Zephon
2ª parte
Soy Zhefon, Hechicero supremo, elegido de nuestro maestro
Ahriman y fiel súbdito de El Que Cambia las Cosas, Tzeentch.
Después de sangrientas campañas sobre la
superficie de Armaggedon, tuve el eterno honor de ser llamado por mi señor
para formar parte de su escolta personal; me llamaban el Bendecido del
Señor del Cambio, mi dios me había otorgado un tercer ojo
que ocultaba bajo un casco dorado en forma de dragón, además
poseía mucho más poder que cualquier otro mago de los elegidos
de Ahriman.
Había llegado en el mejor momento, Ahriman había
encontrado la base del inquisidor Czevak y dentro de poco conseguiríamos
la información que necesitaba, la forma de llegar a la Telaraña
Eldar y encontrar la Biblioteca Negra. Empiezo a contar mi historia desde
que llegue a la batalla del bastión de Czevak.
Todo mi cuerpo se convulsionaba y cambiaba, estaba siendo
teletransportado por la magia de Ahriman. Nada más acabar el hechizo
me preparé, apunté y un proyectil infernal surcó el
cielo hasta irse a estrellar contra la cabeza de un guardia imperial que
explotó en mil pedazos. Luego rogué a Tzeentch que me protegiese
y empecé a correr con mis compañeros hasta la entrada; íbamos
a volar la puerta con un potente hechizo. Estábamos respaldados
por nuestros hermanos autómatas que no habían soportado la
grandiosa carga de la Rubrica. Corría a más no poder mientras
disparaba a los Guardias que explotaban y se consumían en un infierno
de llamas azules. Un Guardia enloquecido se dirigía hacia mí
y le chamusqué en un abrir y cerrar de ojos escupiéndole
fuego por la boca, pobre infeliz. Seguíamos corriendo y ya el hermano
Zarvius y el hermano Vanyelius habían sucumbido a los disparos.
Nos disponíamos a llegar a nuestro destino cuando un montón
de ogretes cayeron del muro y empezaron a atacar. Le rebané a uno
el brazo y a otro lo acribillé a disparos pero eran demasiados y
empezaba a pensar que no resistiríamos.
Entonces apareció él, nuestro Maestro Ahriman;
empezó a cantar los salmos del Cambio mientras unos tecnoherejes
le acompañaban con sus incensarios, de repente, surgió un
vórtice detrás de los ogretes y el corazón se nos
lleno de regocijo, nuestro señor Tzeentch nos enviaba sus huestes
de horrores, incineradores y aulladores. Los ogretes no duraron mucho tiempo,
mientras uno era devorado por aulladores furiosos que le pasaban como avispas
rabiosas, otros dos más morían abrasados por incinerados.
Un horror saltó a la cara de un ogrete pero este le cortó
por la mitad antes de que le alcanzase; lo que no se esperaba era que ese
horror se había dividido en dos y al momento tuvo a docenas horrores
atacándole por todas partes mientras se iban dividiendo en más
cada vez que mataba a uno; al ogrete se le agotó la munición
y con él se acabó la amenaza de ogretes ya que murió
destripado por toda una horda de horrores que había creado él
solo.
Por fin llegamos a la puerta, blandimos nuestras espadas
demoníacas, concentramos todo nuestro poder en ellas y el hechizo
funcionó; unos rayos surgieron de ellas, se juntaron y con una explosión,
la puerta se destruyó. Entramos corriendo y utilizamos todo nuestro
poder, los rayos láser silbaban pero mi ojo me ayudó mucho,
mientras esquivaba los disparos del enemigo, yo se los devolvía
causando más muertes.
Ahriman que había estado en el frente cubriéndonos,
montó en un aullador y cruzó el cielo teñido de rojo
para ayudarnos, se bajó en medio de la plaza y empezó a pedirle
a Tzeentch más poder y Él se lo concedió, su cuerpo
desprendió una energía desmesurada, clavó su Báculo
Negro y toda esa energía salió despedida recorriendo las
almenas y la plaza del fuerte como si de un viento letal se tratase; ningún
guardia se salvó. Ya solo quedaba encontrar a Czevak, el muy cobarde
no había ayudado a sus huestes; se había refugiado en su
fuerte, seguramente preparándose para nuestra llegada. Mi espada
demoníaca estaba contenta, rugía de placer ya que dentro
del fuerte encontraríamos más resistencia, aunque nada difícil
para el poder de los mismísimos hijos de Tzeentch.
