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LOS CAMINOS DE IGNACIO Indice

EL CAMINO MISERICORDIOSO Indice

12.- EL AGUA DE SAN IGNACIO

El pueblo fiel invocaba la intercesión de San Ignacio, convencido de que Dios le concedería lo que le pidiese por ser siervo suyo. Esa intercesión se imploraba acompañándola con el uso de un sacramental: el agua de San Ignacio, que los enfermos bebían o con la que se lavaban implorando la curación.

La costumbre de beber agua santificada para obtener algún favor de Dios se remonta a los primeros siglos de la Iglesia. Podía ser simplemente agua bendita, pero algunas veces, para obtener mayor eficacia, se ponía en contacto con las reliquias de los Santos o del 'Lignum Crucis' (=madera de la Cruz). La aplicación de esta práctica al culto del Fundador de la Compañía dio lugar al 'agua de San Ignacio', cuyo uso comenzó a extenderse algunos años después de su muerte. El Padre Pedro de Ribadeneyra refiere que, en la peste de Burgos de 1599, muchos enfermos recobraron la salud por beber agua que había estado en contacto con un huesecillo de San Ignacio. A falta de otro testimonio anterior, éste sería el dato más antiguo sobre la eficacia del agua ignaciana. Los testimonios sobre el uso milagroso del agua de San Ignacio son muy abundantes a partir del siglo XVII, a medida que los jesuitas extendían por todo el mundo la devoción a su Fundador. [REVUELTA GONZÁLEZ, Manuel, El Agua de San Ignacio, artículo en la revista: XX Siglos Revista de Historia de la Iglesia y Cultura (Madrid), 2 (1991)Nº 6, pp. 66-75]

12.1.- El P. Luis Fiter S.J. difusor del agua de San Ignacio

Este jesuita es uno 'de los muchos' que, según dice la Leyenda de Oro, difundieron la memoria de los milagros obrados por Ignacio y la confianza en su intercesión.

El Padre Luis Fiter, en un folleto publicado en 1885, divulgó muchos de los prodigios atribuidos al agua de San Ignacio, tomados de los Bolandistas y de los biógrafos antiguos del Santo. Los capítulos de ese folleto recorren los amplios espacios a los que se extiende la eficacia del agua de San Ignacio: remedio para los enfermos desahuciados y todo género de dolencias, motivo de verdadera esperanza para los moribundos, socorro muy eficaz en los partos difíciles y peligrosos, auxilio en los infortunios temporales, preservativo y curativo de la peste y del cólera, protección y defensa de los combates espirituales. El autor explica después el modo de usar el agua, que es muy sencillo: 'Basta tomarla una vez al día en poquísima cantidad mientras subsiste la epidemia o hay peligro de ella. Cuando se desee la curación de alguna enfermedad, puede además lavarse la parte enferma del cuerpo o hacer sobre ella la señal de la cruz con algún lienzo empapado en agua de San Ignacio'. Además de beberla, los devotos deben rezar tres veces el Padre Nuestro, Ave María y Gloria a la Santísima Trinidad, acabando con la invocación: 'San Ignacio, rogad por nosotros'. El Padre Fiter añadía recomendaciones para evitar toda superstición o imprudencia. Por eso aconsejaba a los devotos que no prescindieran de las precauciones higiénicas ni de los remedios médicos, y les recordaba que el principal requisito para obtener los favores celestiales era la fe en Dios en conformidad con la voluntad divina. ( M. Revuelta-G., artículo citado)

12.2.- El agua de San Ignacio durante la epidemia de cólera en España en 1885

El historiador Manuel González Revuelta, (M. Revuelta-G., artículo citado), nos relata esta interesante historia, que trasunta la misma relación de confianza entre Ignacio y el pueblo fiel que denotan los hechos que hemos venido contando:

"Las grandes epidemias han excitado siempre el sentimiento religioso de los pueblos. El avance incontenible de la enfermedad y de la muerte fomentaba el sentimiento de la limitación humana e impulsaba a buscar remedios en los auxilios celestiales. Toda España se sintió abatida con la gran epidemia de 1885. Los jesuitas, como otros religiosos y sacerdotes, procuraron atender a los enfermos ofreciéndoles sus servicios espirituales o despachando comida a los pobres. Cuando pasó la epidemia, el Provincial de Aragón (que gobernaba a los jesuitas de Cataluña, Aragón, Valencia y Baleares) envió una circular a las casas de su jurisdicción pidiendo datos estadísticos sobre el número de enfermos y muertos de cada población, los servicios espirituales y temporales ejercitados por los jesuitas, los frutos de sus trabajos, y los hechos edificantes dignos de mención. Del conjunto de las respuestas se saca, como conclusión, que los jesuitas prestaron en general buenos servicios a las poblaciones afligidas, y que la epidemia había fomentado las prácticas religiosas (conversiones, confesiones, oraciones y rogativas). Otro de los efectos de la epidemia había sido el uso masivo del agua de San Ignacio, hasta entonces desconocida, con resultados doblemente satisfactorios, en primer lugar, por las admirables curaciones obtenidas, y en segundo lugar, por haber extendido la devoción al Fundador de la Compañía.

Aunque de todas las ciudades llegaron afirmaciones generales sobre la eficacia del agua de San Ignacio, por el contenido de las cartas se deduce que el uso que de ella se hizo fue desigual. En Barcelona, Gerona y Manresa se distribuyó agua en abundancia, pero no sucedieron casos llamativos. En el Colegio Máximo de Tortosa, sin embargo, se atribuía al agua milagrosa el que ninguno de la casa hubiera caído enfermo. De Tarragona llegó la noticia de un hecho que fue considerado como milagroso. Una mujer, que venía de la iglesia de los jesuitas con un cántaro de agua de San Ignacio, oyó los gritos de un hombre acometido por el cólera. La mujer acudió a darle agua mientras le decía: 'tingui fe, tingui fe'.

En acabando de beber, el enfermo, dando un grito de admiración y entusiasmo, exclama: 'ja estich curat, l’aigua santa me ha curat', l’aigua santa me ha curat'. Efectivamente, a la hora de haber tomado el agua, levantóse el enfermo de la cama y púsose a comer tranquilamente con su familia.

En Aragón los jesuitas que vivían en el Noviciado de Veruela y en el Colegio del Salvador de Zaragoza no pudieron contar hechos maravillosos del agua de San Ignacio. Mucho más admirable que los posibles prodigios fue el ejemplo que dieron de caridad cristiana. Los novicios atendieron en los oficios más humildes a los coléricos de la vecina ciudad de Tarazona, donde el Padre José Armengol murió heroicamente sirviendo a los enfermos. Fue considerado como un mártir de la caridad. También en Zaragoza doce jesuitas del Colegio asistieron a los enfermos, y el Rector acudió a Calatayud cuando más arreciaba allí la enfermedad. Cuando amainaba la epidemia en Zaragoza, la enfermedad invadió el Colegio, donde murieron tres jesuitas jóvenes, mientras otros trece fueron atacados de gravedad.

De la región valenciana llegaron noticias sorprendentes. En la ciudad de Valencia, donde la incidencia del cólera había sido muy fuerte, se repartieron en el Colegio de los jesuitas 22.574 raciones de caldo a los pobres, y hubo días en que se bendijeron 16 cántaros de agua de San Ignacio, a la que muchos enfermos atribuían efectos maravillosos. La demanda del agua milagrosa alcanzó extremos inusitados en dos pueblos cercanos. En Agullent, donde pasaban sus vacaciones algunos jesuitas, las gentes acudían al médico, en última instancia, y como los enfermos morían llegaron a acusarle de envenenar a los enfermos. El pobre médico cayó enfermo, y también el cura. El alcalde pidió entonces ayuda a los jesuitas, y acudieron los Padres Pedro Torras y Nicolás Falomir, que fueron recibidos "como ángeles venidos del cielo" y no dejaron de repartir agua de San Ignacio. Los del pueblo de Onteniente, deseando beneficiarse de aquella medicina, enviaron una comisión a Agullent para solicitar agua de San Ignacio. En pocas horas un Padre bendijo de 300 a 400 cántaros de agua, y otros más en los días siguientes.

