|
|
5.2 Crisis del Estado Interventor y Nuevo Modelo Político: Los Gobiernos de Miguel de la Madrid Hurtado y Carlos Salinas de Gortari 1982–1994 |
Gobierno de Carlos Salinas de Gortari
Introducción
La candidatura priísta de Carlos Salinas de Gortari en la sucesión presidencial de 1987, fue un claro indicio de que el equipo gobernante persistiría en el camino modernizador elegido y tuvo consecuencias políticas inusitadas. Cuauhtémoc Cárdenas, para esos momentos ex gobernador de Michoacán, ex Senador de la República y ex Subsecretario de Asuntos Forestales; pudo cohesionar en torno de él una amplia gama de voluntades políticas y el apoyo de cuatro partidos que configuraron el Frente Democrático Nacional y una agrupación de organizaciones políticas sin registro: Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, Partido Popular Socialista, Partido Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional y Partido Mexicano Socialista, más la Corriente Democrática.
La candidatura cardenista creció consistentemente en los meses de campaña electoral y llegó a las elecciones de julio de 1988 con fuerza suficiente para volverse la segunda fuerza electoral del país, desplazando al Partido Acción Nacional y arrazando el PRI en las votaciones de la capital de la República y otras zonas centrales del país más algunas ciudades del norte.
La lentitud de cómputo de los resultados electorales, el auge de la oposición, la ostensible manipulación del proceso por las autoridades con la supuesta caída del sistema y la incredulidad de la opinión pública, echaron sobre las elecciones de julio de 1988 una espesa sombra de duda y la acusación de fraude. Los resultados oficiales que otorgaron el triunfo a Carlos Salinas de Gortari por algo más del 50 % de los votos (30 % para el cardenismo y 20 % para el PAN), fueron impugnados por diversos sectores nacionales y por los medios de información internacionales, y dieron paso a una clima de confrontación y litigio.
Al final, nadie quedó satisfecho ni la oposición, ni el gobierno, ni un alto porcentaje de los votantes. El desencuentro de las expectativas ciudadanas con los lentísimos tiempos del proceso, la insuficiencia de las vías legales para dar curso a las protestas y la manipulación gubernamental del proceso, pusieron de manifiesto una zona delicada y critica de la vida política del país: la falta de instituciones adecuadas para dar sitio a la nueva presencia ciudadana en las urnas y la necesidad de una reforma política capaz de ajustar esas instituciones a la nueva realidad.
Las elecciones de julio hicieron evidente, aún para los observadores fríos y tradicionales, que México debía de entrar al camino que conduce a la instauración de un régimen de partidos sólido, con elecciones competidas.
Pero sus leyes en la materia seguían privilegiando la estructura de un partido de estado, casi único. Los hábitos políticos de aquel dominio, como se ha dicho, estaban a su vez en creciente desencuentro con las expectativas de una ciudadanía emergente fruto de la modernización social y económica vivída por el país en el último cuarto de siglo.
Las elecciones de julio, tuvieron efectos políticos directos en otros ámbitos.
Primero, reformaron de hecho al presidencialismo mexicano, cortándole facultades y creándole contrapesos. Le quitaron, por lo tanto, la facultad de emprender reformas constitucionales sin ausencia de la oposición, al configurar una cámara de diputados en la que el PRI tuvo 260 de 500 escaños. Ya que las reformas constitucionales requieren la aprobación de dos terceras partes del Congreso –unos 332 diputados– en adelante el presidente debería mantener cohesionados todos los votos y convencer a más de 70 miembros de la oposición para lograr el éxito de alguna propuesta.
Segundo, equilibraron las relaciones del poder ejecutivo con el legislativo, volviendo a éste una instancia capáz de oponerse y hasta de derrotar las iniciativas presidenciales. La precaria mayoría priísta en el congreso podía en adelante ganar pero no avasallar, imponerse pero no aplastar.
En tercer lugar, las elecciones de julio regionalizaron y fragmentaron territorialmente el poder del régimen. Le arrebataron la mayoría en el Distrito Federal, vengando así un agravio ciudadano mayor –la inexistencia de elecciones para configurar el gobierno de la ciudad más importante del país-. También perdió el régimen la segunda ciudad de la república –Guadalajara, ganada por el PAN-, hubo triunfos de la oposición en estados que eran del dominio tradicional priísta –Morelos, Michoacán y Guerrero-, y la república en su conjunto apareció de pronto como un mapa de intensa competencia y equilibrio electoral.
De acuerdo con las cifras oficiales de la elección de 1988, en los años siguientes bastaría un pequeño aumento del ánimo desfavorable al gobierno –equivalente al 10 % del electorado: 19 millones de votos– para emparejar la votación nacional del PRI con la de la segunda fuerza del país.
Así, las elecciones de julio abrieron claramente la posibilidad del paso a la instalación en México de un régimen creíble y competitivo de partidos, un régimen capaz de conducirlo a la experiencia democrática por excelencia que los mexicanos no han tenido en este siglo ni en el pasado: la alternancia pacifica en el poder
(Aguilar Camin Héctor y Lorenzo Meyer, A la Sombra de la Revolución Mexicana, México, Editorial Cal y Arena, 1996, p. 283–285).RAFAEL A. CARRILLO AGUILAR