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| Vol. 3, Núm. 1, 2001 |
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La
educación superior y el mercado de trabajo
profesional 1
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| Higher
Education and the Professional Job Market
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Alejandro Mungaray
Lagarda mailto:[email protected] Facultad de Economía
Universidad
Autónoma de Baja California |
Calzada Tecnológico
14418, Edificio 3 Mesa de Otay,
22390 Tijuana, Baja California, México
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Resumen
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| El
trabajo plantea la relación entre el mercado
profesional de trabajo y las instituciones de
educación superior, en el marco de procesos de
globalización económica y social y los de
desconcentración regional. Se discute cómo esta
relación genera imperfecciones de mercado debido
al papel de intermediación que tiene la educación
superior entre demandantes y oferentes de empleos
y oportunidades profesionales, pero también debido
a que las instituciones de educación superior
funcionan con objetivos propios y diferentes a los
de mercado. Se plantea la necesidad de reconocer y
superar las limitantes que la concentración del
ingreso imponen al acceso y permanencia de los
estudiantes en este nivel educativo en América
Latina, pero también la necesidad de acercar los
procesos académicos a las prácticas del mundo del
trabajo, a través de cambios curriculares y
certificación de conocimientos laborales, que
permitan una mayor vinculación con los sectores
productivos, a través de una más adecuada
absorción de los
egresados.
Palabras Clave:
Educación superior, mercado de
trabajo, economía de la
educación. |
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Introducción
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El
presente trabajo analiza la tan discutida relación
entre el mercado de trabajo profesional y las
instituciones de educación superior (IES), que actúan
como intermediarias catalizadoras de los deseos de
demandantes y oferentes de oportunidades laborales
del nivel profesional. Para ello se analiza la
pertinencia de la IES ante los
retos que la globalización y sus expresiones
económicas, políticas, sociales y culturales
imponen a las empresas, los individuos y las
comunidades. La creciente importancia del
conocimiento en la configuración de nuevos
patrones de comportamiento y organización social
ha dado una fuerza jamás imaginada a los mercados,
y con ello, al criterio económico como evaluador
de las instituciones sociales. Consecuentemente,
se plantea la naturaleza imperfecta del mercado
profesional expresado en las IES, en el cual
interactúan demandantes y oferentes de
empleo.
Tanto el
disciplinamiento de la educación superior al
mercado, como sus señales globales y la
diversificación resultante, son analizadas en las
perspectivas del gran potencial de mercado que
tienen las IES para atender
las necesidades del desarrollo. Tomando como punto
de partida la solución de las fallas naturales de
mercado, resalta el papel de las instituciones
para construir tanto dinámicas de equidad, que
atenúen la diferenciación social, así como
oportunidades de acceso a la educación y al
mercado laboral
profesional. |
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La educación
superior en los retos de la globalidad
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La
educación superior tiene frente a sí retos
importantes. En primer lugar, las sociedades de
los países en desarrollo están cambiando
bruscamente con la globalización de los cambios y
las necesidades económicas, políticas y sociales
del mundo desarrollado. Sin embargo, difícilmente
se podría afirmar que las fuerzas de la
globalización provienen tan sólo del impulso de
las sociedades en desarrollo, pero a la vez,
difícilmente se podría decir que estos cambios
globales se han hecho al margen de ellas. No
obstante, conforme la globalización ha avanzado,
principalmente en materia económica -integrando
países y mercados en grandes bloques económicos-
las regiones y comunidades han incrementado su
nivel de respuesta frente a las decisiones
nacionales que modifican sus circunstancias y
entornos. En consecuencia, frente a acuerdos
integradores nacionalmente decididos que modifican
y, en ocasiones, violentan las condiciones
locales, ha crecido el deseo de autodeterminación
local y de recuperación del poder de decidir lo
que localmente conviene. En segundo término, el
logro de consensos internacionales ha orientando
los cambios nacionales durante los años ochenta y
noventa, y ha permitido que los mercados
disciplinen a los Estados a través de políticas
macroeconómicas de estabilización. Se podría decir
que han sido años de un enorme dinamismo
microeconómico entre las grandes empresas
internacionales, principales líderes de la
globalización, y de profundos cambios en las
estructuras económicas. Esto ha llevado a afirmar
que la macroeconomía ha terminado por dominar el
desarrollo, al privilegiar de esta forma la
microeconomía de las grandes empresas y el
crecimiento. En esta situación han coincidido dos
procesos con importantes resultados: la
modernización de las empresas globales y las
instituciones gubernamentales sin equilibrios
locales, y la descentralización gubernamental de
funciones centrales sin soltar la toma de
decisiones (World Bank, 2000).
