puede ya salvar a
la sociedad burguesa! ¡Sólo el robo puede salvar a la propiedad, el perjurio a
la religión, el bastardismo a la familia y el desorden al orden!
Bonaparte, como poder ejecutivo convertido en fuerza
independiente, se cree llamado a garantizar el «orden burgués». Pero la fuerza
de este orden burgués está en la clase media. Se cree, por tanto, representante
de la clase media y promulga decretos en este sentido. Pero si es algo, es
gracias a haber roto y romper de nuevo diariamente la fuerza política de esta
clase media. Se afirma, por tanto, como adversario de la fuerza política y
literaria de la clase media. Pero, al proteger su fuerza material, engendra de
nuevo su fuerza política. Se trata, por tanto, de mantener viva la causa, pero
de suprimir el efecto allí donde éste se manifieste. Pero esto no es posible
sin una pequeña confusión de causa y efecto, pues al influir el uno sobre la
otra y viceversa, ambos pierden sus características distintivas. Nuevos
decretos que borran la linea divisoria. Bonaparte se reconoce al mismo tiempo,
frente a la burguesía, como representante de los campesinos y del pueblo en
general, llamado a hacer felices dentro de la sociedad burguesa a las clases
inferiores del pueblo. Nuevos decretos, que estafan de antemano a los
«verdaderos socialistas» [80] su sabiduría de gobernantes. Pero Bonaparte se
sabe ante todo jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre, representante del
lumpemproletariado, al que pertenece él mismo, su entourage [*]*, su Gobierno y
su ejército, y al que ante todo le interesa beneficiarse a sí mismo y sacar
premios de lotería californiana del Tesoro público. Y se confirma como jefe de
la Sociedad del 10 de Diciembre con decretos, sin decretos y a pesar de los
decretos.
Esta misión contradictoria del hombre explica las
contradicciones de su Gobierno, el confuso tantear aquí y allá, que procura tan
pronto atraerse como humillar, unas veces a esta y otras veces a aquella clase,
poniéndolas a todas por igual en contra suya, y cuya inseguridad práctica forma
un contraste altamente cómico con el estilo imperioso y categórico de sus actos
de gobierno, estilo imitado sumisamente del tío.
La industria y el comercio, es decir, los negocios de la
clase media, deben florecer como planta de estufa bajo el Gobierno fuerte. Se
otorga un sinnúmero de concesiones ferroviarias. Pero el lumpemproletariado
bonapartista tiene que enriquecerse. Manejos especulativos con las concesiones
ferroviarias en la Bolsa por gentes iniciadas de antemano. Pero no se presenta
ningún capital para los ferrocarriles. Se obliga al Banco a adelantar dinero a
cuenta de las acciones ferroviarias. Pero, al mismo tiempo, hay que explotar
personalmente al Banco, y, por tanto, halagarlo. Se exime al Banco del deber de
publicar semanalmente sus informes. Contrato leonino del Banco con el Gobierno.
Hay que dar trabajo al pueblo. Se ordenan obras públicas. Pero las obras
públicas aumentan las cargas tributarias del pueblo. Por tanto, rebaja de los
impuestos mediante un ataque contra los rentistas, convirtiendo las rentas al 5
por 100 en rentas al 4 ½ por 100. Pero hay que dar un poco de miel a la
burguesía. Por tanto, se duplica el impuesto sobre el vino para el pueblo, que
lo bebe en detail [*], y se rebaja a la mitad para la clase media, que lo bebe
en grós [*]*. Se disuelven las asociaciones obreras existentes, pero se
prometen milagros de asociación para el porvenir. Hay que ayudar a los
campesinos: Bancos hipotecarios, que aceleran su endeudamiento y la
concentración de la propiedad. Pero a estos Bancos hay que utilizarlos para
sacar dinero de los que se preste a esta condición, que no figura en el
decreto, y el Banco hipotecario se queda reducido a mero decreto, etc., etc.
