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1. EL CAMINO SACRAMENTARIO
CONTENIDO:
CONTENIDO:
1) He entendido por "sacramentariedad"
2) Sacramentariedad y crisis de las mediaciones
El camino sacramentario fundamenta la contemplación en la acción
3) La sacramentariedad y la nueva evangelización
3.2) Tomarse en serio la eficacia sacramentaria
4) El estilo de Ignacio: vencer el mal con el bien
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Al finalizar este recorrido analítico por el Camino Sacramentario de San Ignacio quiero, a modo de conclusión, rescatar sintéticamente tres cosas: 1) la noción de sacramentariedad como nota distintiva del camino ignaciano; 2) señalar que ésa fue una nota distintiva de la "vía" ignaciana en su época; 3) re-poner o re-proponer la actualidad de la sacramentariedad del camino ignaciano, como vía apropiada para la tarea de la nueva evangelización y de nuestra misión hoy: tanto la misión pontificia ante el ateísmo como la de Fe y Justicia.
1) He entendido por "sacramentariedad", a lo largo de esta exposición:
a) En sentido subjetivo: la peculiar sensibilidad creyente de Ignacio para captar, tanto el sentido, como la eficacia espiritual del orden sensible: "y las otras cosas sobre el haz de la tierra son para el hombre y par que le ayuden a la prosecución del fin para el que es criado" (EE 23). Las creaturas: Iglesia y facultades de la propia alma incluidas.
b) También llamo "sacramentariedad", en sentido objetivo, a la cualidad de las creaturas, por la cual son susceptibles de ser "signos" de Dios para el hombre y desplegar una cierta eficacia para conducirlo a Dios,
c) Por fin, la "sacramentariedad" puede considerarse como una estructura constitutiva de la fe católica, que tiene su raíz en el misterio de la Creación y de la Encarnación, y su concreción temporal en el misterio de la Iglesia. Se ha dicho que la Creación es como un sacramento de Dios; que Jesucristo es sacramento del Padre y que la Iglesia es sacramento de Cristo. "Secundum quid" y "quodammodo" eso es teológicamente verdadero.
Pero lo que nos importa aquí es que Ignacio verificó, es decir, hizo verdad en su vida la sacramentariedad a que alude ese enunciado. Para Ignacio todas las creaturas son potencialmente significativas y eficaces para llevar al hombre a Dios; la historia y las decisiones del hombre son signo y lugar de encuentro con la voluntad de Dios; las potencias del alma y sus actos son también signos que la fe puede leer e interpretar en su sentido religioso; los sentidos humanos pueden percibir la infinita suavidad y dulzura de la divinidad; la Iglesia hierarchica y las comendaciones de nuestros mayores, muestran también caminos de la voluntad divina.
No sólo en sede de sacramentos y sacramentales, sino en todo el orden creado, lo material, lo contingente, las creaturas son vehículo, mediación, tanto para el conocimiento como para la unión con Dios.
Y el mismo Espíritu Santo, según la visión de la fe católica, no quiere llegar al hombre si no es por caminos materiales, humanos, sensibles, sensoriales. El bautizado percibe al Espíritu sensible y hasta sensorialmente, no sólo en los sacramentos sino en toda su existencia.
2) Sacramentariedad y crisis de las mediaciones entre erasmistas, protestantes y alumbrados
Es sabido que en tiempos de San Ignacio, tanto el protestantismo por su lado, como los erasmistas y alumbrados, por el suyo, tenían graves dificultades y reparos contra las "mediaciones", apartándose en esto de la constitución sacramentaria del alma católica. Tampoco faltaban corrientes místicas adversas a lo sensible.
Si para el protestantismo y para las tendencias místicas platonizantes las mediaciones creadas se interponen entre el hombre y Dios y por lo tanto "separan"; para el alma católica en cambio, las mediaciones creadas y sensibles son "pontificales" (etimológicamente: tienden puentes), no separan, sino que comunican, unen. Obran lo que significan en los sacramentos; impetran lo que expresan, o expresan lo que impetran, en los sacramentales; reconcilian lo visible con lo invisible, salvan la historia, unen al hombre con Dios en los innumerables ámbitos de la sacramentariedad.
No es aquí el lugar de desentrañar tan complejo asunto. Quiero solamente señalar que el afecto de Ignacio a los sacramentos y a las sacramentales y que la sacramentariedad genérica de su camino espiritual, lo aparta netamente de iluminados y erasmistas, quienes coincidían en su aversión y rechazo de las obras, los actos exteriores, los ritos y las ceremonias; es decir, de todo el ámbito de la sacramentariedad. Rechazan, unos y otros, estas mediaciones. Para Erasmo son inútiles y nocivos la oración vocal, los ayunos, la penitencia, el ejercicio de las virtudes. Para Ruiz de Alcaraz, principal teórico de los alumbrados, son ataduras e impedimentos para alcanzar la unión con Dios. Los alumbrados niegan toda mediación eclesial y sacerdotal, el valor de los signos sacramentales, el origen divino de la confesión, el mérito de las obras. Para ellos, las obras obstaculizan la unión con Dios y quien hace algo por su salvación, la pierde; esta vía, si por quieta puede llamarse vía, conduce obviamente al "quietismo".
