Ecos del Sesquicentenario
Testimonios de la Guerra del 47
Archipiélago
, No. 12/13, Año 2, mayo-agosto de 1997, México, pp. 24-26
Dice Antonio Caso en El sentido de la historia, que "La misión primera del historiador es, como la del sabio, un esfuerzo de análisis, un procedimiento de crítica, pero su misión última es un esfuerzo de reconstrucción, que sólo puede lograrse merced a la intuición que revive y anima en el espíritu la realidad exánime de los datos, las fuentes y los monumentos de la historia."1
Y como en Archipiélago intuimos la necesidad de reconstruir la esencia de la guerra librada hace 150 años entre México y los Estados Unidos, reproducimos a continuación los siguientes testimonios, que complementan el material publicado en las páginas anteriores y las espléndidas litografías de la época realizadas por Carl Nebel.
El orgullo de ser surge en primera instancia de la memoria histórica, terreno abonado por los mitos y los héroes. "Los héroes son los fantasmas que viven para nosotros," escribe el poeta y ensayista mexicano Vicente Quiriarte. Y luego agrega: "Para exorcizarlos, no bastan la ignorancia o la indiferencia. No les ayudan -tampoco a nosotros- lágrimas que no provengan de la inteligencia emocionada, de la pasión lúcida. La tarea no es fácil. Para que la escritura de los héroes adquiera la sustancia escamoteada por los discursos adjetivos, es preciso que el historiador y el poeta sacudan el polvo de sus casacas y los interroguen bajo la luz de un sol tan imponente como el que brillaba en México la mañana del 13 de septiembre de 1847, cuando estaba a punto de dar comienzo el discurso de las armas y las letras."2
Carlos Véjar Pérez-Rubio
ORIGEN DE LA GUERRA3
Manuel Payno, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, et. al.
Al contemplar el estado de abatimiento y ruina a que la funesta guerra con los Estados Unidos del Norte ha reducido a la República Mexicana, doloroso es por cierto tener que volver los ojos atrás para investigar las causas de este inmenso trastorno, pero sin la explicación de los antecedentes que dieron lugar al rompimiento de las hostilidades, nuestra obra quedaría trunca, y faltaría a los hechos la claridad con que deben presentarse al examen del mundo civilizado. Es de esperarse por otra parte que la dura lección que hemos recibido, nos sirva para reformar nuestra conducta, obligándonos a tomar las precauciones necesarias para que no se repitan las desgracias acaecidas; y para que de esa lección se saque todo el fruto posible, conviene no olvidar los errores que hemos cometido, y prepararnos a parar con tiempo los golpes con que nos amagan la ambición y la perfidia.
La República Mexicana, tan privilegiada por la naturaleza, llena de elementos que forma. una nación grande y feliz, tuvo entre otras desgracias, que no es del caso mencionar, la de estar situada en la vecindad de un pueblo fuerte y emprendedor. Emancipada de la Metrópoli, falta de la experiencia que no pudo adquirir mientras sus destinos se rigieron por manos extrañas, envuelta por dilatados años en el torbellino de incesantes revoluciones, presentaba una presa fácil al que quisiera emplear en su contra una fuerza respetable. Su situación desventajosa no podía ocultarse a las miradas escudriñadoras de los Estados Unidos, que en acecho de las ocasiones favorables a sus proyectos, los llevaron adelante por mucho tiempo ocultamente y bajo de cuerda, hasta que puestos en el disparadero, tuvieron que arrojar la máscara y descubrir sin embozo los planes de su política audaz y dominadora.
