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LOS CAMINOS DE IGNACIO Indice

EL CAMINO MISERICORDIOSO Indice

10.- DE LA MISERICORDIA QUE TUVO SAN IGNACIO CON LOS ENFERMOS

El Padre Ribadeneyra dedica un capítulo entero de su "Vida de San Ignacio" a narrar ejemplos en los que se muestra la compasión y misericordia que tuvo el santo con los prójimos. Quiero transcribir aquí los que se refieren a los enfermos:

"De la misma blandura y benignidad procedía aquel condolerse de los dolientes de casa, porque era sin duda grande su caridad para con los enfermos, convalecientes y flacos. Tenía ordenado que, en enfermando alguno, luego se lo hiciesen saber, y al comprador de casa que le viniese a decir dos veces cada día si había traído al enfermero lo que para los enfermos era menester. Y quando no había dineros para comprarlo, mandaba que se vendiesen unos pocos platos y escudillas de peltre que entre las alhajas de casa se hallaban; y si esto no bastaba, que se vendiesen las mantas de las camas para que a los enfermos no faltase cosa de lo que el médico ordenaba.

Y viendo que en aquellos principios de la Compañía muchos de nuestros estudiantes, mozos de grande virtud y habilidad, o se habían muerto o quedaban muy debilitados (de puro trabajo que con el fervor del espíritu tomaban), hizo edificar una casa en una viña dentro de los muros de Roma, pero apartada de lo que ahora es habitado, a donde los estudiantes pudiesen recrearse honestamente a sus tiempos y cobrar nuevos alientos para trabajar más. Y como algunos, por haber en casa mucha necesidad, le dijesen que en tiempo tan apretado harto era vivir y sustentarse sin labrar casa en el campo, respondió: 'Más estimo yo la salud de cualquier hermano, que todos los tesoros del mundo'; y nunca le pudieron apartar de su propósito. Antes solía decir: 'Quando uno está enfermo no puede trabajar ni ayudar a los próximos; quando está sano, puede hacer mucho bien en servicio de Dios'.

Estaba el Padre una vez muy flaco y cansado, tanto que, a persuasión de los que entonces nos hallamos en Roma, hubo de nombrar un vicario general que, mientras duraba aquella flaqueza, le descargase y aliviase en el gobierno; y ordenando al ministro de la casa que todo lo que por las reglas de su oficio estaba obligado a consultar con él lo consultase y tratase con el vicario, sólo se reservó lo que tocaba a los enfermos, para que se lo refiriese a él; y no quiso cometer este cuidado a otro ninguno, sino tenerle él mismo, estando tan debilitado como digo que estaba.

Iban una vez peregrinando juntos los padres Ignacio y Laynez; dióle un dolor gravísimo a Laynez repentinamente; y lo que para su remedio y alivio hizo nuestro padre fue buscar una cabalgadura, dando por ella un real, que sólo habían allegado de limosna; y envolviéndole con su pobre manteo, le subió en ella, y para animarle más, como otro Elías iba siempre delante de él, corriendo a pie con tanta ligereza y alegría de rostro y ánimo, que el padre Laynez me decía que apenas a caballo podía atener con él.

No quiero dejar de decir lo que a mí, estando enfermo, me aconteció. Habíanme sangrado una noche de un brazo; puso el padre quien estuviese aquella noche conmigo; no contento con esto, estando ya todos durmiendo a la medianoche, sólo el buen padre no dormía. Dos o tres veces envió quien reconociese el brazo y viese si estaba bien atado, porque no me aconteciese por descuido lo que a muchos ha acontecido que, soltándoseles la vena, perdieron la vida." (Vida FN, pp. 829-831 (V,8) ).

Creo firmemente que Ignacio sigue siendo igualmente compasivo, misericordioso y solícito con los enfermos ahora que está en la gloria. El que tuvo en vida tanta caridad ha de tenerla igual y mayor en el seno de Dios. Y este pensamiento puede movernos a invocarlo confiadamente en nuestras enfermedades, como veremos que ya lo hicieron en vida suya sus primeros compañeros.

