EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE [1]
Karl Marx
PROLOGO DEL
AUTOR A LA SEGUNDA EDICIÓN DE 1869
Mi malogrado amigo José Weydemeyer [*] , proponíase editar en Nueva York, a partir del 1 de enero de 1852, un semanario político. Me invitó a mandarle para dicho semanario la historia del coup d'état [**] . Le escribí, pues, un artículo cada semana, hasta mediados de febrero, bajo el título de "El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte". Entre tanto, el plan primitivo de Weydemeyer fracasó. En cambio, comenzó a publicar en la primavera de 1852 una revista mensual titulada "Die Revolution", cuyo primer cuaderno estaba formado por mi "Dieciocho Brumario". Algunos cientos de ejemplares de este cuaderno salieron camino de Alemania, pero sin llegar a entrar en el comercio de libros propiamente dicho. Un librero alemán que se las daba de tremendamente radical, a quien le propuse encargarse de la venta, rechazó con verdadera indignación moral tan «inoportuna pretensión».
Como se ve por
estos datos, la presente obra nació bajo el impulso inmediato de los
acontecimientos, y sus materiales históricos no pasan del mes de febrero de
1852. La actual reedición se debe, en parte, a la demanda de la obra en el
mercado librero, y, en parte, a instancias de mis amigos de Alemania.
Entre las obras
que trataban en la misma época del mismo tema, sólo dos son dignas de mención:
"Napoléon le Petit", de Víctor Hugo y "Coup d'Etat", de
Proudhon.
Víctor Hugo se
limita a una amarga e ingeniosa invectiva contra el editor responsable del
golpe de Estado. En cuanto el acontecimiento mismo, parece, en su obra, un rayo
que cayese de un cielo sereno. No ve en él más que un acto de fuerza de un solo
individuo. No advierte que lo que hace es engrandecer a este individuo en vez
de empequeñecerlo, al atribuirle un poder personal de iniciativa que no tenía
paralelo en la historia universal. Por su parte, Proudhon intenta presentar el
golpe de Estado como resultado de un desarrollo histórico anterior. Pero, entre
las manos, la construcción histórica del golpe de Estado se le convierte en una
apología histórica del héroe del golpe de Estado. Cae con ello en el defecto de
nuestros pretendidos historiadores objetivos. Yo, por el contrario, demuestro
cómo la lucha de clases creó en Francia las circunstancias y las condiciones
que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de
héroe.
Una
reelaboración de la presente obra la habría privado de su matiz peculiar. Por
eso, me he limitado simplemente a corregir las erratas de imprenta y a tachar
las alusiones que hoy ya no se entenderían.
La frase final
de mi obra: «Pero si por último el manto imperial cae sobre los hombros de Luis
Bonaparte, la estatua de Bronce de Napoleón se vendrá a tierra desde lo alto de
la Columna de Vendôme» [2], es ya una realidad.
El coronel
Charras abrió el fuego contra el culto napoleónico en su obra sobre la campaña
de 1815. Desde entonces, y sobre todo en estos últimos años, la literatura
francesa, con las armas de la investigación histórica, de la crítica, de la sátira
y del sainete, ha dado el golpe de gracia a la leyenda napoleónica. Fuera de
Francia, se ha apreciado poco y se ha comprendido aún menos esta violenta
ruptura con la fe tradicional del pueblo, esta formidable revolución
espiritual.
Finalmente, confío
en que mi obra contribuirá a eliminar ese tópico del llamado cesarismo , tan
corriente, sobre todo actualmente, en Alemania. En esta superficial analogía
histórica se olvida lo principal: en la antigua Roma, la lucha de clases sólo
se ventilaba entre una minoría privilegiada, entre los libres ricos y los
libres pobres, mientras la gran masa productiva de la población, los esclavos,
formaban un pedestal puramente pasivo para aquellos luchadores. Se olvida la
importante sentencia de Sismondi: [406] el proletariado romano vivía a costa de
la sociedad, mientras que la moderna sociedad vive a costa del proletariado [3]
. La diferencia de las condiciones materiales, económicas, de la lucha de
clases antigua y moderna es tan radical, que sus criaturas políticas respectivas
no pueden tener más semejanza las unas con las otras que el arzobispo de
Canterbury y el pontífice Samuel.
Carlos Marx
Londres, 23 de
junio de 1869.
Publicado en la
segunda edición de la obra de C. Marx
"El
dieciocho Brumario de Luis Bonaparte", publicada en
Hamburgo en
julio de 1869.
Se publica de
acuerdo con el texto de la edición de 1869.
Traducido del
alemán.
NOTAS
[1] 209. El
trabajo de Marx "El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte" escrito
basándose en el análisis concreto de los sucesos revolucionarios de Francia
entre 1848 y 1851, es una de las obras más importantes del marxismo. Es de
excepcional importancia la conclusión que hace Marx en el problema de la
actitud del proletariado ante el Estado burgués. «Todas las revoluciones han
perfeccionado esta máquina —dice—, en lugar de romperla» (pág. 488).- 404, 409
[*] Comandante
militar del distrito de Saint Louis durante la guerra civil en Norteamérica.
(Nota de Marx.)
[**] Golpe de
Estado. (N. de la Edit.)
[2] 210. La
Columna de Vendôme fue erigida en 1806-1810 en París en memoria de las
victorias de la Francia Napoleónica; se fundió con el bronce de los cañones
enemigos y está coronada con una estatua de Napoleón. El 16 de mayo de 1871,
según disposición de la Comuna de París, la Columna de Vendôme fue derribada;
en 1875 fue restablecida por la reacción.- 405, 498
[3] 211. J. C.
L. Simonde de Sismondi. "Études sur l'économie politique". T. I,
París, 1837, pág. 35 ("Estudios sobre la Economía Política").- 406
EL DIECIOCHO
BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE [7]
I
Hegel dice en
alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal
aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como
tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Dantón, Luis Blanc por
Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795 [8], el
sobrino por el tío. ¡Y la misma caricatura en las circunstancias que acampañan
a la segunda edición del 18 Brumario! [9]
Los hombres
hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo
circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con
que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el
pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una
pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse
precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca
visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran
temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres,
sus consiguas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y
este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.
Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió
alternativamente con el ropaje de la República Romana y del Imperio Romano, y
la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá
la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante al aprender
un idioma nuevo lo traduce mentalmente a su idioma nativo, pero sólo se asimila
el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él
cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lengua natal.
Si examinamos
esas conjuraciones de los muertos en la historia universal, observaremos en
seguida una diferencia que salta a la vista. Camilo Desmoulins, Dantón,
Robespierre, Saint-Just, Nopoleón, los héroes, lo mismo que los partidos y la
masa de la antigua revolución francesa, cumplieron, bajo el ropaje romano y con
frases romanas, la misión de su tiempo: librar de las cadenas e instaurar la
sociedad burguesa moderna. Los unos hicieron añicos las instituciones feudales
y segaron las cabezas feudales que habían brotado en él. El otro creó en el
interior de Francia las condiciones bajo las cuales ya podía desarrollarse la
libre concurrencia, explotarse la propiedad territorial parcelada, aplicarse
las fuerzas productivas industriales de la nación, que habían sido liberadas; y
del otro lado de las fronteras francesas barrió por todas partes las
formaciones feudales, en el grado en que esto era necesario para rodear a la
sociedad burguesa de Francia en el continente europeo de un ambiente adecuado,
acomodado a los tiempos. Una vez instaurada la nueva formación social,
desaparecieron los colosos antediluvianos, y con ellos el romanismo resucitado:
los Brutos, los Gratos, los Publícolas, los tribunos, los senadores y hasta el
mismo César. Con su sobrio practicismo, la sociedad burguesa se había creado
sus verdaderos intérpretes y portavoces en los Say, los Cousin, los
Royer-Collard, los Benjamín Constant y los Guizot; sus verdaderos caudillos
estaban en las oficinas comerciales, y la cabeza atocinada de Luis XVIII era su
cabeza política. Completamente absorbida por la producción de la riqueza y por
la lucha pacífica de la concurrencia, ya no se daba cuenta de que los espectros
del tiempo de los romanos habían velado su cuna. Pero, por muy poco heroica que
la sociedad burguesa sea, para traerla al mundo habían sido necesarios, sin
embargo, el heroísmo, la abnegación, el terror, la guerra civil y las batallas
de los pueblos. Y sus gladiadores encontraron en las tradiciones clásicamente
severas de la República Romana los ideales y las formas artísticas, las
ilusiones que necesitaban para ocultarse a sí mismos el contenido burguesamente
limitado de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia
histórica. Así, en otra fase de desarrollo, un siglo antes, Cromwell y el
pueblo inglés habían ido a buscar en el Antiguo Testamento el lenguaje, las
pasiones y las ilusiones para su revolución burguesa. Alcanzada la verdadera
meta, realizada la transformación burguesa de la sociedad inglesa, Locke
desplazó a Habacuc [10].
En esas
revoluciones, la resurrección de los muertos servía, pues, para glorificar las
nuevas luchas y no para parodiar las antiguas, para exagerar en la fantasía la
misión trazada y no para retroceder ante su cumplimiento en la realidad, para
encontrar de nuevo el espíritu de la revolución y no para hacer vagar otra vez
a su espectro.
En 1848-1851, no
hizo más que dar vueltas el espectro de la antigua revolución, desde Marrast,
le républicain en gants jaunes [*] , que se disfrazó de viejo Bailly, hasta el
aventurero que esconde sus vulgares y repugnantes rasgos bajo la férrea
mascarilla de muerte de Napoleón. Todo un pueblo que creía haberse dado un
impulso acelerado por medio de una revolución, se encuentra de pronto
retrotraído a una época fenecida, y para que no pueda haber engaño sobre la
recaída, hacen aparecer las viejas fechas, el viejo calendario, los viejos
nombres, los viejos edictos (entregados ya, desde hace largo tiempo, a la
erudición de los anticuarios) y los viejos esbirros, que parecían haberse
podrido desde hace mucho tiempo. La nación se parece a aquel inglés loco de
Bedlam [11] que creía vivir en tiempo de los viejos faraones y se lamentaba
diariamente de las duras faenas que tenía que ejecutar como cavador de oro en
las minas de Etiopía, emparedado en aquella cárcel subterránea, con una lámpara
de luz mortecina sujeta en la cabeza, detrás el guardián de los esclavos con su
largo látigo y en las salidas una turbamulta de mercenarios bárbaros, incapaces
de comprender a los forzados ni de entenderse entre sí porque no hablaban el
mismo idioma. «¡Y todo esto —suspira el loco— me lo han impuesto a mí, a un
ciudadano inglés libre, para sacar oro para los antiguos faraones!» «¡Para
pagar las deudas de la familia Bonaparte!», suspira la nación francesa. El
inglés, mientras estaba en uso de su razón, no podía sobreponerse a la idea
fija de obtener oro. Los franceses, mientras estaban en revolución, no podían
sobreponerse al recuerdo napoleónico, como demostraron las elecciones del 10 de
diciembre [12]. Ante los peligros de la revolución se sintieron atraídos por el
recuerdo de las ollas de Egipto [13], y la respuesta fue el 2 de diciembre de
1851 [14] . No sólo obtuvieron la caricatura del viejo Napoleón, sino al propio
viejo Napoleón en caricatura, tal como necesariamente tiene que aparecer a
mediados del siglo XIX.
La revolución
social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del
porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda
veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban
remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su
propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos
entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí,
la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desborda la frase.
La revolución de
febrero cogió desprevenida, sorprendió a la vieja sociedad, y el pueblo
proclamó este golpe de mano inesperado como una hazaña de la historia universal
con la que se abría la nueva época. El 2 de diciembre, la revolución de febrero
es escamoteada por la voltereta de un jugador tramposo, y lo que parece
derribado no es ya la monarquía, sino las concesiones liberales que le habían
sido arrancadas por seculares luchas. Lejos de ser la sociedad misma la que se
conquista un nuevo contenido, parece como si simplemente el Estado volviese a
su forma más antigua, a la dominación desvergonzadamente simple del sable y la
sotana. Así contesta al coup de main [*] de febrero de 1848 el coup de tête
[*]* de diciembre de 1851. Por donde se vino, se fue. Sin embargo, el intervalo
no ha pasado en vano. Durante los años de 1848 a 1851, la sociedad francesa
asimiló, y lo hizo mediante un método abreviado, por ser revolucionario, las
enseñanzas y las experiencias que en un desarrollo normal, lección tras
lección, por decirlo así, habrían debido preceder a la revolución de febrero,
para que ésta hubiese sido algo más que un estremecimiento en la superficie.
Hoy, la sociedad parece haber retrocedido más allá de su punto de partida; en
realidad, lo que ocurre es que tiene que empezar por crearse el punto de
partida revolucionario, la situación, las relaciones, las condiciones, sin las
cuales no adquiere un carácter serio la revolución moderna.
Las revoluciones
burguesas, como la del siglo XVIII, avanzan arrolladoramente de éxito en éxito,
sus efectos dramáticos se atropellan, los hombres y las cosas parecen
iluminados por fuegos de artificio, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero
estas revoluciones son de corta vida, llegan en seguida a su apogeo y una larga
depresión se apodera de la sociedad, antes de haber aprendido a asimilarse
serenamente los resultados de su período impetuoso y agresivo. En cambio, las
revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se critican constantemente a
sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo
que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y
cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus
primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque
de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a
ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus
propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y
las circunstancias mismas gritan:
Hic Rhodus, hic
salta!
¡Aquí está la
rosa, baila aquí! [15]
Por lo demás,
cualquier observador mediano, aunque no hubiese seguido paso a paso la marcha
de los acontecimientos en Francia, tenía que presentir que esperaba a la
revolución una inaudita vergüenza. Bastaba con escuchar los engreídos ladridos
de triunfo con que los señores demócratas se felicitaban mutuamente por los
efectos milagrosos que esperaban del segundo domingo de mayo de 1852 [16] . El
segundo domingo de mayo de 1852 habíase convertido en sus cabezas en una idea
fija, en un dogma, como en las cabezas de los quiliastas [17] el día en que había
de reaparecer Cristo y comenzar el reino milenario. La debilidad había ido a
refugiarse, como siempre, en la fe en el milagro: creía vencer al enemigo con
sólo descartarlo mágicamente con la fantasía, y perdía toda la comprensión del
presente ante la glorificación pasiva del futuro que le esperaba y de las
hazañas que guardaba in petto [*]** , pero que aún no consideraba oportuno
revelar. Esos héroes que se esforzaban en refutar su probada incapacidad
prestándose mutua compasión y reuniéndose en un tropel, habían atado su
hatillo, se embolsaron sus coronas de laurel a crédito y se disponían
precisamente a descontar en el mercado de letras de cambio sus repúblicas in
partibus [18] para las que, en el secreto de su ánimo poco exigente, tenían ya
previsoramente preparado el personal de gobierno. El 2 de diciembre cayó sobre
ellos como un rayo en cielo sereno, y los pueblos, que en épocas de malhumor
pusilánime gustan de dejar que los voceadores más chillones ahoguen su miedo
interior, se habrán convencido quizás de que han pasado ya los tiempos en que
el graznido de los gansos podía salvar al Capitolio [19].
La Constitución,
la Asamblea Nacional, los partidos dinásticos, los republicanos azules y los
rojos, los héroes de Africa [20], el trueno de la tribuna, el relampagueo de la
prensa diaria, toda la literatura, los nombres políticos y los renombres
intelectuales, la ley civil y el derecho penal, la liberté, égalité, fraternité
y el segundo domingo de mayo de 1852; todo ha desaparecido como una
fantasmagoría al conjuro de un hombre al que ni sus mismos enemigos reconocen
como brujo. El sufragio universal sólo pareció sobrevivir un instante para
hacer su testamento de puño y letra a los ojos del mundo entero y poder
declarar, en nombre del propio pueblo: «Todo lo que existe merece perecer» [*].
No basta con
decir, como hacen los franceses, que su nación fue sorprendida. Ni a la nación
ni a la mujer se les perdona la hora de descuido en que cualquier aventurero ha
podido abusar de ellas por la fuerza. Con estas explicaciones no se aclara el
enigma; no se hace más que presentarlo de otro modo. Quedaría por explicar cómo
tres caballeros de industria pudieron sorprender y reducir al cautiverio, sin
resistencia, a una nación de 36 millones de almas.
Recapitulemos, en
sus rasgos generales, las fases recorridas por la revolución francesa desde el
24 de febrero de 1848 hasta el mes de diciembre de 1851.
Hay tres
períodos capitales que son inconfundibles: el período de febrero; del 4 de mayo
de 1848 al 28 de mayo de 1849, período de constitución de la república o de la
Asamblea Nacional Constituyente; del 28 de mayo de 1849 al 2 de diciembre de
1851, período de la república constitucional o de la Asamblea Nacional
Legislativa.
El primer
período, desde el 24 de febrero, es decir, desde la caída de Luis Felipe, hasta
el 4 de mayo de 1848, fecha en que se reúne la Asamblea Constituyente, el
período de febrero, propiamente dicho, puede calificarse como el prólogo de la
revolución. Su carácter se revelaba oficialmente en el hecho de que el Gobierno
por él improvisado se declarase a sí mismo provisional, y, como el Gobierno,
todo lo que este período sugirió, intentó o proclamó, se presentaba también
como algo puramente provisional . Nada ni nadie se atrevía a reclamar para sí el
derecho a existir y a obrar de un modo real. Todos los elementos que habían
preparado o determinado la revolución, la oposición dinástica, la burguesía
republicana, la pequeña burguesía democrático-republicana y los obreros
socialdemócratas encontraron su puesto provisional en el Gobierno de Febrero.
No podía ser de
otro modo. Las jornadas de febrero proponíanse primitivamente como objetivo una
reforma electoral, que había de ensanchar el círculo de los privilegiados
políticos dentro de la misma clase poseedora y derribar la dominación exclusiva
de la aristocracia financiera. Pero cuando estalló el conflicto real y
verdadero, el pueblo subió a las barricadas, la Guardia Nacional [21] se
mantuvo en actitud pasiva, el ejército no opuso una resistencia seria y la
monarquía huyó, la república pareció la evidencia por sí misma. Cada partido la
interpretaba a su manera. Arrancada por el proletariado con las armas en la
mano, éste le imprimió su sello y la proclamó república social. Con esto se
indicaba el contenido general de la moderna revolución, el cual se hallaba en
la contradicción más peregrina con todo lo que por el momento podía ponerse en
práctica directamente, con el material disponible, el grado de desarrollo
alcanzado por la masa y bajo las circunstancias y relaciones dadas. De otra
parte, las pretensiones de todos los demás elementos que habían cooperado a la
revolución de febrero fueron reconocidas en la parte leonina que obtuvieron en
el Gobierno. Por eso, en ningún período nos encontramos con una mezcla más
abigarrada de frases altisonantes e inseguridad y desamparo efectivos, de
aspiraciones más entusiastas de innovación y de imperio más firme de la vieja
rutina, de más aparente armonía de toda la sociedad y más profunda discordancia
entre sus elementos. Mientras el proletariado de París se deleitaba todavía en
la visión de la gran perspectiva que se había abierto ante él y se entregaba
con toda seriedad a discusiones sobre los problemas sociales, las viejas
fuerzas de la sociedad se habían agrupado, reunido, vuelto en sí y encontrado
un apoyo inesperado en la masa de la nación, en los campesinos y los pequeños
burgueses, que se precipitaron todos de golpe a la escena política, después de
caer las barreras de la monarquía de Julio [22].
El segundo período,
desde el 4 de mayo de 1848 hasta fines de mayo de 1849, es el período de la
constitución, de la fundación de la república burguesa . Inmediatamente después
de las jornadas de febrero no sólo se vio sorprendida la oposición dinástica
por los republicanos, y éstos por los socialistas, sino toda Francia por París.
La Asamblea Nacional, que se reunió el 4 de mayo de 1848, salida de las
elecciones nacionales, representaba a la nación. Era una protesta viviente
contra las pretensiones de las jornadas de febrero y había de reducir al rasero
burgués los resultados de la revolución. En vano el proletariado de París, que
comprendió inmediatamente el carácter de esta Asamblea Nacional, intentó el 15
de mayo [23] , pocos días después de reunirse ésta, descartar por la fuerza su
existencia, disolverla, descomponer de nuevo en sus distintas partes
integrantes la forma orgánica con que le amenazaba el espíritu reaccionante de
la nación. Como es sabido, el único resultado del 15 de mayo fue alejar de la
escena pública durante todo el ciclo que examinamos a Blanqui y sus camaradas,
es decir, a los verdaderos jefes del partido proletario.
A la monarquía
burguesa de Luis Felipe sólo puede suceder la república burguesa; es decir, que
si en nombre del rey, había dominado una parte reducida de la burguesía, ahora
dominará la totalidad de la burguesía en nombre del pueblo. Las
reivindicaciones del proletariado de París son paparruchas utópicas, con las
que hay que acabar. El proletariado de París contestó a esta declaración de la
Asamblea Nacional Constituyente con la insurrección de junio [24], el
acontecimiento más gigantesco en la historia de las guerras civiles europeas.
