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   III. CAMINOS DE SAN IGNACIO. 

1. EL CAMINO SACRAMENTARIO 

2. LOS SACRAMENTALES

EN EL CAMINO DE SAN IGNACIO 

CONTENIDO:

2.1 APRECIO DE IGNACIO POR LOS SACRAMENTALES

El devoto de las imágenes --- Imagen de la Virgen Dolorosa --- Frecuentador de templos

Penitencias --- Aprecio por los votos y la vida religiosa ---

 

2.2 DEFENSA DE LOS SACRAMENTOS FRENTE A IMPUGNACIONES Y ABUSOS.

Las Reglas para sentir con la Iglesia --- Sacramentalidad de la Iglesia

Reglas 4ª a 9ª: defensa de los sacramentales ---

 

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2.1 APRECIO DE IGNACIO POR LOS SACRAMENTALES

Dos escritos recientes han intentado rescatar una imagen de Ignacio como santo de religiosidad popular: 1) la biografía de Ignacio escrita por José Ignacio Tellechea Idígoras con el título de Ignacio de Loyola solo y a pie (Madrid 1987) y 2) el artículo del jesuita José Luis Idígoras Goya, titulado Rescatar a Iñigo en la Revista Teológica Limense (Vol. XXIV, Nº1, 1990, p.9-32)

Pueden distinguirse como dos etapas en la vida de San Ignacio. La primera es la del Ignacio peregrino. La segunda, la del fundador.

Sabemos que el perfil de la religiosidad católica se caracteriza por el uso y aprecio de los sacramentales; peregrinaciones, procesiones, santuarios, imágenes: crucifijos, medallas, estampas; bendiciones...

El "Iñigo" de los comienzos viene de una ambiente en que existe una cultura de los sacramentales. Y él mismo se nutre de ellos y los aprecia. El Ignacio de la segunda etapa, a partir de París, el clérigo ilustrado y el fundador en Roma, defenderá los sacramentales de las impugnaciones de católicos y no católicos contra los abusos por celo indiscreto, o por desviaciones de la piedad.

El devoto de las imágenes.

Ignacio era devoto de las imágenes, especialmente de las del Señor y de Nuestra Señora.

Pasa una noche de Vigilia en el Santuario de Nuestra Señora de Aránzazu, que era lugar de peregrinaciones y de promesas, en compañía de un hermano suyo (probablemente Pedro, el sacerdote) y gasta parte de sus dinero en la restauración de una imagen de Nuestra Señora:

"otro hermano suyo quiso ir con él hasta Oñate, al cual persuadió que quisiesen tener una vigilia en Nuestra Señora de Aránzazu...y viniéndole a la memoria de unos poco ducados que le debían en la casa del duque, le pareció sería bien cobrarlos y cobró los dineros, mandándolos repartir en ciertas personas a quienes se sentía obligado, y parte a una imagen de Nuestra Señora que estaba mal concertada, para que se concertase y ornase muy bien." (Aut. 13)

Casi enseguida después de la velada en Aránzazu, tiene lugar, ya sin la indiscreta presencia de su hermano, la vela en Monserrate y la toma de hábitos de peregrino, rito a propósito del cual comenta Idígoras:

"Iñigo, cristiano de religiosidad popular y caballeresca, inventa sus propios símbolos o remodela los que ha leído en los libros profanos o en el Flos sanctorum, para expresar sus vivencias nuevas. En el fondo coincide con la tradición. El símbolo del cambio de vestiduras ha sido propio de todo convertido. La toma de hábito se ha generalizado en la historia monacal...Y la velada de oración es práctica general del pueblo creyente" (Idígoras O.c.p. 17)

"Y llegando a un pueblo grande antes de Monserrate, quiso allí comprar el vestido que determinaba de traer, con que había de ir a Jerusalén; y así compró tela, de la que suelen haceh sacos, de una que no es muy tejida y tiene muchas púas, mandó luego de aquella hacer veste larga hasta los pies, comprando un bordón y una calabacita, y púsolo todo delante el arzón de la mula.

