La Saga de Ingvarr, guerrero
de los dioses
(PARTE 2)
El atardecer daba paso, lenta pero inexorablemente, a una mortecina oscuridad, que envolvía los alrededores de la pequeña fortaleza de Dedalus IV, en el Sector de Cadia. El bastión de rococemento, de formas ampulosas y góticas, escondía en su interior un importante archivo inquisitorial.
Desde hacía más de una semana, fuerzas traidoras de la guardia imperial habían sitiado la fortaleza, y bombardeaban continuamente los altos muros , a la espera de abrir una brecha en la fortificación que posibilitara el asalto, como la bestia que aguarda con tesón el momento propicio para caer sobre su presa.
Los ejércitos de los poderes ruinosos rodeaban por todos sus ángulos los oscuros muros del bastión inquisitorial. En un perímetro irregular, se disponían los improvisados campamentos de miles de guardias traidores, de engendros mutantes , y vehículos profanados: tanques de combate Leman Russ, y transportes Chimera aguardaban en formación una orden de los comandantes. Varios Basilisks bombardeaban sin tregua los patios interiores de la fortaleza, disuadiendo a los defensores de atreverse a salir. Pero en el centro de la horda, en el lado frontal del bastión, una estancia mayor que las demás y más resistente destacaba sobre la marea de podredumbre y cuerpos: una sala móvil de mando, con fuertes paredes de cemento, sobre la que ondeaba un estandarte azul, con una serpiente amarilla de fuego que se devora a sí misma. Los Mil Hijos.
Ingvarr, el Garra de la Tormenta, observaba con una mueca de desprecio los ejércitos traidores desde una colina cercana, situada en su retaguardia, oculto tras la frondosidad junto con otros miembros de su escuadra. A su lado , el Señor Lobo Brynn Einhvatr, Brynn el Siempre Bravo, analizaba los puntos más débiles de las tropas enemigas, calibrando la distribución de sus escuadras y el punto de despliegue exacto más apropiado de cara al asalto inminente.
Ingvarr observó, una vez más , los rasgos pétreos del rostro del Señor Lobo; admiró sus facciones pronunciadas , sus dos enormes colmillos que sobresalían de su labio superior, su collar de dientes de lobo, sus amuletos , y su larga melena grisácea. Aquel era el rostro de un héroe surgido de las leyendas de su pueblo. Pero Ingvarr no se engañó: los verdaderos héroes eran los muertos: aquellos que habían dado finalmente sus vidas por el Padre de todas las cosas y el amado Primarca.
Sin embargo, si Ingvarr hubiera podido observar su rostro reflejado en un espejo, habría adivinado también aquella mirada de tormenta agazapada en sus negros ojos: él también se había convertido en un guerrero temible, en un consumado luchador , portando a su espalda más recuerdos y cicatrices de los que cualquier ser humano podría acumular en cien vidas.
En los momentos anteriores a un ataque, sin saber muy bien la razón, siempre acudía a su mente el mismo recuerdo, la misma imagen: los ojos profundos e insondables de Russ en una última mirada , cuando su escuadra ( en la que no era más que un recluta garra sangrienta) y toda su compañía se adentraron en el agujero disforme abierto por los Mil Hijos al huir de la destrucción de Prospero y la Ira de los Lobos. Ingvarr creía haber visto un destello minúsculo, nimio , correr abajo en la mejilla del primarca. Una lágrima derramada por sus Hijos , condenados a la búsqueda eterna de venganza , a la lucha imperecedera en la disformidad. Quizá lo había imaginado, o quizá su mente había modificado el recuerdo , después de tantos años. Después de todo, su mente había tenido que digerir experiencias y acontecimientos que iban más allá de toda comprensión humana del horror. Los mundos demoníacos del Ojo del Terror habían sido su hogar hasta hace unos meses. Y cada mundo encerraba las más nefastas vivencias que pueda concebir una imaginación corrupta: recordaba la ausencia de cielo, las imágenes distorsionadas de sus compañeros y toda la realidad, las visiones alucinógenas provocados por exoorganismos xenos, los ataques constantes de entidades demoníacas, la pasmosa sensación de las fluctuaciones del tiempo y el espacio. Fenómenos todos ellos que volverían loco a cualquier ser humano. Sin embargo, la gran mayoría de los miembros de la Gran Compañía se habían adaptado , y habían sobrevivido. En los primeros meses ( o lo que ellos creían ser meses, puesto que ni los sacerdotes rúnicos sabían calcular a ciencia cierta el transcurso del tiempo en el Ojo ), varios hermanos se habían volado los sesos con sus pistolas bolter, o habían atacado con una furia demente a sus compañeros de jauría. Mas , finalmente, el odio hacia los hijos del Caos y el sentido del deber , habían logrado que la mayoría de ellos sobrevivieran. Aquello que no te mata , te hace más fuerte - había dicho una vez Gunnar, el saccerdote rúnico de su jauría. Y ahora , los hermanos de la 13ª Gran Compañía eran temibles guerreros, con una capacidad de adaptación y resistencia a la disformidad muy por encima de lo esperado en un marine.
