|
BIBLIA - CONFERENCIAS - DATOS DEL AUTOR - ESPIRITUALIDAD - ESPIRITUALIDAD IGNACIANA - FE Y POLÍTICA - LAICOS - MARÍA - PARÁBOLAS Y FÁBULAS - POESÍA - RELIGIOSOS - TEOLOGÍA
|
|
LOS CAMINOS DE IGNACIO Indice
EL CAMINO MISERICORDIOSO Indice
11.- CURACIONES ESPIRITUALES MÁS QUE FÍSICAS
Entre los jesuitas se estimaba más el milagro de la curación espiritual que el de la curación física. Y así opinaban algunos que Ignacio era propiamente un taumaturgo de los espíritus más que de los cuerpos. Sin embargo sería injusto ignorar que también obró Dios por su intercesión curaciones físicas, tanto en su vida como después de muerto.
Veamos por ejemplo lo que dice Polanco en su carta sobre la muerte de San Ignacio:
"Como él sentía tan bajamente de sí y no quería que en otro que en Dios nuestro Señor estribase la confianza de la Compañía, pasó al modo común de este mundo, y por ventura debió él de alcanzar esta gracia de Dios, cuya gloria sola deseaba que no hubiese otras señales en su muerte; como en la vida también fue amigo de esconder los dones de Dios secretos, fuera de algunos que para la edificación debían manifestarse: y también la divina Sapiencia, que en sus siervos a veces muestra señal de milagros sensibles, para que los que tienen poca fe o poco entendimiento se muevan por ellos, y a veces, en lugar de estas, muestra efectos de grandes y sólidas virtudes y testimonios ciertos de su gracia, para los que tienen abiertos los ojos con la luz de fe y otros dones espirituales. Este segundo modo parece ha usado su Providencia en la cabeza de la Compañía, como lo usa en los miembros de ella por todas partes, mostrando en la conmoción de las ánimas y en la conversión y fruto espiritual de ellas, por tan débiles instrumentos, en tantas partes, en los de dentro y en los de fuera de la Compañía, quod digitus Dei est hic (=el dedo de Dios está aquí)" ( Juan de Polanco, Carta en ocasión de la muerte de San Ignacio, FN I p. 768).
Ribadeneyra se muestra en principio de acuerdo con Polanco, pero tras una larga y minuciosa enumeración de los portentos espirituales obrados por Dios mediante la Compañía y los jesuitas, no puede menos que hacer honor a la verdad reconociendo recatada y discretamente los milagros ocurridos en vida de Ignacio y después de su muerte:
"A mi juicio ningún otro milagro de nuestro B.P. Ignacio se puede ni debe comparar con estos que hemos dicho, pues son tan grandes, tan claros y tan provechosos. Por manera que, aunque muchas cosas de las que en la vida de nuestro padre hemos contado no se pudieron hacer sin milagro ni sin virtud sobrenatural, como eran el estar una semana entera sin gustar cosa alguna haciendo tanta oración y penitencia, no sintiendo flaqueza ni faltándole las fuerças, aquella éxtasis y enajenación de sentidos por espacio de ocho días, tantas y tan grandes ilustraciones divinas, haber sanado al padre Simón de su peligrosa enfermedad y dicho antes con tanta certidumbre que sanaría y otras cosas que exceden la fuerza y el orden de la naturaleza, y las que podríamos añadir de algunas personas que con solo tocar sus vestiduras se libraron de graves enfermedades, aunque son ciertas, grandes y maravillosas, todavía (como he dicho) las otras de que arriba he hablado (juntándolas con la vida purísima y santísima que hizo y con los ejemplos admirables de virtudes heroicas que en él vimos), sin duda con mucho mayores y más excelentes milagros y testimonios de su santidad." (Vida FN IV, p. 925 (V.13)).
"Aunque después que nosotros escribimos esta vida de nuestro B.P. Ignacio y la imprimimos la primera vez en castellano, ha sido nuestro Señor servido de ilustrar y magnificar a este gran siervo suyo con tantos y tan esclarecidos y notorios milagros, que nos hemos considerado obligados a escribir más brevemente y como epilogar esta misma vida suya y añadir algunos de los muchos milagros que el Señor se ha dignado obrar por su intercesión. La cual vida hallará el piadoso lector en el fin de nuestro 'Flos Sanctorum'. Y cada día se van multiplicando estos milagros, tantos y en tantas y tan diferentes partes del mundo, que si los quisiésemos referir todos, sería menester hacer un libro por sí." (Vida FN IV, p. 931 (V, 13)).