17. Y fuese su camino de Monserrate, pensando, como siempre solía en las hazañas, que había de hacer por amor de Dios. Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadis de Gaula y de semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensamiento semejantes a aquéllas; y así se determinó de velar sus armas toda una noche, sin sentarse ni acostarse, mas a ratos en pie y a ratos de rodillas, delante del altar de Nuestra Señora de Monserrate, adonde tenía determinado dejar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo. Pues, partido deste lugar, fuése, según su costumbre, pensando en sus propósitos; y llegando a Monserrate, después de hecha oración y concertado con el confesor, se confesó por escrito generalmente, y duró la confesión tres días; y concertó con el confesor que mandase recoger la mula, y que la espada y el puñal colgase en la iglesia en el altar de Nuestra Señora. Y éste fué el primer hombre a quien descubrió su determinación, porque hasta entonces a ningún confesor lo había descubierto.

18. La víspera de Nuestra Señora de Marzo, en la noche, el año de 22, fué lo más secretamente que pudo a un pobre, y despojándose de todos sus vestidos, los dió a un pobre, y se vestió de su deseado vestido, y se fue a hincar de rodillas delante el altar de Nuestra Señora; y unas veces desta manera, y otras en pie, con su bordón en la mano, pasó toda la noche. (Aut. 16-18)

Llevaba siempre consigo una imagen de la Virgen Dolorosa, por cuya intercesión estimaba haber alcanzado muchas gracias.

He aquí el testimonio histórico de esa devoción de Ignacio a la Dolorosa:

"Doña Marina de Loyola, hija de Martín García de Loyola, hermano mayor de N. P. Ignacio, escribió el año 1595 una carta a Zaragoza, con la cual juntamente imbió una imagen de nuestra Señora de las Siete Angustias del tamaño de la palma de la mano.

Embió la dicha imagen en una bolsa de grana, y juntamente embió la relación aparte, de cómo avía sido aquella imagen de nuestro b. P., y el modo cómo le vino; la qual es del tenor siguiente:

Embiando nuestro b. P. a España al P. Araoz, se quitó del pecho aquella imagen, y se la dio, y le dixo: Tomad esta imagen y estimalda en mucho, y no la deys a nadie, y sabed que en to [das] las peregrinaciones que e hecho, la e llevado siempre conmigo; y me á echo Dios nuestro Señor por medio de ella muchos favores y mercedes. Aviendo, pues, estado el P. Araoz por acá algunos años, offrecióse aver de ir a Roma; y pasando por Vizcaya, donde esta señora bivía, la visitó, y se despidió de ella y pidiéndole ella que le diese aquella imagen, como en memoria para encomdalle a Dios, respondió el dicho Padre: – Diómela el b. P. Ignacio, i me dixo que no la diese a nadie etc.; pero haré una cosa, y es que os la dexaré aquí prestada hasta que buelva; y, si yo muriese antes, quedaréysos con ella –. Con esto se la dexó, y antes que volviese, murió dicho P. Araoz" (MHSJ, FN III, p. 407-409).

Después de la gran ilustración mística junto al río Cardoner, Ignacio se aparta a orar a los pies de un Crucifijo. La elevación de las gracias místicas allí recibidas, que Ignacio, habitualmente tan parco en calificaciones, encarece como únicas excepcionales en toda su vida, no lo apartan, como a un alumbrado, de ese sacramental que es el Crucifijo. El místico, lleno de luces de Dios, tiene devoción en dar gracias arrodillado a los pies de una imagen:

"...Una vez iba por su devoción a una iglesia que estaba poco más de una milla de Manresa, que creo yo que se llama San Pablo, y el camino va junto al río; y yendo así en sus devociones, se sentó un poco con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado, se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola.

Y después que esto duró un buen rato, se fué a hincar de rodillas a una cruz que estaba allí cerca, a dar gracias a Dios. (Aut. 29-30)

Frecuentador de templos

Esta gracia del Cardoner la recibe Ignacio: "cuando iba por su devoción a una iglesia". San Ignacio era devoto de los templos y oraba en ellos, delante de ellos o de camino a ellos.

