El Heraldo de la Tempestad
Parte 3

 Llovía sobre Puerto Secundus, lo que no resultaba un hecho extraordinario, más bien al contrario. El efecto de los vientos sobre los mares del planeta y los cielos contaminados del mismo hacía que sobre las ciudades siempre hubiera un manto de nubes oscuras que impedían el paso de la luz solar y provocaban frecuentes lluvias de agua negra. Antes del mediodía la ciudad hervía de actividad. Millones de personas se desplazaban de un lugar a otro, atendiendo negocios legales e ilegales y muchos de ellos mendigando algo de dinero a los ricos comerciantes. Porque si Puerto Secundus era una ciudad muy rica y en la que se movía mucho dinero, también estaba llena de mendigos, pedigüeños y cosas peores que suplicaban, pedían y amenazaban para ganarse la vida.
 Sobre la Plaza Imperial, una gran explanada enfrente del centro administrativo del sistema y del palacio del gobernador, se movían miles de personas entre los edificios gubernamentales. Y entre ellas, un grupo de trajeados comerciantes esperaba a un kilometro de distancia del palacio del señor del sistema, mientras charlaban amigablemente.

- Odio este planeta. Es una roca putrefacta en medio de la nada. – comentó uno de ellos a sus compañeros.
- Si, pero pronto acabaremos lo que hemos venido ha hacer, señor. – le replicó uno de sus acompañantes con respeto.
- No queda mucho para nuestra reunión con el Gobernador. He oído que es un gran negociador con costumbres morales, .... digamos que un poco laxas – volvió a hablar la primera figura – confío que sea inteligente y no de muchos problemas.

 Las figuras se quedaron calladas cada una con sus pensamientos. De vez en cuando algún mendigo se acercaba a pedirles limosna, y siempre con una gélida mirada alguno de los hombres los espantaba. Al poco un niño mugriento se acercó a ellos, y cuando uno de los hombres le iba a echar de allí, la figura que había hablado primero le hizo un gesto para que se detuviera y se acercó al niño.

- Por favor señor, no tendría algo para darme y pueda comer – dijo el niño al hombre que se le acercó.
-¿Cómo te llamas muchacho? – le preguntó el hombre.
- Me llaman Arfas, pero no lo sé de verdad porque soy huérfano. Siempre me han llamado así señor.- contestó el niño con cierta timidez, para luego añadir - ¿y usted?
- Mi nombre es Octavius muchacho, por lo que veo has sobrevivido solo en este lugar toda tu vida.
- Sí señor.
- Bueno, bueno, eres un chaval valiente. – dijo Octavius mientras hacía un gesto a uno de sus acompañantes. Uno de los otros hombres sacó algo de una bolsita y se la dio a Octavius.- Aquí tienes Arfas, no tengo dinero pero este amuleto te traerá fortuna, consérvalo.
Y le tendió al niño una pequeña joya, que éste examinó y con una sonrisa le dijo:
- Muchas gracias señor, es preciosa. Lo guardaré siempre. Que el Emperador le proteja.
Y se encaminó a otro grupo de comerciantes.
- Lo dudo mucho Arfas, lo dudo. -  dijo Octavius en voz baja, mientras volvía junto a los otros hombres.
- ¿Habéis sentido su poder, Lord Octavius? – habló uno de ellos.
- Sí, un psíquico en potencia. Si no tiene suerte tendrá una muerte lenta y dolorosa. – respondió Octavius.
-¿Y si la tiene?
- Ya veremos, ya veremos. – volvió a responder Octavius para después sumirse en sus pensamientos.

Al cabo de unos minutos Octavius hizo un gesto y se dirigió al palacio del gobernador con los otros hombres siguiendole. Pasaron las puertas de la titánica construcción e innumerables controles, pero no tuvieron ningún problema, ya que todas las personas con las que se cruzaron les ignoraron. Llegaron frente a los elevadores que ascendían a lo alto del edificio, y en vez de ponerse en la larga cola de comerciantes y hombres de negocios que esperaban su turno, siguieron caminando hacia los elevadores, y todos los que esperaban inconscientemente se apartaron a su paso para luego volver a colocarse en su sitio. Incluso los soldados que vigilaban los elevadores y los sirvientes que los manejaban no hicieron ningún gesto cuando Octavius y los otros hombres entraron en el ascensor y la puerta se cerró tras ellos.

El Gobernador Petrio Rostild se reclinó en su cómodo sillón mientras fumaba el excelente tabaco de Xantia III. Su secretaria le había traído el plan del día y esperaba con paciencia la fiesta nocturna en la mansión de Lord Jarus, aristócrata y dueño de más de la mitad de edificios de la ciudad. Lord Jarus era considerado un decadente y libertino, pero sus fiestas eran famosas en todo el sistema. El alcohol, drogas y otro tipo de placeres corrían por su mansión como un río desbordado y eran muchos los que anhelaban ser invitados a ellas. Así que se consoló pensando en lo bien que lo iba a pasar esa noche después de otro tedioso y largo día de trabajo. Su secretario y el se pusieron a trabajar sobre los impuestos recibidos mientras sus cuatro guardaespaldas vigilaban atentamente.
De repente el panel de su elevador privado se activo, y todos pudieron oír claramente como éste ascendía hasta su despacho. El gobernador con un pensamiento activó una pantalla de su mesa y vio a cinco hombres trajeados dentro del elevador.

- Por todos los demonios, no espero ninguna visita. ¿cómo han podido entrar en el elevador? – dijo Petrio, e hizo una señal a sus guardaespaldas, al mismo tiempo que activaba una alarma. – Estad alerta. Dejemos que hablen, los escáneres muestran que no llevan armas. Pero al menor movimiento sospechoso tirad a matar.
- Si señor – contestaron los cuatro hombres mientras tomaban posiciones y preparaban sus rifles de asalto.

