El Heraldo de la Tempestad
Parte 4
Kasios observó el campo de batalla que tenía ante sí. Estaban asaltando el cuartel general de los Arbitres en Armiger Secundus. Este edificio, al contrario que en otros mundos Imperiales, estaba situada en una zona lejana de la ciudad, cerca de las afueras, donde los pandilleros, señores del crimen, mutantes y cosas peores malvivían. Todo había salido según lo previsto por su amo, Arak Phortus. Después de ganarse la lealtad del gobernador Imperial el plan de Phortus se puso en marcha. Durante la primera semana se produjeron agitaciones en los niveles más bajos de la ciudad, pero esto era relativamente frecuente por lo que nadie le prestó mucha atención. Con el paso de los días fue evidente que los cultos y las actividades caóticas empezaron a organizarse, llegando a un punto en el que figuras encapuchadas junto con pandilleros armados asaltaron varios edificios gubernamentales. Los Arbitres intervinieron y se puso en alerta a las fuerzas de defensa planetaria. Las escaramuzas aumentaron de grado hasta que una pequeña parte de la población se rebeló. En ese momento comenzó la crisis.
Enseguida el Gobernador demostró su verdadera lealtad. Lo primero que hizo fue suspender las comunicaciones y el trafico al planeta, de forma que los cultistas pudieran operar sin interferencias externas. Esto fue un paso importante, ya que la flota Imperial del sistema podría bombardear o asaltar el planeta, y eso no convenía a los seguidores del Caos. Luego el Gobernador ordenó un toque de queda, primero para evitar que sus ciudadanos se vieran afectados por las luchas callejeras y segundo para que no vieran demasiado. Así que casi todos los habitantes del planeta permanecían en sus domicilios atendiendo las noticias sobre la crisis en los medios de comunicación controlados por el Gobierno. Finalmente el Gobernador ordenó a los mandos de los regimientos de la Guardia Imperial destinados al planeta que no intervinieran, ya que en teoría eran solo unos alzamientos de los desesperados de las zonas marginales, de forma que solo los Arbitres y Jueces se encargarían del asunto. Esto se logró con el soborno, coacción y cosas peores de los altos mandos, sin mencionar por supuesto la ejecución de los comisarios.
Kasios repasaba rápidamente los acontecimientos que habían ocurrido en las últimas dos semanas y con satisfacción vio que todo estaba saliendo según lo previsto. Todo, excepto dos detalles importantes. Por un lado los cultistas no contaban con la guarnición que defendía la Catedral Imperial, el principal reducto de la Eclesiarquía. En ese mismo instante la mayor parte de los pandilleros, asesinos y matones de los bajos fondos estaban asaltando el edificio. El otro detalle le preocupaba más, porque era más complicado de llevarse a cabo, y porque su cabeza era la responsable del fracaso ante Phortus. El cuartel general de los Arbitres era de suma importancia para la rebelión. No solo se encontraban en él los últimos reductos de lealtad al Emperador, sino que además estaban mucho mejor equipados que los rebeldes y podían alertar al Imperio. En principio su plan de ataque se estaba desarrollando convenientemente, pero podía hacerse añicos al menor contratiempo, y eso le preocupaba de verdad.
- Maestro, la segunda línea está preparada
para avanzar.
- Hummm, a sí. – contestó Kasios aturdido.
- Se encuentra bien Maestro – le dijo la figura que tenía
a su lado con intranquilidad.
- Sí, solo estaba pensando en los detalles del
ataque. Déjame ver.
Se encontraban en la retaguardia del ataque. Delante de ellos había una inmensa plaza de 500 metros de largo y 200 de lado. Al final se alzaba la imponente mole del cuartel de los Arbitres. Los sistemas defensivos automatizados habían sido saboteados durante los primeros días, pero los Jueces ordenaron construir barricadas en todo el perímetro. En esas barricadas estaban apostados soldados de la Guardia Imperial que servían temporalmente a los arbitres, cientos de hombres fuertemente armados que luchaban con la fuerza que solo puede dar la desesperación. Sabían que para ellos no había retirada posible, pues los Jueces sellaron las inmensas puertas del cuartel en cuanto salieron. Delante de las barricadas y en un espacio de 400 metros se apiñaban montones de chatarra, tierra y materiales diversos formando pequeños parapetos en los que los atacantes se protegían del intenso fuego de los soldados. Toda la plaza estaba llena de los cadáveres y la sangre de los cultistas, pero poco a poco su implacable presa se iba cerrando. Por cada soldado que caía, caían 10 cultistas. Pero mientras estos últimos tenían refuerzos, los soldados poco a poco iban muriendo, y su posición se iba debilitando.
Kasios se encontraba rodeado de su guardia personal, sus
elegidos del culto. Enfundados en armaduras de combate oscuras y empuñando
unas inmensas espadas a dos manos aguardaban a las ordenes de su Señor.
A su lado se encontraba su lugarteniente, Ezrak, que era el encargado de
llevar la Sagrada Reliquia de la Transformación, un antiguo escudo
engarzado con una gema que brillaba de forma siniestra.
A su derecha se encontraban los Carniceros del Abismo,
un fanático culto adoradores de Khorne. A duras penas esos fieros
guerreros controlaban su furia, y esperaban con ansiedad la orden de avanzar.
Kasios vio con satisfacción como incluso esos temibles berserkers
le obedecían con miedo, pues el era la Voz de Arak Phortus, el Señor
del Caos, el Heraldo.
A su izquierda las decadentes y perversas adoradoras
de Slaanesh, las Esclavas del Dolor, se preparaban para la batalla. Eran
todas hermosas jóvenes que iban solo vestidas con tatuajes de guerra.