Para explicar pues, en pocas palabras el verdadero origen de la guerra, bastaría decir que la ha ocasionado la ambición insaciable de los Estados Unidos, favorecida por nuestra debilidad; pero este aserto, por más verídico y fundado que sea, necesita la confirmación que vamos a darle con hechos pasados a la vista del mundo entero, y cuya evidencia no dejará duda de la exactitud de nuestros conceptos…
MEMORIAS DE LA BATALLA4 (Fragmento)
Guillermo Prieto
La víspera del bombardeo de Chapultepec, tuve motivo de recorrer los puntos ya ocupados por los enemigos, como preliminares del asalto y toma de la llamada fortaleza. En los molinos de trigo y de pólvora hormigueaban las fuerzas del Pillow, ciñendo a poca distancia la parte occidental del cerro. Al Sur se destacaba la formidable artillería y se veían escalones para trepar la cerca y descender corno en trampolines al interior, y mucha fuerza en la hacienda de la Condesa, al frente de un hornabaque, defendido por soldados mexicanos.
En la puerta del Bosque, que daba a la Calzada, estaba el Gral. Santa Anna con su numerosa comitiva de ayudantes, jefes, oficiales y cuantos se acercaban a pedir instrucción y recibir sus órdenes.
A mi regreso de los puntos que acabo de describir, hablé con el coronel Juan Cano, uno de los que después fue heroico en aquel asalto en que perdió la vida.
Cano era un hombre de treinta años, su cabeza germánica, yucateca, pálido, carirredondo, de unos ojos penetrantes y alegres; una boca llena de chiste y risa. Estatura regular, rechonchito y listo de mantenimientos. Su trato era fácil, cortes y franco; le mortificaba la farsa y la ceremonia. Aquel hombre, que a primera vista hubiera pasado por un colegial alegre o un tertuliano de buen humor; aquel, afectísimo a comer al aire libre y a las bromas de buena sociedad, era reflexivo y estudiosísimo; la exactitud misma en el cumplimiento y el más respetable por lo caballeresco y decente, llamaba a sus amigos, como signo de confianza, badulaque, badulaquillo, y sólo cuando lo requería su obligación, daba a conocer sus vastos conocimientos militares y el aprovechamiento de sus brillantes estudios hechos en París. El Sr. Quintana Roo su tío, le inspiró sus excelentes estudios en literatura, y a mí me encantaba cuando en sus ratos de solaz me traducía elegantemente a Tácito y se deleitaba con Virgilio.
Yo tuve ocasión de conocer la rara energía del carácter de Cano por un grave disgusto que estalló entre él y los Grales. Tornel y Santa Anna.
Abandonado, como se sabe, el Gral. Bravo víctima de la envidia y de los caprichos de Santa Anna, dejó mal defendida la parte alta del cerro. El Sr. Cano le mandó pedir cañones.
Santa Anna le mandó al Gral. Tornel y a otro general no facultativo; pero igualmente de lengua fácil. Cano no logró hacerse comprender, y cuando se retiraron los generales, dijo en tono sarcástico:
-Yo pedí al general, cañones, y me mandó faroles...
Súpolo Santa Anna; llamó a Cano para reconvenirle, y éste, con sumo respeto, pero con energía incontrastable, le echó en cara su conducta indigna y poco patriótica en aquellas circunstancias.
Cano murió, dando ejemplo de valor sublime, alentando, sereno y grandioso, a los que quedaban defendiendo a la patria, en la parte alta del cerro. Allí murió también el Gral. Pérez, hombre modestísimo, que ejecutaba casi desapercibido actos de valor y abnegación, que por silenciosos no ha podido encarecer la Historia.
UNA CARTA A GUILLERMO PRIE'I'O5
(Fragmentos)
"…Noche horrible la del 13; la ciudad estaba completamente a oscuras, se escuchaban tiros en todas direcciones y reventaron tres o cuatro bombas que difundieron el terror.
"Al amanecer el 14, comenzaron a entrar las tropas, las gentes aparecían en las azoteas y en las bocacalles, curiosas, amenazadoras y rugientes. Ya recordarás que Tornel había dispuesto que desempedraran las calles y se amontonaran las piedras en las azoteas, y esto favorecía las intenciones del pueblo, de hostilizar a los invasores.
"Las fuerzas comenzaron a entrar de un modo regular, entre siete y ocho de la mañana. Yo sólo vi a tres de los principales jefes, Pillow, alto, seco, mal encarado, y Twiggs, viejo, fornido, cano y chato, con unos ojos sirgos de malísimo efecto. Scott, alto, gallardo, entrecano, de buena presencia.
