Zephon
1ª parte
Una figura encapuchada caminaba por las mugrientas calles
de Armeras, su paso era lento y pausado, como si se distrajese con todo
lo que veía. Una rata de doble cola chilló al pasar el extraño
por una alcantarilla de la que se desprendía un olor a desecho insoportable.
El extraño llegó a un viejo edificio abandonado; medía
casi trescientos metros de altura, poco en comparación con los demás
edificios que conseguían comunicar el cielo con la tierra. Subió
unas polvorientas escaleras hasta llegar a una habitación destartalada.
Abrió su túnica para descubrir su pecho en el que había
grabada un águila imperial, ahora se podía adivinar que aquel
extraño era en realidad un asesino imperial.
Desató de su pecho la parte principal de un rifle
y a continuación montó la culata, la mira y el cañón
del rifle de francotirador. Rompió con el codo una ventana y pudo
así contemplar una vista estupenda de los suburbios de la ciudad.
Al fin consiguió distinguir una gran masa de gente arremolinada
en torno a una plaza donde una figura daba un discurso. El asesino observó
por su mira y apuntó a la cabeza del individuo. Apretó el
gatillo y una bala salió del arma y surcó el cielo, rasgándolo
con un sonido muy leve. La bala impactó en la cabeza de aquel pobre
infeliz, entre ceja y ceja. “Justo en el blanco” pensó para sí
el asesino, pero no había tiempo para felicitarse; rápidamente
pulsó un botón en la culata del rifle y lo arrojó
al suelo. En dos segundos el rifle implosionó sin hacer ningún
ruido. Se puso la capucha y bajó las escaleras de tres en tres sin
miedo a que estas se desplomasen.
El pánico y la confusión ya se habían
formado en la plaza y la gente huía despavorida para ponerse a cubierto.
El asesino se dirigía calle arriba y cuando se aseguró que
nadie le observaba, accionó un botón en su muñequera
y en un momento, este desapareció en las sombras gracias a un moderno
camuflaje diseñado por los mejores artífices del adeptus
mecanicus. Había cumplido su misión tal y como esperaba su
cliente.
Ese mismo día pero a millones de kilómetros
de distancia, un acólito deforme caminaba nerviosamente por los
pasillos de un majestuoso castillo. Mientras caminaba, se humedecía
con una lengua bífida sus ojos amarillentos de aspecto reptilíneo.
Tenía que darle una noticia desagradable a su señor y no
estaba seguro de sí se atrevería a dársela, su cabeza
podría ponerse en juego. ¿Por qué le mandarían
a él darle la noticia a su señor? Con lo a gusto que estaba
escrutando en sus libros... Al fin llegó a una gran puerta decorada
con la escena de un dragón y un caballero luchando. Un tentáculo
púrpura surgió de su túnica y entreabrió la
puerta, lo justo para pasar él. En la entrada estaba recostada una
pequeña figura; Vandegar, el acompañante y asistente de Zhefon,
su más eterno compañero.
Este hojeaba un antiguo tomo y cuando el acólito
se fijó en él, le pareció observar que la cubierta
del libro estaba hecha con piel humana cosida. La sala estaba iluminada
gracias a la cúpula de cristal que coronaba la estancia; la luz
rojiza del cielo entraba por ella y en el instante en el que el acólito
dirigió su mirada hacia la cúpula, observó como una
criatura alada sobrevolaba el castillo llevando en su pico los despojos
de lo que debía ser algún infeliz. Súbitamente, el
acólito se detuvo ya que sabía que si traspasaba el sello
que había ante una gran estancia redonda parecida a una arena de
combate, recibiría una descarga mortal y al momento empezaría
a arder; la primera advertencia que daba su señor a todos sus súbditos.
Entonces esperó.
