FUNDADORA, CENTENARÍA, BENEMÉRITA, NOBILÍSIMA, AUGUSTA, RESPETABLE LOGIA MASÓNICA HONOR Y PROGRESO NRO. 5 FUNDADA EL 23 DE AGOSTO DEL 1868.
A:. L:. G:. D:. G:. A:. D:. U:.
La Orden del Temple, uno de los grandes misterios de la humanidad, es también un leí motivé de grados, símbolos y rituales masónicos; sin embargo hay en torno suyo, además de la información histórica comprobable, una buena cantidad de cuentos, mitos y leyendas, que la hacen más enigmática.
Problemas metodológicos
Dicen los historiadores que la Historia no sólo se ocupa de la verdad, también de lo falso cuando es tomado como cierto y de lo imaginario y lo soñado; sin embargo se niega a confundirlos. Esto significa que existe la historia de la Caballería Templaria y también la historia de su leyenda, pero ambas se intersectan de tal manera que es difícil reconocer los límites que las separan.
También tenemos el problema hermenéutico (arte de interpretar los libros), que por lo demás es bastante común cuando se aborda problemas masónicos; es decir, un hecho histórico puede tener más de una interpretación, hechos como la Reforma Protestante, la Revolución Francesa, la Guerra de Reforma, pueden tener explicaciones sociales, económicas, religiosas o políticas, pero también pueden ser explicados desde otros puntos de vista, como lo hace Velasco Piña en Regina con la matanza de estudiantes en Tlalteloco; y la Masonería, como la institución ecléctica (método que consiste en reunir ‑procurando conciliarlas‑ opiniones sacadas de sistemas diversos y aún opuestos ‑ filosófico) influyente y tolerante que es, no puede descartar ninguna.
Así, en este trabajo procederemos al recuento de los hechos históricamente comprobables, para después acercarnos a posibles interpretaciones de la historia y, finalmente, apuntar algunas relaciones que esta orden tuvo con la Francmasonería.
El contexto
En el siglo III de nuestra era, Constantino, que aspiraba a la Corona del Imperio Romano, como estrategia política obtuvo las simpatías y finalmente el apoyo de los cristianos, cuyo número era cada vez mayor en los dominios del imperio, que iban desde el norte de Europa, hasta el norte de África y el Medio Oriente. Ya emperador, oficializó la religión cristiana en el imperio, con lo que fueron erigidas dos iglesias cristianas, una fue ubicada donde estaba el Templo de Jerusalén, y otra en Roma.
Un siglo después comenzaron las peregrinaciones de cristianos que, desde toda Europa, iban a visitar el Santo Sepulcro o a formar monasterios, y que eran relativamente toleradas por los palestinos, judíos y demás habitantes de la región.
Todo iba bien hasta que, en el siglo V y producto de sus propias contradicciones, de las invasiones germánicas por el norte, de las mongólicas por el oriente y árabes por el sur este, el Imperio Romano se desmoronó, fragmentándose en pequeños principados. Sin embargo, esto no detuvo las peregrinaciones a la Tierra Santa, pero estuvieron expuestas a los asaltos y ataques de los infieles; y quienes lograban llegar a Jerusalén vivos tenían que pagar por visitar el Santo Sepulcro.
El 27 de noviembre de 1095, el papa Urbano II hace un llamado a la Cristiandad a la guerra contra los infieles para recuperar los Santos Lugares y así lograr la redención de las almas que habían extraviado el camino, esto venía a colación porque para el siglo XI, la Iglesia Cristiana estaba pasando por una profunda crisis: a causa de la toma por los palestinos, la Iglesia de Oriente se había trasladado a Bizancio, pero dada la negativa de Roma comenzó un enfrentamiento entre ambas Iglesias que terminó con el cisma (en 1054) que dio nacimiento a la Iglesia Ortodoxa Griega.
