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1. EL CAMINO SACRAMENTARIO
1. LOS SACRAMENTOS
EN EL CAMINO DE SAN IGNACIO.
CONTENIDO:
1.1) LA IMPORTANCIA Y CENTRALIDAD DE LOS SACRAMENTOS EN SU VIDA
Aprecio de Ignacio por la Confesión --- Mística Eucarística ---
La Misa: el centro de su vida interior --- Corpus Chriisti-Corpus Mariae
1.2) IMPORTANCIA DE LOS SACRAMENTOS EN SU ENSEÑANZA
Fama de Ignacio entre sus contemporáneos
Los Ejercicios Espirituales: Camino Sacramental
Extendida desidia eucarística de la época
Un principio central de la pastoral sacramental de Ignacio
Dos cartas de Ignacio sobre Comunión frecuente
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1.1 LA IMPORTANCIA Y CENTRALIDAD DE LOS SACRAMENTOS EN SU VIDA
La Autobiografía comienza cuando Ignacio, hombre dado a las vanidades del mundo y ambicioso de honra, empeña su vida en una hazaña desesperada y se prepara a morir. En ese momento surge en él, ante el peligro inminente de muerte, el deseo de confesión:
"Y venido el día que se esperaba la batería, él se confesó con uno de aquellos sus compañeros en las armas" (Aut.1)
Relatando su vida ya hacia el fin de sus días a otro compañero, aunque ya no en las armas sino en la Compañía de Jesús, Ignacio recuerda aquel deseo de confesarse, aquella confesión, y la deja consignada. Aquel sacramento "in voto" es como un antecedente, un preámbulo, un umbral de su conversión. Aquella confesión contenía ya un primer balance de la vida de Ignacio. No muy diferente debe haber sido lo que contó en Pamplona a aquel compañero de armas, de lo que años después, en Roma, le confío acerca de sus años mozos al P. Luis Gonçalves da Camara:
"El Padre me llamó y me empezó a decir toda su vida y las travesuras de mancebo clara y distintamente con todas sus circunstancias". (Prólogo del P. Luis G. da Camara a la Autobiografía 2)
Hoy lamentamos que el P. Luis Gonçalves da Camara haya pasado por la censura de su discreción y quizás de la discreción de otros jesuitas contemporáneos, lo que la discreción de Ignacio no le impedía narrar.
Lo cierto es que el P. de Camara comienza su relato con aquella confesión seca en el sitio de Pamplona, como si allí tuviera lugar el derrumbe de un hombre y el primer indicio del nacimiento de otro; un arrepentido, del que Dios se va a querer servir, para ideales más dignos de ofrecer por ellos la vida en holocausto.
Pero confesarse con el compañero de armas no fue propiamente un sacramento, lo fue solamente "in voto", en deseo. De hecho los primeros sacramentos propiamente dichos de que nos habla la Autobiografía son los que todos temían que fueran a ser los últimos. Y ellos, en efecto va a convertirse en los primeros de su nueva vida: la que Dios se dignó concederle vivir para otros fines. La mejoría de Ignacio en la noche crítica de San Pedro y San Paulo, bien puede considerarse como efecto de aquellos últimos sacramentos de Confesión, Unción y Viático:
"Iba todavía empeorando, sin poder comer, y con los demás accidentes que suelen ser señal de muerte. Y llegando al día de San Juan, por los médicos tener muy poca confianza de su salud, fuera aconsejado que se confesase; y así, recibiendo los Sacramentos, la víspera de San Pedro y San Paulo, dijeron los médicos que, si hasta la media noche no sentía mejoría, se podía contar por muerto. Solía ser dicho infermo devoto de San Pedro, y así quiso nuestro Señor que aquella misma media noche se comenzase a hallar mejor; y fue tanto creciendo la mejoría, que de ahí a algunos días se juzgó que estaba fuera de peligro de muerte".(Aut.3)
La siguiente mención de un sacramento en la Autobiografía es la confesión general en Monserrate. Tres días duró esta confesión general en Monserrate, preparando su vela de armas ante Nuestra Señora:
"Y llegando a Monserrate, después de hecha oración y concertado con el confesor, se confesó por escrito generalmente, y duró la confesión tres días; y concertó con el confesor que mandase recoger la mula y que la espada y el puñal colgase en la iglesia en el altar de Nuestra Señora. Y éste fue el primer hombre a quien descubrió su determinación, porque hasta entonces a ningún confesor lo había descubierto" (Aut.17)
Se refiere a su determinación de cambiar de vida. Se nos da a entender aquí que Ignacio, durante los meses de Loyola, había comenzado ya su itinerario de frecuencia sacramental. Aunque aún no sabemos con qué regularidad.