Habíamos llegado; una horrorosa efigie del Emperador
aparecía grabada en la puerta de la sala donde nos esperaba Czevak.
Un hechicero vomitó una llamarada de fuego y derritió aquella
abominación. Abrimos la puerta y allí estaba Czevak, pero
no nos esperaba solo, había hecho llamar a una escuadra de Cazadores
Grises, los cazadores de demonios, pero a nosotros sus alabardas Némesis
no nos asustaban.
-Czevak, dentro de muy poco sacaré el secreto que
guardas aunque sea lo ultimo que haga - le amenazó Ahriman a Czevak.
-Así será, pues de esta sala no saldréis
con vida.
Dos compañeros míos empezaron a temblar,
no sabía si por la emoción o porque los habían asustado
los Cazadores pero de repente empezaron a brillar y a abrírseles
la piel; cuando los Cazadores se dieron cuenta y empezaron a acribillarlos
ya era demasiado tarde, Tzeentch había querido participar en esta
batalla y para eso había ocupado los cuerpos de mis hermanos, dos
hermosos Señores de la Transformación habían surgido
de sus cuerpos, la batalla era nuestra. Czevak empuñó su
espada y Ahriman comenzó a acumular disformidad, lo iba a dar todo
en esta batalla. Las alabardas de los cazadores empezaron a crepitar energía
y se lanzaron a por los demonios. La verdadera batalla había comenzado.
Los caballeros grises cargaron rápida y enfurecidamente.
Los señores de la transformación se elevaron a la vez que
agarraban fuertemente sus bastones para empezar a conjurar pero empezaron
a recibir la primera lluvia de balas de los combibolter de los caballeros.
Mientras, nosotros nos ocupábamos de crear un potente hechizo protector
para Ahriman mientras esquivaba con una agilidad reptilínea a los
caballeros y se aproximaba a Czevak. Los grandes demonios habían
creado el mismo escudo protector para protegerse de las balas y ahora cargaban
contra los caballeros a la vez que escupían fuego mágico
por sus picos. Uno de ellos tuvo mala suerte, quiso pegarle un mordisco
al comandante de los caballeros pero este lo esquivó y con un golpe
ágil, cercenó la cabeza del ave. El otro demonio, desconcertado
y viéndose en apuros, decidió pasar de los cazadores de demonios
y siguió las ordenes que Tzeentch le había mandado; atacó
a Czevak. Este que estaba distraído con la mortal carga de Ahriman,
no le vio venir y cuando se quiso dar cuenta algo le quemaba la espalda.
Una carcajada resonó por todo el inmaterium, los planes de Tzeentch
iban a la perfección. En unos instantes, Czevak estaba dando vueltas
mientras ardía en el fuego mágico.
-¡¡Noooo!!-aulló Ahriman. Todas sus
esperanzas se habían ido en un cerrar de ojos, Czevak había
muerto y con él su secreto.
Después de tantos años buscando a Czevak
y ahora por culpa de un estupido demonio, todo se había evaporado.
Le lanzó un rayo con tanta fuerza psíquica que éste
explotó en mil pedazos y se convirtió en una masa sanguinolenta
con plumas. Los caballeros estaban atónitos por lo que acababa de
acontecer allí al igual que nosotros pero rápidamente nos
percatamos que todavía había enemigos que eliminar. Con los
dos demonios fuera de combate, los caballeros no dudaron un segundo más
y cargaron contra nosotros. Agarré fuertemente la espada y me agaché
justo a tiempo para evitar un ataque por la espalda, giré sobre
mis pies mientras seguía agachado y le di un gran tajo en el vientre
a mi atacante. Mientras las vísceras de mi enemigo le salían
del vientre, me levanté el casco y dejé al descubierto mi
ojo. Un relámpago verde surgió de él e impactó
en las piernas de otro caballero, al momento sus piernas se convirtieron
en papilla. Ya solo quedaban dos porque los otros cuatro ya habían
sido eliminados. Cuando me disponía a atacarles, el pincho de un
báculo dorado atravesó a uno y al otro le reventó
la cabeza de repente. Donde se suponía que tenía la cabeza
el guerrero estaba la pistola de Ahriman y el báculo que atravesaba
al otro era su Báculo Negro. Miramos a Ahriman y sus ojos daban
una sensación mezcla de ira y resignación.
