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(gracia1.htm; versi�n al 19.8.2000)
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Textos de Hans Urs von Balthasar LA GRACIA 1) Ser cautivado por Dios: Un momento de gracia est� en toda belleza. Surge el asombro cuando se nos muestra m�s de lo que se habr�a tenido derecho. La gracia que est� en todo ente lo ilumina y le da plena forma, y en vista de esta gracia, que es no es s�lo belleza sino gloria, m�s que despertar asombro, genera el arrebato y la adoraci�n: "En toda belleza hay un momento de gracia: se me muestra m�s de lo que ten�a derecho de esperar, por eso se produce el asombro y la admiraci�n de que "haya" ser en una abundancia que fluye inmensurable, pero que se vierte en entes y ah� llega a realidad perfecta; tambi�n en m�, que no me debo a m�, sino a �l (para mi eterno asombro). Pero los entes consuman, precisamente por el acto de ser, su individual iluminarse y mostrarse (como agradecimiento porque un fundamento primero los "deja ser") en una "forma" cuyos momentos "se ponen" unos a otros, recta y manifiestamente, desde la unidad: lo coincidente en la unidad es tanto la luz como la forma (trat�ndose de acontecimiento). La gracia entitativa que act�a en todo es peraltada cualitativamente all� donde al Absoluto se ilumina y se forma acabadamente en los seres finitos; ante esta gracia por antonomasia, que ya no manifiesta belleza, sino gloria, ya no se requiere s�lo admiraci�n y encanto, sino adoraci�n" (BALTHASAR, Hans Urs von, Ep�logo, Madrid 1998, 62).
"Supuesto que el alma tenga la fortuna de que el Uno venga hacia ella o, mejor a�n, que le revele su presencia, despu�s que ella se hubiere separado de las cosas presentes y se hallara dispuesta haci�ndose tan bella y semejante a �l como lo fuera posible...entonces puede ocurrir que el Uno se le ofrezca de repente ( ecaij nhz), y ya nada se interponga entre ellos, porque ya no son dos sino uno solo, sin distinci�n; mientras el no est� presente (una imagen de ello son los amantes y amados terrenales, que desean fundirse en un abrazo), el alma ya no siente su cuerpo,...ya no se ve ella misma, s�lo a El. No lo cambiar�a por nada, aunque se le prometiera el cielo entero, pues sabe con certeza que no hay nada mejor ni preferible; ella no puede subir m�s alto; todo lo dem�s, por sublime que fuere, la obligar�a a rebajarse...Y aqu� no cabe el error: pues �qu� hay m�s verdadero que la verdad?"Plotino reviste tambi�n esta uni�n con el ropaje literario del entusiasmo (anabakxeuw, evqousiaw), pero es m�s importante el del amor que, como se ha dicho, distingue claramente entre el eros celeste y el terreno, y expresa con casto recato el amor por el divino Uno. Desviarse de Dios, perderse en las cosas inferiores, es para Plotino infidelidad, prostituci�n, pero �l no llama a Dios esposo, sino padre; el alma descarriada que "reconoce su verg�enza, se purifica de lo terrenal y se encamina de nuevo al padre, es bienaventurada". Generalmente habla s�lo de "toque", pero de un toque con el que "lo abrazamos con toda nuestra persona y no queda en nosotros parte que no haya tocado a Dios". Lo que este anhelo corteja y para lo que todo nombre resulta deficiente, lo describe Plotino, balbuceando con Plat�n, como kalloz amhxanon belleza "indescriptible", como belleza que de verdad "desarma, deja perplejo y hasta hace desdichado" y, finalmente, como "Superbelleza" (uperkaloz), como "exceso de belleza" (periosia tou kallouz). Estos t�rminos no son, como los posteriores neoplat�nicos, hip�rboles caprichosas, sino expresiones exactamente ponderadas y empleadas con moderaci�n, y constituyen, por su parte, el principio y soporte de la est�tica de Plotino. Que el Uno est� por encima de la belleza �sta tiene su propio sitio en el individual nous es una afirmaci�n continuamente presente. El Uno "no cesa de ser bello"; si lo bello nos despierta y excita e inflama nuestra apetencia, es porque el Bien est� ya anteriormente presente, el amor por �l es innato y subsisite incluso en el sue�o, y estamos tan acostumbrados a ello que apenas si lo notamos. Lo bello es m�s puro, pero tambi�n m�s peligroso, pues nos atormenta y puede arrancarnos inadvertidamente del Bien, como el enamorado que rapta a la novia de la casa paterna. "Lo bello asombra; en cambio, el Bien siempre es deseado, o, mejor a�n; el que a�n no ha visto al Uno lo desea como el Bien, pero el que lo ve puede admirarlo por su belleza, est� lleno de gozoso asombro, de una conmoci�n sin da�o alguno, ama el verdadero Amor, se r�e de penosas apetencias y de todo otro amor, y desprecia lo que antes consideraba bello. As� le ocurre al que ha experimentado la aparici�n de un dios o demonio: la belleza de cualquier otro cuerpo ya no le resulta v�lida como antes...". ha llegado desde la belleza mundana, desde el esp�ritu que encierra en s� "toda forma bella", al "m�s all� y al manantial y origen de lo bello", y "tiene lo bello como un manto que lo envuelve". "Pues toda belleza es posterior al Uno y deriva de �l como la luz del d�a viene del sol" Esto descubre la �ltima estructura de lo bello: su peculiaridad est� en el dominio del nous, que es el reino de la forma, de la mutua transparencia del sujeto y el objeto, de la diferencia y de la identidad. Pero esta peculiaridad la tiene s�lo como epifan�a del misterio del ser mismo, y por ende, como se�al y reclamo de este misterio: es realidad que irradia (horizontalmente), pero el resplandor que hace brillar a lo irradiado viene (verticalmente) de arriba. De esta estructura part�amos al comienzo del primer volumen: forma y spelndor. Ambos los secciona Plotino en una especie de anatom�a de la belleza, pero de modo que la belleza no puede existir ni entenderse a s� misma sin la Superbelleza a la que llamamos aqu� "gloria"-. El fascinosum que irradia la belleza sobre todos los niveles del esp�ritu, del alma, de la naturaleza, se refiere a la belleza misma pero se refiere en ella a algo que est� por encima de ella: la estructura de lo bello se inscribe en la estructura formal de la teolog�a. Lo que est� "en" no resulta devaluado por lo que est� "encima de", no se considera "mera apariencia"; pero lo que aparece brillando presupone la existencia del Uno, de cuyo centro parten y a-parecen todos los rayos. Para Plotino el nous y el alma no son s�lo esencias radiantes por su propia estructura accidental; antes bien sus estructuras son producto de la irradiaci�n: lo "engendrado" por el Uno es necesariamente esp�ritu, que necesariamente anhela conocer al "padre", es "re-flexi�n" y con ello objectaci�n del objeto y, por tanto, dualidad en la unidad del ser espiritual, y de esta suerte re-flejo (Ab-Glanz). La reflexi�n de la luz que emana, engendra para Plotino la forma o la determinaci�n del ser en su condici�n y, lo que es lo mismo en el reverso, la determinaci�n del pensar en cuanto �ste depende de lo que aparece para posesionarse de s�. El interminable juego entre sujeto y objeto, velaci�n y revelaci�n, admiraci�n de lo otro y descubrimiento de lo propio, eros e identidad maravillosamente descrito en el cuento de Novalis Los mozalbetes- es la pieza central de la belleza, pero que s�lo puede interpretarse en la luz unificadora del Bien, que le presta su alegr�a, su brillo y su ser inagotable. Pero el Bien es reconocido asimismo por los int�rpretes como Superbello, pues ninguna forma singular colma el deseo del alma: ixnoz tou amorj ou morj h, la forma es indicio de lo sin forma" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Parte tercera: Metaf�sica. Vol 4. Edad Antigua, Madrid, 1986, 275-278).
"El C�ntico tiene precisamente estrofas, o al menos versos, de la inventiva simbolista m�s sublime. Tal, por ejemplo, la incomparable estrofa und�cima: "�Oh cristalina fuente, Es notable desde luego que el comentario explique la fuente cristalina
por fe, si bien queda por precisar qu� entiende Juan de la Cruz por este t�rmino, y que
"los semblantes plateados" sean los "art�culos" o "proposiciones
de fe" concretas, que en este mundo son de plata y en la otra vida mostrar�n su
calidad oculta de oro. Es asimismo notable que los "ojos deseados" sean los
"rayos divinos" o las "verdades eternas", que brillan ya desde ahora,
pero todav�a oscuros, en los dogmas de fe. Que estos ojos est�n "dibujados" en
el coraz�n del hombre significa que el coraz�n posee ya estas verdades en las virtudes
infusas, por oscuras e imperfectas que sean todav�a. Adem�s de todo esto, a�ade el
comentario, hay otro dibujo, que es del amor. El amante lleva en el coraz�n una imagen
del amado y "el amor transformante crea tal semejanza entre los dos que cada uno de
ellos parece ser el otro y ambos uno solo".
"Nos hallamos aqu� lejos de Buenaventura y de toda ascensi�n neoplatizante, escalonada desde la copia hasta el original. Nos hallamos m�s cerca de Francisco de As�s, m�s cerca todav�a de la espada inexorable de la palabra evang�lica que pretende por amor al Uno el odio de todo lo dem�s. Y la espada tiene que hendir hasta la divisi�n de los huesos y la m�dula, hasta la separaci�n del alma de s� misma, para que la promesa del ciento por uno se pueda cumplir ya en la tierra. Una poes�a que debe testimoniar todo esto tiene que partir de este desgarro, como grito del alma sometida a vivisecci�n en medio de la noche, para llegar al canto de laudes del alma, todav�a m�s a fondo y m�s vivamente consumida por el fuego de la Gloria. Expresamente menciona Juan de la Cruz la flecha incendiaria del seraf�n que traspas� a Francisco y a Teresa m�s all� del dolor y del deleite, de la herida y de la curaci�n, de la vida y de la muerte: "�Oh cautiverio suave! �Oh regalada llaga!". La quemadura que ha producido la herida puede curarse, pero se cura quemando m�s profundamente" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Parte segunda: Formas de estilo. Vol 3. Estilos laicales, Madrid 1986, 137-138).
"La �ltima cr�tica con que se cierra la Subida inacabada (quiz� se perdi� el final) se refiere a la predicaci�n y constituye la mejor muestra de c�mo entiende el s� y el no. El predicador es un "instrumento" de Dios para llevar su palabra a los hombres, pero "su fuerza y eficacia no la tiene sino del esp�ritu interior. De donde por m�s alta que sea la doctrina que predica y por m�s esmerada la ret�rica y subido el estilo...no hace de suyo ordinariamente m�s provecho que tuviere de esp�ritu. Porque aunque es verdad que la palabra de Dios de suyo es eficaz..., pero tambi�n el fuego tiene virtud de quemar y no quemar� cuando en el sujeto no hay disposici�n...Y dos disposiciones ha de haber: una del que predica, y otra del que oye...Ordinariamente es el provecho como hay disposici�n por parte del que ense�a". "Cuanto el predicador es de mejor vida, mayor es el fruto que hace, por bajo que sea su estilo y posea su ret�rica y su doctrina com�n". Las maravillas oratorias de un predicador resuenan en los o�dos de los oyentes como una m�sica concertada o sonido de campanas, pero su voz no tiene "virtud para resucitar al muerto de su sepultura"" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Parte segunda: Formas de estilo. Vol 3. Estilos laicales, Madrid 1986, 165).