Bonaparte quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal
de todas las clases. Pero no puede dar nada a una sin quitárselo a la otra. Y
así como en los tiempos de la Fronda se decía del duque de Guisa que era el
hombre más obligeant [*]** de Francia, porque había convertido todas sus fincas
en obligaciones de sus partidarios, contra él mismo, Bonaparte quisiera ser
también el hombre más obligeant de Francia y convertir toda la propiedad y todo
el trabajo de Francia en una obligación personal contra él mismo. Quisiera
robar a Francia entera para regalársela a Francia, o mejor dicho, para comprar
de nuevo a Francia con dinero francés, pues como jefe de la Sociedad del 10 de
Diciembre tiene necesariamente que comprar lo que quiere que le pertenezca. Y
en institución del soborno se convierten todas las instituciones del Estado: el
Senado, el Consejo de Estado, el Cuerpo Legislativo, la Legión de Honor, la
medalla del soldado, los lavaderos, los edificios públicos, los ferrocarriles,
el Estado Mayor de la Guardia Nacional sin soldados rasos, los bienes
confiscados de la casa de Orleáns. En medio de soborno se convierten todos los
puestos del ejército y de la máquina de gobierno. Pero lo más importante en
este proceso es que se toma a Francia para entregársela a ella misma, son los
tantos por ciento que durante la operación de cambio se embolsan el jefe y los
individuos de la Sociedad del 10 de Diciembre. El chiste con el que la condesa
L., la amante del señor de Morny, caracterizaba la confiscación de los bienes
orleanistas: «C'est le premier vol de l'aigle» [*] [«Es el primer vuelo (robo)
del águila»], puede aplicarse a todos los vuelos de este águila, que más que
águila es cuervo. Tanto él como sus adeptos se gritan diariamente, como aquel
cartujo italiano al avaro, que contaba jactanciosamente los bienes que habría de
disfrutar durante largas años: «Tu fai conto sopra i beni, bisogna prime far il
conto sopra gli anni» [*]*. Para no equivocarse en los años, echan las cuentas
por minutos. En la corte, en los ministerios, en la cumbre de la administración
y del ejército, se amontona un tropel de bribones, del mejor de los cuales
puede decirse que no se sabe de dónde viene, una bohème estrepitosa, sospechosa
y ávida de saqueo, que se arrastra en sus casacas galoneadas con la misma
grotesca dignidad que los grandes dignatarios de Soulouque. Si queremos
representarnos plásticamente esta capa superior de la Sociedad del 10 de
Diciembre, nos basta con saber que Véron-Crevel [*]** es su predicador de moral
y Granier de Cassagnac su pensador. Cuando Guizot, durante su ministerio, utilizó
a este Granier en un periodicucho contra la oposición dinástica, solía
ensalzarlo con esta frase: «C'est le roi des drôles», «es el rey de los
bufones». Sería injusto recordar a propósito de la corte y de la tribu de Luis
Bonaparte a la Regencia [81] o a Luis XV. Pues «Francia ha pasado ya con
frecuencia por un gobierno de favoritas, pero nunca todavía por un gobierno de
chulos» [*]***.
Acosado por las exigencias contradictorias de su situación
y al mismo tiempo obligado como un prestidigitador a atraer hacia sí, mediante
sorpresas constantes, las miradas del público, como hacia el sustituto de
Napoleón, y por tanto a ejecutar todos los días un golpe de Estado en
miniatura, Bonaparte lleva el caos a toda la economía burguesa, atenta contra
todo lo que a la revolución de 1848 había parecido intangible, hace a unos
pacientes para la revolución y a otros ansiosos de ella, y engendra una
verdadera anarquía en nombre del orden, despojando al mismo tiempo a toda la
máquina del Estado del halo de santidad, profanándola, haciéndola a la par
asquerosa y ridícula. Copia en París, bajo la forma de culto del manto imperial
de Napoleón, el culto a la sagrada túnica de Tréveris [82] . Pero si por último
el manto imperial cae sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce
de Napoleón se vendrá a tierra desde lo alto de la Columna de Vendôme [83].
