Bajando aquellas escaleras de mala fama
tú entraste por la puerta, y por un segundo
vi tu rostro desconocido y tú viste el mío.
Entonces me escondí para que no me vieras,
y tu pasaste deprisa, escondiendo la cara,
y te metiste en aquella casa de mala fama
de donde, al igual que yo, saldrías sin hallar el
placer.
Y sin
embargo el amor que buscabas lo tenia yo;
el amor que yo buscaba -lo vi en tus astutos ojos
cansados-
lo tenias tú.
Nuestros cuerpos se sintieron y se buscaron;
nuestra sangre y nuestra piel lo entendieron.
Pero,
turbados, ambos nos escondimos.
Kavafis