Una silueta enorme aguardaba inmóvil en medio
de la habitación, dándole la espalda al acólito. Permanecía
en silencio e inmóvil, como si estuviese meditando. De repente,
nueve horrores surgieron alrededor del círculo mágico. Entonces
su maestro desenfundó rápidamente su espada mágica
Asthil. A pesar de que llevaba una armadura de exterminador, se desenvolvía
con gran presteza; éste se giró para encarar a uno de los
demonios y el acólito pudo apreciar su rostro. Llevaba una cinta
alrededor de sus dos ojos pero un tercero que tenía en la frente
lo observaba todo. El guerrero cargó contra el demonio, éste
pretendió esquivar el ataque pero su intento fracasó, la
espada le había partido por la mitad. Pero lo que todavía
no sabía el acólito, debido a su estancia constante en la
biblioteca y el nunca haber presenciado una batalla, era que el demonio
se podía regenerar con suma facilidad dando lugar a una réplica
de sí mismo. El guerrero pegó una patada a uno de ellos y
salió despedido hacia el acólito.
Cuando abrió los ojos, el mutante observó
que el demonio se había detenido a pocos centímetros de él
y estaba empezando a consumirse en el fuego mágico de la barrera.
La espada de su maestro silbaba cada vez que su portador la movía
a diestro y siniestro para acabar con los demonios. Después de un
corto período de tiempo, el guerrero se vio rodeado por una veintena
de demonios que ansiaban su carne. El acólito ya no se podía
contener más, quería traspasar el muro y dar la vida por
su maestro pero en esa situación desgraciadamente, era imposible.
Su maestro respiró profundamente y se concentró. Justo cuando
todos los demonios se disponían a acabar con él, el cuerpo
del guerrero desprendió tal cantidad de energía disforme
que los demonios se desintegraron.
Por suerte para el monje y Vandegar, el muro mágico
había anulado el hechizo al tocar sus paredes invisibles. El guerrero
enfundó su espada y por fin miró al acólito con su
ojo mágico. A Zhefon siempre le gustaba entrenar con demonios que,
gustosamente Tzeentch, enviaba para fortalecer a su mejor hechicero; aunque
sus seguidores no aprobaban que arriesgase de esa manera su preciada vida.
El acólito tomó aire por su garganta consumida y habló
con voz aguda a su amo y señor:
-Señor Zhefon, el político Seramus que teníamos
destinado en Armeras ha sido asesinado por un agente imperial.
-Lo sé, lo sé. Me entero mucho antes que
tú de cualquier acontecimiento que me concierna; no hace falta que
salgas de tu biblioteca para informarme, ahora vete.
-Sí maestro. La gracia de Tzeentch el señor
del cambio y de Zhefon el precursor me proteja.
El acólito se alejó de la sala apresuradamente
para volver a su refugio entre sus preciados libros. Por esta vez su cabeza
estuvo a salvo. Más de un impertinente no había tenido esa
suerte.
La perdida de Seramus era un retraso en sus planes. Seramus
era un político influyente y al estar bajo la influencia de Tzeentch,
sus mentiras se convertían en verdades en la cabeza de la plebe
ignorante. Ahora la idea de convertir las almas de la población
de Armeras en elixir mágico tendría que esperar hasta que
Zhefon consiguiese otro político que convenciese a la población
de que el Emperador había muerto y Zhefon era su nuevo dios. Toda
la población consagraría su vida a él y se suicidarían
en un ritual demoníaco, mucho antes de que la inquisición
se pudiese dar cuenta de lo que iba a suceder allí. Por la frente
de Zhefon goteaba el sudor y Vandegar se acercó a su maestro con
una toalla para que se secase, ahora que Zhefon había desactivado
la magia del hechizo protector.
- ¿Cuáles son tus ordenes, maestro?- preguntó
Vandegar.
- Prepara al ejercito, manda llamar a los Ancianos y
a mi consejo de hechiceros. Despierta al profanador Mortius y manda a todas
mis tropas que empiecen a embarcar en el Arcano. Pronto zarparemos.
- Tu ordenas y yo obedezco mi señor.