10.1.- Sin rencores

A las anécdotas que muestran la particular y hasta heroica caridad de Ignacio con los enfermos, pertenece la siguiente, que Ignacio dejó narrada en su Autobiografía y que referí antes en las "Conversaciones sobre San Ignacio" [Ver BOJORGE, Horacio, S.J., Conversaciones sobre San Ignacio, Boletín Ignaciano, Suplemento N° 12, Parroquia San Ignacio de Loyola, Montevideo 1991, el episodio lo trato allí en las páginas 20-23 Que puede verse también en esta misma página Web].

Me refiero a la del español, compañero de estudios de Ignacio en París, que después de haber desaparecido con los ahorros de Ignacio, lo mandó llamar por hallarse enfermo en Ruán a muchas leguas de distancia.

"El español en cuya compañía había estado al principio y le había gastado los dineros, sin pagárselos se partió para España por vía de Ruán; y estando esperando pasaje en Ruán, cayó malo. Y estando así enfermo, lo supo el peregrino por una carta suya, y viniéronle deseos de irle a visitar y ayudar; pensando también que en aquella conjunción le podría ganar para que, dejando el mundo, se entregase del todo al servicio de Dios." ( Autobiografía N° 79).

En este episodio, hemos contemplado en la otra ocasión a Ignacio inmune al rencor y rico en perdón. Ahora queremos atender a su percepción de la enfermedad del ingrato amigo como un kairós; como una ocasión de conversión a Dios; como un momento propicio para ganar para Dios al que se alejaba y se extraviaba por los caminos del mundo. La enfermedad era para Ignacio una "conjunción", una coyuntura o "circunstancia" favorable (si es que no alude con esta palabra a la reunión o encuentro entre ambos a que daba lugar la enfermedad, habiéndolos separado la codicia). Una circunstancia en que podría ganarlo para que dejando el mundo se entregase totalmente al servicio divino. Ante esta posibilidad Ignacio no retrocede ni mide el sacrificio:

"Y para poder conseguirlo, le venía deseo de andar aquellas 28 leguas que hay de París a Ruán a pie, descalzo, sin comer ni beber; y haciendo oración sobre esto, se sentía muy temeroso. Al fin fue a Santo Domingo, y allí se resolvió a andar al modo dicho, habiendo ya pasado aquel grande temor que sentía de tentar a Dios.

Al día siguiente por la mañana, en que debía partir, se levantó de madrugada, y al comenzar a vestirse le vino un temor tan grande, que casi le parecía que no podía vestirse. A pesar de aquella repugnancia salió de casa, y aun de la ciudad, antes que entrase el día. Con todo, el temor le duraba siempre y le siguió hasta Argenteuil, que es un pueblo distante tres leguas de París en dirección de Ruán, donde se dice que se conserva la vestidura de nuestro señor. Pasado aquel pueblo con este apuro espiritual, subiendo a un altozano, le comenzó a dejar aquella cosa y le vino una gran consolación y esfuerzo espiritual, con tanta alegría, que empezó a gritar por aquellos campos y hablar con Dios, etc. Y se albergó aquella noche con un pobre mendigo en un hospital, habiendo caminado aquel día 14 leguas. Al día siguiente fue a recogerse en un pajar, y al tercer día llegó a Ruán. En todo este tiempo permaneció sin comer ni beber, y descalzo, como había determinado. En Ruán consoló al enfermo y ayudó a ponerlo en una nave para ir a España: y le dio cartas, dirigiéndole a los compañeros que estaban en Salamanca." (Autobiografía N° 79)

10.2.- A costa de sí mismo

A la vejez se cosecha lo que uno sembró en vida. Los buenos hábitos, las virtudes largo tiempo cultivadas y la perseverancia y constancia en el bien obrar, configuran una personalidad. La siguiente anécdota de los últimos tiempos de la vida de Ignacio, nos permite admirar un fruto maduro de su buen corazón, y persuade también de que seguirá siendo hoy un intercesor bien dispuesto para venir en nuestra ayuda:

"Siendo ya viejo y quebrantado de trabajos y enfermedades, le vinieron a rogar que fuese a ayudar a morir a uno que le llamaba; y aunque tenía muchos en casa con quien podía descargarse, no quiso sino consolarle, y se fue a estar con él toda la noche, confortándole y ayudándole a bien morir"( RIBADENEYRA, Vida, FN IV p. 761 (V,2). Este ejemplo lo pone Ribadeneyra en el Capítulo De su Caridad para con los prójimos).