"La belleza de Dios es, en t�rminos de la filosof�a griega, la belleza "arrobadora" de la luz espiritual, que por s� misma alumbra todo (lucifica lux), o mejor, confiere a todo verdad y ser. La falta de envidia de esta luz la hace en sumo grado amable, digna de amor y de imitaci�n. Ya en Plat�n es lo que provoca la actitud suprema del hombre, su eros. Pero cuando esta luz fluida se distingue y se revela, en t�rminos cristianos, como libertad y amor, el amor de las criaturas a Dios late todav�a m�s profundamente al ritmo de la unidad. En ese ritmo encaja la categor�a fundamental agustiniana del frui, porque, en la relaci�n con Dios, la relaci�n de verdad se transforma en relaci�n de amor, y la relaci�n de amor se disfrute reposado y floreciente, que en el mundo del pecado no es posible entre las criaturas" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Parte segunda: Formas de estilo. Vol 2. Estilos Eclesi�sticos, Madrid 1986, 134).
"Ante lo bello mejor dicho, no ante ello, sino en ello- vibra el hombre todo. No se limita a "encontrarlo" a aferrarse, se siente tambi�n aferrado y pose�do. Cuanto m�s total es la experiencia, tanto menos se inclina el hombre a contentarse con el goce sensible y puramente actualista y tanto menos reflexiona sobre su propio acto o estado, porque le arrebata la realidad de lo bello, a la que se entrega entusiasmado" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Vol 1. La percepci�n de la forma, Madrid 1985, 223-224).
"...toda "visi�n" del Dios viviente presupone un
"�xtasis" de la criatura por encima de s� misma y de sus capacidades
cognoscitivas naturales: para la criatura esto se llama "gracia" y don de la
capacidad para aceptar la gloria del Se�or en su donaci�n.
"La "gloria" no se puede definir. En esto consiste la verdadera dificultad de la tarea pendiente. La Biblia est� llena de afirmaciones sobre la gloria de Dios, en citas y pasajes mucho m�s numerosos que los conocidos por la mayor�a de los creyentes. La gloria es una afirmaci�n fundamental a lo largo de toda la Escritura: Dios mismo es glorioso, lo es en su revelaci�n, en su palabra, en su ley, en su mensaje de gracia y en su acci�n salv�fica, por lo tanto, en toda su obra; lo es sobre todo en el hombre que alcanza su gracia, y existe esencialmente "para alabanza de la gloria" eiz epainon doxhz (Ef 1,6); lo es en su Iglesia, en todo el universo inundado de su gloria" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Parte cuarta: teolog�a. Vol 6: Antiguo Testamento, Madrid 1988, 17).
"Arrebatar y extasiar es virtud exclusiva de lo que tiene forma; s�lo a trav�s de la forma puede verse el rel�mpago de la belleza eterna. Hay momentos especiales en que la luz se abre paso, el esp�ritu centellea e irradian la forma exterior del modo y la medida en que se realiza esto depende si se trata de belleza "sensible" o "espiritual", de encanto o dignidad-; pero, en todo caso, sin la forma el hombre no puede ser arrebatado ni caer en �xtasis. Pues bien, el ser arrebatado es el origen del cristianismo. Los ap�stoles son arrebatados por aquello que ven, oyen y palpan, por aquello que se revela en la forma; Juan (sobre todo, pero tambi�n los dem�s) describe continuamente c�mo en el encuentro, en el di�logo, se destaca la forma de Jes�s y se dibujan sus contornos de manera inconfundible, y c�mo de repente, de un modo indescriptible, surge el rayo de lo incondicionado y derriba al hombre, haci�ndole caer postrado en adoraci�n, transform�ndolo en un creyente y seguidor de Cristo. Este "abandonarlo todo para seguirle" ser�a una pusil�mine hu�da del mundo si no se produjese con aquel entusiasmo loco que conoci� Plat�n a su manera y que tambi�n conoce todo aquel que, gustosa y despreocupadamente, est� dispuesto a enloquecer por amor a la belleza. �Acaso podr�amos entender algo de la vida de Pablo si no le concedi�semos que, en el camino de Damasco, contempl� la suprema belleza, como la contemplaron los profetas en las visiones con las que fueron llamados, y que por eso lo vendi� todo, toda la sabidur�a mundana y divina, todo privilegio en el pueblo santo, para comprar la perla �nica, y realizar gozosamente su servicio como "pobre de Yahv�"? Unos y otros, los entusiastas de la belleza natural y los extasiados por la belleza cristiana, han de aparecer necesariamente ante el mundo como insensatos, y el mundo intentar� explicar su estado apelando a leyes psicol�gicas, cuando no fisiol�gicas (Hechos 2,13). Pero ellos saben lo que han visto y no se preocupan lo m�s m�nimo por lo que dicen los hombres. Sufren por amor a ella y su com-padecer queda ampliamente compensado por su ser-enardecidos por la suprema belleza, coronada de espinas y crucificada" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Vol 1. La percepci�n de la forma, Madrid 1985, 34-35).
La fidelidad de los esposos s�lo se entiende desde la interioridad, desde el misterio, desde el ser elegido...m�s que desde la profanidad, o la psicolog�a. (Partimos de la base que estamos ante personas sanas, no esquizofr�nicas, etc...) "�Qu� hay de m�s fuerte y que con m�s radicalidad configure la forma de vida que el matrimonio, s�lo verdaderamente tal cuando es el �mbito que engloba y supera todas los deseos de evasi�n del individuo, cuando es esa relaci�n indisosiable que evita inexorablemente las tendencias desintegradoras de la existencia y obliga a los vacilantes a trascenderse a s� mismos a trav�s de la forma, en el amor aut�ntico? En la promesa matrimonial, los esposos no conf�an en su fidelidad a s� mismos, a las arenas movedizas de su libertad, sino a la forma que, elegida, los elige. Por ella, se deciden en un acto de toda su persona, que se entrega no s�lo al t� querido, a la ley biol�gica de la fecundidad y de la familia, sino a una forma con la que se identifican en lo m�s �ntimo de su personalidad, de suerte que partiendo de las ra�ces biol�gicas penetre todos los estratos del ser y lleve a alcanzar las alturas de la gracia y del Esp�ritu Santo. Entonces, de repente, toda fecundidad y toda libertad descansan en la interioridad de la forma, y la vida del esposo s�lo puede ser comprendida (como ha descrito Claudel con tanta energ�a en su Oda V) desde el misterio de la interioridad, que ya no es accesible a partir de la profanidad de la existencia humana. Pero, �a qu� se reduce el individuo que, despreciando y atropellando esta forma, contrae v�nculos s�lo sujetos a los estrechos l�mites de su psicolog�a? Tan s�lo arena movediza e infecundidad inexorable. Hoy m�s que nunca, tambi�n la protecci�n de esta forma, de la que emana la belleza de la existencia humana, est� confiada a la vigilancia cristiana" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Vol 1. La percepci�n de la forma, Madrid 1985, 30).