Cuando Vandegar cruzó la puerta, Zhefon hizo que
apareciese de su arena de combate un trono. Este estaba construido con
un material parecido al mármol pero que no poseía color definido
ya que estaba en continuo cambio. De él surgían y desaparecían
cabezas aullantes pero que no producían sonido alguno. El trono
estaba culminado por un ojo de cristal flotante en cuyo interior un fuego
verde-azulado ardía sin consumirse. Zhefon se sentó en él
y cerró su ojo mágico.
Después de un tiempo de meditación y recapacitación,
recuperó un viejo recuerdo ya tiempo olvidado, era su cumpleaños.
Hoy cumplía exactamente once mil años. Mucho tiempo incluso
para un gran hechicero, éste se había llevado ya parte de
él; su verdadera vista, su fuerza jovial, y una pierna que le fue
arrebatada por un tirano de enjambre, el mismo tiránido del que
aún conserva la cabeza en su asta de trofeos. Entonces recordó.
Recordó como había perdido la vista, su familia y su planeta,
pero a su vez como había conseguido su nuevo cuerpo, su espada y
sobre todo su odio hacia el Emperador y hacia los Lobos Espaciales.
Hace casi diez mil años, Zhefon era uno de los
encargados en la Biblioteca Mayor de Prospero, el planeta natal de los
Mil Hijos. Las más hermosas torres de diversos colores y materiales
e inmensos palacios y bibliotecas cubrían su superficie. Los antiguamente
leales soldados de los Mil Hijos se dedicaban al estudio y la búsqueda
del saber en las bibliotecas y cuando eran requeridos por el Emperador,
marchaban hacia la batalla. El padre de Zhefon ya era demasiado viejo y
ocupaba un importante cargo en la Biblioteca Mayor junto con el joven maestro
Ahriman. Cuando Zhefon alcanzó la edad de entrar en las filas de
guerreros, su padre le entregó a Asthil, el único legado
que le podía proporcionar aparte de sabiduría y buenos consejos.
Era una hermosa espada mágica que no reflejaba la luz y que rezumaba
un aura de fuerza y poder.
La vida de los Mil Hijos transcurría tranquilamente
por aquel entonces. Lo que ellos no sospechaban era que la Traición
ya se estaba llevando a cabo y su primarca Magnus el Rojo estaba actuando
de manera extraña. Un día antes de que Zhefon partiese hacia
Terra, los Mil Hijos fueron asaltados por los Lobos Espaciales; eran enviados
por el Emperador para exterminarlos. Habían sido acusados de practicar
hechicería maligna. Si el Emperador les hubiese dejado tranquilos
hubiese descubierto que sus poderes eran muy útiles, quizás
gracias a este poder no hubiese sido necesario que fuese insertado en el
Trono Dorado de por vida. Los Lobos empezaron a acabar con todos, se apoderaron
de las baterías láser y arrasaron Prospero; convirtiendo
las torres y los palacios en escombros.
Entonces Magnus dio a conocer sus planes y mostró
a sus marines lo que Tzeentch les podía conceder. Después
de que Zhefon perdiese a su padre, lo único que le importaba en
su vida; el odio y la amargura penetraron en su corazón y por fin
el caos se apoderó de él. La batalla contra los Lobos fue
sangrienta; cuando consiguieron atravesar sus defensas y por fin llegaron
al palacio imperial, la batalla ya estaba a punto de finalizar. No podrían
vengarse del Emperador, por ahora... Después de la caída
de Horus, todos los supervivientes se refugiaron en el Ojo del Terror.
Cuando empezaron a ocupar planetas para habitarlos, los soldados empezaron
a mutar horriblemente, tenían que pagar de alguna forma el favor
de Tzeentch. Zhefon todavía no era un maestro en hechicería
pero cuando La Rúbrica comenzó su purga, éste pudo
contrarrestar sus efectos aunque para ello tuvo que pagar un alto precio.
El poderoso hechizo había dañado sus ojos y se había
quedado totalmente ciego. Sus poderes aumentaron pero de poco le servirían
si no se podía defender en la batalla. Entonces fue cuando acudió
al Maestro Fargas.
