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La
siguiente es la conferencia leída por Estanislao Zuleta el día viernes 21 de
noviembre de 1980 en el acto en que la Universidad del Valle le concedió el
Doctorado Honoris Causa en Psicología:
"EL ELOGIO DE LA
DIFICULTAD"
"La
pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de una manera
tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a
inventar paraísos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y por
lo tanto también sin carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada,
una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos
afortunadamente inexistentes.
Todas estas fantasías serían inocentes e
inocuas, si no fuera porque
constituyen el modelo de nuestros
propósitos y de nuestros anhelos en la vida práctica.
Aquí mismo, en los proyectos de la existencia
cotidiana, más acá del
reino de las mentiras eternas, introducimos también el ideal tonto de la
seguridad garantizada, de las reconciliaciones totales, de las soluciones
definitivas. Puede decirse que nuestro problema no consiste solamente ni
principalmente en que no seamos capaces de conquistar lo que nos proponemos,
sino en aquello que nos proponemos; que nuestra desgracia no está tanto en la
frustación de nuestros deseos, como en la forma misma de desear. Deseamos mal.
En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que
estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio
sin sombras y sin peligros, un nido de amor y por lo tanto, en última instancia
un retorno al huevo. en vez de desear una sociedad en la que sea realizable y
necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades,
deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala-cuna de abundancia
pasivamente recibida. En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y
preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global, capaz de dar cuenta de
todo, revelada por espíritus que nunca han existido o por caudillos que
desgraciadamente sí han existido.
Adán y sobre todo Eva, tienen el mérito original de habernos liberado
del paraíso, nuestro pecado es que anhelamos regresar a él.
Desconfiemos de las mañanas radiantes en las que se inicia un reino
milenario. son muy conocidos en la
historia, desde la Antigüedad hasta hoy, los horrores a los que pueden y suelen
entregarse los partidos provistos de una verdad y de una meta absolutas,
las iglesias cuyos miembros han sido alcanzados por la gracia -por la
desgracia de alguna revelación. El
estudio de la vida social y de la vida personal nos enseña cuán próximos se
encuentran una de otro la idealización y el terror.
La idealización del fin, dela meta y el terror de los medios que
procurarán su conquista. Quienes
de ésta manera tratan de someter la realidad al ideal, entran inevitablemente
en una concepción paranoide de la verdad; enun sistema de pensamiento tal, que
los que se atrevieran a objetar algo quedan inmediatamente sometidos a la
interpretación totalitaria: sus argumentos, no son argumentos, sino solamente síntomas
de una naturaleza dañada o bien máscaras de malignos propósitos.
En lugar de discutir un razonamiento se le reduce a un juicio de
potencial al otro -y el otro es, en este sistema, sinónimo de enemigo-, o se
procede a un juicio de intenciones. Y
este sistema se desarrolla peligrosamente hasta
el punto en que ya no solamente rechaza toda oposición, sino también toda
diferencia: el que no está conmigo está contra mí, y el que no está
completamente conmigo, no está conmigo.
Así como hay, según Kant, un verdadero abismo de la Razón que consiste
en la petición de un fundamento último e incondicionado de todas las cosas, así
también hay un verdadero abismo de la Acción, que consiste en la exigencia de
una entrega total a la <<causa>> absoluta y concibe toda duda y toda
crítica como traición o como agresión.
Ahora sabemos, por una amarga experiencia, que este abismo de la acción,
con sus guerras santas y sus orgías de fraternidad no es una característica
exclusiva de ciertas épocas del pasado o de civilizaciones atrasadas en el
desarrollo científico y técnico; que puede funcionar muy bien
y desplegar todos sus efectos sin abolir una gran capacidad de inventiva
y una eficiencia macabra. Sabemos
que ningún origen filosóficamente elevado o supuestamente divino, inmuniza a
una doctrina contra el riesgo de caer en la interpretación propia de la lógica
paranoide que afirma un discurso particular -todos lo son- como la designación
misma de la realidad y los otros como ceguera o mentira.
