Epstola de San Juan
Cristo, nuestro abogado
Hijitos mos, estas cosas os escribo para que no pequis; y si alguno hubiere
pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.
Y l es la propiciacin por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros,
sino tambin por los de todo el mundo. Y en esto sabemos que nosotros le conocemos,
si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus
mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no est en l; pero el que guarda
su palabra, en ste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto
sabemos que estamos en l. El que dice que permanece en l, debe andar como l anduvo. 
El nuevo mandamiento
Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que habis
tenido desde el principio; este mandamiento antiguo es la palabra que habis odo
desde el principio. Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero
en l y en vosotros, porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya
alumbra. El que dice que est en la luz, y aborrece a su hermano, est todava en
tinieblas. El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en l no hay tropiezo.
Pero el que aborrece a su hermano est en tinieblas, y anda en tinieblas, y no
sabe a dnde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos. 
Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os han sido perdonados por
su nombre. Os escribo a vosotros, padres, porque conocis al que es desde el
principio. Os escribo a vosotros, jvenes, porque habis vencido al maligno.
Os escribo a vosotros, hijitos, porque habis conocido al Padre.
Os he escrito a vosotros, padres, porque habis conocido al que es desde el
principio. Os he escrito a vosotros, jvenes, porque sois fuertes, y la palabra de
Dios permanece en vosotros, y habis vencido al maligno. 
No amis al mundo, ni las cosas que estn en el mundo. Si alguno ama al mundo,
el amor del Padre no est en l. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos
de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del
Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad
de Dios permanece para siempre. 
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