Eso si lo sabemos a partir de su estadía en Manresa. Allí: "...oía cada día la Misa mayor y las Vísperas y Completas, todo cantado, sintiendo en ello grande consolación; y ordinariamente leía a la misa la Pasión, procediendo siempre en su igualdad" (Aut.20)
"Perseveraba siempre en sus sólitas confesiones y comuniones cada domingo" (Aut. 21)
Recibir los sacramentos con esta frecuencia era cosa desacostumbrada en aquel tiempo y aquellas regiones. Tanto es así que llamará la atención más tarde en Alcalá y contribuirá a alimentar las sospechas de la Inquisición contra él:
"...había grande rumor por toda aquella tierra de las cosas que se hacían en Alcalá...y llegó la cosa hasta los Inquisidores...y ansí empezaron luego a hacer pesquisa y proceso de su vida...y dejaron el proceso al vicario Figueroa...el cual de ahí algunos días les llamó y les dijo cómo se había hecho pesquisa y proceso de su vida...y que no se hallaba ningún error en su doctrina ni en su vida, y que por tanto podían hacer lo mismo que hacían sin ningún impedimento...El pelegrino dice que harán lo que les es mandado. Mas no sé, dice, qué provecho hacen estas inquisiciones: que a uno tal no le quiso dar un sacerdote el otro día el sacramento porque comulga cada ocho días, y a mí me hacían dificultad" (Aut. 58-59)
Desde Manresa en adelante nos consta que Ignacio confiesa y comulga cada ocho días. La confesión prepara a recibir digna y fructuosamente la Eucaristía.
A los comienzos de su vida de converso, los confesores serán también consejeros de Ignacio. Ignacio les obedece. Sin embargo en algunos casos puede seguir su propio parecer contra el sentir dudoso de su confesor. Ejemplos: obedece al confesor que le manda interrumpir su ayuno que duraba ya una semana entera. (Aut.25) Pero sigue el propio discernimiento en el caso de una consolación sin causa precedente que lo mueve a volver a comer carne, dejando una abstinencia total. (Aut.27)
Alrededor de su vida de confesión está la grave prueba de escrúpulos que sufrió en Manresa y "que no poco aprovechó su ánima, antes en gran manera la purgó y alimpió". (E.E 348 glosado) Estos escrúpulos tenían por motivo las dudas acerca de la integridad de su Confesión general en Monserrate. En esta crisis los consejos y dirección del confesor le son de poca ayuda. Se disipa cuando Dios quiere, pero no sin un discernimiento de parte de Ignacio, sin el cual habría corrido quizás a la ruina o abandonado su vida. Aquí Ignacio determina no confesar más ninguna cosa de las pasadas. (Aut.25) Cuánto haya sufrido, cuánto lo marcaron estos escrúpulos y cuán grande fue el provecho y cúmulo de enseñanzas para sí y para otros, lo sugiere el hecho de que Ignacio ocupa en contar aquella crisis de escrúpulos y su solución tres números largos de su Autobiografía.
La prolongada e intensa vida sacramental tiene sus frutos y va produciendo en el espíritu de Ignacio una transformación que éste no dejó de advertir y notar en su relato. Ignacio evalúa los frutos de su vida de confesión en términos que nos recuerdan el documento de la Confesión General en Ejercicios (E.E 44); documento que parece haber recogido estas experiencias de Ignacio.
Ignacio le cuenta a Da Camara:
"...que había cometido muchas ofensas contra Nuestro Señor después que había empezado a servirle, pero que nunca había tenido consentimiento de pecado mortal, más aún siempre creciendo en devoción, esto es en facilidad de encontrar a Dios, y ahora más que en toda su vida" (Aut. 99)
En cuanto a los sentimientos de penitencia y la percepción de sí mismo como pecador, es ilustrativo comparar dos episodios de su vida, que estando separados por muchos años, Ignacio relata juntos en su Autobiografía; ellos ilustran el progreso producido por la prolongada y cuidada vida sacramental de confesión y comunión.