Este amor a los demás hasta el sacrificio alegre de sí mismo se refleja en la anécdota que Ribadeneyra inserta en este mismo lugar y que si bien no se refiere a una enfermedad corporal, sí se refiere a una enfermedad - espiritual y aún peor que la física - como es la pasión desordenada.

"Estando un hombre en París miserablemente perdido de unos amores deshonestos de una mujer, con quien vivía mal, como no pudiese nuestro Padre por ninguna vía desasirle de ellos, se fue un día a esperarle fuera de la ciudad, y sabiendo que había de pasar por junto a una laguna o charco de agua (yendo por ventura adonde le llevaba su ciega y torpe afición), éntrase el B.P. dentro del agua frigidísima hasta los hombros, y viéndole desde allí pasar, le dijo a grandes voces: - Anda desventurado; anda, vete a gozar de tus sucios deleites. ¿No ves el golpe que viene sobre ti de la ira de Dios? ¿No te espanta el infierno, que tiene su boca abierta para tragarte? ¿ni el azote que te aguarda y a toda furia va a descargar sobre ti? Anda, que aquí me estaré yo atormentando y haciendo penitencia por ti, hasta que Dios aplaque el justo castigo que ya contra ti tiene aparejado. Espantóse el hombre con tan señalado ejemplo de caridad, paró, y herido de la mano de Dios, volvió atrás confuso y atónito, apartóse de la torpe y peligrosa amistad de que primero estaba cautivo." (Vida FN IV, p. 759 (V,2)).

 Su amor a los enfermos era por lo tanto una de las facetas de su amor y caridad que procuraba el bien de los demás.

El principio interior que lo regía y le hacía pronto para cualquier fatiga o sacrificio, que le dictaba su celo por el bien de las almas, lo expresa el dicho siguiente:

"Decía nuestro B.P. que si para la salud de las almas importase algo que él fuese por las plazas descalzo y cargado de cosas infames y afrentosas, ninguna duda tendría en hacerlo, y que no había en el mundo traje tan habilitado, ni vestido tan vergonzoso, que por ayudar a un alma a salvarse, él no le trajese de buena gana. Lo cual mostró bien por las obras en las ocasiones que se le ofrecieron."( Vida FN IV, p. 761 (V,2)).

10.3.- Hasta hacer el payaso

Y creo que este principio se ilustra bien con otra de las anécdotas que quiero recordar referentes a la actitud de Ignacio para con los enfermos. En el siguiente episodio se muestra en una actitud tan insólita, que por poco la elimina Ribadeneyra de su obra a instancias de algunos censores y se conserva hoy sólo en una nota con letra pequeña. Quizás temieron algunos que lesionara la imagen de Ignacio, o que supusiera mucha discreción en el lector, lo cual es cosa que ningún autor se puede prometer.

"Contóme una persona grave que fue en un tiempo discípulo espiritual de nuestro padre en París, que estando él una vez muy malo y muy congojado y afligido por la enfermedad, le visitó nuestro padre y con gran caridad le preguntó aparte qué cosa habría que le pudiese dar contento y quitarle aquel afán y extremada tristeza que tenía; y como él respondiese que su pena no tenía remedio, volvióle Ignacio a rogar que lo mirase bien y pensase cualquier cosa que le pudiese dar gusto y alegría; y el enfermo, después de haber pensado en ello, dijo un disparate: 'Una cosa sola, dijo, se me ofrece: si cantásedes aquí un poco y bailásedes al uso de vuestra tierra, como se usa en Vizcaya; de esto me parece que recibiera yo alivio y consuelo'. '¿De esto (dijo Ignacio) recibiréis gran placer?'. 'Antes grandísimo', dijo el enfermo. Entonces Ignacio, aunque le parecía que la demanda era de hombre verdaderamente enfermo, por no acrecentarle la pena si se lo negara, y con ella la enfermedad, venciendo la caridad a la autoridad y mesura de su persona, determinó de hacer lo que se le pedía, y así lo hizo; y en acabando le dijo: 'Mirad, que no me pidáis esto otra vez, porque no lo haré'. Fue tanta la alegría que recibió el enfermo con esta tan suave caridad de Ignacio, que luego comenzó a despedir de sí toda aquella tristeza que le carcomía el corazón, y a mejorar; y dentro de pocos días estuvo bueno del todo; por donde parece que el enfermo siguió su antojo en pedir lo que pidió, y Ignacio en concederlo tuvo cuenta con la caridad, por la cual nuestro Señor dio salud al enfermo.(Vida FN IV, p. 761, Nota 39 (V,2)).