En el
marco de una política fiscal de equilibrio
presupuestal, los gobiernos centrales han
circunscrito al ámbito macroeconómico su
presencia, limitándola frente a las necesidades
del desarrollo regional y propiciando el ascenso
de los gobiernos locales como sus principales
promotores. Sin embargo, en el marco de
recaudación centralizada y asignaciones regionales
limitadas, los procesos de descentralización de
funciones de los centros nacionales a la esfera de
las entidades regionales, han terminado por ser
meros procesos de desconcentración que han
extendido las funciones centrales sin soltar los
hilos de la toma de decisiones. Esto permitiría
entender, por un lado, el difícil papel de las
ciudades y de las administraciones regionales,
para enfrentar los retos de una especialización
económica ante la necesidad de recursos de
infraestructura y fuerza de trabajo calificada;
por el otro, está el aumento del conflicto y la
dificultad de gobierno en las regiones, muy
asociado al ascenso del individualismo motivado
por la máxima utilidad del interés privado, como
origen de interacciones en los mercados de bienes
y servicios.
Puede
afirmarse, entonces, que este nuevo contexto ha
dado lugar a un tercer reto, en torno a la
necesidad de instituir un nuevo tipo de
individualismo y promover una acción política más
participativa, con más actores en los campos de
los bienes públicos, el capital humano y, por
ende, de la educación superior. Este ámbito
dicotómico del desarrollo en la globalización está
promoviendo una serie de valores a contracorriente
en torno a la importancia de la igualdad, la
protección a los débiles, la libertad como
autonomía, los derechos con responsabilidad, la
autoridad con democracia, el pluralismo
cosmopolita y un cierto conservadurismo filosófico
que rescata el pasado y la historia como fuente de
una acción precautoria (Giddens,
1999). |
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La educación
superior en la perspectiva del mercado global
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Con la
globalización económica y los cambios
institucionales que han permitido la más amplia
movilidad de las empresas y capitales, los
términos del comercio han cambiado
sustancialmente, del inter al intraindustrial,
alcanzando el comercio de componentes y la
subcontratación, la tercera parte del comercio
mundial durante los años noventa (World Bank,
2000). Este ambiente de libre comercio ha permeado
con fuerza las decisiones públicas sobre la
educación superior, especialmente en lo que se
refiere a la orientación de los planes y programas
de estudio y su influencia en la formación
profesional. Sin embargo, estas orientaciones
globales han dejado de lado la importancia de los
desarrollos locales, principalmente en materia de
instituciones adecuadas a la asimilación de
mejores prácticas (Ruiz Durán, 2000). Esto es
particularmente cierto en el caso del ascenso del
mercado como principio regulador, no sólo de los
intercambios económicos, sino de la forma de
pensar y actuar de las sociedades modernas y sus
instituciones formadoras, como son las IES.
El
mercado como relación social que permite y regula
los intercambios entre los agentes económicos y
sociales, sostiene su eficiencia con la acción
voluntaria; es decir, en la capacidad de elección
de los agentes frente a una gama de opciones
percibidas o conocidas. Esta eficiencia es mayor
mientras más acción voluntaria y consciente
exista. Sin embargo, cabe advertir que dicha
relación puede propiciar la competencia y la
innovación de las prácticas existentes, siempre y
cuando nadie tenga la capacidad de afectar
individualmente los precios, si las inversiones
existentes pueden movilizarse entre actividades y
localidades, y si la permanencia de los oferentes
se sostiene en actividades eficientemente
realizadas. No obstante, el mercado puede actuar
con fallas cuando los bienes y servicios no son
adecuadamente entregados a los demandantes por
quienes tienen la responsabilidad de hacerlo. Las
fallas de mercado más comunes suelen encontrarse
en una competencia imperfecta, cuando los agentes
o participantes más dominantes son los menos
competitivos, e imponen costos excesivos dentro
del mercado; también se presentan cuando la
información entre los bienes y servicios
-ofrecidos y entregados- es inadecuada, o bien,
cuando la relación entre la demanda y su
satisfacción sufre retrasos de tiempo (Stevens,
1993).