Orar hasta que... ""Orar� con el esp�ritu, pero orar� tambi�n con la mente" (1 Cor 14,15). "El Esp�ritu, que necesita su exclusividad, no puede, sin embargo, renunciar al entendimiento. El puente se encuentra en la voluntad del hombre, que en la fe se somete a la voluntad de Dios y de ese modo hace tambi�n d�cil la voluntad humana. Mediante su obediencia, el hombre tambi�n es capaz de garantizar al Esp�ritu Santo la aptitud de su entendimiento, en cuanto que la contemplaci�n pura a trav�s de la obediencia asegura la posibilidad de la acci�n y s�lo mediante ella llega a ser plenamente lo que Dios quiere: un bien para todos...El hombre debe orar hasta que el entendimiento quede tan captado por el Esp�ritu que siga como hermano gemelo al Esp�ritu hasta donde �ste sea requerido". De ah� se puede sacar, por un lado, una consecuencia absolutamente actual para las palabras de un "m�stico" dentro de la Iglesia: puede ser "que Dios hable a la Iglesia a trav�s de un orante en un lenguaje que no sea entendido por la Iglesia de su tiempo, que �sta no quiera ni tampoco pueda aceptar. Lo dicho habr� de ser explicado". Pero tambi�n es actual para el propio "m�stico" individual: "En la explicaci�n se otorga la plenitud de Dios; su visi�n, su luz, se distribuye de forma tan desbordante al hombre, que �ste se olvida a s� mismo. Pero s�, en el instante en que habla con Dios, se lleva a s� mismo, trasplanta las cosas a su yo racional sin por eso pretender minimizar al Esp�ritu, entonces su raz�n toma parte en el Esp�ritu". Si no lo hace, no podr� exponer ni transmitir adecuadamente las ideas y tareas recibidas en el Esp�ritu. Pues, desde el punto de vista cristiano, tampoco el "m�stico" es nunca una persona aislada; la unidad aqu� avistada de oraci�n con el Esp�ritu (glosolalia) y oraci�n con la mente (profes�a) pertenece al contexto de los carismas, que de una u otra manera han de ser fruct�feros para la Iglesia: " A cada cual se le otorga la manifestaci�n del Esp�ritu para provecho com�n (de la Iglesia)" (1 Cor 12,7). Dicho provecho puede ser puramente interior, si se otorgan gracias de oraci�n que redundan en beneficio de la Iglesia por caminos indeterminables (como testimonia Teresa de Lisieux); pero tambi�n puede ser dispuesto como instrucci�n dada por Dios a la Iglesia (como se puede ver en una Catalina de Siena). Pero, como se ha dicho ya a prop�sito de la "teolog�a": hasta el hablar m�s racional sobre lo divino dentro de la Iglesia puede resultar fruct�fero si procede de la oraci�n o, lo que es lo mismo, de la esfera del Esp�ritu Santo" (BALTHASAR, Hans Urs von, Teol�gica, Vol III, El Esp�ritu de la verdad, Madrid 1988, 371-372).
"la teor�a del creyenete no puede quedarse ...en una visi�n abstracta que no pase inmediatamente a la invitaci�n y a la voluntad de seguimiento. La invitaci�n proviene tanto del Esp�ritu como del Hijo, que no puede hacer comprender el hecho de su existencia de otra manera que compartiendo el camino: "Venid y lo ver�is" (Jn 1,39). S�lo en el venir y el ir juntos se produce la verdadera visi�n; �sta no se puede seguir desde fuera (como la curva de un avi�n), sino s�lo midiendo juntos a pasos el trecho cubierto. Esto llevar� mucho m�s lejos de lo que piensa Natanael, superado por la fe, al caer de rodillas ante el Se�or: "Has de ver cosas mayores" (Jn 1,50). El Esp�ritu, en efecto, introduce desde el principio en la totalidad del fen�meno de Jesucristo: en su vivir, morir y resucitar. Por eso la teor�a que lo acompa�a no se produce, ni llega a verdadera contemplaci�n, de otro modo que, como ense�an Pablo y Juan, en un inmediato co-vivir, co-morir y co-resucitar, �nico modo de que se garantice la entrada en el �mbito de explicaci�n del Hijo" (BALTHASAR, Hans Urs von, Teol�gica, Vol III, El Esp�ritu de la verdad, Madrid 1988, 194).