El secretario se puso al lado del gobernador, y éste activó un campo protector, para después sacar una pistola bolter de un cajón de la mesa.
El ascensor se detuvo, y Octavius y los otros cuatro hombres salieron. Desde el ascensor hasta la mesa del gobernador habría unos 30 metros que estaban cubiertos por los cuatro guardaespaldas. Octavius pudo ver claramente que los guardaespaldas eran soldados veteranos con equipo de asalto de primera calidad, y que habían sido cibermejorados. Al fondo, tras la mesa estaba el gobernador y su secretario dentro de una protectora burbuja de energía.

El gobernador Petrio se levanto de su sillón con la pistola cruzada por delante.
- Bienvenidos a mi despacho, espero que me expliquéis que ...
No tuvo tiempo de continuar. Sintió un terrible golpe en la cabeza que lo sentó de golpe en su sillón. Entreabriendo los ojos a causa de un dolor atroz pudo ver como su escudo protector parpadeaba y desaparecía. Notó algo húmedo en sus labios y con la lengua pudo comprobar que era sangre, y vio como su secretario se derrumbaba con todo el torso destrozado.
Al mismo tiempo que eso ocurría sus guardaespaldas comenzaron a disparar sobre los intrusos. Los láseres sobrecargados se desviaban delante de ellos sin tocarlos y los cinco hombre comenzaron a avanzar lentamente. Según andaban cuatro de ellos levantaron su mano derecha, de la que salió un rayo azulado que consumió a sus protectores. Petrio intentó incorporarse y se dio cuenta que el miedo le había hecho orinarse encima. Los hombres seguían acercándose a él y de repente sus trajes y túnicas empezaron a moverse y crecer como si tuvieran vida propia, retorciéndose alrededor de sus propietarios, y al mismo tiempo los hombres crecían y extraños tatuajes y marcas aparecían en su piel. En unos segundos los cinco hombres de negocios estaban enfundados en servoarmaduras azules con rebordes plateados y extraños símbolos. Cuatro de los hombres se quedaron atrás, mientras que el quinto se acercó a él.
- Soy Octavius, hechicero de los Mil Hijos. Gobernador Petrius tengo una oferta para usted que no podrá rechazar, escuche ....
 

El tiempo había mejorado significativamente y en la azotea del palacio del gobernador había dos naves de pasajeros. Delante de una de ellas esperaban Octavius con su escolta de elegidos. Con ellos se encontraba el gobernador Petrius que hablaba con Octavius. La puerta de la otra nave se abrió y descendieron dos marines más. Estos llevaban también armaduras azules, pero en sus hombreras tenían grabado el símbolo de una hidra. Sato bajó primero y comprobó que todo estaba en orden, y después de hacerle una señal, Arak Phortus salió de su transporte y se dirigió a Octavius.

- Veo mi viejo amigo que todo ha salido según lo previsto. – dijo Arak al tiempo que abrazaba a Octavius. – Y veo también que el gobernador Petrius ha aceptado lo que se le ha propuesto.
- Espero que cumpla su palabra señor. – dijo el gobernador a Arak - Estoy arriesgando mi vida con esto. Si la Inquisición se enterara de esto mi muerte sería muy dolorosa y larga.
- No se preocupe gobernador. Como se le ha dicho nadie sabrá nunca que hemos estado aquí. Cuando acabemos lo que tenemos que hacer nos iremos, y usted podrá seguir siendo el gobernador durante muchos años. – contestó Arak, mirando al gobernador con furia. – y le recomiendo que no me vuelva a interrumpir cuando saludo a mis amigos, o deseará la muerte que le proporcione la Inquisición. Ahora vaya a hacer su parte del trato.
- Si señor, lo siento señor.- respondió el gobernador sin para de temblar y se retiró al edificio.
- Realmente vas a cumplir la promesa al gobernador, Arak. – dijo Octavius sonriendo – ¿desde cuando te dedicas a la caridad?
- Por supuesto que no. Cuando acabemos, este planeta será un infierno y el futuro del gobernador es oscuro y doloroso.
- Nosotros por ahora hemos acabado nuestra tarea. Esperaremos en nuestra nave al pago acordado, los psíquicos prisioneros que llevarán al trono dorado.
- No te preocupes Octavius, en un par de semanas los tendrás a todos en tu nave.- le dijo Arak mientras le ponía una mano en el hombro. – Os sugiero que os escondáis en la nave y no hagáis mucho ruido, la Inquisición viene, y en breve también los marines. Vamos a tener una bonita guerra aquí, y no quiero que les pase nada a mis aliados de los Mil Hijos.
- Por supuesto Arak, estoy seguro que rezas todas las noches a Horus para que me proteja. – contestó Octavius riendo.
- Bien, he de volver a la Némesis. Todo se ha puesto en marcha y hay mucho que hacer. Ya nos veremos Octavius.

Arak y Sato se despidieron de los marines de los Mil Hijos y se subieron a su nave, que despegó para perderse en el cielo negro. Los Mil Hijos se quedaron esperando unos minutos más. Al poco se abrió una puerta de la azotea y apareció un niño mugriento.

- Ah, veo que has escuchado a la piedra Arfas. – le dijo Octavius mientras se acercaba sonriente.
- Sí señor, he hecho lo que me ha dicho y he llegado aquí sin problemas. Me ha dicho también que si voy con usted me dará una familia y me cuidaran.
- Sí muchacho. Ven con nosotros y nunca más tendrás que pedir para vivir. ¿Te gustan los cuentos Arak?.
- Sí señor. – respondió el niño con entusiasmo.
- Te voy a contar la historia de uno de los más grandes hombres que ha existido nunca. Veras, se llamaba Magnus y era ...

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