Venció la república burguesa. A su lado estaban la aristocracia financiera, la
burguesía industrial, la clase media, los pequeños burgueses, el ejército, el
lumpemproletariado organizado como Guardia Móvil [*], los intelectuales, los
curas y la población del campo. Al lado del proletariado de París no estaba más
que él solo. Más de 3.000 insurrectos fueron pasados a cuchillo después de la
victoria y 15.000 deportados sin juicio. Con esta derrota, el proletariado pasa
al fondo de la escena revolucionaria. Tan pronto como el movimiento parece
adquirir nuevos bríos, intenta una vez y otra pasar nuevamente a primer plano,
pero con un gasto cada vez más débil de fuerzas y con resultados cada vez más
insignificantes. Tan pronto como una de las capas sociales superiores a él
experimenta cierta efervescencia revolucionaria, el proletariado se enlaza a
ella y así va compartiendo todas las derrotas que sufren unos tras otros los
diversos partidos. Pero estos golpes sucesivos se atenúan cada vez más cuanto
más se reparten por toda la superficie de la sociedad. Sus jefes más
importantes en la Asamblea Nacional y en la prensa van cayendo unos tras otros,
víctimas de los tribunales, y se ponen al frente de él figuras cada vez más
equívocas. En parte, se entrega a experimentos doctrinarios, Bancos de cambio y
asociaciones obreras, es decir, a un movimiento en el que renuncia a
transformar el viejo mundo, con ayuda de todos los grandes recursos propios de
este mundo, e intenta, por el contrario, conseguir su redención a espaldas de
la sociedad, por la vía privada, dentro de sus limitadas condiciones de
existencia, y por tanto, forzosamente fracasa. Parece que no puede descubrir
nuevamente en sí mismo la grandeza revolucionaria, ni sacar nuevas energías de
los nuevos vínculos que se ha creado, mientras todas las clases con las que ha
luchado en junio no estén tendidas a todo lo largo a su lado mismo. Pero, por
lo menos, sucumbe con los honores de una gran lucha de alcance
histórico-universal; no sólo Francia, sino toda Europa tiembla ante el
terremoto de junio, mientras que las sucesivas derrotas de las clases más altas
se consiguen a tan poca costa, que sólo la insolente exageración del partido
vencedor puede hacerlas pasar por acontecimientos, y son tanto más ignominiosas
cuanto más lejos queda del proletariado el partido que sucumbe.
Ciertamente, la
derrota de los insurrectos de junio había preparado, allanado, el terreno en
que podía cimentarse y erigirse la república burguesa; pero, al mismo tiempo,
había puesto de manifiesto que en Europa se ventilaban otras cuestiones que la
de «república o monarquía». Había revelado que aquí república burguesa
equivalía a despotismo ilimitado de una clase sobre otras. Había demostrado que
en países de vieja civilización, con una formación de clase desarrollada, con
condiciones modernas de producción y con una conciencia intelectual, en la que
todas las ideas tradicionales se hallan disueltas por un trabajo secular, la
república no significa en general más que la forma política de la subversión de
la sociedad burguesa y no su forma conservadora de vida, como, por ejemplo, en
los Estados Unidos de América, donde si bien existen ya clases, éstas no se han
plasmado todavía, sino que cambian constantemente y se ceden unas a otras sus
partes integrantes, en movimiento continuo; donde los medios modernos de
producción, en vez de coincidir con una superpoblación crónica, suplen más bien
la escasez relativa de cabezas y brazos, y donde, por último, el movimiento
febrilmente juvenil de la producción material, que tiene un mundo nuevo que
apropiarse, no ha dejado tiempo ni ocasión para eliminar el viejo mundo
fantasmal.
Durante las
jornadas de junio, todas las clases y todos los partidos se habían unido en un
partido del orden frente a la clase proletaria, como partido de la anarquía,
del socialismo, del comunismo. Habían «salvado» a la sociedad de «los enemigos
de la sociedad». Habían dado a su ejército como santo y seña los tópicos de la
vieja sociedad: «Propiedad, familia, religión y orden», y gritado a la cruzada
contrarrevolucionaria: «¡Bajo este signo, vencerás!» [25]. Desde este instante,
tan pronto como uno cualquiera de los numerosos partidos que se habían agrupado
bajo aquel signo contra los insurrectos de junio, intenta situarse en el
palenque revolucionario en su propio interés de clase, sucumbe al grito de
«¡Propiedad, familia, religión y orden!» La sociedad es salvada cuantas veces
se va restringiendo el círculo de sus dominadores y un interés más exclusivo se
impone al más amplio. Toda reivindicación, aun de la más elemental reforma
financiera burguesa, del liberalismo más vulgar, del más formal republicanismo,
de la más trivial democracia, es castigada en el acto como un «atentado contra
la sociedad» y estigmatizada como «socialismo». Hasta que, por último, los
pontífices de «la religión y el orden» se ven arrojados ellos mismos a
puntapiés de sus sillas píticas [26], sacados de la cama en medio de la noche y
de la niebla, empaquetados en coches celulares, metidos en la cárcel o enviados
al destierro; de su templo no queda piedra sobre piedra, sus bocas son
selladas, sus plumas rotas, su ley desgarrada, en nombre de la religión, de la
propiedad, de la familia y del orden. Burgueses fanáticos del orden son
tiroteados en sus balcones por la soldadesca embriagada, la santidad del hogar
es profanada y sus casas son bombardeadas como pasatiempo, en nombre de la
propiedad, de la familia, de la religión y del orden. La hez de la sociedad
burguesa forma por fin la sagrada falange del orden; y el héroe Krapülinski [*]
se instala en las Tullerías como «salvador de la sociedad».
NOTAS
[7] 209. El
trabajo de Marx "El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte" escrito
basándose en el análisis concreto de los sucesos revolucionarios de Francia
entre 1848 y 1851, es una de las obras más importantes del marxismo. Es de
excepcional importancia la conclusión que hace Marx en el problema de la
actitud del proletariado ante el Estado burgués. «Todas las revoluciones han
perfeccionado esta máquina —dice—, en lugar de romperla» (pág. 488).- 404, 409
[8] 215. La
Montaña de 1793 a 1795: grupo revolucionario democrático de la Convención
durante la revolución burguesa de fines del siglo XVIII en Francia.- 408
[9] 216. Sobre
el golpe de Estado del 18 Brumario véase la nota 87. Por «segunda edición del
18 Brumario» Marx entiende el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851.- 408
[10] Habacuc:
profeta bíblico.- 409
[*] El
republicano de guantes amarillos. (N. de la Edit.)
[11] 217.
Bedlam: manicomio en Londres.- 410
[12] 218. El 10
de diciembre de 1848 Luis Bonaparte fue elegido Presidente de la República
Francesa por sufragio universal.- 410
[13] 219. La
expresión «recordar las ollas de Egipto» procede de una leyenda bíblica: al
huir los hebreos de Egipto, algunos de los pusilánimes, asustados por las
dificultades del camino y por hambre, empezaron a evocar los días del cautiverio,
donde tenían, por lo menos, comida.- 410
[14] 212. El 2
de diciembre de 1851: día del golpe de Estado contrarrevolucionario que
llevaron a cabo en Francia Luis Bonaparte y sus partidarios.- 406, 410
[*] Golpe de
mano, una acción decidida. (N. de la Edit.)
[**] Un acto
arriesgado, arrogante. (N. de la Edit.)
[15] 220. Hic
Rhodus, hic salta! (¡Aquí está Rodas, salta aquí!): palabras de una fábula de
Esopo que trata de un fanfarrón que, invocando testigos, afirmaba que en Rodas
había dado un salto prodigioso. Quienes le escuchaban, contestaron: «¿Para qué
necesitamos testigos? ¡Aquí está Rodas, salta aquí!» Lo que, en sentido
figurado, quiere decir que lo principal está a la vista, y hay que demostrarlo
delante de los presentes.
¡Aquí está la
rosa, baila aquí !: paráfrasis de la cita precedente (Rodos es en griego el
nombre de la isla y, a la vez, significa «rosa») que dio Hegel en el prefacio
del libro "Filosofía del derecho".- 412
[16] 221. Según
la Constitución francesa de 1848, las elecciones de nuevo presidente debían
celebrarse cada cuatro años el segundo domingo del mes de mayo. En mayo de 1852
caducaba el plazo de las funciones presidenciales de Luis Bonaparte.- 412
[17] 222.
Quiliastas (del griego «Kilias», mil): predicadores de la doctrina
místico-religiosa de la segunda venida de Jesucristo y el establecimiento del
«reino milenario» de la justicia, la igualdad y el bienestar generales en la
Tierra.- 412
[***] En el
pecho. (N. de la Edit.)
[18] 92. In
partibus infidelium (literalmente: «en el país de los infieles»): adición al
título de los obispos católicos destinados a cargos puramente nominales en
países no cristianos. Esta expresión la empleaban a menudo Marx y Engels,
aplicada a diversos gobiernos emigrados que se habían formado en el extranjero
sin tener en cuenta alguna la situación real del país.- 194, 307, 412, 438, 480
[19] 223.
Capitolio: cerro de Roma que es en sí una ciudadela fortificada donde se
erigieron los templos de Júpiter, Juno y otros dioses. Según la tradición, en el
año 390 antes de nuestra era, durante la invasión de los galos, Roma se salvó
únicamente merced a los graznidos de las ocas del templo de Juno que
despertaron a la guardia, dormida, del Capitolio.- 412
[20] 224. Se
alude a los denominados «africanistas» o «argelinos». Estos nombres recibían en
Francia los generales y oficiales que habían hecho carrera en las guerras
coloniales contra las tribus argelinas que luchaban por su independencia. En la
Asamblea Nacional Legislativa, los generales africanistas Cavaignac,
Lamoricière y Bedeau encabezaban la minoría republicana.- 412
[*] Goethe.
"Fausto", parte I, esencia III ("Despacho de Fausto"). (N.
de la Edit.)
[21] 98. Guardia
Nacional: milicia voluntaria civil y armada con mandos elegidos que existió en
Francia y algunos países más de Europa Occidental. Se formó por primera vez en
Francia en 1789 a comienzos de la revolución burguesa; existió con intervalos
hasta 1871. Entre 1870 y 1871, la Guardia Nacional de París, en la que se
incluyeron en las condiciones de la guerra franco-prusiana las grandes masas
democráticas, desempeñó un gran papel revolucionario. Fundado en febrero de
1871, su Comité Central encabezó la sublevación proletaria del 18 de marzo de
1871 y en el período inicial de la Comuna de París de 1871 ejerció (hasta el 28
de marzo) la función de primer Gobierno proletario en la historia. Una vez
aplastada la Comuna de París, la Guardia Nacional fue disuelta.- 198, 214, 413
[22] 110. La
monarquía de Julio: período del reinado de Luis Felipe (1830-1848). La
denominación es debida a la revolución de julio.- 210, 414
[23] 121. El 15
de mayo de 1848, durante una manifestación popular, los obreros y artesanos
parisienses penetraron en la sala de sesiones de la Asamblea Constituyente, la
declararon disuelta y formaron un Gobierno revolucionario. Los manifestantes,
sin embargo, no tardaron en ser desalojados por la Guardia Nacional y las
tropas. Los dirigentes de los obreros (Blanqui, Barbès, Albert, Raspail,
Sobrier y otros) fueron detenidos.- 229, 414
[24] 121. La
insurrección de junio: heroica insurrección de los obreros de París entre el 23
y el 26 de junio de 1848, aplastada con excepcional crueldad por la burguesía
francesa. Fue la primera gran guerra civil de la historia entre el proletariado
y la burguesía.- 99, 103, 219, 415
[*] Véase el
presente tomo, pág 224 (N de la Edit.)
[25] 225. Según
la afirmación del historiador romano Eusebio de Cesarea, el emperador
Constantino I vio en el cielo en el año 312, la víspera de la victoria sobre su
rival Majencio, una cruz con la inscripción: «in hoc signo vinces» («bajo este
signo vencerás»).- 416
[26] 226. Se
alude a la pitonisa, sacerdotisa y profetisa del templo de Apolo en Delfos que
anunciaba sus profecías, sentada en un trípode junto al templo.- 416
[*] Luis
Bonaparte. (N. de la Edit.)
Índice
II
Reanudemos el
hilo de los acontecimientos
La historia de
la Asamblea Nacional Constituyente desde las jornadas de junio es la historia
de la dominación y de la disgregación de la fracción burguesa republicana , de
aquella fracción que se conoce por los nombres de republicanos tricolores,
republicanos puros, republicanos políticos, republicanos formalistas, etc.
Bajo la
monarquía burguesa de Luis Felipe, esta fracción había armado la oposición
republicana oficial y era, por tanto, parte integrante reconocida del mundo
político de la época. Tenía sus representantes en las Cámaras y un considerable
campo de acción en la prensa. Su órgano parisino, el "National" [27]
era considerado, a su modo, un órgano tan respetable como el "Journal des
Débats" [28]; a esta posición que ocupaba bajo la monarquía constitucional
correspondía su carácter. No se trata de una fracción de la burguesía mantenida
en cohesión por grandes intereses comunes y deslindada por condiciones
peculiares de producción, sino de una pandilla de burgueses, escritores,
abogados, oficiales y funcionarios de ideas republicanas, cuya influencia
descansaba en las antipatías personales del país contra Luis Felipe, en los
recuerdos de la antigua república, en la fe republicana de un cierto número de
soñadores y sobre todo en el nacionalismo francés, cuyo odio contra los
Tratados de Viena [29] y contra la alianza con Inglaterra atizaba
constantemente esta fracción. Una gran parte de los partidarios que tenía el
"National" bajo Luis Felipe los debía a este imperialismo recatado,
que más tarde, bajo la república, pudo enfrentarse, por tanto, con él, como un
competidor aplastante, en la persona de Luis Bonaparte. Combatía a la
aristocracia financiera, como lo hacía todo el resto de la oposición burguesa.
La polémica contra el presupuesto, que en Francia se hallaba directamente
relacionada con la lucha contra la aristocracia financiera, brindaba una
popularidad demasiado barata y proporcionaba a los leading articles [*]
puritanos materia demasiado abundante, para que no se la explotase. La
burguesía industrial le estaba agradecida por su defensa servil del sistema
proteccionista francés, que él, sin embargo, acogía por razones más bien
nacionales que nacional-económicas; la burguesía, en conjunto, le estaba
agradecida por sus odiosas denuncias contra el comunismo y el socialismo. Por
lo demás, el partido del "National" era puramente republicano, exigía
que el dominio de la burguesía adoptase formas republicanas en vez de
monárquicas, y exigía sobre todo su parte de león en este dominio. Respecto a
las condiciones de esta transformación, no veía absolutamente nada claro. Lo
que, en cambio, veía claro como la luz del sol y lo que se declaraba
públicamente en los banquetes de la reforma en los últimos tiempos del reinado
de Luis Felipe, era su impopularidad entre los pequeños burgueses demócratas y
sobre todo entre el proletariado revolucionario. Estos republicanos puros —los
republicanos puros son así— estaban completamente dispuestos a contentarse por
el momento con una regencia de la Duquesa de Orleáns, cuando estalló la
revolución de febrero y asignó a sus representantes más conocidos un puesto en
el Gobierno provisional. Poseían, de antemano, naturalmente, la confianza de la
burguesía y la mayoría dentro de la Asamblea Nacional Constituyente. De la
Comisión ejecutiva, que se formó en la Asamblea Nacional al reunirse ésta,
fueron inmediatamente excluidos los elementos socialistas del Gobierno
provisional, y el partido del "National" se aprovechó del estallido
de la insurrección de junio para dar el pasaporte a la Comisión ejecutiva, y
desembarazarse así de sus rivales más afines, los republicanos pequeñoburgueses
o republicanos demócratas (Ledru-Rollin, etc.). Cavaignac, el general del
partido republicano burgués, que había dirigido la batalla de junio, sustituyó
a la Comisión ejecutiva con una especie de poder dictatorial. Marrast, antiguo
redactor jefe del "National", se convirtió en el presidente perpetuo
de la Asamblea Nacional Constituyente, y los ministerios y todos los demás
puestos importantes cayeron en manos de los republicanos puros.
La fracción
burguesa republicana, que había venido considerándose desde hacia mucho tiempo
como la legítima heredera de la monarquía de Julio vio así superadas sus
esperanzas más audaces, pero no llegó al poder como soñara bajo Luis Felipe,
por una revuelta liberal de la burguesía contra el trono, sino por una
insurrección, sofocada a cañonazos, del proletariado contra el capital. Lo que
ella se había imaginado como el acontecimiento más revolucionario resultó ser,
en realidad, el más contrarrevolucionario. Le cayó el fruto en el regazo, pero
no cayó del árbol de la vida, sino del árbol del conocimiento.
La exclusiva
dominación de los republicanos burgueses sólo duró desde el 24 de junio hasta
el 10 de diciembre de 1848. Esta etapa se resume en la redacción de una
Constitución republicana, y en la proclamación del estado de sitio en París.
La nueva
Constitución no era, en el fondo, más que una reedición republicanizada de la
Carta Constitucional, de 1830 [30]. El censo electoral restringido de la
monarquía de Julio, que excluía de la dominación política incluso a una gran
parte de la burguesía, era incompatible con la existencia de la república
burguesa. La revolución de febrero había proclamado inmediatamente el sufragio
universal y directo para remplazar el censo restringido. Los republicanos
burgueses no podían deshacer este hecho. Tuvieron que contentarse con añadir la
condición restrictiva de un domicilio mantenido durante seis meses en el punto
electoral. La antigua organización administrativa, municipal, judicial,
militar, etc. se mantuvo intacta, y allí donde la Constitución la modificó,
estas modificaciones afectaban al índice y no al contenido; al nombre, no a la
cosa.
El inevitable
Estado Mayor de las libertades de 1848, la libertad personal, de prensa, de
palabra, de asociación, de reunión, de enseñanza, de culto, etc., recibió un
uniforme constitucional, que hacía a éstas invulnerables. En efecto, cada una
de estas libertades es proclamada como el derecho absoluto del ciudadano
francés, pero con un comentario adicional de que estas libertades son
ilimitadas en tanto en cuanto no son limitadas por los «derechos iguales de
otros y por la seguridad pública», o bien por «leyes» llamadas a armonizar
estas libertades individuales entre sí y con la seguridad pública. Así, por
ejemplo: «Los ciudadanos tienen derecho a asociarse, a reunirse pacíficamente y
sin armas, a formular peticiones y a expresar sus opiniones por medio de la
prensa o de otro modo. El disfrute de estos derechos no tiene más limite que
los derechos iguales de otros y la seguridad pública» (cap. II de la
Constitución francesa, art. 8). «La enseñanza es libre. La libertad de
enseñanza se ejercerá según las condiciones que determina la ley y bajo el
control supremo del Estado» (lugar cit., art. 9). «El domicilio de todo
ciudadano es inviolable, salvo en las condiciones previstas por la ley, (cap.
II, art. 3). Etc., etc. Por tanto, la Constitución se remite constantemente a
futuras leyes orgánicas, que han de precisar y poner en práctica aquellas
reservas y regular el disfrute de estas libertades ilimitadas, de modo que no
choquen entre sí, ni con la seguridad pública. Y estas leyes orgánicas fueron
promulgadas más tarde por los amigos del orden, y todas esas libertades
reguladas de modo que la burguesía no chocase en su disfrute con los derechos
iguales de las otras clases. Allí donde veda completamente «a los otros» estas
libertades, o consiente su disfrute bajo condiciones que son otras tantas
celadas policíacas, lo hace siempre, pura y exclusivamente, en interés de la
«seguridad pública», es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como lo
ordena la Constitución. En lo sucesivo, ambas partes invocan, por tanto, con
pleno derecho, la Constitución: los amigos del orden al anular todas esas
libertades, y los demócratas, al reivindicarlas todas. Cada artículo de la
Constitución contiene, en efecto, su propia antítesis, su propia cámara alta y
su propia cámara baja. En la frase general, la libertad; en el comentario
adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetase el
nombre de la libertad y sólo se impidiese su aplicación real y efectiva —por la
vía legal se entiende—, la existencia constitucional de la libertad permanecía
íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente.
Sin embargo,
esta Constitución, convertida en inviolable de un modo tan sutil, era, como Aquiles,
vulnerable en un punto; no en el talón, sino en la cabeza, o mejor dicho en las
dos cabezas en que culminaba: la Asamblea Legislativa, de una parte, y, de
otra, el presidente. Si se repasa la Constitución, se verá que los únicos
artículos absolutos, positivos, indiscutibles y sin tergiversación posible, son
los que determinan las relaciones entre el presidente y la Asamblea
Legislativa. En efecto, aquí se trataba, para los republicanos burgueses, de
asegurar su propia posición. Los artículos 45-70 de la Contitución están
redactados de tal forma, que la Asamblea Nacional puede eliminar al presidente
de un modo constitucional, mientras que el presidente sólo puede eliminar a la
Asamblea Nacional inconstitucionalmente, desechando la Constitución misma. Aquí,
ella misma provoca, pues, su violenta supresión. No sólo consagra la división
de poderes, como la Carta Constitucional de 1830, sino que la extiende hasta
una contradicción insostenible. El juego de los poderes constitucionales, como
Guizot llamaba a las camorras parlamentarias entre el poder legislativo y el
ejecutivo, juega en la Constitución de 1848 constantemente va banque. De un
lado, 750 representantes del pueblo, elegidos por sufragio universal y
reelegibles, que forman una Asamblea Nacional no fiscalizable, indisoluble e
indivisible, una Asamblea Nacional que goza de omnipotencia legislativa, que
decide en última instancia acerca de la guerra, de la paz y de los tratados
comerciales, la única que tiene el derecho de amnistía y que con su permanencia
ocupa constantemente el primer plano de la escena. De otro lado, el presidente,
con todos los atributos del poder regio, con facultades para nombrar y separar
a sus ministros, independientemente de la Asamblea Nacional, con todos los
medios del poder ejecutivo en sus manos, siendo el que distribuye todos los
puestos y el que, por tanto, decide en Francia la suerte de más de millón y
medio de existencias, que dependen de los 500.000 funcionarios y oficiales de
todos los grados. Tiene bajo su mando todo el poder armado. Goza del privilegio
de indultar a delincuentes individuales, de dejar en suspenso a los guardias
nacionales, de destituir, de acuerdo con el Consejo de Estado, los consejos
generales y cantonales y los ayuntamientos elegidos por los mismos ciudadanos.
