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LOS CAMINOS DE IGNACIO Indice

EL CAMINO MISERICORDIOSO Indice

6.- IGNACIO HERIDO DE GUERRA, INVÁLIDO

Una forma muy particular del sufrimiento de un enfermo, es el caso de los heridos de guerra o los inválidos que por algún accidente u otro motivo, han visto destruida su salud en un instante, en forma sorpresiva y violenta, quedando a menudo disminuidos o discapacitados. Ese tipo tan particular de enfermedad por accidente y por subsiguiente invalidez tiene, como es bien sabido, no sólo consecuencias físicas sino también psicológicas. Los accidentados necesitan del psicólogo tanto como del cirujano y el traumatólogo, y de ordinario por más tiempo que el que les lleva reponerse de sus cortes y fracturas.

Ignacio fue un herido de guerra, que quedó inválido para el resto de su vida, con una renguera que no sólo lo incomodaba sino que, lo que era aún peor en el sentir del convaleciente soldado, lo afeaba; arruinaba su imagen de caballero galante, arrogante y presumido; dañaba más que a sus huesos, a sus sueños, a sus veleidades sociales y de figuración, sus aspiraciones cortesanas y mundanas; en una palabra: cortaba su carrera.

San Ignacio relata en su Autobiografía cuánto le costó aceptar aquella invalidez. Hizo esfuerzos desesperados, intentó lo imposible y sufrió lo indecible, tratando de disipar la pesadilla de su pierna deforme y de aquel sobrehueso humillante. Dice en su Autobiografía:

"Le acertó a él una bombarda en una pierna, quebrándosela toda, y porque la pelota pasó por entrambas las piernas, también la otra fue mal herida." (...) "Y después de haber estado doce o quince días en Pamplona, lo llevaron en una litera a su tierra; en la cual, hallándose muy mal, y llamando todos los médicos y cirujanos de muchas partes, juzgaron que la pierna se debía otra vez desconcertar y ponerse otra vez los huesos en sus lugares, diciendo que por haber sido mal puestos la otra vez, o por haberse desconcertado en el camino, estaban fuera de sus lugares, y así no podía sanar. Y hízose de nuevo esta carnicería; en la cual, así como en todas las otras que antes había pasado y después pasó, nunca habló palabra, ni mostró otra señal de dolor, que apretar mucho los puños".

"Y iba todavía empeorando, sin poder comer, y con los demás accidentes que suelen ser señal de muerte. Y llegando el día de San Juan, por tener los médicos muy poca confianza de su salud, fue aconsejado que se confesase; y así, recibiendo los Sacramentos, la víspera de San Pedro y San Paulo, dijeron los médicos que, si hasta la media noche no sentía mejoría, se podía contar por muerto. Solía ser el dicho enfermo devoto de San Pedro, y así quiso nuestro Señor que aquella misma media noche se comenzase a hallar mejor; y fue tanto creciendo la mejoría, que de ahí a algunos días se juzgó que estaba fuera de peligro de muerte.

Y viniendo ya los huesos a soldarse unos con otros, le quedó abajo de la rodilla un hueso encabalgado sobre otro, por lo cual la pierna quedaba más corta; y quedaba allí el hueso tan levantado, que era cosa fea; lo cual él no pudiendo sufrir, porque determinaba seguir el mundo, y juzgaba que aquello lo afearía, se informó de los cirujanos si se podía aquello cortar; y ellos dijeron que bien se podía cortar, mas que los dolores serían mayores que todos los que había pasado, por estar aquello ya sano, y ser menester espacio para cortarlo. Y todavía él se determinó martirizarse por su propio gusto, aunque su hermano más viejo se espantaba y decía que tal dolor él no se atrevería a sufrir; lo cual el herido sufrió con la misma paciencia.