"...el ap�stol de los gentiles queda atrapado por la fascinaci�n de este amor que consume: este amor le ha "rodeado" (2 Co5,14) y al haber el amado muerto por �l y por todos, los ha envuelto en la misma muerte a �l y a todos. �Significa esto entonces que un cristiano no puede ya gustar ingenuamente de la alegr�a terrena que Dios le ofrece, o que ya no puede gozar m�s que con mala conciencia? Una idea as� ser�a contraria al gozoso mensaje paulino: "Estad siempre alegres en el Se�or; os lo repito, estad alegres" (Flp 4,4). Ciertamente la alegr�a, tambi�n la cristiana, tiene distintos niveles de profundidad, y no siempre es necesario que los m�s profundos est�n expresamente presentes en la conciencia. Pero desviar intencionadamente la mirada de la profundidad, excluirla expl�citamente de nuestra alegr�a, dar la espalda a sus exigencias: esto no podemos hacerlo como cristianos. Y lo podemos tanto menos cuanto m�s sitio hagamos en nosotros, como los "santos", a la verdad divina. El cristiano sale as� del ritmo del mundo, donde se alternan alegr�a y dolor y se encamina hacia algo arcano para todos y para s� mismo. Hacia una posibilidad de, con Dios y en Dios, decir s� al dolor en la alegr�a y a un dolor que, a pesar de todo, tiene la profundidad del abandono de Dios. Tambi�n Dios lo hace, y en esto est� un misterio de su amor. Los jud�os rehusaron mirar la gloria de Dios porque se cre�a que tra�a la muerte. Los cristianos la contemplan en la fe y dicen s� a la muerte que lleva consigo. La angustia por un Dios como fuego devorador (Dt 4,24) se transforma en el servicio y en el respeto de la gracia del amor de Dios: "porque nuestro Dios es fuego devorador" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Parte cuarta: teolog�a. Vol 7. Nuevo Testamento, Madrid 1989, 433).
"(Ireneo) habla de la "suave y pac�fica quietud del reino de Dios"; de "la costumbre del Esp�ritu de habitar entre los hombres y reposar e ellos"; de una misericordia de Dios que "paulatina y lentamente" interviene en el mundo; de que para la libertad del hombre todo ha sido dispuesto por Dios "no forzosamente sino a base de la libre voluntad"; de que todo ocurre con suasio, suadela y consilium; de que el hombre debe ofrecer a Dios a trav�s de los tiempos un cor molle et tractabile y disponerse en la sucesi�n temporal con paciencia; de que debe "esperar el tiempo del progreso" y "no debe infringir la ley del ser humano", "porque Ad�n jam�s se desligar� de las manos de Dios"" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Parte segunda: Formas de estilo. Vol 2. Estilos eclesi�sticos, Madrid 1986, 77-78).
"Para seguir la gu�a de Dios, el hombre tiene que ser libre, y esta libertad no es eliminada por la gu�a, siempre suavemente persuasiva (suasoria) y jam�s constrictoria. Por el mismo motivo tiene que tener el hombre un saber primario sobre su condici�n de criatura y sobre su Creador, una sensibilitas para Dios" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Parte segunda: Formas de estilo. Vol 2. Estilos eclesi�sticos, Madrid 1986, 66).
"...el vuelo desde s� mismo hacia Dios no tiene el sentido de un "olvidarse-a-s�-mismo" (Flp 3,13), como si el hombre se perdiera a s� mismo. M�s bien, en la experiencia del Esp�ritu se le comunica la m�s profunda experiencia de s� mismo, porque el Esp�ritu Santo es un Esp�ritu de revelaci�n, habla al esp�ritu humano, le es inmanente y le ilumina en su ser. En el grito del Esp�ritu "�Abba! (�Padre!)", "el Esp�ritu testimonia a nuestro esp�ritu que somos hijos de Dios", y de este testimonio vital deduce Pablo lo que en �l va implicado: "Y si hijos, tambi�n herederos; herederos de Dios, coherederos de Cristo" (Rm 8,16)" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Vol 1. La percepci�n de la forma, Madrid 1985, 210).
"...movimiento provocado por la visi�n de lo mostrado por Dios, de un movimiento de todo el ser del hombre, que le saca de s� y a trav�s de la contemplaci�n le conduce al Dios invisible, cosa que s�lo se expresar�a de modo imperfecto mediante el vocablo "creer", por m�s que la fe se encuentre aqu� en su verdadero Sitz-im-Leben o contexto vital. El arrobamiento debe entenderse aqu�, una vez m�s, en un sentido estrictamente teol�gico y, por consiguiente, no como respuesta psicol�gica a la contemplaci�n de lo bello-mundano, sino como movimiento de todo el ser del hombre (motivado por la luz de la gracia divina proyectada en el misterio de Cristo), que le saca de s� mismo y a trav�s de Cristo le lleva a Dios" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Vol 1. La percepci�n de la forma, Madrid 1985, 113).
"... las formas de vida de los elegidos: la existencia prof�tica propiamente dicha es la existencia de un hombre expropiado, a trav�s de la fe, de toda pretensi�n de darse forma a s� mismo, y por lo mismo se convierte en "material" a plena disposici�n de la acci�n divina. Abrah�n, Isaac, Jacob, Jos�, Mois�s, los jueces carism�ticos, los profetas y m�rtires de la fe, hasta el Precursor y la "Esclava del Se�or", en la cual se recapitula la plasticidad conyugal y femenina de la hija de Si�n y se manifiesta al m�s alto nivel lo que es el arte de Dios o la santidad "formada", son casos de vidas vividas en el Esp�ritu Santo, vividas escondidas, in-visibles y, sin embargo, dotadas de tal fuerza de manifestaci�n que sus situaciones, escenas y encuentros cobran un perfil claro e inconfundible y adquieren un poder arquet�pico sobre toda la historia de la fe" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Vol 1. La percepci�n de la forma, Madrid 1985, 37-38).
El Esp�ritu Santo nos permite vivir la vida plenamente (GS 22). El Esp�ritu Santo nos hace despojarnos del yo y unirnos al Otro: "Est�tica teol�gica era, sobre todo, "percepci�n" de la forma en que la palabra de Dios viene a nosotros, se entrega y nos piensa. En la percepci�n estaba ya el "rapto" o �xtasis": la salida de nosotros por la fuerza que sobre nosotros ejerce la llamada que nos llega, por la fuerza del amor divino que viniendo a nosotros nos hace capaces de recibirlo. "Extasis", por tanto, no significa alienaci�n de s� mismo del ser finito, para reencontrarse en su autenticidad m�s all� de s� mismo en el infinito, sino que significa superaci�n de nuestro extra�amiento ante el amor absoluto en el que yo (o tambi�n el nosotros) finito, cerrado en s� mismo, ante todo y sobre todo vive, significa ser atra�dos a la esfera de la gloria entre el Padre y el Hijo tal como apareci� en Jesucristo. Esa inserci�n es gracia y es obra de el Esp�ritu Santo, que hace brotar la vida del amor no ante nosotros o sobre nosotros, sino en nosotros, haci�ndonos as� capaces de "glorificar" con nuestra vida la gloria que se nos ha dado y que se ha hecho nuestra" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Parte cuarta: teolog�a. Vol 7. Nuevo Testamento, Madrid 1989, 315).
