UNIVERSIDAD YACAMBÚ
SEMINARIO AVANZADO DE EPISTEMOLOGIA
LA RACIONALIDAD EN UN
CONTEXTO PROCEDIMENTAL Y COMUNICATIVO
ENSAYO 2
DOCTORANDO HOLANDA GARCIA DE QUIJADA
Durante el siglo XIX el paradigma cartesiano sobre
la razón, que dejó sus huellas en los empiristas ingleses e incluso en KANT,
fue puesto en entredicho, sobre todo en lo concerniente a su énfasis
subjetivista, que concibe al pensador solitario como marco ideal para la
reflexión. Fue HEGEL quien demostró el carácter histórico-social de la formación
y organización de la conciencia, labor continuada y trascendida por Marx con
posterioridad.
En palabras de McCarthy (1987: 449): «el tipo de
racionalidad que este modelo lleva añejo es la racionalidad ‘cognitiva
instrumental’ de un sujeto capaz de obtener conocimiento acerca de un entorno
contingente y hacer un uso efectivo de ese conocimiento adaptándose
inteligentemente a, y manipulando, ese entorno». Sin embargo, para
Habermas el concepto de racionalidad tiene menos que ver con el conocimiento o
la adquisición del mismo que con la forma en que los sujetos capaces de
lenguaje y acción hacen uso del conocimiento, por lo que constituye una visión
menos utilitarista y más procedimental.
Existen
contextos en los que no todos los individuos toman sus decisiones sobre la base
de las mismas teorías,
es
necesario, entonces definir, el contexto
en que el modelo de opción racional puede ser verdaderamente útil. Esto
significa que a medida que nos alejamos de las condiciones más propicias para
la aplicación de dicho modelo hay que
explorar el proceso de toma de decisiones y la formación de estructuras
mentales. No se trata, de abandonar el
principio de racionalidad, sino de matizarlo.
Es
indispensable disertar el supuesto de racionalidad para poder incorporar otros
mucho más “realistas”, los que se han de derivar de los diversos modelos
mentales que guían la toma de decisiones entre los seres humanos. Y esa disertación ¿va a cambiar nuestros modelos? Por supuesto que sí.
Si
los individuos tienen teorías diferentes para explicar el mundo que los rodea,
entonces sus decisiones “racionales” serán diferentes también. Las ideas son
importantes. Como lo dijo claramente Frank Hahn (1987: 324):“Existe un continuo
de teorías que los agentes pueden sostener, y a partir de las cuales pueden
actuar sin jamás encontrarse con hechos que los lleven a cambiar dichas
teorías”. En tales condiciones existen muchos equilibrios.
En el mundo de la racionalidad instrumental las
instituciones no hacen falta; las ideas, ideologías, mitos, dogmas no importan
y los mercados eficientes, tanto políticos como económicos, caracterizan a la
sociedad. Pero en el mundo real la información que tienen los actores es
incompleta y su capacidad mental para procesar esa información es limitada, en
consecuencia, establecen reglas y normas regularizadas para estructurar el
intercambio.
¿Por dónde comenzar? La respuesta es fácil: debemos
definir con la mayor precisión posible el terreno en que el modelo de opción
racional ofrece una perspectiva útil.
Los elementos claves son la complejidad del problema, cuán completa es
la información que se tiene, la frecuencia de la opción y el grado de
motivación de los que
intervienen. Problemas simples,
información completa, situaciones repetitivas y una motivación fuerte generan
condiciones que se prestan para los modelos de opción racional.
A medida que nos alejamos de estas condiciones,
debemos explorar no sólo las consecuencias inmediatas, en cuanto
a opciones, sino en especial las clases de procesos que en tales
condiciones surgirán para estructurar la interacción humana. ¿Intuyó Heine
(1983), verdaderamente, que cuanto mayor es la brecha entre C y D (la
competencia del agente y la dificultad del problema), mayor es la probabilidad
que el agente imponga regularidades simples a la interacción humana? ¿Qué
relación hay entre la manera como funciona la mente y la forma que adquieren los
procesos? ¿Cómo aprendemos? Particularmente, ¿qué conjunto de circunstancias
nos llevan a cambiar los modelos mentales que tenemos y a modificar o alterar
las opciones que ejercemos?
