"La Ciudad Maldita"
parte 1
INTRODUCCIÓN
Ray estaba sentado en una de las mesas de lectura
de la gran biblioteca de su ciudad, Longbow Port. Yarius, el bibliotecario,
estaba sentado en su escritorio junto a la entrada, como de costumbre, y hojeando
el mismo libro enorme de siempre. Hacía siete años que se conocían
pero nunca le había dejado ver ese libraco, ni a él ni a nadie.
Y había tapado la cubierta del libro con una tela para que no se viera
ni la encuadernación. Ray dejó de pensar en ello y se concentró
en su propia lectura.
Ray era un joven de veinticuatro años enormemente
interesado por la literatura y el culto imperiales. Pero allí en su
ciudad nadie prestaba mucha atención a la religión ni a esos
temas. Longbow Port sólo era una estación de aterrizaje de naves
comerciales donde la gente acudía de todas partes una vez cada seis
meses para comprar lo que los cargueros traían, pero nadie atravesaba
el desierto que aislaba la ciudad el resto del año. Muchos de los trabajadores
que la erigieron, no hace mucho, se quedaron en sus alrededores para vivir
y la comunidad creció. En la ciudad en sí no había más
de unos ochenta o noventa mil habitantes, y la mayoría eran granjeros
o eran propietarios de los comercios de allí. La ciudad se dividía
en cinco zonas. La zona norte era el puerto espacial propiamente dicho. En
la zona este se encontraba la administración; el ayuntamiento y el
departamento de policía. Las zonas central, oeste y sur no eran sino
zonas comerciales de abstecimiento donde se repartía la mercancía
de los cargueros. Y despertigadas por las afueras había granjas y tierras
de cultivo. Hacía más de un mes que había pasado el
último cargero de modo que hasta dentro de cinco meses más o
menos la ciudad permanecería olvidada para el resto de las ciudades
de aquel sector planetario.
Ray era hijo de Lloyd Calahan, un granjero que criaba
Wavets para vender su carne. Su padre era genial pero nunca le escuchaba cada
vez que empezaba a hablar de lo que había aprendido aquel día
en la biblioteca, donde se pasaba la mayor parte del tiempo. Había
llegado a entablar una gran amistad con el bibliotecario, Yarius.
Pasó otra página. Ray iba por la página
ciento ochenta y cuatro del libro “ARMAS IMPERIALES, LA MEJOR RESPUESTA PARA
UN ALIENÍGENA”, escrito por un coronel de la guardia imperial y un
tecnoadepto. El libro no sólo contenía detalladamente los desgloses
y las características de todas las armas utilizadas por la guardia
imperial, sino que pretendía inculcar un sentimiento espiritual por
las armas comentando su función de defender al Emperador y a la Humanidad.
Acercó su rostro más a la página para ver mejor el complicado
entramado interior de un rifle Infierno ilustrado bajo su descripción.
Yarius se acercó a la mesa de Ray con el gran
libro bajo el brazo. Su túnica blanca y marrón colgaba de sus
anchos hombros sobre el suelo del mismo modo que su melena plateada, antes
dorada, colgaba de los bordes de su calva. Su anciana faz traía una
sonrisa llena de simpatía.
- Es hora de cerrar, Ray -le dijo con una voz carrasposa
pero nítida- Es bastante por hoy.
- ¿Ya? -dijo Ray- ¡No hay suficientes
horas en el día!
- Has estado aquí cinco horas, Ray, y menos
mal que he conseguido que salgas a comer algo. Debes tomarte tiempo para pensar
sobre lo que has leído y asimilarlo bien.
- ¡Pero no puedo parar, Yarius! -replicó
el joven- ¡Hay tanto que aprender aquí!
- ¡Vaya, hay pocas personas en esta ciudad que
piensan así! -dijo Yarius con una leve carcajada.
- Seguro de que sí. La gente de esta ciudad
tiene el culto al Emperador muy olvidado, me gustaría que más
gente pensara como yo.