Y cortada la carne y el hueso que allí sobraba, se atendió a usar de remedios para que la pierna no quedase tan corta, dándole muchas unturas, y extendiéndola con instrumentos continuamente, que muchos días le martirizaban" (Autobiografía 1-5).

Como sabemos, Ignacio no sólo pudo asumir su invalidez por la gracia de Dios, sino que gracias a ella pudo descubrir el verdadero camino, el verdadero sentido de su vida, y pudo llegar a ser él mismo. Cosa que nunca habría logrado de haberse extraviado y alienado en sus ilusiones mundanas y vanas.

El tiempo de su convalecencia se convirtió así en un tiempo de gracia, para el aprendizaje de un nuevo mundo interior del espíritu. Mundo al que había vivido dándole la espalda, ignorándolo, sordo para distinguir sus voces interiores y para oír su llamado. Así fue como lo que parecía el fin de todo, se convirtió en el comienzo de todo.

Este es un mensaje y una enseñanza preciosísima que nos da la vida de Ignacio. Si lo que parece a menudo a los ojos del mundo como una desgracia, redunda en una conversión a Dios, en un encuentro con Dios, entonces, no sólo no es una desgracia sino que, como la caída del caballo en la vida de San Pablo, es el acontecimiento más afortunado de la vida.

A esta luz, podemos hacer un paréntesis para reflexionar sobre el verdadero sentido de una palabra empañada por los abusos del lenguaje: Resignación. La bienaventuranza que Ignacio encontró en lo que parecía desgracia y desventura fue eso: re-signación.

6.1.- Ignacio, ejemplo de Re-signación

Ignacio se re-signó en el más hermoso y glorioso sentido cristiano que tiene la palabra resignación. La resignación en sentido cristiano, es volver a signar, re-signar, signar de nuevo. Es decir, por un lado, marcar algo con el signo de la Cruz de Cristo. Y por otro lado, significa, descubrir el sentido positivo que tiene algo en apariencia negativo. Por ejemplo, la enfermedad, la contrariedad.

Así, gracias a su herida de guerra, re-signada por Dios, Ignacio comenzó una vida plena y puso fin a una vida vacía. Descubrió las verdaderas y más profundas aspiraciones de su corazón; descubrió que había corrido detrás de cosas que en último término lo dejaban vacío. Su invalidez, vuelta a signar, re-signada, se demostró como válida: valiosa invalidez.

Creo que San Ignacio nos enseña con su ejemplo a estar abiertos y dispuestos a re-signar nuestras enfermedades o invalideces. Uno de los aspectos más dolorosos de la enfermedad inesperada o del accidente que nos deja temporaria o permanentemente inválidos, consiste en que nos cambia la vida contra nuestra voluntad. Trastorna nuestros planes, proyectos, ambiciones y propósitos. A veces no son grandes cosas, sino nuestros hábitos cotidianos, costumbres, inocentes pero queridas: ese paseo dominical a la feria, o la atención al jardín o las plantas...

El ejemplo de Ignacio nos persuade de que es posible volver a signar, re-signar, en la fe y en la esperanza, esas situaciones en que Dios dispone que vivamos, según los inescrutables designios de su divina Providencia.

Para Ignacio, su herida y su invalidez, fueron ocasión de que se convirtiera; de que llegara a ser un experto en cosas del espíritu, un guía certero para transitar por los caminos de la vida interior. Las hazañas mundanas con las que él soñaba, habrían sido efímeras y pequeñas en comparación con la hazaña espiritual de santidad que realizó; ayudando a tantas almas; fundando la Compañía de Jesús y una escuela de espiritualidad que a tantos ha ayudado a decidir y seguir el buen camino. Mientras dure la Iglesia, la doctrina de San Ignacio y el ejemplo de su vida seguirá ayudando a tantos a correr por caminos de santidad. Feliz renguera la suya que a tantos ayuda a caminar por las sendas de Dios. Feliz invalidez que nos mereció tan válido intercesor. Tal "valido" ante Dios.

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