La Iglesia Romana se enfrentaba a los poderes monárquicos occidentales, germanos sobre todo, quienes peleaban por influir en la designación de las dignidades eclesiásticas, hasta que en 1085, el papa Gregorio VII excomulgó al rey germánico Enrique IV, quien tomó Roma y expulsó al papa; este conflicto se solucionó hasta 1124, con el reconocimiento de la soberanía papal en el nombramiento de las autoridades eclesiásticas y, en general de la independencia de la Iglesia respecto de todo poder temporal.
Por otra parte, en el siglo IX nació y murió Mahoma, quien sentó las bases ideológicas, políticas y religiosas del Estado musulmán, que llegó a dominar todo el Medio Oriente, fue uno de los enemigos más poderosos de los cruzados, y quien finalmente los derrotó.
Por si esto fuera poco, hacia el siglo XI surgieron en Europa grupos de sacerdotes apóstatas que declararon la guerra a la Iglesia romana por haber abandonado el ejemplo de humildad y pobreza que predicó Cristo; asesinaban obispos, se reunían en comunas donde renegaban del celibato y escupían a la cruz porque, decían, era un pecado venerar el instrumento con que Jesús fue torturado y muerto.
La Guerra Santa significaba, entre otras cosas, la oportunidad para que la Iglesia romana recuperara la autoridad moral sobre los poderes seglares, que ya le estaba siendo cuestionada; además de que daba la oportunidad de que los sacerdotes ambiciosos pudieran redimir sus pecados en una buena causa.
El saldo era favorable para todos: la Iglesia ganaba autoridad; los monarcas, posesiones; y los pecadores, la salvación; por ello no es de extrañarse que la convocatoria papal atrajera a las potencias militares europeas, así como a multitud de humildes cristianos que fueron a pelear por Dios sin saber siquiera dónde estaba Jerusalén.
En 1099 se erige el primer reino cristiano de Jerusalén, con Balduino I como primer monarca, durante el periodo que va de 1099 a 1291, se llevaron a cabo siete cruzadas, es decir, siete convocatorias papales para hacer la guerra contra los infieles.
Fueron épocas de guerra contínua, de ciudades que caían ante las armas cristianas y ante las sarracenas, alternadamente; hasta la caída de San Juan de Acre, que marca la derrota y expulsión de los cristianos y el fin de la última Cruzada; estos enfrentamientos abarcaron todos los niveles.
La orden del Temple
Los Templarios, 9 caballeros se presentaron ante el rey de Jerusalén, Balduino II, con Hugo de Payns a la cabeza, con el fin de solicitar su anuencia y apoyo para fundar una orden, que podía ser religiosa o militar, y que serviría para socorrer a los peregrinos en su camino a la Tierra Santa; la fecha no es conocida, pero el Concilio de Troyes, que fijó la Regla del Temple y donde San Bernardo pronunció su De laude novae militae, se llevó a cabo en 1128; y ahí se menciona que esta orden tiene 9 años de estar trabajando.
Tampoco se sabe si tuvo su famoso doble carácter (monástica y militar) desde el principio, aunque es probable que esos primeros nueve años hayan estado dedicados a la vida monacal.
A fin de cuentas es San Bernardo quien en su elogio subraya su doble naturaleza: son monjes y soldados; y buena parte de este discurso está dedicado a justificar esta aparente contradicción, que por lo demás San Agustín ya había tratado, en su concepto de guerra justa: matar por Cristo no es matar, es vengar al Salvador; robar a los infieles no es robar, es poner las propiedades de los infieles a la disposición de los súbditos del verdadero Dios; finalmente la nueva Orden tendrá el fin de custodiar a los peregrinos y protegerlos contra los salteadores de caminos (no siempre infieles). Ya antes se había erigido otra orden de caballería, que curaba y protegía a los peregrinos, pero que no luchaba ni portaba armas: la Orden de San Juan del Hospital (los Hospitalarios).
Es fácil comprender el conflicto de lealtades de estos caballeros en aquellos lugares: debían obediencia al rey de su casa natal, pero luchaban en otros lugares para conquistar reinos para otros reyes, además de la debida obediencia al papa y al patriarca de Jerusalén, que era como la capital de todo el reino cristiano de Oriente.