Se hizo además un triduo al Cristo de la Agonía y hubo numerosas conversiones. Las defunciones fueron disminuyendo desde que se bendijo el agua de San Ignacio.

Las mayores maravillas atribuidas al agua de San Ignacio llegaron de Orihuela, donde los jesuitas del Colegio de Santo Domingo gozaban de gran prestigio. Para dar a conocer aquellos prodigios se difundió un relato ciclostilado, en el que se afirmaba que el agua de San Ignacio, que antes era desconocida en Orihuela, 'obtuvo con ocasión del cólera una aceptación y fama universal'. Empezaron a usarla los Padres del Colegio por orden del Padre Rector. Al extenderse la noticia de los buenos efectos que producía el agua, 'el pueblo venía en tropel a proveerse de ella', y como no sabían la cantidad que habían de tomar hubo que explicarles que bastaba tomar una copita o media jícara, aconsejándoles el rezo del Padre Nuestro y Ave María 'y advirtiéndoles que San Ignacio miraría con mejores ojos y escucharía las súplicas de los que, purificada la conciencia, tomasen el agua con mucha fe y confianza'. De Orihuela voló la noticia a los pueblos vecinos. El relato nombra a 17 de estos pueblos, desde los que se acudía a Orihuela en busca de agua. Las gentes tenían tanta fe en ella que preferían un pucherito a cualquier otra medicina. En poco más de un mes un Padre muy cuidadoso, que se encargaba de bendecir el agua a todas horas, despachó 4.730 litros a los devotos. Otro relato, también poligrafiado, narra 35 curaciones con los nombres de las personas curadas y de los testigos que las confirmaban, más otros cinco casos que se añaden en un apéndice. Como conclusión del relato se dice: 'el Santo, que apenas se conocía en este país, ha sido verdaderamente glorificado'.

De otras partes de España no tenemos tantas noticias. El Padre Juan José de la Torre, que era consejero del Padre General en Italia, se hacía eco de los prodigios que le contaban: 'del agua de San Ignacio cuentan que hace maravillas'. En el País Vasco, donde se mantuvo siempre la tradicional devoción a San Ignacio, se le invocó en aquellos momentos con especial fervor. La crónica latina de la Residencia de los jesuitas de Bilbao del año 1885 dice lo siguiente: 'Después de celebrar en la iglesia de Santiago el mes de junio en honor del Sagrado Corazón de Jesús, se dedicó el mes de julio a honrar al Santo Padre Ignacio, que es el Patrono principal de la Provincia de Vizcaya. El altar del Santo Padre fue adornado espontáneamente con flores y cirios por el pueblo, al igual que el año pasado. Tan pronto como la gente tuvo noticia del agua bendita de San Ignacio, acudió a surtirse de ella, como si se tratara de una fuente; todos acudían a nuestra casa con mucha frecuencia, y un día vinieron más de 150. El mes concluyó con una novena expiatoria, al estilo de una misión: se le dio ese carácter para que Dios se dignase alejar el azote de la peste asiática, que ya ha empezado a visitar algunos pueblos y ciudades en Francia y en España, de esta ciudad y región, por la intercesión y méritos del Santo Padre, que le tienen como Patrono'.

Cuando pasó la epidemia se mantuvo en muchos lugares la devoción a San Ignacio. Un testimonio de Orihuela lo afirma claramente. 'La gente ha cobrado gran devoción a San Ignacio desde el cólera, en que el agua del Santo hizo prodigios. El altar en que se colocó una estatua del Santo tiene muchísimos exvotos, y algunos son de plata'. De otros lugares llegaban parecidos testimonios. Un jesuita residente en Tortosa escribía a un compañero que muchos campesinos del barrio habían ido a misa el día de San Ignacio y algunos habían hecho fiesta; 'usan de su bendita agua con mucha frecuencia, devoción y fe, y más a ella que a las medicinas atribuyen sus curaciones'"( Manuel Revuelta, Artículo citado en nota 1)