Por todo
lo anterior, se puede afirmar que el mercado de
trabajo profesional es por naturaleza imperfecto,
en la medida que los estudiantes, como demandantes
de un empleo profesional, y los empleadores
oferentes de empleos profesionales, si bien se
relacionan entre ellos en el mercado, tienen que
interactuar para la interpretación de las
necesidades de los empleadores y el desarrollo de
las características de los demandantes, a través
de las instituciones de educación superior. La
imperfección se origina por que la formación a
través de la educación superior es un proceso
lento y tradicionalmente independiente del mundo
laboral, y en su toma de decisiones incorpora
información que será validada algunos años
después. El amplio retraso de tiempo entre
selección, educación y entrega de los
profesionales al mercado laboral genera desfases
de las calificaciones e incertidumbre respecto a
la utilidad de estas inversiones. La teoría del
capital humano, como una teoría de demanda de
educación y formación que pone énfasis en los
aspectos de inversión que rodean estas decisiones,
señala que los individuos eligen sus períodos
óptimos de escolarización, comparando el valor
presente del costo de su inversión con el valor
presente de los beneficios que obtendrán de ella
en el futuro. |
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Costos, decisiones
individuales y gasto público en la educación
superior |
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Los
cnstos de educación superior para las familias no
sólo comprenden los gastos directos que realizan
los individuos en matrículas, libros, transporte y
alimentación, sino también los indirectos que
equivalen, en general, al costo de oportunidad que
tiene el tiempo dedicado al estudio. Frente a esta
estructura de costos dada, la educación superior
puede ser vista como una eficiente inversión
pública frente a la imposibilidad de los
individuos para reaccionar ante inversiones
privadas que, debido a sus costos y a la
distribución social del ingreso, no pueden
entregar sus servicios educativos en la cuantía
necesaria. En este sentido, la educación superior
que en un mercado eficiente es un bien rival,
excluible y divisible, como bien público es un
bien no rival, cuyo consumo no reduce el de otro;
es un bien no excluible e indivisible, pues no se
puede dividir para su venta. En consecuencia, la
educación superior puede verse como una eficiente
inversión pública cuando impacta el crecimiento de
los beneficios privados de quienes invierten en la
formación de capital humano, porque genera
externalidades positivas2
a las empresas y a los individuos, y reduce los
retrasos de tiempo e incertidumbre frente a la
capacidad de entrega de las opciones privadas de
formación.
En este
modelo, la función de oferta (O) de educación
superior refleja el comportamiento de los costos
públicos y privados de la educación, incluyendo
los costos de transacción que implica su
administración, supervisión y regulación. En este
caso, el comportamiento esperado sería que,
conforme crece el financiamiento, crece la
matrícula. El caso de la demanda (D), expresada en
el comportamiento de la matrícula de las
instituciones de educación superior, refleja el
valor que los estudiantes le otorgan a las mayores
calificaciones y conocimiento, incluyendo la
satisfacción personal que por cualquier motivo les
signifique. Esto indicaría que la demanda por
educación superior se comporta en relación directa
con los beneficios esperados de ella, cualesquiera
que estos sean, tomando en cuenta el valor de los
retornos económicos asociados a la credencial,
pero también a la satisfacción
personal.
Figura
1. Gasto educativo y demanda de educación
superior
En la
figura se puede observar que si la educación
superior es pareto eficiente,3
en virtud de que sus asignaciones no afectan a las
de otros agentes y sectores; y si no tienen costo
o éste es mínimo, los beneficios de nuevas
inversiones y asignaciones públicas que estimulen
el incremento de la matrícula de Qo a Q* serían
QoabQ*, por ser el área bajo la curva de demanda.