"Estando un día rezando en las gradas del mesmo monasterio (del convento de los domínicos) rezando las Horas de Nuestra Señora, se le empezó a elevar el entendimiento como que veía a la Santísima Trinidad" (Aut. 28)

"...estando un día en Ferrara en la iglesia principal cumpliendo con sus devociones, un pobre le pidió limosna..." (Aut. 50)

Penitencias

Las prácticas exteriores a las que le conocemos tan aficionado: peregrinaciones, visitas de iglesias y lugares sagrados; penitencias; ayunos; abstinencias y flagelaciones; tenían en tiempos de Ignacio un carácter mucho más institucionalizado y "sacramental" del que hoy le conocemos. En un tiempo tan reacio a los cilicios y disciplinas como es el nuestro, pensemos en las cofradías de penitentes flagelantes de Andalucía, cuyas prácticas tanto chocan a la sensibilidad hoy extendida.

Doña Marina de Loyola, la misma sobrina de Ignacio por cuyo testimonio conocimos la devoción de Ignacio a la Dolorosa, nos cuenta el siguiente episodio que nos ilustra acerca de las penitencias físicas con que Ignacio impetraba del Señor los frutos espirituales de su visita a Azpeitia, entre ellos la conversión de su hermano.

"...Añadió más la dicha señora en la relación: que quando nuestro b. P. vino a España y pasó por su tierra, ella era niña, y que un día le dixo nuestro Padre que le coziese un poco de vino, lo qual ella hizo; y se lo llevó al aposento donde él estava, adonde el P. le dixo que le chapease las espaldas con él. Y dize ella que se las vio tan lastimadas e hinchadas de las disciplinas que se avía dado que le pareció que las tenía podridas; y esto sólo lo hizo una vez, porque el Padre no quiso que volviese otra". (MHSJ, FN III, p. 409).

Aprecio por los votos y la vida religiosa

Las veladas de Aránzazu y Monserrate tienen algo de consagración solemne y de voto. Pero el mejor ejemplo del aprecio de Ignacio por los votos es el voto comúnmente conocido como de Montmartre, que Ignacio hace con sus primeros compañeros en París y que irán renovando a los comienzos cada año. El voto de Montmartre tuvo lugar el 15 de agosto de 1534.

San Ignacio encarece los votos religiosos recordando en síntesis la doctrina de Santo Tomás:

"...la buena obra que se hace con voto es más meritoria que la que se hace sin él"...(EE 14)

Ignacio meditó entrar en alguna Orden religiosa, concretamente en la Cartuja. Se proponía entrar en ella a su vuelta de Jerusalén (Aut. 12). Otras veces pensó entrar en una orden relajada para tratar de llevarla a la observancia. Trabajó en corregir abusos en algunos conventos. Por ejemplo en Barcelona. Apreciaba pues la vida religiosa como forma de vida "sacramental".

 

2.2 DEFENSA DE LOS SACRAMENTALES FRENTE A IMPUGNACIONES Y ABUSOS

Las Reglas para sentir con la Iglesia

De la enseñanza de Ignacio acerca de los sacramentales, voy a tomar un solo documento central: el texto de los Ejercicios Espirituales comúnmente conocido como Reglas para sentir con la Iglesia (=RPSI) (EE 352-370)

Las tres primeras reglas PSI se refieren a los sacramentos.

A los sacramentales (acciones y cosas indistintamente) se refieren propiamente sólo las reglas cuarta y novena. De la décima a la décima octava trata Ignacio de otros aspectos de la vida eclesial: costumbres y tradiciones, autoridad, doctrina positiva y escolástica, comparaciones entre santos y personas vivas, el juicio propio y el de la Iglesia, temas y cuestiones disputadas: predestinación, gracia y libertad; prudencia para predicar al pueblo.

Las reglas PSI apuntan por un lado a las impugnaciones que en tiempos de Ignacio provenían principalmente de tres fuentes: Humanistas, Protestantes, Alumbrados. Pero apuntan también a abusos intraeclesiales. Algunos provienen de la influencia de esas ideas equivocadas sobre fieles inadvertidos. Otros, de una indiscreta polémica con los errores, que en lugar de refutarlos eficazmente sembraba más confusión.

Veamos con más detención estas reglas:

"[352] Para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener, se guarden las reglas siguientes.

[353] 1ª regla. La primera: depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y prompto para obedecer en todo a la vera sposa de Christo nuestro Señor, que es la nuestra sancta madre Iglesia hierárchica"

La Iglesia es sacramento de Cristo. El propio juicio y el propio sentido, delante de este sacramento, se ha de guiar por la fe.