La iniciativa y la dirección de todos los tratados con el extranjero son
facultades reservadas a él. Mientras que la Asamblea Nacional actúa
constantemente sobre las tablas, expuesta a la luz del día y a la crítica
pública, el presidente lleva una vida oculta en los Campos Elíseos y, además,
teniendo siempre clavado en los ojos y en el corazón el artículo 45 de la
Constitución, que le grita un día tras otro «frère, il faut mourir!» [*] ¡Tu
poder acaba el segundo domingo del hermoso mes de mayo del cuarto año de tu
elección! ¡Y entonces, todo este esplendor se ha acabado y la función no puede
repetirse, y si tienes deudas mira a tiempo cómo te las arreglas para saldarlas
con los 600.000 francos que te asigna la Constitución, si es que acaso no prefieres
dar con tus huesos en Clichy [31] al segundo lunes del hermoso mes de mayo! A
la par que asigna al presidente el poder efectivo, la Constitución procura
asegurar a la Asamblea Nacional el poder moral. Aparte de que es imposible
atribuir un poder moral mediante los artículos de una ley, la Constitución aquí
vuelve a anularse a sí misma, al disponer que el presidente será elegido por
todos los franceses mediante sufragio universal y directo. Mientras que los
votos de Francia se dispersan entre los 750 diputados de la Asamblea Nacional,
aquí se concentran, por el contrario, en un solo individuo. Mientras que cada
uno de los representantes del pueblo sólo representa a este o a aquel partido,
a esta o aquella ciudad, a esta o aquella cabeza de puente o incluso a la mera
necesidad de elegir a uno cualquiera que haga el número de los 750, sin parar
mientes minuciosamente en la cosa ni en el hombre, él es el elegido de la
nación, y el acto de su elección es el gran triunfo que se juega una vez cada
cuatro años el pueblo soberano. La Asamblea Nacional elegido está en una
relación metafísica con la nación, mientras que el presldente elegido está en
una relación personal. La Asamblea Nacional representa sin duda, en sus
distintos diputados, las múltiples facetas del espíritu nacional, pero en el
presidente se encarna este espíritu. El presidente posee frente a ella una
especie de derecho divino, es presidente por la Gracia del Pueblo.
Tetis, la diosa
del mar, había profetizado a Aquiles que moriría en la flor de la juventud. La
Constitución, que tiene su punto vulnerable, como Aquiles, tenía también como
éste el presentimiento de que moriría de muerte prematura. A los republicanos
puros constituyentes les bastaba con echar desde el reino de nubes de su
república ideal una mirada al mundo profano, para darse cuenta de cómo a medida
que se iban acercando a la consumación de su gran obra de arte legislativo,
crecía por días la insolencia de los monárquicos, de los bonapartistas, de los
demócratas, de los comunistas, y su propio descrédito, sin que, por tanto,
Tetis necesitase abandonar el mar y confiarles el secreto. Intentaron salir
astutamente al paso de la fatalidad con un ardid constitucional, mediante el
artículo 111 de la Constitución, según el cual toda propuesta de revisión
constitucional ha de votarse en tres debates sucesivos, con un intervalo de un
mes entero entre cada debate, por las tres cuartas partes de votantes, por lo
menos, y siempre y cuando que, además, voten no menos de 500 diputados de la
Asamblea Nacional. Con esto no hacían más que el pobre intento de ejercer como
minoría —porque ya se veían proféticamente como tal— un poder que en aquel
momento, en que disponía de la mayoría parlamentaria y de todos los resortes
del poder del Gobierno se les iba escapando por días de las débiles manos.
Finalmente, en
un artículo melodramático, la Constitución se confía «a la vigilancia y al
patriotismo de todo el pueblo francés y de cada francés por separado», después
que en otro artículo anterior había entregado ya los «vigilantes» y «patriotas»
a los tiernos y criminalísimos cuidados del Tribunal Supremo, Haute Cour,
creado expresamente por ella.
Tal era la
Constitución de 1848, que no fue derribada el 2 de diciembre de 1851 por una
cabeza, sino que se vino a tierra al contacto de un simple sombrero; cierto es
que este sombrero era el tricornio napoleónico.
Mientras los
republicanos burgueses de la Asamblea se ocupaban en cavilar, discutir y votar
esta Constitución, Cavaignac mantenía, fuera de la Asamblea, el estado de sitio
en París. El estado de sitio en París fue el comadrón de la Constituyente en
sus dolores republicanos del parto. Si más tarde la Constitución fue muerta por
las bayonetas, no hay que olvidar que también había sido guardada en el vientre
materno y traída al mundo por las bayonetas, por bayonetas vueltas contra el
pueblo. Los antepasados de los «republicanos honestos» habían hecho dar a su
símbolo, la bandera tricolor [32], la vuelta por Europa. Ellos, a su vez,
hicieron también un invento que se abrió por sí mismo paso por todo el
continente, pero retornando a Francia con amor siempre renovado, hasta que
acabó adquiriendo carta de ciudadanía en la mitad de sus departamentos: el
estado de sitio. ¡Magnífico invento, aplicado periódicamente en cada una de las
crisis sucesivas en el curso de la revolución francesa! Y el cuartel y el
vivac, puestos así, periódicamente, por encima äe la sociedad francesa para
aplastarle el cerebro y convertirla en un ser tranquilo; el sable y el
mosquetón, que periódicamente regentaban la justicia y la administración,
ejercían tutela y censura, hacían funciones de policía y oficio de serenos; ål
bigote y la guerrera, que se preconizaban periódicamente como la sabiduría
suprema y como los rectores de la sociedad, ¿no tenían necesariamente el
cuartel y el vivac, el sable y el mosquetón, el bigote y la guerrera, que dar
por último en la ocurrencia de que era mejor salvar a la sociedad de una vez
para siempre, proclamando su propio régimen como el más alto de todos y descargando
por completo a la sociedad burguesa del cuidado de gobernarse por sí misma? El
cuartel y el vivac, el sable y el mosquetón, el bigote y la guerrera tenían
necesariamente que dar en esta ocurrencia, con tanta mayor razón cuanto que de
este modo podían esperar también una mejor recompensa por sus altos servicios,
mientras que limitándose a decretar periódicamente el estado de sitio y a
salvar transitoriamente a la sociedad por encargo de esta o aquella fracción de
la burguesía, se conseguía poco de sólido, fuera de algunos muertos y heridos y
de algunas muecas amistosas de burgueses. ¿Por qué el elemento militar no podía
jugar por fin de una vez al estado de sitio en su propio interés y para su
propio beneficio, sitiando al mismo tiempo las bolsas burguesas? Por lo demás,
no olvidemos, digámoslo de pasada, que el coronel Bernard, aquel mismo
presidente de la Comisión militar que bajo Cavaignac ayudó a mandar a la
deportación, sin juicio, a 15.000 insurrectos, vuelve a hallarse en este
momento a la cabeza de las Comisiones militares que actúan en París.
Si los
republicanos «honestos», los republicanos puros, plantaron con el estado de
sitio de París el vivero en que habían de criarse los pretorianos [33] del 2 de
diciembre de 1851 merecen en cambio que se ensalce en ellos el que, lejos de
exagerar el sentimiento nacional como habían hecho bajo Luis Felipe, ahora,
cuando disponen del poder de la nación, se arrastran a los pies del extranjero,
y en vez de liberar a Italia, hacen que vuelvan a ocuparla los austríacos y los
napolitanos [34]. La elección de Luis Bonaparte como presidente, el 10 de
diciembre de 1848, puso fin a la dictadura de Cavaignac y a la Constituyente.
En el artículo
44 de la Constitución se dice: «El presidente de la República Francesa no
deberá haber perdido nunca la ciudadanía francesa». El primer presidente de la
República Francesa, L. N. Bonaparte, no sólo había perdido la ciudadanía
francesa, no sólo había sido agente especial de la policía inglesa, sino que
era incluso un suizo naturalizado [35].
Ya he expuesto
en otro lugar la significación de las elecciones del 10 de diciembre. No he de
volver aquí sobre esto. Baste observar que fue una reacción de los campesinos,
que habían tenido que pagar el coste de la revolución de febrero, contra las
demás clases de la nación, una reacción del campo contra la ciudad. Esta
reacción encontró gran eco en el ejército, al que los republicanos del
"National" no habían dado fama ni aumento de sueldo; entre la gran
burguesía, que saludó en Bonaparte el puente hacia la monarquía; entre los
proletarios y los pequeños burgueses, que le saludaron como un azote para
Cavaignac. Más adelante he de tener ocasión de examinar más en detalle el papel
de los campesinos en la revolución francesa.
La época que va
desde el 20 de diciembre de 1848 hasta la disolución de la Constituyente en
mayo de 1849, abarca la historia del ocaso de los republicanos burgueses.
Después de haber creado una república para la burguesía, de haber expulsado del
campo de lucha al proletariado revolucionario y de reducir provisionalmente al
silencio a la pequeña burguesía democrática, se ven ellos mismos puestos al
margen por la masa de la burguesía, que con justo derecho embarga a esta
república como cosa de su propiedad. Pero esta masa burguesa era realista. Una
parte de ella, los grandes propietarios de tierras, había dominado bajo la
Restauración [36] y era, por tanto, legitimista . La otra parte, los
aristócratas financieros y los grandes industriales, había dominado bajo la
monarquía de Julio, y era, por consiguiente, orleanista [37] . Los altos
dignatarios del Ejército, de la Universidad, de la Iglesia, del Foro, de la
Academia y de la Prensa se repartían entre ambos campos, aunque en distinta
proporción. Aquí, en la república burguesa, que no ostentaba el nombre de
Borbón ni el nombre de Orleáns, sino el nombre de Capital, habían encontrado la
forma de gobierno bajo la cual podían dominar conjuntamente. Ya la insurrección
de junio los había unido en las filas del «partido del orden» [38] . Ahora, se
trataba ante todo de eliminar a la pandilla de los republicanos burgueses que
ocupaban todavía los escaños de la Asamblea Nacional. Y todo lo que estos
republicanos puros habían tenido de brutales para abusar de la fuerza física
contra el pueblo, lo tuvieron ahora de cobardes, de pusilánimes, de tímidos, de
alicaídos, de incapaces de luchar para mantener su republicanismo y su derecho
de legisladores frente al poder ejecutivo y los realistas. No tengo por qué
relatar aquí la historia ignominiosa de su desintegración. No cayeron, se
acabaron. Su historia ha terminado para siempre, y en el período siguiente ya
sólo figuran, lo mismo dentro que fuera de la Asamblea, como recuerdos,
recuerdos que parecen revivir de nuevo tan pronto como se trata del mero nombre
de República y cuantas veces el conflicto revolucionario amenaza con descender
hasta el nivel más bajo. Diré de pasada que el periódico que dio su nombre a
este partido, el "National", se pasó en el período siguiente al
socialismo.
Antes de
terminar con este período, tenemos que echar todavía una ojeada retrospectiva a
los dos poderes, uno de los cuales anuló al otro el 2 de diciembre de 1851,
mientras que desde el 20 de diciembre de 1848 hasta la disolución de la
Constituyente vivieron en relaciones maritales. Nos referimos, de un lado, a
Luis Bonaparte y, de otro lado, al partido de los realistas coligados, al
partido del orden, al partido de la gran burguesía. Al tomar posesión de la
presidencia, Bonaparte formó inmediatamente un ministerio del partido del
orden, al frente del cual puso a Odilon Barrot, que era, nótese bien, el
antiguo dirigente de la fracción más liberal de la burguesía parlamentaria. Por
fin, el señor Barrot había cazado la cartera de ministro cuyo espectro le
perseguía desde 1830, y más aún, la presidencia del ministerio; pero no como lo
había soñado bajo Luis Felipe, como el jefe más avanzado de la oposición
parlamentaria, sino con la misión de matar un parlamento y como aliado de todos
sus peores enemigos, los jesuitas y los legitimistas. Por fin, pudo casarse con
la novia, pero sólo después de que ésta había sido ya prostituida. En cuanto a
Bonaparte, se eclipsó en apariencia totalmente. Ese partido actuaba por él.
Ya en el primer
consejo de ministros se acordó la expedición a Roma, que se convino en realizar
a espaldas de la Asamblea Nacional y arrancándole a ésta los medios financieros
bajo un pretexto falso. Así comenzó la cosa, estafando a la Asamblea Nacional y
con una conspiración secreta con las potencias absolutistas extranjeras contra
la república revolucionaria romana. Del mismo modo y con la misma maniobra,
Bonaparte preparó su golpe del 2 de diciembre contra la Asamblea Legislativa
realista y su república constitucional. No olvidemos que el mismo partido, que
el 20 de diciembre de 1848 formaba el ministerio de Bonaparte, formaba el 2 de
diciembre de 1851 la mayoría de la Asamblea Nacional Legislativa.
La Constituyente
había acordado en agosto no disolverse hasta después de elaborar y promulgar
toda una serie de leyes orgánicas complementarias de la Constitución. El
partido del orden le propuso el 6 de enero de 1849, por medio del diputado
Rateau, no tocar las leyes orgánicas y acordar más bien su propia disolución.
No sólo el ministerio, con el señor Odilon Barrot a la cabeza, sino todos los
diputados realistas de la Asamblea Nacional le hicieron saber en este momento,
en tono imperativo, que su disolución era necesaria para restablecer el
crédito, para consolidar el orden, para poner fin a aquella indefinida situación
provisional y crear un estado de cosas definitivo; se le dijo que entorpecía la
actividad del nuevo Gobierno y sólo procuraba alargar su vida por rencor, que
el país estaba cansado de ella. Bonaparte tomó nota de todas estas invectivas
contra el poder legislativo, se las aprendió de memoria y, el 2 de diciembre de
1851, demostró a los realistas parlamentarios que había aprovechado sus
lecciones. Repitió contra ellos sus propios tópicos.
El ministerio
Barrot y el partido del orden fueron más allá. Hicieron que de toda Francia se
dirigiesen solicitudes a la Asamblea Nacional pidiendo a ésta muy amablemente
que se retirase. De este modo, lanzaron a la batalla contra la Asamblea
Nacional, expresión constitucionalmente organizada del pueblo, sus masas no
organizadas. Enseñaron a Bonaparte a apelar ante el pueblo contra las asambleas
parlamentarias. Por fin, el 29 de enero de 1849 llegó el día en que la
Constituyente había de resolver el problema de su propia disolución. La
Asamblea Nacional se encontró con el edificio en que se celebraban sus sesiones
ocupado militarmente; Changarnier, el general del partido del orden, en cuyas
manos se concentraba el mando supremo de la Guardia Nacional y las tropas de
línea, celebró en París una gran revista de tropas, como en vísperas de una
batalla, y los realistas coligados declararon conminatoriamente a la
Constituyente, que si no se mostraba sumisa se emplearía la fuerza. Se mostró
sumisa y regateó únicamente un plazo brevísimo de vida. ¿Qué fue el 29 de enero
sino el coup d'état [**] del 2 de diciembre de 1851, sólo que ejecutado por los
realistas juntamente con Bonaparte contra la Asamblea Nacional republicana?
Esos señores realistas no advirtieron o no quisieron advertir que Bonaparte se
valió del 29 de enero de 1849 para hacer que desfilase ante él, por las
Tullerías, una parte de las tropas y se agarró ávidamente a esta primera
demostración pública del poder militar contra el poder parlamentario, para
hacer alusión a Calígula [39]. Claro está que ellos no veían más que a su
Changarnier.
El motivo que
llevó especialmente al partido del orden a acortar violentamente la vida de la
Constituyente fueron las leyes orgánicas complementarias de la Constitución,
como la ley de enseñanza, la ley de cultos, etc. A los realistas coligados les
interesaba en extremo hacer ellos mismos estas leyes y no dejar que las
hiciesen los republicanos ya recelosos. Entre estas leyes orgánicas figuraba
también, sin embargo, una ley sobre la responsabilidad del presidente de la
república. En 1851, la Asamblea Legislativa se ocupaba precisamente de la
redacción de esta ley, cuando Bonaparte paró este coup [***] con el coup del 2
de diciembre. ¡Qué no hubieran dado los realistas coligados, en su campaña
[427] parlamentaria del invierno de 1851, por haberse encontrado ya hecha, la
ley sobre la responsabilidad presidencial! ¡Y hecha, además, por una Asamblea
desconfiada, rencorosa, republicana!
Después de que
la misma Constituyente había roto el 29 de enero de 1849 su última arma, el
ministerio Barrot y los amigos del orden la acosaron a muerte, no dejaron por
hacer nada que pudiera humillarla y arrancaron a su debilidad y a su falta de
confianza en sí misma leyes que le costaron el último residuo de respeto de que
aún gozaba entre el público. Bonaparte, con su idea fija napoleónica, fue lo
suficientemente audaz para explotar públicamente esta degradación del poder
parlamentario. En efecto, cuando el 8 de mayo de 1849 la Asamblea Nacional da
un voto de censura al Gobierno por la ocupación de Civitavecchia por Oudinot y
ordena que se reduzca la expedición romana a su supuesta finalidad, Bonaparte
publica en el "Moniteur" [40], en la tarde del mismo día, una carta a
Oudinot en la que le felicita por sus heroicas hazañas, y se presenta ya, por
oposición a los escritorcillos parlamentarios, como el generoso protector del
ejército. Los realistas, al ver esto, se sonrieron, creyendo sencillamente que
habían logrado embaucarle. Por fin, cuando Marrast, presidente de la
Constituyente, creyó en peligro por un momento la seguridad de la Asamblea
Nacional, y, apoyándose en la Constitución, requirió a un coronel con su
regimiento, el coronel se negó a obedecer, invocó la disciplina y remitió a
Marrast a Changarnier, quien le despidió sardónicamente, diciéndole que no le
gustaban las baïonnettes intelligentes [****]. En noviembre de 1851, cuando los
realistas coligados quisieron comenzar la lucha decisiva contra Bonaparte,
intentaron, con su célebre proyecto de ley sobre los cuestores [41], lograr que
se adoptara el principio de la requisición directa de las tropas por el
presidente de la Asamblea Nacional. Uno de sus generales, Le Flô, había
suscrito el proyecto de ley. Fue inútil que Changarnier votase en favor de la
propuesta y que Thiers rindiese homenaje a la circunspecta sabiduría de la
antigua Constituyente. El ministro de la Guerra, St. Arnaud, le contestó como
Changarnier había contestado a Marrast, ¡y entre los gritos de aplauso de la
Montaña!
Así fue cómo el
mismo partido del orden, cuando todavía no era Asamblea Nacional, cuando sólo
era ministerio, estigmatizó el régimen parlamentario. ¡Y pone el grito en el
cielo, cuando, el 2 de diciembre de 1851, este régimen es desterrado de
Francia!
¡Le deseamos
feliz viaje!
NOTAS
[27] 113.
"Le National" (El Nacional): diario francés; se publicó en París de
1830 a 1851; órgano de los republicanos burgueses moderados. Los representantes
más destacados de esta corriente en el Gobierno Provisional eran Marrast,
Bastide y Garnier-Pagés.- 214, 417
[28] 123. Se
alude al artículo de fondo del "Journal des Débats" del 28 de agosto
de 1848.
"Journal
des Débats politiques et littéraries" (Periódico de los debates políticos
y literarios"): diario burgués francés fundado en París en 1789. Durante
la monarquía de Julio fue el periódico gubernamental, órgano de la burguesía
orleanista. Durante la revolución de 1848, el periódico expresaba las opiniones
de la burguesía contrarrevolucionaria agrupada en el denominado partido del
orden.- 235, 352, 417
[29] 227.
Tratados de Viena: tratados concertados en Viena (mayo-junio de 1815) por los
Estados que habían participado en las guerras napoleónicas (véase la nota
170).- 417
[*] Editoriales.
(N. de la Edit.)
[30] 228. La
Carta Constitucional fue aprobada después de la revolución burguesa de 1830 en
Francia. Era la ley fundamental de la monarquía de Julio. Proclamaba
formalmente los derechos soberanos de la nación y restringía un tanto el poder
del monarca.- 419
[*] Frère, il
faut mourir! («¡Hermano, hay que morir!»), palabras con que se saludaban entre
sí los miembros de la orden de los monjes católicos trapenses. (N. de la Edit.)