En este caso, los beneficios resultarían mayores
que los costos, los cuales serían QocbQ*, por ser
el área bajo la curva de oferta, y el beneficio
neto sería: abc.
Este
planteamiento indica que una condición de
eficiencia óptima pareto como la observada en Qo,
puede ser modificada a través de una asignación
adicional de recursos que incrementen la
matrícula. Sin embargo, para que el nuevo nivel Q*
sea un óptimo pareto potencialmente nuevo, se debe
establecer la necesidad de un test compensatorio
Kaldor-Hicks, el cual establece que una política
puede ser considerada de bienestar social si tiene
el potencial de hacer sentir a alguien mejor sin
hacer que algún otro empeore. Esto se puede
manejar si los ganadores de las oportunidades de
educación superior gracias a las nuevas
inversiones y asignaciones, pudieran compensar a
los perdedores y aún ganar para sí el provecho de
los beneficios privados de la
educación.
Con todo,
este test compensatorio, al considerar tan sólo
criterios de equilibrios eficientes entre oferta y
demanda, incluyendo compensaciones de los
ganadores a los perdedores, no pregunta si la
actual distribución de recursos y oportunidades es
adecuada en términos de equidad. Esto sugiere que,
aún en el mejor de los casos, la eficiencia de las
asignaciones de recursos públicos en educación
superior, si bien estimula la matrícula y la
credencialización, difícilmente puede plantearse
objetivos de equidad si no considera la estructura
socioeconómica en la que se inserta; y si no se
aplica, por tanto, un esquema de medidas y
oportunidades que compensen desigualdades
estructurales previas (Williams, 1993).
Más aún,
suponiendo que los individuos toman sus decisiones
de acceso a la educación superior a partir de los
beneficios económicos observados hoy, la
expectativa del beneficio se aleja en el tiempo a
medida que la satisfacción de la demanda laboral
que el resto de los individuos que tomaron la
misma decisión, va reduciendo las remuneraciones.
Estudios empíricos relevantes indican que en un
primer momento, con el crecimiento de la gratuidad
de la enseñanza, la demanda por educación superior
abate los costos y facilita la decisión de
estudiar. Sin embargo, ante una expansión limitada
de las oportunidades educativas y señales de
mercado de beneficios futuros negativos, las
decisiones de estudiar se asociarían más con el
nivel educativo y la posición económica de los
padres de familia, destacando la necesidad de otro
tipo de atenciones compensatorios a los
demandantes de educación superior, de acuerdo con
sus rendimientos escolares, origen social y
expectativas (San Segundo y Petrongolo,
2000). |
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La vinculación y la
absorción como retos de la educación superior
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La
educación superior es un proyecto social que no
termina en la educación y la formación
profesional. Necesita que los egresados,
efectivamente, aseguren una oportunidad para
desempeñar productivamente su educación. Discutir
esto sugiere que la intermediación que en el
mercado profesional realiza la educación superior,
si bien es positiva en términos de la oportunidad
de acceso a la educación, tiene problemas en la
forma como se organiza el proceso educativo para
la transición al mundo del trabajo. En
consecuencia, cuando los egresados no se
incorporan a las actividades productivas, la
educación superior es cuestionada como medio de
movilidad social de los individuos, pero también
como espacio de interacción entre demandantes y
oferentes de empleos profesionales. Esto se
origina debido a que las instituciones de
educación superior, igual que las unidades
productivas y sociales, tienen cada cual sus
propios objetivos (Mungaray, 2000). La difícil
correspondencia entre los sistemas educativo y
productivo da lugar a una absorción diferencial y
deficiente (Muñoz y Márquez, 2000).