Dos cosas aparecen claramente en estos testimonios. Primero, que los jesuitas estaban muy en guardia contra un afán excesivo, común en la época, por lo prodigioso y extraordinario. Afán indiscreto que en lugar de fortalecer la fe, muestra su debilidad y la lleva, derivando, a bordear la superstición. Pero lo segundo: que a pesar de esa prevención y casi como a disgusto, por hacer honor a la verdad, debían reconocer la existencia innegable de hechos extraordinarios.
11.1.- Algunas curaciones milagrosas más
A esas curaciones milagrosas cuya existencia no puede más que reconocer hasta el escéptico Bobadilla y varias de las cuales hemos referido ya, quiero agregar algunas más que espigo, primero de las Fuentes Narrativas y luego de "La Leyenda de Oro", santoral que reproduce materia del Flos Sanctorum de Ribadeneyra.
11.2.- Una niña con paperas
Quizás uno de los primeros milagros de curación atribuidos a San Ignacio, pocos días después de muerto, es el de una niña de catorce años. Su madre, una piadosa mujer llamada Bernardina, esposa de Andrés de Nerucci, narra esta curación, de la que se hacen eco Nadal y Polanco. Apenas había muerto San Ignacio cuando esta piadosa mujer que frecuentaba el templo de los jesuitas, afligida por las paperas de su hija que se mostraban muy rebeldes a todo remedio, acudió, convencida de que si su hija lograba tocar el cuerpo de San Ignacio se curaría. Como esto no era posible, rogó insistentemente que le dieran alguna prenda de las que usara Ignacio. Habiéndosele dado una, la aplicó a la garganta de la niña que se curó prontamente. Ambas comulgaban luego asiduamente en el templo [ H. Nadal, Acta Quaedam S. Ignatii, FN II, p. 123 y nota 9. La narración del hecho por la madre de la niña puede verse en MHSJ Scripta de S. Ignatio II, pp. 71-73. Otras referencias al hecho en Epistulae P.H. Nadal II, p. 50: Polanco, Chronicon VI 44.]
Los jesuitas de entonces no eran menos circunspectos que los de ahora para hablar de milagro en casos como este y otros. Pero queda en pie el hecho de que el pueblo creyente, fiel y sencillo, reconocía en Ignacio al hombre de Dios, de Caridad ciertamente milagrosa. "El mayor milagro de San Ignacio fue su amor con Dios y su excesiva caridad, que es la reina de todas las virtudes" leemos en "La Leyenda de Oro". [La Leyenda de Oro/ para cada día del año./ Vidas de todos los Santos que venera la Iglesia. Contiene todo el Ribadeneyra, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc. Ed.: Sociedad Editorial la Maravilla-Barcelona y Dn. Francisco Brachet-Paris, 1965. El artículo sobre San Ignacio en el tomo II pp. 483-505].
Y en reconocer la caridad ahí donde ella está suele equivocarse menos el pueblo sencillo que algunos sabios. Así, una mujer lavandera, atribuía la curación de un brazo seco y como muerto, a haber lavado unas ropas del santo. Alejandro Petronio, médico de San Ignacio y de los jesuitas, contaba que estando enfermo vino a visitarlo San Ignacio y que le dio la salud entrando en su aposento, a lo que él le pareció llenándolo de resplandor. (La Leyenda de Oro, p. 493 columna B)
11.3.- Otras curaciones
Como afirma el santoral "Leyenda de oro":
Los milagros que ha obrado el Señor por su siervo después de muerto son innumerables. Como no pudiese una doncella con lamparones (= escrófulas), llegar al cuerpo de san Ignacio, cuando le enterraban, por el gran concurso del pueblo, luego que la tocaron con un pedazo de su vestidura sanó. Las flores y rosas que estuvieron sobre su cuerpo dieron salud a muchos enfermos. El padre Nicolás de Bobadilla, uno de los compañeros de san Ignacio, habiendo estado muchos años enfermo, al punto que se echó en la cama del santo estuvo bueno. (La Leyenda de Oro, p. 502 A)
11.4.- Un signo hasta para "Tomás" Bobadilla
El jesuita Nicolás Alonso y Pérez, nativo de Bobadilla, uno de los diez primeros jesuitas, hombre impulsivo y franco hasta la rudeza, sin pelos en la lengua, incapaz de adular, pero tan fiel como sincero, fue de esos hombres valiosos que Ignacio ganó con la paciencia que sólo puede dar la caridad.