-Vayámonos de aquí -nos susurró.
Al momento viajábamos teletransportados por las
corrientes de la disformidad. Ya en nuestra base del planeta Arthemus,
hablaba con Ahriman en sus aposentos:
-¿Ahora que haremos maestro? Hemos perdido todas
nuestras esperanzas en esa base.
-¿Te acuerdas del libro de Magnus?
-Como no me iba a acordar de él maestro, lo perdimos
en el ataque de los lobos espaciales en Prospero. Todas las enseñanzas
de nuestro primarca y nuestro dios estaban en él.
-Cuando yo todavía era el bibliotecario jefe de
la Biblioteca de Prospero, leí un viejo fragmento relacionado con
la Telaraña Eldar pero en su momento no le presté atención,
eran los desvaríos de un viejo vidente eldar; como tu comprenderás
en aquellos tiempos lo único que buscaba era sabiduría y
poder.
-Lo comprendo maestro.
-Bueno, pues uno de nuestros hechiceros me ha informado
que hemos capturado un “cruza-mundos”, un demente que viaja de planeta
en planeta buscando desperdicios y objetos de valor. Cuando lo apresamos
nos contó que buscando en uno de estos mundos había encontrado
una comunidad de chamanes orkos mucho más poderosos que los demás
chamanes y que se caracterizaban por tener un ojo pintado en su frente.
Amigo mío, como comprenderás ahora acepto cualquier rumor
o habladuría con tal de encontrar el paso a la Telaraña Eldar
y quizás ese viejo loco esté en lo cierto, puede que esos
orkos hallan encontrado el libro de Magnus ya que lo arrojé en una
cápsula al espacio para protegerla, por si éramos exterminados
en aquel fatídico día. Iremos a ese planeta, buscaremos la
fuente de poder y te prometo que si no está allí el libro,
haré que ese viejo sea lanzado a un vórtice espectral para
que los demonios hagan con él lo que quieran.
Después de sonsacarle al viejo la ubicación
del planeta, llamamos a los mejores hechiceros y partimos. En total éramos
nueve hechiceros, el número sagrado de nuestro dios, como siempre;
éramos los elegidos de Ahriman. Oramos al unísono para potenciar
el poder de nuestro maestro y fuimos teletransportados al planeta Sehrom,
uno de los planetas más salvajes de este sector. Ni qué decir
que nos recibió el comité de bienvenida habitual.
Una pequeña patrulla formada por veinte orkos
y cincuenta goblins registraban la selva cuando aparecimos de repente delante
de ellos. Los orkos mandaron todo el regimiento de goblins a por nosotros
pero cuando nos preparábamos a acabar con ellos, Ahriman se nos
puso delante, cogió con las dos manos su báculo y lo puso
delante suyo. Pronunció un conjuro y al momento una especie de neblina
empezó a rezumar de su báculo, se movía como una serpiente
y rápidamente y de una pasada acabó con todos los goblins.
Al tocarlos, estos fallecían de repente, como si se desmayasen.
Exterminada la molestia, nos dejó los orkos a nosotros, tarea fácil.
Vi un par de nobles orkos entre ellos y decidí ir a por ellos. Un
orko normal osó acercárseme y le partí en dos como
quien corta mantequilla con un cuchillo caliente. Cuando llegué
a ellos, me soltaron algo en su lengua y encendieron sus brazos mecánicos.
Uno se me lanzó a cortarme en dos con un machete gigantesco que
llevaba implantado en un puño y le esquivé de un salto, el
otro empezó a dispararme, pero yo era mucho más rápido
que su lento brazo así que le rodeé y se lo corté
de un tajo. Como era un brazo mecánico, ni se inmutó pero
la ira le poseyó. El otro, que volvía a cargar hacia mí,
intentó aplastarme otra vez con su machete y al esquivarle por segunda
vez, quedó clavado en el suelo y no pudo desenterrarlo; el primero
volvió a intentar acribillarme, pero utilicé a su compañero
de escudo. Cuando se le acabaron las balas, me acerqué a él
con una velocidad impresionante, me puse a su espalda y le rebané
el cuello de un corte limpio. Mis otros compañeros hechiceros ya
estaban acabando con los últimos. Cuando me acercaba a ellos, un
orko huía despavorido de la matanza así que haciendo gala
de mis grandes dotes de tirador, le apunté con mi bolter y disparé
a sus piernas. Como era normal, reventaron en una explosión y el
orko quedó tendido en el suelo agonizante. Me acerqué a él
y le interrogue antes de que falleciese:
-¿Dónde están los chamanes de tres
ojos?¿Dónde se encuentra tu tribu? ¡Habla!
