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LOS CAMINOS DE IGNACIO Indice
EL CAMINO MISERICORDIOSO Indice
13.- IGNACIO VENCIÓ EL MIEDO AL CONTAGIO
Una de las situaciones que se plantea en el trato con los enfermos infecciosos es el miedo al contagio. Entre las anécdotas de su vida que San Ignacio recordó y consideró dignas de ser contadas en sus conversaciones con el Padre Gonçalves de Cámara que hoy conocemos como Autobiografía, hay uno que nos muestra que Ignacio no estuvo inmune de este temor. Pero también nos muestra con qué firmeza y vigor lo venció. El hecho tiene lugar en París, donde San Ignacio estaba a la sazón estudiando.
"En aquel tiempo del curso no le perseguían como antes. Y a este propósito, una vez le dijo el doctor Frago que se maravillaba de que anduviese tan tranquilo, sin que nadie lo molestase. Y él le respondió: - La causa es porque yo no hablo con nadie de las cosas de Dios; pero, terminado el curso, volveremos a lo de siempre.
Y mientras los dos hablaban, se acercó un fraile para pedir al doctor Frago que le buscase una casa, porque en aquella donde él se hospedaba habían muerto muchos, y creía que de peste, porque entonces comenzaba la peste en París. El doctor Frago y el peregrino quisieron ir a ver la casa, y llevaron una mujer que entendía mucho en esto, la cual, entrando en la casa, afirmó que era peste. El peregrino quiso entrar también, y encontrando un enfermo, lo consoló, tocándole con la mano la llaga; y después de haberle consolado y animado un poco, se fue solo; y la mano le empezó a doler, de modo que le pareció que tenía la peste. Y esta imaginación era tan vehemente, que no la podía vencer, hasta que con gran ímpetu se metió la mano en la boca, dándole muchas vueltas dentro, y diciendo: - Si tú tienes la peste en la mano, la tendrás también en la boca -. Y habiendo hecho esto, se le quitó lla imaginación y el dolor en la mano". (Autobiografía N° 82-83)
Puede sorprendernos y aún chocarnos la energía y casi violencia del gesto de Ignacio. Pero muestra que Ignacio, como maestro del espíritu y del discernimiento que ya era, medía bien la gravedad de una moción de temor que iba contra el amor, la caridad y la misericordia, apartándolo del prójimo enfermo a quien le debía todo eso. Ignacio aplica aquí lo que aconseja en los Ejercicios: poner mucho rostro contra las tentaciones haciendo lo diametralmente opuesto a lo que ellas nos sugieren (EE 325), porque mucho aprovecha el intenso mudarse contra la tal desolación o tentación (EE 319).
13.1.- Ignacio ayuda a un jesuita a vencer el miedo al contagio
El 4 de marzo de 1557, el año siguiente a la muerte de San Ignacio, el Padre Juan Bautista Tavona, rector de la casa y colegio de los jesuitas en Padua, escribía desde aquella ciudad contando que había estado visitando por tres veces a una mujer enferma de peste y moribunda. Para poder oír su confesión y ayudarla a bien morir había tenido que acercarse a ella, de manera que había recibido su aliento en el rostro. Su birrete había caído sobre el lecho de la enferma permaneciendo allí durante su visita. Después de vuelto a casa, los ciudadanos de Padua habían acordonado y aislado el colegio, temiendo vivamente que fuera portador del contagio. Además comenzó a sentirse físicamente mal, con lo que terminó por impresionarse. El Padre Tavona fue presa de un temor obsesivo y de una angustia que lo hacía temblar sin poderse dominar a pesar de que intentaba hacerlo con los medios espirituales ordinarios en esos casos, como es el ofrecerse a Dios, entregándose en sus manos para cumplir su voluntad. Por fin, se le ocurrió el pensamiento de encomendarse a Dios por la intercesión de San Ignacio. Lo hizo con gran fervor y devoción. Y de pronto, en lugar del temor que antes lo atormentaba, le sobrevino una alegre disposición y prontitud para salir al encuentro de la muerte, no solamente de peste, sino también por la espada, si es que eso fuese grato a Dios. Y lo invadió con esto un consuelo interior como jamás antes había experimentado otro igual en toda su vida. A esto agregaba el P. Tavona que estaba persuadido de que no era algo natural que no se hubiese contagiado, como le sucedió dos días después al marido de la mujer enferma, sino que también por gracia de Ignacio se había salvado del contagio. [H. Nadal, Acta Quaedam S. Ignatii, FN II;, p. 124-125. El P. Laínez contestó a Tavona alabando su caridad con los prójimos y especialmente los enfermos, recomendándole prudencia al mismo tiempo. Véase Lain. Mon. II 193-194. Polanco hace el elogio de Tavona y sus obras en Chronicon VI 231].
Ignacio bendecía desde el cielo la obra de misericordia de un jesuita con los enfermos.