Vicente Verdú
Este artículo salió publicado en el diario El Pais de España.
Hace apenas unos años el mundo parecía agotado. El territorio entero había sido censado, el catastro se encontraba a tope y la sola novedad que cabía esperar del espacio era su partición. Ahora, junto al espacio político real, ha crecido una excrecencia virtual que no termina de expandirse y habitarse. Frente a la utopía de la aventura interplanetaria ha brotado la experiencia del internauta, frente a la búsqueda de otros cuerpos extraterrestres llega esta oleada de la descorporización. Los internautas se adentran en busca de una nueva clase de apariciones y, simultáneamente, de una nueva desaparición. De hecho, el universo Internet se define como la sede de una duplicidad de la relación y el descubrimiento, como una opción redoblada de integración pero también como la metáfora de una desintegración personal en partículas impalpables, sólo visibles y audibles en el oscuro túnel de la pantalla.
¿Bueno, malo, regular? Todo menos indiferente. Los apasionados de Internet han encontrado en esta opción una impensada oportunidad de volver a ilusionarse con el futuro del mundo. No sólo algunos disfrutan como enanos; creen en que este instrumento agiganta y que, acabada la fragmentación entre unos y otros, se ha ingresado en la era de la conexión global. Internet no tiene centro, es una red de dibujo democrático y popular; funciona como una segunda naturaleza horizontal donde las diferencias se abaten en beneficio de un paisaje, por fin apaisado, en manos del paisanaje.
Nada sin embargo está del todo claro en esa comarca cuyo destino, como el de otros solares, ha caído en manos de la especulación mercantil... Internet es una oferta agregada para el recreo, el estudio, la terapia, la investigación o el placer, y este sabroso lote adjunto al capitalismo no puede permanecer exento de la gestión del capital. Ya existen explotaciones comerciales de sobra en su interior, pero acaso sólo sea el comienzo de una vasta explotación total. Los veteranos de Internet vieron en ese piélago de contactos sin leyes el anunciado reino de la anarquía y la libertad, un posmundo liberado de la reglamentación donde cada cual podría bañarse sin las contaminaciones del aquí. Ahora, no obstante, Internet está ya polucionado de anuncios y firmas comerciales, de productos especulares y de vigilantes que paulatinamente se apostan con armas y cámaras de seguridad.
Ciertamente Internet es un trasmundo, pero todos los mundos civilizados se encuentran en la reproducción de éste. Con su calcado modelo de desigualdad, unos de sus habitantes son más y otros menos, unos tienen acceso a sus favores y a otros les falta presupuesto para asomarse a sus gradas. Quienes ya están acomodados dentro o quienes proyectan introducirse ven entre sus ventajas la superación de obstáculos y el disfrute de opciones superlativas que la informática ha podido agregar a la modernidad. Para quienes siguen y seguirán sin teléfono, sin ordenador o sin módem, no obstante, el sentimiento de desplazamiento se multiplica por dos.
¿Se compensa esta discriminación con alguna redención mayor? No es seguro. Quienes se han adiestrado en la navegación por el ciberespacio encuentran nuevos motivos de estímulo y felicidad y, para muchos de sus usuarios, Internet brinda una parte de lo que el espacio interpersonal no procura o cada vez procura menos. Hay quien confiesa haber encontrado sus mejores amigos en la ciberconversación y sus sensaciones más apreciadas en el descubrimiento de otros seres humanos a los que nunca habría tenido acceso. Para ellos, el mundo parece haberse abrazado en una casa común a la que dan accesos las pantallas y sus windows. Es una comunicación entrecortada, desprovista de lenguaje corporal, privada de sincronía en los gestos y, a la fuerza, insuficiente, pero ¿cómo no preferir esto a la posible nada? ¿Cómo no pensar a la vez que esta conexión, aun incompleta o mutilada, puede ser el global principio de una gran amistad? En esa esperanza, los que aman Internet extienden sus curiosidades, incrementan las pulsaciones del corazón y las teclas, entregan horas y horas a sentir el mundo y a sus huéspedes en el sueño de la pantalla.
