Ensayo
El arte de mentir
              Gabriel Garc�a M�rquez, refiri�ndose a Cien a�os de soledad, el m�s
renombrado ejemplo del g�nero conocido como realismo m�gico, hablaba en
alguna entrevista del "ritmo respiratorio" que el escritor transmite al lector a lo
largo de una obra. Reconoc�a haber introducido palabras innecesarias al final de una frase o un p�rrafo cuando advert�a que se hab�a interrumpido el pulso,
si se quiere, de la narraci�n. El escritor colombiano se�alaba, adem�s, el ries-
go de romper con los latidos de la escritura pues, a decir suyo, el lector no de-
b�a despertar. De hacerlo, el autor lo habr�a perdido para siempre y el libro se
cerrar�a. Y es precisamente ese fluir de la palabra lo que en literatura permite
que la realidad no sea menos inveros�mil que la fantas�a. Si bien aquella es percibida a trav�s de los sentidos, la �ltima es la hija pr�diga de la imaginaci�n
que ha roto fuentes y parido en el seno mismo del arte.
              Los fil�sofos griegos no se habr�an dejado persuadir tan f�cilmente. Buscaban la verdad y tal era su con-
cepto de la belleza. Pero a pesar de los reproches de Plat�n, compuso Homero excelsos poemas �picos que, a�n
cuando no estaban exentos de ap�crifos testimonios acerca de las deidades, no pod�an pasar desapercibidos, y
lo que es m�s, por ello debemos al aedo la supervivencia de la mitolog�a griega y en gran parte las fundaciones
de nuestra cultura occidental. Ergo, los artistas han demostrado con el paso del tiempo que lo bello no es necesa-
riamente cierto, o mejor dicho, lo es en tanto que as� lo sienta quien se detenga a contemplarlo. Acaso habr� que
agradecerle a los sofistas, aunque nunca se figurasen semejante desenlace, esta suerte de democratizaci�n del
arte a partir de aquella vieja premisa de que no hab�a verdad irrefutable.
               Estos razonamientos nos conducen a convalidar la idea de que la mentira no carece de artesanos, esto
es, que existe el arte de mentir y sus respectivos artistas. Basta mencionar a Borges, por ejemplo, uno  de  los
mentirosos m�s geniales de la literatura universal. Pero enti�ndase arte en su sentido original de derivado de la
palabra
ars, "que significa habilidad y hace referencia a la realizaci�n de acciones que requieren una especializa-
ci�n, como por ejemplo el arte de la jardiner�a o el arte de jugar al ajedrez". Ahora bien, Miguel de Montaigne, en
sus inolvidables
Ensayos, dedica un espacio a este tema en el Cap�tulo IX de su Libro Primero llamado De  los
mentirosos,
donde nos hace una diferenciaci�n importante. Dice: Bien s� que distinguen los gram�ticos  entre
mentir y decir mentira: aseguran que decir mentira es decir cosa falsa que se tom� por verdadera, y que la defini-
ci�n de la palabra mentir, en lat�n, de donde nuestro franc�s proviene, vale tanto como ir contra su conciencia, y
que, por lo tanto esto no se relaciona sino con los que dicen algo contrario a lo que saben, a los cuales me refiero.
En lo personal, considero justo apreciar el asunto de acuerdo al contexto, lo que llama a su vez a una distinci�n.
No pretendo pregonar moralismos a prop�sito de la mentira cotidiana, tan desvergonzadamente expresada en el
habla diaria y de la que muy pocas almas est�n a salvo. �sta, pues no sirve a la belleza, al contrario de la que en-
cuentra especial acogida en el lugar de los sue�os, no tiene otro prop�sito que a conveniencia. Por el contrario,
la mentira que obedece a la saludable fantas�a, esa consigna proferida a voces para desterrarnos de la fr�a reali-
dad, es la savia con que nuestro esp�ritu se libera y fortalece, sin mencionar que es la patria habitada por los ni-
�os, y quiero creer que siguen siendo los seres m�s puros del mundo.
               Creo, allende de las posturas de los fan�ticos, que las artes han dignificado la mentira otorg�ndole un es-pacio de participaci�n entre sus disciplinas. Y a�n m�s, han colaborado a conferirle un mayor y m�s hermoso co-
metido. De ah� que, si hemos de admitir que pueda leerse una obra literaria y creer todo cuanto ah� est� escrito,
sin necesidad de comprobaci�n racional, entonces la apreciaci�n de las letras, lo mismo que la religi�n, es un
acto de fe. En ambos casos, tanto la palabra de dios como la del escritor son incuestionables. Y as� como el dis-
curso de Hermes, aqu�l heraldo de Zeus que tergiversaba sus embajadas, la palabra del escribidor seguir� sien-
do refutable.
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