"Una vez m�s queda claro que Israel existe cualquiera que sea la perspectiva teol�gica desde la que se conciba su existencia- en una especie de confiscaci�n o �xtasis de s� mismo. Israel vive en el �mbito de la alianza ofrecida e inaugurada por Dios y debe reconocer como propios los existenciales de este �mbito: "Sed santos, porque yo, Yahv�, vuestro Dios, soy santo" (Lv 19,2)" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Parte cuarta: teolog�a. Vol 6. Antiguo Testamento, Madrid 1988, 158).
"...la ontolog�a teol�gica del �xtasis,...Lo que Pablo describir� como extremismo de la fe "y vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en m�" (G�l 2,20)-..." (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Parte cuarta: teolog�a. Vol 6. Antiguo Testamento, Madrid 1988, 159).
"...en el Nuevo Testamento hay que entender el �xtasis como un
ser arrebatado del hombre por la gloria de Dios por su amor-, de modo que aqu�l no
permanezca como mero espectador, sino que se convierte en colaborador de la gloria.
2) La gracia y el pecado: 2,a) La gracia: "Gracia en su m�xima potencia es capacitaci�n del agraciado con la posibilidad de acoger, generar y producir el fruto regalado hasta que el cielo parezca necesitado de la tierra y la tierra se convierta en �tero del cielo. Tendremos que reflexionar despu�s qu� tipo de enajenaci�n (pobreza: 2 Co 8,9; k�nosis: Flp 2,7) del cielo es adecuada a su naturaleza, es decir, que no descubra su debilidad sino su plenitud y la libertad de ser cielo, tambi�n sobre la tierra, de ser �l mismo en la tierra" (BALTHASAR, Hans Urs von, Teodram�tica, Vol II, Las personas del drama: el hombre en Dios, Madrid 1992, 169).
"Cuando Mois�s suplic� a Dios poder contemplar su gloria, Dios lo ocult� en la cavidad de la roca y pas� delante de �l exclamando: "Yahv�, Yahv�, Dios misericordioso (rahum, por rehem) y clemente (hannum, por hnn, hen), tardo a la c�lera y rico en amor (hesed) y fidelidad (emet)" (Ex 34,6). En esta experiencia, Mois�s consigue ver la "espalda" de la gloria de Dios (Ex 33,23) al pasar delante del hombre. Toda la revelaci�n de Dios es gracia; la expresi�n "tardo a la c�lera" expresa el hecho de que la gracia no es una parte de una revelaci�n doble, sino que m�s bien la c�lera est� en funci�n de la gracia. Como destinatario de la gracia, Israel obtiene as� acceso a Dios y espacio y derecho de residencia junto a �l. Pero el significado de la gracia es, sobre todo, �ste: no que Dios, desde la lejan�a de su cielo, confiera a la criatura una nueva "cualidad", sino que inclin�ndose �l hacia la tierra levanta al hombre hacia s� y le asegura un espacio en su propio �mbito, m�s all� de todas sus cualidades y de todas sus posibilidades; por tanto, mediante una acci�n de "rapto". Para describir este proceso inefablemente misterioso, Israel emplea diversos t�rminos que se aproximan todos desde distintas vertientes al mismo misterio, y que por eso, se superponen en parte, aunque nunca del todo; conviene pues, presentar aqu� brevemente su interconexi�n. Ser�a err�neo, tanto en su dimensi�n he hecho como de derecho, atribuir a estos t�rminos una univocidad conceptual como la que han de tener los t�rminos de la ciencia profana, puesto que todos ellos tienen su propio centro en el misterio de gracia del Dios que se revela" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Parte cuarta: Teolog�a. Vol 6. Antiguo Testamento, Madrid 1988, 131).
"...la acci�n de la gracia, que es a la vez transformaci�n ontol�gica y elevaci�n del hombre e inhabitaci�n personal del Esp�ritu Santo en �l. La participaci�n sobrenatural de la naturaleza divina crea (no es m�s que otra palabra para expresar la misma realidad) una nueva connaturalidad del alma con las cosas divinas, y �sta se traduce inmediatamente en cuanto nueva inclinaci�n y disponibilidad. [...] no pueden trazarse fronteras r�gidas entre las virtudes infusas, que tiene su centro vivo en la c�ritas, y los "dones del Esp�ritu Santo" que ser�an su desarrollo consciente. Ontol�gicamente, estos dones est�n contenidos en el don de la gracia y en la nueva inclinaci�n y disponibilidad que viene dada con ella, y el otorgar a esta inclinaci�n una primac�a cada vez mayor en la propia vida es algo que est� reservado al que cree y ama " (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Vol 1. la percepci�n de la forma, Madrid 1985, 224). La gracia que atrae: "...el orden que sigue la fundamentaci�n �ntica...este orden no puede ser otro que el trinitario, pues "nadie puede venir a m� si el Padre no lo trae" (Jn 6,44), y s�lo la luz del Padre que ilumina el Hijo puede llevar al creyente al encuentro unitivo con �l, que es obra del Esp�ritu Santo" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Vol 1. la percepci�n de la forma, Madrid 1985, 145).
"�Puede el cristiano experimentar en s� la presencia de
gracia del Esp�ritu Santo?
"La visi�n humana de Dios es como un eco del haber-sido-visto-por Dios previo y fundamental. El vidente puede descansar en la conciencia de haber visto y renunciar a una visi�n propia distinta de la divina como si el ver-a-Dios estuviera incluido en el ser-visto-por-Dios" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Vol 1. la percepci�n de la forma, Madrid 1985, 291-292).