Esta
situación obliga a un esfuerzo de adecuación
institucional permanente de la educación superior
para vincularse con su entorno productivo, en la
medida en que su papel de intermediación le
permite mayor flexibilidad y capacidad de
innovación. Sin embargo, con mucha frecuencia, el
planteamiento de objetivos diferentes e
incontrastables con sus entornos no le permite ser
parte de la dinámica innovadora del mundo global,
ni espacio de planteamiento de prácticas
innovadoras y problemas sociales que, en
ocasiones, la misma sociedad, profundamente
diferenciada, no puede plantear (Castells,
2000)
El
problema de la absorción deficiente tiene orígenes
distintos. Por el lado académico-universitario,
existen problemas de diseño curricular que
reflejan los objetivos y apreciaciones que las
instituciones educativas hacen de su entorno,
respecto a las necesidades de educación y
formación. Desde un punto de vista económico,
tanto la educación como la formación generan
incrementos en la productividad y externalidades
positivas para el resto de las actividades
productivas y sociales. De hecho, la formación ha
terminado por ser un paliativo de corto plazo a
los problemas que la educación curricularmente
organizada no puede resolver, para acercar las
necesidades de la demanda de trabajo profesional
con las características de la oferta (Ruesga,
et al. 2000).
Un
problema adicional en este nivel se origina en la
concentración de la matrícula en ciertas áreas,
principalmente económico-administrativa, pues en
principio, no parecieran tener posibilidades de
generar beneficios adecuados a quienes las cursan,
ni valor agregado a quienes los emplean. En este
nivel, con frecuencia, la educación superior se
limita a proporcionar elementos generales a los
egresados para incorporarlos a los puestos de
trabajo que ofrecen las empresas (Brennan, 2000),
suponiendo que a éstas corresponde una formación
más específica que termine con el trabajo. Sin
embargo, pocas veces se reflexiona al interior de
las instituciones educativas, sobre la
organización de la actividad económica e
industrial en que se inserta. Menos frecuente es
el análisis permanente del comportamiento de los
mercados en que las empresas de diferente tamaño
participan, y es prácticamente imposible la
articulación de un diálogo diferencial con los
distintos actores económicos y sociales que
contextualizan su desarrollo. Consecuentemente, es
difícil notar que la competencia imperfecta que
caracteriza el desempeño de los empleadores en el
ambiente globalizador, genera externalidades que
inhiben la inversión en las formaciones
específicas. Se podría decir que la doble
competencia que los inversionistas enfrentan en el
mercado de trabajo y de productos en un ambiente
de negocios global ha reducido las posibilidades
de ofrecer la formación complementaria a la
educación universitaria. Sin embargo, los
problemas de actitud y de movilidad laboral de los
egresados de la educación superior acentúan aún
más la actitud empresarial, pues no tienen más el
incentivo de permanencia que justifica la
inversión en formaciones específicas (Alba y
Tugores, 2000). Esto ha cambiado el sentido de las
expectativas de los empresarios respecto a lo que
esperan de la educación superior, pues en
condiciones globales preferirían invertir en la
formación genérica de un reducido número de
trabajadores, que ofrecer formación específica a
un número mayor.
Por el
lado estructural, los problemas de la distribución
del ingreso impiden que iguales oportunidades de
acceso sean, en los hechos, diferenciales;
concentrándose en las familias con ingresos más
altos, en la medida en que la educación superior
no tiene políticas diferenciales que establezcan
cuotas de acceso por origen social y condición
económica. A manera de ejemplo, de acuerdo con
Muñoz y Márquez (2000), la tasa de cobertura de la
educación superior entre jóvenes de 20 y 24 años
pertenecientes al quintil más alto en la
distribución del ingreso de América Latina es de
47.7%, muy similar a la media de los países
desarrollados, que es del 50.5%. Por el contrario,
la de los jóvenes de la misma edad del quintil más
bajo es de 16.3%, por debajo de la media
latinoamericana, que es del 18.4%. Luego entonces,
si como demuestra Ruiz Durán (1997), el ingreso
per cápita está positivamente correlacionado con
la tasa de cobertura, el importante, pero
relativamente bajo crecimiento de la tasa de
cobertura de la educación superior en México, que
para 1999 alcanza 18%, seguramente se asocia al
hecho de que entre 1980 y 1997 el ingreso per
cápita mexicano medido a precios de 1987,
prácticamente se mantuvo constante al pasar de
1947 a 1910 dólares. |
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Perspectivas de la
educación superior frente al mercado profesional
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Un
planteamiento claro, sin que ello signifique que
sea una tarea fácil, es que la calidad como meta
de la educación superior debe ser un proceso
incluyente y, por tanto, innovador. Si la calidad
se sustenta en la enseñanza altamente
escolarizada, entonces lograrlo depende de grandes
montos de financiamiento. El espacio para la
innovación se encuentra en la gestión y acuerdo de
pocos, y sus resultados sólo se observan sobre
pequeños segmentos del mercado laboral. Si por el
contrario, la calidad se sustenta en el
aprendizaje, entonces lograrla estará en función
de la pertinencia con que se organice dicho
aprendizaje y la participación involucrada de
todos los cuerpos académicos para atender más
segmentos del mercado laboral. La orientación
hacia la enseñanza dirige la actividad académica y
universitaria hacia el interior de sí misma a
partir de privilegiar una docencia en claustros.