Pero aún frente a las numerosas "vías" espirituales en que abunda la espiritualidad ortodoxa de aquel siglo de oro, Ignacio pone con su énfasis sacramentario una nota original y equilibradora.
El camino sacramentario fundamenta la contemplación en la acción
La Devotio Moderna había contribuido a traer a España como al resto de Europa, una sensatez generalizada en la espiritualidad, introduciendo las prácticas de meditación metódica, del examen de conciencia, del desarraigo de los vicios y el cultivo de las virtudes, de la ascética, sólida y adversaria del falso misticismo. A pesar de todo esto, había en la oración de las observancias conventuales en las órdenes reformadas, tendencias platonizantes, desconfiadas de lo material y de los sentidos. El camino ignaciano inaugurará una nueva forma de contemplación en el servicio de Dios.
Esto llevaba a Santa Teresa a advertir (en el Cap. XXII de su Vida) contra los que "avisan mucho que aparten de sí toda imaginación corpórea, y que se lleguen a contemplar la Divinidad, porque dicen que, aunque sea la Humanidad de Cristo...que embaraza o impide a la más perfecta contemplación". Contra estos afirma Santa Teresa que la Humanidad de Cristo ha de ser medio para la más subida contemplación.
Aunque al comienzo de su conversión en Manresa, Ignacio buscó la perfección por el camino vulgarmente recomendado en la época de las largas horas de oración mental y meditación, pronto su vida espiritual se fue reorientando y dando mayor importancia al "servicio": "qué he de hacer por Cristo". Más tarde Ignacio combatirá en algunos de los suyos el afán por las largas horas de oración. La espiritualidad sacramentaria reclamará que los jesuitas sean, como Ignacio, contemplativos en la acción. El camino de Ignacio se orientó hacia el servicio mediante la obras de misericordia espirituales y corporales. Desde entonces la oración metódica, dentro del camino ignaciano, quedó subordinada. Ya sea a la vida espiritual ordinaria, cuyo centro es principalmente sacramental y se realimenta con exámenes y modos de orar. Ya sea a las elecciones o reforma de vida en los Ejercicios Espirituales. Ignacio no encuentra su consuelo en "la descansada vida que huye del mundanal ruido" a lo Fray Luis. No sigue "la escondida senda". Ignacio camina entre los hombres para encaminarlos a Dios.
Así el camino ignaciano es principalmente sacramental, porque tiene en los sacramentos (Confesión y Eucaristía) los principios de renovación y realimentación. El Diálogo entre Dios y el hombre se realiza, según el camino ignaciano, principalmente en sede sacramental. En el sacramento, el Criador actúa directamente en su criatura. Esta responde a la acción divina con todo su ser y su hacer, para su mayor servicio, gloria y alabanza. El camino ignaciano apunta a responder a la gracia con un intercambio de amor puesto en obras. No pudo quedarse en la oración mental. La llamada universal a la perfección cristiana adquiere así una forma más transitable también para el laico, que la que ofrecían a los fieles las observancias conventuales a través de sus cofradías y terceras órdenes. La Sacramentariedad del Camino Ignaciano se realiza en los sacramentos y el servicio.
3) La sacramentariedad y la nueva evangelización
Creo que también hoy, como en tiempos de Ignacio, nuestra – no digo ya: tarea pastoral, sino – misión, se mueve entre las mismas dos tentaciones: la De-formación y la Re-forma, de la Fe. La tan lamentada separación entre fe y vida, no se resuelve cambiando la fe in tratando de cambiar la vida – lo que sin fe sería vano intento – sino únicamente viviendo de fe. Es el camino que siguió y señaló Ignacio. Los últimos Papas nos han confiado a los jesuitas la Misión de hacer frente al Ateísmo, parte de esa tarea eclesial a la que el Papa alude cuando dice que "el camino de la Iglesia es el Hombre".
El camino de Ignacio es el hombre, entre el formalismo y la informalidad. Me explico:
Considero que el secularismo actual es un estadio terminal del formalismo religioso. Cuando los signos siguen perdurando y siendo usados independientemente de sus efectos de gracia (Ignacio diría las creaturas sin referencia al fin), los signos terminan vaciándose de su dínamis propia, pierden su veracidad y por lo tanto su sentido. Entonces se los re-signa en otra dirección y para otras eficacias, o se los abandona. El abandono puede ser silencioso o motivado teóricamente.