Fargas instruía a todos los soldados de los Mil
Hijos en el uso de sus armas de cuerpo a cuerpo. Lo más peculiar
de Fargas, aparte de que era un excelente hechicero y le encantaba el cuerpo
a cuerpo, era que no tenía brazos. Unos orkos le habían atrapado
de muy joven y le habían estado torturando; cuando sus compañeros
le salvaron habían llegado demasiado tarde, le habían cortado
los brazos. A pesar de su minusvalía, era el mejor espadachín
del ejercito; usaba sus poderes psíquicos para controlar su enorme
espada. Era capaz de mover la espada alrededor de él a una velocidad
increíble como si fuese un escudo protector, lo que sumado a un
poderoso asalto lo convertía en un torbellino de muerte. Además
usaba su espada para parar las balas y arrojar su arma como una lanza contra
sus enemigos; nunca erraba en sus blancos.
Ahora estaba muy desocupado ya que todos los soldados
rasos se habían convertido en armaduras-tumba debido a la Rúbrica
de Ahriman. Fargas enseñó a Zhefon a usar todos sus sentidos
y alcanzar una concentración plena, ya fuese para sus hechizos o
para el asalto. En poco tiempo Zhefon consiguió convertirse en un
gran espadachín y hechicero. Pero un acontecimiento trágico
ocurrió tiempo después de acabar su aprendizaje: Fargas se
embarcó en una nave para ir a una batalla pero debido a las corrientes
disformes, se perdió en el infinito con toda la tripulación
de la nave. Zhefon tuvo que seguir practicando solo y cuando estuvo por
fin preparado para la batalla, demostró una gran habilidad y destreza.
Ver a aquel guerrero ciego descuartizar a sus enemigos con su espada y
volatilizar de un hechizo a los que sobrevivían era una visión
digna de contemplar. En poco tiempo alcanzó una buena reputación
en el ejercito de Magnus, de paladín de una escuadra pasó
a elegido de un poderoso hechicero, Darthemus; después se le fue
concedida la armadura de exterminador y cuando por fin alcanzó el
grado de Gran Hechicero, Tzeentch le concedió el mayor regalo que
se le podía ser otorgado, un ojo mágico.
Por fin Zhefon podía ver aunque no fuese con su
vista real. Ahora que Zhefon poseía los mejores reflejos y sentidos
además de recuperar la vista, le convirtió en uno de los
mayores guerreros que nunca antes habían pertenecido al caos. Y
no solo le permitía ver el plano físico sino que también
podía ver el plano espectral ,atravesar con su mirada los objetos
y escrutar en la mente de los demás. Después de largas batallas,
había conseguido formar un poderoso ejercito y era dueño
de un planeta entero. Había establecido un enorme castillo fortaleza
que se imponía ante la tierra maldita del planeta Dartalor.
Un ruido sacó de sus recuerdos a Zhefon; los Ancianos,
su escolta personal, estaban esperando a que su señor les diese
ordenes. Entonces el paladín de la escuadra preguntó:
-Mi señor, ¿nos has hecho llamar?
-Así es, partimos dentro de poco y quiero que
os preparéis para el largo viaje.
-Siempre estamos preparados para todo mi señor.
Solo debes darnos ordenes y nosotros obedeceremos inmediatamente.
-Excelente, en ese caso, abandonad la sala y decid a
mi consejo de hechiceros que aguarda afuera que entren.
-Tus ordenes serán cumplidas mi señor.
Los ocho enormes exterminadores cruzaron la puerta y al momento otros nueve hechiceros les reemplazaron. Entre ellos se encontraba Darthemus que irónicamente, era él ahora el que recibía ordenes de Zhefon.
-Mis queridos compañeros, hoy embarcaremos en el
Arcano y partiremos hacia Altus Bon. Según me han informado, uno
de los Señores Lobo que dirigieron el ataque a Prospero, Mordekai
Torh, se encuentra emplazado allí junto con sus huestes. Tu Darthemus,
junto con los demás del consejo, llevaréis a cabo el ataque
desde afuera de su fortaleza. Mientras sus guerreros luchan contra los
nuestros, yo y mi escolta irrumpiremos en el salón de la fortaleza
para enfrentarme cara a cara con él.
