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LOS CAMINOS DE IGNACIO Indice

EL CAMINO MISERICORDIOSO Indice

 

Quiero prestar atención a aquellos aspectos de la persona de Ignacio que lo acreditaron desde muy pronto entre los fieles como intercesor por los enfermos. Creo que Dios lo preparó durante su vida para que fuera un eficaz intercesor, protector y maestro de los enfermos desde su gloria. Y si bien esa devoción popular sufrió las consecuencias de la extinción de la Compañía de Jesús durante medio siglo, es un rescoldo que puede volver a encenderse y a convertirse en una gran ayuda para nuestros fieles enfermos.

 

3. EL CAMINO MISERICORDIOSO:

IGNACIO Y LOS ENFERMOS

3.1 LA EXPERIENCIA DE LA ENFERMEDAD Y SUS CONSECUENCIAS

CONTENIDO:

1.- Ignacio sufrió enfermedad propia y de los suyos

1.1 Huérfano de madre -- 1.2 Herido de guerra --- 1.3 Enfermo crónico

2. Consecuencias de la experiencia directa de la enfermedad

2.1 Misericordia y dulzura con los enfermos --- 2.2 Docilidad y obediencia a los médicos

2.3 Conciencia de que es posible servir a Dios en la enfermedad

3. Juan Pablo II: "El sufrimiento está en el mundo para que se manifieste la caridad"

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1.- Ignacio sufrió enfermedad propia y de los suyos

Ignacio conoció y sufrió en carne propia la enfermedad ajena y la suya, con sus amargos efectos. La enfermedad lo acompañó toda su vida. Es esa múltiple y prolongada experiencia la que quisiera presentar aquí, primero resumidamente y luego con más detalle, porque es lo que le confiere a San Ignacio aquella autoridad que, en estos asuntos, brinda el conocer el dolor por haberlo padecido, y no por cuentos de otros o de oídas.

1.1 Huérfano de madre

Primeramente: ya desde muy pequeño sufrió las consecuencias de la enfermedad y muerte de su madre. Su infancia estuvo marcada por el signo triste de la ausencia de la madre. E Ignacio comenzó a vivir, sufriendo los efectos de la enfermedad antes de poder explicarla conscientemente. El niño huérfano adquiere desde muy temprano la experiencia de lo que significa la enfermedad y la muerte, porque lo toca en los más próximos y necesarios: sus padres.

1.2 Herido de guerra

En segundo lugar: Ignacio fue un herido de guerra. El mismo cuenta cuánto le costó aceptar la invalidez que derivó de aquella herida. Nos relata que hizo esfuerzos desesperados por borrar de su vida las consecuencias de una invalidez que amenazaba tronchar o por lo menos estorbar sus sueños y proyectos de futuro. Hasta que, por la gracia de Dios, no sólo pudo asumir su renguera, sino que ésta le ayudó a encontrar el verdadero sentido de su vida. Su convalecencia se convirtió así en un aprendizaje y descubrimiento de un nuevo mundo interior del espíritu para el que hasta entonces había sido ciego. Ignacio encontró la resignación, en el más glorioso y hermoso sentido de la palabra. La resignación, en sentido cristiano, quiere decir re-signar, volver a signar, signar de nuevo. Es decir, por un lado, marcar algo con el signo de la Cruz de Cristo. Y por otro lado, en consecuencia, descubrir el sentido positivo de un signo que parecía negativo. Así, gracias a su herida de guerra, re-signada por Dios, Ignacio puso fin a una vida vacía y comenzó una vida plena.

1.3 Enfermo crónico

En tercer lugar: Ignacio padeció largos años de una enfermedad crónica, adquirida según pensaba él, por sus penitencias indiscretas y exageradas. Esa enfermedad, se sabe hoy por los resultados de su autopsia, era una litiasis biliar, unos cálculos a la vesícula, que sus médicos no supieron diagnosticar ni tratar, prescribiéndole incluso, hoy lo sabemos, dietas desacertadas o contraindicadas. Ignacio sufrió a consecuencia de los cólicos biliares molestias y dolores indecibles y frecuentes. Y falleció a consecuencias de esta enfermedad a los 64 años de edad. Aún si los médicos hubieran sabido de qué se trataba, poco habrían podido hacer, porque como es sabido la enfermedad era inoperable en aquella época.

También con esta dolencia crónica en cuyo comienzo Ignacio sintió que había culpa propia y en cuyo prematuro desenlace pudo haber error, ignorancia y quizás culpa médica, San Ignacio recibió la gracia de asumir sin resentimiento ni amargura la posibilidad de que hubiera culpa propia y de los médicos. Esos son dos factores que con frecuencia atormentan el espíritu de un enfermo con un sufrimiento extra, ajeno a la misma enfermedad: "¿No será que yo no consulté a tiempo? ¿No será que con mi régimen de vida arruiné mi salud? ¿No será que no insistí para que el médico me revisara mejor? ¿No será que si el médico le hubiera mandado hacer tal otro examen hubieran descubierto el mal a tiempo?"

