diabetes8 - 14/11/97 BANTING: Su hora de gloria final Por el Dr. Félix Ernesto Puchulu Agradecimiento a Reader's Digest Argentina S.A. por autorizar la publicación parcial del artículo "Siniestro en Terranova"         Banting estaba en su laboratorio cuando ese mediodía del sábado 15 de febrero de 1941 le llegó finalmente la orden de presentarse en Montreal en la mañana siguiente.         Con motivo de la Segunda Guerra Mundial, Banting se encontraba incorporado al ejército con el grado de Mayor. Esa misma tarde llamó a su hijo Bill de once años a su estudio y le informó que debía efectuar un viaje transatlántico a bordo de un avión de bombardeo. Bill, entre azorado y entusiasmado, le solicitó que le trajera a su regreso un fragmento de bomba.         Los bimotores "Hudson" estaban siendo comprados en los Estados Unidos para ser enviados a la Real Fuerza Aérea (RAF) en Gran Bretaña. Era una idea relativamente nueva el transportarlos volando en lugar de despacharlos por vía marítima y Banting habría de ser el segundo pasajero en utilizar ese tipo de operación de transporte.         El Hudson matrícula T-9449 despegó del aeropuerto de St. Hubert en las afueras de Montreal el lunes 17 a las 9.50 a.m...Cinco horas después y luego de un vuelo sin sobresaltos tocaba tierra en el aeródromo de la recientemente ampliada base Gander en Terranova. Tenían la esperanza de partir esa misma noche, pero los informes meteorológicos de mal tiempo sobre las islas Británicas lo impidieron y los matuvieron en tierra durante los días siguientes. Banting no tenía idea de qué difícil podía ser volar en malas condiciones climáticas sobre el Atlántico Norte. Lo sorprendió la noticia de que sólo un Hudson había podido efectuar el cruce en esos primeros meses de 1941. Desde el 10 de noviembre de 1940 en que se había iniciado el operativo del cruce del Atlántico Norte con los Hudson, sólo veinticinco lo habían podido concretar. Los aviones debían llevar una importante sobrecarga de combustible para poder cumplir con las exigencias de un vuelo extraordinariamente largo en difíciles condiciones atmosféricas.         Durante los días 18 y 19 una vestisca mantuvo la base cerrada para los vuelos. Finalmente el jueves 20 las condiciones climáticas se presentaron más favorables y cinco Hudson, incluyendo el T-9449, despegaron a las 19.58 hs. de la base Gander. La tripulación del vuelo la componían el Capitán Joseph Mackey (piloto), William Bird (navegante), Bill Snailham (radioperador) y el Mayor Frederick Banting como pasajero. Poco después de despegar los radioperadores de los otros cuatro Hudson escucharon el mensaje de Bill Snailham del T-9449 requiriendo a Gander el rumbo para retornar al aeropuerto. Ni ellos ni el personal de Gander que respondió a la solicitud de Snailham con directivas para el retorno volverían a verlo nuevamente.         "...iba yo piloteando un avión, rumbo a la Gran Bretaña, y había recibido órdenes de llevar a bordo como único pasajero a Sir Frederick Banting, famoso sabio canadiense, a quien el descubrimiento de la insulina ha asegurado la inmortalidad de la gloria y la gratitud de los humanos. Poco después de haber salido de Terranova me di cuenta de que el aeroplano no funcionaba como era debido...vacié por completo los depósitos de gasolina...y cuando me cercioré de que volábamos sobre tierra, le ordené al radiotelefonista que fuese a la parte posterior de la carlinga y advirtiese al navegante y a Sir Frederick Banting que debían lanzarse inmediatamente en paracaídas. Puse entonces toda mi atención, habilidad y energías en lograr el aterrizaje en las condiciones más favorables. Faltando unos metros nada más para tomar tierra sin contratiempos, una de las alas tropezó con el único árbol grande que había en todos aquellos desolados contornos...No recuerdo absolutamente nada de lo que ocurrió al estrellarnos contra el suelo. Cuando recobré el conocimiento, al dirigirme al fondo de la carlinga descubrí con horror, el cuerpo yacente del radiotelefonista al que la colisión le había causado la muerte instantáneamente. En el centro de la carlinga estaba muerto también el navegante...                  