Así tanto las órdenes de caballería como las monacales tuvieron que sustraerse de ese conflicto y definieron su obediencia; por ejemplo, los Hospitalarios quedaron bajo la tutela del patriarca de Jerusalén; los Templarios sólo obedecían al papa.
El nombre de Templarios también es motivo de controversia, pero la mayoría de los autores coinciden con la teoría de que, dado el estado de pobreza y humildad con que llegaron ante el rey Balduino, éste consintió en alojarlos en un recinto junto al Templo de Jerusalén, por lo que los empezaron a llamar Caballeros del Temple, nombre que fue oficializado en el Concilio de Troyes.
En fin, tenemos que empezar aquí por un problema historiográfico: los primeros documentos en los que se menciona a la orden son las actas de este concilio, particularmente el elogio de San Bernardo y la Regla.
La Regla
Son caballeros que rehúsan seguir sus voluntades para entregarse al sacrificio por la verdadera fe, cada día deben de oír misa para estar llenos de Dios, de manera que no temían ir al sacrificio y al martirio, luego decir trece padrenuestros en maitines, (Primera de las horas del oficio divino que antiguamente se rezaba y en algunas iglesias se reza todavía antes de amanecer) siete cada hora y nueve en vísperas.
Estaban obligados a poner a prueba a los novicios antes de ser admitidos, una vez aprobados por el maestre y de los hermanos reunidos en capítulo, tenían prohibido frecuentar caballeros excomulgados.
Los hermanos llevarían los cabellos rapados, pero el bigote y la barba largos, debían comer dos hermanos, en una misma escudilla (vasija ancha y de forma de media esfera) y en silencio. Comían carne tres veces por semana, pero triple ración el domingo, con dispensa para enfermos y heridos. Las faltas eran castigadas con ligeras penitencias, si eran leves; y con la expulsión si eran graves. Tenían prohibido denigrar y calumniar. Tenían prohibido ostentar hazañas y debilidades seglares, así como sus amoríos.
Tenían prohibida la compañía de mujeres, ni siquiera podían mirar su rostro. Sólo podían recibir un beso de su madre, hermana o tía.
Al interior, la autoridad del maestre era casi absoluta, pero estaba obligado a reunir al capítulo en las decisiones importantes; los hermanos le debían obediencia y sumisión. La orden estaba dividida en caballeros, sargentos y capellanes.
Para ingresar se llevaba a cabo una ceremonia que nos puede sonar conocida; en ella, con el Capítulo reunido el comendador preguntaba a los hermanos si alguien se oponía al ingreso del candidato; mientras tanto, en una habitación cercana dos caballeros lo disuadían hablándole de los rigores y dura disciplina que les imponía pertenecer a la orden; si el candidato persistía en su intención, le instruían acerca de lo que debía contestar a cuanto se le preguntara.
Si no había oposición en el capítulo, se le presentaba arrodillado ante el maestre a quien le pedía el ingreso a la orden. El comendador de nuevo le informaba la exigencia de renunciar a su voluntad para seguir los pasos de la orden y le preguntaba tres veces si aun así quería ingresar; si la respuesta era afirmativa, se procedía a un interrogatorio de siete preguntas acerca de su vida anterior: si era casado, si estaba excomulgado, si tiene deudas, si era sano.
Luego venía el juramento que se hacía en nombre, de Dios de la Virgen y del papa, en el que prometía obediencia al maestre o comendador, renuncia a cualquier posesión, respeto a los usos y costumbres de la orden, ayuda y salvaguarda de los cristianos en Jerusalén, nunca abandonar la orden sin el permiso del maestre, y no oprimir a ningún cristiano, con razón o sin ella.