"Estando enfermo una vez en Manresa, llegó de una fiebre muy recia a punto de muerte, que claramente juzgaba que el ánima se le había de salir luego. Y en esto le venía un pensamiento que le decía era justo, con el cual tomaba tanto trabajo, que no hacía sino repugnarle y poner sus pecados delante; y con este pensamiento tenía más trabajo que con la misma fiebre; más no podía vencer el tal pensamiento por mucho que trabajaba por vencerle. Mas, aliviado un poco de la fiebre, ya no estaba en aquel extremo de expirar, y empezó a dar grandes gritos a unas señoras que eran allí venidas para visitalle, que por amor de Dios, cuando otra vez le viesen en punto de muerte, que le gritasen a grandes voces diciéndole pecador, y que se acordase de las ofensas que había hecho a Dios" (Aut. 32)
Esto sucedía en Manresa y por lo tanto en los años 1522-1523. El incidente siguiente, aunque narrado a continuación, sucedió en 1535, trece años después, cuando Ignacio cruzaba por mar de España a Italia, volviendo de su visita pastoral a Loyola y exhibe un cambio en su vivencia de la contrición:
"Otra vez viniendo de Valencia para Italia por mar con mucha tempestad, se le quebró el timón a la nave, y la cosa vino a términos que, a su juicio y de muchos que venían en la nave, naturalmente no se podría huir de la muerte. En este tiempo, examinándose bien y preparándose para morir, no podía tener temor de sus pecados, ni de ser condenado; mas tenía grande confusión y dolor, por juzgar que no había empleado bien los dones y gracias que Dios Nuestro Señor le había comunicado" (Aut. 33)
Entre una ocasión y otra, Ignacio comprueba y exhibe, para nuestra enseñanza, una maduración de la gracia de compunción. El dolor por los pecados veniales y de omisión predomina sobre el dolor por los mortales cometidos. La diferencia es importante para Ignacio, ya que él le daba mucha importancia a la distinción entre pecado mortal y pecado venial. Esa distinción ocupa un puesto central en su enseñanza y en su apostolado con las "ánimas" para aprovecharlas. Sin ella, tanto el alma como el que la ayuda están a ciegas. Particularmente necesaria resulta para el que da los ejercicios. Sin ella no es posible darlos adaptándolos a la disposición del ejercitante. Los tres grados de humildad, engranaje central de las elecciones suponen esa distinción, sobre todo a nivel de discernimiento de las disposiciones reales de la persona, más que a nivel de distinción teórica. Así nos explicamos que el motivo principal por el que Ignacio decidió abandonar Salamanca e irse a París fue éste:
"...Hallaba dificultad grande de estar en Salamanca; porque para aprovechar las ánimas le parescía tener cerrada la puerta con esta prohibición de no definir de pecado mortal y de venial" (Aut. 70)
Los Inquisidores se inquietaban porque Ignacio, sin estudios, incursionara en esas definiciones. Para ellos se trataba más bien de una definición de conceptos; para Ignacio, de la definición de un estado de alma, o sea de un discernimiento de orden existencial, más que de una distinción conceptual. Por motivos teológicos lo bloqueaban a Ignacio la acción espiritual.
San Ignacio no necesitaba la distinción teológica. Pero sí la libertad para determinar en qué disposición interior se encontraba un alma, para darle ejercicios adaptados.
Aprecio de Ignacio por la Confesión
Hay una anécdota que ilustra el aprecio que tenía a la confesión. Estando en Jerusalén e insistiendo con los Franciscanos para que le permitieran quedarse a vivir en Tierra Santa:
"El Guardián le respondió que no veía cómo su quedada pudiese ser, porque la casa estaba en tanta necesidad, que no podía mantener los frailes, y por esa causa estaba determinado de mandar cono los pelegrinos a algunos a estas partes. Y el pelegrino respondió que no quería ninguna cosa de la casa, sino solamente que, cuando algunas veces él viniese a confesarse, le oyesen en confesión". (Aut. 45)
Años más tarde, el Ignacio fundador dejará traslucir este mismo modo de ver, preceptuando una medida concreta destinada a formar el criterio de los jóvenes jesuitas ante el sacramento:
"Ultra el modo de bien confesarse, señáleseles (a los jóvenes en formación) el tiempo (de confesarse); del cual, si faltaren, no se les dé cibo corporal hasta que tomen el espiritual" (Const. 278-Q)
No se trata de una penitencia. Es una forma de encarecer lo que ha de ser una prioridad existencial para un jesuita. En el camino ignaciano, la prioridad es sacramental.
Para concluir este punto de mi exposición quiero referirme a la Eucaristía en la Vida de Ignacio.
Es un hecho reconocido por todos los autores – De Guibert, Dalmases, Iparraguirre, Villoslada, Dumeige, Beguiritztáin, Suquía – que la mística de San Ignacio es una mística trinitaria pero su sede principal es la eucarística.
¿Desde cuándo? La Autobiografía nos da noticia de un comienzo ya en Manresa:
"...oyendo misa un día, y alzándose el Corpus Domini, vio con los ojos interiores unos como rayos blancos que venían de arriba: y aunque esto, después de tanto tiempo, no lo puede bien explicar, todavía lo que él vio con el entendimiento claramente fue ver cómo estaba en aquel Santísimo Sacramento Jesucristo nuestro Señor" (Aut. 29)
En su tesis doctoral sobre "La Santa Misa en la espiritualidad de San Ignacio de Loyola" (Madrid 1950), el hoy Cardenal, Angel Suquía Goicoechea afirma:
"Para mí, que Iñigo de Loyola forma parte del coro de los sacerdotes que, como San Vicente Ferrer, San Vicente de Paul, el Santo Cura de Ars, hicieron de su misa de todos los días el centro único de toda su espiritualidad" (O.c.p.14)
La Misa fue el centro de la vida interior de Ignacio.