[31] 229.
Clichy: cárcel de París donde se recluía a los deudores insolventes (desde 1826
hasta 1867).- 421, 458
[32] 115.
Durante los primeros días de la existencia de la República Francesa se planteó
la cuestión de elegir la bandera nacional. Los obreros revolucionarios de París
exigían que se declarase enseña nacional la bandera roja que enarbolaran los
obreros de los suburbios de la capital durante la insurrección de junio de
1832. Los representantes de la burguesía insistían en que se eligiera la
tricolor (azul, blanca y roja), que había sido la bandera de Francia durante la
revolución burguesa de fines del siglo XVIII y del imperio de Napoleón I. Esta
bandera había sido también, antes de la revolución de 1848, el emblema de los
republicanos burgueses que se agrupaban en torno al periódico "Le
National". Los representantes de los obreros se vieron obligados a acceder
a que la bandera nacional de la República Francesa fuese declarada la tricolor.
No obstante, al asta de la bandera se adhirió una escarapela roja.- 218, 422
[33] 230.
Pretorianos: denominación que se daba en la Roma antigua a la guardia personal
privilegiada de los jefes militares o del emperador; participaban siempre en
los motines interiores y llevaban a menudo al trono a personeros suyos. Aquí se
trata de la Sociedad del 10 de diciembre (véase el presente tomo, págs.
453-455).- 423
[34] 231. Se
alude a la participación conjunta del Reino napolitano y Austria en la
intervención contra la República Romana en mayo-julio de 1849.- 423
[35] 232. Marx
se refiere a los siguientes hechos de la biografía de Luis Bonaparte: en 1832
Luis Bonaparte adoptó la nacionalidad suiza en el cantón de Thurgau; en 1848,
durante su estancia en Inglaterra, se hizo voluntariamente constable especial
(en Inglaterra, reserva policíaca entre la población civil).- 423
[36] 131. Sobre
la restauración en Francia véase la nota 58.- 256, 424
[37] 93. Se
trata de los dos partidos monárquicos de la burguesía francesa de la primera
mitad del siglo XIX, o sea, de los legitimistas (véase la nota 59) y de los
orleanistas.
Orleanistas:
partidarios de los duques de Orleáns, rama menor de la dinastía de los
Borbones, que se mantuvo en el poder desde la revolución de Julio de 1830 hasta
la revolución de 1848; representaban los intereses de la aristocracia
financiera y la gran burguesía.
Durante la
Segunda república (1848-1851), los dos grupos monárquicos constituyeron el
núcleo del «partido del orden», un partido conservador unificado.- 197, 227,
424
[38] 130.
Partido del orden: surgió en 1848 como partido de la gran burguesía
conservadora; era una coalición de las dos fracciones monárquicas de Francia,
es decir, de los legitimistas y los orleanistas (véanse las notas 59 y 63);
desde 1849 hasta el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 ocupaba una
posición rectora en la Asamblea Legislativa de la Segunda República.- 256, 424
[**] Golpe de
Estado. (N. de la Edit.)
[39] 233. El
emperador romano Calígula (37-41) fue elevado al trono por la guardia
pretoriana.- 426
[***] Golpe. (N.
de la Edit.)
[40] 116.
"Le Moniteur universel" ("El Heraldo universal"): diario
francés, órgano oficial del Gobierno; aparecía en París desde 1789 hasta 1901.
En las páginas de "Le Moniteur" se insertaban obligatoriamente las
disposiciones y decretos del Gobierno, informaciones de los debates
parlamentarios y otros documentos oficiales; en 1848 se publicaban también en
este periódico informaciones de las reuniones de la Comisión de Luxemburgo.-
219, 497
[****] Las
bayonetas inteligentes. (N. de la Edit.)
[41] 234. Se
llamaban cuestores en la Asamblea Legislativa a los encargados de administrar
la hacienda pública y velar por su seguridad (por analogía con los cuestores de
la Roma antigua). El proyecto de ley sobre la concesión al presidente de la
Asamblea Nacional del derecho de llamar a las tropas fue presentado por los
cuestores realistas Le Flô, Baze y Panat el 6 de noviembre de 1851, y tras de suscitar
violentos debates, fue rechazado el 17 de noviembre.- 427
III
El 28 de mayo de
1849 se reunió la Asamblea Nacional Legislativa. El 2 de diciembre de 1851 fue
disuelta por la fuerza. Este período abarca la vida de la república
constitucional o parlamentaria.
En la primera
revolución francesa, a la dominación de los constitucionales le sigue la
dominación de los girondinos, y a la dominación de los girondinos, la de los
jacobinos [42] . Cada uno de estos partidos se apoya en el que se halla delante.
Tan pronto como ha impulsado la revolución lo suficiente para no poder
seguirla, y mucho menos para poder encabezarla, es desplazado y enviado a la
guillotina por el aliado, más intrépido, que está detrás de él. La revolución
se mueve de este modo en un sentido ascensional.
En la revolución
de 1848 es al revés. El partido proletario aparece como apéndice del
pequeñoburgués-democrático. Este le traiciona y contribuye a su derrota el 16
de abril [43] , el 15 de mayo y en las jornadas de junio. A su vez, el partido
democrático se apoya sobre los hombros del republicano-burgués. Apenas se
consideran seguros, los republicanos burgueses se sacuden el molesto camarada y
se apoyan, a su vez, sobre los hombros del partido del orden. El partido del
orden levanta sus hombros, deja caer a los republicanos burgueses dando
volteretas y salta, a su vez, a los hombros del poder armado. Y cuando cree que
está todavía sentado sobre esos hombros, una buena mañana se encuentra con que
los hombros se han convertido en bayonetas. Cada partido da coces al que empuja
hacia adelante y se apoya en las espaldas del partido que impulsa para atrás.
No es extraño que, en esta ridícula postura, pierda el equilibrio y se venga a
tierra entre extrañas cabriolas, después de hacer las muecas inevitables. De
este modo, la revolución se mueve en sentido descendente. En este movimiento de
retroceso se encuentra todavía antes de desmontarse la última barricada de
febrero y de constituirse el primer órgano de autoridad revolucionaria.
El período que
tenemos ante nosotros abarca la mezcolanza más abigarrada de clamorosas
contradicciones: constitucionales que conspiran abiertamente contra la
Constitución, revolucionarios que confiesan abiertamente ser constitucionales,
una Asamblea Nacional que quiere ser omnipotente y no deja de ser ni un solo
momento parlamentaria; una Montaña que encuentra su misión en la resignación y
para los golpes de sus derrotas presentes con la profecía de victorias futuras;
realistas que son los patres conscripti [*] de la república y se ven obligados
por la situación a mantener en el extranjero las dinastías reales en pugna, de
que son partidarios, y sostener en Francia la república, a la que odian; un
poder ejecutivo que encuentra en su misma debilidad su fuerza, y su respetabilidad
en el desprecio que inspira; una república que no es más que la infamia
combinada de dos monarquías, la de la Restauración y la de Julio, con una
etiqueta imperial; alianzas cuya primera cláusula es la separación; luchas cuya
primera ley es la indecisión; en nombre de la calma una agitación desenfrenada
y vacua; en nombre de la revolución los más solemnes sermones en favor de la
tranquilidad; pasiones sin verdad; verdades sin pasión; héroes sin hazañas
heroicas; historia sin acontecimientos; un proceso cuya única fuerza propulsora
parece ser el calendario, fatigoso por la sempiterna repetición de tensiones y
relajamientos; antagonismos que sólo parecen exaltarse periódicamente para
embotarse y decaer, sin poder resolverse; esfuerzos pretenciosamente ostentados
y espantos burgueses ante el peligro del fin del mundo y al mismo tiempo los
salvadores de éste tejiendo las más mezquinas intrigas y comedias palaciegas,
que en su laisser aller [*]* recuerdan más que el Juicio Final los tiempos de
la Fronda [44]; el genio colectivo oficial de Francia ultrajado por la
estupidez ladina de un solo individuo; la voluntad colectiva de la nación,
cuantas veces habla en el sufragio universal, busca su expresión adecuada en
los enemigos empedernidos de los intereses de las masas, hasta que, por último,
la encuentra en la voluntad obstinada de un filibustero. Si hay pasaje de la
historia pintado en gris sobre fondo gris, es éste. Hombres y acontecimientos
aparecen como un Schlemihl [45] a la inversa, como sombras que han perdido sus
cuerpos. La misma revolución paraliza a sus propios portadores y sólo dota de
violencia pasional a sus adversarios. Y cuando, por fin, aparece el «espectro
rojo», constantemente evocado y conjurado por los contrarrevolucionarios, no
aparece tocado con el gorro frigio [46] de la anarquía, sino vistiendo el
uniforme del orden, con zaragüelles rojos.
Veíamos que el
ministerio nombrado por Bonaparte el 20 de diciembre de 1848, el día de su
ascensión, era un ministerio del partido del orden, de la coalición legitimista
y orleanista. Este ministerio, Barrot-Falleux, había sobrevivido a la
Constituyente republicana, cuya vida había acortado de un modo más o menos
violento, y empuñaba todavía el timón. Changarnier, el general de los realistas
coligados, seguía concentrando en su persona el alto mando de la primera
división militar y de la Guardia Nacional de París. Finalmente, las elecciones
generales habían asegurado al partido del orden la gran mayoría en la Asamblea
Nacional. Aquí, los diputados y los pares de Luis Felipe se encontraron con un
santo tropel de legitimistas para quienes numerosas papeletas electorales de la
nación se habían trocado en entradas para la escena política. Los diputados
bonapartistas eran demasiado contados para poder formar un partido
parlamentario independiente. Sólo aparecían como una mauvaise queue [*] del
partido del orden. Como vemos, el partido del orden tenía en sus manos el poder
del Gobierno, el ejército y el cuerpo legislativo; en una palabra, todos los
poderes del Estado, y hallábase fortalecido moralmente por las elecciones
generales que hacían aparecer su dominación como voluntad del pueblo, y por la
victoria simultánea de la contrarrevolución en todo el continente europeo.
Jamás un partido
abrió la campaña con medios más abundantes ni bajo mejores auspicios.
Los republicanos
puros naufragados se vieron reducidos en la Asamblea Nacional Legislativa a una
pandilla de unos 50 hombres, y a su frente los generales africanos Cavaignac,
Lamoricière y Bedeau. Pero el gran partido de oposición lo formaba la Montaña.
Con este nombre parlamentario se había bautizado el partido socialdemócrata.
Disponía de más de 200 de los 750 votos de la Asamblea Nacional y era, por lo
menos, tan fuerte como cualquiera de las tres fracciones del partido del orden
por separado. Su minoría relativa frente a toda la coalición realista parecía
estar compensada por circunstancias especiales. No sólo porque las elecciones
departamentales pusieron de manifiesto que este partido había ganado simpatías
considerables entre la población del campo. Contaba además en sus filas con
casi todos los diputados de París, el ejército había hecho una confesión de fe
democrática mediante la elección de tres suboficiales, y el jefe de la Montaña,
Ledru-Rollin, a diferencia de todos los representantes del partido del orden,
fue elevado al rango de la nobleza parlamentaria por cinco departamentos que
habían concentrado sus votos en él. Por tanto, el 28 de mayo de 1849, dados los
inevitables choques intestinos de los realistas y los de todo el partido del
orden con Bonaparte, la Montaña parecía contar con todas las probabilidades de
éxito. Catorce días después lo había perdido todo, hasta el honor.
Antes de
proseguir con la historia parlamentaria, son indispensables algunas
observaciones, para evitar los errores corrientes acerca del carácter total de
la época que nos ocupa. Según la manera de ver de los demócratas, durante el
período de la Asamblea Nacional Legislativa el problema es el mismo que el del
período de la Constituyente: la simple lucha entre republicanos y realistas. En
cuanto al movimiento mismo lo encierran en un tópico: «reacción», la noche, en
la que todos los gatos son pardos y que les permite salmodiar todos sus
habituales lugares comunes, dignos de su papel de sereno. Y, ciertamente, a
primera vista el partido del orden parece un ovillo de diversas fracciones
realistas, que no sólo intrigan unas contra otras para elevar cada cual al
trono a su propio pretendiente y eliminar al del bando contrario, sino que,
además, se unen todas en el odio común y en los ataques comunes contra la
«república». Por su parte, la Montaña aparece como la representante de la
«república» frente a esta conspiración realista. El partido del orden aparece
constantemente ocupado en una «reacción» que, ni más ni menos que en Prusia, va
contra la prensa, contra la asociación, etc., y se traduce, al igual que en
Prusia, en brutales ingerencias policíacas de la burocracia, de la gendarmería
y de los tribunales. A su vez, la Montaña está constantemente ocupada con no
menos celo en repeler estos ataques, defendiendo así los «eternos derechos
humanos», como todo partido sedicente popular lo viene haciendo más o menos
desde hace siglo y medio. Sin embargo, examinando más de cerca la situación y
los partidos, se esfuma esta apariencia superficial, que vela la lucha de
clases y la peculiar fisonomía de este período.
Legitimistas y
orleanistas formaban, como queda dicho, las dos grandes fracciones del partido
del orden. ¿Qué era lo que hacía que estas fracciones se aferrasen a sus
pretendientes y las mantenía mutuamente separadas? ¿Serían tan sólo las flores
de lis [47] y la bandera tricolor, la Casa de Borbón y la Casa de Orleáns,
diferentes matices del realismo o, en general, su profesión de fe realista?
Bajo los Borbones había gobernado la gran propiedad territorial, con sus curas
y sus lacayos; bajo los Orleáns, la alta finanza, la gran industria, el gran
comercio, es decir, el capital, con todo su séquito de abogados, profesores y retóricos.
La monarquía legítima no era más que la expresión política de la dominación
heredada de los señores de la tierra, del mismo modo que la monarquía de Julio
no era más que la expresión política de la dominación usurpada de los
advenedizos burgueses. Lo que, por tanto, separaba a estas fracciones no era
eso que llaman principios, eran sus condiciones materiales de vida, dos
especies distintas de propiedad; era el viejo antagonismo entre la ciudad y el
campo, la rivalidad entre el capital y la propiedad del suelo. Que, al mismo
tiempo, había viejos recuerdos, enemistades personales, temores y esperanzas,
prejuicios e ilusiones, simpatías y antipatías, convicciones, artículos de fe y
principios que los mantenían unidos a una u otra dinastía, ¿quién lo niega?
Sobre las diversas formas de propiedad y sobre las condiciones sociales de
existencia se levanta toda una superestructura de sentimientos, ilusiones,
modos de pensar y concepciones de vida diversos y plasmados de un modo
peculiar. La clase entera los crea y los forma derivándolos de sus bases
materiales y de las relaciones sociales correspondientes. El individuo suelto,
a quien se le imbuye la tradición y la educación, podrá creer que son los
verdaderos móviles y el punto de partida de su conducta. Aunque los orleanistas
y los legitimistas; aunque cada fracción se esforzase por convencerse a sí
misma y por convencer a la otra de que lo que las separaba era la lealtad a sus
dos dinastías, los hechos demostraron más tarde que eran más bien sus intereses
divididos lo que impedía que las dos dinastías se uniesen. Y así como en la
vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo
que realmente es y hace, en las luchas históricas hay que distinguir todavía
más entre las frases y las figuraciones de los partidos y su organismo efectivo
y sus intereses efectivos, entre lo que se imaginan ser y lo que en realidad
son. Orleanistas y legitimistas se encontraron en la república los unos junto a
los otros y con idénticas pretensiones. Si cada parte quería imponer frente a
la otra la restauración de su propia dinastía, esto sólo significaba una cosa:
que cada uno de los dos grandes intereses en que se divide la burguesía —la
propiedad del suelo y el capital— aspiraba a restaurar su propia supremacía y
la subordinación del otro. Hablamos de dos intereses de la burguesía, pues la
gran propiedad del suelo, pese a su coquetería feudal y a su orgullo de casta,
estaba completamente aburguesada por el desarrollo de la sociedad moderna.
También los tories en Inglaterra se hicieron durante mucho tiempo la ilusión de
creer que se entusiasmaban con la monarquía, la Iglesia y las bellezas de la
vieja Constitución inglesa, hasta que llegó el día del peligro y les arrancó la
confesión de que sólo se entusiasmaban con la renta del suelo.
Los realistas
coligados intrigaban unos contra otros en la prensa, en Ems [48], en Claremont
{141}, fuera del parlamento. Entre bastidores, volvían a vestir sus viejas
libreas orleanistas y legitimistas y reanudaban sus viejos torneos. Pero en la
escena pública, en sus grandes representaciones cívicas, como gran partido
parlamentario, despachaban a sus respectivas dinastías con simples reverencias
y aplazaban la restauración de la monarquía in infinitum [*]. Cumplían con su verdadero
oficio como partido del orden, es decir, bajo un título social y no bajo un
título político, como representantes del régimen social burgués y no como
caballeros de ninguna princesa peregrinante, como clase burguesa frente a otras
clases y no como realistas frente a republicanos. Y, como partido del orden,
ejercieron una dominación más ilimitada y más dura sobre las demás clases de la
sociedad que la que habían ejercido nunca bajo la Restauración o bajo la
monarquía de Julio, como sólo era posible ejercerla bajo la forma de la
república parlamentaria, pues sólo bajo esta forma podían unirse los dos
grandes sectores de la burguesía francesa, y por tanto poner a la orden del día
la dominación de su clase en vez del régimen de un sector privilegiado de ella.
Si, a pesar de esto y también como partido del orden, insultaban a la república
y manifestaban la repugnancia que sentían por ella, no era sólo por apego a sus
recuerdos realistas. El instinto les enseñaba que, aunque la república había
coronado su dominación política, al mismo tiempo socavaba su base social, ya
que ahora se enfrentaban con las clases sojuzgadas y tenían que luchar con
ellas sin ningún género de mediación, sin poder ocultarse detrás de la corona,
sin poder desviar el interés de la nación mediante sus luchas subalternas
intestinas y con la monarquía. Era un sentimiento de debilidad el que los hacía
retroceder temblando ante las condiciones puras de su dominación de clase y
suspirar por las formas más incompletas, menos desarrolladas y precisamente por
ello menos peligrosas de su dominación. En cambio, cuantas veces los realistas
coligados chocan con el pretendiente que tienen enfrente, con Bonaparte,
cuantas veces creen que el poder ejecutivo hace peligrar su omnipotencia
parlamentaria, cuantas veces tienen que exhibir, por tanto, el título político
de su dominación, actúan como republicanos y no como realistas. Desde el
orleanista Thiers, quien advierte a la Asamblea Nacional que la república es lo
que menos los separa, hasta el legitimista Berryer, que el 2 de diciembre de
1851, ceñido con la banda tricolor, arenga como tribuno, en nombre de la
república, al pueblo congregado delante del edificio de la alcaldía del décimo
arrondissement [*]. Claro está que el eco burlón le contestaba con este grito:
Henri V! Henri V! [*]*
IV
A mediados de
octubre de 1849 reanudó sus sesiones la Asamblea Nacional. El 1 de noviembre,
Bonaparte la sorprendió con un mensaje en el que le anunciaba la destitución
del ministerio Barrot-Falloux y la formación de un nuevo ministerio. Jamás se
ha arrojado a lacayos de su puesto con menos cumplidos que Bonaparte a sus
ministros. Los puntapiés destinados a la Asamblea Nacional los recibían, por el
momento, Barrot y Compañía.
El ministerio
Barrot estaba compuesto, como hemos visto, por legitimistas y orleanistas, era
un ministerio del partido del orden. Bonaparte había necesitado de él para
disolver la Constituyente republicana, poner por obra la expedición contra Roma
y destrozar el partido democrático. El se había eclipsado aparentemente detrás
de este ministerio, entregando el poder del Gobierno en manos del partido del
orden y poniéndose la careta de modestia que bajo Luis Felipe llevaba el
gerente responsable de los periódicos, la careta del homme de paille [*]. Ahora
se quitó la máscara, que no era va velo sutil detrás del que podía ocultar su
fisonomía, sino la máscara de hierro que le impedía mostrar una fisonomía
propia. Había constituido el ministerio Barrot para hacer saltar, en nombre del
partido del orden, la Asamblea Nacional republicana; y lo destituyó para
declarar a su propio nombre independiente de la Asamblea Nacional del partido
del orden.
Pretextos
plausibles para esta destitución no faltaban. El ministerio Barrot descuidaba
incluso las formas de decoro que habrían hecho aparecer al presidente de la
república como un poder al lado de la Asamblea Nacional. Durante las vacaciones
parlamentarias Bonaparte publicó una carta dirigida a Edgar Ney en la que
parecía desaprobar la actuación iliberal del papa [**], del mismo modo que
había publicado, en oposición a la Constituyente, otra carta en la que elogiaba
a Oudinot por su ataque contra la República de Roma . Al votarse en la Asamblea
Nacional el presupuesto de la expedición romana, Víctor Hugo, por un supuesto
liberalismo, puso a discusión esa carta. El partido del orden ahogó entre
exclamaciones despectivamente incrédulas la ocurrencia de que las ocurrencias
de Bonaparte pudieran tener la menor importancia política. Ninguno de los
ministros recogió el guante en su favor. En otra ocasión, Barrot, con su
conocido patetismo vacuo, dejó escapar desde la tribuna palabras de indignación
contra los «manejos abominables» en que, según su testimonio, andaban las
personas más cercanas al presidente. Por último, el ministerio, a la par que
hacía aprobar por la Asamblea Nacional una pensión de viudedad para la Duquesa
de Orleáns, rechazaba todas las propuestas para aumentar la lista civil de la
presidencia. Y en Bonaparte, el pretendiente imperial se fundía tan íntimamente
con el caballero de industria arruinado, que una gran idea, la de su misión de
restaurador del imperio, se complementaba siempre con otra: la de que el pueblo
francés tenía la misión de saldar sus deudas.