Luego se le imponía el manto de la orden, mientras otro caballero recitaba el Salmo 133; cada hermano decía un padrenuestro y luego levantaba al nuevo caballero y le daba un beso de paz. Finalmente venía una instrucción respecto de las nuevas obligaciones del caballero y los aspectos básicos de la Regla.
En acción
Hugo de Payns quedó como el primer gran maestro de la orden y, apenas terminado el concilio (Junta o congreso, de eclesiásticos, para deliberar y decidir sobre materias de dogma y disciplina) fue a Normandía y luego a Inglaterra en una campaña de reclutamiento de caballeros y recolección de fondos por donaciones; fue muy bien recibido en todos lados, príncipes y señores feudales no dudaron en colaborar al engrandecimiento del Temple.
Igualmente se debe a Hugo de Payns la aureola que tendrán desde entonces (incluso hasta ahora) y que les redituará beneficios económicos, materiales y una gran cantidad de candidatos deseosos de tener el honor de ser Templario; los Templarios, como orden monástico‑militar bajo la exclusiva autoridad del papa, eran los únicos sacerdotes autorizados para matar y eso los obligaba a llevar una vida de auténtica humildad, pobreza y obediencia, como para resistir las tentaciones del mundo (algo que no hacían muchos sacerdotes ni muchos militares). Debían poseer el valor y el hábil manejo de armas de un caballero, pero la bondad, humildad y espíritu de sacrificio de un monje.
Este ejemplo de valor, sacrificio, humildad y falta de apego a los bienes materiales hicieron crecer la fama de los Templarios en Oriente y Occidente; eran respetados por Saladino y los papas Inocencio II y Celestino II, ambos emitieron sendas bulas, respectivamente, en las que aumentan los derechos y privilegios de la orden: les permite conservar el botín tomado a los sarracenos, sin que nadie tuviera derecho a reclamar parte. Fija la sede en Jerusalén y somete a ella a las encomiendas de todos los demás lugares. Confirma su sujeción exclusiva al papa. Los exime del diezmo. Dispone que el maestre tiene que ser un hermano profeso en la orden. Prohibe cualquier modificación a la Regla y estatutos, si no es por el maestre y el capítulo en pleno. Les concede la facultad de construir capillas y oratorios privados. Les recomienda ocuparse de los excomulgados.
En un principio sus funciones estaban centradas en la custodia de los peregrinos, pero conforme se fueron desarrollando las Cruzadas tuvieron cada vez mayor participación en los batallas contra los infieles; eran los primeros en entrar en combate y los últimos en retirarse; benevolentes y tolerantes con los prisioneros, aun los infieles, a quienes permiten elevar oraciones a su Dios.
Las bulas de 1130 y 1144, en un momento en que los reyes disputaban al papa el nombramiento de las dignidades eclesiásticas y la atractiva idea de hacer de los Templarios un ejército particular para conquistar Europa, llevó a mucha gente en Occidente a cuestionar esta relación entre el Temple y el papa.
Un incidente sembró las primeras fisuras entre el Temple y los poderes terrenales en Oriente: en 1167 Amaury I, rey cristiano de Jerusalén, vio la conveniencia de pactar una alianza con el visir de Egipto para luchar contra el califa de Egipto, para ello envió a un Templario para firmar el pacto, que consistía en que, a cambio de una renta anual y la paz con el visir, Amaury ayudaría a expulsar a los franco‑egipcios del califa y no atacaría Egipto; todos firmaron y el Templario quedó como garante de la palabra del rey; movimiento estratégico muy bueno si se considera que el frente musulmán tampoco era homogéneo y Amaury aprovechaba esas fisuras para doblegar a los francos, que terminarían huyendo; sin embargo alguien (hay quien dice que los Hospitalarios) lo convenció de que en esas circunstancias, con Egipto a sus expensas, podía ser fácil la conquista y atacó El Cairo, rompiendo así su palabra.
Los Templarios se negaron a participar en el ataque y el fracaso fue total. La negativa de los Templarios a intervenir en el ataque a El Cairo fue motivo para que más de uno en Occidente comenzara a especular acerca de la posible traición templaria y de una alianza de la orden con los infieles; y más aún si se considera el enorme poder militar político, económico y diplomático que habían adquirido.