Kasios observó que bebían una especie de brebaje que las
hacía entrar en un frenesí asesino. Pobres de los que fueran
capturados con vida por esas arpías dementes.
Debajo de él, por las alcantarillas reptaba el
culto de los Hijos de la Plaga. Los putrefactos y enfermos seguidores de
Nurgle se encaminaban con sus seguidores hacia los subterráneos
que había bajo el cuartel, de forma que pudieran atacar por la retaguardia
a los defensores que quedaban dentro.
En la plaza, los cultistas de menor rango avanzaban y
morían, pero por cada soldado que caía merecía la
pena el sacrificio.
Kasios no olvidó que detrás suyo se encontraba
una escuadra de 10 legionarios al mando del paladín del caos Urhlf,
que en teoría debían apoyarle en el asalto, aunque eran los
que de verdad movían los hilos de la operación.
- Deberíamos empezar a aproximarnos Lord Kasios
– dijo Urhlf, mientras se acercaba a él abriéndose paso entre
sus guardaespaldas.
- Sí, tenemos que darnos prisa, el tiempo empieza
a correr en nuestra contra.- contestó Kasios mirando una pequeña
agenda - Que comience el avance – dijo a sus hombres.
- Vosotros esperad a que las puertas hayan caído
para cargar – dijo a los seguidores de Khorne y Slaanesh.
Los legionarios encabezaron la marcha moviéndose
con velocidad hacia la barricada. Veteranos de miles de batallas, usaron
las coberturas que habían dispuestos los cultistas a la perfección
y llegaron a unas escasas decenas de metros de las posiciones Imperiales.
Los cultistas de Kasios avanzaron también sin ningún problema
y se reunieron a los legionarios tras la posición defensiva más
adelantada. Junto a ellos se apelotonaban los cultistas que seguían
disparando hacia los soldados.
Los seguidores de Khorne y Slaanesh avanzaron con algún
problema más, ya que en su frenesí muchos de ellos fueron
alcanzados por los defensores, pero aun así tomaron posiciones detrás
de Kasios.
-¿Estamos todos listos? – gritó Kasios intentando
hacerse oír por encima del ruido de la batalla.
- Por Tzeench, por Alfarius y por Phortus, adelante ...
– gritó.
Los cultistas y los legionarios saltaron por el obstáculo
y se dirigieron corriendo hacía la barricada con todas sus fuerzas.
Kasios pudo ver como los legionarios disparaban ráfagas precisas
de bolter que hacía que los soldados se cubrieran. De repente, de
la gema del escudo de Ezrak comenzó a salir una luz azulada y el
tiempo se ralentizó. Pudo ver claramente los rayos de láser
volar lentamente por el aire, como los cultistas caían abatidos,
salpicando todo de sangre y entrañas. Cuando el tiempo volvió
a su curso normal de la luz comenzaron a surgir extrañas criaturas
que se retorcían en torbellinos de colores azules, amarillos y rosados.
De los apéndices de estas criaturas surgía un fuego demoniaco
que abrasaba a los defensores.
El paladín Urhlf fue el primero en llegar a la
barricada. Roció a los defensores con un chorro de llamas de su
combibolter, y en instantes los dos portadores de lanzallamas de su escuadra
hicieron lo mismo, abriendo una brecha en la barricada. Kasios saltó
por la barricada con su espada preparada y decapitó a un soldado
que intentaba recargar un bolter pesado. Con el mismo impulso del golpe,
asestó otro letal tajo a otro soldado cubriéndole de entrañas.
Poco a poco sus cultistas se unieron al combate y comenzaron a acabar con
los pocos defensores que quedaban. En el ataque murieron algunos de los
seguidores de Tzeench, pero su fe y fanatismo era grande y les llevó
a la victoria. Los poco soldados supervivientes que huían eran abatidos
por las letales llamas de las criaturas de la disformidad, o por los disparos
de los cultistas que quedaban en la plaza.
Cuando pasó el peligro, los seguidores de Khorne y Slaanesh se acercaron, y junto a Kasios, sus hombres y los legionarios ascendieron las inmensas escaleras hasta la puerta blindada. Varios de los seguidores de Kasios empezaron a preparar las cargas de fusión, mientras que Urhlf sacó una baliza teleportadora y la preparó para su activación. Kasios miró la plaza y era como ver una imagen del infierno. En la barricada decenas de cuerpos yacían en un mar de sangre y vísceras, mientras que los demonios remataban a los heridos y se alimentaban de sus almas. Más allá, en la plaza se amontonaban cientos de cadáveres destrozados por las armas de los soldados. Eran los cultistas que habían debilitado la barricada durante horas de forma que el asalto final fuera exitoso. Las bajas habían sido muy elevadas. De 3000 cultistas probablemente solo quedaban con vida unos 400, que esperaban alerta entre los escombros. De su propio grupo, Kasios había perdido casi 20, pero no importaba demasiado al fin y al cabo. Había cumplido con su tarea y su cabeza estaba a salvo.
- Ya está Maestro, ha cubierto – grito uno de sus hombres, y todos fueron a resguardarse tras los restos de unas defensas a 20 metros de la puerta.
Las bombas de fusión detonaron, prácticamente desintegrando la puerta, enviando miles de letales esquirlas tanto hacia el exterior como al interior donde aguardaban los Arbitres y los Jueces. Se oyeron alaridos de dolor procedentes del interior, pero tan pronto como Kasios se incorporó, los legionarios entraban disparando sus lanzallamas y activando la baliza de teleportación y los seguidores de Khorne y Slaanesh iban detrás de ellos dispuestos a morir matando en el nombre de su señor. Kasios dio la orden de guarecerse, pues se función ahora era evitar que ningún Arbitre saliera por la puerta, así que sus seguidores y los cultistas que quedaban se parapetaron tras la barricada a la espera.