El anciano bibliotecario amplió su sonrisa
al oír estas palabras.
- Y a mí también, me encantaría
que más gente viniera aquí a leer estos antiguos manuscritos,
aprender la historia de nuestra raza, nuestros logros. En fin, será
mejor que te marches, Ray, o tu padre se preocupará. Llévate
ese libro si quieres y acábatelo en casa; ya me lo traerás cuando
quieras.
- Gracias, Yarius. Te lo traeré mañana.
El viejo asintió riendo, como si hubiera adivinado
lo que Ray iba a decirle.
Ray no había dado dos pasos en dirección
a su camioneta cuando el sonido de una alarma inundó la calle. Las
farolas que disolvían la oscuridad nocturna encendieron otra de sus
luces, una roja.
- ¿Ray? -Yarius había salido de la biblioteca
a ver qué era el sonido- ¡Es la alarma de invasión! ¡Vete
a casa! ¡Rápido!
- ¡Y tú, enciérrate bien en la
biblioteca y no salgas! -le replicó Ray. El joven montó en la
cabina del vehículo y se dirigió a toda prisa hacia la granja
de su padre.
Yarius observó un momento cómo la camioneta
se alejaba a toda velocidad calle arriba. Acto seguido entró en la
biblioteca y activó un interruptor. Una pesada compuerta cerró
sus mandíbulas metálicas sobre el hueco de la puerta, casi ahogando
el ruido de alarma del exterior; las ventanas fueron selladas de forma similar.
Segundos después oyó el sonido de su comunicador. Abrió
un cajón de su escritorio y lo cogió.
- Soy yo, Yarius -dijo la voz del gobernador civil
de Longbow Port a través del comunicador. Yarius no sólo era
el bibliotecario, también era el erudito, el hombre más sabio
de la ciudad.
- Gobernador, ¿Qué es lo que ocurre?
- He recibido un mensaje del gobernador de Jubilee
Station, la ciudad vecina -se notaba su estado de nerviosismo- Decía
que la ciudad está siendo atacada por una fuerza invasora desconocida,
pero el mensaje se cortó y no pude volver a establecer contacto. Te
necesito en el ayuntamiento para discutir la situación.
- ¿Qué es lo que hay que discutir? -preguntó
Yarius- si habéis recibido un mensaje de invasión lo que debéis
hacer es organizar a la guardia urbana y poner Longbow Port en estado de sitio.
- ¡No puedo hacer eso! -replicó el gobernador-
¡Si pongo a esta ciudad en una cuarentena de invasión los cargueros
espaciales de los dos próximos semestres no vendrán y Longbow
Port se arruinaría! ¡No pienso correr ese riesgo hasta estar
seguro de qué es lo que ocurre! ¡Y para ello necesito vuestro
consejo aquí!
- Ya os he dicho lo que creo que deberíais
hacer -el tono de Yarius era mucho más sereno que el del gobernador-
Francamente creo es preferible un tiempo de hambre a una eternidad de lamentos.
- ¡No sabe lo que dice! ¡Usted sabrá
más que nadie en la ciudad acerca de sus tonterías religiosas
pero yo sé que Longbow Port no puede ponerse en cuarentena por una
falsa alarma!
- Sabed que seríais condenado a muerte en el
acto si dijerais esas palabras ante cualquier otro servidor del Imperio -el
tono de Yarius se volvió desafiante-. En cuanto a lo de falsa alarma,
acabáis de decirme que habéis recibido un mensaje...
- ¡Eso aún no está confirmado!
¡Hasta que pueda contactar con Jubilee Station ese mensaje carece de
sentido! ¡Ahora venga al ayuntamiento! ¡No me obligue a enviar
a algunos guardias a buscarle!
- Está bien, gobernador. Ahora mismo salgo
para allá -contestó Yarius antes de cortar la comunicación
y soltar un largo suspiro.