El ministerio
Barrot-Falloux fue el primero y el último ministerio parlamentario nombrado por
Bonaparte. Por eso su destitución señala un viraje decisivo. Con él, el partido
del orden perdió, para no recuperarlo jamás, un puesto indispensable para
afirmar el régimen parlamentario, el asidero del poder ejecutivo. Se comprende
inmediatamente que en un país como Francia, donde el poder ejecutivo dispone de
un ejército de funcionarios de más de medio millón de individuos y tiene por
tanto constantemente bajo su dependencia más incondicional a una masa inmensa
de intereses y existencias, donde el Estado tiene atada, fiscalizada, regulada,
vigilada y tutelada a la sociedad civil, desde sus manifestaciones más amplias
de vida hasta sus vibraciones más insignificantes, desde sus modalidades más
generales de existencia hasta la existencia privada de los individuos, donde
este cuerpo parasitario adquiere, por medio de una centralización
extraordinaria, una ubicuidad, una omnisciencia, una capacidad acelerada de
movimientos y una elasticidad que sólo encuentran correspondencia en la
dependencia desamparada, en el carácter caóticamente informe del auténtico
cuerpo social, se comprende que en un país semejante, al perder la posibilidad
de disponer de los puestos ministeriales, la Asamblea Nacional perdía toda influencia
efectiva, si al mismo tiempo no simplificaba la administración del Estado, no
reducía todo lo posible el ejército de funcionarios y finalmente no dejaba a la
sociedad civil y a la opinión pública crearse sus órganos propios,
independientes del poder del Gobierno. Pero, el interés material de la
burguesía francesa está precisamente entretejido del modo más íntimo con la
conservación de esa extensa y ramificadísima maquinaria del Estado. Coloca aquí
a su población sobrante y completa en forma de sueldos del Estado lo que no
puede embolsarse en forma de beneficios, intereses, rentas y honorarios. De
otra parte, su interés político la obligaba a aumentar diariamente la
represión, y por tanto los recursos y el personal del poder del Estado, a la
par que se veía obligada a sostener una guerra ininterrumpida contra la opinión
pública y mutilar y paralizar recelosamente los órganos independientes de
movimiento de la sociedad, allí donde no conseguía amputarlos por completo. De
este modo, la burguesía francesa veíase forzada, por su situación de clase, de
una parte, a destruir las condiciones de vida de todo poder parlamentario,
incluyendo, por tanto, el suyo propio, y, de otra, a hacer irresistible el
poder ejecutivo hostil a ella.
El nuevo
ministerio llamábase el ministerio d'Hautpoul. No porque el general d'Hautpoul
hubiese obtenido el rango de presidente del Consejo. Con Barrot, Bonaparte
había suprimido prácticamente esta dignidad, que condenaba al presidente de la
república, ciertamente, a la nulidad legal de un rey constitucional, pero de un
rey constitucional sin trono y sin corona, sin cetro y sin espada, sin atributo
de la irresponsabilidad, sin la posesión imprescriptible de la suprema dignidad
del Estado y, lo más fatal de todo, sin lista civil. En el ministerio de
d'Hautpoul no había más que un hombre de fama parlamentaria, el prestamista
Fould, uno de los miembros de peor reputación de la alta finanza. Le tocó en
suerte la cartera de Hacienda. Consúltense las cotizaciones de la Bolsa de
París y se verá que, desde el 1 de noviembre de 1849, los fondos franceses
suben y bajan con las subidas y bajadas de las acciones bonapartistas. Habiendo
encontrado así su aliado en la Bolsa, Bonaparte se adueñó, al mismo tiempo, de
la policía mediante el nombramiento de Carlier para prefecto de la policía de
París.
Sin embargo, las
consecuencias del cambio de ministerios sólo podían revelarse conforme fuesen
desarrollándose las cosas. Por el momento, Bonaparte sólo había dado un paso
adelante para luego verse empujado hacia atrás de un modo tanto más visible. A
su agrio mensaje, siguió la declaración más servil de sumisión a la Asamblea
Nacional. Cuantas veces los ministros hacían el tímido intento de presentar
como proyectos de ley sus caprichos personales, ellos mismos parecían cumplir a
regañadientes un mandato grotesco, obligados tan sólo por su posición y
convencidos de antemano de la falta de éxito. Cuantas veces Bonaparte, a
espaldas de sus ministros, se iba de la lengua hablando de sus intenciones y
jugando con sus idées napoléoniennes 24, sus mismos ministros le desautorizaban
desde lo alto de la tribuna de la Asamblea Nacional. Parecía como si sus
apetitos usurpadores sólo se exteriorizasen para que no se acallasen las risas
malignas de sus adversarios. Se comportaba como un genio ignorado, considerado
por el mundo entero como un bobo. Jamás fue objeto del desprecio de todas las
clases de un modo más completo que durante este período. Jamás la burguesía
dominó de un modo más incondicional, jamás hizo una ostentación más jactanciosa
de las insignias de su dominación.
No me propongo
escribir aquí la historia de sus actividades legislativas, que se resume,
durante este período, en dos leyes: la ley restableciendo el impuesto sobre el
vino y la ley de enseñanza, que suprime la incredulidad religiosa. Si a los
franceses se les ponían obstáculos para beber vino, en cambio se les servía con
tanta mayor abundancia el agua de la vida justa. Si en la ley sobre el impuesto
del vino la burguesía declaraba intangible el antiguo odioso sistema fiscal
francés, con la ley de enseñanza intentaba asegurar el antiguo estado de ánimo
de las masas, que lo hacía soportar. Se asombra uno de ver a los orleanistas, a
los burgueses liberales, estos viejos apóstoles del volterianismo y de la
filosofía ecléctica, confiar a sus enemigos hereditarios, los jesuitas, la
administración del espíritu francés. Pero, orleanistas y legitimistas, aunque
discrepasen en lo que se refería al pretendiente a la corona, comprendían que
su dominación coligada exigía unir los medios de opresión de dos épocas, que
los medios de sojuzgamiento de la monarquía de Julio debían completarse y
fortalecerse con los medios de sojuzgamiento de la Restauración.
Los campesinos,
defraudados en todas sus esperanzas, oprimidos más que nunca, de una parte, por
el bajo nivel de los precios de los cereales y, de otra parte, por la carga de
las contribuciones y por el endeudamiento hipotecario, cada vez mayores,
comenzaron a agitarse en los departamentos. Se les contestó con una batida
furiosa contra los maestros de escuela, que fueron sometidos al cura, contra
los alcaldes, que fueron sometidos al prefecto, y con un sistema de espionaje,
al que quedaron sometidos todos. En París y en las grandes ciudades, la
reacción misma presenta la fisonomía de su época y provoca más de lo que
reprime. En el campo, se hace baja, vulgar, mezquina, agobiante, vejatoria; en
una palabra, el gendarme. Se comprende hasta qué punto tres años de régimen del
gendarme, bendecido por el régimen del cura, tenía que desmoralizar a masas
incultas.
Por grande que
fuese la suma de pasión y declamación que el partido del orden derrochase desde
lo alto de la tribuna de la Asamblea Nacional contra la minoría, sus discursos
eran monosilábicos, como los del cristiano, que ha de decir: sí, sí; no, no.
Monosilábicos en la tribuna y monosilábicos en la prensa. Insulsos como los
acertijos cuya solución se sabe de antemano. Ya se trate del derecho de
petición o del impuesto sobre el vino, de la libertad de prensa o de la
libertad de comercio, de los clubs o del reglamento municipal, de la protección
de la libertad personal o de la regulación del presupuesto del Estado, la
consigna se repite siempre, el tema es siempre el mismo, el fallo está siempre
preparado y reza invariablemente: «¡Socialismo!» Se presenta como socialista
hasta el liberalismo burgués, como socialista la ilustración burguesa, como
socialista la reforma financiera burguesa. Era socialista construir un
ferrocarril donde había ya un canal y socialista defenderse con el palo cuando
le atacaban a uno con la espada.
Y esto no era
mera retórica, moda, táctica de partido. La burguesía tenía la conciencia
exacta de que todas las armas forjadas por ella contra el feudalismo se volvían
contra ella misma, de que todos los medios de cultura alumbrados por ella se
rebelaban contra su propia civilización, de que todos los dioses que había
creado la abandonaban. Comprendía que todas las llamadas libertades civiles y
los organismos de progreso atacaban y amenazaban, al mismo tiempo, en la base
social y en la cúspide política, a su dominación de clase, y por tanto se
habían convertido en «socialistas». En esta amenaza y en este ataque veía con
razón el secreto del socialismo, cuyo sentido y cuya tendencia juzgaba ella más
exactamente que se sabe juzgar a sí mismo el llamado socialismo, el cual no
puede comprender por ello cómo la burguesía se cierra a cal y canto contra él,
ya gima sentimentalmente sobre los dolores de la humanidad, ya anuncie
cristianamente el reino milenario y la fraternidad universal, ya chochee
humanísticamente hablando de ingenio, cultura, libertad o cavile doctrinalmente
un sistema de conciliación y bienestar de todas las clases sociales. Lo que no
comprendía la burguesía era la consecuencia de que su mismo régimen
parlamentario, de que su dominación política en general tenía que caer también
bajo la condenación general, como socialista. Mientras la dominación de la
clase burguesa no se hubiese organizado íntegramente, no hubiese adquirido su
verdadera expresión política, no podía destacarse tampoco de un modo puro el
antagonismo de las otras clases, ni podía, allí donde se destacaba, tomar el
giro peligroso que convierte toda lucha contra el poder del Estado en una lucha
contra el capital. Cuando en cada manifestación de vida de la sociedad veía un
peligro para la «tranquilidad», ¿cómo podía empeñarse en mantener a la cabeza
de la sociedad el régimen de la intranquilidad, su propio régimen, el régimen
parlamentario, este régimen que, según la expresión de uno de sus oradores,
vive en la lucha y merced a la lucha? El régimen parlamentario vive de la
discusión; ¿cómo, pues, va a prohibir que se discuta? Todo interés, toda
institución social se convierten aquí en ideas generales, se ventilan bajo
forma de ideas; ¿cómo, pues, algún interés, alguna institución van a situarse
por encima del pensamiento e imponerse como artículo de fe? La lucha de los
oradores en la tribuna provoca la lucha de los plumíferos de la prensa, el club
de debates del parlamento se complementa necesariamente con los clubs de
debates de los salones y de las tabernas, los representantes que apelan
continuamente a la opinión del pueblo autorizan a la opinión del pueblo para
expresar en peticiones su verdadera opinión. El régimen parlamentario lo deja
todo a la decisión de las mayorías; ¿cómo, pues, no van a querer decidir las
grandes mayorías fuera del parlamento? Si los que están en las cimas de Estado
tocan el violín, ¿qué cosa más natural sino que los que están abajo bailen?
Por tanto, cuando
la burguesía excomulga como «socialista» lo que antes ensalzaba como «liberal»,
confiesa que su propio interés le ordena esquivar el peligro de su Gobierno
propio, que para poder imponer la tranquilidad en el país tiene que imponérsela
ante todo a su parlamento burgués, que para mantener intacto su poder social
tiene que quebrantar su poder político; que los individuos burgueses sólo
pueden seguir explotando a otras clases y disfrutando apaciblemente de la
propiedad, la familia, la religión y el orden bajo la condición de que su clase
sea condenada con las otras clases a la misma nulidad política; que para salvar
la bolsa, hay que renunciar a la corona, y que la espada que había de
protegerla tiene que pender al mismo tiempo sobre su propia cabeza como la
espada de Damocles.
En el campo de
los intereses generales de la burguesía, la Asamblea Nacional se mostró tan
improductiva, que, por ejemplo, los debates sobre el ferrocarril París-Aviñón,
comenzados en el invierno de 1850, no habían terminado todavía el 2 de
diciembre de 1851. Donde no se trataba de oprimir, de actuar reaccionariamente,
estaba condenada a una esterilidad incurable.
Mientras el
ministerio de Bonaparte tomaba en parte la iniciativa de leyes en el espíritu
del partido del orden, y en parte exageraba todavía más su severidad en la
ejecución y manejo de las mismas, el propio Bonaparte intentaba, mediante
propuestas puerilmente necias, ganar popularidad, poner de manifiesto su
antagonismo con la Asamblea Nacional y apuntar al designio secreto de abrir al
pueblo francés sus tesoros ocultos, designio cuya ejecución sólo impedían
provisionalmente las circunstancias. Así, la proposición de decretar un aumento
de cuatro sous [*] diarios para los sueldos de los suboficiales. Así, la
proposición de crear un Banco para conceder créditos de honor a los obreros.
Obtener dinero regalado y prestado: he aquí la perspectiva con que esperaba que
las masas picasen en el anzuelo. Regalar y recibir prestado: a eso se limita la
ciencia financiera del lumpemproletariado, lo mismo del distinguido que del
vulgar. A esto se limitaban los resortes que Bonaparte sabía poner en
movimiento. Jamás un pretendiente ha especulado más simplemente sobre la
simpleza de las masas.
V
Después de
superarse la crisis revolucionaria y abolirse el sufragio universal, estalló
inmediatamente una nueva lucha entre la Asamblea Nacional y Bonaparte.
La Constitución
había fijado el sueldo de Bonaparte en 600.000 francos. No había pasado medio
año desde su instalación, cuando consiguió elevar esta suma al doble. Odilon
Barrot arrancó a la Asamblea Constituyente un suplemento anual de 600.000
francos para los llamados gastos de representación. Después del 13 de junio,
Bonaparte había expresado otra demanda igual, sin que esta vez Barrot le
escuchase. Ahora, después del 31 de mayo, se aprovochó inmediatamente del
momento favorable e hizo que sus ministros propusiesen a la Asamblea Nacional
una lista civil de tres millones. Una larga y aventurera vida de vagabundo le
había dotado de los tentáculos más perfectos para tantear los momentos de
debilidad en que podía sacar dinero a sus burgueses. Era un chantaje en toda
regla. La Asamblea Nacional había deshonrado la soberanía del pueblo con su
ayuda y su connivencia. La amenazó con denunciar su delito ante el tribunal del
pueblo si no aflojaba la bolsa y compraba su silencio con tres millones al año.
La Asamblea Nacional había robado el voto a tres millones de franceses.
Bonaparte exigía por cada francés políticamente desvalorizado un franco en moneda
circulante, lo que hacía un total exacto de tres millones de francos. El
elegido por seis millones de electores reclama una indemnización por los votos
que le han estafado después de su elección. La comisión de la Asamblea Nacional
rechazó al importuno. La prensa bonapartista amenazó. ¿Podía la Asamblea
Nacional romper con el presidente de la República, en un momento en que había
roto fundamental y definitivamente con la masa de la nación? Por eso, aun
denegando la lista civil anual, concedió por una sola vez un suplemento de
2.160.000 francos. Con ello, hacíase reo de una doble debilidad: la de conceder
el dinero y la de revelar al mismo tiempo, con su irritación, que lo concedía
de mala gana. Más adelante veremos para qué necesitaba Bonaparte este dinero.
Tras este molesto epílogo que siguió a la supresión del sufragio universal,
pisándole los talones, y en el que Bonaparte cambió la humilde actitud que
adoptara durante la crisis de marzo y abril por un retador cinismo frente al
parlamento usurpador, la Asamblea Nacional suspendió sus sesiones por tres
meses, desde el 11 de agosto hasta el 11 de noviembre. Dejó en su lugar una
comisión permanente de 28 miembros, en la que no entraba ningún bonapartista,
pero sí en cambio algunos republicanos moderados. En la comisión permanente de
1849 no había más que hombres de orden y bonapartistas. Pero entonces el
partido del orden se declaraba permanentemente en contra de la revolución.
Ahora, la república parlamentaria se declaraba permanentemente en contra del presidente.
Después de la ley del 31 de mayo, el partido del orden ya no tenía enfrente más
que este rival.
Cuando la
Asamblea Nacional volvió a reunirse en noviembre de 1850, parecía inevitable
que estallase, en vez de sus escaramuzas anteriores con el presidente, una gran
lucha implacable, una lucha a vida o muerte entre los dos poderes.
Lo mismo que en
1849, durante las vacaciones parlamentarias de este año, el partido del orden
se había dispersado en sus distintas fracciones, cada cual ocupada con sus propias
intrigas restauradoras, a las que la muerte de Luis Felipe daba nuevo pábulo.
El rey de los legitimistas, Enrique V, había llegado incluso a nombrar un
ministerio formal, que residía en París y del que formaban parte miembros de la
comisión permanente. Bonaparte quedaba, pues, autorizado para emprender a su
vez jiras por los departamentos franceses y dejar escapar, recatada o
abiertamente, según el estado de ánimo de la ciudad a la que regalaba con su
presencia, sus propios planes de restauración, reclutando votos para sí. En
estas jiras, que el gran "Moniteur" oficial y los pequeños
«monitores» privados de Bonaparte, tenían, naturalmente, que celebrar como
cruzadas triunfales, le acompañaban constantemente afiliados de la Sociedad del
10 de Diciembre. Esta sociedad data del año 1849. Bajo el pretexto de crear una
sociedad de beneficencia, se organizó al lumpemproletariado de París en
secciones secretas, cada una de ellas dirigida por agentes bonapartistas y un
general bonapartista a la cabeza de todas. Junto a roués [*] arruinados, con
equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos
degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa,
licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni
[57], carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos
de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros,
mendigos; en una palabra, toda esa masa informe, difusa y errante que los
franceses llaman la bohème; con estos elementos, tan afines a él, formó
Bonaparte la solera de la Sociedad del 10 de Diciembre, «Sociedad de
beneficencia» en cuanto que todos sus componentes sentían, al igual que
Bonaparte, la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora. Este
Bonaparte, que se erige en jefe del lumpemproletariado, que sólo en éste
encuentra reproducidos en masa los intereses, que él personalmente persigue,
que reconoce en esta hez, desecho y escoria de todas las clases, la única clase
en la que puede apoyarse sin reservas, es el auténtico Bonaparte, el Bonaparte
sans phrase [*]*. Viejo roué ladino, concibe la vida histórica de los pueblos y
los grandes actos de Gobierno y de Estado como una comedia, en el sentido más
vulgar de la palabra, como una mascarada, en que los grandes disfraces y las
frases y gestos no son más que la careta para ocultar lo más mezquino y
miserable. Así, en su expedición a Estrasburgo, el buitre suizo amaestrado
desempeñó el papel de águila napoleónica. Para su incursión en Boulogne, embute
a unos cuantos lacayos de Londres en uniformes franceses [58]. Ellos
representan el ejército. En su Sociedad del 10 de Diciembre, reunió a 10.000
miserables del lumpen, que habían de representar al pueblo, como Nick Bottom
[59] representaba el león. En un momento en que la misma burguesía representaba
la comedia más completa, pero con la mayor seriedad del mundo, sin faltar a
ninguna de las pedantescas condiciones de la etiqueta dramática francesa, y
ella misma obraba a medias engañada y a medias convencida de la solemnidad de
sus acciones y representaciones dramáticas, tenía que vencer por fuerza el
aventurero que tomase lisa y llanamente la comedia como tal comedia. Sólo
después de eliminar a su solemne adversario, cuando él mismo toma en serio su
papel imperial y cree representar, con su careta napoleónica, al auténtico
Napoleón, sólo entonces es víctima de su propia concepción del mundo, el payaso
serio que ya no toma a la historia universal por una comedia, sino su comedia
por la historia universal. Lo que para los obreros socialistas habían sido los
talleres nacionales y para los republicanos burgueses los gardes mobiles, era
para Bonaparte la Sociedad del 10 de Diciembre: la fuerza combativa de partido
propia de él. Las secciones de esa sociedad, enviadas por grupos a las
estaciones, debían improvisarle en sus viajes un público, representar el
entusiasmo popular, gritar Vive l'Empereur! [*]**, insultar y apalear a los
republicanos, naturalmente bajo la protección de la policía. En sus viajes de
regreso a París, debían formar la vanguardia, adelantarse a las
contramanifestaciones o dispersarlas. La Sociedad del 10 del Diciembre le
pertenecía a él, era su obra, su idea más privativa. Todo lo demás de que se
apropia se lo da la fuerza de las circunstancias, en todos sus hechos actúan
por él las circunstancias o se limita a copiarlo de los hechos de otros; pero
el Bonaparte que se presenta en público, ante los ciudadanos, con las frases
oficiales del orden, la religión, la familia, la propiedad, y detrás de él la
sociedad secreta de los Schufterle y los Spiegelberg, la sociedad del desorden,
la prostitución y el robo, es el propio Bonaparte como autor original, y la
historia de la Sociedad del 10 de Diciembre es su propia historia. Se había dado
el caso de que representantes del pueblo pertenecientes al partido del orden
habían sido apaleados por los decembristas. Más aun. El comisario de policía
Yon, adscrito a la Asamblea Nacional y encargado de la vigilancia de su
seguridad, denunció a la comisión permanente, basándose en el testimonio de un
tal Alais, que una sección de decembristas había acordado asesinar al general
Changarnier y a Dupin, presidente de la Asamblea Nacional, estando ya elegidos
los individuos encargados de ejecutar este acuerdo. Se comprenderá el terror
del señor Dupin. Parecía inevitable una investigación parlamentaria sobre la
Sociedad del 10 de Diciembre, es decir, la profanación del mundo secreto
bonapartista. Por eso, precisamente, antes de que volviera a reunirse la Asamblea
Nacional, Bonaparte disolvió prudentemente su sociedad, claro está que sólo
sobre el papel, pues todavía a fines de 1851, el prefecto de policía Carlier,
en una extensa memoria, intentaba en vano moverle a disolver realmente a los
decembristas.
