El Heraldo de la Tempestad
Parte 2


 



Sato interrumpió sus recuerdos al sentir un cambio en el zumbido de la nave, se estaban acercando a su objetivo y era hora de prepararse. Con un gesto rápido se levantó del sillón del capitán y se acercó a Barbus.

- Capitán Barbus, mantén el rumbo de aproximación y espera a que nuestro Señor Phortus confirme la orden de atraque. Avisa a los artilleros que activen los sistemas de armas, pero que solo usen los selectores de objetivos pasivos, no debemos confiarnos.
- A sus ordenes Señor – contestó el capitán – hay dos escuadras de legionarios dispuestos y equipados para la batalla, así como 50 de mis hombres preparados para luchar si fuera necesario.
- Excelente capitán, me encargaré de alabar su previsión a Lord Phortus, ya sabes que esa cualidad es una de las que más valora en un hombre. Serás recompensado.

Sato salió del puente con su túnica ondeando tras él y se adentró en la nave; y el capitán Barbus se sentó en su sillón para esperar la orden de atraque mientras se deleitaba imaginándose la recompensa que le aguardaba por su trabajo. Sato se dirigió a los aposentos de los oficiales de la nave y mientras atravesaba las cubiertas y pasillos iba repasando mentalmente toda la operación que se había iniciado. Era algo que siempre hacía, como una especie de juego, pensar planes y contingencias para todo tipo de sucesos que pudieran alterar el buen funcionamiento del plan inicial, desde la cosa más trivial hasta la más compleja.

Al contrario que muchas naves de las legiones de Marines Espaciales del Caos, la Némesis podía haber pasado perfectamente como una nave normal. Arak Phortus hizo especial hincapié en ese aspecto cuando la convirtió en su nave insignia. Ya que iba a operar la mayor parte del tiempo en espacio Imperial, era necesario que en caso de una inspección por parte de las autoridades Imperiales nada hiciera sospechar de la nave. Por lo que la nave carecía de mutaciones, posesiones y signos de ningún tipo salvo el águila Imperial y el símbolo de los Adeptus Mechanicus en la maquinaria. El poder del Caos había alterado el casco de la astronave, de forma que la poderosa nave de guerra tenía la apariencia de un simple carguero, y además protegía con una ilusión las partes más “sensibles” de la nave como por ejemplo el equipo de los legionarios, vehículos,...

Sato llegó por fin al camarote de Arak después de atravesar el perímetro de seguridad que estaba dispuesto en torno a su señor. Entró silenciosamente cerrando la puerta tras de sí y vio a Arak de pie observando el planeta por los grandes ventanales. Estaba vestido solo con una túnica como él y parecía beber de una copa. Dando un rápido vistazo a la habitación vio que todo estaba perfectamente ordenado, como siempre, y que en la cama de Arak había una joven esclava del harén durmiendo o quizás muerta.

- Señor, todo está dispuesto. En minutos podremos atracar en los muelles orbitales donde nos estarán esperando.
- Excelente amigo mío, pero ya sabes que prefiero que me tutees. Somos camaradas, y al contrario que los idiotas de nuestros hermanos quiero que mis hombres me traten como un igual y no como un perro a su amo – contestó Arak dándose la vuelta.

Era un hombre que aparentaba unos 40 años humanos, pero en realidad tenía casi 10.000, ya que era un miembro de la Legión Alfa incluso antes de que el Emperador encontrase a su primarca. Grande y musculoso se podría considerar que era atractivo, pero éste realmente recaía en su risa fácil y maneras agradables. Nunca levantaba la voz y era un gran conversador, amante de placeres sencillos como la buena comida y bebida. Gozaba de  popularidad entre sus hombres y aliados, ya que compartía su tiempo con ellos y le gustaba confraternizar con todos aquellos que estaban bajo su mando. Al igual que muchos de su legión no adoraba a ningún poder del caos en particular y de hecho siempre afirmaba que los poderes de la disformidad no eran sino instrumentos para su guerra contra el Imperio. Despreciaba a todas las demás legiones traidoras porque los consideraba débiles y estúpidos al revolcarse en sus obsesiones y debilidades, y de todas, solo admiraba a la Legión Negra.
Muchos eran los Señores del Caos que querían verle muerto debido a las puyas y humillaciones que siempre les estaba causando, ya que en realidad luchaba contra el Imperio con la misma fiereza y asiduidad que contra las legiones rivales y era habitual que hiciera incursiones en planetas dominados por “hermanos” para capturar marines traidores y sacrificarlos a la disformidad ya que siempre afirmaba que los demonios apreciaban esos regalos. Esto hacía que viviera en constante peligro, pero debido a que vivía en espacio Imperial y que estaba bajo la protección de entidades poderosas, su mentor y el propio Saqueador entre ellas, era muy difícil que las demás legiones hicieran algo contra él.

- Por fin hemos llegado, ardo en deseos de comenzar cuanto antes la operación. En este planeta tenemos varios premios importantes que ganar, y sinceramente me gusta recibir regalos.- le dijo Arak guiñándole un ojo.
- Siento lo de antes Arak, pero pensé... - respondió Sato señalándole en dirección a la cama.
- No te preocupes, es una simple esclava, le da igual como me trates, para ella soy simplemente amo. Sírvete un poco de licor Sato, es un regalo del líder de los contrabandistas del Segmentum Obscurus, creo que voy a tener que pedirle más.