Con un movimiento mecánico y distraído, Ingvarr comprobó por tercera vez su pistola bolter y los mecanismos de funcionamiento de su puño de combate, que le había sido asignado por sus méritos, al ser nombrado Sargento de su escuadra. " Como recompensa a 4000 años aproximadamente de servicio leal al Emperador. Enhorabuena, Ingvarr, no has tardado demasiado en ascender" había dicho con una sonrisa irónica el Señor Lobo Brynn al comunicarle la decisión en un consejo de manada. Obvio es decir que todos los Hermanos rompieron en sonoras carcajadas.
La ironía y el estoicismo. Tales eran los dos pilares del alma de los hermanos lobos de la Compañía Perdida. A menudo Ingvarr pensaba que si no hubiera aflorado en ellos la capacidad de reirse de sus propias penurias y sufrimientos, no habrían sobrevivido ni un sólo mes en el Ojo del Terror. Por otra parte , el estoicismo hacía más soportable la carga de una misión eterna, una búsqueda sin un final a la vista. " No olvidéis que un guerrero es aquel hombre que aún sabiendo que lo que ha de realizar es imposible, entrega toda su alma y sus fuerzas para llevarlo a cabo. Un guerrero es aquel que se levanta tras cada caída y empuña su espada después de la derrota, haya o no un final en su camino". Aquellas palabras del Sacerdote Lobo se les habían grabado a todos en sus mentes.
Con una ojeada a su espalda, Ingvarr pudo ver al Sacerdote dirigir una plegaria al Emperador, que parecía apaciguar a los hermanos lupinos, congregados a su alrededor como un rebaño rodea al pastor. Más atrás, varios hermanos se ocupaban de congregar las jaurías de lobos, que gruñían impacientes, ante la perspectiva de la batalla. Los colmillos largos preparaban sus lanzamisiles y armas pesadas, y los demás miembros de la jauría, garras y ejecutores grises, formaban en escuadras esperando las órdenes del Señor Lobo. Los motoristas habían partido unos minutos antes, para envolver el flanco izquierdo de la montaña y sorprender a los traidores por aquel lado.
Hoy, Ingvar acompañaría a Gunnar , el Sacerdote Rúnico, en una incursión a la zona de vehículos blindados del enemigo, en un intento de neutralizar los tanques pesados de los traidores. Podía sentir el odio de miles de años fluir libre en sus venas. La imagen del bendito rostro del Primarca se fijó en su mente, y una sensación de calidez y bienestar inundó su espíritu. El vello de la nuca se le erizó cuando la mitad de su alma de lobo se revolvió inquieta; olisqueó el aire, distinguiendo los olores familiares de sus hermanos y la sutil pestilencia del caos. Esta noche , los traidores pagarían de nuevo el precio de la corrupción. Esta noche, los Perdidos se cobrarían su tributo en sangre por la muerte de los hermanos caídos, los héroes de las sagas. Su mirada se cruzó con la del Señor Lobo, que asintió levemente, dando a entender que compartían el mismo pensamiento: esta noche la ira de los Hijos de Russ se derramará sobre los mancillados.