Como detalle se puede mencionar que los Templarios fueron los inventores del cheque: la cantidad de encomiendas del temple distribuidas en Oriente y Occidente y dada la inseguridad de los caminos a Tierra Santa, cualquier peregrino podía entregar su dinero en una encomienda europea y recibir un documento de resguardo para recibir su dinero, con los intereses de rigor, en un capítulo en Oriente.
Algo importante en este momento es señalar que fue Amaury quien protegió a Guillermo de Tiro y le encargó la redacción de su Historia de las Cruzadas; ahora podemos explicarnos por qué en su libro Guillermo de Tiro pinta a los Templarios como arrogantes, presuntuosos, orgullosos y usureros, y se burla de su origen humilde.
Guillermo de Tiro tiene razón en algo: los Templarios eran bravos, valientes, humildes, sacrificados, arrojados; daban la vida por el prójimo, pero eran arrogantes con los poderosos; dijeron al sucesor de Ricardo Corazón de León: í Seréis rey, mientras seáis justo.
Los Templarios, al no codiciar nada, en nada gastaron y al término de la Guerra Santa quedaron con más de 3 mil encomiendas en Oriente y Occidente, el maestre de la orden tenía tratamiento de príncipe, un ejército que podría ser de 300 mil hombres y una fortuna incalculable.
La caída
El papa Clemente V, quien trasladó la sede pontificia a Francia, aseguró la continuidad francesa en el papado al nombrar a muchos franceses como cardenales; Francia era la más poderosa de la orden, lo que ocasionó el temor y la ambición del rey.
La jurisdicción papal exclusiva convirtió al Temple en un Estado dentro del Estado, con dinero, armas y hombres. Para contrarrestar el enorme poder de la orden y presionado por el rey, éste y el papa convinieron en unirlos a los Hospitalarios; para discutir el asunto, fue llamado ante el papa el maestre templario Jacques de Molay, nombrado como tal en 1295.
Ante la idea de fusionar ambas órdenes el caballero argumentó su desacuerdo: no es posible, dada la gran diferencia entre las reglas de observancia; los Hospitalarios tendrían que disciplinarse mucho más, algo que no les gustaría; o los Templarios tendrían que flexibilizar la Regla, lo que iba contra su esencia misma.
El rey Felipe estaba ante una disyuntiva jurídica: no podía hacer nada contra la orden porque no tenía jurisdicción sobre ella; sólo podía hacer acusaciones individuales, pero acusar a unos Templarios no era acusar al Temple; tenían que ser cargos individuales, pero que involucraran a la orden en su conjunto.
Es entonces cuando aparecen dos personajes: Esquino de Floryan, amigo de un consejero del rey, Guillermo de Nogaret, y Nosso Dei, un extemplario; ambos se conocen en prisión y, condenados a muerte, se confiesan uno al otro; de la confesión del extemplario salieron los cargos de los que se acusó a la orden. Los cargos fueron:
Los Templarios niegan a Cristo, al que califican de falso profeta; escupen a la cruz y la pisotean durante sus Ceremonias. Adoran ídolos, una cabeza barbada a la que llaman Baphomet. No creen en los sacramentos y los sacerdotes olvidan las fórmulas de consagración durante la misa. Se entregan a prácticas obscenas.
La madrugada del 13 de octubre de 1307 se cumple la orden de aprehensión, en la cual se detiene a Jacques de Molay y a 140 Templarios del Capítulo de París; se hace un inventario y se confiscan sus bienes; los gritos producto de la tortura se escuchan en toda Francia; 52 templarios perdieron la vida en estos interrogatorios.