-¿Creéis que es lo más razonable?
-Por supuesto, obligaremos a Torh a utilizar todos sus
efectivos y así dejar a ese viejo lobo solo, es demasiado viejo
como para cargar junto con sus tropas en la batalla. Quiero enfrentarme
a él en persona, a solas.
-Muchos soldados y hechiceros aparte de nuestros vehículos
podrían ser destruidos. Me parece un plan descabellado.
-¿Acaso he pedido tu opinión?-Zhefon se
puso de pie; su cuerpo despedía tal cantidad de energía que
Darthemus creyó que su señor le desintegraría. Todos
los hechiceros creyeron que había llegado su final.-¿Te crees
que soy tan estúpido como para dar la vida de todas mis huestes
por un simple ajuste de cuentas?
-No mi señor, yo solo...
-¡Cierra la boca insensato! No se como he podido
nombrarte lugarteniente mío, quizás si usases tu raciocinio
podrías demostrar que eres merecedor de tu puesto.
-Perdonadme mi señor. He sido un estúpido.
Ahora mismo embarcaremos en el Arcano y daré la orden a los psíquicos
de dirigirnos a Altus Bon.
-Bien. Espero que esto no se vuelva a repetir Darthemus.
No soporto a los considerados. ¿No querrás volver a dirigir
una de esas escuadras de hechiceros novatos, verdad?
-No mi señor. Te ruego que me perdones.- Pero
en el rostro de Darthemus no parecía que hubiese arrepentimiento,
más bien odio hacia su señor.
Cuando los hechiceros salieron por la puerta, Zhefon se
levantó de su trono y lo hizo desaparecer de la misma forma de la
que lo hizo aparecer. Mientras iba caminando hacia la salida para encontrarse
con su escolta, una sonrisa se dibujó en la demacrada cara de Zhefon.
“Por fin podré vengarme de tu asesino, padre”.
Los ancianos dirigieron sus miradas a la puerta en cuanto
se abrió. La majestuosa figura de Zhefon se dirigió hacia
ellos y éstos no pudieron reprimir su mirada de asombro. A pesar
de haber servido a su maestro durante cinco mil quinientos años
todavía quedaban embelesados al mirarle. Zhefon irradiaba un aura
de poder, magia y demonicidad que dejaba a la gente maravillada; ver aquel
guerrero de más de dos metros y medio caminar tan majestuosamente
era una visión digna de contemplar.
La espada Asthil sostenida en su cintura por magia no
brillaba ni reflejaba la luz si no que la oscuridad perpetua que poseía
engullía toda la luz. Una gigantesca armadura de exterminador azul
llena de ribetes, grabados y marcas doradas y coronada por dos filas de
astas en las que permanecían clavadas las cabezas de sus mejores
adversarios; aportaba asistencia vital y dotaba de una inconmensurable
fuerza a su portador. Aunque no la necesitase, ya que le era inservible,
siempre llevaba una cinta alrededor de sus ojos invidentes; su ojo mágico
le aportaba todo lo que él quería ver, un ojo reptilíneo
de color anaranjado surcado por una recta y oscura pupila lo observaba
todo a pesar de que permanecía inmóvil, como si de una joya
se tratase.
-Vámonos- musitó Zhefon a su escolta.
Los nueve enormes guerreros atravesaron los oscuros pasillos
del castillo de Zhefon hasta llegar al espacio-puerto. Allí aguardaba
el Arcano, una nave colosal cubierta de refulgentes runas otorgadas por
Tzeentch para salvaguardarla así como a sus ocupantes. Se embarcaron
en ella y Darthemus dio la orden de despegar. Todos los psíquicos
al unísono lograron que la nave se alejase del castillo y se dirigiese
al espacio. Vandegar, que ya se había reunido con su señor,
miró por una de las escotillas y pudo contemplar el castillo en
todo su esplendor.