Su curación merece ser recordada aquí por la calidad de su testimonio de persona todo menos que sugestionable.
Bobadilla le contó al Padre Nadal el día 23 de marzo de 1557 que había venido desde Tívoli a Roma en el otoño anterior y que había caído enfermo con grandes diarreas y fiebre altísima. Estaba alojado en la misma habitación de San Ignacio donde éste había fallecido durante el verano, hacía apenas unas semanas. Se sentía tan mal, que estaba pensando en dejar el clima malsano de Roma y volverse a los saludables de Tívoli, porque le parecía que si se quedaba corría peligro su vida. En medio de la fiebre ardentísima cayó de pronto en la cuenta dónde estaba y que aquella era la habitación de San Ignacio en la que había muerto. Y en el recuerdo de Ignacio comenzó a sentir piedad, devoción y consuelo. Estaba en esto cuando súbitamente, y como si a uno que está acostado lo destaparan de golpe, sintió que la fiebre lo dejaba en un instante y quedó bien por completo, sin necesidad de volverse a Tívoli.
El P. Nadal agrega que después de contarle esto, Bobadilla afirmó: "Y yo, como testigo, valgo por cuatro", significando con esto lo poco inclinado que era a dar fe a este tipo de cosas como son las curaciones milagrosas. [H. Nadal, Acta Quaedam S. Ignatii, FN II p. 124].
También alude al hecho Polanco en el Chronicon. [VI p. 44 n. 131]. El P. Ribadeneyra después de narrar la curación de Jayo, dice: "Otro tanto aconteció al Padre Bobadilla, después de muerto nuestro Padre, en una fiebre muy recia que le asaltó de la cual lo libró Dios por las oraciones de Ignacio, a quien él se encomendó" [Vida FN IV, p. 721 (IV, 17]. Un franco intercambio de pareceres entre Ignacio y Bobadilla [Epp I,277-282, Carta N. 24 de la selección en Obras Completas de San Ignacio, con una introducción que ilustra muy bien esta recia relación].
11.5.- Un chico paraguayo
Era costumbre antigua hacer voto de vestir el hábito de alguna orden religiosa, de su fundador o de algún santo, para obtener una gracia. El Padre Provincial del Paraguay Nicolás Durán contó el caso de un muchacho ya de doce años que:
"...estaba tan afligido y apasionado de mal de corazón que le solía dar diez veces al día con extraña violencia y enajenamiento de sus sentidos. Después de grandes remedios y de muchas oraciones y votos que se hicieron por su salud, púsose el vestido de la compañía el muchacho y quedó luego libre de su mal, con extraña maravilla de todos, quedando los padres muy agradecidos y devotos de nuestro santo patriarca."(La Leyenda de Oro, p. 503 A-B).
11.6.- Curación de una víctima de la peste
"Un padre religioso y grave de la orden de san Agustín, morador del convento de la ciudad de Burgos, estando en Quintanilla de Somuñón, lugar del arzobispado de Burgos, a donde había ido por caridad para administrar los sacramentos a los apestados, a los 11 de noviembre del año de 1599 fue a confesar una doncella como de veinte y dos años, llamada María, hija de Juan Gómez, labrador, que estaba con una recia fiebre y herida de peste, a la cual aconsejó que se encomendase muy de veras al beato san Ignacio, y puso sobre el pecho una imagen del dicho santo, y con sólo este remedio dentro de una hora el mismo padre la halló sana y sin fiebre." (La Leyenda de Oro, p. 503 B)
11.7.- Curación de un domínico y de un enfermo jesuita en Lima
Tiene particular interés el caso siguiente, no sólo porque sucedió en nuestro continente americano, como el otro del Paraguay, sino porque se dejó constancia de él en un acta firmada por numerosos testigos, que declaran bajo juramento.