 

"LA RESTAURACIÓN DEL CULTO A SAN IGNACIO"

A algún lector le interesará lo que el citado Manuel Revuelta González, docente de historia de la Universidad de Comillas, dice en el artículo sobre el Agua de San Ignacio. Para él entresaco con las tijeras lo esencial:

"El centenario del nacimiento de San Ignacio ha concentrado toda la atención en los momentos fundacionales de la Compañía de Jesús. Y es natural, porque la Compañía nace por obra de San Ignacio. Pero no debe olvidarse que junto a la Compañía nacida en el siglo XVI hay una Compañía re-nacida o restaurada en el silo XIX. En 1814 el Papa Pío VII restableció la Orden que había sido suprimida por Clemente XIV en 1773. Los jesuitas restauradores tuvieron la misión de reeditar una obra que había sido aniquilada durante cuatro décadas. Ellos procuraron, en medio de grandes dificultades, recobrar la tradición, una pedagogía y una espiritualidad. Las devociones, tan florecientes en los años del Barroco, habían quedado relegadas o extirpadas en los años de la Ilustración. La demolición de los escudos de la Compañía en sus antiguos templos, o la metamorfosis de muchas estatuas de San Ignacio y San Francisco Javier en las de San Pedro y San Pablo son testimonios plásticos de la "damnatio memoriae" a que fueron sometidas a finales del siglo XVIII las cosas, ideas o devociones que habían tenido alguna relación con los jesuitas. El culto a San Ignacio sufrió también entonces un llamativo descenso. Se pasó de la exaltación al desconocimiento, la marginación o el menosprecio.

La restauración del culto ignaciano fue obra de los jesuitas restaurados en el siglo XIX. Pero en España las sucesivas supresiones de la Compañía Restaurada (en 1820, 1835 y 1868) explican el hecho de que la restaución de la espiritualidad jesuítica y, en concreto, del culto a San Ignacio, solamente adquiere solidez y continuidad en las dos últimas décadas del siglo XIX, cuando la Compañía logra reinstalarse de manera estable (...)

La devoción popular a San Ignacio se enmarca en este contexto de restauración de un culto perdido que se quiere renovar. Fue mucho lo que se hizo en España a finales del siglo pasado en este asunto. Aun así, tengo la impresión de que la eficacia lograda se mantuvo dentro de unos límites moderados (...) La devoción popular al Santo se fomentaba con medios diversos. Tres de ellos merecen destacarse: los actos de culto en su honor, la propaganda popular, y el uso del agua de San Ignacio (...) El agua de San Ignacio añadió nuevos incentivos al culto del Fundador. Todos los sacerdotes de la Compañía tenían facultad para bendecirla. En las porterías de las casas de la Compañía solía haber un jarrón o recipiente con agua de San Ignacio para uso de los devotos.

Al igual que otras devociones ignacianas el uso de aquel agua era una práctica perdida y recobrada. Parece que en España la verdadera restauración de aquella devoción sucedió tarde. Fue a partir del ataque del cólera de 1885, y no antes, cuando volvió a generalizarse. Las virtudes profilácticas y curativas que se atribuían al agua de San Ignacio explicaban la desigualdad de su uso. Este era intenso en los momentos de epidemia, y decaía notablemente cuando pasaba el peligro. La demanda del agua dependía, además, de la existencia de un propagandista fervoroso, el cual, tratándose de una devoción marginal y secundaria, no siempre estaba asegurado. Así se explica el doble uso que se observa en el agua de San Ignacio. Hay un uso esporádico y moderado para satisfacción de una pequeña clientela habitual. Y un uso extraordinario y multitudinario, reducido en el tiempo a los momentos de crisis sanitaria, o limitado a la presencia fugaz de un propagandista fervoroso. Es lo que pasó en tiempo del cólera y durante las misiones populares del Padre Juan Conde." (González Revuelta, Manuel, Art. cit. pp. 67-69)

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