La orientación por el aprendizaje propone que la
actividad académica y universitaria se vincule con
su entorno, a través de una docencia que articule
con creatividad los claustros y los espacios
profesionales sobre la base de la investigación y
la extensión. Si la excelencia es el cumplimiento
de las necesidades del entorno (Mungaray, 1999),
entonces los criterios del mundo del trabajo y del
mundo de la educación superior deben abordarse
directamente en diseños curriculares consensados,
que superen la dualidad entre los académicos que
realizan las actividades académicas y los
diseñadores de la política educativa, pero también
la dualidad entre éstos y los diseñadores de la
política económica e industrial.
En una
sociedad donde el aprendizaje es factor de
igualdad o de diferencia, la educación superior
requiere valorar y aceptar el papel que juega el
trabajo en el aprendizaje. En términos reales, el
dinamismo del mercado profesional y la afluencia
de tantos proveedores particulares del servicio,
en los últimos años, son indicadores de que frente
al mundo del trabajo la educación superior es tan
sólo una opción, con egresados con mejores
oportunidades laborales y mayores defensas frente
al desempleo. La importancia de su incidencia, de
hecho, se sostendría hasta donde fuera posible
mantener el monopolio de la certificación. En la
medida en que la globalización económica vaya
dominando el comportamiento de las empresas,
diferenciándolas por sectores y regiones, y que la
segmentación de los mercados profesionales exija
respuestas más rápidas de formaciones más
específicas dentro de la educación universitaria,
la competencia por la certificación de destrezas y
calificaciones se acentuará. Es probable que la
educación superior siempre tenga razones para
sostenerse y no cambiar el sentido de los
servicios que ofrece, pero también el mercado
profesional en donde se ha ubicado como un
intermediador imperfecto, le impondrá sanciones
mediante preferencias reveladas de quienes actúan
a través de ella. Quizás la pregunta para la
prospectiva en la materia es si la educación
superior se podrá mantener tal cual sin reconocer
todo tipo de aprendizajes y no sólo los
universitarios que actualmente es posible ofrecer.
Más aún, ¿sería posible aprender de una
intermediación incómoda pero convenientemente
dominante, entre demandantes y oferentes de
empleos profesionales, para asumir una posición
participativa y responsable como oferente de
profesionistas frente a demandantes de
ellos?