El atractivo terrible que poseen las formaciones colectivas que se
embriagan con la promesa de una comunidad humana no problemática, basada en una
palabra infalible, consiste en que suprimen la indecisión y la duda, la
necesidad de pensar por sí mismo, otorgan a sus miembros una identidad exaltada
por participación, separan un interior bueno -el grupo- y un exterior
amenazador. Así como se ahorra sin
duda la angustia, se distribuye mágicamente la ambivalencia en un amor por lo
propio y un odio por lo extraño y se produce la más grande simplificación de
la vida, la más espantosa facilidad. Y
cuando digo aquí facilidad, no ignoro ni olvido que precisamente este tipo de
formaciones colectivas, se caracterizan por una inaudita capacidad de entrega y
sacrificios; que sus miembros aceptan y desean el heroísmo, cuando no aspiran a
la palma del martirio. Facilidad,
sin embargo, porque lo que el hombre teme por encima de todo
no es la muerte y el
sufrimiento, en los que tantas veces se refugia, sino la angustia que genera la
necesidad de ponerse en cuestión, de combinar el entusiasmo y la crítica, el
amor y el respeto.
Un síntoma inequívoco de la dominación de las ideologías proféticas
o de los grupos que los generan o que someten a su lógica doctrinas que les
fueron extrañas en su origen, es el descrédito en que cae
el concepto de respeto. No
se quiere saber nada del respeto, ni de la reciprocidad, ni de la vigencia de
normas universales. Estos valores
aparecen más bien como males
menores propios de un resignado escepticismo, como signo que se ha abdicado a
las mas caras esperanzas. Por que
el respeto a las normas sólo adquieren vigencia allí donde el amor, el
entusiasmo, la entrega total a la gran misión, ya no puede aspirar a determinar
las relaciones humanas. Y como el
respeto es siempre el respeto a la diferencia, sólo puede afirmarse
allí donde ya no se cree que la diferencia puede resolverse en una comunidad
exaltada, transparente y
espontánea,
o en una fusión amorosa. No se
puede respetar el pensamiento del otro, tomarlo seriamente en consideración,
someterlo a sus consecuencias,
ejercer sobre él una crítica, válida también en principio para el
pensamiento propio, cuando se habla desde la verdad misma, cuando creemos que la
verdad habla por nuestra boca; porque entonces el pensamiento del otro sólo
puede ser error o mala fe; y el hecho mismo de su diferencia con nuestra verdad
es prueba contundente de su falsedad, sin que se requiera ninguna otra.
Nuestro saber es el mapa de la realidad
y toda línea que se separe de él sólo puede ser imaginaria o algo peor:
voluntariamente torcida por inconfesables intereses.
Desde la concepción apocalíptica dela historia de las normas y las
leyes de cualquier tipo, son vistas como algo demasiado abstracto y mezquino
frente a las gran tarea de realizar el ideal y de encarnar la Promesa;
y por lo tanto sólo se reclaman y se valoran cuando ya no se cree en la
misión incondicionada.
Pero lo que ocurre cuando sobreviene la gran desidealización no es
generalmente que se aprenda a
valorar positivamente lo que tan alegremente se había desechado o estimado sólo
negativamente; lo que se produce entonces, casi siempre, es una verdadera ola de
pesimismo, escepticismo y realismo cínico.
Se olvida entonces que la crítica a una sociedad injusta, basada en
basada en la explotación y en la dominación de clase, era fundamentalmente
correcta y que el combate por una organización social racional e igualitaria
sigue siendo necesaria y urgente.
A la desidealización sucede el arribismo individualista que además
piensa que ha superado toda moral
por el sólo hecho de que ha abandonado toda esperanza de una vida
cualitativamente superior.
Lo más difícil, lo más importante, lo más necesario, lo que de todos
modos hay que intentar, es conservar la voluntad de luchar por una sociedad
diferente sin caer en la interpretación paranoide de la lucha.