2. Consecuencias de la experiencia directa de la enfermedad

En cuarto lugar quiero mencionar tres consecuencias principales de la experiencia que tuvo Ignacio de la enfermedad:

2.1 Extraordinaria misericordia y dulzura con los enfermos

La primera fue su extraordinaria misericordia y dulzura con los enfermos, a los que cuidó y quiso que fueran cuidados con mucho amor, haciéndolo él a menudo a costa de sí mismo, procurando que no les faltara nada de lo que los médicos recetaban. Los primeros jesuitas practicaron este amor a los enfermos distinguiéndose en la atención de los apestados. En ese oficio de amor se enfermó y murió San Luis Gonzaga. San Ignacio introdujo el oficio de "prefecto de salud" en las comunidades de la orden que fundó.

2.2 Docilidad y obediencia a los médicos

Segunda consecuencia: su docilidad y obediencia a los médicos y sus prescripciones, aún a pesar de que no tenían resultados muy felices los tratamientos a los que lo sometían. Ignacio siempre les obedeció y quiso que los jesuitas les obedecieran. Supo asumir sus límites y sus errores.

A veces el "paciente" se pone "in-paciente" y quiere hacerse médico de sí mismo. San Ignacio vio en eso una tentación contra la que se guardó y ante la que nos pone en guardia. Si bien el médico se puede equivocar, por lo regular es el paciente el que más riesgo corre de equivocarse cuando se automedica.

A veces cuesta asumir y tener paz con los errores médicos, sobre todo cuando nos perjudican gravemente. Esa es una gracia que San Ignacio tuvo.

2.3 Conciencia de que es posible servir a Dios en la enfermedad

La tercera consecuencia de esta experiencia que Ignacio tuvo es propiamente de orden espiritual y consiste en la conciencia de que es posible servir a Dios en la enfermedad tanto como en la salud y tanto en la vida larga como en la vida corta. Y que con tal de conocer, amar y servir a Dios, es indiferente cuál sea el camino por donde la vida lo lleve a cada uno.

3. Juan Pablo II: "El sufrimiento está en el mundo para que se manifieste la caridad"

Y creo que aquí, la enseñanza que Ignacio nos da con su vida y ejemplo para nuestra enfermedad, converge y coincide con la enseñanza del Papa Juan Pablo II en su Encíclica sobre el Dolor Salvífico: "El sufrimiento está en el mundo para que se manifieste el amor". El amor a los que sufren, por parte de los que los cuidan y ayudan. Pero no en menor medida el amor de los que sufren, a los que ellos aman.

Aceptar la enfermedad, con todas las limitaciones que ella conlleva, es un acto de humildad. Y Dios da su gracia a los humildes. Dios exalta al que sabe humillarse. En el dolor brilla el amor, como en la humillación la gloria del crucificado.

La enseñanza del Papa nos recuerda que hay una ley de solidaridad en el dolor. Una ley del amor que, en apariencia, multiplica el sufrimiento, pero que en realidad está al servicio de la manifestación de la caridad. Digo que el amor, en apariencia multiplica el sufrimiento por dos razones: primero porque sólo sufre el que ama, y donde no hay amor tampoco hay sufrimiento; y segundo porque cuando sufre uno de los que se aman, sufren con él todos los que lo aman. Por eso parecería que el amor multiplica el sufrimiento. Pero eso es sólo apariencia. La realidad es que, en el sufrimiento es donde brilla el amor en lo que tiene de más esplendoroso: su misericordia, su compasión, su capacidad de comunión y solidaridad.

Ignacio fue un hombre inmensamente bondadoso y por eso sufría con los que sufren. A su vez, era un hombre que se hizo querer y por cuyos sufrimientos sufrieron los que lo querían.

En el dolor se agiganta la Caridad y brilla en su gloria con resplandor divino. Por el camino de la enfermedad, Ignacio se hizo grande en el Amor a Dios y a sus prójimos. Puede decirse de Ignacio - a semejanza de San Pablo - que en sus sufrimientos y debilidades brilló el poder de la gracia de Dios en él.

Esa caridad con los enfermos que tuvo San Ignacio en vida no cesó con su muerte. La Fe y la Esperanza cesan, en efecto, pero la caridad permanece (1ª Corintios 13,8-13). Ignacio se llevó al cielo su compasión y misericordia, y por eso pronto comenzó a ser invocado como intercesor por los enfermos, y el Señor por su parte accedía a tal intercesión concediendo abundantes gracias a los enfermos que invocaban la intercesión de Ignacio.

San Ignacio llegó a ser un santo muy popular. Y esa popularidad perduró desde su muerte hasta la supresión de la Compañía y la persecución que procuró borrar hasta los vestigios de su memoria. Medio siglo después, los jesuitas de la Compañía restaurada, con interrupciones por nuevas expulsiones, destierros y hostilidades, volvieron a esforzarse por reencender la vieja devoción a San Ignacio. Así fue que llegó hasta nosotros, por ejemplo, el agua de San Ignacio, un sacramental que muchos fieles tuvieron en gran estima.

Si el Señor así lo quiere, Ignacio volverá a ser conocido, estimado e invocado por muchos enfermos.

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