La Sociedad del
10 de Diciembre había de seguir siendo el ejército privado de Bonaparte
mientras éste no consiguiese convertir el ejército público en una Sociedad del
10 de Diciembre. Bonaparte hizo la primera tentativa encaminada a esto poco
después de suspenderse las sesiones de la Asamblea Nacional, y la hizo con el
dinero que acababa de arrancarle a ésta. Como fatalista que es, abriga la
convicción de que hay ciertos poderes superiores, a los que el hombre y sobre
todo el soldado no se puede resistir. Entre estos poderes incluye, en primer
término, los cigarros y el champagne, las aves frías y el salchichón adobado
con ajo. Por eso, en los salones del Elíseo, empieza obsequiando a los
oficiales y suboficiales con cigarros y champagne, aves frías y salchichón adobado
con ajo. El 3 de octubre repite esta maniobra con las masas de tropa en la
revista de St. Maur, y el 10 de octubre vuelve a repetirla en una escala
todavía mayor en la revista militar de Satory. El tío se acordaba de las
campañas de Alejandro en Asia, el sobrino se acuerda de las cruzadas triunfales
de Baco en las mismas tierras. Alejandro era, ciertamente, un semidiós, pero
Baco era un dios completo. Y, además, el dios tutelar de la Sociedad del 10 de
Diciembre.
Después de la
revista del 3 de octubre, la comisión permanente llamó a comparecer ante ella
al ministro de la Guerra, d'Hautpoul. Este prometió que no volverían a
repetirse aquellas infracciones de la disciplina. Sabido es cómo Bonaparte
cumplió el 10 de octubre la palabra dada por d'Hautpoul. En ambas revistas
había llevado el mando Changarnier, como comandante en jefe del ejército de
París. Changarnier, que era a la vez miembro de la comisión permanente, jefe de
la Guardia Nacional, el «salvador» del 29 de enero y del 13 de junio, el «baluarte
de la sociedad», candidato del partido del orden para la dignidad presidencial,
el presunto Monk [60] de dos monarquías, no se había reconocido jamás hasta
entonces subordinado al ministro de la Guerra, se había burlado siempre
abiertamente de la Constitución republicana y había perseguido a Bonaparte con
una arrogante protección equívoca. Ahora, se desvivía por la disciplina contra
el ministro do la Guerra y por la Constitución contra Bonaparte. Mientras que
el 10 de octubre una parte de la caballería dejó oír el grito de Vive Napoléon!
Vivent les saucissons! [*], Changarnier hizo que por lo menos la infantería,
que desfilaba al mando de su amigo Neumayer, guardase un silencio glacial. Como
castigo, el ministro de la Guerra, acuciado por Bonaparte, relevó al general
Neumayer de su puesto en París con el pretexto de entregarle el alto mando de
la 14ª y la 15ª divisiones. Neumayer rehusó este cambio de destino y viose
obligado así a pedir el retiro. Por su parte, Changarnier publicó el 2 de
noviembre una orden de plaza en la que prohibía a las tropas gritos ni ninguna
clase de manifestaciones políticas estando bajo las armas. Los periódicos
elíseos [61] atacaron a Changarnier; los periódicos del partido del orden, a
Bonaparte; la comisión permanente celebraba una sesión secreta tras otra, en
las que se presentaba reiteradamente la proposición de declarar a la patria en
peligro; el ejército parecía estar dividido en dos campos enemigos, con dos
Estados Mayores enemigos, uno en el Elíseo, donde moraba Bonaparte, y otro en
las Tullerías, donde moraba Changarnier. Sólo parecía faltar la reanudación de
las sesiones de la Asamblea Nacional para que sonase la señal de la lucha. Al
público francés estos rozamientos entre Bonaparte y Changarnier le merecían el
mismo juicio que a aquel periodista inglés que los caracterizó en las
siguientes palabras:
«Las criadas
políticas de Francia barren la ardiente lava de la revolución con las viejas
escobas, y se tiran del moño mientras ejecutan su faena».
Entretanto,
Bonaparte se apresuró a destituir al ministro de la Guerra, d'Hautpoul,
expidiéndolo precipitadamente a Argelia y nombrando para sustituirle en la
cartera de ministro de la Guerra al general Schramm. El 12 de noviembre mandó a
la Asamblea Nacional un mensaje de prolijidad norteamericana, recargado de
detalles, oliendo a orden, ávido de reconciliación, lleno de resignación
constitucional, en el que se trataba de todo lo divino y lo humano, menos de
las questions brûlantes [*]* del momento. Como de pasada, dejaba caer las
palabras de que con arreglo a las normas expresas de la Constitución, el
presidente disponía por sí solo del ejército. El mensaje terminaba con estas
palabras altisonantes:
«Francia exige
ante todo tranquilidad... Soy el único ligado por un juramento, y me mantendré
dentro de los estrictos límites que me traza ... Por lo que a mí se refiere,
elegido por el pueblo y no debiendo más que a éste mi poder me someteré siempre
a su voluntad legalmente expresada. Si en este período de sesiones acordáis la
revisión constitucional, una Asamblea Constituyente reglamentará la posición
del poder ejecutivo. En otro caso, el pueblo declarará solemnemente su decisión
en 1852. Pero, cualesquiera que sean las soluciones del porvenir, lleguemos a
una inteligencia, para que jamás la pasión, la sorpresa o la violencia decidan
la suerte de una gran nación... Lo que sobre todo me preocupa no es saber quién
va a gobernar a Francia en 1852, sino emplear el tiempo de que dispongo de modo
que el período restante pase sin agitación y sin perturbaciones. Os he abierto
sinceramente mi corazón, contestad vosotros a mi franqueza con vuestra
confianza, a mi buen deseo con vuestra colaboración, y Dios se encargará del
resto».
El lenguaje
honesto, hipócritamente moderado, virtuosamente lleno de lugares comunes de la
burguesía, descubre su más profundo sentido en labios de autócrata de la
Sociedad del 10 de Diciembre y del héroe de las meriendas de St. Maur y Satory.
Los burgraves
del partido del orden no se dejaron engañar ni un solo instante en cuanto al
crédito que se podía dar a esa efusión cordial. Acerca de los juramentos
estaban ya desde hacía mucho tiempo al cabo de la calle; entre ellos había
veteranos, virtuosos del perjurio político, y el pasaje dedicado al ejército no
se les pasó desapercibido. Observaron con desagrado que, en la prolija e
interminable enumeración de las leyes recientemente promulgadas, el mensaje
guardaba un silencio afectado acerca de la más importante de todas, la ley
electoral, y más aun, que en caso de no revisión constitucional se dejaba al
arbitrio del pueblo, para 1852, la elección del presidente. La ley electoral
era el grillete atado a los pies del partido del orden, que le impedía andar, y
no digamos lanzarse al asalto. Además, con la disolución oficial de la Sociedad
del 10 de Diciembre y la destitución del ministro de la Guerra, d'Hautpoul,
Bonaparte había sacrificado por su propia mano en el altar de la patria a las
víctimas propiciatorias. Quitó la espina al choque que se esperaba. Finalmente,
el mismo partido del orden procuró rehuir, atenuar, disimular temerosamente
todo conflicto decisivo con el poder ejecutivo. Por miedo a perder las
conquistas hechas contra la revolución dejó que su rival cosechase los frutos
de ellas. «Francia exige ante todo tranquilidad». Así le venía gritando desde
febrero [*] el partido del orden a la revolución, así le gritaba al partido del
orden el mensaje de Bonaparte. «Francia exige ante todo tranquilidad».
Bonaparte cometía actos encaminados a la usurpación, pero el partido del orden
provocaba «agitación» si armaba ruido en torno a estos actos y los interpretaba
de un modo hipocondríaco. Los salchichones de Satory no despegaban los labios
si nadie hablaba de ellos. «Francia exige ante todo tranquilidad». Es decir
Bonaparte exigía que se le dejase hacer tranquilamente lo que quería, y el
partido parlamentario sentíase paralizado por un doble temor: por el temor de
provocar la agitación revolucionaria y por el temor de aparecer como el
perturbador de la tranquilidad a los ojos de su propia clase, a los ojos de la
burguesía. Por tanto que Francia exigía ante todo tranquilidad, el partido del
orden no se atrevió, después de que Bonaparte, en su mensaje, había hablado de
«paz», a contestar con «guerra». El público, que ya se relamía pensando en las
grandes escenas de escándalo que se iban a producir al reanudarse las sesiones
de la Asamblea Nacional, viese defraudado en sus esperanzas. Los diputados de
la oposición que exigían que se presentasen las actas de la comisión permanente
acerca de los acontecimientos de octubre fueron arrollados por los votos de la
mayoría. Se rehuyeron por principio todos los debates que pudieran excitar los
ánimos. Los trabajos de la Asamblea Nacional durante los meses de noviembre y
diciembre de 1850 carecieron de interés.
Por último,
hacia fines de diciembre, comenzó una guerra de guerrillas en torno a unas u
otras prerrogativas del parlamento. El movimiento se sumió en minucias
alrededor de las prerrogativas de ambos poderes, después que la burguesía, con
la abolición del sufragio universal, se hubo desembarazado por el momento de la
lucha de clases.
Se había
ejecutado contra Mauguin, uno de los representantes de la nación, una sentencia
judicial por deudas. A instancia del presidente del Tribunal, el ministro de
Justicia, Rouher, declaró que podía dictarse sin más trámites mandato de
arresto contra el deudor. Mauguin fue recluido, pues, en la cárcel de deudores.
Al conocer el atentado, la Asamblea Nacional montó en cólera. No sólo ordenó
que el preso fuese inmediatamente puesto en libertad, sino que aquella misma
tarde mandó a su greffier [*] a que le sacase por la fuerza de Clichy [62] .
Sin embargo, para testimoniar su fe en la santidad de la propiedad privada y
con la segunda intención de abrir, en caso de necesidad, un asilo para
«montañeses» molestos, declaró válida la prisión por deudas de representantes
del pueblo, previa autorización de la Asamblea Nacional. Se olvidó de decretar
que también se podría meter en la cárcel por deudas al presidente de la
República. Destruyó la última apariencia de inviolabilidad que rodeaba a los
miembros de su propia corporación.
V I
La coalición con
la Montaña y los republicanos puros, a que el partido del orden se veía
condenado, en sus vanos esfuerzos por retener el poder militar y reconquistar
la suprema dirección del poder ejecutivo, demostraba irrefutablemente que había
perdido su mayoría parlamentaria propia . La mera fuerza del calendario, la
manecilla del reloj, dio el 28 de mayo la señal para su completa
desintegración. Con el 28 de mayo comienza el último año de vida de la Asamblea
Nacional. Esta tenía que decidirse ahora por seguir manteniendo intacta la
Constitución o por revisarla. Pero la revisión constitucional no quería decir
solamente dominación de la burguesia o de la democracia pequeñoburquesa,
democracia o anarquía proletaria, república parlamentaria o Bonaparte, sino que
quería decir también Orleáns o Borbón. Con esto, se echó a rodar en el
parlamento la manzana de la discordia, que por fuerza tenía que encender
abiertamente el conflicto de intereses que dividían el partido del orden en
fracciones enemigas. El partido del orden era una amalgama de sustancias
sociales heterogéneas. El problema de la revisión creó la temperatura política
que descompuso el producto en sus elementos originarios.
El interés de
los bonapartistas por la revisión era sencillo. Para ellos, tratábase sobre
todo de derogar el artículo 45, que prohibía la reelección de Bonaparte y la
prórroga de sus poderes. No menos sencilla parecía la posición de los
republicanos. Estos rechazaban incondicionalmente toda revisión, viendo en ella
una conspiración urdida por todas partes contra la república. Y como disponían
de más de la cuarta parte de los votos de la Asamblea Nacional y
constitucionalmente eran necesarias las tres cuartas partes para acordar
válidamente la revisión y convocar la Asamblea encargada de llevarla a cabo,
les bastaba con contar sus votos para estar seguros del triunfo. Y estaban
seguros de triunfar.
Frente a estas
posiciones tan claras, el partido del orden se hallaba metido en inextricables
contradicciones. Si rechazaba la revisión, ponía en peligro el statu quo, no
dejando a Bonsparte más que una salida, la de la violencia, entregando a
Francia el segundo domingo de mayo de 1852, en el momento decisivo, a la
anarquía revolucionaria, con un presidente que había perdido su autoridad, con
un parlamento que hacía ya mucho que no la tenía y con un pueblo que aspiraba a
reconquistarla. Si votaba por la revisión constitucional, sabía que votaba en
vano y que sus votos fracasarían necesariamente ante el veto constitucional de
los republicanos. Si, anticonstitucionalmente, declaraba válida la simple
mayoría de votos, sólo podía confiar en dominar la revolución, sometiéndose sin
condiciones a las órdenes del poder ejecutivo y erigía a Bonaparte en dueño de
la Constitución, de la revisión constitucional y del propio partido del orden.
Una revisión puramente parcial, que prorrogase los poderes del presidente abría
el camino a la usurpación imperial. Una revisión general, que acortase la vida
de la república, planteaba un conflicto inevitable entre las pretensiones
dinásticas, pues las condiciones para una restauración borbónica y para una
restauración orleanista no sólo eran distintas, sino que se excluían
mutuamente.
La república
parlamenlaria era algo más que el terreno neutral en el que podían convivir con
derechos iguales las dos fracciones de la burguesía francesa, los legitimistas
y los orleanistas, la gran propiedad territorial y la industria. Era la
condición inevitable para su dominación en común, la única forma de gobierno en
que su interés general de clase podía someter a la par las pretensiones de sus
distintas fracciones y las de las otras clases de la sociedad. Como realistas,
volvían a caer en su antiguo antogonismo, en la lucha por la supremacía de la
propiedad territorial o la del dinero, y la expresión suprema de este
antagonismo, su personificación, eran sus mismos reyes, sus dinastías. De aquí
la resistencia del partido del orden contra la vuelta de los Borbones.
El orleanista y
diputado Creton había presentado periódicamente, en 1849, 1850, 1851, la
proposición de derogar el decreto de destierro contra las familias reales. Y el
parlamento daba, con la misma periodicidad, el espectáculo de una asamblea de
realistas que se obstinaban en cerrar a sus reyes desterrados la puerta por la
que podían retornar a la patria. Ricardo III había asesinado a Enrique VI con
la observación de que era demasiado bueno para este mundo y estaba mejor en el
cielo. Aquellos realistas declaraban que Francia no merecía volver a poseer sus
reyes. Obligados por la fuerza de las circunstancias, se habían convertido en
republicanos y sancionaban repetidamente la decisión del pueblo que expulsaba a
sus reyes de Francia.
La revisión
constitucional (y las circunstancias obligaban a tomarla en cuenta) ponía en
tela de juicio, a la par que la república, la dominación en común de las dos
fracciones de la burguesía y resucitaba de nuevo, con la posibilidad de una
restauración de la monarquía, la rivalidad de intereses que ésta había
representado alternativamente y con preferencia, resucitaba la lucha por la
supremacía de una fracción sobre la otra. Los diplomáticos del partido del
orden creían poder dirimir la lucha amalgamando ambas dinastías, mediante una
llamada fusión de los partidos realistas y de sus casas reales. La verdadera
fusión de la restauración y de la monarquía de Julio era la república
parlamentaria, en la que se borraban los colores orleanista y legitimista y las
especies burguesas desaparecían en el burgués a secas, en el burgués como
género. Pero ahora se trataba de que el orleanista se hiciese legitimista y el
legitimista orleanista. Se quería que la monarquía, encarnación de su
antagonismo, pasase a encarnar su unidad, que la expresión de sus intereses
fraccionales exclusivos se convirtiese en expresión de su interés común de
clase, que la monarquía hiciese lo que sólo podía hacer y había hecho la
abolición de dos monarquías, la República. Era la piedra filosofal, en cuyo
descubrimiento se quebraban la cabeza los doctores del partido del orden. ¡Como
si la monarquía legítima pudiera convertirse nunca en la monarquía del burgués
industrial o la monarquía burguesa en la monarquía de la aristocracia
tradicional de la tierra! ¡Como si la propiedad territorial y la industria
pudiesen hermanarse bajo una sola corona, cuando ésta sólo podía ceñir una
cabeza, la del hermano mayor o la del menor! ¡Como si la industria pudiese
avenirse nunca con la propiedad territorial, mientras ésta no se decide a
hacerse industrial! Aunque Enrique V muriese mañana, el conde de París no se
convertiría por ello en rey de los legitimistas, a menos que dejase de serlo de
los orleanistes. Sin embargo, los filósofos de la fusión, que se engreían a
medida que el problema de la revisión iba pasando al primer plano, que hicieron
de la Assemblée Nationale [67] su órgano diario oficial y gua incluso vuelven a
laborar en ese momento (febrero de 1852), buscaban la explicación de todas las
dificultades en la resistencia y la rivalidad de ambas dinastías. Los intentos
de reconciliar a la familia de Orleáns con Enrique V, intentos que comenzaron
desde la muerte de Luis Felipe, pero que, como todas las intrigas dinásticas,
solamente se representaban, en general, durante las vacaciones de la Asamblea
Nacional, en los entreactos, entre bastidores, más por coquetería sentimental
con la vieja superstición que como un propósito serio, se convirtieron ahora en
acciones dramáticas, representadas por el partido del orden en la escena
pública, en vez de representarse como antes en un teatro de aficionados. Los
correos volaban de París a Venecia [68], de Venecia a Claremont, de Claremont a
París. El conde de Chambord lanza un manifiesto en el que «con la ayuda de
todos los miembros de su familia», anuncia, no su restauración, sino la
restauración «nacional». El orleanista Salvandy se echa a los pies de Enrique
V. En vano los jefes legitimistas Berryer, Benoist d'Azy, Saint-Priest, se van
en peregrinación a Claremont, a convencer a los Orleáns. Los fusionistas se dan
cuenta demasiado tarde de que los intereses de ambas fracciones burguesas no
pierden en exclusivismo ni ganan en transigencia por agudizarse bajo la forma
de intereses de familia, de los intereses de dos casas reales. Aunque Enrique V
reconociese al Conde de París como su sucesor (único éxito que, en el mejor de
los casos, podía conseguir la fusión), la casa de Orleáns no ganaba con ello
ningún derecho que no le garantizase ya la falta de hijos de Enrique V y en
cambio perdía todos los derechos que le había conquistado la revolución de
julio. Renunciaba a sus derechos originarios, a todos los títulos que, en una
lucha casi secular, había ido arrancando a la rama más antigua de los Borbones,
cambiaba sus prerrogativas históricas, las prerrogativas de la monarquía
moderna, por las prerrogativas de su árbol genealógico. Por tanto, la fusión no
sería más que la abdicación voluntaria de la casa de Orleáns, su resignación
legitimista, la vuelta arrepentida de la Iglesia estatal protestante a la
católica. Una retirada que, además, no la llevaría siquiera al trono que había
perdido, sino a las gradas del trono en que había nacido. Los antiguos
ministros orleanistas, Guizot, Duchâtel, etc., que se fueron también corriendo
a Claremont, a abogar por la fusión, sólo representaban en realidad la resaca
que había dejado la revolución de julio, la falta de fe en la monarquía
burguesa y en la monarquía de los burgueses, la fe supersticiosa en la
legitimidad como último amuleto contra la anarquía. Creyéndose mediadores entre
los Orleáns y los Borbón, sólo eran en realidad orleanistas apóstatas, y como
tales los recibió el príncipe de Joinville. En cambio, el sector viable y
batallador de los orleanistas, Thiers, Baze, etc., convenció con tanta mayor
facilidad a la familia de Luis Felipe de que si toda restauración monárquica
inmediata presuponía la fusión de ambas dinastías y ésta, a su vez, la
abdicación de la casa de Orleáns, correspondía por entero a la tradición de sus
antepasados el reconocer provisionalmente la república esperando a que los
acontecimientos permitiesen convertir el sillón presidencial en trono. Se
difundió en forma de rumor la candidatura de Joinville a la presidencia, manteniéndose
en suspenso la curiosidad pública, y algunos meses más tarde, en septiembre,
después de rechazarse la revisión constitucional, fue públicamente proclamada.