Como se hace ante la Eucaristía, donde la fe niega la apariencia sensible sustituyéndola por la verdadera percepción espiritual.

Esa actitud de fe es la que algo más adelante propone claramente la regla 13ª que se ha de adoptar ante la Iglesia.

"[365] 13ª regla. Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia hierárchica assí lo determina, creyendo que entre Christo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Spíritu y Señor nuestro que dió los diez mandamientos, es regida y gobernada nuestra sancta madre Iglesia".

Sacramentalidad de la Iglesia

Esta sacramentalidad de la Iglesia fundamenta toda otra percepción creyente de los sacramentos y los sacramentales.

Así como la Eucaristía la discierne sólo el discípulo iniciado, que ve la realidad del Misterio oculto en el Pan, así, sólo el hijo de la Iglesia reconoce en ella la acción del mismo Espíritu de Cristo. Y ese conocimiento comunica el verdadero sentido y motiva la obediencia.

Por su carácter sacramental, la Iglesia es signo y tiene una eficacia espiritual propia, derivada de su misión.

El aspecto de signo que ella tiene es el que orienta el "sentido verdadero" que se ha de tener en la Iglesia. O sea la verdadera comprensión del signo eclesial, que conduce a través de su realidad palpable a su realidad Misteriosa: la del Espíritu de su Esposo que obra en la vera sponsa.

En cuanto al aspecto dinámico, la eficacia propia de la Iglesia está insinuada con el calificativo de "militante". Un término que nos orienta en la dirección de la meditación de Dos Banderas.

En efecto, la Iglesia está empeñada en el mismo combate de Cristo. En esa lucha, ella es Sponsa et Mater. Para tener su sentido verdadero, hay que disponerse a la obediencia en ánimo filial y "combativo": con Cristo, bajo su bandera.

Reglas 4ª a 9ª: defensa de los sacramentales

"[356] 4ª regla. La quarta: alabar mucho religiones, virginidad y continencia, y no tanto el matrimonio como ninguna destas.

[357] 5ª regla. La quinta: alabar votos de religión, de obediencia, de pobreza, de castidad y de otras perfecciones de supererrogación; y es de advertir que como el voto sea cerca las cosas que se allegan a la perfección evangélica, en las cosas que se alexan della no se debe hacer voto, así como de ser mercader o ser casado etc.

[358] 6ª regla. Alabar reliquias de sanctos, haciendo veneración a ellas, y oración a ellos: alabando estaciones, peregrinaciones, indulgencias, perdonanzas, cruzadas y candelas encendidas en las iglesias.

[359] 7ª regla. Alabar constituciones cerca ayunos y abstinencias así como de quaresmas, quatro témporas, vigilias, viernes y sábados; asimismo penitencias no solamente internas mas aun externas.

[360] 8ª regla. Alabar ornamentos y edeficios de iglesias; asimismo imágines, y venerarlas según que representan.

[361] 9ª regla. Alabar finalmente todos preceptos de la Iglesia, teniendo ánimo prompto para buscar razones en su defensa y en ninguna manera en su ofensa".

En estas reglas es clara la defensa de los sacramentales, cosas y acciones. La enumeración no es exhaustiva, podríamos agregar los escapularios, exorcismos, etc.

Estas reglas son elocuentes por sí mismas y no necesitan ulterior explicación.

Las reglas que siguen, de la 10ª en adelante se refieren a aspectos diversos de la vida de Iglesia.

Entre ellas, como hemos visto, la 13ª reclama la fe en que la Iglesia es gobernada por el Espíritu Santo. En momentos en que los alumbrados oponían el Espíritu a lo eclesial, Ignacio reafirma su fe en la mediación humana de lo divino en la Iglesia. La sacramentariedad de la Iglesia abarca, pero excede la esfera estrictamente perteneciente a los sacramentos y sacramentales. El Espíritu la conduce en su acción de docencia y gobierno, por lo que ella es como un sacramento del encuentro de los hombres con Dios. Por lo que ella manda y lo que ella enseña, los hombres obedecen al Espíritu de Dios.

 

 

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