El
mercado como una relación de competencia que
estimula el cambio tecnológico, la necesidad de
aprendizaje y la vinculación, requiere de modelos
de educación superior eficientemente orientados
hacia el mercado y las diferenciaciones que genera
o acentúa. Esta vinculación debe proveer a los
jóvenes demandantes de educación, oportunidades
innovadoras para matricularse; y a los
estudiantes, oportunidades innovadoras de
vinculación social y profesional. Esto supone una
estructura de educación superior promovida y
sostenida no sólo por estudiantes, académicos y
autoridades universitarias, lo que sería ya de por
sí importante, sino la participación abierta y con
reglas, de todos los agentes sociales y económicos
que representen a los sectores de empleadores
empresariales, de todos los tamaños y niveles de
gobierno. En principio, esto permitiría, a las
IES,
actuar con mayor eficiencia como espacio de
intermediación y coordinación entre demandantes y
oferentes de empleos profesionales. Lo pueden
lograr justo en el momento en que, orientadas por
las mejores prácticas económicas y sociales en el
ámbito global, puedan asumirse frente a los
sectores y regiones, como oferentes de
profesionales con formaciones genéricas y
específicas suficientes frente a los empleadores
como demandantes. Para lograrlo, la reorganización
de los procesos académicos es condición
suficiente. Sin embargo, como condición necesaria
se requieren otros procesos de innovación en
materia de administración, financiamiento y
evaluación, que permitan no sólo una mayor
eficiencia, sino que los actuales liderazgos
contenidos permitan la eficacia social del
quehacer institucional.
En el
marco de una globalización predominantemente
económica, aunque con impactos sociales y
culturales, las naciones y regiones no están
produciendo al ritmo y nivel de su dotación de
recursos, sino de los que sus instituciones
permiten (Ayala, 1999). En consecuencia, si bien
los niveles de inversión son condición suficiente
para el desarrollo, el entorno institucional es
condición necesaria. Por ello, el diferente papel
que las instituciones de educación superior juegan
en los países, se asocia a las diferentes
políticas públicas e instituciones forjadas como
negociaciones y arreglos de largo plazo que los
agentes económicos y sociales son capaces de
establecer, para abatir los costos de transacción
de la sociedad, pero también para reconstruir las
lógicas de compromiso social y comunitario frente
al desarrollo. En el contexto de la globalidad,
sus beneficios pueden llegar a las regiones y a
las personas, si en la educación superior, como
señala el profesor Palacio (J. Palacio,
comunicación personal, enero 20, 2001), se combate
la inmediatez con una perspectiva histórica de las
cosas; la pasividad con una actividad responsable
y el individualismo con la cooperación y la
solidaridad.
Albacete,
España. Enero
de 2001. |
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Referencias
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Oxford University Press. |
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Para citar este
artículo, le recomendamos el siguiente formato:
|
Mungaray, A. (2001). La
educación superior y el mercado de trabajo
profesional. Revista Electrónica de
Investigación Educativa, 3 (1).
Consultado el día de mes de año
en: http://redie.uabc.mx/vol3no1/contenido-mungaray.html
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1
Esta reflexión se
desarrolla en el marco del proyecto "Estructura
del Mercado Profesional en la Región Noroeste de
México 1990-2005". Se agradecen los estimulantes
comentarios de los participantes en el Seminario
sobre la relación entre la educación superior y el
mercado de trabajo, organizado por el Grupo de
Trabajo de Planeación de la Región Noroeste de la
ANUIES y
la Universidad Autónoma de Sinaloa, del 25 al 27
de septiembre de 2000, en Mazatlán, Sinaloa.
Especialmente agradezco los acuciosos comentarios
de Felipe Mora Arellano, director de Planeación de
la Universidad de Sonora, pues gracias a ellos, la
presentación y claridad de este artículo han
mejorado sustancialmente.
2
Se refiere a todos
aquellos factores no incluidos en la planeación de
costos e ingresos de las empresas, que impactan
positivamente su desarrollo. Un claro ejemplo se
encuentra en los beneficios que las empresas
obtienen, cuando debido a la calidad de las
actividades educativas y formativas de las IES, sus niveles
de innovación y productividad se incrementan sin
costos adicionales para ellos (Pass et al.,
1991).
3 En 1906, el
Ingeniero Vilfredo Pareto escribió su Mannuale di
Ecomomia Politica, donde planteó los aspectos
esenciales de la teoría del equilibrio general.
Planteó que ante desigualdades de los individuos
en su relación de costos a utilidad, era imposible
mejorar el bienestar de unos sin simultáneamente
reducir el de otros. En condiciones de desigual
distribución de la riqueza, una eficiencia pareto
es cuando una asignación a favor del bienestar de
unos, no afecta el de otros (Pass et al. 1991).
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