¿No estarán, con todo, renunciando, puesto que el tiempo es finito, a los paseos, a la plaza, al tú a tú carnal? Internet es un consuelo para los solitarios, un juguete para los tecnológicos, un instrumento de formidable utilidad para los escritores, los artistas y los niños. Pero, a la vez, ¿cómo no contemplar en el sujeto absorto por la pantalla un sucedáneo de la relación integral, una disipación absorbente de la temperatura cuerpo a cuerpo?
Tienen razón quienes arguyen que cualquier nueva invención ha suscitado sospechas y ha sido maquillada con los atributos del mal. Pero ahora, a estas alturas del siglo XXI, estamos tan curados de asombro que da pereza volver a contagiarse de otra enfermedad antitécnica. La vida se ha visto tan elocuentemente alterada por las experiencias de la electricidad, el teléfono, el televisor y el ordenador que sólo farisaicamente cabe escandalizarse con la pornografia del teleputer. La cuestión radica no ya en los instrumentos que va creando la sociedad como en la clase de sistema social al que sirven. Nada parece bueno o malo si no se le añade su destino. Si la televisión se ha encanallado no es un efecto de sus pávidos rayos catódicos, sino de cuentas mucho más cegadoras.
Internet cobra dimensión e importancia planetaria justamente cuando el sistema neoliberal impregna como nunca de un punto a otro del mundo. Internet es el gran vehículo para intercomunicar culturas, pero llega bajo la égida de la cultura americana y del idioma inglés, del predominio del valor del mercado sobre todas las cosas, de la entronización del poder económico por encima de cualquier otra fuerza. En este contexto Internet tiende cada vez más a a comportarse como un hipermercado de cualquier cosa: del sexo, de la ciencia, de la interconexión, del ocio, de la cultura de consumo, de la consumación de la cultura. En apariencia, Internet todavía vuela en un giro extraorbital, presuntamente apartado del sistema, pero ya sus viejos conocedores denuncian la progresiva colonización. Siguen existiendo parajes libres, pero cada vez más se representan como nichos en un territorio que pasa a ser dominado por los mismos valores y fuerzas de este lado. Su condición virtual, su fiesta inconoclasta y subversiva continúa produciendo tertulias desobedientes, pero no es seguro que esto sea algo más que un exorno en su totalidad. O acaso no.
¿Acaso podría cambiar Internet el mundo desde su cosmología? ¿Cambiará el sentido del sistema general desde su subsistema? No parece probable, pero la historia es también una categoría biológica sobre la cual ciertas excrecencias acaban decidiendo una bioformación ulterior. ¿Es ésta la ilusión de los internautas?
Algunos de los navegantes se plantean estas cuestiones, otros no se enredan con ellas. El debate sigue, entretanto, dentro y fuera de la red.
Ignacio Ramonet
Ignacio Ramonet es profesor de Teoría de la Comunicación en la Universidad París-VII y director del mensual Le Monde Diplomatique de París.
Estructurado en mallas de red, Internet, como se sabe, es más difícil de destruir que una telaraña con una bala de fusil. Su protocolo es del dominio público y no pertenece a ninguna firma comercial. Correo electrónico, foros de discusión y consulta de archivos son sus usos más frecuentes, rápidos, fáciles y relativamente baratos. Indestructible, descentralizado, propiedad de todos, Internet ha hecho renacer el sueño de una comunidad humana armoniosa, planetaria -la de los internautas- en la que cada uno se apoya en los demás para perfeccionar sus conocimientos y agudizar su inteligencia.
Estas características, indiscutibles, no deben impedirnos reflexionar sobre los tres peligros que se ciernen hoy sobre Internet. En particular: una ilusión y dos amenazas.