Los caballeros terminan por confesar; en algunos casos les prometen su liberación a cambio de su confesión; y confiesan todo. Lo peor de todo es que el mismo Jacques de Molay, aun sin ser torturado, confiesa que todos los cargos son verdaderos; él alega que lo hace para que cesen las torturas contra los hermanos y apela a la jurisdicción del papa, que hasta este momento no ha dicho esta boca es mía; sólo él puede salvarlos, pero la suerte ya está echada.
Sin embargo, sólo un concilio pontificio puede desintegrar a la orden; y en él el papa deberá escucharlos. Comienzan los preparativos para el concilio, que se llevará a cabo en Viena.
El papa trata de negociar con Felipe; pide que se le entregue a los Templarios y cede al rey los bienes de la orden; no cree en la culpabilidad de los Templarios y espera que el concilio convocado los escuche y sea más imparcial.
En un tibio intento de defenderlos el papa nombra a una comisión diocesana plural formada por canónigos dominicos, franciscanos e inquisidores, quienes escucharían las acusaciones, los testimonios de defensa y emitirían una resolución que tendría que ser llevada al concilio.
Sin embargo Nogaret logra que nadie se presente a defender al Temple ante la comisión; Pedro de Bolonia, portavoz de la orden, se presenta en París para la defensa; pero cuando llega el momento de ser recibido, desaparece y no se vuelve a saber de él.
Sin embargo, cuando la comisión cita a Molay para que dé su testimonio, junto con el de otros 72 caballeros acusados (seleccionados de entre los confesos), éste se envalentona ante la comisión y niega los cargos, denuncia la intriga del rey y alega que las confesiones fueron extraídas por medio de torturas; los demás caballeros recobran la galanura y piden morir antes que calumniar a la orden en la que sirvieron a Dios; reiteran la acusación de tortura y proclaman ser inocentes.
Antes de que la comisión pueda dar algún crédito a los acusados, los representantes del rey en los interrogatorios (que no tenían porqué estar ahí) los acusan de relapsos; es decir se han retractado de lo que habían dicho; antes habían jurado que era verdad lo que decían y ahora se retractan; según la legislación, ya no hay juicio que valga; el castigo es la hoguera.
El 18 de marzo de 1314, Jacques de Molay, maestre de la orden; Hugo de Pairaud, visitador para Francia; Godofredo de Charney, preceptor de Normandía; y Godofredo de Aquitania y Poitou, fueron entregados al verdugo, que encendió la hoguera en una islita del Sena.
Cuenta la leyenda que, en medio de las llamas, Jacques de Molay lanzó su famosa maldición, en la cual emplazó a Clemente, "Dentro de 40 días, comparecerás ante el tribunal de Dios". Clemente murió en abril de ese mismo año (antes de 40 días), Felipe en noviembre, aun Nogaret y Marigny murieron antes de se cumpliera un año de la ejecución.
Cuenta la leyenda que, en 1790, cuando la cabeza de Luis XVI cayó al canasto de la guillotina, alguien se trepó en el templete para gritar "Jacques de Molay, está vengado".
El Concilio de Viena sólo formalizó la disolución de la orden; los bienes fueron transferidos a la orden de los Hospitalarios; el rey fue indemnizado por los gastos del juicio (aun cuando ya había saqueado las propiedades templarias) e incluso el papa debió haber tomado algo de esa riqueza; total que los Hospitalarios debieron haber recibido sólo una pequeña parte de los bienes prometidos. Los templarios franceses que sobrevivieron a las torturas fueron encarcelados de por vida; en otros lugares fueron tratados mejor: fueron recibidos por los Hospitalarios o los Teutónicos, o se les dio asilo en algún monasterio para, alejados del mundo, esperar el fin de sus días.
La leyenda
Aquí termina la historia y empieza la leyenda; muchas han sido las especulaciones que han surgido de tan contradictoria historia; desde su creación algunos historiadores sí han puesto en duda el verdadero fin de la orden: defender los caminos y proteger peregrinos no parece suficiente razón para fundar una orden; tiene que haber un motivo oculto; y hay quien dice que en el Templo de Jerusalén, donde se formó la orden, estaba el Santo Grial; o posiblemente se trataba del Arca de la Alianza; que Hugo de Payns y sus caballeros la custodiaron para llevarla ahí, o para sacarla de ahí y llevarla a otro lugar. Lo que parece cierto es que una orden, ya sea religiosa o militar, no se instituye en un concilio y menos si únicamente tenía el fin de proteger a los peregrinos; tuvo qué tener un fin más elevado.