Se preparó largamente par decir su primera Misa:
"Había determinado, después que fuese sacerdote, estar un año sin decir misa, preparándose y rogando a la Virgen que le quisiese poner con su Hijo".(Aut. 97)
Todo parece indicar que soñaba con poder decir su primera Misa en Tierra Santa. En Belén. Pero habiéndose frustrado ese plan, Ignacio hizo en Roma lo más parecido que pudo hacer a lo que tenía propuesto hacer en Belén. Dijo su primera Misa en el Altar del Pesebre de Santa María la Mayor. Así lo cuenta a sus familiares de Loyola:
"El día de Navidad pasada, en la iglesia de Nuestra Señora la Mayor, en la capilla donde está el pesebre donde el niño Jesú fue puesto, con la su ayuda y gracia dije la mi primera misa". (Carta del 2 de febrero, 1539).
El Misterio de la Eucaristía está íntimamente asociado al Misterio de la Encarnación. Ambos andan juntos en el corazón de Ignacio. En una fiesta de la Encarnación, la fiesta de Nuestra Señora de Marzo, o también fiesta de la Anunciación (25 de Marzo), Ignacio, tras su confesión general de tres días. Pasa la noche en oración ante la Virgen y el Niño y cambia de vestidos. A imitación del Verbo que no haciendo alarde de su condición divina, se revistió de una condición de esclavo. Hay que tener presente esas asociaciones el alma de Ignacio para comprender mejor ciertos pasajes del Diario Espiritual.
El día 15 de febrero de 1544, San Ignacio, durante la consagración experimenta la presencia de María:
"no podía que a ella no sintiese o viese...mostrando ser su carne en la de su Hijo..."
Para terminar este punto de mi exposición, quiero leer esa página del Diario Espiritual a la que acabo de referirme. Ningún comentario puede suplir lo que ella nos dice acerca del lugar de la Eucaristía en el espíritu de San Ignacio. Es la anotación correspondiente a la fiesta de la Purificación de Nuestra Señora y la Presentación del Niño Jesús en el Templo, donde es recibido por Simeón:
"De nuestra Señora del templo. Simeón.
14. Viernes [15 Febr.]. – A la primera oración, al nombrar del Padre eterno, etc. venía una sensible dulzura interior, continuando, y no sin moción de lágrimas, más adelante con asaz devoción, y hacia al fin con harto mayor, sin descubrirse mediadores ni personas algunas. Después para salir a la misa comenzando la oración, un sentir y representárseme nuestra Señora y cuánto había faltado el día pasado, y no sin moción interior y de lágrimas, pareciendo que echaba en vergüenza a nuestra Señora en rogar por mí tantas veces, con mi tanto faltar, a tanto que se me escondía nuestra Señora y no hallaba devoción ni en ella ni más arriba. De ahí [a] un rato, buscando arriba, como a nuestra Señora no hallaba, me viene una gran moción de lágrimas y sollozos, con un cierto ver y sentir que el Padre celestial se me mostraba propicio y dulce, a tanto, que mostraba señal que le placería que fuese rogado por nuestra Señora, a la cual no podía ver. Al preparar del altar, y después de vestido, y en la misa, con muy grandes mociones interiores, y muchas y muy intensas lágrimas y sollozos; perdiendo muchas veces la habla, y así después de acabada la misa, en mucha parte de este tiempo de la misa, del preparar, y después, con mucho sentir y ver a nuestra Señora mucho propicia delante del Padre, a tanto, que en las oraciones al Padre, al Hijo, y al consagrar suyo, no podía que a ella no sentiese o viese, como quien es parte o puerta de tanta gracia que en espíritu sentía. (Al consagrar mostrando ser su carne en la de su Hijo) con tantas inteligencias, que escribir no se podría. Sin dubitar de la primera oblación hecha.
1.2 IMPORTANCIA DE LOS SACRAMENTOS EN SU ENSEÑANZA
Que San Ignacio sea el santo de los sacramentos, no es cosa que se diga o se oiga por ahí con frecuencia. Ignacio no es un santo popular fuera del País Vasco. Pero si lo fuera hoy ¿sería el santo de los sacramentos? Sin embargo, en su tiempo, se lo visualizaba como un excéntrico que exageraba e impulsaba a otros a exagerar, confesándose y comulgando cada ocho días (¡todos los domingos!).
Aunque no haya faltado el reconocimiento erudito del carácter sacramental del camino ignaciano, hoy en día parece conveniente volver a recordar cosas que se nos han dicho. Pienso en la obra del P. Justo Beguiriztáin S.J. "El Apostolado Eucarístico de San Ignacio de Loyola" (Buenos Aires 1945). O en la antes citada del Cardenal Suquía sobre Ignacio y su Misa.