"La fuerza de línea. con sus uniformes azules y sus cachuchas, aunque en marcha desgarbada, no llamó la atención; pero los voluntarios, que eran muchos, formaban una mascarada tumultuosa, indecente, sobre toda ponderación. Muchos habían hecho como a modo de paletó con sarapes y jorongos; otros calzaban botas enormes sobre pantalones despedazados y, en materia de tocado, eran sombreros incontenibles, indescifrables de arrugas depresiones, alas caídas, grasa y agujeros: ¡oh! Los fraques eran una iniquidad.
"Estos demonios de cabellos encendidos, no rubios, sino casi rojos, caras abotagadas, narices como ascuas, marchaban como manada, corriendo, atropellándose y llevando sus fusiles como se les daba la gana. A la retaguardia caminaban una especie de galeras con ruedas, con abovedados techos de lona, llenos de víveres y de soldaderas ebrias, lo más repugnante del mundo.
"Lo más notable en esa entrada, fue la entrega de la Ciudad por el Presidente del Ayuntamiento, el Sr. Lic. Zaldívar, al Sr. Scott; esa entrega fue acompañada de una arenga, tan digna, tan levantada y tan patriótica, que servirá de título de honor a aquel teniente que supo en circunstancias tan desgraciadas, defender los derechos de México.
"Un motivo o pretexto cualquiera, que ni es fácil ni preciso adivinar, encendió los ánimos, cundió rápido el fuego de la rebelión, y en momentos invadió, quemó y arrolló cuanto se encontraba a su paso, desbordándose el motín en todo su tempestuoso acompañamiento de destrucción.
"Llovían piedras y ladrillazos de las azoteas, los léperos animaban a los que se les acercaban, en las bocacalles provocaban y atraían a los soldados que se dispersaban. Aquellos negros, aquellos ebrios que gritaban y se lanzaban como fieras sobre las mujeres y niños, matándolos, arrastrándolos, ¡aquello era horrible!
"Se calculan en quince mil hombres los que sin armas, desordenados y frenéticos, se lanzaron contra los invasores, que realmente como que tomaban posesión de un aduar de salvajes.
"Por todas partes heridos y muertos, donde quiera riñas sangrientas, castigos espantosos …México es un inmenso muladar, por todas partes hay montones de basuras y perros que cosechan suciedades..."
JUSTIFICAClON DE LA GUERRA CON MÉXICO6
Walt Whitman
Sí: ¡MÉXICO debe de ser cabalmente castigado!
Hemos llegado a un punto en nuestro trato con ese país en que cada precepto de derecho y política nos impone que hagamos expeditas y eficaces demostraciones de fuerza. Las noticias de ayer proporcionaron el último argumento que se requería para probar la necesidad de una Declaración de Guerra inmediata de nuestro gobierno a su vecino del sur.
Estamos justificados ante el mundo, pues hemos tratado a México con mayor lenidad que la que hasta ahora nos había merecido un enemigo; pues México, aunque despreciable en muchos aspectos, es un enemigo que merece una vigorosa "lección". Hemos instado, hemos disculpado, hemos sido sordos a la insolente gasconada de su gobierno, hemos sufrido hasta ahora el ofensivo rechazo de un embajador que personificaba a la Nación Americana, y hemos esperado durante años el pago de las reclamaciones de nuestros mercaderes agraviados. Hemos buscado la paz por todos los caminos, y cerrado los ojos ante muchas cosas que si hubieran provenido de Inglaterra o Francia el presidente no hubiera osado dejarlas pasar sin severo y célere enfado. Hemos rebasado nuestra memoria de lo que sucedió en el sur hace años, las diabólicas masacres de algunos de nuestros hijos más valientes y nobles, los hijos no solamente del sur, sino también del norte y del oeste; masacres que no solamente contravenían los preceptos más ordinarios de humanidad. sino que también violaban todas las reglas de la guerra. ¿Quién ha leído la asquerosa historia de esos asesinatos brutales al por mayor, tan vacíos de propósito que no fuera satisfacer el apetito cobarde de una nación de machos, dispuestos a fusilar centenas de hombres a sangre fría, sin anhelar que llegue el día que se oiga la plegaria de esa sangre y que la venganza de un Dios punitivo sea infligida a aquellos que sin piedad y sin necesidad asesinaron Su imagen?