"
El padre fray Alvaro de Molina, sacerdote profeso del convento del Rosario de Lima, que estudió en Santo Tomás de Avila, en España, y en esta provincia ha sido compañero de los provinciales, y prior del Cuzco, que es la segunda casa de la provincia, y de Arequipa, que es la tercera, y procurador general en esta provincia del Perú, con voto en capítulo provincial de su orden, y definidor, conforme al estilo de ella; ha estado paralítico y tullido de pies y manos más de ocho años, sin que por ningún modo y manera pudiese andar sobre sus pies, ni levantar las manos a la boca, ni a la cabeza, y que para ir a alguna parte le habían de llevar en un carretón, que para este efecto tiene; de ocho días a esta parte que leyó la historia y vida del padre san Ignacio de Loyola le cobró devoción, y la continuó por todos estos días; y el día de la octava de Todos los Santos de este año de 1607, como a las cinco de la tarde, poco más o menos, después de haber hecho voto al dicho santo de ayunarle su vigilia, y el hacer la memoria en maitines y vísperas, con antífona y oración, y serle muy devoto a él y a su orden, le dio un impulso que se levantase. Al punto dicho día se levantó con dicho impulso y devoción, anduvo corriendo sobre sus pies todos los claustros altos del convento, bajó las escaleras a la iglesia, y asistió al Te Deum laudamus, que todo el convento cantó en canto de órgano, y después acá se ha continuado el dicho milagro. Item: con dificultad grandísima se percibía lo que hablaba por el notable impedimento y torpeza de la lengua, de manera que para entender una palabra se la habían de preguntar muchas veces y llegarse muy cerca. Ahora después del dicho milagro habla clara y distinta y perceptiblemente, de suerte que no se le conoce impedimento, ni que le haya tenido. Item: unánimes y conformes todos los religiosos, con alegría común y universal han solemnizado este milagro, y dado gracias al Señor por él, y cobrado particular devoción al gloriosísimo san Ignacio de Loyola; y porque esto es así verdad, y lo jura cada uno de nosotros, lo firmo en Lima a 9 de noviembre de 1607. Fray Bartolomé de Ayala.""Demás de lo referido, el médico que curaba aquel convento en Lima, y se llama el doctor Fernando de Valdés, que después vivió en Sevilla haciendo su oficio de médico, dijo que fue testigo de vista de este milagro, porque entrando él a visitar los enfermos de este convento, alborozado con lo que había sucedido, topó al dicho padre fray Alvaro andando por la casa, y le dijo: '¿Qué ha sido esto, padre fray Alvaro?' Respondió: 'Señor doctor, Dios y el santo padre Ignacio me han sanado.'
"El mismo día que sucedió este milagro estaba en el colegio de la misma ciudad un hermano muy al cabo de un recio tabardillo (= tifus), esperando la muerte, y recibidos el Viático y la Extremaunción; llamábase Cristóbal Mesa, y refiriéndole el caso uno de los que le asistían a su cabecera, para que se encomendase a su santo padre, fueron tan grandes los júbilos que le causó esta nueva, que se encendió en devoción, y pidió le dejasen levantar para ir a la iglesia a ayudar a los padres y hermanos a cantar el Te Deum Laudamus. Valióle su fe no menos que la vida, porque desde este punto comenzó a mejorarse su salud, y en breve se quitó la fiebre, cosa que tuvieron los médicos por gran milagro. (La Leyenda de Oro, p. 504 B - 505 A)
11.8.- El Padre Antonio Ruiz de Montoya: otro jesuita favorecido
Un lugar aparte merece el favor que hizo San Ignacio de Loyola a este misionero jesuita, pionero de la evangelización de los indios de las reducciones jesuíticas en la antigua provincia del Paraguay, cuya zona de influencia se extendía hasta el Río de la Plata.
Para mostrar que la milagrosa curación de este misionero era mucho más que una gracia privada, sino que estaba ordenada a una obra de evangelización en la que el P. Antonio Ruiz de Montoya estaba empeñado por vocación divina, conviene que digamos algo acerca de la obra y de la vocación misionera de este ilustre jesuita que entregó su vida al servicio de los indios.
[Tomo lo que sigue del Estudio Preliminar y Notas del Dr. Ernesto J.A. Maeder a la Conquista Espiritual del Paraguay del P. Antonio Ruiz de Montoya (Ed. Equipo Difusor de Estudios de Historia Iberoamericanos, Rosario 1989) pp. 10 ss.