Estaba edificado sobre un gigantesco montículo
de tierra invertido acabado en pico. Flotaba sobre un vórtice oscuro
que daba la impresión que de un momento a otro se tragaría
el castillo. Este había sido construido con un material parecido
al del trono de Zhefon, lo único que le diferenciaba era que no
cambiaba de color sino que poseía una oscuridad imperturbable. Grandes
vidrieras y cúpulas permitían que la luz entrase en el lúgubre
castillo. La plataforma donde se alzaba el castillo estaba cubierta por
un frondoso bosque donde las más horrendas y mortíferas criaturas
lo habitaban siempre aguardando la aparición de nuevas presas; algunas
de estas criaturas, antiguamente, habían sido siervos de Zhefon
pero debido a algún error que habían cometido, fueron transformadas
por su señor. Otros no tenían tanta suerte y se convertían
en pasto de estas criaturas.
Cuando la nave se alejó lo suficiente, una tormenta
disforme de color rojizo cubrió el castillo formando una escudo
sobre él y sus alrededores. Instantes después, el castillo
y la tormenta se volvieron incorpóreos hasta desaparecer de la zona
gracias a la magia de la tormenta.
Después de largas horas viajando por el espacio,
consiguieron avistar Altus Bon. Era un gran planeta helado y desierto,
a excepción de la base de Mordekai. Los ordenadores de la base no
reaccionaron ante el acercamiento de naves ya que un hechizo de Zhefon
había omitido esa orden. Todo el ejercito se embarco en lanzaderas
y al momento, el ejercito de Zhefon caía sobre la superficie del
planeta como gotas de lluvia que portaban muerte y destrucción.
Cuando los vigías lobo se percataron del peligro, Mortius, el profanador,
ya estaba disparando andanadas de artillería sobre los guerreros.
Aunque en el pasado, los Lobos Espaciales habían
masacrado a los Mil Hijos, ahora les era imposible acabar con ellos. Hacía
falta que diez Lobos muriesen para acabar con un guerrero de Zhefon. Los
impactos de los bolters rebotaban en las gruesas armaduras de los Mil Hijos
y si alguno conseguía atravesarlas, el guerrero ni se inmutaba y
seguía avanzando a la vez que disparaba su bolter. Pocos Lobos llegaban
al asalto ya que eran incapaces de acercarse lo suficiente al enemigo sin
recibir una lluvia de proyectiles. Cuando llegaron los rhinos, land raiders
y predators, la masacre se triplicó. Los Lobos no podían
repeler el asedio y sabían que se les acababa el tiempo. Además,
los hechiceros empezaban a sembrar el pánico entre las líneas
enemigas, sus hechizos acababan con decenas de guerreros de una sola vez;
incluso algunos Lobos mutaban por los hechizos y luego, convertidos en
engendros, se unían a los Mil Hijos en su labor asesina.
Zhefon estaba satisfecho, gracias a su ojo mágico
observaba el desarrollo de la batalla desde el Arcano, el ejercito de Mordekai
estaba siendo doblegado. Luego observó a Mordekai y decidió
que ya había llegado su momento; viejo, debilitado y desesperado,
era presa fácil. Antes de partir ordenó a Vandegar que permaneciese
en la nave; debía prepararla para realizar un bombardeo masivo sobre
el planeta en cuanto volviesen. Zhefon creó un hechizo teleportador
y al instante, apareció en medio del salón del trono acompañado
por los Ancianos. Era hora de consumar su venganza:
-Has cambiado mucho desde que acabe con tu padre. Todavía
recuerdo tu mirada antes de huir de Prospero en aquella barcaza. Que pena
que ya no puedas volver a mirar así.- dijo Mordekai con una sonrisa
perversa en sus labios.
-Tu también has cambiado Mordekai. Te has vuelto
viejo y cobarde. Nunca pensé que aquel “valeroso” guerrero que servía
como un perrito faldero al falso emperador acabase así. Aquí
escondido, refugiándote entre tu escolta, con temor a enfrentarte
a mis guerreros y dejando que mueran los tuyos. Me has decepcionado...