¿Por qué existen ideologías, como las doctrinas
religiosas o políticas? Ellas son
materia de fe antes que de la razón, y subsisten pese a las abrumadoras pruebas
en contrario. ¿Qué hace que unas
subsistan y otras desaparezcan? Son preguntas antiguas, pero la ciencia
cognitiva ofrece la promesa de iluminarlas con una luz nueva y al hacerlo abre
nuevas fronteras en las ciencias.
Y es que, como afirma Giroux (1992), la racionalidad media las relaciones
sociales al entenderse como un conjunto específico de supuestos y prácticas en
los que subyace siempre unos intereses que definen y valoran el reflejo de las
personas en el punto, por lo que se encuentran condicionados y condicionan
desde las expectativas generadas al respecto como referente epistemológico.
Para la
racionalidad técnica o instrumental, la teoría educativa
debería operar a favor de proposiciones empíricamente comprobables, así como
contribuir al dominio y control del ambiente, por lo que la observación y la
técnica se convierten en los puntos de partida para la práctica teórica.
Por ello el conocimiento, como la investigación científica, es
considerado libre de valor, objetivo y neutral, siendo la relación entre las
variables puramente empírica y reductible a resultados predecibles. Desde esta
perspectiva, los educadores pueden operar, libres de valores, de manera
objetiva, cual técnicos acríticos, provocando injusticias educativas y
sociales.
En cuanto a la racionalidad hermenéutica (interpretativa), podemos decir que está
fundamentada en la lucha por liberar los conceptos de significado y experiencia
de la noción tecnocrática de objetividad y su interés es comprender los
patrones de interacción comunicativa y simbólica que dan forma al significado
individual e intersubjetivo.
De
esta forma, las personas son vistas como elementos activos de producción de
significados e interpretación intencional del mundo que les rodea, lo que
provoca que el conocimiento sea tratado como un acto social específico, con sus
relaciones sociales subyacentes, tan importantes a nivel de aula.
Sin
embargo, podemos afirmar desde una dimensión educativa que «La
problemática que caracteriza el enfoque de la investigación reflexiva falla al
no examinar la naturaleza de su propia ideología y consecuentemente no ha sido
capaz de plantear preguntas fundamentales acerca de la naturaleza de la
relación entre el Estado y la escuela, los mecanismos de dominación ideológica
y estructural en las escuelas, y cómo la relación entre la ideología, la clase
y la cultura de las escuelas sirve para reproducir las disposiciones
institucionales del statu quo» (Giroux, 1992: 240).
Es a partir de aquí que se construye
la racionalidad emancipatoria como
respuesta crítica a esa deficiencia de la racionalidad hermeneútica, ya que,
aunque haya autores que defiendan una inmanencia de la crítica en las
posiciones interpretativas o hermeneúticas a través del proceso de reflexión
que conllevan, otros consideramos que hay que ir más allá de eso «La
racionalidad emancipatoria, en este contexto, está basada en los principios de
crítica y acción.
Apunta
a criticar aquello que es restrictivo y opresivo y simultáneamente a apoyar la
acción que sirve a la libertad y al bienestar individual. (...) la racionalidad
emancipatoria plantea su interés en la autorreflexión con acción social
diseñada para crear las condiciones materiales e ideológicas en las que existen
relaciones no alienantes y no exploradoras» (Giroux, 1992: 241).
La racionalidad tiene así, como
hemos visto, un carácter no sustantivo, sino procedimental y comunicativo.
Dicho de otra manera, no hay ningún
saber que permita resolver las cuestiones políticas como cuestiones técnicas,
ni existe ningún colectivo que pueda reivindicar la pertenencia en exclusividad
de la comprensión de las situaciones sociales y las respuestas a las mismas,
sobre todo teniendo en cuenta el creciente grado de complejidad que están
adquiriendo los procesos sociales y políticos actuales.
Existe, en todo caso, un saber
común, pero con unos prerrequisitos y características muy determinadas: «Un saber
‘común’ tiene que satisfacer condiciones bien exigentes. Pues no sólo estamos
ante un saber ‘común’ cuando los participantes concuerdan en algunas opiniones;
tampoco cuando saben que concuerdan en ella.
Llamo
común a un saber que funda un acuerdo, teniendo tal acuerdo como término de un
reconocimiento intersubjetivo de pretensiones de validez susceptibles de
crítica. Acuerdo significa que los participantes aceptan un saber como válido,
es decir, como intersubjetivamente vinculante» (Habermas, 1989a: 481)