Por supuesto que antes y después de Ignacio hubo muchos santos de acendrada piedad eucarística y que parece redundante encarecer los sacramentos como vía de santidad, puesto que los sacramentos son los medios privilegiados para la santificación.
Ignacio trabajó como ninguno en poner en práctica esta "verdad de Perogrullo" y en conducir a todos a la recepción bien preparada, frecuente y fructuosa de la Confesión y Eucaristía.
No conviene separar un sacramento de otro: la Confesión de la Eucaristía – como corre el peligro de hacer el lector desprevenido de obras como la de Beguiriztáin. Ignacio es Apóstol de la Confesión y la Eucaristía. El camino ignaciano es una pedagogía de la purificación del alma por la Confesión frecuente para la recepción fructuosa de la Eucaristía. Ese fue su camino personal y ese el camino que enseña a recorrer a los demás.
Fama de Ignacio entre sus contemporáneos
Entre los que lo conocieron, Ignacio dejó fama de apóstol de los sacramentos. Así lo dicen testimonios recogidos par su canonización en Barcelona, Manresa, Alcalá, París y Roma.
En el Consistorio preparatorio de su canonización (19 de enero de 1622), siendo Papa Gregorio XV, el cardenal relator Fco. Ma. Monti señalaba este rasgo de la santidad de Ignacio en estos términos:
"Administró asiduamente los Sacramentos de la Penitencia y Comunión, y exhortó a los mismos a todos los fieles, e introdujo la frecuencia de dichos Sacramentos y de las Misas, así como los sermones y lecciones sacras en los templos".
Varios testigos declararon en el proceso de canonización que:
"A cuantos venían al hospital donde se alojaba Ignacio, éste les enseñaba el camino del cielo y les exhortaba a examinar la conciencia y frecuentar los Sacramentos. Muchas señoras principales, movidas por sus palabras, tomaron por costumbre confesar y comulgar cada ocho días, cosa tan nueva en aquel tiempo, que por esto las llamaron las Iñigas, por ser Iñigo o Ignacio el autor de esta frecuencia" y que "la frecuencia de Sacramentos en Manresa y en otras partes debió su origen al dicho santo varón" (Cit. por Beguiriztáin O.c p.17-18)
En una biografía antigua de Ignacio y en una historia del Colegio de la Compañía en Alcalá se guarda memoria de su apostolado sacramental entre los estudiantes de la Universidad:
"Cuatro meses solamente había estado en Alcalá y en tan poco tiempo era rara la mudanza que se reconocía en la Universidad y villa, con mucha frecuencia de Sacramentos. Y aunque los desapasionados conocían que tan buenos frutos no podía nacer sino de buen árbol; como lo nuevo siempre es sospechoso y pasa por la censura hasta que con los años cobra autoridad y veneración, se hablaba variadamente de Ignacio, y unos le condenaban, otros le alababan" (Citado por Beguiriztáin p. 17-18)
Laínez cuenta en carta a Polanco cómo en el Colegio de Monteagudo de París, Ignacio movió a unos a confesar y comulgar y a otros a dejar el mundo, y cómo el grupo de compañeros se mantuvo unido cuando Ignacio se ausentó y viajó a Azpeitía, gracias a la oración y la confesión y comunión frecuente. También el Padre Rodríguez guarda este recuerdo de los días de París:
"...todos los domingos y fiestas principales del año, después de purificar sus conciencias, recibían el Cuerpo del Señor. De donde, con sus ejemplos y exhortaciones, movieron a muchos estudiantes y a no poca gente del pueblo a frecuentar los mismos Sacramentos".
El P. Polanco da un testimonio semejante acerca del apostolado sacramental en Roma:
"El año 1538, después de Cuaresma ya se habían reunido todos los compañeros en Roma...y casi todos al mismo tiempo comenzaron a predicar en diferentes iglesias...Muchos fieles también comenzaron a confesar y comulgar con frecuencia, cosa que hasta aquel tiempo, era desusada, pero las exhortaciones de los nuestros les movieron poco a poco a ello".
Un cronista de la época cuenta que por el apostolado de los jesuitas "en un momento se mudó a toda Roma" y que el Cardenal Baronio le llamaba a la iglesia de los jesuitas "iglesia de la Resurrección" porque allí había "resucitado el uso frecuente de la Penitencia y Eucaristía, muerto por largo tiempo" (Cit. por Beguiriztáin, O.c., p. 21-22)
Los Ejercicios Espirituales: Camino Sacramental
Los principios y métodos de la pastoral sacramental que Ignacio practicó y legó a los jesuitas no hay que ir a buscarlos en archivos o documentos recónditos. Están patentes en el libro de los Ejercicios Espirituales. Allí están los documentos con los que, mediante exámenes de conciencia y consejos para la oración, se disponía a las almas para iniciar un camino hacia Dios por medio de la confesión y comunión.