-Zi pienzaz que voy a decírtelo, lo llevaz claro.
Un orko nunca traiciona a zuz compañeroz.
Miré al cielo resignado y con aire de impaciencia,
odiaba tratar con seres tan estúpidos. Levanté la visera
del casco y mostré mi tercer ojo. El ojo brilló con un fulgor
y sometí al orko a hipnosis. Un hechicero siempre consigue lo que
se propone...
Por lo visto, el poblado se hallaba en una antigua base
de la guardia imperial que curiosamente habíamos devastado hace
años. Después de caminar durante dos horas por la salvaje
selva que cubría todo el planeta, llegamos a nuestro destino. Ya
podíamos divisar un edificio que los mismos orkos habían
erigido. Los chamanes, de alguna manera, habían desentrañado
los misterios del libro de Magnus y ahora rendían culto a su persona
y a Tzeentch. El templo culminaba en un gran ojo de piedra que parecía
el mismo que vigilaba desde la torre de nuestro primarca Magnus. Cuando
nos aproximábamos al poblado, divisamos una gran masa verde; parecía
que los chamanes habían desarrollado también el poder de
prevenir las cosas y ya nos estaban esperando. Aquello ya parecía
una situación muy típica, siempre había alguien para
darnos la bienvenida, pero un ejercito de orkos no nos iba a detener, los
hechiceros de Tzeentch siempre consiguen todo lo que se proponen...
Mientras nos acercábamos tranquilamente a la resistencia,
nos íbamos preparando para el largo combate; ya que resultaría
más difícil que la pequeña escaramuza que habíamos
tenido anteriormente. Antes de avanzar más, un chamán se
adelantó a sus huestes; llevaba dibujado con pintura un tercer ojo
sobre su frente; solo esta afrenta ya exigía un duro castigo:
-Alto, falzoz zeguidorez de nueztro zeñor Chentz.
Zi oz acercáiz máz, zereiz aniquiladoz.
Ahriman, que había estado más atento a
otras cosas que a la advertencia del chamán, observó que
éste portaba el libro de Magnus. El libro estaba ajado y un poco
maltratado. Otra insolencia que debía ser recriminada. Cuando nos
disponíamos a dar un paso más, un orko miró hacia
el cielo, que esa misma noche iba a contemplar una gran carnicería,
pegó un fuerte grito y tanto nosotros como su pueblo miramos hacia
arriba. No hacía falta esforzarse mucho para ver diez naves de la
guardia imperial orbitando sobre el espacio. Esto solo podía significar
una cosa, la inquisición estaba al tanto de nuestra pequeña
incursión y se disponía a ejecutar su pena máxima,
el exterminatus. Ahriman, no tuvo más remedio que tomar una rápida
decisión. Su voz resonó en nuestras mentes, se comunicaba
telepáticamente con nosotros: “Huid hijos míos, teletransportaros
fuera de este planeta, poneos a salvo en nuestra base de Arthemus.”
Éste desapareció en una llamarada de color
y cuando me preparaba para viajar por la disformidad vi como Ahriman volvía
a aparecer al lado del chamán, le disparaba en la cabeza y antes
de que éste cayese al suelo, le arrebata el libro y desaparecía,
ahora sí, del planeta. Un fuerte alarido resonó en el planeta
antes de que las cargas víricas acabasen con el culto orko a Tzeentch.
-¡Ya es nuestro!¡Al fin, hijo mío,
podremos hallar la Telaraña Eldar!
-Es cierto maestro pero me preocupa una cosa, los eldars
de Ulthwé ya nos deben de estar esperando. Tendríamos que
ir preparando a las huestes.
-Así es Zhefon, debes convocar a todos tus hermanos
para la gran batalla. Los eldars darán su vida con tal de que no
me apodere de los secretos de la Biblioteca. El fin del Imperio se acerca.
-Me alegro maestro. Por fin poseemos la ruta hacia la
Telaraña Eldar. Estamos muy cerca. Ya solo nos queda la última
gran prueba.