La más antigua biografía del P. Ruis de Montoya es la de Francisco Jarque, Vida del V.P. Antonio Ruiz de Montoya, Zaragoza, 1662 (2a ed. Madrid, 1900, en 4 volúmenes). Además de las referencias que brindan en sus obras Nicolás del Techo (1673), y Pedro Lozano (1754-1755). Las biografías más recientes son las de Blanco Villalta, Montoya, Apóstol de los guaraníes, Bs.As. 1954: Guillermo Furlong, Antonio Ruiz de Montoya y su carta a Comental (1645), Bs.As., 1964; y recientemente, Hugo Storni SJ. Antonio Ruiz de Montoya (1585-1652), en Archivum Historicum Societatis Iesu, vol. LIII (Roma, 1984), pp. 425-442, con un completo catálogo de sus escritos y de la bibliografía correspondiente
.La reciente publicación de una obra inédita de Antonio Ruiz de Montoya muestra otra faceta, la interior, de este misionero jesuita, mostrándolo como maestro de vida espiritual. Se trata de la obra Silex del Divino Amor, (Ed. Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima 1991, con Introducción, transcripción y notas del P. José Luis Rouillon Arrospide S.J.). El P. Antonio Ruiz de Montoya escribió esta obra para un discípulo y dirigido espiritual, el jesuita limeño Francisco del Castillo].
La evangelización de los guaraníes constituyó en la América meridional una de las empresas de mayor aliento que haya llevado a cabo la Iglesia en el recién constituido imperio español en las Indias. Esa tarea fue desempeñada por los misioneros jesuitas, a quienes les cupo una tarea fundacional que dio las bases de uno de los más originales intentos de constituir una cristiandad americana modelo, capaz de vivir de acuerdo con los principios de su fe y en armonía con el resto de la sociedad colonial. Dentro de ese proyecto, que se fue elaborando gradualmente y cuya definición no parece lograda hasta la segunda mitad del siglo XVII, la figura de Antonio Ruiz de Montoya adquiere una dimensión propia, ya que su acción pastoral, su obra cultural y la defensa que hizo de los neófitos guaraníes entre 1613 y 1652, le otorgan las dimensiones de un verdadero apóstol de esos indios, en similar perspectiva al recuerdo que la Iglesia guarda por los grandes evangelizadores de los pueblos germanos y eslavos en la temprana edad media.
Es verdad que la obra de Montoya tuvo precursores insignes entre los franciscanos, como fray Luis de Bolaños (1550-1632) y fray Alonso de San Buenaventura (m. 1594) y entre los mismos jesuitas, como Diego de Torres (1551-1638), José Cataldini (1571-1653), Simón Masceta (1577-1658), Marciel de Lorenzana (1565-1632) y otros.
Pero es en Montoya donde se percibe, tal vez con mayor claridad la conjunción de ese esfuerzo misional. Inteligencia despejada, celo ardiente por la difusión de la fe, amor y comprensión por el indio; valorización de su cultura a través del conocimiento y divulgación de su lengua; animador y conductor de la emigración del Guayrá y defensor de sus derechos ante la corte de Madrid, la Audiencia de Charcas y el Virrey de Lima, la magnitud de su obra se impone hoy con caracteres tales que le otorgan una dimensión sobresaliente.
Cuando Antonio Ruiz de Montoya fue destinado a misionar entre los guaraníes tenía 27 años. Había nacido en Lima el 13 de junio de 1585 y era hijo natural de un caballero sevillano y de una mujer peruana. Quedó huérfano tempranamente, pero pudo realizar sus primeros estudios, que dejó sin terminar. Entre los 16 y los 21 años llevó una vida turbulenta, que abandonó luego de una profunda conversión interior, para ingresar al noviciado de la Compañía de Jesús en 1606. Al poco tiempo, tuvo la fortuna de ser incluido como apetecía, en el contingente de misioneros que el padre Diego de Torres reclutaba en el Perú para la recientemente creada provincia jesuítica del Paraguay. Continuó sus estudios en Córdoba en 1608 y fue ordenado sacerdote por el obispo Trejo en 1611, en Santiago del Estero. Al año siguiente, ya se hallaba entre los guaraníes, en las misiones del Guayrá.