Esta anécdota invita a corregir algunas imágenes demasiado austeras de San Ignacio. Aunque también es verdad que podía ser muy firme y severo cuando sentía que era conveniente serlo.

La humanidad que se desprende de este "baile de caridad" no exige comentarios. Pero he querido subrayar la convicción del que nos cuenta el hecho, de que nuestro Señor dio la salud al enfermo por la caridad de Ignacio, que Dios tomó en cuenta.

 

10.4.- Confianza de los primeros compañeros en la Caridad de Ignacio

Esa caridad de Ignacio impresionaba mucho a sus primeros compañeros y los unía a él por lazos de afecto en el Señor. Ellos estaban tan persuadidos de su caridad y méritos a los ojos de Dios hasta el punto de invocar la ayuda de Dios alegando los méritos de su siervo Ignacio.

Así lo muestra la anécdota siguiente, recogida por Ribadeneyra de labios de Laínez:

"Viniendo los Padres de Venecia a Roma con la pobreza e incomodidad que sabemos, tuvo el Padre maestro Claudio Jayo caminando un día tan gran dolor de estómago, que le parecía que se moría de él; y no teniendo otro remedio, se volvió a nuestro Señor y dijo: 'Señor, por los merecimientos de tu siervo Ignacio, que me libres de este tormento que padezco'; y así se le pasó luego el dolor." (RIBADENEYRA, De Actis P.N. Ignatii, MI. FN II, p. 372; ver también Vida FN IV, p. 721 (IV, 17). La tradición del mismo hecho por el Padre Nadal, en latín, en Acta Quaedam S. Ignatii, MI. FN II, p. 123).

También San Francisco Javier, apóstol de las Indias, se encomendaba a la caridad de Ignacio aún en vida de éste:

"El Padre Francisco Xavier, cuando andaba en la India engolfado en los peligros, y crecían tanto, que parecía ya que llegaba el agua a la boca, sin esperanza de remedio, el suyo era poner delante de nuestro Señor la santidad de nuestro bendito Padre, para que, mediante ella, le librase; y así le libraba, como él mismo escribe en sus cartas, llamando a nuestro Padre; Vuestra santa caridad."

(RIBADENEYRA, De Actis..., MI. FN II, p. 372: Vida FN IV, p. 723 (IV,17)

Y es que los primeros compañeros de Ignacio habían experimentado innumerables veces la caridad de Ignacio, particularmente en sus enfermedades, de modo que esa caridad era para ellos una probada evidencia. A los hechos que narra Ribadeneyra y he transcrito antes, quiero agregar uno que no me resigno a dejar de recordar aquí, y es cómo se comportó Ignacio con Simón Rodríguez cuando éste se enfermó en la ermita de Bassano:

"El Padre Simón - cuenta Ribadeneyra - estaba enfermo en Bassano, pueblo que dista 20 millas de Vincenza donde también el Padre Ignacio se veía oprimido por la fiebre. Habiendo aumentado la enfermedad de Simón, y amenazándole la muerte, tuvo noticia de ello nuestro Padre, y al punto así como estaba molestado por la fiebre, se puso en camino hacia Bassano, a pie, acompañado por el P. Fabro. Mientras caminaban, se apartó un poco del camino y oró al Señor por la salud del P. Simón; levantándose luego de la oración, dijo al P. Fabro: 'no será nada lo de Simón, o: no morirá por esta vez'; y cuando por fin llegó a él que yacía en el lecho luchando con su enfermedad, después de abrazarle, le dijo: 'no hay nada que temer, Simón: levantáos', y así se puso bien. Me lo contó el P. Laynez en Venecia, el año 48, y después el P. Ignacio en Roma, el 53. El P. Simón, por su parte, reconoce y publica este beneficio."