Sir Frederick estaba aún con vida, aunque sin sentido; tenía el brazo izquierdo fracturado y una ancha, gravísima herida en la cabeza. Al cabo de incesantes esfuerzos logré que Sir Frederick recobrase en parte su lucidez. Lo acosté en una de las literas y lo tapé con un paracaídas. Estaba delirando. No obstante, era tal el poder de su entendimiento y la fortaleza extraordinaria de su temple, que hablaba y obraba como un profesor enseñando a sus alumnos. Me ordenó que tomase nota de lo que me iba a dictar. Durante aquella larguísima noche se incorporó varias veces y en un estado al parecer, de completa lucidez me dictó atropelladamente cartas y apuntes que, para un lego en medicina como yo, resultaban poco menos que ininteligibles. Hallábame en tal estado que de ninguna manera hubiese podido copiar lo que dictaba, pero fingía que lo anotaba todo fielmente para calmar su exaltación. Así transcurrió toda aquella noche. Bien podrá verse en ésto, el último esfuerzo de una poderosa inteligencia que, próxima a extinguirse, luchaba por dejar consignadas sus últimas ideas antes que llegase la muerte. Al despuntar la mañana salí del avión. Hacía un frío que calaba los huesos. Empeoraba por momentos el estado de Sir Frederick...Comprendí que no tenía salvación si no se le prodigaban inmediatamente cuidados médicos. Resolví salir en busca de socorro...la nieve era demasiado profunda. Improvisé un par de burdos zapatos para la nieve...Empleé toda la tarde desde el mediodía al atardecer, en recorrer poco más de tres kilómetros. Cuando regresé al avión encontré a Sir Frederick mueto. Por no sé qué prodigioso esfuerzo de su heroica voluntad había logrado salir de la carlinga y yacía sin vida a unos dos metros del aparato sobre la nieve...".         Cerré el ejemplar de "Selecciones del Reader's Digest", su tapa color rosa pálido señalaba "Julio de 1941", "Siniestro en Terranova, página 5". La crónica escrita por el piloto, Capitán de la Fuerza Aérea de Canadá Joseph C. Mackey, narraba el terrible accidente de aviación ocurrido a poco de despegar de Terranova el vuelo nocturno que transportaba a Gran Bretaña a Sir Frederick Banting y cómo el 21 de febrero de 1941 llegaba a su fin la vida de ese hombre genial, gran benefactor de la humanidad.         Aterrizamos en Toronto en medio de una fresca y luminosa mañana otoñal de 1988. Encaminé mis pasos en dirección a la esquina de Bloor Street West y Huron Street. Tan pronto traspasé el umbral del Museo de Historia de la Medicina y Academia de Medicina de Toronto una célula fotoeléctrica alertó sobre mi presencia y una mujer delgada, de mediana edad y de expresión agradable apareció para atenderme. Le expliqué que el motivo de mi visita era conocer todo lo referente al descubrimiento de la insulina y a sus protagonistas y también le aclaré el país del que provenía. Peggy Clarke, ése su nombre, inmediatamente me condujo al salón destinado al descubrimiento de la insulina y con inocultable entusiasmo me fue explicando los distintos testimonios en exhibición. --Como verá, -agregó Peggy- la situación del diabético hasta el descubrimiento de la insulina era dramática y lamentable. Repare en estas fotografías -añadió- son las de los mismos esmirriados niños diabéticos de las fotografías anteriores apenas unos meses depués de haber iniciado tratamiento insulínico.         y señaló las imágenes de unas criaturas de mirada vivaz, de costillas ocultas por un recuperado tejido graso que redondeaba sus facciones y consolidaba sus extremidades. --En muy pocas ocasiones -expresé- se tiene la sensación de estar ante un hecho tan excepcional como el que estamos observando. --Antes de la introducción de la insulina -siguió Peggy- el tiempo promedio de sobrevida de los niños y jóvenes diabéticos era sólo de unos dos años. --De sobrevida más que de vida plena -recalqué mientras volvía a mirar las ilustraciones-. --Acompáñeme Dr. Puchulu -agregó Peggy- viendo que Ud. está tan interesado en el tema me agradaría mostrarle una fotografía aún no exhibida del Dr. Banting..          y dando una media vuelta se introdujo en una oficina contigua. La alcancé a tiempo para ver cómo extraía de un armario un retrato enmarcado de Frederick Banting. --Está considerada la fotografía póstuma del Dr. Banting y nos fue donada recientemente, ¿qué le parece? -inquirió-.         