El diluvio de secularización que ha anegado a Europa y Estados Unidos, es la disolución terminal de una religiosidad formalista. Su paso al secularismo es en realidad un intento de autenticidad, aunque en la dirección equivocada, porque en vez de intentar recuperar la forma plena, sólo atina a despojarse de la forma vacía. Y lo que es peor, a veces confunde formalidad con formalismo y se convierte en perseguidor de la forma auténtica. El secularismo es una religiosidad informal, anónima, no temática y a menudo anti-formal. Pero su in-formalidad es lo más parecido al formalismo, porque de la forma vacía (formalismo) a la falta de forma (secularismo) sólo hay cambio en apariencia. Ambos se han desentendido muy anteriormente de la eficacia de los signos.
Pero el secularismo necesita del formalismo. Lo necesita para afirmarse a sí mismo narcisistamente como negación del formalismo religioso. Necesita tener el demonio pintado en ese muro para sentirse justo en la oposición. No se cansa de evocar el formalismo, evocarlo y ... a veces... pintarlo incluso donde no estaba o sospecharlo donde no está. Las nuevas generaciones secularistas, las que no padecieron el formalismo de generaciones anteriores, o no pueden atribuir su incredulidad o sus pretendidas "taras" religiosas y humanas a sus educadores religiosos (familia, colegios o catequistas), ya no comprenden la razón de ser de lo que son. Los secularistas de segunda generación son potenciales conversos. Heredan una actitud que ya ha perdido sus móviles principales y sus apoyos reactivos. Sólo pueden intuir, mirando desde fuera, lo que le siguen señalando como formalismo. Pero les falta toda referencia a la forma verdadera y en cualquier momento pueden redescubrir el auténtico camino de la sacramentariedad, escrito en la creación y en la Iglesia y por el que en todas las edades siguen andando creyentes de fe recia y sana.
El secularismo es como los hongos, un fenómeno saprofita, que se nutre, prospera y pulula solamente gracias a la materia orgánica de la fe muerta. Es un fenómeno exclusivamente post-creyente. Y nada es más apto ni está más cerca de convertirse en un secularista que un santurrón. Es puramente una cuestión de ocasión, de clima y de ambiente.)=
3.2) Tomarse en serio la eficacia sacramentaria
El camino Ignaciano toma en serio los signos y en medio de la irreverencia de unos y de otros: 1) de los rutinarios, distraídos o aburridos o 2) de los profanadores intencionados, por las múltiples y graduadas vías del manoseo, banalización, broma, burla, desprestigio, ridículo, blasfemia apuntan hacia formas más radicales de rechazo de los signos: miedo y odio. Los signos sagrados, explicitados o implícitos, sacramentales o creaturales, han de seguir siendo tomados en serio porque siguen siendo eficaces y el camino Ignaciano invita a hacerlo y enseña cómo.
En otra oportunidad he descrito el fenómeno de la apostasía y lo que acerca de ella nos enseña la Escritura y vemos que sucede a nuestro alrededor. Considero que el proceso de secularización de los creyentes es un proceso de apostasía que antes de hacerse abierta y explícita, ha sido anónima. El Hombre secularista ha sido un Hombre que "tenía el aspecto de la piedad pero negaba su eficacia" (2 Tim 3,5; cfr. 1 Tim 5,8). Signos sin eficacia, fe sin Caridad, que es la corrupción de la sacramentariedad.
4) El estilo de Ignacio: vencer el mal con el bien
Ignacio encontró en su tiempo una situación análoga a la de nuestros días. Por un lado la corrupción de la fe que llamamos formalismo y por otro la reacción de oposición e impugnación al formalismo, que proponía la abolición indiscreta de las formas y que llegaba a suprimir el uso queriendo corregir el abuso.
Ignacio no incurrió en polémicas públicas. Se abstuvo de ventilar críticas de la Deformación o la Reforma. El vivió plenamente y realizó la Forma. En momentos en que algunos descartaban ciertos rumbos y caminos tradicionales como inconducentes o intransitables, Ignacio anduvo por ellos sin desviaciones, sin detenerse, en el seguimiento del Señor.
Su camino fue sacramentario. Sigue siendo aún hoy un camino válido, porque los mismo signos siguen siendo eficaces.
En esta condición sacramental del camino de San Ignacio, vemos no sólo una nota distintiva suya y de su espiritualidad que lo señala dentro de su época, sino una de las razones por las que su espiritualidad mantiene su vigencia y su actualidad y se hace particularmente apta para nutrir y vigorizar la vida de fe católica.
Horacio Bojorge S.J.