En aquella fecha y durante el provincialato del padre Diego de Torres (1607-1615), los jesuitas habían iniciado con singular empuje la evangelización y reducción de los guaraníes al sudeste del Tebicuarí (provincia del Paraná en la nomenclatura de la época) y en la confluencia del Paraná y Paranapanema (Guayrá). Esta política misional, que contó con el apoyo del gobernador Hernandarias y del visitador Francisco de Alfaro, se extendió más tarde a otras regiones, a las cuales no había llegado la conquista española: a lo largo del Río Paraná, y en las riberas del Uruguay, y más tarde, el actual estado de Rio Grande do Sul (Tape). En uno y otro ámbito se fundaron entre 1615 y 1630 más de 15 reducciones. Dos criollos, Montoya y Roque González de Santa Cruz (1576-1628), uno peruano y otro paraguayo, fueron los líderes principales de esta expansión misionera.
Cuando Montoya llegó al Guayrá, todo el sistema reduccional se hallaba en sus inicios. Los pueblos de San Ignacio de Itaumbuzú y Loreto del Pirapó estaban atendidos por dos jesuitas italianos, Simón Masceta y José Cataldini, a quienes Montoya halló "pobrísimos, pero ricos en entusiasmo. Los remiendos de sus vestidos no daban distinción a la materia principal, tenían zapatos remendados con pedazos de paño que cortaban de la orilla de sus sotanas... La choza, las alhajas y el sustento decían muy bien con los de los anacoretas". Y luego resume lo que fue su propia vida en los años iniciales del Guayrá: "pan, vino y sal no se gustó por muchos años; carne, alguna vez la veíamos de caza, que bien de tarde en tarde nos traían algún pedazuelo de limosna; el principal sustento eran patatas, plátanos, raíces de mandioca...Obligó la necesidad a sembrar por nuestras manos el trigo necesario para hostias. Durónos media arroba de vino (6 litros),casi cinco años, tomando de él lo preciso para consagrar, y por no ser cargosos a los indios teníamos nuestro huertecillo de las raíces comunes y legumbres con que sustentarnos".
Ciertamente, eran tiempos heroicos que requerían de mucha fortaleza. Alguno de los primeros misioneros, como Martín de Urtazum, murió virtualmente de hambre en 1614; otro como Juan Vaisseau enfermó y falleció en 1623 y alguno como Antonio de Moranta debió regresar enfermo a Asunción. Había que construir la iglesia, sufrir la desconfianza de los caciques y el odio de los hechiceros, organizar la escuela de primeras letras y de música, cuidar de los apestados de viruela y afirmar en definitiva la presencia de los misioneros hasta que la fe arraigara.
Tras esta presentación del hombre y de la empresa en que estaba empeñado, veamos ahora la gracia de curación obtenida por intercesión de San Ignacio, tal como la narra el mismo Padre Antonio Ruiz de Montoya en su obra Conquista Espiritual. La curación sucede en el trayecto de un largo y dificultoso viaje que me parece conveniente no omitir.
11.8.2.- El peregrino ayuda a un jesuita viajero por obediencia
San Ignacio se veía a sí mismo como "el pobre peregrino" y así le gustaba firmar sus cartas. Otro título más, además del de fundador, padre y evangelizador de alma, para oír la oración del P. Ruiz de Montoya. San Ignacio insistía mucho en la virtud de la obediencia como vía concreta del ejercicio de discernimiento y de fe en el que deseaba ver señalarse a los jesuitas. Había escrito una Carta - conocida entre los jesuitas como Carta de la Obediencia - a los jesuitas de Portugal, y a ella se refiere aquí Ruiz de Montoya. [Puede verse dicha carta entre las Cartas selectas que se contienen en las Obras Completas de San Ignacio, Ed. BAC, Madrid 1963, p. 806 ss: es la Nro. 86 de las Cartas selectas]
11.8.3.- Un viaje por obediencia
"Como por la larga distancia de camino que de estas reducciones había a la ciudad de la Asunción, no teníamos correspondencia con nuestros Superiores, y ellos por la misma razón estuviesen con cuidado, el cual se les acrecentaba cada día con la relación que unos españoles de la Villa Rica les hicieron, de que estábamos ociosos y que no hacíamos más que pasar tiempo, y que convenía sacarnos de allí (el fin que tuvieron no hay razón para excusarlo; porque desearon mucho que desamparásemos aquel rebaño, para entrar a la parte del esquilmo) con esta relación estaban ya determinados nuestros Superiores de llamarnos, y así se resolvieron los Padres a enviarme.