-Insolente. Acabad con ellos.- musitó con desprecio
a su escolta.
Rápidamente los Ancianos se pusieron delante de su señor y como un solo ser, cargaron contra los exterminadores de la guardia del lobo. No duraron ni un instante, los supuestamente poderosos guerreros Lobo yacían en el suelo inertes. Mientras que a uno le faltaba un brazo y la cabeza, la mitad de otro permanecía separada de su otra parte. Los Ancianos regresaron tranquilamente a su posición detrás de su señor y aguardaron.
-Vaya, vaya – dijo Mordekai a la vez que retiraba un trozo
de carne sanguinolenta de su pierna – pensaba que durarían más.
¿Cómo he podido escoger a estos novatos como guardianes de
mi vida?
-Me repugnas. Incluso alardeas de tus guerreros muertos.
Pero no he venido a reprimirte. He venido a acabar contigo. Quiero que
pagues con sangre lo que tu me has hecho sufrir.
-Si te refieres a lo de tu padre- dijo con una sonrisa
maligna- no has de preocuparte. Dentro de poco te reunirás con él.
De repente Zhefon sintió como algo surcaba velozmente el aire y se dirigía hacia él. Rápidamente, Asthil se interpuso delante de la trayectoria de un proyectil y lo paró justo a tiempo, luego, regresó a la mano de su portador.
-¡Lobo necio! ¿Crees que así vas a
poder matarme? ¡Morgoth! ¡Sal de donde te escondas! ¡No
te valió con acabar con Seramus como para que frenes más
mis planes! Estúpido vindicare...
Aunque la mayoría no se hubiese percatado, Zhefon
pudo ver como una silueta cubierta con un traje de camuflaje se escurría
entre las sombras mientras se maldecía por haber fallado. “He fallado.
Morgoth nunca falla. ¿Cómo ha interceptado mi bala? ¿Cómo?
Juro acabar contigo, hechicero.”
-Ya te cazaré luego, alimaña de pacotilla.
Ahora tengo que acabar con un asunto, ¿no es así Mordekai?
-Mordekai, me dijiste que era el mejor asesino de este
sector planetario.- una figura había aparecido entre llamas carmesíes
al lado del trono de Mordekai. Era Darthemus, parecía que estaba
disgustado. - Inútil. Te dejé contratarlo pero ya te había
advertido que no sería lo mismo que eliminar a un político.
A pesar que los Ancianos estaban perplejos por la traición que acababa de ser revelada, Zhefon permanecía imperturbable.
-Para ser un traidor no lo disimulabas nada mal, Darthemus.
Siempre detrás de mí como una sabandija... ¿Y ahora,
después de tanto tiempo como para conocerme a fondo, crees que puedes
matarme? Solo eres un hechicero débil y fanfarrón. Lo primero
que se conoce de mí es que puedo leer los pensamientos de la gente.
Sabía que me ibas a traicionar y siempre dificultaste mis planes,
nunca te detuve para que te confiases. Bueno, ahora podré acabar
con dos problemas de una sola vez. Lo que todavía desconozco es
el porqué de tu traición.
-Pues tendrías que ser el primero en saberlo.
Yo era alguien poderoso, alguien influyente, hubiese conquistado media;
no, todo el Ojo del Terror. Pero entonces Magnus ordenó que aceptase
a un guerrero ciego en mi ejercito, tenía que haberte mandado a
una misión sin salida. Entonces contemplé como fuiste subiendo
de puestos hasta que llegó un día en el que te pusiste por
encima de mí. He estado aguantando tus insultos y humillaciones
durante años pero esto se acabó. Muerto Zhefon, yo Darthemus,
seré el general del mejor ejercito de los Mil Hijos. Por eso he
tenido que aliarme con este Lobo. Sabía que había matado
a tu padre, yo lo presencié. Supuse que estaría complacido
en hacerte la vida imposible y luego acabar contigo.