El camino de la confesión frecuente se iniciaba con los modos de orar y los exámenes, como medios para "disponer el ánima, para quitar de sí todas las afecciones desordenadas" (EE 1), meta de la primera semana de los Ejercicios. "Después de quitadas" el "ánima" había alcanzado la disposición para "buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para la salud del ánima". Y esa menta del resto de los Ejercicios, desde la segunda semana. San Ignacio asignaba a la primera semana una función "purgativa". Ignacio aconseja terminarla con una Confesión General (EE 44)
Al ejercitante que está haciendo los Ejercicios de elecciones en total retiro, según la anotación vigésima, Ignacio se preocupa de que le sea fácil el acceso a la Misa diaria y a la Eucaristía:
"...mudándose de la casa donde moraba, y tomando otra casa o cámera para habitar en ella, quanto más secretamente pudiere; de manera que en su mano sea ir cada día a misa y a vísperas, sin temor que sus conocidos le hagan impedimento" (Anot. 20).
Había fundada razón para temer algún género de "impedimentos" por parte de amigos y conocidos, como lo ilustra el caso de los estudiantes que Ignacio conquistó en París; y el de los primeros compañeros que tenían que ir a recibir los sacramentos en iglesias y capillas apartadas de los arrabales de París, porque había quienes se oponían hasta por las armas a aquellos fervores y cambios de vida:
"Venido de Flandes la primera vez, empezó más intensamente que solía a darse a conversaciones espirituales, daba casi en un mismo tiempo ejercicios a tres, es a saber: a Peralta, y al bachiller Castro, que estaba en Sorbona, y a un viscaíno que estaba en Santa Bárbara, por nombre Amador. Estos hicieron grandes mutaciones y luego dieron todo lo que tenían a los pobres, aun los libros, y empezaron a pedir limosna por París, y fuéronse a posar en el hospital de San Jaques, adonde de antes estaba el peregrino, y de donde ya era salido por las causas arriba dichas. Hizo esto grande alboroto en la universidad, por ser los dos primeros personas señaladas y muy conoscidas. Y luego los españoles comenzaron a dar batalla a los dos maestros; y no los podiendo vencer con muchas razones y persuasiones a que viniesen a la universidad, se fueron un día muchos con mano armada y los sacaron del hospital". (Aut.77).
Extendida desidia eucarística de la época
Un cronista de la época escribe:
"Tan nuevo era en aquel tiempo comulgar más que una vez al año, no habiendo peligro de muerte, que si alguno quería comulgar más a menudo, por excusar murmuraciones se iba a comulgar a las ermitas del campo porque no causaba esto menos admiración – como dijo al P. Miguel Pérez uno de los que había conocido a Ignacio – que si viesen volar a un buey" (Beguiriztáin, O.c.p.40)
El uso de comulgar con frecuencia ocasionaba murmuraciones – dice otro historiador:
"llamándolo unos irreverente osadía, y otros hipócrita extravagancia: y se vieron necesitados para excusar la nota, a ir mudando de iglesia y a valerse de las ermitas del campo" (Beguiriztáin, O.c.p.41)
Es sobre este trasfondo histórico como se comprende mejor la razón de ser de la segunda y tercera de las Reglas para sentir con la Iglesia (EE 354-355) que es oportuno recordar aquí:
"2ª regla. La segunda: alabar el confesar con sacerdote y el rescibir del sanctissimo sacramento una vez en el año, y mucho más en cada mes, y mucho mejor de ocho en ocho días, con las condiciones requisitas y debidas.
3ª regla. La tercera: alabar el oir missa a menudo, asimismo cantos, psalmos y largas oraciones en la iglesia y fuera della; assimismo horas ordenadas a tiempo destinado para todo officio divino y para toda oración y todas horas canónicas".
La anotación vigésima apunta, en no pequeña medida, a asegurarle al ejercitante los espacios de libertad para que pudiera vivir su fe expresando su piedad protegido de toda coerción o compulsiones ambientales externas.
A las almas que aún no están preparadas para entrar en ejercicios de elecciones, Ignacio las iniciaba según las instrucciones que nos dejó en la anotación 18ª. En esta anotación como también en la 19ª la meta de los ejercicios es "dar modo de confesar y tomar el sacramento" (EE 19).
San Ignacio insiste por un lado en que el que da ejercicios a otro debe tener muy en cuenta, además de las circunstancias y cualidades de cada uno, su libertad, es decir su deseo o disposición de buscar a Dios y: "según se quisiere disponer", podrá darle: "al que se quisiere ayudar", los exámenes y modos de orar, "comendándole también la confesión de sus pecados de ocho en ocho días, y si puede tomar el sacramento de quince en quince, y si se afecta, mejor de ocho en ocho".