Según otras interpretaciones, su larga estancia en Medio Oriente y la buena relación que tuvieron con los árabes los pusieron en contacto con las sectas gnósticas, iniciáticas y herméticas, en cuyos misterios fueron iniciados, para después traerlas a Occidente con lo que esparcieron los conocimientos adquiridos para la fundación de instituciones como la Masonería y la Orden de la Rosa Cruz.
Temple y Masonería
Interpretaciones aparte, hay elementos en los rituales templarios que tienen mucho que ver con nuestra institución; de dónde salen? Qué relación tuvo o tiene la masonería con la extinta orden del Temple?
Aquí también hay varias teorías: una nos remite a la orden como resguardante de la seguridad de los peregrinos en los caminos a Tierra Santa; en este sentido se afirma que los Templarios necesitaron albañiles para la construcción de puentes y refugios, y después, de capillas, castillos e iglesias, y que para ello se pusieron en contacto con las cofradías de constructores (masones operativos) que trabajaban en Europa durante esa época; estos constructores vivieron y aprendieron buena parte de la mística caballeresca y simbolismo templarios, que después trasladaron a la masonería especulativa.
Otra interpretación fue esbozada antes: si los Templarios recopilaron el conocimiento hermético de las sectas gnósticas del Medio Oriente y lo trajeron a Occidente, se supone que a la captura y proceso de los oficiales (no olvidar que el proceso duró siete años, tiempo suficiente para escapar y esconderse); hubo caballeros que huyeron y después de pasado un tiempo se pusieron en contacto con logias de masones escoceses a quienes encomendaron la custodia de los conocimientos traídos de Oriente y que, gracias a eso, ahora conocemos algo acerca de las religiones orientales antiguas, sobre todo de su parte oculta; así como la masonería ha tomado para sí esa sabiduría.
Otra interpretación sugiere que la orden no desapareció cuando fue disuelta por el Concilio de Viena, sino que la masonería fue fundada por Templarios, quienes huyendo de la persecución, se reunieron en secreto en Escocia disfrazados de albañiles y fundaron La Estricta Observancia Templaria, que después se transformó en Régimen Escocés Rectificado y de ahí en el Rito Escocés; y que se encargaron de la custodia de los conocimientos que heredaron de los descendientes de los constructores del Templo de Salomón, a quienes conocieron durante su estancia en Jerusalén.
Sea cual sea la respuesta correcta (pueden ser todas o puede no ser ninguna), la historia de la orden es asunto inconcluso para quienes necesitan respuestas certeras y lógicas; también para quienes necesitan respuestas ocultas que sea necesario develar; también para quienes necesitan héroes y ejemplos en la vida; eso los condenará a seguir buscando pistas ocultas o documentos reveladores que demuestren algo que cae por su propio peso: la Orden nació con las Cruzadas, que fue lo que le dio sentido, y murió igualmente con ellas, cuando se acabó aquello que le dio razón de ser.
Como en el caso del Gólem, su creador fue también su destructor; y los intentos de rescatarla en sociedades modernas corresponde, en más de una forma, a la nostalgia por una época en que las cosas estaban en su lugar, aunque éste no nos gustara, a diferencia de los momentos actuales en que nos es difícil encontrar un sentido a la existencia; sólo que hacernos caballeros no nos salvará de un sin sentido, cuya solución no se encuentra fuera de nosotros, ya que nuestra verdadera razón de ser, como masones en lo individual y de la Francmasonería en su conjunto, deber provenir de nosotros mismos.
R:.L:.S:. HONOR Y PROGRESO N° 5
Culturales