Ha llegado el día. Creemos que no puede caber ninguna duda respecto de la veracidad de las noticias de ayer; y estamos seguros que el pueblo, en una proporción de diez por uno, quiere hostilidades rápidas y eficaces. Comentarios periodísticos mansos, como los que aparecen en la principal prensa democrática de hoy, en Nueva York, y las despreciables críticas antipatrióticas de su órgano contemporáneo de orientación Whig, no expresan los sentimientos y los deseos del pueblo. ¡Avancen nuestras armas con un espíritu que enseñará al mundo que si bien no buscamos pendencias, los Estados Unidos sabemos aplastar y desplegarnos!
MEMORIAS DE GRANT7
Ulises Grant
Recuerdo la lucha que tuve con mi conciencia durante la guerra mexicana. No me he perdonado todavía enteramente a mí mismo, el haber tomado parte en ella. Yo no creo que jamás haya habido guerra más inicua que la que los Estados Unidos hicieron en México. Así pensé yo en aquel tiempo, pero no tuve el suficiente valor moral para renunciar. Había jurado servir durante ocho años, siempre que el gobierno no me licenciara antes, y yo creí que mi deber supremo era seguir mi bandera. Tuve horror a la guerra con México, y siempre he creído que, de nuestra parte, fue lo más injusto. La iniquidad no consistió en el modo como la hicieron nuestros soldados sino en la conducta del gobierno en declarar la guerra. No teníamos nada que reclamar a México; Texas no tenía ningún derecho a reclamar tierra, más allá del río de las Nueces, y, sin embargo, avanzamos hasta el Río Grande y lo pasamos. Me avergüenzo de mi país al recordar aquella invasión. Los mexicanos son buena gente. Viven con poco y trabajan mucho. El país es rico y si tuviera un buen gobierno, prosperaría. Los mexicanos eran buenos soldados, pero mal manejados. Siempre tuve un profundo interés por México y su pueblo, y siempre he deseado su bienestar.
NOTAS
1
Antonio Caso, El sentido de 1a historia, en: AntoIogía Filosófica, UNAM, México, 1985, pp. 149-150.2
Vicente Quirarte, Vergüenza de Ios Héroes, Hoja por Hoja, Reforma, México, 13 septiembre 1997.3
Estas lindas son parte del capítulo I de los Apuntes para la guerra con los Estados Unidos, publicado en 1848 por un grupo de quince liberales: Ramón Alcaráz, Alejo Barreiro, José Maria Castillo, Félix María Escalante, José María Iglesias, Manuel Muñoz, Ramón Ortiz, Manuel Payno, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Napoleón Saborío, Francisco Schiafino, Francisco Segura, Pablo María Torrescano y Francisco Urquidi. Fuente: Josefa Zoraida Vázquez, Mexicanos y norteamericanos ante la Guerra del 47, Ediciones Ateneo, México, 1977, pp. 65-66.4
Memorias de mis tiempos, Editorial Patria, Colección México en el siglo XIX, 19485
Memorias de mis tiempos, Editorial Patria, Colección México en el siglo XIX, 19486
Walt Withman (1819-1892), poeta y periodista, fue ardiente expansionista como muchos intelectuales norteamericanos de su tiempo. Entre los años de 1846-1848 fue editor de The Brooklyn Eagle, de donde hemos tomado el editorial del 11 de mayo. Fuente: Josefina Zoraida Vázquez, Mexicanos y norteamericanos ante la Guerra del 47, Ediciones Ateneo, México, 1977, pp. 65-66.7
Fuente: Fernando Robles, Cuando el águila perdió sus alas, Juan Pablos, México, 1951.