Clavé la mirada en el retrato y no pude evitar un estremecimiento. Un Banting sonriente, ciencuentón, un tanto regordete, con sus clásicos anteojos redondos y pequeños, vistiendo uniforme militar y en una actitud de franco optimismo, atisbaba desde el retrato. --Fue tomada en 1941 durante la Segunda Guerra Mundial, poco antes de embarcarse en el vuelo a Inglaterra que terminaría en un accidente fatal en Terranova -explicó Peggy-. --Muchas gracias por esta primicia que me conmueve profundamente -repliqué-. Revela una faz poco divulgada del Dr. Banting: Su anhelo de participación en la Segunda Guerra Mundial en defensa de los ideales de libertad y de democracia que como usted seguramente sabe fueron una constante de su pensamiento -señalé-. --Por lo que conozco -interrumpió Peggy- antes de morir su tarea como médico militar estaba consagrada a la búsqueda de algún compuesto o tratamiento que neutralizara la acción tóxica del "gas mostaza" en los pulmones y en la piel y que, en aquellos primeros años de guerra constituía una inquietante amenaza que felizmente no llegó a concretarse.         Me despedí de Peggy Clarke con la sensación de haber hecho una buena amiga en Toronto y llevando como obsequio una magnífica biografía de Banting realizada por Michael Bliss, el mismo autor del libro sobre el descubrimiento de la insulina: "The Discovery of insulin".         En la butaca del avión ya a punto de partir, una idea se me tornaba patente: Indudablemente la insulina se descubrió gracias a que unos pocos tuvieron la imaginación y la capacidad para entrever y seguir el camino apropiado para descubrirla y además porque poseían el atrevimiento y la decisión necesarios para impulsar sus proyectos.         Enfilamos nuestro rumbo a Sydney en dirección al XIIIº Congreso de la Federación Internacional de Diabetes. Comenzaba una larga noche de 22 hs. y 15.500 km en la que el DC-10 de "Canadian" sólo se detendría en Hawai el tiempo necesario para recargar combustible y finalmente para posarse suavemente en el aeropuerto de Sydney a la hora del desayuno.         ¿Qué desperfecto accidental o provocado afectó al Lockheed Hudson bimotor que llevaba a Banting?. ¿Existió acaso un acto de sabotaje?. ¿Qué misión llevaba Banting para arriesgarse a cruzar el Atlántico Norte por vía aérea en el crudo invierno de 1941?. ¿Por qué no se eligió el camino más usual entonces de cruzarlo por el trópico a la altura de las islas Azores, donde por otra parte ya existían líneas comerciales norteamericanas?. Las preguntas golpeaban en mi mente en tanto el ronroneo de los motores del DC-10 actuaba como telón de fondo.         El libro de M. Bliss reproducía el texto del último escrito de Banting en su diario personal fechado en la noche del 19 de febrero: "Desde mi llegada aquí (Gander) he adquirido más y más confianza tanto en los hombres como en las máquinas. Sin embargo, uno no puede eliminar enteramente de su imaginación la idea de un sabotaje. Este sería un gran lugar para concretarlo. Un agente (secreto) podría ciertamente jugar un papel demoníaco en relación con el control (checking) final. El hangar está sobrecargado, los aviones tienen que ser estacionados a la intemperie y hay un continuo movimiento de los aviones para su reacondicionamiento. Se están construyendo nuevos hangares, pero actualmente la congestión es aguda".         Las conjeturas acerca de la posibilidad de un sabotaje crecieron a partir de la mencionada referencia en el diario de Banting. Por otra parte a la mayoría de los aviadores les costaba admitir que podía haber sido un accidente por azar. Bliss entrevistó en 1984 a la viuda de Mackey, el piloto que sobreviviera al accidente y ella le refirió que "dos miembros del personal de tierra de Gander habían puesto arena en el aceite del Hudson y que posteriormente confesaron su crimen y fueron ejecutados". Además, los esfuerzos de M. Bliss por encontrar alguna de las cuatro copias realizadas del informe oficial del accidente y depositadas en los archivos correspondientes en Otawa, Londres, Terranova y Montreal terminaron en un rotundo fracaso. Es muy extraño que los documentos se hayan extraviado por accidente en los cuatro archivos. De todos modos la hipótesis del sabotaje es en los hechos altamente improbable.         