Si no se puede esperar tanto del "subjecto" se le darán algunos ejercicios leves "hasta que se confiese de sus pecados y después dándole algunos exámenes de conciencia y orden de confesar más a menudo que solía (EE 18). Las metas de la anotación 18 son como se ve, casi exclusivamente sacramentales. Y por esas metas sacramentales comienzan los ejercicios según la anotación 19ª (sin excluir que luego se puede pasar adelante, a la elección, si es que se entiende que ésta va implícita en la meditación de los misterios de Cristo).
"[18] 18ª. La decimaoctava: según la disposición de las personas que quieren tomar exercicios sprituales, es saber, según que tienen edad, letras o ingenio, se han de aplicar los tales exercicios; porque no se den a quien es rudo o de poca complisión cosas que no pueda descansadamente llevar, y aprovecharse con ellas. Asimismo según que se quisieren disponer, se debe de dar a cada uno, porque más se puedan ayudar y aprovechar. Por tanto, al que se quiere ayudar para se instruir y para llegar hasta cierto grado de contestar su ánima, se puede dar el examen particular, n.24, y después el examen general, n.32; juntamente por media hora a la mañana el modo de orar sobre los mandamientos, pecados mortales, etc. n. 238, comendándole también la confesión de sus peccados de ocho en ocho días, y si puede tomar el sacramento de quince en quince, y si se afecta, mejor de ocho en ocho. Esta manera es más propria para personas más rudas o sin letras, declarándoles cada mandamiento, y así de los peccados mortales , preceptos de la Iglesia, cinco sentidos y obras de misericordia. Ansimesmo, si el que da los exercicios viere al que los recibe ser de poco
subiecto o de poca capacidad natural, de quien no se espera mucho fructo; más conveniente es darle algunos destos exercicios leves hasta que se confiese de sus peccados: y después dándole algunos exámines de conciencia, y orden de confesar más a menudo que solía, para se conservar en lo que ha ganado, no proceder adelante en materias de elección, ni en otros algunos exercicios, que están fuera de la primera semana; mayormente quando en otros se puede hacer mayor provecho, faltando tiempo para todo.[19] 19ª. La diecinueve: al que estuviere embarazado en cosas públicas o negocios convenientes, quier letrado, o ingenioso, tomando una hora y media para se exercitar, platicándole para qué es el hombre criado, se le puede dar a si mismo por spacio de media hora el examen particular, y después el mismo general, y modo de confesar y tomar el sacramento, haciendo tres días cada mañana por spacio de una hora, la meditación del 1º, 2º y 3º peccado, n. 45, después otros tres días a la misma hora la meditación del proceso de los peccados, n. 55, después por otros tres días a la misma hora haga de las penas que corresponden a los peccados, n. 65, dándole en todas tres meditaciones las diez addiciones n. 73, llevando el mismo discurso por los misterios de Christo nuestro Señor, que adelante y a la larga en los mismo Exercicios se declara.
Estas anotaciones contiene el "know how" de la pastoral sacramental de Ignacio. Muestran el "camino sacramental" de Ignacio: 1) pone a las almas en movimiento, mediante exámenes y oraciones, 2) las lleva a los sacramentos "poniéndolas con su Criador y Señor" y 3) aguarda lleno de respeto al alma y de esperanza en Dios, lo que el Señor obre en su criatura así dispuesta.
La anotación 18ª muestra la orientación sacramental de una serie de documentos que encontramos en los Ejercicios Espirituales. Están orientados a una meta sacramental: 1) El examen particular (EE 24-31); 2) el examen general (EE 32-42); 3) el Modo de hacer el Examen general (EE 43); 4) la Confesión General con la Comunión (EE 44); 5) los Modos de orar (EE 238-260)
Un principio central de la pastoral sacramental de Ignacio
En EE 44 leemos un principio central de la pastoral sacramental de Ignacio:
"...estando más bien confesado y dispuesto, se halla más apto y más aparejado para recibir el sanctíssimo sacramento, cuya recepción no solamente ayuda para que no caiga en pecado, mas aún para conservar en aumento de gracia".
Este principio rector de su camino sacramental, al final de sus días, lo veía confirmado en la experiencia de su vida y se lo confiaba a da Camara:
"...que había cometido muchas ofensas contra Nuestro Señor después que había comenzado a servirle, pero que nunca había tenido consentimiento de pecado mortal, más aún, siempre creciendo en devoción, esto es, en facilidad de encontrar a Dios, y ahora más que en toda su vida" (Aut. 99)
Dos cartas de Ignacio sobre Comunión frecuente
Hay, entre las cartas de Ignacio, dos que interesan particularmente para nuestro tema, por referirse a la frecuencia sacramental.