"La historia de la conersi�n de Agust�n es la historia de la
transformaci�n de una sensibilidad centrada en el amor carnal en otra orientada hacia el
amor divino: "En el hombre que se convierte a Dios, el deleite (delectatio) y
las delicias (deliciae) se transforman; no es que el hombre quede privado de ellas,
sino que �stas cambian de orientaci�n". Que esta transformaci�n no es ante todo
fruto del esfuerzo humano, sino que se debe a un acto libre y decisivo de Dios, es algo
que los Padres vieron claramente. [...]
"Lo que convierte al hombre y le capacita para este movimiento existencial hacia Dios es la gracia, que comunica al que est� en camino el sentido de lo divino y de su revelaci�n en la historia. La luz interior de la fe y la revelaci�n hist�rica se encuentran, se reconocen y se refuerzan rec�procamente" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una est�tica teol�gica. Vol 1. la percepci�n de la forma, Madrid 1985, 163).
"Pelagio no tendr� inconveniente en reconocer que la remisi�n de
los pecados por Cristo es totalmente (gratis), pero y �sta ser� la
objeci�n de Agust�n- tras esta remisi�n ya no hay ninguna gracia interior que ayude al
hombre a evitar nuevos pecados, o que nos incite a pedir para no caer en la tentaci�n. Y
una vez ,m�s sigue siendo visto Cristo sobre todo como exemplum, no en un sentido
puramente exterior, sino a la manera como un modelo significativo puede influenciar
poderosamente nuestra orientaci�n interior hacia Dios. [...]
"El hecho de que Dios espere la oraci�n del hombre forma parte del respeto que Dios tiene hacia la libertad y responsabilidad de la criatura espiritual; y el que escuche las peticiones que se le dirigen, si se expresan en el esp�ritu del Hijo (la alianza hecha carne entre Dios y el hombre), radica en su fidelidad a la alianza. La perseverancia que se espera del hombre, incluso su impertinencia en la oraci�n de petici�n (Lc 11,5-8; 18,2-7), puede interpretarse como una forma de poner a prueba su fe, tal como es el caso corriente en el marco de la alianza. Las "cosas buenas" que se piden a Dios en el esp�ritu de la alianza, y que se reciben infaliblemente (Mt 7,7-11), no son (en Lucas) otra cosa que el "Esp�ritu Santo" de Dios que el Padre del cielo no puede denegar a sus hijos que le suplican (Lc 11,10-13). Si son realmente sus hijos, es decir, pertenecientes a su alianza, entonces es que oran ya asistidos por el Esp�ritu Santo que ora en ellos (Rm 8,15,26s.); y este hecho de que se presentan ante Dios no como seres completamente indigentes, sino como seres ya aceptados y queridos, por pertenecer a la alianza, forma parte esencial de la fe. De ah� la afirmaci�n de Jes�s en Marcos: "Por eso os digo: cualquier cosa que pid�is en vuestra oraci�n, creed que os la han concedido y la obtendr�is" (Mc 11,24)" (BALTHASAR, Hans Urs von, Teodram�tica. Vol II, Las personas del drama: el hombre en Dios, Madrid 1992, 275).
b) El pecado: "Tengamos la osad�a de hacer la siguiente afirmaci�n: la autodestrucci�n de la humanidad es el �nico fin del mundo imaginable, el �nico que el hombre es capaz de provocar con sus propias fuerzas y que merece, desde el momento en que prefiere atesorar sus propios bienes (el poder y el Mammon) antes que reunir con Cristo. As� la humanidad ha decidido sobre s� misma" (BALTHASAR, Hans Urs von, Teodram�tica. Vol IV, La acci�n, Madrid 1995, 445).
"...J. Ratzinger a�ade: "Cristo jam�s procur� da�o a nadie...La desgracia suprema no es impuesta por �l, sino que existe all� donde un hombre ha quedado lejos de �l; nace mediante el permanecer en lo propio"" (BALTHASAR, Hans Urs von, Teodram�tica. Vol V, El �ltimo acto, Madrid 1977, 275).
"Pecado significa aqu� claramente: rechazo consciente y total de la Palabra y del Esp�ritu; es decir, "el pecado que lleva a la muerte" (1 Jn 5,16). Significa, pues, una salida voluntaria de la esfera en la que acaece el "permanecer" entre Dios y hombre"(BALTHASAR, Hans Urs von, Teodram�tica. Vol V, El �ltimo acto, Madrid 1977, 294).
"La estructura fundamental de la libertad humana se mantiene de un
modo claro: el polo de la autonom�a se apropia del polo de la trascendencia
divina...Israel se ha enamorado de su propia belleza (que le ha sido otorgada por Dios y
para Dios), se ha "saciado" y por eso ha olvidado a Dios. Precisamente de este
olvido surge su idolatr�a, en la que los �dolos son proyecciones de sus deseos que
sustituyen al Dios inc�modo, y en la que el trato con ellos es estigmatizado como
fornicaci�n o adulterio (ca�da del pacto de amor matrimonial con el verdadero Dios). El
desenmascaramiento de este pecado fundamental es descrito con las m�s crasas im�genes:
"Les pondr� su verg�enza delante de sus ojos y nadie los arrebatar� de mi
mano" (Os 2,12).