Ninguno que estuviera en Gander en 1941 la creyó, como tampoco la admitieron tanto los historiadores de la aviación canadiense o como los del ejército. Por lo demás no es necesario apelar a la hipótesis del sabotaje para explicar el accidente. La probable causa real del accidente fue referida claramente a M. Bliss por Patrick McTaggart-Cowan quien se encontraba a la sazón en Gander. El problema habría derivado de los nuevos sistemas de refrigeración del aceite que ese invierno se instalaron en los Hudson. Sometidos al frío extremo esos sistemas tenían tendencia a romperse en el momento del arranque de los motores. La avería habría aparecido poco después del despegue. El T-9449 se encontraba a cincuenta millas al Noreste de Gander, sobre el Atlántico, cuando apareció la falla forzando a Mackey a intentar el regreso a la base.         ¿Llevaba Banting detalles de un arma secreta para neutralizar los efectos tóxicos de los gases de la guerra?. ¿Era portador de los últimos descubrimientos médicos canadienses a Gran Bretaña?. ¿Estaba en posesión de los trajes "Franks" para la aviación, destinados a contrarretar el incremento de las fuerzas de gravedad en las maniobras aéreas, a fin de entregarlos a la RAF británica en la última faz de la Batalla de Inglaterra?. Los últimos años los pasó Banting muy absorbido por la investigación en temas de aeronáutica, dirigiendo además un instituto de la Fuerza Aérea Canadiense (RCAF) al respecto. Fruto de ellas fueron entre otras cosas los trajes "Franks"antigravitatorios.         Sin embargo, pareciera que no hubo nada de cierto en esas especulaciones. Oficialmente Banting se dirigía a Gran Bretaña para conocer los adelantos en el campo de la investigación médica en tiempo de guerra. Los trajes "Franks" por ejemplo, aún se hallaban en la etapa experimental y no es concebible de todos modos, que cruzara personalmente el Atlántico para llevarlos.         Así y todo, ¿por qué se lo envió por una ruta tan peligrosa en invierno habiéndolo podido hacer sin demasiado riesgo por el Sur?. No existe respuesta sobre el particular. Sí queda la impresión de un vívido y expreso deseo de Banting de tener un parte activa en la conflagración, en actitud totalmente acorde con su personalidad y sus ideas. ¿Existió en las jerarquías superiores militares y políticas la intención de valerse del prestigio de Banting para mostrarlo adhiriéndose heroicamente al esfuerzo de una nación en guerra?. Tampoco hay respuesta.         Procedí a registrarme en el "Hyde Park Hotel" de Sydney. El conserje me advirtió: --Hay un mensaje adelantado para Ud. Dr. Puchulu ...         y extendió la mano entregándomelo. "Del Prof. Joseph Hoet, Presidente IDF: Lo invito esta noche a una cena privada con Pep (mi esposa) y Mrs. Best, llámeme a mi hotel". --Dígame Joseph -le pregunté por teléfono- ¿quién es esa Mrs. Best? --La nuera de Charles Best , naturalmente -me replicó-.         En el aire quedó flotando la sensación de que la historia no había terminado, si no más bien estaba por empezar.         Después         Banting fue sepultado con honores civiles y militares en el "Mount Pleasant Cementery". En 1941 hubo una proliferación de "Medallas Banting" y "Conferencias Banting" en su honor. Desde entonces numerosas escuelas superiores recibieron su nombre, así como un barco "Liberty" durante la guerra y un cráter de la Luna.         Charles Best se hizo cargo del "Banting and Best Department of Medical Research" de la Universidad de Toronto. J.B. Collip lo sucedió como "Senior Administrator of Medical Research"en Canadá.         Henrietta, su segunda esposa, recibió sólo $72.000 en concepto de bienes y seguro de vida de Banting. Ingresó a Medicina y se graduó médica en 1945. No volvió a casarse y ejerció su profesión en el "Woman's College Hospital"de Toronto hasta su fallecimiento en 1976.         Bill, el hijo de su primer matrimonio con Marion, siguiendo su inclinación artística hizo su carrera en la Canadian Broadcasting Corporation.         Marion, la primera esposa de Banting, murió de cáncer en 1946.         Mackey vendió al "Toronto Star" en una suma sustancial la historia exclusiva del último vuelo de Banting y el dinero obtenido lo donó a los tres hijos huérfanos de Snailham.         Bibliografía Bliss, Michael, "Banting: A Biography. Ëd. McClelland and Steward Limited. Toronto, Ontario, Canadá, 1984. Mackey, Joseph. "Siniestro en Terranova"Selecciones del Reader's Digest. Pág. 5, Julio de 1941. Puchulu, F.E.: "De Buenos Aires a Sydney pasando por Toronto", Diabetes (Rev. de la Asoc. de Defensa del Diabético) 1991 Copyright © 1997-98 Health I.G. Consultora Periodística. All rights reserved.