Mientras Sato se servía una copa, Arak se sentó detrás de una mesa de madera muy decorada y comenzó a consultar pergaminos, documentos y varias pantallas. Cada poco tiempo anotaba cosas en un pequeño cuaderno que siempre solía llevar consigo.

- Así que está todo dispuesto. ¿Crees que podemos fiarnos de los miembros del culto que nos esperan?. ¿Podría ser una trampa?.
- Me fío de ellos. Están recomendados por el capitán Barbus y los conoce bien. Además los hombres que enviamos al planeta hace unos años para consolidar los cultos y extenderlos son de extrema confianza. Nunca nos traicionarían, son fanáticos.
- Bah, y por eso predecibles y manipulables. – Le contestó Arak haciendo una mueca de desprecio.
- Si, pero los necesitamos. De todas formas creo que no deberíamos preocuparnos, tenemos varios planes alternativos preparados. Solo el mismo Emperador puede frustrarnos ahora.
- Si y he oído que el Emperador no goza de buena salud últimamente, ja, ja, ja. Desde aquí brindo por todos esos idiotas que lo adoran, y que tanta diversión nos proporcionan, ja, ja, ja. Estamos rodeados de estúpidos amigo mío, por ambos bandos.
- Si, je, je y que siga así ya que de esa forma que prevaleceremos sobre ellos. ¿Están nuestros aliados de los Mil Hijos en el planeta? – Le preguntó Sato apurando el vaso.
- Si, esperan mi señal para comenzar con la operación – le replicó Arak.- No es una mala legión, aunque quizás un poco silenciosa.
- Je, je, los hombres comentan que estás empezando a adorar a Tzeench, ya que últimamente tenemos muchos tratos con su legión.
- ¿Adorar yo a un instrumento?, ¿a algo que uso cuando lo necesito?. Por todos los poderes del caos, sería lo mismo que adorar a mis esclavas, y esto último sería más divertido. – Contestó Arak al tiempo que se levantaba y se dirigía a una de las paredes de la habitación. Pulsó un interruptor escondido y se escuchó el sonido de mecanismos, y al poco tiempo una parte de la pared se desplazó dejando entrar una criatura deforme. Era una masa de carne y espinas, con placas óseas que le protegían la espalda. Se desplazaba sobre cuatro patas y tenía tres monstruosas cabezas reptilianas que recordaban vagamente a tres rostros humanos. Era del tamaño de un toro grande y se dirigió a Arak a lamerle las manos con sus lenguas.

- Ah, mi pequeña mascota Sanguinius. ¿Quieres jugar? – Arak empezó a rascarle detrás de una oreja y la criatura comenzó a ronronear de satisfacción.- Creo amigo mío que el pequeño Sanguinius quiere comer algo y estirar las patas después del largo viaje. ¿Qué prisioneros tenemos en las celdas?
- Si no recuerdo mal tenemos varios marines de los Hijos del Emperador de la última incursión. – Le contestó Sato mientras miraba a la criatura. Nadie diría que hace 50 años eran tres orgullosos marines de los Angeles Sangrientos.
- Si, es verdad. Que los suelten en una bodega. Sanguinius disfruta cazando, y así deja salir ese mal genio que tiene de vez en cuando.

Sato se dirigió a un comunicador y dio la orden mientras Arak puso una cadena alrededor del cuerpo de la criatura y se la entregó a uno de los guardianes de la puerta para que la llevara a la bodega. En ese instante el comunicador de mando de la mesa de Arak sonó.

- Señor, aquí el capitán Barbus, estamos entrando al muelle. ¿Tengo su permiso de atraque? – Se oyó una voz deformada por la estática.
- Por supuesto capitán.
- El capitán Barbus ha hecho un buen trabajo Arak – dijo Sato cuando cesó la comunicación - No solo es un buen actor y ha engañado fácilmente al control Imperial sino que ha hecho sus propias previsiones contra posibles problemas.
- Si, se merece una recompensa. Creo que le había echado un ojo a varias de mis esclavas, así que se las regalaré. Debo renovar mi harén, últimamente me aburren. ¿No crees que este planeta nos ofrece multitud de posibilidades?
- Yo solo soy un guerrero Arak, no un filosofo de la vida como tu – contestó Sato sonriendo.
- Ah, amigo mío debes aprender a disfrutar de los pequeños placeres. Pasas demasiado tiempo en el pasado, mira hacia delante. Cuando yo no esté, serás tú el que gobierne mi pequeño imperio, y no quiero un imperio triste y sobrio, eso me apenaría. – Le replicó Arak haciendo una mueca triste para después sonreír otra vez. – Pero bueno, hemos de ponernos en marcha. Que se preparen los hombres y que todo esté dispuesto.
-A tus ordenes Arak.
Sato salió de la habitación y Arak se dirigió a un armario blindado. Pulsó una clave y las puertas se abrieron mostrando una serie de armas y una ornamentada servoarmadura azul oscuro con rebordes plateados, y con el diseño de una estrella de ocho puntas en una hombrera y una hidra en la otra.
 

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