Escrito por C. Marx en diciembre Se publica de acuerdo con
el
de 1851-marzo de 1852. texto de la edición de 1869.
Publicado como primer número de la Traducido del alemán.
revista "Die Revolution" en 1852,
en Nueva York.
Firmado: Karl Marx
NOTAS
[*] Dentro de cincuenta años, Europa será republicana o
cosaca. (N. de la Edit.)
[**] República cosaca. (N. de la Edit.)
[***] O sea, Francia después del golpe de Estado de 1851.
(N. de la Edit.)
[*] Es el triunfo completo y definitivo del socialismo. (N.
de la Edit.)
[**] Shakespeare. "Hamlet", acto I, escena 5. (N.
de la Edit.)
[*] Queda prohibida la investigación de la paternidad. (N.
de la Edit.)
[76] 255. Cévennes: zona montañosa de la provincia francesa
de Languedoc, donde se alzaron los campesinos en 1702-1705. La insurrección,
provocada por las persecuciones a los protestantes, adquirió un acusado
carácter antifeudal.- 491
[77] 203. Alusión al motín contrarrevolucionario de la
Vendée (provincia occidental de Francia), levantado en 1793 por los realistas
franceses que utilizaron a los campesinos atrasados de esta provincia para
luchar contra la revolución francesa.- 373, 491
[**] La muchedumbre vil. (N. de la Edit.)
[78] 241. Alusión al libro de Luis Bonaparte "Des
idées napoléoniennes" ("Las ideas napoléonicas"), aparecido en
París en 1839.- 444, 492
[*] «Orden material». (N. de la Edit.)
[**] El orgullo. (N. de la Edit.)
[*] Los que se obligaban a servir en el ejército, en
sustitución de los que eran llamados a filas. (N. de la Edit.)
[79] 256. El Concilio de Constanza (1414-1418) fue
convocado con el fin de fortalecer el catolicismo cuya unidad había sido
quebrantada por el naciente movimiento reformista.- 495
[80] 179. Alusión a las obras de los representantes del
socialismo alemán o «verdadero», corriente reaccionaria que se extendió en
Alemania en los años 40 del siglo XIX principalmente entre la intelectualidad
pequeñoburguesa.- 323, 496
[**] Los que le rodean. (N. de la Edit.)
[*] Al por menor. (N. de la Edit.)
[**] Al por mayor. (N. de la Edit.)
[***] Obsequioso. (N. de la Edit.)
[*] La palabra vol significa vuelo y robo.
[**] «Cuentas los bienes, cuando lo que debieras contar son
los años».
[***] En su obra "La Cousine Bette", Balzac
presenta en Crevel, personaje inspirado en el Dr. Véron, propietario del
periódico "Constitutionnel", al tipo del filisteo más libertino de
París.
[81] 257. Se refiere a la regencia de Felipe de Orleáns en
Francia entre 1715 y 1723 durante la minoría de edad de Luis XV.- 498
[****] Palabras de Madame Girardin.
[82] 258. La sagrada túnica de Tréveris: la que vestía
supuestamente Cristo al morir crucificado. Se conservaba en la catedral de
Tréveris (Alemania Occidental) como reliquia de los católicos. Era objeto de
adoración de los peregrinos.- 498
[83] 210. La Columna de Vendôme fue erigida en 1806-1810 en
París en memoria de las victorias de la Francia Napoleónica; se fundió con el
bronce de los cañones enemigos y está coronada con una estatua de Napoleón. El
16 de mayo de 1871, según disposición de la Comuna de París, la Columna de
Vendôme fue derribada; en 1875 fue restablecida por la reacción.- 405, 498