Salí con harto dolor por dejar a mis compañeros y privarme de tan apostólico empleo; caminé hasta el salto del Paraná por el río, y de allí por tierra 35 leguas, poco antes de llegar a Maracayu (de que ya he dicho) me acompañó un cruel aguacero casi todo el día, caminando a pie y descalzo por un continuo arroyo que corría por el mismo camino del agua que llovía; alberguéme para pasar la noche debajo de un árbol con cinco indios que me acompañaban, porque el sexto se había quedado una legua de allí con una frazada, y una hamaca y un poco de harina de palo, que era todo mi ajuar y matalotaje; sentéme arrimando la cabeza al árbol, donde pasé la noche sin comer bocado, ni mis compañeros, porque no lo había; el agua que corría por tierra me sirvió de cama, y la que caía del cielo de cobija; deseaba el día por ser tan larga la noche.
Las penurias del viaje quebrantan su salud y se enferma
Al reír del alba probé a levantarme, pero halléme tullido de una pierna yerta como un palo, y con agudos dolores; animéme a caminar arrimado a una cruz que llevaba en las manos; llevaba arrastrando la pierna por el mismo camino del agua que corría; para pasar cualquier palo que hay muchos atravesados por aquel camino, me sentaba sobre él, y con ambas manos pasaba la pierna por él con crueles dolores, y levantándome, proseguía mi camino (es el cielo testigo del insufrible trabajo que padecí).
Llegué al puerto de Maracayú, donde hallé un español honrado, tratante en yerba; díle cuenta de mi trabajo con esperanza de que me favorecería con una embarcación que allí tenía; negómela, permitiéndolo el Señor para premiar la obediencia. Determiné proseguir mi viaje por tierra, camino de 150 leguas, lleno de indios enemigos y de hechiceros, fiado en que mi viaje era por pura obediencia; caminé en todo aquel día sola media legua, resistiendo a los indios que porfiaban en llevarme en hombro sobre una hamaca, lo cual no consentí.
Hicimos alto al poner del sol debajo de un árbol; tenía la rodilla hinchada, y los nervios como si fueran de hierro; a cualquier movimiento que hacía me metían lanzas, ni aún un paño tuve para abrigar la pierna; juzgué por el más eficaz remedio la oración; encomendéme a mi glorioso Padre San Ignacio, púsele delante los bienes que ofrece en su carta de la obediencia (36) a los que a ciegas se dejan guiar de esta virtud y las victorias que cantan los obedientes; gasté buen rato en esto, porque, aunque era ya bien entrada la noche, no me dejaban dormir los dolores; apenas con el cansancio quedé adormecido un poco, cuando sentí a mis pies a San Ignacio, el cual tocándome el pie me dijo: "Prosigue tu viaje, que ya está sano." Al punto desperté (y no sé si dormía), tenté la pierna, y halléla sana; dobléla, no sentí dolor; levantéme, paseéme, dí patadas con el pie que había estado tullido, y halléme totalmente bueno, y sano y alentado, sin cansancio alguno; hinquéme de rodillas a dar gracias a Dios que obra por sus santos tales maravillas.
A la mañana trataban mis compañeros de llevarme en hombros y aparejaban lo necesario; díjeles que apostásemos a caminar, y yo empecé la apuesta llevándoles muy buen trecho de ventaja, con espanto suyo que no sabían cuán buen médico me había curado. Al día siguiente encontré unos indios y me dieron aviso de una embarcación que estaba en un arroyo, aconsejándome no caminase por tierra, porque sin duda me matarían los indios bárbaros que habitan por aquellos montes, y en esta embarcación llegamos a la ciudad del Paraguay.
11.9.- Autores que recogieron y cuentan otros milagros
Fuera cosa de nunca acabar - leemos en la Leyenda de Oro - si hubiéramos de referir todos los milagros de San Ignacio, porque no hay parte "del mundo que no haya experimentado con muchos beneficios lo que puede este gran siervo del Señor con su divina Majestad. Refieren muchos los autores de su vida. El padre Pedro de Ribadeneira en la Vida breve, el doctor Blas Sánchez, y más copiosamente el padre Andrés Lucas, fuera de los cuales han escrito la vida de este glorioso santo el padre Mafeo, y el padre Orlandino en su Historia, fray Lorenzo Surio en los Comentarios, y otros muchos". (La Leyenda de Oro, p. 505 A)