De repente, una fuerte explosión sacudió la fortaleza e hizo que hasta los cimientos temblasen.
-Siento tener que interrumpiros pero el ejercito de Zhefon
va a acabar demoliendo la fortaleza. Será mejor que acabemos con
esto.- dijo apresuradamente Mordekai.
Cuando los Ancianos se prepararon para la batalla, Zhefon
les detuvo.
-No, son míos. Aunque pueda acabar con ellos de
un simple hechizo prefiero sentir como Asthil se hunde en la carne de estos
infelices. Ordenad al ejercito que se detenga, si ya han acabado con el
ejercito de Mordekai, iros del planeta y preparad un bombardeo masivo.
Si no han acabado, ayudadles hasta que no quede un solo Lobo con vida.
Cuando los Ancianos desaparecieron, Mordekai se levantó
de su trono y cogió un enorme hacha que descansaba sobre su trono.
A pesar de estar avanzado en años, todavía era diestro con
el arma y era bastante fuerte y ágil. Darthemus se le unió
y desenvainó su espada que empezó a crepitar energía
disforme. Zhefon les miró con una mueca socarrona y un instante
después se lanzaron al combate. El hacha de Mordekai pasó
rozando la zona donde se suponía que estaba la cabeza de Zhefon,
ya se había agachado y dirigía un mandoble al traidor de
Darthemus, pero éste había reculado para esquivarle. Cuando
Mordekai consiguió desincrustar el hacha de la pared, la cogió
con ambas manos y se dispuso a cortar a Zhefon de arriba abajo; éste
rodó por el suelo y se tuvo que volver a tirar a un lado cuando
se levantó para poder evitar una estocada de Darthemus. Por un instante
se quedaron mirando cara a cara, Zhefon y el hechicero traidor. Zhefon
aprovechó la ocasión para despedir un fuerte haz de luz por
su ojo mágico y así cegar al hechicero por unos instantes.
El señor lobo volvió otra vez a la carga
intentando sesgar las piernas de Zhefon con una barrida. La pierna biónica
y la verdadera consiguieron que Zhefon saltase a tiempo para esquivarle.
De repente, un grito inundó la estancia. Darthemus yacía
en el suelo cegado y sin piernas. No había podido evitar el ataque.
Mordekai se dio cuenta de su error y cuando se dispuso a vengar a su aliado,
recibió un corte limpio que le abrió el abdomen. Mordekai
cayó de rodillas y su vísceras se desparramaron por el suelo
ensangrentado de la anterior matanza. Zhefon se acercó al señor
lobo, cogió a Asthil con las dos manos y aprovechando que el Lobo
Espacial estaba de rodillas y dejaba su cuello al descubierto, alzó
su espada y la dejó caer con fuerza sobre el Lobo. Al instante,
la cabeza de Mordekai se separó del tronco y cayó rodando
por el suelo. Zhefon la recogió, miró con su único
ojo a los del Lobo y sonrió:
-Al fin, padre. Ya puedes descansar en paz- musitó
Zhefon a la vez que clavaba la cabeza del Lobo en una de sus astas de trofeos.
Podía estar muy orgulloso de mostrarla.
Luego, se acercó al agonizante cuerpo de Darthemus
y se jactó de él:
-¿Qué tal me ves desde ese nivel Darthemus?
¿No me ves más grandioso? Insolente, este es el castigo de
los que se atreven a insultarme. Y este, es el castigo de los traidores
Acto seguido, un vórtice espectral apareció debajo de Darthemus y unos brazos demoníacos surgieron de él, le apresaron y le arrastraron hasta las profundidades infinitas del vórtice. El grito de terror de Darthemus se fue apagando a medida que se cerraba el vórtice hasta que por fin se extinguió al cerrarse. Después de haber solucionado todo lo pendiente, solo le quedaba volver con su ejercito, regresar a la nave, bombardear el planeta hasta desintegrarlo y nombrar a un nuevo lugarteniente; tarea fácil en comparación con todo lo que acababa de realizar.