-Magnus se arrepentirá de habernos desterrado
de su planeta. Después de todo lo que hemos hecho por todos nuestros
hermanos... Te prometo Zhefon que él será el primero en caer,
después, el Emperador.
La ruta hacia la Telaraña Eldar era un camino
de locos, durante una semana estuvimos vagando por las corrientes del segmentum
obscurus sin encontrar nada. Explicar la ruta hacia ella sería como
explicar el odio que sentimos hacia la Humanidad. Un par de naves se perdieron
en un mar de locura, pero la intrepidad de nuestros navegantes y el valor
férreo de nuestros hechiceros consiguieron hacer llegar las naves
a buen puerto. La nuestra fue la primera en desembarcar en el astropuerto
de la Telaraña. Una cosa nos extrañaba a todos. No vimos
ningún rastro de vida en los alrededores, la entrada estaba desierta.
Aquello era algo muy sospechoso. Ahriman y su séquito, entre ellos
yo, fuimos subiendo las escaleras hacia el pórtico de entrada mientras
las demás naves llegaban. Después de subir la larga escalinata,
llegamos a la entrada. Una araña milenaria que se asemejaba al diseño
de las armaduras eldar de las arañas de disformidad, guardaba la
entrada al laberinto. Entonces fue cuando le divisamos, una figura humana
encapuchada nos aguardaba. Nos aproximamos a él y al fin nos dirigió
la palabra:
-Pensé que nunca llegarías, Ahriman.
Una mueca de disgusto se describió en el rostro
de nuestro maestro y este farfulló con cierto tono de incomprensión:
-Czevak...
-Así es amigo mío. Pensarás: ¿cómo
es posible? Czevak vivo; es imposible. ¡Já! Pues estas observando
al autentico Czevak; sigo vivo y con más ganas de cazar herejes
que nunca. Te preguntarás que como he llegado hasta aquí,
es el momento que llame a mi ayudante y aliado. Eldrad, aparece.
Súbitamente, el vidente eldar apareció
al lado del inquisidor como si no pasase nada.
-Eldrad es el mayor ilusionista de la galaxia. No me
diréis que no, ya que ha conseguido engañar al más
poderoso hechicero de Tzeentch. Allí, en la fortaleza, todo estaba
previsto. Paró a tiempo el hechizo del demonio y rápidamente
creó una gran ilusión, fingiendo mi muerte y consiguiendo
así desbaratar todos tus planes. Te seguimos exhaustivamente durante
los días siguientes para ver como reaccionabas y cuando vimos lo
que te proponías, mandé llamar a la flota imperial para purgar
el planeta y si se daba la ocasión, acabar contigo. Parece que has
demostrado ser un poderoso enemigo pero hasta aquí has llegado.
Es el fin, Ahriman, la Biblioteca nunca será profanada.
Eldrad dirigió un hechizo aturdidor a todos nosotros
y la mente de Ahriman quedó en blanco sin poder reaccionar ante
nada. Czevak desenfundó su cañón psíquico y
apuntó a nuestro maestro. Cuando recuperé el sentido, mi
maestro yacía en el suelo con una herida en el pecho. Me despreocupé
del inquisidor y del vidente y corrí hasta donde estaba mi maestro
y me postré a sus pies. Entonces me susurró estas palabras:
-Zhefon, la profecía era cierta... Esta noche
tuve una visión; mi casco aparecía roto y de repente, de
sus fragmentos resurgía el tuyo, una cabeza de dragón pero
ésta portaba un ardiente ojo en su frente... La herida no es grave
pero me sería favorable regresar a la base con mis hechiceros para
que me escolten. No debes temerles Zhefon pues tú eres mi sucesor
y el mismísimo elegido de Tzeentch. Vénceles y encuentra
la Biblioteca por mí, ya tendré la oportunidad de volver
a ella.
Czevak y Eldrad habían desaparecido, probablemente
escondidos para acabar conmigo en cuanto Ahriman y su séquito se
teletransportasen. Despedí a mi maestro con una mirada y agarré
fuertemente el Báculo Negro que Ahriman me había cedido para
la dura batalla. Me adentré por la puerta y nada más cruzarla,
una descarga mortal recorrió todo mi cuerpo y me elevé por
los cielos.
Entonces, en ese mismo instante y por la gracia de mi
dios oscuro Tzeentch, alcancé la demonicidad.