La ilusión es la de la «democracia electrónica», esa idea que algunos teóricos expresan sin precaución vaticinando que, en un futuro próximo, podremos votar tecleando simplemente en nuestra computadora personal. Esta posibilidad electrónica, dicen, permitiría a los ciudadanos intervenir directamente y sin intermediarios en la toma de decisiones políticas, y, sobre todo, les daría la posibilidad de contrarrestar la influencia de los grupos de presión (lobbies) que acaparan para su único beneficio a la democracia.
Evidentemente, esta idea del cibervoto no deja de ser seductora. Pero conlleva grandes peligros. El principal de ellos es el de restaurar el principio de la pasión en el terreno de la política. Imaginemos un referéndum sobre la pena de muerte organizado días después del descubrimiento de un crimen particularmente horrendo. El resultado no ofrece dudas. La democracia electrónica conduce directamente al linchamiento electrónico. La interactividad inmediata puede convertirse así en un peligro multiplicador de cibercretinismo. Y lo que parecía un progreso cívico deviene regresión política. Porque, contrariamente a lo que la moda de la instantaneidad y del tiempo real trata de imponer, la democracia supone distancia entre los hechos y las decisiones, distancia que debe consagrarse a la reflexión, al diálogo, al debate, con el fin de que, hasta en Internet, la razón triunfe sobre las pasiones.
Por otra parte, lo que amenaza a Internet es la
tentación, cada vez más manifiesta, de los grandes mastodontes
de la comunicación de apoderarse comercialmente de la «red de
redes». Los mercaderes se están lanzando al asalto de Internet
porque ven en este nuevo medio de comunicación una fuente
inagotable de provechos. Para ellos, la era ciber sucede a la era
de la televisión, y, como ésta, debe generar beneficios a
escala fabulosa. Así, el reciente acuerdo entre el gigante
Microsoft y la cadena NBC (que pertenece a la General Electric)
para crear un canal de información continua (MSNBC) difundida
simultáneamente por cable y por Internet (primera boda de la
computadora y la televisión) confirma la voluntad de Bill Gates
de controlar comercialmente Internet. Bill Gates ya había creado
una ciberrevista, Slate (La Pizarra), sofisticada y original, y
se dispone a lanzar un ciberdiario, Cityscape, especializado en
información de proximidad ciudadana y en anuncios por palabras.
Todos los gigantes de las telecomunicaciones -AT&T, MCI, IBM-,
de los medios de comunicación de masas -Time-Warner, Rupert
Murdoch, CNN-, del ocio -Walt Disney- y de la publicidad, se
disponen a colonizar despiadadamente el ciberespacio.
Actualmente, más del 25% de todos los sitios web de Internet son
comerciales (de pago) y mucho más numerosos que los de carácter
educativo y universitario. Y a escala internacional, el acceso a
los servicios de Internet ya está masivamente controlado por dos
firmas norteamericanas, America Online y CompuServe. El sueño de
un espacio de saber gratuito y de convivencia a disposición de
los ciudadanos se ha desvanecido.
La otra amenaza es que el desarrollo de Internet está creando una nueva desigualdad entre inforricos e infopobres. No sólo en el Norte, donde sólo una minoría dispone de computadora personal, sino sobre todo en el Sur, donde la falta de equipos mínimos marginaliza a millones de personas. Así, por ejemplo, hay más líneas telefónicas en la isla de Manhattan (Nueva York) que en toda África negra, y, como se sabe, sin teléfono conectado con la computadora no se puede acceder a Internet.
Indiscutiblemente, con Internet entramos en una nueva era de la comunicación. De nuevo, hay muchos que piensan, no sin ingenuidad, que cuanta más comunicación haya, más armonía social habrá. Se equivocan. La comunicación, en sí, no es progreso social. Y mucho menos cuando la controlan, como es el caso ya de Internet, las grandes firmas comerciales y cuando, por otra parte, contribuye a acrecentar las diferencias y desigualdades entre ciudadanos de un mismo país, y habitantes de un mismo planeta. Internet era una esperanza; nos la han robado.