De este modo, no
sólo había fracasado el intento de una fusión realista entre orleanistas y
legitimistas, sino que había roto su fusión parlamentaria, su forma común
republicana volviendo a desdoblar el partido del orden en sus primitivos
elementos; pero, cuanto más crecía el divorcio entre Claremont y Venecia,
cuanto más se rompía su avenencia y más se iba extendiendo la agitación a favor
de Joinville, más acuciantes y más serias se hacían las negociaciones entre
Faucher, el ministro de Bonaparte, y los legitimistas.
La
descomposición del partido del orden no se detuvo en sus elementos primitivos.
Cada una de las dos grandes fracciones se descompuso a su vez de nuevo. Era
como si volviesen a revivir todos los viejos matices que antiguamente se habían
combatido dentro de cada uno de los dos campos, el legitimista y el orleanista;
como ocurre con los infusorios secos al contacto con el agua; como si hubiesen
recuperado la suficiente energía vital para formar grupos propios y
antagonismos independientes. Los legitimistas veíanse transpuestos en sueños a
los litigios entre las Tullerías y el Pabellón Marsan, entre Villèle y Polignac
[69]. Los orleanistas volvían a vivir la edad de oro de los torneos entre
Guizot, Molé, Broglie, Thiers y Odilon Barrot.
El sector
revisionista del partido del orden, aunque discorde también en cuanto a los
límites de la revisión, integrado por los legitimistas bajo Berryer y Falloux
de un lado, y de otro La Rochejaquelein, y los orleanistas cansados de luchar,
bajo Molé, Broglie, Montalembert y Odilon Barrot, llegó a un acuerdo con los
representantes bonapartistas acerca de la siguiente vaga y amplia proposición:
«Los diputados
abajo firmantes, con el fin de restituir a la nación el pleno ejercicio de su
soberanía, presentan la moción de que la Constitución sea revisada».
V I I
La república
social apareció como frase, como profecía, en el umbral de la revolución de
febrero. En las jornadas de junio de 1848, fue ahogada en sangre del
proletariado de París, pero aparece en los restantes actos del drama como
espectro. Se anuncia la república democrática. Se esfuma el 13 de junio de
1849, con sus pequeños burgueses dados a la fuga, pero en su huida arroja tras
sí reclamos doblemente jactanciosos. La república parlamentaria con la
burguesía se adueña de toda la escena, apura su vida en toda la plenitud, pero
el 2 de diciembre de 1851 la entierra bajo el grito de angustia de los
realistas coligados: «¡Viva la república!»
La burguesía
francesa, que se rebelaba contra la dominación del proletariado trabajador,
encumbró en el poder al lumpemproletariado, con el jefe de la Sociedad del 10
de Diciembre a la cabeza. La burguesía mantenía a Francia bajo el miedo
constante a los futuros espantos de la anarquía roja; Bonaparte descontó este
porvenir cuando el 4 de diciembre hizo que el ejército del orden animado por el
aguardiente, disparase contra los distinguidos burgueses del Boulevard
Montmartre y del Boulevard des Italiens, que estaban asomados a las ventanas.
La burguesía hizo las apoteosis del sable, y el sable manda sobre ella.
Aniquiló la prensa revolucionaria, y ve aniquilada su propia prensa. Sometió
las asambleas populares a la vigilancia de la policía; sus salones se hallan
bajo la vigilancia de la policía. Disolvió la Guardia Nacional democrática y su
propia Guardia Nacional ha sido disuelta. Decretó el estado de sitio, y el
estado de sitio ha sido decretado contra ella. Suplantó los jurados por
comisiones militares, y las comisiones militares ocupan el puesto de sus
jurados. Sometió la enseñanza del pueblo a los curas, y los curas la someten a
ella a su propia enseñanza. Deportó a detenidos sin juicio, y ella es deportada
sin juicio. Sofocó todo movimiento de la sociedad mediante el poder del Estado,
y el poder del Estado sofoca todos los movimientos de su sociedad. Se rebeló,
llevada del entusiasmo por su bolsa, contra sus propios políticos y literatos;
sus políticos y literatos fueron quitados de en medio, pero su bolsa se ve
saqueada después de amordazarse su boca y romperse su pluma. La burguesía
gritaba incansablemente a la revolución como San Arsenio a los cristianos:
Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, sé tranquila! Y ahora es Bonaparte el que
grita a la burguesía: Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, sé tranquila!
La burguesía
francesa había resuelto desde hacía mucho tiempo el dilema de Napoleón: Dans
cinquante ans, l'Europe sera républicaine ou cosaque [*]... Lo había resuelto
en la république cosaque [*]*. Ninguna Circe ha desfigurado con su encanto
maligno la obra de arte de la república burguesa, convirtiéndola en un
monstruo. Esa república sólo perdió su apariencia de respetabilidad. La Francia
actual [*]** se contenía ya íntegra en la república parlamentaria. Sólo hacía
falta el arañazo de una bayoneta para que la vejiga estallase y el monstruo
saltase a la vista.
¿Por qué el
proletariado de París no se levantó después del 2 de diciembre?
V I I
La república
social apareció como frase, como profecía, en el umbral de la revolución de
febrero. En las jornadas de junio de 1848, fue ahogada en sangre del
proletariado de París, pero aparece en los restantes actos del drama como
espectro. Se anuncia la república democrática. Se esfuma el 13 de junio de
1849, con sus pequeños burgueses dados a la fuga, pero en su huida arroja tras
sí reclamos doblemente jactanciosos. La república parlamentaria con la
burguesía se adueña de toda la escena, apura su vida en toda la plenitud, pero
el 2 de diciembre de 1851 la entierra bajo el grito de angustia de los
realistas coligados: «¡Viva la república!»
La burguesía
francesa, que se rebelaba contra la dominación del proletariado trabajador,
encumbró en el poder al lumpemproletariado, con el jefe de la Sociedad del 10
de Diciembre a la cabeza. La burguesía mantenía a Francia bajo el miedo
constante a los futuros espantos de la anarquía roja; Bonaparte descontó este
porvenir cuando el 4 de diciembre hizo que el ejército del orden animado por el
aguardiente, disparase contra los distinguidos burgueses del Boulevard
Montmartre y del Boulevard des Italiens, que estaban asomados a las ventanas.
La burguesía hizo las apoteosis del sable, y el sable manda sobre ella.
Aniquiló la prensa revolucionaria, y ve aniquilada su propia prensa. Sometió
las asambleas populares a la vigilancia de la policía; sus salones se hallan
bajo la vigilancia de la policía. Disolvió la Guardia Nacional democrática y su
propia Guardia Nacional ha sido disuelta. Decretó el estado de sitio, y el
estado de sitio ha sido decretado contra ella. Suplantó los jurados por
comisiones militares, y las comisiones militares ocupan el puesto de sus
jurados. Sometió la enseñanza del pueblo a los curas, y los curas la someten a
ella a su propia enseñanza. Deportó a detenidos sin juicio, y ella es deportada
sin juicio. Sofocó todo movimiento de la sociedad mediante el poder del Estado,
y el poder del Estado sofoca todos los movimientos de su sociedad. Se rebeló,
llevada del entusiasmo por su bolsa, contra sus propios políticos y literatos;
sus políticos y literatos fueron quitados de en medio, pero su bolsa se ve
saqueada después de amordazarse su boca y romperse su pluma. La burguesía
gritaba incansablemente a la revolución como San Arsenio a los cristianos:
Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, sé tranquila! Y ahora es Bonaparte el que
grita a la burguesía: Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, sé tranquila!
La burguesía
francesa había resuelto desde hacía mucho tiempo el dilema de Napoleón: Dans
cinquante ans, l'Europe sera républicaine ou cosaque [*]... Lo había resuelto
en la république cosaque [*]*. Ninguna Circe ha desfigurado con su encanto
maligno la obra de arte de la república burguesa, convirtiéndola en un
monstruo. Esa república sólo perdió su apariencia de respetabilidad. La Francia
actual [*]** se contenía ya íntegra en la república parlamentaria. Sólo hacía
falta el arañazo de una bayoneta para que la vejiga estallase y el monstruo
saltase a la vista.
¿Por qué el
proletariado de París no se levantó después del 2 de diciembre?
La caída de la
burguesía sólo estaba decretada; el decreto no se había ejecutado todavía.
Cualquier alzamiento serio del proletariado habría dado a aquélla nuevos bríos,
la habría reconciliado con el ejército y habría asegurado a los obreros una
segunda derrota de junio.
El 4 de
diciembre, el proletariado fue espoleado a la lucha por burguesas y tenderos.
En la noche de este día prometieron comparecer en el lugar de la lucha varias
legiones de la Guardia Nacional, armadas y uniformadas. En efecto, burgueses y
tenderos habían descubierto que, en uno de sus decretos del 2 de diciembre,
Bonaparte abolía el voto secreto y les ordenaba inscribir en los registros
oficiales, detrás de sus nombres, un sí o un no. La resistencia del 4 de
diciembre amedrentó a Bonaparte. Durante la noche mandó pegar en todas las
esquinas de París carteles anunciando la restauración del voto secreto.
Burgueses y tenderos creyeron haber alcanzado su finalidad. Todos los que no se
presentaron a la mañana siguiente eran tenderos y burgueses.
Un golpe de mano
de Bonaparte, dado durante la noche del 1 al 2 de diciembre, había privado al
proletariado de París de sus guías, de los jefes de las barricadas. ¡Un
ejército sin oficiales, al que los recuerdos de junio de 1848 y de 1849 y de
mayo do 1850 inspiraban la aversión a luchar bajo la bandera de los
montagnards, confió a su vanguardia, a las sociedades secretas, la salvación
del honor insurreccional de París, que la burguesía entregó tan mansamente a la
soldadesca, que Bonaparte pudo más tarde desarmar a la Guardia Nacional con el
pretexto burlón de que temía que sus armas fuesen empleadas abusivamente contra
ella misma por los anarquistas!
«C'est le
triomphe complet et définitif du socialisme!» [*] . Así caracterizó Guizot el 2
de diciembre. Pero si la caída de la república parlamentaria encierra ya en
germen el triunfo de la revolución proletaria, su resultado inmediato,
tangible, era la victoria de Bonaparte sobre el parlamento, del poder ejecutivo
sobre el poder legislativo, de la fuerza sin frases sobre la fuerza de las
frases. En el parlamento, la nación elevaba su voluntad general a ley, es
decir, elevaba la ley de la clase dominante a su voluntad general. Ante el
poder ejecutivo, abdica de toda voluntad propia y se somete a los dictados de
un poder extraño, de la autoridad. El poder ejecutivo, por oposición al
legislativo, expresa la heteronomía de la nación por oposición a su autonomía.
Por tanto, Francia sólo parece escapar al despotismo de una clase para
reincidir bajo el despotismo de un individuo, y concretamente bajo la autoridad
de un individuo sin autoridad. Y la lucha parece haber terminado en que todas
las clases se postraron de hinojos, con igual impotencia y con igual mutismo,
ante la culata del fusil.
Pero la
revolución es radical. Está pasando todavía por el purgatorio. Cumple su tarea
con método. Hasta el 2 de diciembre de 1851 había terminado la mitad de su
labor preparatoria; ahora, termina la otra mitad. Lleva primero a la perfección
el poder parlamentario, para poder derrocarlo. Ahora, conseguido ya esto, lleva
a perfección el poder ejecutivo, lo reduce a su más pura expresión, lo aisla,
se enfrenta con él, como único blanco contra el que debe concentrar todas sus
fuerzas de destrucción. Y cuando la revolución haya llevado a cabo esta segunda
parte de su labor preliminar, Europa se levantará, y gritará jubilosa: ¡bien
has hozado, viejo topo! [*]*
Este poder
ejecutivo, con su inmensa organización burocrática y militar, con su compleja y
artificiosa maquinaria de Estado, un ejército de funcionarios que suma medio
millón de hombres, junto a un ejército de otro medio millón de hombres, este
espantoso organismo parasitario que se ciñe como una red al cuerpo de la
sociedad francesa y le tapona todos los poros, surgió en la época de la
monarquía absoluta, de la decadencia del régimen feudal, que dicho organismo
contribuyó a acelerar. Los privilegios señoriales de los terratenientes y de
las ciudades se convirtieron en otros tantos atributos del poder del Estado,
los dignatarios feudales en funcionarios retribuidos y el abigarrado
mapamuestrario de las soberanías medievales en pugna en el plan reglamentado de
un poder estatal cuya labor está dividida y centralizada como en una fábrica.
La primera revolución francesa, con su misión de romper todos los poderes
particulares locales, territoriales municipales y provinciales, para crear la
unidad civil de la nación, tenía necesariamente que desarrollar lo que la
monarquía absoluta había iniciado: la centralización; pero al mismo tiempo
amplió el volumen, las atribuciones y el número de servidores del poder del
Gobierno. Napoleón perfeccionó esta máquina del Estado. La monarquía legítima y
la monarquía de Julio no añadieron nada más que una mayor división del trabajo,
que crecía a medida que la división del trabajo dentro de la sociedad burguesa
creaba nuevos grupos de intereses, y por tanto nuevo material para la
administración del Estado. Cada interés común (gemeinsame) se desglosaba
inmediatamente de la sociedad, se contraponía a ésta como interés superior,
general (allgemeines), se sustraía a la propia iniciativa de los individuos de
la sociedad y se convertía en objeto de la actividad del Gobierno, desde el
puente, la escuela y los bienes comunales de un municipio rural cualquiera,
hasta los ferrocarriles, la riqueza nacional y las universidades de Francia.
Finalmente, la república parlamentaria, en su lucha contra la revolución, viese
obligada a fortalecer, junto con las medidas represivas, los medios y la
centralización del poder del Gobierno. Todas las revoluciones perfeccionaban
esta máquina, en vez de destrozarla. Los partidos que luchaban alternativamente
por la dominación, consideraban la toma de posesión de este inmenso edificio
del Estado como el botín principal del vencedor.
Pero bajo la
monarquía absoluta, durante la primera revolución, bajo Napoleón, la burocracia
no era más que el medio para preparar la dominación de clase de la burguesía.
Bajo la restauración, bajo Luis Felipe, bajo la república parlamentaria, era el
instrumento de la clase dominante, por mucho que ella aspirase también a su
propio poder absoluto.
Es bajo el
segundo Bonaparte cuando el Estado parece haber adquirido una completa
autonomía. La máquina del Estado se ha consolidado ya de tal modo frente a la
sociedad burguesa, que basta con que se halle a su frente el jefe de la
Sociedad del 10 de Diciemhre, un caballero de industria venido de fuera y
elevado sobre el pavés por una soldadesca embriagada, a la que compró con
aguardiente y salchichón y a la que tiene que arrojar constantemente
salchichón. De aquí la pusilánime desesperación, el sentimiento de la más
inmensa humillación y degradación que oprime el pecho de Francia y contiene su
aliento. Francia se siente como deshonrada.
Y sin embargo,
el poder del Estado no flota en el aire. Bonaparte representa a una clase, que
es, además, la clase más numerosa de la sociedad francesa: los campesinos
parcelarios.
Así como los
Borbones eran la dinastía de los grandes terratenientes y los Orleáns la
dinastía del dinero, los Bonapartes son la dinastía de los campesinos, es
decir, de la masa del pueblo francés. EI elegido de los campesinos no es el
Bonaparte que se sometía al parlamento burgués, sino el Bonaparte que lo
dispersó. Durante tres años consiguieron las ciudades falsificar el sentido de
la elección del 10 de diciembre y estafar a los campesinos la restauración del
imperio. La elección del 10 de diciembre de 1848 no se consumó basto el golpe
de Estado del 2 de diciembre de 1851.
Los campesinos
parcelarios forman una masa inmensa, cuyos individuos viven en idéntica
situación, pero sin que entre ellos existan muchas relaciones. Su modo de
producción los aisla a unos de otros, en vez de establecer relaciones mutuas
entre ellos. Este aislamiento es fomentado por los malos medios de comunicación
de Francia y por la pobreza de los campesinos. Su campo de producción, la
parcela, no admite en su cultivo división alguna del trabajo ni aplicación
ninguna de la ciencia; no admite, por tanto, multiplicidad de desarrollo, ni
diversidad de talentos, ni riqueza de relaciones sociales. Cada familia
campesina se basta, sobre poco más o menos, a sí misma, produce directamente ella
misma la mayor parte de lo que consume y obtiene así sus materiales de
existencia más bien en intercambio con la naturaleza que en contacto con la
sociedad. La parcela, el campesino y su familia; y al lado, otra parcela, otro
campesino y otra familia. Unas cuantas unidades de éstas forman una aldea, y
unas cuantas aldeas, un departamento. Así se forma la gran masa de la nación
francesa, por la simple suma de unidades del mismo nombre, al modo como, por
ejemplo, las patatas de un saco forman un saco de patatas. En la medida en que
millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las
distinguen por su modo de vivir, por sus intereses y por su cultura de otras
clases y las oponen a éstas de un modo hostil, aquellas forman una clase. Por
cuanto existe entre los campesinos parcelarios una articulación puramente local
y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna comunidad,
ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman una clase.
Son, por tanto, incapaces de hacer valer su interés de clase en su propio
nombre, ya sea por medio de un parlamento o por medio de una Convención. No
pueden representarse, sino que tienen que ser representados. Su representante
tiene que aparecer al mismo tiempo como su señor, como una autoridad por encima
de ellos, como un poder ilimitado de gobierno que los proteja de las demás
clases y les envíe desde lo alto la lluvia y el sol. Por consiguiente, la
influencia política de los campesinos parcelarios encuentra su última expresión
en el hecho de que el poder ejecutivo somete bajo su mando a la sociedad.
La tradición
histórica hizo nacer en el campesino francés la fe milagrosa de que un hombre
llamado Napoleón le devolvería todo el esplendor. Y se encuentra un individuo
que se hace pasar por tal hombre, por ostentar el nombre de Napoleón gracias a
que el Code Napoléon ordena: «La recherche de la paternité est interdite» [*] .
Tras 20 años de vagabundaje y una serie de grotescas aventuras, se cumple la
leyenda, y este hombre se convierte en emperador de los franceses. La idea fija
del sobrino se realizó porque coincidía con la idea fija de la clase más
numerosa de los franceses.
Pero, se me
objetará: ¿y los levantamientos campesinos de media Francia, las batidas del
ejercito contra los campesinos y los encarcelamientos y deportaciones en masa
de campesinos?
Desde Luis XIV,
Francia no ha asistido a ninguna persecución semejante de campesinos «por
manejos demagógicos».
Pero entiéndase
bien. La dinastía de Bonaparte no representa al campesino revolucionario, sino
al campesino conservador; no representa al campesino que pugna por salir de su
condición social de vida, la parcela, sino al que, por el contrario, quiere
consolidarla; no a la población campesina, que, con su propia energía y unida a
las ciudades, quiere derribar el viejo orden, sino a la que, por el contrario,
sombríamente retraída en este viejo orden, quiere verse salvada y preferida, en
unión de su parcela, por el espectro del imperio. No representa la ilustración,
sino la superstición del campesino, no su juicio, sino su prejuicio, no su
porvenir, sino su pasado, no sus Cévennes [76] modernas, sino su moderna Vendée
[77].
Los tres años de
dura dominación de la república parlamentaria habían curado a una parte de los
campesinos franceses de la ilusión napoleónica y los habían revolucionado, aun
cuándo sólo fuese superficialmente; pero la burguesía los empujaba
violentamente hacia atrás cuantas veces se ponían en movimiento. Bajo la
república parlamentaria, la conciencia moderna de los campesinos franceses
pugnó con la conciencia tradicional. El proceso se desarrolló bajo la forma de
una lucha incesante entre los maestros de escuela y los curas. La burguesía
abatió a los maestros. Por vez primera los campesinos hicieron esfuerzos para
adaptar una actitud independiente frente a la actividad del Gobierno. Esto se
manifestó en el conflicto constante de los alcaldes con los prefectos. La
burguesía destituyó a los alcaldes. Finalmente, los campesinos de diversas
localidades se levantaron durante el período de la república parlamentaria
contra su propio engendro, el ejército. La burguesía los castigó con estados de
sitio y ejecuciones. Y esta misma burguesía clama ahora acerca de la estupidez
de las masas, de la vile multitude [*]* que la ha traicionado frente a
Bonaparte. Fue ella misma la que consolidó con sus violencias las simpatías de
la clase campesina por el Imperio, la que ha mantenido celosamente el estado de
cosas que forman la cuna de esta religión campesina. Claro está que la
burguesía tiene necesariamente que temer la estupidez de las masas, mientras
siguen siendo conservadoras, y su conciencia en cuanto se hacen
revolucionarias.
En los
levantamientos producidos después del coup d'état , una parte de los campesinos
franceses protestó con las armas en la mano contra su propio voto del 10 de
diciembre de 1848. La experiencia adquirida desde 1848 les había abierto los
ojos. Pero habían entregado su alma a las fuerzas infernales de la historia, y
ésta los cogía por la palabra, y la mayoría estaba aún tan llena de prejuicias,
que precisamente en los departamentos más rojos la población campesina votó
públicamente por Bonaparte. Según ellos, la Asamblea Nacional le había impedido
caminar. Ahora no había hecho más que romper las ligaduras que las ciudades
habían puesto a la voluntad del campo. En algunos sitios, abrigaban incluso la
idea grotesca de colocar, junto a un Napoleón, una Convención.