c) La persona humana es conbcreta e irrepetible. El hombre es capaz de abrirse a la Gracia: "El tema de esta secci�n es la condici�n personal del Esp�ritu Santo. Sin embargo, en la Edad Media este tema s�lo se puede tratar convenientemente si primero se tiene en cuenta la lucha librada en esta �poca en torno al concepto de persona. Y esta lucha, que en adelante va a deslizarse aparentemente hacia lo filos�fico, est� condicionada en �ltima instancia por el hecho de que, a partir de la �poca de los Padres por decirlo de forma sucinta-, se transmitieron dos enfoques teol�gicos sobre la persona: el uno trinitario (en Nicea); el otro (que, sin embargo, presupone el primero) cristol�gico (en Calcedonia). La necesaria uni�n de ambos aspectos gener� la novedad se�alada por Lonergan, de que desde entonces se pregunta qu� es "persona en general". En esta �poca se encuentran tambi�n, es verdad, apuntes de un interrogante posterior puramente filos�fico. Pero la Edad Media permanece orientada de forma principalmente teol�gica en una investigaci�n sobre el particular. Y se comprobar� con asombro que apenas se aleja del misterioso "tropos tes hyparxeos" patr�stico, aun cuando, junto al aspecto trinitario y el cristol�gico, incluya en sus consideraciones el antropol�gico. Precisamente cuando la persona humana es iluminada por la doble luz teol�gica, resplandece tambi�n su unicidad, que escapa toda definici�n y esto sucede, en el fondo, tan s�lo mientras dura esta luz que las ilumina de lo alto-" (BALTHASAR, Hans Urs von, Teol�gica. Vol III, El Esp�ritu de la verdad, Madrid 1998, 133-134).
"Del hecho de que tenga lugar la libre autocomunicaci�n de Dios, esencialmente �nico e incomparable, al hombre, se deriva una segunda cosa: puesto que la palabra que Dios dirige al hombre es siempre a un tiempo participaci�n de la esencia divina, el individuo que la acoge adquiere una nueva categor�a, la de persona irrepetible. Esta categor�a s�lo cobra plena luz en el �mbito b�blico-cristiano; antes del cristianismo, ni siquiera proclamado como h�roe o rey en representaci�n del "gran-yo" del pueblo ante Dios, era persona en este sentido. La persona brilla con un resplandor singular en el individuo cuando Dios, el �nico por excelencia, se dirige a ella otorg�ndole un nombre tambi�n �nico (por haber sido elegido por Dios), un "nombre nuevo que s�lo sabe el que lo recibe" (Ap 2,17). El "nombre nuevo" (Is 62,3), el "otro nombre" (Is 65,13), el cambio de nombre (Gn 17,5,32,28ss; Is 60,14; 62,4; Os 2,3; Jn 1,42), todo esto est� indicando que el hombre, que hasta aqu� era un individuo natural formando parte de una especie, entera, de ahora en adelante, en una relaci�n "sobrenatural" directa con Dios y recibe una vocaci�n personal y la capacidad de ser fiel a la misma. Este acontecimiento, como se ve en los diversos episodios de la Biblia, puede darse durante la vida e incluso antes, "en el seno materno" (Jr 1,5; Is 49,1; Ga 1,15; cfr. Lc 1,41; 2,21). Algo del resplandor de este car�cter �nico de la divinidad se proyecta sobre el ser y la faz del elegido, le eleva por encima de su especie natural y le aparta para un cara a cara con Dios, situaci�n que, por otra parte, no le arranca del mundo, sino que le capacita para realizar la tarea confiada por Dios en medio de sus hermanos los hombres. Vocaci�n con sentido espec�fico significa siempre equipamiento para una misi�n en el mundo, cuyo contenido forma parte del proyecto de Dios sobre el mundo" (BALTHASAR, Hans Urs von, Teodram�tica. Vol II, Las personas del drama: el hombre en Dios, Madrid 1992, 374).
"Ya el hecho de que el hombre seg�n la Biblia sea imagen de Dios, de que Dios haya impreso su sello en la esencia m�s honda del hombre, de que esta imagen haya sido restaurada y orientada seg�n el modelo en Jesucristo, impide que la posici�n originaria de Dios en el hombre sea afectada por ninguna negaci�n posterior. "Dios", dice Blondel, "es una certeza inmediata, sin la que nada ser�a cierto, una iluminaci�n originaria, un lenguaje que se conoce sin [haberlo] aprendido". Y por eso, seg�n Gregorio de Nisa, hay en la esencia del hombre una trascendencia que es la m�s originaria de todas, una autosuperaci�n hacia lo infinito, pues el ser imagen remite por s� mismo a un modelo inalcanzable. Gregorio tiene por tan esencial este recorrido hasta Dios y adentro de Dios, que (como por lo dem�s ya Ireneo) lo hace proseguir por toda la eternidad, sin que esto impida una bienaventuranza en Dios" (BALTHASAR, Hans Urs von, Teol�gica. Vol II, Verdad de Dios, Madrid 1997, 99).
"...el car�cter abridor y prometedor de la verdad s�lo se torna �ntimamente comprensible como expresi�n de la insuperable analog�a entre Dios y criatura: cuanto m�s se adentra el sujeto creado en la certidumbre de la verdad por el conocimiento tanto mayor ha de parecerle la distancia que media entre su propia norma medida y la divina norma medidora. La verdad propia de la criatura no es tanto la posesi�n de la verdad absoluta cuanto la disposici�n a la siempre renovada recepci�n de la misma. Su autoconciencia la recibe siempre all� donde a partir de la indiferencia del prestar o�do a la posible verdad, se pone al servicio de la verdad mundana. Toda aproximaci�n a la verdad divina lo har� consciente de la distancia que lo separa de ella. La abertura completamente infinita de la verdad, cuya esencia es abrirse siempre hacia lo m�s grande, se torna claro a la criatura s�lo a partir del fundamento �ltimo de la verdad del ser creado, desde su obediente estar-a-disposici�n (potentia oboedentialis)ante la verdad divina. Pero esta abertura, precisamente �sta, tampoco la posee la criatura por s� misma: tambi�n lo que en ella parece contraponerse con m�s fuerza a la forma divina de la verdad y del ser es s�lo comprensible a partir de una analog�a con la verdad divina misma; tambi�n esta abertura es obra y regalo de la verdad de Dios, que todo lo abre. As�, pues, el sujeto finito, gracias a su trato con la verdad, se va abriendo a trav�s de �sta cada vez m�s hacia la verdad divina, a la par que reconoce en cada encuentro finito con los objetos del mundo la siempre mayor extensi�n de la verdad divina" (BALTHASAR, Hans Urs von, Teol�gica. Vol II, Verdad de Dios, Madrid 1997, 53-54).
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