Lo difícil, pero también esencial es valorar positivamente el respeto y
la diferencia, no como un mal menor y un hecho inevitable, sino como lo que
enriquece la vida e impulsa la creación y el pensamiento, como aquello sin lo
cual una imaginaria comunidad de los justos cantaría el eterno hosanna del
aburrimiento satisfecho. Hay que
poner un gran signo de interrogación sobre el valor de lo fácil; no solamente
sobre sus consecuencias, sino sobre la cosa misma, sobre la predilección por
todo aquello que no exige de nosotros ninguna superación, ni nos pone en
cuestión,
ni nos obliga a desplegar nuestras posibilidades.
Hay que observar con cuánta desgraciada frecuencia nos otorgamos a
nosotros mismos, en la vida personal y colectiva, la triste facilidad de ejercer
lo que llamaré una no reciprocidad lógica; es decir el empleo de un método
explicativo completamente diferente cuando se trata de dar cuenta de los
problemas, los fracasos y los errores propios y los de otro cuando es adversario
o cuando disputamos con él. En el caso del otro aplicamos el esencialismo: lo que ha
hecho, lo que le ha pasado es una manifestación de su ser más profundo; en
nuestro caso aplicamos el circunstancialismo, de manera que aún los mismos fenómenos
se explican por las circunstancias adversas, por alguna desgraciada coyuntura.
El es así; yo me vi obligado. El
cosechó lo que había sembrado; yo no pude evitar este resultado.
El discurso del otro no es más que un síntoma de sus particularidades,
de su raza, de su sexo, de su neurosis, de sus intereses egoístas; el mío es
una simple constatación de los hechos y una deducción lógica de sus
consecuencias. Preferiríamos que
nuestra causa se juzgue por los propósitos y la adversaria por los resultados.
Y cuando de este modo nos empeñamos en ejercer esa no reciprocidad lógica
que es siempre una doble falsificación,
no sólo irrespetamos al otro, sino también a nosotros mismos, puesto que nos
negamos a pensar efectivamente el proceso que estamos viviendo.
La difícil tares de aplicar un mismo método explicativo y crítico a
nuestra posición y a la opuesta no significa desde luego que consideremos
equivalentes las doctrinas, las metas y los intereses de las personas, los
partidos, las clases y las naciones en conflicto.
Significa por el contrario que tenemos suficiente confianza en la
superioridad de la causa que defendemos, como para estar seguros de que no
necesita, ni le conviene esa doble falsificación con la cual, en verdad, podría
defenderse cualquier cosa.
En el carnaval de miseria y derroche propio del capitalismo tardío
se oye a la vez lejana y urgente la voz de Goethe y Marx que nos
convocaron a un trabajo creador, difícil, capaz de situar al individuo concreto
a la altura de las conquistas de la humanidad.
Dostoievsky nos enseñó a mirar hasta dónde van las tentaciones de
tener una fácil relación interhumana: van no sólo en el sentido de buscar el
poder, ya que si no se puede lograr una amistad respetuosa en una empresa común
se produce lo que Bahro llama interese compensatorios: la búsqueda de amos, el
deseo de ser vasallos, el anhelo de encontrar a alguien que nos
libere de una vez por todas del cuidado que nuestra vida tenga un sentido.
Dostoievsky entendió, hace más de un siglo, que la dificultad de
nuestra liberación procede de nuestro amor a las cadenas. Amamos las cadenas, los amos, las seguridades porque nos
evitan la angustia de la razón.
Pero en medio del pesimismo de nuestra época se sigue desarrollando el
pensamiento histórico, el psicoanálisis, la antropología, el marxismo, el
arte y la literatura. En medio del pensamiento de nuestra época surge la lucha de
los proletarios que ya saben que un trabajo
insensato no se paga con nada, ni con automóviles ni con televisores;
surge la rebelión magnífica de las mujeres que no aceptan una situación de
inferioridad a cambio de halagos y protecciones; surge la insurrección
desesperada de los jóvenes que no pueden aceptar el destino que se les ha
fabricado.
Este enfoque nuevo nos permite decir como Fausto: "También
esta noche, Tierra, permaneciste firme. Y ahora renaces de nuevo a mi
alrededor. Y
alientas otra vez en mi la aspiración de luchar sin descanso por una altísima existencia". |