Después de que
la primera revolución había convertido a los campesinos semisiervos en
propietarios libres de su tierra, Napoleón consolidó y reglamentó las
condiciones bajo las cuales podrían explotar sin que nadie les molestase el
suelo de Francia que se les acababa de asignar, satisfaciendo su afán juvenil
de propiedad. Pero lo que hoy lleva a la ruina al campesino francés, es su
misma parcela, la división del suelo, la forma de propiedad consolidada en
Francia por Napoleón. Fueron precisamente las condiciones materiales las que
convirtieron al campesino feudal francés en campesino parcelario y a Napoleón
en emperador. Han bastado dos generaciones para engendrar este resultado
inevitable: empeoramiento progresivo de la agricultura y endeudamiento
progresivo del agricultor. La forma «napoleónica» de propiedad, que a comienzos
del siglo XIX era la condición para la liberación y el enriquecimiento de la
población campesina francesa, se ha desarrollado en el transcurso de este siglo
como la ley de su esclavitud y de su pauperismo. Y es precisamente esta ley la
primera de las idées napoléoniennes [78] que viene a afirmar el segundo
Bonaparte. Si comparte todavía con los campesinos la ilusión de buscar la causa
de su ruina, no en su misma propiedad parcelaria, sino fuera de ella, en la
influencia de circunstancias secundarias, sus experimentos se estrellarán como
pompas de jabón contra las relaciones de producción.
El desarrollo
económico de la propiedad parcelaria ha invertido de raíz la relación de los
campesinos con las demás clases de la sociedad. Bajo Napoleón, la parcelación
del suelo en el campo complementaba la libre concurrencia y la gran industria
incipiente de las ciudades. La clase campesina era la protesta omnipresente
contra la aristocracia terrateniente que se acababa de derribar. Las raíces que
la propiedad parcelaria echó en el suelo francés quitaron al feudalismo toda
sustancia nutritiva. Sus mojones formaban el baluarte natural de la burguesía
contra todo golpe de mano de sus antiguos señores. Pero en el transcurso del
siglo XIX pasó a ocupar el puesto de los señores feudales el usurero de la
ciudad, las cargas feudales del suelo fueron sustituidas por la hipoteca y la
aristocrática propiedad territorial fue suplantoda por el capital burgués. La
parcela del campesino sólo es ya el pretexto que permite al capitalista sacar
de la tierra ganancia, intereses y renta, dejando al agricultor que se las
arregle para sacar como pueda su salario. Las deudas hipotecarias que pesan
sobre el suelo francés imponen a los campesinos de Francia un interés tan
grande como los intereses anuales de toda la deuda nacional británica. La
propiedad parcelaria, en esta esclavitud bajo el capital a que conduce
inevitablemente su desarrollo, ha convertido a la masa de la nación francesa en
trogloditas. Diez y seis millones de campesinos (incluyendo las mujeres y los
niños) viven en chozas, una gran parte de las cuales sólo tienen una abertura,
otra parte, dos solamente, y las privilegiadas, tres. Las ventanas son para una
casa lo que los cinco sentidos para la cabeza. El orden burgués, que a
comienzos del siglo puso al Estado de centinela de la parcela recién creada y
la abonó con laureles, se ha convertido en un vampiro que le chupa la sangre y
la medula y la arroja a la caldera de alquimista del capital. El Code Napoleón
no es ya más que el código de los embargos, de las subastas y de las
adjudicaciones forzosas. A los cuatro millones (incluyendo niños, etc.) de
paupers oficiales, vagabundos, delincuentes y prostitutas, que cuenta Francia,
hay que añadir cinco millones, cuya existencia flota al borde del abismo y que
o bien viven en el mismo campo o desertan constantemente, con sus harapos y sus
hijos, del campo a las ciudades y de las ciudades al campo. Por tanto, los
intereses de los campesinos no se hallan ya, como bajo Napoleón, en
consonancia, sino en contraposición con los intereses de la burguesía, con el
capital. Por eso los campesinos encuentran su aliado y jefe natural en el
proletariado urbano, que tiene por misión derrocar el orden burgués. Pero el
Gobierno fuerte y absoluto —que es la segunda idée napoléonienne que viene a
poner en práctica el segundo Napoleón— está llamado a defender por la violencia
este orden «material». Y este ordre matériel [*] es también el tópico en todas
las proclamas de Bonaparte contra los campesinos rebeldes.
Junto a la hipoteca,
que el capital le impone, pesan sobre la parcela los impuestos. Los impuestos
son la fuente de vida de la burocracia, del ejército, de los curas y de la
corte; en una palabra, de todo el aparato del poder ejecutivo. Un gobierno
fuerte e impuestos elevados son cosas idénticas. La propiedad parcelaria se
presta por naturaleza para servir de base a una burocracia omnipotente e
innumerable. Crea un nivel igual de relaciones y de personas en toda la faz del
país. Ofrece también, por tanto, la posibilidad de influir por igual sobre
todos los puntos de esta masa igual desde un centro supremo. Destruye los
grados intermedios aristocráticos entre la masa del pueblo y el poder del
Estado. Provoca, por tanto, desde todos los lados, la ingerencia directa de este
poder estatal y la interposición de sus órganos inmediatos. Y finalmente, crea
una superpoblación parada que no encuentra cabida ni en el campo ni en las
ciudades y que, por tanto, echa mano de los cargos públicos como de una
respetable limosna, provocando la creación de cargos del Estado. Con los nuevos
mercados que abrió a punta de bayoneta, con el saqueo del continente, Napoleón
devolvió los impuestos forzosos con sus intereses. Estos impuestos eran
entonces un acicate para la industria del campesino, mientras que ahora privan
a su industria de sus últimos recursos y acaban de exponerle indefenso al
pauperismo. Y de todas las idées napoléoniennes, la de una enorme burocracia,
bien galoneada y bien cebada, es la que más agrada al segundo Bonaparte. ¿Y cómo
no habla de agradarle, si se ve obligado a crear, junto a las clases reales de
la sociedad, una casta artificial, para la que el mantenimiento de su régimen
es un problema de cuchillo y tenedor? Por eso, una de sus primeras operaciones
financieras consistió en elevar nuevamente los sueldos de los funcionarios a su
altura antigua y en crear nuevas sinecuras.
Otra idée
napoléonienne es la dominación de los curas como medio de gobierno. Pero si la
parcela recién creada, en su armonía con la sociedad, en su dependencia de las
fuerzas de la naturaleza y en su sumisión a la autoridad que la protegía desde
lo alto era, naturalmente, religiosa, esta parcela, comida de deudas,
divorciada de la sociedad y de la autoridad y forzada a salirse de sus propios
horizontes limitados, se hace, naturalmente, irreligiosa. El cielo era una
añadidura muy hermosa al pequeño pedazo de tierra acabado de adquirir, tanto
más cuanto que de él vienen el sol y la lluvia; pero se convierte en un insulto
tan pronto como se le quiere imponer a cambio de la parcela. En este caso, el
cura ya sólo aparece como el ungido perro rastreador de la policía terrenal:
otra idée napoléonienne . La próxima vez, la expedición contra Roma se llevará
a cabo en la misma Francia, pero en sentido inverso al del señor Montalembert.
Finalmente, el
punto culminante de las idées napoléoniennes es la preponderancia del ejército.
El ejército era el point d'honneur [*]* de los campesinos parcelarios, eran
ellos mismos convertidos en héroes, defendiendo su nueva propiedad contra el
enemigo de fuera, glorificando su nacionalidad recién conquistada, saqueando y
revoluclonando el mundo. El uniforme era su ropa de gala; la guerra, su poesía;
la parcela, prolongada y redondeada en la fantasía, la patria, y el patriotismo,
la forma ideal del sentido de propiedad. Pero los enemigos contra quienes ahora
tiene que defender su propiedad el campesino francés no son los cosacos, son
los alguaciles y los agentes ejecutivos del fisco. La parcela no está ya
enclavada en lo que llaman patria, sino en el registro hipotecario. El mismo
ejército ya no es la flor de la juventud campesina, sino la flor del pantano
del lumpemproletariado campesino. Está formado en su mayoría por remplaçants
[*], por sustitutos, del mismo modo que el segundo Bonaparte no es más que el
remplaçant, el sustituto de Napoleón. Sus hazañas heroicas consisten ahora en
las cacerías y batidas contra los campesinos, en el servicio de gendarmería, y
si las contradicciones internas de su sistema lanzan al jefe de la Sociedad del
10 de Diciembre del otro lado de la frontera francesa, tras algunas hazañas de
bandidaje el ejército no cosechará precisamente laureles, sino palos.
Como vemos,
todas las idées napoléoniennes son las ideas de la parcela incipiente, juvenil
, pero constituyen un contrasentido para la parcela caduca. No son más que las
alucinaciones de su agonía, palabras convertidas en frases, espíritus
convertidos en fantasmas. Pero la parodia del imperio era necesaria para
liberar a la masa de la nación francesa del peso de la tradición y hacer que se
destacase nítidamente la contraposición entre el Estado y la sociedad. Conforme
avanza la ruina de la propiedad parcelaria, se derrumba el edificio del Estado
construido sobre ella. La centralización del Estado, que la sociedad moderna
necesita, sólo se levanta sobre las ruinas de la máquina burocrático-militar de
gobierno, forjada por oposición al feudalismo.
Las condiciones
de los campesinos franceses nos descubren el misterio de las elecciones
generales del 20 y el 21 de diciembre, que llevaron al segundo Bonaparte al
Sinaí pero no para recibir leyes, sino para darlas.
Manifiestamente,
la burguesía no tenía ahora más opción que elegir a Bonaparte. Cuando, en el
Concilio de Constanza [79] , los puritanos se quejaban de la vida licenciosa de
los papas y gemían acerca de la necesidad de reformar las costumbres, el
cardenal Pierre d'Ailly dijo, con voz tonante: «¡Cuando sólo el demonio en
persona puede salvar a la Iglesia católica, vosotros pedís ángeles!» La burguesía
francesa exclamó también, después del coup d'état: ¡Sólo el jefe de la Sociedad
del 10 de Diciembre puede ya salvar a la sociedad burguesa! ¡Sólo el robo puede
salvar a la propiedad, el perjurio a la religión, el bastardismo a la familia y
el desorden al orden!
Bonaparte, como
poder ejecutivo convertido en fuerza independiente, se cree llamado a
garantizar el «orden burgués». Pero la fuerza de este orden burgués está en la
clase media. Se cree, por tanto, representante de la clase media y promulga
decretos en este sentido. Pero si es algo, es gracias a haber roto y romper de
nuevo diariamente la fuerza política de esta clase media. Se afirma, por tanto,
como adversario de la fuerza política y literaria de la clase media. Pero, al
proteger su fuerza material, engendra de nuevo su fuerza política. Se trata,
por tanto, de mantener viva la causa, pero de suprimir el efecto allí donde
éste se manifieste. Pero esto no es posible sin una pequeña confusión de causa
y efecto, pues al influir el uno sobre la otra y viceversa, ambos pierden sus
características distintivas. Nuevos decretos que borran la linea divisoria.
Bonaparte se reconoce al mismo tiempo, frente a la burguesía, como
representante de los campesinos y del pueblo en general, llamado a hacer
felices dentro de la sociedad burguesa a las clases inferiores del pueblo.
Nuevos decretos, que estafan de antemano a los «verdaderos socialistas» [80] su
sabiduría de gobernantes. Pero Bonaparte se sabe ante todo jefe de la Sociedad
del 10 de Diciembre, representante del lumpemproletariado, al que pertenece él
mismo, su entourage [*]*, su Gobierno y su ejército, y al que ante todo le
interesa beneficiarse a sí mismo y sacar premios de lotería californiana del
Tesoro público. Y se confirma como jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre con
decretos, sin decretos y a pesar de los decretos.
Esta misión
contradictoria del hombre explica las contradicciones de su Gobierno, el
confuso tantear aquí y allá, que procura tan pronto atraerse como humillar,
unas veces a esta y otras veces a aquella clase, poniéndolas a todas por igual
en contra suya, y cuya inseguridad práctica forma un contraste altamente cómico
con el estilo imperioso y categórico de sus actos de gobierno, estilo imitado
sumisamente del tío.
La industria y
el comercio, es decir, los negocios de la clase media, deben florecer como
planta de estufa bajo el Gobierno fuerte. Se otorga un sinnúmero de concesiones
ferroviarias. Pero el lumpemproletariado bonapartista tiene que enriquecerse.
Manejos especulativos con las concesiones ferroviarias en la Bolsa por gentes
iniciadas de antemano. Pero no se presenta ningún capital para los
ferrocarriles. Se obliga al Banco a adelantar dinero a cuenta de las acciones
ferroviarias. Pero, al mismo tiempo, hay que explotar personalmente al Banco,
y, por tanto, halagarlo. Se exime al Banco del deber de publicar semanalmente
sus informes. Contrato leonino del Banco con el Gobierno. Hay que dar trabajo
al pueblo. Se ordenan obras públicas. Pero las obras públicas aumentan las
cargas tributarias del pueblo. Por tanto, rebaja de los impuestos mediante un
ataque contra los rentistas, convirtiendo las rentas al 5 por 100 en rentas al
4 ½ por 100. Pero hay que dar un poco de miel a la burguesía. Por tanto, se
duplica el impuesto sobre el vino para el pueblo, que lo bebe en detail [*], y
se rebaja a la mitad para la clase media, que lo bebe en grós [*]*. Se
disuelven las asociaciones obreras existentes, pero se prometen milagros de
asociación para el porvenir. Hay que ayudar a los campesinos: Bancos
hipotecarios, que aceleran su endeudamiento y la concentración de la propiedad.
Pero a estos Bancos hay que utilizarlos para sacar dinero de los que se preste
a esta condición, que no figura en el decreto, y el Banco hipotecario se queda
reducido a mero decreto, etc., etc.
Bonaparte
quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal de todas las clases. Pero no
puede dar nada a una sin quitárselo a la otra. Y así como en los tiempos de la
Fronda se decía del duque de Guisa que era el hombre más obligeant [*]** de
Francia, porque había convertido todas sus fincas en obligaciones de sus
partidarios, contra él mismo, Bonaparte quisiera ser también el hombre más
obligeant de Francia y convertir toda la propiedad y todo el trabajo de Francia
en una obligación personal contra él mismo. Quisiera robar a Francia entera
para regalársela a Francia, o mejor dicho, para comprar de nuevo a Francia con
dinero francés, pues como jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre tiene
necesariamente que comprar lo que quiere que le pertenezca. Y en institución
del soborno se convierten todas las instituciones del Estado: el Senado, el
Consejo de Estado, el Cuerpo Legislativo, la Legión de Honor, la medalla del
soldado, los lavaderos, los edificios públicos, los ferrocarriles, el Estado
Mayor de la Guardia Nacional sin soldados rasos, los bienes confiscados de la
casa de Orleáns. En medio de soborno se convierten todos los puestos del
ejército y de la máquina de gobierno. Pero lo más importante en este proceso es
que se toma a Francia para entregársela a ella misma, son los tantos por ciento
que durante la operación de cambio se embolsan el jefe y los individuos de la
Sociedad del 10 de Diciembre. El chiste con el que la condesa L., la amante del
señor de Morny, caracterizaba la confiscación de los bienes orleanistas: «C'est
le premier vol de l'aigle» [*] [«Es el primer vuelo (robo) del águila»], puede
aplicarse a todos los vuelos de este águila, que más que águila es cuervo.
Tanto él como sus adeptos se gritan diariamente, como aquel cartujo italiano al
avaro, que contaba jactanciosamente los bienes que habría de disfrutar durante
largas años: «Tu fai conto sopra i beni, bisogna prime far il conto sopra gli
anni» [*]*. Para no equivocarse en los años, echan las cuentas por minutos. En
la corte, en los ministerios, en la cumbre de la administración y del ejército,
se amontona un tropel de bribones, del mejor de los cuales puede decirse que no
se sabe de dónde viene, una bohème estrepitosa, sospechosa y ávida de saqueo,
que se arrastra en sus casacas galoneadas con la misma grotesca dignidad que
los grandes dignatarios de Soulouque. Si queremos representarnos plásticamente
esta capa superior de la Sociedad del 10 de Diciembre, nos basta con saber que
Véron-Crevel [*]** es su predicador de moral y Granier de Cassagnac su
pensador. Cuando Guizot, durante su ministerio, utilizó a este Granier en un
periodicucho contra la oposición dinástica, solía ensalzarlo con esta frase:
«C'est le roi des drôles», «es el rey de los bufones». Sería injusto recordar a
propósito de la corte y de la tribu de Luis Bonaparte a la Regencia [81] o a
Luis XV. Pues «Francia ha pasado ya con frecuencia por un gobierno de
favoritas, pero nunca todavía por un gobierno de chulos» [*]***.
Acosado por las
exigencias contradictorias de su situación y al mismo tiempo obligado como un
prestidigitador a atraer hacia sí, mediante sorpresas constantes, las miradas
del público, como hacia el sustituto de Napoleón, y por tanto a ejecutar todos
los días un golpe de Estado en miniatura, Bonaparte lleva el caos a toda la
economía burguesa, atenta contra todo lo que a la revolución de 1848 había
parecido intangible, hace a unos pacientes para la revolución y a otros
ansiosos de ella, y engendra una verdadera anarquía en nombre del orden,
despojando al mismo tiempo a toda la máquina del Estado del halo de santidad,
profanándola, haciéndola a la par asquerosa y ridícula. Copia en París, bajo la
forma de culto del manto imperial de Napoleón, el culto a la sagrada túnica de
Tréveris [82] . Pero si por último el manto imperial cae sobre los hombros de
Luis Bonaparte, la estatua de bronce de Napoleón se vendrá a tierra desde lo
alto de la Columna de Vendôme [83].
Escrito por C.
Marx en diciembre Se publica de acuerdo con el
de 1851-marzo de
1852. texto de la edición de 1869.
Publicado como
primer número de la Traducido del alemán.
revista
"Die Revolution" en 1852,
en Nueva York.
Firmado: Karl
Marx
NOTAS
[*] Dentro de
cincuenta años, Europa será republicana o cosaca. (N. de la Edit.)
[**] República
cosaca. (N. de la Edit.)
[***] O sea,
Francia después del golpe de Estado de 1851. (N. de la Edit.)
[*] Es el
triunfo completo y definitivo del socialismo. (N. de la Edit.)
[**]
Shakespeare. "Hamlet", acto I, escena 5. (N. de la Edit.)
[*] Queda
prohibida la investigación de la paternidad. (N. de la Edit.)
[76] 255.
Cévennes: zona montañosa de la provincia francesa de Languedoc, donde se
alzaron los campesinos en 1702-1705. La insurrección, provocada por las
persecuciones a los protestantes, adquirió un acusado carácter antifeudal.- 491
[77] 203.
Alusión al motín contrarrevolucionario de la Vendée (provincia occidental de
Francia), levantado en 1793 por los realistas franceses que utilizaron a los
campesinos atrasados de esta provincia para luchar contra la revolución
francesa.- 373, 491
[**] La
muchedumbre vil. (N. de la Edit.)
[78] 241.
Alusión al libro de Luis Bonaparte "Des idées napoléoniennes"
("Las ideas napoléonicas"), aparecido en París en 1839.- 444, 492
[*] «Orden
material». (N. de la Edit.)
[**] El orgullo.
(N. de la Edit.)
[*] Los que se
obligaban a servir en el ejército, en sustitución de los que eran llamados a
filas. (N. de la Edit.)
[79] 256. El
Concilio de Constanza (1414-1418) fue convocado con el fin de fortalecer el
catolicismo cuya unidad había sido quebrantada por el naciente movimiento
reformista.- 495
[80] 179.
Alusión a las obras de los representantes del socialismo alemán o «verdadero»,
corriente reaccionaria que se extendió en Alemania en los años 40 del siglo XIX
principalmente entre la intelectualidad pequeñoburguesa.- 323, 496
[**] Los que le
rodean. (N. de la Edit.)
[*] Al por
menor. (N. de la Edit.)
[**] Al por
mayor. (N. de la Edit.)
[***]
Obsequioso. (N. de la Edit.)
[*] La palabra
vol significa vuelo y robo.
[**] «Cuentas
los bienes, cuando lo que debieras contar son los años».
[***] En su obra
"La Cousine Bette", Balzac presenta en Crevel, personaje inspirado en
el Dr. Véron, propietario del periódico "Constitutionnel", al tipo
del filisteo más libertino de París.
[81] 257. Se
refiere a la regencia de Felipe de Orleáns en Francia entre 1715 y 1723 durante
la minoría de edad de Luis XV.- 498
[****] Palabras
de Madame Girardin.
[82] 258. La
sagrada túnica de Tréveris: la que vestía supuestamente Cristo al morir
crucificado. Se conservaba en la catedral de Tréveris (Alemania Occidental)
como reliquia de los católicos. Era objeto de adoración de los peregrinos.- 498
[83] 210. La
Columna de Vendôme fue erigida en 1806-1810 en París en memoria de las
victorias de la Francia Napoleónica; se fundió con el bronce de los cañones
enemigos y está coronada con una estatua de Napoleón. El 16 de mayo de 1871,
según disposición de la Comuna de París, la Columna de Vendôme fue derribada;
en 1875 fue restablecida por la reacción.- 405, 498