Una y otra carta muestran que Ignacio propende a la frecuencia sacramental toda vez que obedezca a un libre impulso del alma y ésta esté en las condiciones requeridas de pureza de conciencia y de reverencia para que el sacramento dé su fruto.
Carta a los Azpeitianos
Durante su estadía en Azpeitía, su país natal, después de su conversión y cuando se venía de París con intención de pasar a Italia y Jerusalén, Ignacio se empeñó en la reforma de costumbres y el fomento de la piedad de la Villa Azpeitía. Con ese mismo fin, ya desde Roma, les envía más tarde, a sus compaisanos, copia de la Bula de una Cofradía del Santísimo Sacramento, fundada en Roma, para que pudieran fundar una en Azpeitia asociada a aquella. En esta carta, para animarlos a frecuentar los sacramentos, caídos en desuso en la Iglesia, les recuerdo la evolución de la práctica sacramental en la historia de la Iglesia, evocando la edad de oro de los comienzos y de la decadencia posterior. Oigamos un trozo:
"...os pido, requiero y suplico por amor y reverencia de Dios N.S., con muchas fuerzas y con mucho afecto os empleéis en mucho honrar y favorecer y servir a su unigénito hijo Cristo N.S. en esta obra tan grande del santísimo Sacramento, donde su divina Majestad, según divinidad y según humanidad, está tan grande, y tan entero, y tan poderoso, y tan infinito como está en el cielo, poniendo algunas constituciones en la cofradía que se hiciere, para que cada cofrade sea tenido de confesar y comunicarse una vez cada mes, pero voluntariamente, y no obligándose a pecado alguno si no lo hiciere. Porque sin dubitar me persuado y creo, que, haciendo y trabajando de esta manera, hallaréis inestimable provecho espiritual. Tomaban cada día el santísimo Sacramento todos y todas que tenían edad para tomar; después de allí a poco tiempo comenzándose un poco a enfriar la devoción, se comulgaban todos de ocho a ocho días; después a cabo de mucho tiempo, enfriándose mucho más en la vera caridad, vinieron a comulgarse todos en tres fiestas principales del año, dejando a cada uno en su libertad y a su devoción, si quisiese comulgar más a menudo, quier de tres a tres días, quier de ocho a ocho días, quier de mes a mes; y después a lo último, hemos parado de año en año, por la nuestra tanta frialdad y enfermedad, que parece que el nombre nos queda de ser cristianos, según a la mayor parte todo el mundo veréis, si con ánimo quieto y santo le queréis contemplar. Pues sea de nosotros, por amor y espíritu de tal Señor, y provecho tan crecido de nuestras ánimas, renovar y refrescar en alguna manera las santas costumbres de nuestros pasados; y si en todo no podemos, a lo menos en parte, confesándonos y comunicándonos (como arriba dije) una vez en el mes. Y quien más adelante querrá pasar, sin alguna duda, irá conforme a nuestro Criador y Señor, testificando San Agustín con todos los otros doctores santos, el cual dice (después que dijo: No alabo ni vitupero el comulgar diariamente); exhorto a comulgar todos los domingos" (Carta a los habitantes de Azpeitia, ag.-set. 1540)
En la carta de 15 de noviembre de 1543 a Sor Teresa Rejadell, que lo consulta acerca de la conveniencia de comulgar diariamente, le anima a hacerlo recordándole las condiciones debidas para que esa frecuencia sea reverente y fructuosa:
"Cuanto al comulgar cada día, atento que en la primitiva iglesia todos se comulgaban cada día, y que después acá no hay ordenación ni escritura alguna de la nuestra santa madre Iglesia, ni de los santos doctores escolásticos, ni positivos, que no puedan comulgar cada día las personas que fueren movidas por devoción; y si el bienaventurado Sant Agustín dice que comulgar cada día ni lauda ni vitupera, en otra parte diciendo que exhorta a todos a comulgar todos los días de domingo, más adelante dice, hablando del cuerpo sacratísimo de Cristo N.S: este pan es cotidiano; luego así vivid, como cada día podáis recibir. Esto todo siendo así aunque no hubiese tantas buenas señales ni tan sanas mociones, el bueno y entero testimonio es el propio dictamen de la conciencia, es a saber: después que todo os es lícito en el Señor nuestro, si juzgáis, apartada de pecados mortales claros, o que podáis juzgar por tales, que vuestra ánima más se ayuda y más se inflama en el amor de vuestro Criador y Señor, y con tal intención os comunicáis, hallando por experiencia que este santísimo manjar espiritual os sustenta, quieta y reposa, y conservando os aumenta en su mayor servicio, alabanza y gloria, no dubitando, os es lícito y os será mejor comulgaros cada día".
(Carta a Sor Teresa Rejadell, 15 de noviembre, 1543)