[Ver Autobiografía 95, en FN I, pp. 496-497. El mismo hecho lo narran con variantes que enriquecen el relato de la Autobiografía los padres Laínez en FN I pp, 136-138, que lo recogió de Fabro y Polanco FN I, pp. 193-194. Ribadeneyra lo cuenta en Vida FN IV, p. 261 (II,9)]

El mismo P. Simón, hablando en tercera persona, relata así este hecho:

"Apenas llegó (Ignacio) a la presencia del enfermo, le mandó que tuviese buen ánimo, porque había de sanar de aquella enfermedad. Además, viendo que aquel enfermo estaba vestido todavía y acostado en unas tablas, puso empeño en que por medio de aquel anciano solitario se buscase una cama en donde el Padre enfermo pudiese desnudo descansar." (MHSJ Epistulae PP. Broetii...et Roderici, p. 489. Citado por Laburu).

10.5.- Confianza de Laínez en la intercesión de Ignacio

Laínez da testimonio a Polanco, en su Carta Memorial de que "Diversas personas aquejadas de dolencias mortales y ya desahuciadas por los médicos, creo que nuestro Señor las haya librado por medio de sus oraciones" (FN I, pp. 136-137). Laínez cuenta además dos casos, en los que Ignacio predijo la curación. Uno es el caso de Simón Rodríguez, narrado precedentemente. Otro es el de un tal Esteban Baroello, de quien, como atestigua coincidentemente Ribadeneyra, había dicho Ignacio: "no morirá por esta vez Esteban" [FN I, p. 137, Nota 2 donde se remite a FN II, pp. 330-331 N° 17;. FN II, p. 331: "Stephanus ipse palam salutem suam et vitam Patri nostro acceptam fert" = "el mismo Esteban dice abiertamente que recibió la salud y la vida por nuestro Padre"].

Esteban ingresó diácono en la compañía, y al tercer día después de su ingreso se enfermó de un mal grave y fue desahuciado. San Ignacio fue con Ribadeneyra a celebrar Misa por el enfermo en la Iglesia de San Pedro de Montorio, y al terminar la Misa, le dijo a Ribadeneyra que se la había ayudado: "No morirá por esta vez Esteban". Así fue, con sorpresa de todos, en especial de los médicos. Y el enfermo mismo atribuyó siempre su curación a la oración de Ignacio. [

El mismo Laínez, como cuenta Ribadeneyra, tenía la convicción del poder intercesor de Ignacio, manifestado muchas veces y entre otras en el siguiente hecho:

"El día que murió nuestro B.P. Ignacio estaba el padre maestro Laynez malo en la cama y casi desahuciado de los médicos de una recia enfermedad. Entraron a visitarlo, luego que murió, algunos de los padres, y queriéndole encubrir su muerte, por no darle pena, él la entendió y preguntó: '¿Ha muerto el santo, ha muerto?' - Y como al fin le dijesen que sí, la primera cosa que hizo fue levantar las manos y los ojos al cielo y encomendarse a él y suplicar a nuestro Señor que por las oraciones de aquella alma pura de su siervo Ignacio, que él había recogido aquel día para sí, favoreciese a la suya y la desatase de las ataduras de su frágil y miserable cuerpo, para que pudiese acompañar a su padre y gozar de la bienaventuranza que él gozaba, como de su misericordia se había de esperar. Pero sucedió al revés: nuestro Señor le dio la salud para que después gobernase la Compañía, en lugar de nuestro B.P. alcanzándosela (como se creyó) el mismo padre Ignacio por su intercesión; el cual mucho antes le había dicho que él lo sucedería en el cargo de prepósito general." (Vida FN IV, p. 719 (IV,17)).

Hay que notar sin embargo, que como buenos discípulos de San Ignacio, los primeros jesuitas, y en este caso tanto Laínez como Ribadeneyra, no atendían tanto al milagro de la curación en sí misma, sino a su significado providencial para el bien de la Compañía, que ellos consideraban el verdadero milagro obrado por Dios a través de su siervo Ignacio, tanto durante su vida como después de su muerte:

"Donde quiera que volvamos los ojos - dice Ribadeneyra - así a los principios de la Compañía y a su instituto como a su progreso y aumento, y a los provechos que se han seguido de ella, no tendremos que desear otros milagros mayores que estos, siendo estos mismos hechos tan milagrosos, que sólo pueden explicarse como obras de Dios, que ha querido mostrar así por sus frutos, de qué naturaleza divina es esta planta y su raíz." (Vida FN IV, p. 907 (V,13)).

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